Shingeki No Kyojin no me pertenece. Mis respetos a su respectivo creador.

-RivaMika-

SemiAU


Linaje Ackerman


2

La primera semana, fue extraña. Todo fue extraño; desde despertar hasta dormir... Oh, dormir, claro.

Ella no podía dormir.

Habían once trabajadores dispuestos para la mansión Ackerman: cinco sirvientas, dos jardineros, un cocinero y tres peones. No estaba segura de haber pegado el ojo esa noche. De haberlo hecho, entonces ese prolijo pero viejo techo fue el protagonista de sus sueños. Cerniéndose el alba sobre el poblado de Mitras, Mikasa lo recibió despierta. Se quedó ahí quizás un par de horas, en la extensión de esa cama enorme con frazadas frescas y recién lavadas.

Cerró los ojos cuando un montón de pensamientos la invadieron. La interrupción de su rutina militar no era nada usual, salvo para encomendarse a la batalla qué lejos de ese lugar se libraba. Un par de horas más tarde, una sirvienta le llamó. Salió de ese trance inducido a duras penas. Ciertamente, la cabeza ya le dolía.

Su baño privado consistía en una bañera, el inodoro y un lavamanos empotrado, algunas gavetas y un espejo de cara. Sus ojos perdidos encontraron un shampoo y un jabón, de rosas; todo fue un mecanismo excesivamente lento. Llenó la tina, se desnudó en el más sepulcral de los silencios. Unía cada acción a realizar con una eficacia insólita. Quizá estuvo sumida en el agua más allá de los cuarenta y cinco minutos. ¿Puede una persona pasarse ese tiempo, sin divagar más allá del desconcierto? La mejor forma de describir el estado de Mikasa, era al decir que estaba desconectada. Había sido arrastrada a otra dimensión, sí, seguramente, a otro universo más absurdo qué el anterior. Pero, los pellizcos no cumplieron su función. Estaba despierta... Y esa idea la aburrió. Aunque en el fondo también le aterró.

Se vio obligada a por fin abandonar la tina. Se le quedó viendo, mientras se secaba. Ahora que lo recordaba ella jamás se había bañado en una.

"Lady Ackerman"

Miró el suelo con un desdén insondable impreso en los irises de acero. Ahí estaba, una vez más, ese llamado extraño que ahora correspondía a ella.

Buscó entre sus contadas pertenencias su ropa interior, una camisa rosa pálido y una falda blanca que le cubría hasta los tobillos. La llamaron para desayunar: huevos revueltos, tostadas y jugo de naranja. Ella sola en un comedor dispuesto para alrededor de ocho personas. Se le abrió el apetito, pero comió con un ritmo calmado. Estaba exquisito. A sus pensamientos en esa escena, sólo pudo acudir una persona: su sin singular y glotona compañera de habitación que seguramente se moriría por comer un desayuno como el que contemplaba en esa mesa.

—Sólo dígame sí desea más, señorita.—Le habló la sirvienta que se paseaba por ahí.

En el área del comedor, lo más llamativo era que la rodeaban más cuadros de los que había por toda la casa. Calculó al menos unos veinte; de animales, de paisajes, de flores, de personas. Agradeció el desayuno y se fue la habitación.

El segundo día no fue muy diferente. Ese día si durmió, muchísimas horas a ciencia cierta. Dormir tanto la descolocaba... concluyó que era por cansancio acumulado. Fue lo qué más hizo en todo el día, además de perderse en la abstracción de pensamientos, la mayoría de ellos protagonizados por comparaciones entre su vida en el cuartel y su estadía en esa mansión. No había ajetreo, un par de sirvientas de un lado a otro, silencio absoluto. Las ventanas daban una vista del jardín.

El tercer día recorrió la mansión de punta a punta, ya que no había más por hacer. Parecía más bien impartido una especie de vigilancia en el sitio. Observó todo, entre eso, a los jardineros podando los arbustos. El jardín de cerca demostró lo bien cuidadas que estaban sus rosas, claveles, lirios, crisántemos y entre otras flores. Encontró un pequeño establo para caballos en la parte trasera, también ofrecía espacio para una pequeña carroza.

El cuarto día, aún no habían noticias de nadie del cuartel. Ni siquiera la presencia del capitán que estuvo para recibirla en la mansión se paseó en ningún momento. Así que, tenía que matar el tiempo en algo productivo en esas extrañas... vacaciones.

El resto de los días sólo entrenó.

Entrenar, comer, dormir...

El octavo día salió a trotar por los alrededores, hasta que una sirvienta la fue a buscar. Al parecer, era poco ético hacer actividad física en la ciudad. Le pareció tan estúpido, pero como siempre optó por ahorrarse sus palabras. Estaba de más soltar cualquier comentario.

Al siguiente día, entrenó desde que los primeros rayos de luminosidad solar arribaron. Tomó su baño habitual antes del mediodía. Al almuerzo hubo sopa de legumbres y carne asada. La tarde la pasó leyendo un libro en la biblioteca.

Hacia las cuatro de la tarde, un suspiro de escapó de sus labios.

Le habían impuesto saborear la soledad de una forma un tanto diferente; dentro de cuatro paredes sin nada que fuera interesante. La rutina empezaba a ser fastidiosa, porque había llegado como un velo arrastrado por una novia... apacible, inducido, decaído. Al principio se inclinaba a creer que estaba siendo apremiada por sus hazañas. Siempre recibía elogios por su participación en las misiones. Fuera de eso no quería ni esperaba nada a cambio. Su objetivo era cumplir con lo que se le asignaba y punto. Hanji se equivocaba sí creía que ponerla a "descansar" en la mansión de un noble unos cuántos días cambiaría las cosas.

A las siete estuvo servida la cena. Sus facciones no proporcionaron atisbo de la sorpresa que fue encontrar en el comedor al capitán Rivaille, vestido ya no de etiqueta sí no uniformado. Las indiferencias de ambos compartieron el encuentro por el medio visual. La instó a sentarse antes de qué se enfriara lo servido; patatas, arroz, granos, cerdo asado, ensalada y el jugo de fruta.

Mikasa intuyó que vendría de alguna reunión o expedición por el estilo, pero prefirió darle más importancia a su cena que al ambiente forjado entre los dos. Estaba de más añadir qué era un atmósfera pesada e incómoda, para cualquiera que no fuera ese par. Les daba igual. La azabache sostuvo el tenedor de plata en su mano, y se quedó prendada de su reflejo en éste por sendos segundos, en el brillo que el objeto desprendía con la luz de las lámparas de aceite. Una nueva carne: cerdo, el cuál estaba indudablemente delicioso...

—¿Hay algún problema?—. El capitán detuvo sus acciones para fijarse en la desorientada Ackerman. Ella ni siquiera levantó el rostro para mirarle, simplemente más segundos transcurrieron como sí se tratasen de horas.—Oye.—E hipso facto ella negó.

—Los soldados no solemos comer de ésta manera.—Habló con su toda la atención puesta en el plato de comida, cómo sí él no estuviera ahí.—O es arroz y patatas, o granos y bolas de harina. O granos y arroz. O bolas de harina y patatas.—Continuó con monotonía en su tono apático y suave, hasta qué finalizó murmurando una oración—. Sasha se habría vuelto loca con esta cena.

El azabache se tomó una pausa para responder las palabras de la joven. De hecho, meditó un rato pronunciado qué añadir o sí debía añadir algo. No, esa chica estaba hablando sola, lógicamente. Todo había sido retórico. Y era absurdo e inclusive extraño que una persona presentara frente a él un comportamiento tan descolocado, con mayor razón una soldado.

—Con su permiso, capitán.

El apetito se le había ido muy lejos. Se retiró sin más y dejó al hombre y sus cavilaciones solos. Sus ánimos no estaban para el tacto, ya era suficiente, ya estaba perdiendo demasiado tiempo en ese lugar.

¿Por qué? ¿Para hacer qué, Mikasa?

En la privacidad de la habitación que le asignaron en esa mansión, la indignación era la protagonista del rumbo de sus pensamientos.

La "nobleza" la estaba enfermando.

Los días eran más rutinarios qué nunca y él se dignaba a aparecer más de una semana después. En realidad y con toda franqueza le daba igual ese hombre, excepto por los hechos que eran imposibles de ignorar para su entendimiento y lo que le era relevante. El capitán ejercía sus funciones en el ejército mientras ella permanecía en esa mansión sin nada más que la servidumbre. Inútil; así se sentía consigo misma, sin objetivos impuestos. Y para Mikasa eso era una alteración del orden natural de las cosas. No era de quedarse quieta. No era de quedarse sentada. No podía acudir a mantener la guardia baja.

—Soldado.—Una vez más, sus oídos percibieron la voz del capitán.—Al amanecer empiezan tus lecciones. Más te vale ser puntual en el salón principal.

Escuchó los pasos de las botas del capitán alejarse y se dejó caer en la cama. Él no aguardó por una respuesta, optó por retirarse al instante... lo agradeció, le hacía más sencillas las cosas.

Pero no el insomnio. No pudo pegar un ojo en toda noche.

Suspiró. Algo al menos seguía el rumbo de lo relativamente regular en la fastuosidad de su existencia. Algo que era una maldita molestia, ni por todas las posiciones que optara en esa cama, ni porque esa cama fuera gigante, lograba conciliar sueño alguno. De un lado, al otro. Se estiró. Reparó en la sequedad de su boca.

El frío de la noche le acompañaron hasta la cocina del sitio, buscó un vaso de agua y se lo bebió de una sentada. Una diferencia favorable era poder beber agua sin tener que recurrir a un grifo, como solía ser en el cuartel y las trincheras. Admitía haber obtenido algo de descanso en eso días, pero la situación era disparatada y estaba de más decir que inquietante.

El curso de la absorción dentro de su propia mente se hizo a un lado; la razón era la llamativa luz de aceite que iluminaba una habitación a esas horas de la madrugada en el pasillo contrario al que ella se dirigía. La puerta estaba cerrada. Tenía entendido estar sola en ese piso, pero rebobinó en que no era así.

En la mañana, vestida de amarillo hasta los tobillos en un vestido de tiras y un suéter blanco, acudió al encuentro con el hombre, esperando obtener respuestas a las preguntas qué se suprimía a relucir hacia él más que seguir las órdenes del superior. Lo halló vestido con unos pantalones de mezclilla y un blusón azul, más unas botas similares a las del uniforme y un pulover negro cómo sus cabellos. Era la vestimenta más informal qué hasta ahora vio en él, aunque sí contabilizaba los encuentros con el susodicho le sobrarían dedos en una sola mano. Sin embargo, era inevitable el sabor de boca peculiar que le produjo verle así. Intuyó que no solía vestirse diferente muy seguido. Era tan así que sus orbes lo ocuparon hasta posarse con curiosidad en captar lo perfectamente lustradas qué estaban las botas.

—Scostless traerá los vestidos nuevos en la tarde.—Le informó de espaldas a ella, paseándose por las esculturas de de diferentes bases qué decoraban la sala principal.—Hoy te enseñaré lo básico.—Agregó pasando uno de sus delgados dedos por una escultura de un caballero medieval. Se dio la vuelta hacia Mikasa luego, pero sus ojos oscuros se fijaron en ese dedo. El estoico comportamiento siempre obnubilado por un desdén abismal y ausencia de reacciones emocionales se fracturó con el fruncimiento del ceño del hombre.—Tch. No pueden hacer una limpieza de una escultura de porquería bien, ni imagino cómo tienen sus patéticos culos.

Las fauces de la azabache formaron una ligera "o" y sus cejas se elevaron de forma indiscernible. El capitán sacó de su chaleco un pañuelo blanco con el que procedió a librar de la supuesta mugre a su dedo índice, ahora sí, contempló sin miramientos a la azabache con la disposición de centrar en ella toda su frívola atención.

Mikasa se quedó de piedra cuando el capitán comenzó a caminar alrededor de ella, con los brazos detrás de la espalda y de manera lenta y hasta tortuosa. La incomodidad que ello le produjo fue colosal. De no ser por como se habían tornado las cosas, de qué era su superior y que era lo que debía hacerse, no se contendría de impactar sus nudillos en esa definida mandíbula de él.

—Buena postura. Pero tiene muchas fallas.

—¿Fallas?

—No está bien.

—¿Qué está mal con mi postura?

—Todo.—Atinó esa severa observación sin retenciones.—Es derecha, pero no femenina.

Mikasa se ahorró las palabras, específicamente porque no tenía nada bueno para decir. Le importaba un cuerno la opinión que él detentara, pero el hecho qué hacía del caso uno tedioso, era qué lo que fuera voluntad de ese hombre para con ella debía cumplirse.

Se tensó en su entereza cuando la sensibilidad de la piel de su espalda percibió la palma del capitán plasmándose en ella por encima de la tela que la cubría, cambiando la manera en que se erguía. Los dedos de la mano izquierda acomodaron sutilmente los omóplatos con un poco de presión, para seguidamente deslizar el dedo índice por toda la espina dorsal.

La sensación la privó de toda lógica mental, mientras todos sus nervios bramaron en una vibración conjunta apoderándose de su anatomía, despertando en ella todo cuánto estuviera dormido. La reacción fue inmediata; la piel impoluta de la Ackerman sincronizada en todos los aspectos, sufrió una alteración sin precedentes, erizándose y dejándola con una apreciación vulnerable. Sus reflejos se vieron obligados a actuar por mera inercia, saltando ella lejos a la otra punta de la sala principal y apartando cualquier contacto posible con el capitán, quién se quedó con la mano en el aire estirada hacia ella. La dubitativa que oscilaba en él ante esa acción, quedó sepultada bajo la inexpresividad de su persona.

—¿Qué ocurre, Ackerman?

Separó pobremente la conjetura que constituían el entrever de sus labios, pero no hubo palabra para emitir como justificación de lo que, ni siquiera ella, podía explicar.

Adivinando qué la joven no tenía intención de develar el porque de tan singular comportamiento, suspiró con obstinación inmutable para dirigirse una vez más a dónde estaba ella. La sucesión se contemplaba como un débil venado destinado a ser la presa de un lobo feroz, panorama qué no agradaba vislumbrar el más bajo de los Ackerman.

—Escucha, voy a procurar no tocarte, pero te pido que cooperes.—Hizo uso de la mayor sutileza que su temperamento recio podía relucir.

—Vale.—Fue la única respuesta desdeñosa qué recibió de ella tras segundos duraderos.

Estaba haciendo un esfuerzo, estaba cumpliendo con sus malditas obligaciones, así que ella sólo debía cooperar.

Así, el superior haciendo uso del habilidoso sigilo qué tenía, rápidamente develó de entre las sombras de las repisas un reglón de madera de alrededor de un metro de largo. Fue presuroso y tesonero por medio de ese objeto, facilitándole las cosas a ambos. Las horas de la mañana transcurrieron en un santiamén y Mikasa resultó ser más diligente de lo qué él esperaba. Evidentemente, la chica aprendía rápido. Su postura fue de una veterana hacia el final de la mañana pues fue capaz de cargar sin problemas ocho libros pendiendo de su equilibrio. Era una exageración. Claramente, Levi tuvo la intención de probarla con esa hazaña; estaba seguro de qué ninguna mujer de ninguna otra familia de la nobleza podría lidiar con eso, mucho menos con la soltura qué prescindía a Mikasa. Sus movimientos singularizaban un paso tranquilo, sosegado y mullido, con ligeros detalles a pulir para exhibir con naturaleza el toque femenino qué carecía. Ahí estaba el mayor complique.

—Sir Ackerman, su té.—Una de las sirvientas irrumpió para dejar dicho contenido en el juego de tetera con dos tazas acompañándolo.

—De acuerdo. Déjalo en la mesilla.—Indicó él, entre tanto Mikasa iba con ligereza de un lado para otro sin tambaleo alguno de los libros. La sirvienta se retiró incrédula sin dar tregua a lo que presenciaba. La desdeña de Levi la motivó de retirarse.—Oye, mocosa.—Mikasa plasmó esos ojos cómo la plata en él.—Ven aquí. Tomaremos un descanso.

Así, en un silencio ineludible y de carácter sepulcral, ambos Ackerman bebían de sus respectivas tazas de té negro. Por extraño qué fuera, el ambiente no estaba ni tenso ni incómodo en esa ocasión, más bien las presencias empezaban a familiarizarse. En el fondo y sin que ambos lo supieran, agradecían cada uno el comportamiento del otro. No habían muchas preguntas. No había necesidad exhaustiva de comunicación. Un par de gestos, de movimientos y las cosas seguían sobre la marcha.

Mikasa, entonces, recordó las palabras de la modista días atrás.

"Usted y Sir Ackerman son muy parecidos por lo que veo".

Parecidos. En sus diecinueve años de vida y los cuatro qué desempeñaba en el ejército, jamás escuchó qué fuera comparable o similar a ninguna persona. Divagó en sus experiencias con brevedad, ocasionada por la palabra del parentesco; años atrás en sus tiempos de cadete conoció a una mujer capaz de casi igualar sus habilidades en batalla, carente de expresiones y palabras innecesarias.

—Hey.—Un monosílabo del apacible hombre a unos muebles de ella la atrajo al presente.—Estaré seguido por acá de ahora en adelante, así que mientras sea así, la hora del té será a las diez de la mañana y a las cuatro de la tarde ¿Quedó claro?

—Sí, capitán.

Y no hubieron más sonidos. Cada uno se abstrajo por su parte, pero Levi se inclinó por el momento presente, estudiando a su subordinada como una serpiente al acecho, claro qué, sus intenciones distaban mucho de esa similitud. A las conclusiones que se iban sumando a los análisis del pelinegro, más detalles sobre Mikasa le fueron recopilados, dónde el potencial de la misma fue ostensible a esas alturas. A su consciencia la retraída e inalterable soldado seguía sin problemas cualquier orden que se le mandase, no tenía intenciones de relacionarse con el entorno y mucho menos con él, lo que era un punto a su favor. Se mentiría a sí mismo al pensar que su curiosidad no se veía afectada por la ausente emotividad de la muchacha, pero por ahora estaba más que satisfecho por encontrarse con qué no era insufrible ni insoportable, si no más bien llevadera. A sabiendas de qué su compañía de ahora en adelante estaría representada por ella, se esforzó en lo qué el mismo no pensó qué llegaría a hacer con nadie: sonsacarle conversación a su contraria.

—¿Piensas en algo?—.Indagó para luego beber de la segunda taza del delicioso y humeante té, sin mirarla en apariencia, salvo porque se valió de la vista que hallaba por medio del rabillo de su ojo.

—Me acordé de alguien.

—Ah.—Levi daba por terminado el intento de entablar comunicación por esa ocasión cuando Mikasa procedió a beber de su té. Sin embargo, ella meramente había tomado una pausa.

—Fui la primera de mi clase en la academia tiempo atrás.—Comentó parsimoniosa—. Y la única persona de la que recuerdo su nombre qué me haya dificultado una pelea fue una cadete que no volví a ver. Se llamaba Annie.—Esta vez fue la soldado quién sentenció la continuidad de la conversación, pero tal y cómo sucedió anteriormente, Levi le siguió luego de un sorbo.

—Oí de una policía primeriza qué desapareció de manera extraña tiempo atrás, con ese mismo nombre.—Un trago y acabó de beber el líquido que le restaba.—Creo que hablamos de la misma persona.

Así ambos regresaron al inmutable silencio de la sala principal. Levi con la mirada puesta sobre la escultura de un águila qué era parte de la indumentaria decorativa del lugar y Mikasa en un punto muerto cercano a una de las tres ventanas qué permitían un transitivo aire merodeándolos.

—¿Capitán?

—¿Sí?

—¿No podré volver al ejército?

Él apostó por el mantenerse en silencio elaborando qué responder. Supuso qué Mikasa desconocía las razones por las qué fue llevada a esa mansión y ató los cabos fácilmente con esos comentarios, hallándole completo sentido a la ajena actitud de la soldado.

—No lo sé, Ackerman. Lo dudo mucho.

—Hmp.—Ella bufó. Dicha acción evocó la atención inmediata de la azulada mirada de Levi.—Hay una guerra allá afuera y deciden enviarme de vacaciones.—No esperó recibir respuesta por sus palabras. Optó por retirarse tras pedir permiso al superior y él continuó perpetuando el silencio.

Se retiraron a sus designados aposentos. Se vieron al almuerzo. Se retiraron una vez más a sus habitaciones y volverían a encontrarse cuando la servidumbre avisara la llegada de Sara Scostless por la tarde.

Levi aprovechó la privacidad ofrecida por su estancia para revisar los documentos que yacían entre los tantos informes de esa semana, dónde había sido comisionado en el frente para evitar el ataque de la veintena de soldados marleyanos qué planeaban con arremeter contra la nación por la zona oeste de la muralla exterior. Allí figuraba un expediente qué recién esa mañana había recordado.

Nombre: Mikasa Ackerman.

Edad: 19

Nacimiento: 10 de febrero del 835

Lugar: Hospital Staninbruch, distrito de Shiganshina.

Tipo de sangre: B-

Padre: Alphonse Ackerman.

Madre: Hitomi Azumabito

Status: Soldado.

Brigada: Exploración.

Rango: A+

La capitán Hanji le había facilitado la información referente a la otra Ackerman. Lo había olvidado. La ojeada analítica le sirvió para estar al tanto de a qué se enfrentaría, y a juzgar por el rango que poseía la joven de cabellos azabaches era toda una proeza en el campo de batalla.

—Sir Ackerman, la señorita Scostless está aquí.

Divagando entre sus pensamientos, caminó por los pasillos hasta la escalera que daba al amplio recibidor qué ofrecía la mansión. Era su deber y obligación estar al pendiente de Mikasa hasta su presentación en sociedad, así se le había dictado. Cuando se la encontró sin prestarle la mínima atención al bajar las escaleras, hizo amago de su disimulo para analizarla, percibiéndola alejada al formalismo con el qué le dio la bienvenida a la rubia de ostentoso vestuario.

Levi se dio cuenta d¿Ce que tanto él como ella estaban en una situación similar.

Demasiado similar.

—Estoy segura de qué Lady Ackerman se verá preciosa con estos vestidos.—Alardeaba la modista sacando de diferentes baúles que su servidumbre había ayudado a acomodar.—¿No le parece?

—Sí...

Al superior no le sorprendió para nada encontrar el nulo interés de la subordinada. Sara por el contrario, buscaba cualquier oportunidad casi desesperadamente para sacarle palabras a la azabache, sin éxito.

—Bueno... Tenemos que probarte los vestidos...

—Pueden ir a la alcoba de Ackerman y probarlos ahí.—Sentenció como una orden él—. Yo tengo unos informes pendientes en mi oficina, me retiro.

Se perdió de la vista de ambas mujeres una vez estuvo escaleras arriba. Arribó los pasillos a paso cansino. La oficina quedaba a unos pasos de sus aposentos, dónde ordenar, archivar y revisar el papeleo de su escuadrón era su deber, mientras permanecía alejado de lo que hacían las mujeres en la habitación de la soldado.

Jamás había usado alta costura en sus diecinueve años de vida.

—Muy bien. Imagino qué sabe usted lo primero que debemos colocarnos.—Le dijo Scostless, acercándose a ella con una tela de lino celeste entre sus manos una vez la despojo de la ropa qué la cubría.—Este es un blusón. Protegerá la ropa de la crema hidratante.

¿Crema hidratante?

—Póngaselo.—Mikasa obedeció sin rechistar. Luego, la mujer le alcanzó unas medias blancas de algodón con un pequeño emblema de unas alas qué la más joven reconoció al instante, cerca del tobillo.—Siempre deben ir por encima de la rodilla.—Añadió acercándose a ella con unos listones a juego, los qué ató justo arriba de las rodillas de la azabache.

La modista rebuscó en el baúl una falda blanca que le cubrió a la soldado hasta las rodillas.

—Esto la calentará y mostrará modestia.—Comentó Sara hablando de una manera qué le pareció ridícula a Mikasa y haciendo un gesto elegante con las manos.

Reprimió la mueca que quiso mostrarse en su rostro cuando la modista le colocó aquel corsé de capas de seda en un tono azulado más oscuro, repleto de tiras con las que apretó la prenda a más no poder, dificultándole el respirar a la azabache. Sujetó en su cintura unos bolsillos dispuestos en un cordón blanco. Mikasa se sintió cómo todo un espécimen con la almohadilla qué amarraron a ella en el final de su espalda.

—¿Para qué es esto?

—Eso, mi lady, levantará la falda y hará ver su cintura más pequeña.

Se sintió internamente desconcertada cuando la modista procedió a colocarle otra falda hecha de lino encima y una manta sobre sus hombros. Luego, le colocó un trozo de tela adherido a su estómago con tres pares de orificios a los costados con el fin de que se sostuviera por debajo. No dio crédito a la tercera falda qué le colocó la mujer, cuyo color era enteramente celeste, apresada con alfileres al resto de majaderías que se cargaba encima, junto al chaquetín del mismo color con mangas bordadas en blanco y se le ataron más cintas por debajo de la falda realzando aquel vestuario. Finalmente, la modista le puso una delicada seda bordada. Peinó brevemente a Mikasa añadiéndole un bonete a juego.

—La seda bordada es para demostrar su estatus.—Le hizo saber Sara pasándole unos taconcillos blancos.—¡Luce usted bellísima, mi lady! —. Vaya a saber de dónde sacó la rubia un pañuelo con el que secó falsas lágrimas.— Sígame. Me muero porque Sir Ackerman la vea.

La guiaba ignorando la apacible incomodidad que hacía mello en la azabache. Creyó que las cintas con las que el equipo de protección del ejército y los estuches de armas eran molestos de cargar, pero en definitiva todas esas capas de telas eran más molestos que cualquier cosa.

Scostless tocó la puerta de roble frente a ellas y una vez la voz ronca de Levi les dio permiso de pasar, la empujó adentro exclamando un "¡Sorpresa!"

Los azulados y pequeños ojos del capitán la estudiaron con minuciosidad total. Mikasa describiría la experiencia cómo si alguien le estuviera paseando lentamente un hielo por cada centímetro de su cuerpo. Él permaneció inmutable, hasta centrarse en la modista.

—Se ve bien. Felicidades.

Y regresaron a la alcoba.

—"¿Se ve bien?" ¡Por amor a las murallas, hay qué darle unos anteojos a ese hombre! Te digo, existen hombres insípidos y luego está Sir Ackerman.

Mikasa escuchó la cháchara y el parloteo de la mujer toda la tarde.

Perdió la cuenta de cuántas veces se repitió el proceso de pruebas. Dejaron de recurrir a la oficina del sargento después del décimo quinto vestuario. Los talones y tobillos le dolían por las puntas de las tantas zapatillas, juraba qué habían desmantelado los baúles enteros hasta qué al acabar con una tanda, llegaba la servidumbre con más. Se tomaron un descanso para la hora del té qué había establecido Levi, dónde la única persona qué parecía hablar era la parlanchina modista. El par de Ackermans se limitaron a sus apáticos monosílabos y comentarios cortantes, más de Levi qué de ella.

Era bien entrada la noche cuando el carruaje vino por Scostless y Mikasa sólo pudo desear qué se la llevara lejos, muy lejos de ahí.

—¡Volveré para traerle los de la temporada de invierno, señorita! ¡Hasta entonces!

No, joder, qué se la tragase la tierra mejor.

Por suerte la inusitada y prolongada prueba de vestuarios la dejó tan falta de energías en su cuerpo, qué se rindió a los brazos de Morfeo sin rechistar. Pudo dormir sin el insomnio hostigándola y eso era suficiente.

Desgraciadamente, en la habitación principal del pasillo contrario no podía decirse lo mismo del capitán.

Pasaron cuatro días exactos, en los cuáles recién el alba se erguía con el astro rey dando sus primeros rayos, Mikasa entrenaba exhaustivamente hasta la hora del té. Por las tardes, se reunía con el azabache para recibir las típicas pautas de la alta clase, era bastante ventajoso que ella aprendiera rápido. Los silencios eran habituales entre ellos, pero de vez en cuando se veían socializando un poco más por distintos temas, con brevedad, pero lo hacían. Levi se había marchado esporádicamente al cuartel, volviendo justo para tomar el té con ella y almorzar en la mansión.

—Entrenas todos los días.—Resaltó tras ingerir el líquido humeante y oscuro de su taza.

—Tengo que mantenerme en forma.—Ambos dieron un sorbo a sus respectivos té. Pero más temprano qué tarde el manifestó lo que se había cruzado por su cabeza.

—Ahora qué lo pienso, llevo unos días sin entrenar. Mañana te acompañaré.

Así que temprano al otro día, ella fue la primera en llegar. Francamente había estado ansiosa, estimando qué llevaba semanas sin tener un compañero o compañera de lucha, no solía entrenar con otras personas aún en el cuartel pero de vez en cuando la ayudaba a pulir sus habilidades. La intriga la tenía porque había recordado un detalle qué le rondaba la cabeza incesante; sus vagos recuerdos sobre los rumores en la base le llegaron de súbito cuando rebobinó en su superior, en sus características, ahora más obvias que nunca.

Vino hacia ella vistiendo unas prendas ligeras, inerte.

Las copas de los árboles aledaños se mecían, como preludio de lo qué acontecería.

—¿Te parece empezar con cuerpo a cuerpo?

—Cómo quieras.

Procedieron a posicionarse en el centro de la hierba, en posición defensiva uno contra otro, determinados a llevar a cabo por igual la batalla. Un brilló inigualable enalteció las orbes de plata de la morena, incentivando al mayor y más bajo de los dos. Ahora, estaban en su campo, en sus terrenos, en lo que eran buenos como nadie. Ella reconoció la defensiva de Levi; fenomenal, era un experimentado de élite después de todo.

Ella fue la primera en atacar, con un rápido puñetazo esquivado fácilmente por el capitán. Creyendo qué no vendría venir el siguiente ataque tan inmediato en la parte baja del abdomen masculino decidió atacarlo ahí. Se movía con la velocidad de una fiera, pero todos sus ataques eran banales para él, les hacía frente sin mucho esfuerzo. Sin embargo, reconocía la fuerza y rapidez de su contrincante.

A Mikasa sí se le hizo difícil reaccionar con agilidad al contraataque del azabache, casi siendo dominada totalmente por él tras unos movimientos y golpes, pero estaba siendo suave y lo sabía. Decidió aumentar la tenacidad de sus golpes y Levi hizo su mejor esfuerzo por evadirla y contrarrestarla, pero ya se tornaba complicado, sin embargo, unos cuántos deslices de él haciendo uso de su estatura y logró derribar al hacerla perder el equilibrio al hacer que le flaquearan las piernas con las suyas propias. Habían sido tan rápidos qué un par de trabajadores se quedaron con las bocas abiertas.

Las respiraciones tomaron un ritmo irregular, más de ella qué de él. Se dejaron caer unos instantes en la frescura de la hierba, respirando hondo. Mikasa lo miró de reojo mientras él parecía encontrar un punto inexacto más interesante en el verde suelo. Sus dudas habían sido resueltas con ese duelo.

—Todos los soldados decían qué había un capitán entre las filas con la fuerza de cien hombres—. Dijo, admirando el azul del cielo y la esponjosidad de las nubes desde su lugar.—Qué era un tipo muy frívolo capaz de hacer cualquier cosa.

Levi no dijo absolutamente nada.

—Se lo digo porque siempre me han comparado con ese tipo ¿Sabe?—Rememoró ella, con un semblante de sosiego, dónde esos comentarios que en su tiempo poco le interesaban relucían justo ahora—. Y creo que ese tipo es usted.


Dios, la gripe me está matando y el sueño me está arrastrando, así que les traigo esto porque mi afán por actualizar es grande. La verdad planeaba hacerlo mucho más largo, pero no quiero que se vuelva algo tedioso de repente. Espero que lo disfruten ¡Amé sus comentarios! Sin más que decir, esto es para ustedes y muchísimas gracias por llegar hasta aquí.

Se despide

MioSiriban