¡Hola, caracola!
Gracias a Feorge-Gred y Julietaa por los reviews del capi pasado. Aunque en realidad era un prólogo, pero bueno. El caso es que se entiende.
En fin, vuelvo con el primer capítulo.
Capítulo 1: El problema de Phil
Dos años después…
En una soleada playa del sur de España, junto a una sombrilla verde y blanca (colores que, según la familia tiene entendido, son los de la bandera de la región en la que comenzaron hace dos días sus vacaciones), un niño de casi cuatro años se entretiene echando arena en un cubo y luego poniéndolo boca abajo y levantándolo con mucho cuidado, sonriendo cuando ve su castillito de arena terminado. El pequeño tiene la piel aceitunada y el pelo oscuro, cortado a tazón, bajo el que sobresalen un poco sus orejas ligeramente de soplillo. Sus ojos verdes brillan bajo su flequillo con alegría al contemplar su creación.
-¿Puedo bañarme ya?-pregunta haciendo un puchero a su madre, que está sentada en una silla a la sombra leyendo un libro-. Por fi, por fi, por fi, por fi, por fi… Ya he hecho la digestión y todo eso-asegura. Daphne Greengrass (Nott desde hace siete años, pese a que para sus adentros sigue pensando en sí misma con su nombre pegado a su apellido de soltera) observa evaluadoramente a su hijo y luego, con parsimonia, consulta su reloj, consciente de lo mucho que impacienta eso a Phil.
-Sí, pero siempre que…
-… me ponga los manguitos y tenga mucho cuidado con los tiburones y no me vaya a donde no hago pie-completa el pequeño, que en dos días ya se ha aprendido la cantinela de memoria. Su padre, tumbado boca abajo sobre la arena, también a la sombra, sonríe al oírlo.
-Exacto-Theo se incorpora, con toda la parte delantera del tronco cubierta de arena, y ayuda a su hijo a ponerse los manguitos-. Y ten cuidado.
-Sí, papá-dice él, exasperado-. ¡Que ya sé nadar casi bien del todo! ¡Ya mismo tengo cuatro años!-anuncia en voz alta por enésima vez en los dos días que llevan de vacaciones, como para que les entre en la cabeza a sus padres, y echa a andar hacia la playa bajo la atenta mirada de sus progenitores, dando pequeños saltos para no quemarse las plantas de los pies con la arena ardiente por el sol.
Theodore Nott puede darse con un canto en los dientes con la evolución de su hijo. Es cierto que todavía tiene ataques, pero sólo se dan de vez en cuando, una vez al mes a lo sumo. Cuando era más pequeño, Philip Nott se desgarraba la garganta de tanto gritar y llorar prácticamente todas las noches. Ni Daphne ni él saben todavía con exactitud a qué se debe su problema, porque según diversos sanadores, lo que siente no es dolor físico, sino que sencillamente le dan pánico las vivencias que experimenta en sus sueños. Han acabado atribuyéndolo a terrores nocturnos, pero Theo todavía no termina de creérselo (en realidad, nunca estuvo convencido de esa hipótesis), porque los medicamentos que al resto de las personas harían dormir pacíficamente no le hacen ningún efecto. Ni siquiera la poción para dormir sin soñar logra que Phil tenga un sueño tranquilo.
-Theo, Theo-canturrea Daphne, acariciándole el pelo claro-. ¿No quieres bañarte tú también?
-No-responde él, sin perder de vista a Phil, que no se atreve a meterse del todo, por lo que avanza hasta que el agua le llega hasta los muslos y retrocede cada vez que las olas se le acercan-. ¿Por qué no vas tú? Creo que el niño necesita un impulso para atreverse a bañarse sin miedo a que se lo coma un tiburón si se mete.
Daphne suspira, exasperada, pero tras unos segundos se levanta, no sin antes darle un beso a Theo, y se acerca a la orilla. Coge a Phil por detrás, le da un beso, y se mete con él en el agua. Tras el susto inicial, el niño se dedica a nadar con cierta torpeza hacia su madre, que le salpica y le da besos. Theodore sonríe al verlos.
-¡Vaya! No esperaba verte aquí.
Theodore se queda helado al oír la voz. Por primera vez en su vida, espera que sea una broma. Sin embargo, le basta con girarse a la derecha para ver a Daniel Travers, con un bañador de flores, sandalias y una camisa surfera (atuendo que desentona bastante con la edad que denota su cuerpo) para convencerse de que no. Se pone rígido al punto.
-¿Qué haces aquí?-pregunta, con las mandíbulas apretadas. Sus ojos se desvían una milésima de segundo hacia Daphne y Phil, que juegan a salpicarse, indiferentes al desconocido que habla con el cabeza de la familia.
-Te dije que íbamos a prepararnos-replica Daniel-. Nos está llevando más tiempo del que creíamos, pero España es un buen lugar para esconderse y planear cosas interesantes. Si todo va bien, estaremos listos para dar un golpe al Ministerio dentro de poco.
-Divino-comenta Theodore-. ¿Algo más? ¿Por qué nos persigues?
-No os persigo-aclara el más viejo-. Al menos, no a todos. El único que nos interesa es el crío.
Theodore se levanta para ponerse a la altura de Travers, aunque mira durante un momento a Phil, que vuelve a practicar natación.
-No–vas–a–acercarte–a–mi–hijo-gruñe. Sin embargo, a duras penas logra disimular su curiosidad. ¿Por qué está tan interesado en Phil? Por desgracia para él, Daniel se da cuenta de lo que está pensando.
-Ese niño es especial, Theodore. Me di cuenta hace casi dos años, cuando hablamos del futuro de los nuestros-explica-. Nunca había oído a nadie gritar así-comenta.
-Philip es un niño normal-replica Theo. No tiene por qué hablarle a ese hombre del problema de su hijo-. Y déjalo tranquilo, o te las verás conmigo-la última vez que amenazó seriamente a alguien fue hace casi veinte años. Sigue pareciéndole algo tan desagradable de hacer como cuando estuvo a punto de dejar caer a Draco Malfoy por la ventana de su habitación. Pero aquella vez fue efectivo, que es lo que importa. Theo reza para que ahora también dé resultado.
-Cuando lo descubras, me buscarás-le asegura Travers, y echa a andar alejándose de él.
El grito aterrado de Philip despierta a Theodore y Daphne a las dos de la madrugada.
No obstante, es ella la que se levanta primero, y, antes de que Theo haya tenido tiempo de incorporarse en la cama siquiera, la mujer está en el dormitorio de su hijo, intentando despertarlo. Theodore sabe que es totalmente inútil; su hijo nunca se ha despertado por estímulos externos cuando está en mitad de un ataque, y eso, por desgracia, no tiene por qué cambiar. De modo que se acerca al lugar de donde proviene el sonido, con el corazón en un puño y la impotencia adueñándose de él.
En su cama, Phil, con los ojos fuertemente cerrados, chilla, llora y se retuerce enérgicamente, pataleado y dando puñetazos a todo lo que se le acerca. No obstante, Daphne lo tiene abrazado, susurrándole palabras amables al oído, sin importarle que el niño no pueda controlar su fuerza, incrementada por el pánico que le produce lo que quiera que esté soñando. Theodore se sienta en la cama junto a ella y observa los movimientos frenéticos de su hijo, preguntándose por enésima vez hasta cuándo va a darse esta situación.
No es hasta casi media hora después que Phil deja de gritar. Las lágrimas recorren su cara, que también está empapada de sudor frío, y su respiración se ha convertido en sollozos aterrados. Bajo los párpados, se aprecia que sus ojos giran sin control, y todo su cuerpo tiembla violentamente, pero al menos ha dejado de revolverse.
Daphne clava en Theo sus ojos grises, llenos de lágrimas.
-¿Hasta cuándo?-pregunta en voz baja.
-No lo sé-responde Theo honestamente, acariciando el pelo de su hijo, tan parecido al de Daphne. Mentir, sobre todo a la gente que le importa, le parece un gasto inútil de tiempo y esfuerzo-. Pero ha mejorado-intenta animarla. Eso sí es verdad.
-Sigue pasándolo fatal-replica la mujer, dándole un beso en la frente al niño-. Y ni siquiera sabemos lo que tiene.
Justo cuando Theodore abre la boca para replicar, Phil abre los ojos de par en par y mira alrededor, asustado y tiritando, pese a que la noche de verano del sur de España es cálida. Abraza a su madre en cuanto sus ojos se fijan en ella, y poco a poco su temblor va disminuyendo gracias al calor de Daphne, que lo mece con suavidad adelante y atrás.
-¿Estás bien, mi vida?-pregunta ella, preocupada.
-He tenido un sueño feo-explica el niño, haciendo un puchero, mientras nuevas lágrimas abandonan sus ojos.
-¿Qué has soñado?-inquiere Theo con suavidad.
Pero Phil se estremece como si le hubiese gritado, y se refugia de nuevo en los brazos de su madre, negándose a responder a la pregunta.
Las enigmáticas palabras de Daniel Travers resuenan en la mente de Theo.
Al día siguiente, toda la vitalidad que Philip ha mostrado desde que sus padres le contaron que pasarían un mes en España se ha esfumado sin dejar rastro alguno.
El niño no quiere jugar, no quiere bañarse en la playa, no quiere hacer un castillo de arena, y si ha desayunado es porque sus padres lo han obligado. No quiere hacer nada que no sea quedarse en el apartamento dibujando, con folios, lápices e imaginación como única compañía.
Lo que soñó anoche sigue atormentándolo. Phil se dio cuenta hace tiempo de que uno puede tener dos tipos de sueños: los que son de mentira y los que son de verdad. Los de mentira no le dan miedo, porque sabe que es imposible que un gigante se monte en un dragón por el mero hecho de que el pobre animal no podría ni desplegar las alas, y de hecho suelen gustarle.
Pero Phil odia los sueños que son de verdad.
Sabe distinguirlos de los sueños que son de mentira porque, en ellos, puede hacer lo que le venga en gana, y nada ni nadie lo obliga a ir por un lugar u otro. Pero le aterran, porque le muestran cosas que no han pasado, pero que pasarán, y que no puede dejar de ver ni aunque se tape los ojos y apriete los párpados con fuerza. Normalmente, Phil ve cosas muy normales: a mamá paseando por la casa, a papá leyendo el periódico… pero a veces los sueños son horribles. Y siempre, siempre se cumplen. Porque soñó que mamá se caería por las escaleras y tres días más tarde se cumplió, y también que iría a bañarse a España, y también se cumplió.
Pero Phil no quiere que este sueño se cumpla. Y lo peor es que sabe que, por mucho que le disguste, se va a acabar haciendo realidad. Y le da muchísimo miedo.
Sus padres están hablando en el salón en voz baja. Creen que él no se da cuenta de nada, pero no es cierto. Phil sabe que hablan de él y de que grita por las noches. De eso no se acuerda, pero se lo han dicho más de una vez. Le gustaría contarles su sueño, a los dos, pero teme que si lo hace se cumpla antes.
A Phil se le llenan los ojos de lágrimas. Tiene mucho miedo.
En ese momento, su padre entra en el dormitorio. Entra casi sonriendo, pero en cuanto ve sus ojos verdes borrosos por las lágrimas su expresión se torna seria. Se inclina un poco y le pregunta:
-¿Por qué lloras?
Pese a que sabe que ya no sirve absolutamente para nada, Phil se enjuga las lágrimas rápidamente y sorbe por la nariz.
-Por nada-miente. Sus padres le tienen dicho que mentir está feo, pero no quiere contarle a nadie la verdad, porque no es nada bonita tampoco. Y porque le da mucho miedo decirlo en voz alta.
Su padre se sienta junto a él.
-¿Qué has soñado?-pregunta con suavidad. No obstante, Phil no lo mira, sino que clava la vista en su dibujo, ya terminado, en el que salen él, papá, mamá y el señor raro de su sueño.
-Nada-vuelve a decir.
Su padre arquea las cejas. Phil sabe que él sabe que está mintiendo, y eso lo hace sentir aún peor. El tono aceitunado de su piel se intensifica en sus mejillas por la vergüenza de saber que papá está decepcionado de él y de que no le diga la verdad.
Sin embargo, sigue sin hablar.
Notas de la autora: Y hasta aquí el primer capítulo, en el que se aclara algo de lo que le ocurre a Phil.
