Capítulo II: Desconcierto

Al día siguiente, Ginny despertó de una pesadilla que la había hecho llorar de forma atroz. En ésta, pudo ver la escena que la había enviado a la cárcel en primer lugar: una habitación con sangre, unos ojos verdes sin vida, un ambiente de muerte. Recordaba cuando llegó a la escena del crimen, llorando por lo ocurrido, sus manos empapadas de sangre, cegada por lo que había acaecido en la sala de estar de su propia casa. Todos los dedos la apuntaban como la asesina de su propio marido, y el juicio, inusualmente rápido, la había sentenciado a cinco años en la prisión que se había convertido en su hogar.

Ginny dejó de llorar. No tenía caso seguir haciéndolo: las cosas estaban hechas y no podía hacer nada. Las celdas, por arte de magia, se abrieron todas al mismo tiempo. Era momento de salir a desayunar. Se puso de pie y caminó por los pasillos, frente a otras celdas, frente a otras mujeres que habían cometido delitos, crímenes, robos, asesinatos… y muchas que eran inocentes sin saberlo o sin que nadie pudiese creerles. Bajó cinco niveles hasta el amplio comedor, iluminado por las mismas luces austeras y frías de los pasillos por los que deambuló junto con otras internas la primera vez que pisó Nueva Nurmengard. Muchas mujeres, unas igual de jóvenes que ella, otras con más años a cuestas, desayunaban en mesas similares a las que hubiera en el Gran Salón en Hogwarts. El desayuno tenía el mismo calificativo que las luces del comedor pero, en el universo de las penitenciarías, era eso o morir de inanición.

Ginny tomó asiento junto a una chica con una cara que recordaba a un bulldog, cuyo cabello corto lucía opaco a causa de la ausencia de una ducha. Ella miró a la pelirroja con desagrado marcado en su rostro. Parecía que le molestaba que hubiera mujeres más hermosas que ella. Cualquiera puede serlo pensó Ginny, evitando la mirada de la chica y concentrándose en su desayuno. No era precisamente comida de restaurante, pero lograba su cometido; mantenerla con vida. Deseó sinceramente que el resto de las mujeres no fueran como quien comía sin educación a su lado, deseó hallar una amiga entre tanta cara enemiga. Sin embargo, supo que aquel último deseo sería una tarea similar a la de Atlas al sostener el mundo en sus brazos como sólo mirar a su alrededor.

Justo en ese momento se había desatado una pelea. Al parecer, una chica se molestó cuando supo que otra mujer se había acostado con el novio de la primera hace unos cuantos meses. Un sonido metálico sordo se pudo escuchar en medio del comedor: la chica que se había enojado tomó la bandeja en la cual acababa de desayunar y golpeó con ella la cabeza de la segunda chica. Cayó al suelo con un estrépito, pero se levantó segundos después, tirando del largo cabello de quien le había propinado el golpe. Momentos después, ambas se agarraban de las mechas, dándose patadas a destajo. Al instante, dos gendarmes aparecieron por una puerta lateral y, sacando sus garrotes de madera, instaron a que dejaran de pelear.

Las chicas no parecían hacer caso de las advertencias de los gendarmes, por lo que éstos se acercaron a ambas mujeres y las golpearon duro en el bajo vientre, haciendo que se doblaran y cayeran de rodillas. Ginny miró, impactada, como los hombres llevaban a ambas mujeres a la rastra fuera del comedor. En ese instante, supo que en el mundo en el que acababa de entrar, no existía el respeto hacia la mujer. Eran tratadas tal como si fueran hombres, o mejor dicho, como animales.

Pero las sorpresas no acabaron en el desayuno.

Cuando Ginny pudo darse por satisfecha, un contrasentido en el contexto de una prisión, salió al extenso patio, donde se veía un mar de mujeres dialogando, jugando Quidditch en el campo aledaño al patio, jugando cartas, algunas peleando por un kit de belleza que le había llegado a una de las involucradas por contrabando. Había esperado casi todas aquellas situaciones cuando supo que iba a ir a la prisión, menos lo que captó su visión cuando buscaba un banquillo en el cual sentarse.

Podía entender que las mujeres se sintieran solas en un lugar donde no había hombres con los cuales salir. Pero lo que estaba fuera de su lógica era la solución que habían encontrado muchas chicas a ese dilema. Podía ver mujeres tomadas de la mano, mujeres abrazarse a vista y paciencia de las demás, besarse y tocarse como lo harían un hombre y una mujer. Alguien le había dicho en una ocasión que las cárceles y los colegios de mujeres eran caldos de cultivo para generar mujeres lesbianas, pero no le gustaba verlo de forma tan obvia enfrente de sus propios ojos. El hecho de saberlo no le impidió sentirse desconcertada con las peleas entre mujeres y con el amor entre mujeres, si es que a eso se le podía llamar amor.

-Disculpa, ¿me puedo sentar aquí?

Ginny se giró para ver quién le había hablado. Una chica de unos treinta años estaba de pie, observándola con un leve interés. Era pecosa, de nariz ganchuda y ojos verdes y el color de su cabello recordaba a una zanahoria. Era larguirucha y pálida, sus ropas parecían no ser de su talla y tenía las manos juntas, como si tuviera pudor presentarse ante alguien como Ginny.

La pelirroja la observó, desconfiada, a causa de lo que acababa de presenciar. Al final, se hizo a un lado para dejarle espacio a la recién llegada, pero no iba a permitir que se pasara de la raya.

-¿Cómo te llamas?

-Ginevra, pero nadie me llama así. Para todos soy Ginny.

-Es un lindo nombre.

Ginny no hizo ninguna reacción. El primer indicio de que alguien desea más que una amistad es preguntar el nombre y dejar claro que aquel era lindo. Vaya pantomima. Estaba aburrida de eso.

-¿Eso significa que tu nombre es feo?

-Nada de eso. Mi nombre es Beth.

Ginny casi se parte de la risa. Aquel nombre era más común que el "te amo"

-Ja, no me hagas reír. Si supieras la cantidad de veces que he escuchado ese nombre. Tengo como cinco amigas que se llaman así.

La mujer abrió los ojos.

-¿De verdad?

-No te miento.

Beth siguió mirando a Ginny como si ella fuera su estrella musical favorita. La pelirroja estaba comenzando a molestarse con la desagradable presencia de esa mujer.

-Te juro que eres la mujer más linda que he visto en esta prisión. Yo tampoco miento.

Aquella fue la gota que colmó el vaso. Aquella declaración dejaba ningún margen de duda de que ella la deseaba. ¿Por qué demonios tenía que cuidar tanto de sí misma? Supuso que jamás pensó que iba a parar en una virtual granja de lesbianas. Se puso de pie, para sorpresa de Beth y, sin decir palabra alguna, se marchó hacia el campo de Quidditch para ver el partido que se desarrollaba allí.

Mientras Ginny se sentaba en las gradas al tiempo que algunas internas celebraban una anotación, se preguntó cuántas veces debería soportar la escena de la que acababa de salir. Y, justo cuando se instaló en su puesto, una chica que miraba el partido, le tocó la pierna sin que ella hiciera algo para merecerlo. ¿Qué demonios tenían estas mujeres que estaban tan acostumbradas a tocarse unas con otras? ¿O era ella la que no estaba acostumbrada a que la tocaran otras mujeres en zonas poco comunes? Entendía la sequía de chicos en cárceles para mujeres, pero no era necesario llegar a esos extremos. Como después se enteraría, había mujeres casadas que se besaban con otras chicas y hacían cosas extrañas cuando estaban a solas en los baños.

Asqueada, Ginny abandonó el campo y se dirigió a su celda. Era mejor encerrarse y estar sola que salir al aire libre y tropezarse con medio millar de mujeres que podrían tener un interés distinto a la amistad con ella. Era desconcertante, pero no llevaba un día en prisión y ya tenía que enfrentar sus primeras dificultades. Peleas e intentos de llevársela al huerto por parte de otras mujeres.

Sin embargo, aquello no hacía más que comenzar.