2. La espina de un jardín de rosas.
Bella había leído en algún sitio que la vida pasaba muy deprisa cuando eres feliz, y no podía estar más de acuerdo: le dejó de importar si acaso llovía en Forks, si granizaba o si se amenazaba un temporal de viento, las cosas que la gente de la pequeña península de Olympic solía preocuparle. porque desde que los Cullen y los quileutes acabaron con Victoria y los neófitos estaba más que segura que su destino no iba a ser morir aplastada por un poste telefónico carcomido que el mal tiempo de la ciudad donde vivía arrancara a su paso.
Además, tener a su milagro personal le hacían resarcirse más en esa afirmación: Recuperado de las heridas de la batalla – o de una gripe como Charlie y en el Instituto habían creído – Edward se incorporó a la vida normal una semana después de las vacaciones Navideñas, así que tenerle a su lado prácticamente todo el día no le hacían sentirse más que afortunada. Con él tampoco podía acabar ese poste telefónico o resbalar con una placa de hielo mientras conducía cada mañana para ir a buscarla a clase o a llevarla después de las mismas. Eso era la felicidad suprema.
Incluso cuando la señora Newton le comunicó que después de la campaña navideña no la iban a necesitar en la tienda – lo que suponía un claro despido – ni siquiera le importó porque eso sólo significaba que así tendría más y más horas a su disposición para pasar con Edward: las lectivas no eran suficientes junto con la del almuerzo, así que como se había convertido en un hábito las excursiones a la Mansión en el intervalo de recuperación, Charlie ni siquiera protestó cuando este periodo se alargó indefinidamente: las tardes que él trabajaba las pasaban allí con los Cullen y las que él no trabajaba debían de conformarse con las incómodas sillas de la cocina para hacer los deberes y estudiar para los exámenes porque él no era nada comprensivo como Carlisle o Esme para dejarles estar a solas en su habitación.
Lo bueno de esto era que el jefe Swan raramente tenía una tarde libre, así que las sillas de la cocina sólo se ocupaban de vuelta de la Mansión de los Cullen cuando Edward la acompañaba y se quedaba a cenar allí ya que Bella seguía sin tener coche.
Al final, ni siquiera estaba tan mal: ¿para qué lo necesitaba? Eso implicaba poder ir con él a todos los lados. Además, ya que las cosas iban tan bien con Charlie – o todo lo bien que podían ir – no convenía tirar de la fina cuerda que era la paciencia del jefe Swan después de venir despotricando una noche de la comisaría sobre el despilfarro de algunos cuando vio a Emmett cruzar el pueblo con su nuevo Jeep. Bella siempre tuvo la sensación que ese mismo día Edward había salido de otro concesionario con otro coche para ella y que guardaba para alguna ocasión más propicia porque nunca más pudo entrar en el garaje de los Cullen.
De todos modos, eso era menudencias y podía soportar cada una de las rarezas de su padre, sobre todo cuando el fin de semana en Florida se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en… ¡las vacaciones de Pascua al completo! Charlie empezó a rezongar y a atrasar el viaje, sin ver ninguna fecha clara – cuando no era por la gripe de Edward que para él no estaba curada, era por el mal tiempo, cuando no por los exámenes o cuando no porque no tenía otra excusa – hasta que milagrosamente Renee llamó diciéndole que o dejaba ir a los chicos a verla o se presentaría allí de inmediato y se los llevaría con ella, y como a Charlie Swan no le gustaba eso de discutir y menos con su exmujer porque sabía que no iba a ganar, tuvo que hacer de tripas corazón y dejarles escoger fecha. Sólo pudo arrugar el bigote cuando hábilmente el dedo de Bella se posó en el calendario en jueves santo para levantarlo el domingo próximo. Ya habían pasado los finales semestrales, se esperaría que levantara el tiempo, en Florida no haría más que calor y las excusas ya estaban agotadas. Después su última esperanza se esfumó cuando al hablar con el Dr. Cullen él estaba más que dispuesto para firmarle el permiso paterno de Edward para salir del Estado.
¿Y lo mejor de todo? Que Phil tendría entrenamientos de primavera. No es que Bella no quisiera ver al nuevo marido de su madre, pero ya de pasar cuatro días en Jacksonville, qué mejor que a solas con ella y con el Edward que no relucía al sol.
Oh, el Edward que no relucía al sol…. ¡Y el Edward que ya no tenía prejuicios contra el contacto de la piel! Normalmente querían ser responsables, estudiosos y hacer los deberes en las tardes que pasaban juntos, pero ¡eso era tan difícil cuando estaban a solas en su habitación! Se disponían y sacaban los libros y los cuadernos, encendían el ordenador e incluso conseguían imprimir los trabajos a tiempo, pero siempre una cosa llevaba a la otra y al final terminaban tumbados sobre la cama en una sesión non-stop de besos y caricias hasta que era la hora de irse para rehacerse la ropa, cepillarse el pelo y mojarse la cara para bajar los coloretes por la excitación.
-Bella…- suspiró él-… deberíamos ponernos a estudiar. Así nunca te aceptarán en Dartmouth.
Bella terminó de recorrer el espacio que había entre el hombro de Edward – donde besaba cuidadosamente las marcas de Carlisle porque el tacto frío de esa zona de su piel le hacía unas cosquillas muy excitantes en sus labios – por el cuello hacia su boca y allí le besó lentamente para acariciarle con la punta de la lengua antes de contestar. Para eso tuvo que levantar la cabeza y apoyarse en un brazo que sin duda estaba mejor en el bolsillo trasero del pantalón de Edward, pero qué menos que prestarle toda la atención también cuando no estaban besándose.
-Apuesto a que tienes un plan B.
-No si a mí tampoco me aceptan- respondió divertido- Ni siquiera he terminado los deberes de Álgebra ni las lecturas obligatorias de Literatura.
Lo dijo con una voz tan lastimera y con una expresión tan torturada que bien le creyó y estuvo a punto de incorporarse del todo para que saliera de debajo de ella y se sentara a hacer las tareas que tanto le preocupaban, pero justo cuando liberaba parte del peso de su cuerpo sobre el suyo, Edward se rió y la cogió de la cintura para rodar por la cama quedando encima para darle una docenas de besos sonoros en los labios, rápidos y cortos.
-Sólo un poco de estudio antes de que tengamos que ir a casa de Charlie, ¿de acuerdo?
Bella sólo suspiro y así dejó que Edward se incorporara. Lo hizo de dos tiempos, primero se quitó de encima de ella y después se quedó sentando para pasarse las manos por los cabellos, revueltos de retozar por la cama. Se tuvo que bajar la camiseta, subirse el pantalón por donde peligrosamente se veía el comienzo de la ropa interior y así cruzó hacia el cuarto de baño donde acto seguido sonó el grifo del lavabo.
Dicho así parece que en estas semanas no se habían dedicado a otra cosa que no fuera a repetir la noche de Año Nuevo ahora que no tenían ninguna otra preocupación que los exámenes o las normas de Charlie. Nada más allá lejos de la realidad, porque excepto en los ratos que podían pasar en su habitación en ningún momento estaban más a solas. Lo habían hablado, estaban de acuerdo, ambos querían que fuera pronto, pero vivir con seis vampiros con súper poderes olfativos/auditivos no ayudaba nada sobre todo cuando uno de ellos era Emmett, el grandullón hermano de Edward, con aquel sentido del humor tan subido de tono.
Además, Charlie nunca más salió a pescar los domingos, ¿te lo puedes creer? Completamente cierto. Ahora se dedicaba a invitar a sus amigos a ver los partidos de los Mariners en casa. Y nunca bajaban de menos de tres hombres bebiendo cerveza y comiendo grasientas patatas fritas.
Era un complot, Bella estaba segura.
-Dijiste que ya no era necesario más autodominio- se quejó Bella elevando el tono para que le pudiera oír desde el cuarto de baño quedando sentada en la cama- Y estamos peor que antes. Porque antes no sabía lo que era, no podía echarlo de menos y ahora sí- dijo con un mohín.
Edward se asomó con la toalla en la mano secándose aún la cara, pero no lo había conseguido refrescándose y allí seguían las mejillas sonrosadas.
-¿Qué quieres que haga, Bella? Todos están abajo.
-¿Nunca salen de caza ya, o que?- añadió recostándose de golpe- Tú salías más de caza cuando eras vampiro que ellos. Te ibas incluso dos días seguidos.
Edward ahora se rió, tiró la toalla hacia dentro del cuarto y volvió sobre sus pasos para entornarse hacia ella y besarla sonoramente de nuevo en los labios. Después le pasó un mechón despeinado tras la oreja y le acarició la nariz con la suya, fría por el contacto del agua, pero aún sonrosada como el resto de su piel.
-Buena idea: me pasaré lo más cerca posible de ellos para que estén sedientos y nosotros aprovecharemos para terminar nuestras sesiones de besos con otro encuentro sexual prematrimonial.
Bella le dio un golpecito en el hombro intentando parecer molesta que Edward encajó para ir riéndose hacia el escritorio donde se sentó delante de los libros abiertos. Ya no quedaba más que tomárselo con sentido del humor, con el sentido del humor que tenía él. Estaba ante un Edward completamente nuevo, y no porque ya no brillara al sol o porque tuviera los ojos verdes. Estaba de un humor excelente, siempre bromeaba, sonreía constantemente y lo de que ya no tuviera prejuicios al contacto con la piel lo hacían nada más que mejor. Cuando Bella le preguntaba a qué se debía su constante felicidad siempre le respondía lo mismo: a que estamos juntos y nadie nos va a separar. Y podía vivir con esa contestación.
Le observó unos instantes, miró sus libros abiertos al lado, pero como los deberes de Álgebra podían esperar a que llegase a casa como las lecturas de Literatura, se volvió a recostar en la cama para incluso acurrucarse en los cojines que olían tremendamente bien a esa esencia tan humana de Edward que impregnaba toda la habitación, definitivamente su sitio favorito del mundo.
-¿Y en el coche?
-¿Qué coche?- se volvió haciendo la silla girar.
-Tu… coche, porque yo no tengo- sonrió mordiéndose el labio inferior- Ya sabes…- inspiró decidida como si lo que fuera a decir no le hiciera ponerse roja de golpe-… podemos ir a algún sitio apartado y…- carraspeó- estar un rato a solas.
Edward meneó la cabeza como si no creyera lo que estaba oyendo y negando se giró de nuevo hacia el escritorio.
-No vamos a tener sexo en un coche, Bella- respondió de espaldas.
-¿Por qué?- se quejó incluso quedando de rodillas para impulsarse con las manos a ambos lados de su cuerpo- Todo el mundo lo hace, ¿qué tiene de malo?
-Quizás eso, que todo el mundo lo hace- giró la silla para encararla otra vez- Y no voy a conducir hacia algún sitio del bosque donde vete tú a saber qué nos pueda acechar para poder terminar lo que aquí no podemos. Esperaremos hasta que sea necesario.
-Esperar, esperar… ¡siempre se trata de esperar!- exclamó teatral, batiéndose en su pataleta- Me lo prometiste.
-Ya sé lo que te lo prometí, y lo cumpliré, en serio. Sólo que no va a pasar en un coche. Te respeto demasiado para eso.
Bella gimió de frustración, se revolvió en la cama e incluso le tiró uno de los cojines:
-¡Pues ahora mismo preferiría que me respetases menos y actuases más!
Encajando el golpe del cojín que rebotó en la pantalla del ordenador e incluso hizo caerse un bote de lápices, Edward lo devolvió como si nada a la cama y caminó hacia Bella para sentarse a su lado. Le cogió los brazos para que dejara de patalear y aunque durante unos segundos se resistió, dejó que tirara de ella para sentarla en su regazo. Lo hizo y así le abrazó para sumergirse en su cuello.
Sabía que parte venía después porque cada día casi se repetía la misma historia: Bella se disculparía por haber sido tan infantil, él diría algo como la paciencia es una virtud, que ocurría pronto y que esto no iba a ser peor que antes cuando además de luchar contra sus hormonas impacientes tenían que estar bajo vigilancia por la presencia de vampiros vengativos en los alrededores cuando ella no lo creía, pero esta vez le rompió los esquemas al preguntar:
-¿Aún quieres casarte conmigo?
-¿Aún?- repitió Bella mirándole.
-Sí, aún. ¿Quieres casarte conmigo cuando nos graduemos, ir a vivir a Nueva Inglaterra y matricularnos en Dartmouth en otoño?
-Cla…ro que quiero- iba a añadir que "no es que la idea me vuelva loca", pero tampoco se trataba de algo que le disgustara.
Los planes de boda no es que hubieran avanzado mucho, por no decir nada. Todos los Cullen lo sabían – además de Jacob – pero de aquella Mansión tampoco había trascendido. Quería alargar dar la noticia a Charlie lo máximo – había decidido mentalmente que con unos dos meses antes le sería suficiente -, haciéndolo coincidir con la carta de aceptación de Dartmouth a ser posible y el anillo seguía en su caja de terciopelo exhibido siempre sobre la mesilla de Edward, pero era una realidad tan palpable que ocurriría – y el 20 de junio para ser más exactos - que ni siquiera lo dudaba.
-Entonces- contestó él- No lo hagas más difícil, porque para mí también lo es. Cuando en unos meses vivamos juntos y tengamos toda una casa para nosotros solos, seguro que ni siquiera nos acordaremos de esta conversación.
Contestaría un "permíteme que lo ponga en duda" porque de por seguro aquellos calentones tan tontos que se pillaban sin desembocar en ningún sitio le traerían riesgos a largo plazo, pero como después la estrechó como sólo él sabía, tratándola como si fuese la cosa más delicada y valiosa del mundo para besarla suavemente en los labios, se lo tragó. Más al verle la cara, ensombrecida con el ceño fruncido y al pedirle que recogiera sus cosas para llevarla a casa, porque también sabía lo que venía después.
Esa era la única rosa con espinas en su jardín de felicidad: toparse con las perfectas caras de los Cullen cuando salían de su nube de ensimismamiento para enfrentarse a la realidad que no era más que en unos meses tendrían que separarse. Y ese era el único momento en el que Edward no sonreía, ni estaba de buen humor, ni se reía: cuando algo le recordara que tras ese sueño suyo y como principio amargo de su futuro, tendría que despedirse de su familia. Entonces se entristecía, su gesto caía y podía pasarse bastante rato sin separar los labios.
Bella normalmente optaba por no decir nada, cogerle de la mano y besarle en el hombro a la vez que caminaban, como ahora.
Todos los Cullen – excepto Carlisle – estaban en el salón, como si una familia normal y corriente – y no una familia de vampiros – esperaran al padre para sentarse a cenar. Cosa que allí, excepto Edward, nadie hacía. Emmett y Rosalie estaban en la mesa haciendo un castillo con naipes, moviendo sus manos rápidamente con velocidad de vampiro poniendo una carta tras otra; Esme dibujaba bocetos en un cuaderno en el sillón individual, y Alice estaba recostada en el sofá en posición fetal con la cabeza apoyada en el regazo de Jasper que miraba la tele como si realmente le interesaran las noticias que emitían.
Y esa sí que era la espina más grande y dolorosa.
Desde el día de la batalla en el bosque, más exactamente desde que le había pedido que mirara en su futuro, Alice había dejado de ser la hermana favorita de Edward, jovial, con su arrolladora hiperactividad, sus muecas, sus saltitos y sus revoloteos. De repente, dejó de perseguirles obligándoles a ponerse tal cosa u otra, no martirizó a Bella sobre su peinado y ni siquiera cuando entró en casa hoy dijo nada sobre la elección de la camisa de franela que llevaba, más típica de un leñador que de una chica. Dejó incluso de acudir al instituto cuando Edward se recuperó de las heridas, porque según ella ya se matricularía en otro allá donde se mudaran, pero a Bella no le sonó nada convincente si no una excusa más para estar recluida. Normalmente se tumbaba en alguna parte de la casa o estaba en trance y excepto la compañía de Jasper no toleraba la de nadie más, menos la de ellos ya que sus ojos raramente estaban dorados y más asiduamente negros.
Bella estaba preocupada hasta la enfermedad, diciéndole a Edward que la echaba de menos y quería que hablasen, pero él zanjó el tema diciendo que los vampiros pasaban por épocas así, como él había tenido donde no quería interactuar con nadie y que en menos que se podía imaginar volvería a ser la de siempre, pero lo decía tan poco convencido que sabía que ella la echaba tanto de menos como él, aunque antes se quejara que se le quedaba mirando mientras dormía o que saltaba sobre la cama cambiando la temperatura de la habitación.
-¿Ya habéis terminado los deberes?- preguntó Esme con una sonrisa en cuanto llegaron a la mitad de la escalera poniéndose en pie.
-Sí, los deberes- replicó Emmett sin cesar su actividad- ¿Cuánta frustración sexual puede aguantar un cuerpo humano, hermanito? Ya te está cambiando el olor de la sangre- añadió en una carcajada
-Emmett- murmuró Esme- ¿En qué habíamos quedado?- le advirtió reprochante.
-En no hablar sobre el olor de la sangre de Edward- contestó con sorna- Porque de sus prácticas sexuales con Bella es imposible porque nunca parecen encontrar el momento.
-¡Emmett!- volvió a reprochar la vampira.
Levantó las manos en gesto de rendición, les sonrió a ambos con un gesto pícaro y se volvió a centrar en su castillo de naipes. Edward como siempre le ignoró, lo mismo que Rosalie que no levantó siquiera la mirada, para seguir caminando hasta Esme.
-Cenaremos en casa de Bella- le anunció a su madre adoptiva.
-Conduce con cuidado- añadió en una sonrisa- No llegues muy tarde, mañana hay clase.
Le susurró algo como "no te preocupes" mientras le besaba en la mejilla y después Esme pasó a desearle buenas noches a Bella con uno de sus fríos abrazos. Así le dijo que saludara a su padre y que recordara pedirle permiso para cenar en la Mansión el viernes, como si realmente ocurriera una cena familiar con los Cullen ese día.
Pero Bella no pudo apartar la vista de la figura menuda de su amiga.
Tenía los ojos cerrados y excepto porque Jasper le acariciaba sus alocados cabellos morenos despeinados, en ese sofá no había movimiento más. Él no pestañeaba y ni siquiera fingían el respirar, como cuando estaban entre otros humanos. Alice parecía más pálida que de costumbre, más pequeña y más delgada y Bella hasta juraría que el vestido que llevaba puesto ya se lo había visto hasta en otra ocasión.
Literalmente, le partía el corazón.
Soltó la mano que entrelazaba con Edward y se agachó a su lado para tocarle la mejilla, fría y dura como el mármol, para susurrar:
-¿Alice?
La vampira tardó unos segundos en abrir los ojos, unos segundos donde Esme dijo algo a velocidad de vampiro y Edward le contestaba que sería mejor que no la tocase, cogiéndole a su vez con la otra mano. Sólo le miró pintando una expresión de "Alice no me hará daño por muy negros que tenga los ojos del mismo modo que tú no me lo hiciste", así que dejó que insistiera:
-¿Alice?
Como si estuviera despertando de un sueño la miró a través de sus pestañas para después contestar con voz ausente:
-Bella, ¿qué haces aquí?
-Ya hemos acabado los deberes y vamos a casa de Charlie a cenar. ¿Quieres venir?
Miró a Edward desorientada y después a Bella, de nuevo.
-No, Charlie me haría comer y no estoy de buen humor- sonrió con poca gana- Pero diviértete.
-Claro.
Suspiró para incorporarse y tomó la mano de Edward que le tendía, para volver a mirar a Alice: estaba de nuevo inerte con los ojos cerrados. Como no lo aguantó otra vez, se soltó y volvió a agacharse a su altura. Quería a Alice de nuevo, quería a su amiga íntima y la quería ya. ¿Con quien iba a hablar si no con ella? Era su nexo mayor con los Cullen, quien le explicaba las cosas sin las bromas de Emmett y quien no la miraba condescendientemente. Así que lo mejor que se le ocurrió para captar su atención fue:
-Ya sé que me dijiste que no tenía que hacer nada y que tú te ocuparías de todo, pero a lo mejor te apetecía…- bajó el tono- que fuésemos a Port Angeles a mirar vestidos para la dama de honor. Me gustaría que hiciésemos eso juntas.
Alice volvió a abrir los ojos en su ensoñación y en un pestañeo apareció sentada – en vez de tumbada – pero sin ninguna energía más:
-No me pondría nada que vendieran en Port Angeles- contestó- Ni tú tampoco te lo pondrás. De todos modos, mi vestido ya está encargado y llegará en unas semanas con el tuyo. No te preocupes, no es de un diseñador importante.
-Será…- titubeó- precioso, estoy segura. ¿Me avisarás cuando lo tengas? Para probármelo y…
-Claro- otro pestañeo y volvió a su posición original- No te preocupes- cerró los ojos de nuevo- Ahora vete por ahí con Edward a jugar. Estoy cansada.
Y sintiéndose peor que antes, quemando el único cartucho que tenía para revivir a la antigua Alice, devastada volvió a tomar la mano de Edward y emprendieron el camino el hall de la Mansión.
-Se le pasará- repitió como cada vez.
-Eso ya lo has dicho- replicó Bella.
Cuando dejó de escuchar el repiqueteo de los corazones de Edward y Bella y el olor de su sangre que cada vez le quemaba más y más en la garganta, se levantó del sofá con movimientos de vampiro y se asomó en los ventanales del hall. Aún podía oír el coche, oler la gasolina quemada y ver las luces perderse por el camino del bosque, pero se volvió hacia Jasper que la observaba.
-¿Has visto algo nuevo?
Se concentró en su hermano bloqueando el primer recuerdo que sus sentidos le traían que no era más que la esencia de su sangre y dejó de prestar atención al ruido del motor del coche o a la gasolina quemada para verle aparcar delante de la residencia de los Swan, abrirle la puerta a Bella educadamente y caminar hacia la casa. Charlie Swan les recibía y hablaban unos segundos antes de que un repartidor de pizza apareciera. Lo siguiente que vio fue a Edward caminar sobre sus pasos para regresar a casa.
-No, pero ya no confío en mis visiones. Sígueles. Yo estoy demasiado sedienta.
-Mañana saldremos a cazar. Ya ha pasado demasiado tiempo. Estás poniendo a Edward y a Bella en peligro innecesariamente.
-No quiero abandonar la casa mientras ellos estén aquí. ¿Y si esa sombra de mi visión es algo que quiere atacarles? Tiene que ver con nosotros porque no está cuando miro en su futuro. No me alejaré de ambos hasta que lo descubra.
-Espero que sea pronto- respondió Jasper- No me gustaría dejar de ser el más débil porque tú les hayas atacado.
-Eso no va a pasar jamás- intervino Esme. Llegó hasta ella y le pasó el brazo por los hombros- Todos estaremos ahí para ayudarte.
