- Aria -

A veces pensaba que iba a morir. Uno crece y la muerte es, entre otras cosas, una especie de consuelo.

Había tenido la certeza de que iba a morir antes de convertirme en un adulto, por consiguiente, los sueños que atesoraba no eran grandiosos. Caminar debajo del cielo junto a mi hermano, dormir sin miedo, abrir los ojos por la mañana y que la primera impresión no fuese un pinchazo de angustia. Pero ¿qué tenía? Un manojo de imágenes simples que no iban muy lejos en el futuro. ¿Por qué iba a molestarme en planear a largo plazo si las posibilidades de alcanzar un futuro así de lejano eran mínimas?

«Cuando crezca, no quiero ser nada en absoluto.»

El pelirrojo, cada cuando, formulaba una pregunta del todo inútil que me obligaba a desear cosas para una vida adulta que no iba a disfrutar. Pocas veces verbalicé la incomodidad de tener que dar una réplica.

Yo no anhelaba ni siquiera libertad, pues el concepto resultaba abstracto y complejo en extremo para mi joven mente. La libertad era un peso con el que no hubieran sido capaz de avanzar.

Pero creo que, en el fondo, en un rincón en el que, de vez en cuando, la luz alumbra mis verdades mejor escondidas, allí, en un remanso de la memoria y el razonamiento donde reside quien soy realmente, es también donde guardo la esperanza de ver días mejores, de soñar en grande.

Él se reiría de mí. Sé que está allí dentro, reptando en la oscuridad por temor a que yo le de alcance y suprima su existencia de una vez por todas. Sabe que puedo ser más fuerte, es solo que no puedo serlo justo ahora (eso lo sabe también). Un día va a volver, andando a hurtadillas, cambiando cosas en pequeños detalles y ligeros movimientos, hasta que esté al mando.

No puedo odiarlo, no completamente. Es triste, pero él es quizá lo más cercano que tengo a un amigo aquí abajo.

Esta noche, he soñado que volvía a aquella casa y creo que incluso él le tiene miedo a ese lugar. Dejamos algo allí, una memoria que no hemos sido capaces de revelar todavía. Él tampoco lo sabe, pero tenemos la certeza de que es algo importante... de que hay, sino un remedio, si una respuesta para nuestro conflicto.

Me siento cambiar también, a veces, como hoy luego de soñar con la habitación a oscuras en la que pasé mi infancia. Tengo la impresión de que quizá hay algún otro del que no sabemos ni Saeran ni yo. Por supuesto, es aterrador pensar que puede que estemos conviviendo con un tercero del que no conocemos nada (aunque tal vez este extraño sepa lo que ocurrió en la casa gris). Dos de nosotros en la misma cabeza ya se siente como una multitud.

Estoy aterrado. Este evento ha destapado la posibilidad de que, sin saberlo, haya seguido fragmentándome.

Tengo miedo. Solo lo conozco a él, únicamente lo tengo en él, así que, no exento de cierta vergüenza ante mí, me aferro a Saeran. Pero sé perfectamente que él va a aprovecharse de esto tarde o temprano. Me odia, aunque creo que él odia a todo el mundo. Siento pena por él.

Siento pena, sobre todo, por mí.

No hay nadie más en esta habitación oscura y fría.

Me gustaría tener un amigo, alguien que no se parezca en nada a Saeran. Miro a la gente allá fuera y envidio la cotidianidad que los abraza, la absurda facilidad con la que se relacionan y su normalidad; seguro que no muchos de ellos tienen que convivir con otra persona en su propia cabeza. Apenas se esfuerzan por su normalidad, pero todo eso permanece como un misterio para mí. Observo desde lejos, oculto en los márgenes, estudiando concienzudamente sus interacciones, y pienso que nunca aprendí cómo ser un humano.

De regreso en las instalaciones de Mint Eye, la penumbra de mi habitación y la soledad refuerzan la idea de que soy algo muy parecido a un robot, que estoy lejos de poder ser considerado un ser vivo.

Y descubro: nunca aprendí a vivir.

Quiero creer, no obstante, que todavía no es tarde.