Capítulo II

.

Notaba la boca seca, el cuerpo dolorido y la cabeza a punto de estallar. Apreté un poco más los ojos cuando comprendí que la luz entraba por la ventana, a raudales.

—Mierda —murmuré contra el colchón, metiendo la cabeza bajo la almohada.

¿Quién sería el idiota que dejó las cortinas abiertas?

Ante esa pregunta, la respuesta fue obvia, era mi habitación, el idiota tenía que ser yo. Pero hasta ahí llegó mi razonamiento, el dolor de cabeza que tenía era tal, que me lastimaba hasta pensar. Me acomodé para seguir durmiendo, pero noté una punzada en el vientre, mi mano bajó de forma instintiva, para investigar aquello, encontrándome con una tela plástica puesta en el sitio.

—¿Pero qué?

Me obligué a medio abrir los ojos y observar lo que ya suponía. Tenía puesta una protección que se usaba a la hora de hacerse un tatuaje. Volví a cerrar los ojos, que parecían pegárseme, obligándome a abrirlos nuevamente, sentándome en la cama e intentando recordar cómo mierda tenía un tatuaje ahora, justo bajo la estrella.

No fui capaz de seguir buscando la respuesta, ya que me encontré junto a mí en la cama, con una figura femenina, cuya larga cabellera oscura cubría parte de su desnudez evidente.

El nombre salió de mi boca, apenas murmurado.

—¿Morgana?

Ella no respondió, sumergida en el sueño, como se encontraba. Sólo en ese momento reparé en mi propia desnudez. Me llevé una mano abierta, hasta los ojos, cubriéndome con ella de la luz, intentando recordar cómo era que estaba ahora aquí, con ella y con un tatuaje más en el cuerpo.

—Mierda… mierda, mierda, mierda…

Resoplé.

No había manera de recordar el tatuaje, menos aún lo demás. Pero, ¡si ni siquiera estaba con ella durante la noche! Con quien sí me divertí, me reí y coquetee fue con Helena, con la amiga. ¿Y dónde estaba ella ahora?

—No…

Expresé negando ante mi propio monólogo interno. ¿Con Tom?

Comencé a mirar a mi alrededor, encontrándome con ropa de ambos por todos lados, tenía que separar la mía, pero ponerme en pie fue un suplicio, peor que encontrarme en una montaña rusa, haciendo espirales y sin cinturón de seguridad. Extendí una mano, buscando una pared para sostenerme, mareado de tal manera, que la primera arcada no se dejó esperar.

Me llevé una mano a la boca, intentando recordar en dónde se encontraba el baño. La lógica me hizo entrar, desnudo como estaba, por una puerta lateral. En cuanto entré, solté todo lo que mi estómago expulsó fuera, en el lavamanos, imposibilitado de llegar al retrete. Una segunda y luego una tercera arcada, hasta que me dolían los músculos del estómago. Respiré y eché a correr el agua. Sentándome luego, lentamente, sobre la tapa del retrete.

Recordaba el vodka que habíamos tomado, el tequila. Arrugué un poco el ceño intentando recordar algo más, pero el resto eran imágenes difusas y ni mi estómago, ni mi cabeza, estaban para esfuerzos.

Resoplé, cuando el estómago se me revolvió nuevamente.

Tenía que encontrar a Tom, mi teléfono, al menos tenía que encontrar mi ropa interior. Respiré profundamente y me puse en pie endureciendo el estómago, para evitar una nueva arcada, pero causando una punzada en mi vientre, en el sitio del tatuaje. Me miré en el espejo que tenía en frente, se alcanzaba a traslucir una palabra escrita bajo la venda, ¿qué me había escrito?

Comencé a tirar de uno de los bordes, para remover lo suficiente como para mirar.

—Mierda.

De todas las cosas que podía tatuarme, tenía que poner el nombre de ella. ¡Si no pensaba verla más!, ni siquiera recordaba cómo era que estaba en esta situación. ¿Me habrían drogado?, me moví y la miré dormida sobre la cama. Al menos ahí no parecía peligrosa.

Entrecerré los ojos y salí del baño, observando las prendas en el suelo, sin mover demasiado la cabeza, necesitaba un par de analgésicos de forma urgente.

Cuando visualicé, algo parecido a mi ropa interior, la removí con el pie para confirmarlo. Bien, estaba ahí, pero ahora venía el segundo paso, agacharme para tomarla. Quise inclinarme, pero el dolor en mi cabeza me lo impidió, así que flexioné las rodillas, hasta que, con el tronco completamente recto, pude alcanzar la prenda. La acomodé en su sitio, escuchando en ese momento un aviso de mi teléfono, perdido en algún lugar de la habitación. Intenté dilucidar la procedencia, observando a Morgana sobre la cama, que se removió ligeramente.

Perfecto, bajo la cama.

Mierda.

Me agaché apretando los dientes ante el dolor, mascullando una oración, en la que todos mis parientes cercanos salían mal parados y encontré el teléfono. Estaba sin batería. Lo dejé sobre la cama, ya me encargaría de él después.

Volví junto a la cama, con algo más de resignación y costumbre, me agaché, a pesar del dolor de cabeza, tomando la ropa de Morgana que encontraba en el camino y dejándola sobre la cama. Incluyendo la lencería, que era bastante sugerente, a pesar de que no recordaba, ni siquiera, si se la había quitado yo.

Quise negar con un gesto de mi cabeza, pero me abstuve.

Después de todo sí era mi habitación, ya que mi bolso estaba sobre una silla. Me vestí, cuidando de no sacudir demasiado mis escasos pensamientos. Miré a Morgana, con la cabeza escondida bajo la almohada y medio cuerpo descubierto, meditando en dejarle una nota.

No, no podía ser tan impersonal.

Me acerqué a la cama y me senté junto a ella. Se removió cuando lo hice, con un suave sonido de molestia.

—Morgana… —le hablé, con la voz casi apagada, no quería que resonara dentro de mi cabeza, pero ella no respondió—Morgana... —intenté con un poco más de voz, arrugando el ceño por el dolor.

Cuando vi que no respondía, la toqué con dos dedos en la espalda. Era extraño, se suponía que ella y yo habíamos pasado la noche juntos, pero tocarla ahora mismo, era algo casi inapropiado.

—Mmm... —se quejó, girando la cabeza, bajo la almohada, en mi dirección.

Lo siguiente, fue ver sus ojos apenas abiertos por un segundo, como si quisiera comprobar de quién se trataba.

—Morgana…—murmuré nuevamente— me voy… —ella no dijo nada.

¿Y ahora qué? ¿Me lo he pasado muy bien?, pero si ni siquiera me acordaba de cómo me lo había pasado.

Después de todo, la nota no era tan mala idea ¿no?

Me puse en pie.

—Yo dormiré un poco más… —la escuché murmurar.

—Bien… la habitación se puede ocupar hasta media noche —hablé en bajo tono.

Ella volvió a abrir un ojo y me miró, podría decir que casi inquisitiva.

—Tú no eres Tom —dijo, como si acabara de reparar en ello.

—No —quise soltar una sonrisa sarcástica, pero ni eso me podía permitir.

A saber cómo pensaba volar de vuelta a Los Ángeles.

Cerró los ojos nuevamente y metió, más, la cabeza bajo la almohada.

La miré unos segundo, antes de comprender que a eso se limitaría nuestra precaria conversación. Al menos me había despedido, así que eso no quedaría en mi consciencia.

Tomé mi bolso y salí de la habitación, encontrándome en medio del pasillo, completamente desorientado. Lo lógico sería que recordara la posición de la habitación de Tom, pero no era así. Escuché en ese momento, una puerta a mi derecha y miré, encontrándome con mi hermano, enfundado en unos enormes lentes oscuros.

—La cabeza me está matando —murmuró apenas.

—Hasta en eso nos parecemos.

Miró hacía la puerta de mi habitación.

—¿Con quién estabas? —preguntó, como si esperara descubrirme en algo.

—¿Con quién estás tú? —lo interrogué. Tom suspiró descubierto.

—Con Helena.

—Morgana.

Ambos nos quedamos en silencio.

—¿Y qué hacemos? —lo insté a decidir, después de todo era el más experimentado de los dos en estas situaciones.

—Helena está dormida… —pareció meditar—le dejé una nota y a casa.

—Eso es un poco… —no encontraba la palabra para definirlo.

—¿Frívolo? —preguntó.

—Pues sí.

—Lo siento hermanito, pero no creo que estuviésemos aquí para entablar una relación de otro tipo.

Suspiré dándole la razón. No es que lo mío hubiese sido muy diferente.

—¿Dejaste una nota? —me preguntó con un susurro.

—Algo así.

Tom se quedó de pie, mirando a ambos lados del pasillo.

—¿Hacía dónde estaban las habitaciones de los chicos? —preguntó.

Una pregunta que nos tomó unos segundos largos, responder.

.

El viaje de vuelta a Los Ángeles, me pareció compuesto de los cuarenta y cinco minutos más largos de toda mi vida. La cabeza me bombeaba la sangre con tanta intensidad, que me preguntaba, si no se me había cambiado el corazón de sitio, además de no permitirme ni siquiera dormir.

Gustav y Georg, murmuraban y se reían acomodados en sus asientos, atrás de los nuestros, pero ni mi hermano ni yo, éramos capaces de replicar nada.

¿Qué mierda habíamos tomado? Ya llevaba dos analgésicos y todo seguía igual.

—¿De qué tanto se ríen estos dos?—le pregunté a Tom

—Me parece evidente… de la cara que llevamos…

Me quedé en silencio un largo momento más, reacomodándome en el asiento y reaccionando ante la pequeña punzada en la herida del tatuaje.

—Tom…

—Mmm…

—¿Recuerdas cómo es que cambiamos…?

—¿De chicas?

—Sí.

Tom no respondió de inmediato, parecía estar buscando la respuesta igual que yo.

—Mi memoria llega, hasta que Georg y Gustav nos dejaron —me explicó.

—Bueno… yo recuerdo que salimos de ese salón y nos fuimos a otro… pero…

—Ah, sí… tú ibas con Helena y Morgana conmigo…

Volvimos a silenciarnos, creo que para él y para mí, el resto estaba envuelto en una densa neblina. Recordaba risas, copas, el ruido de las fichas, la música, la mano de Helena explorando mi pecho ¿Cómo es que había terminado con la chica de Tom? Arrugué el ceño, cansado de pensar, quizás cuando la cabeza dejase de dolerme, podría recordar un poco más, seguro que ahora mis recuerdos, estaban apresados por la inflamación de mi cerebro.

Cuando cruzamos la puerta de casa, cada uno se fue a su habitación, sabía que dormiríamos sin ponernos un límite. Por mi parte, ni siquiera me quité los zapatos, dejándome caer sobre la cama.

De pronto, escuché el timbre de la puerta sonando de forma insistente, no sé cuánto tiempo llevaba acostado, creo que apenas medio minuto, aunque claro, mi percepción del tiempo no era demasiado exacta ahora mismo.

Gruñí, removiéndome sobre la cama, tapándome la cabeza con todo lo que encontré a mano. La colcha, los cojines, las almohadas. Buscando crear un pequeño refugio, dejando sólo espacio para respirar.

Luego de unos minutos el timbre continuaba sonando, ¿quién podía ser tan insistente? Luego fue el teléfono de casa el que comenzó a sonar.

Mierda.

Pateé y agité los brazos, desperdigando las partes de mi refugio por todos lados.

—¡Tom! —grité furioso, sin que me importase el dolor de cabeza, ¿es que no escuchaba el timbre?

Me fui de camino a la puerta, pero de paso le di un par de golpes a su puerta.

—¡¿Quién?

Pregunté con muy poca cortesía, cuando levanté el teléfono.

—David, abre.

No había petición implícita. Era una exigencia clara.

Abrí la puerta de entrada y me fui a la habitación de Tom nuevamente, en tanto David estacionaba su coche.

—¡Tom! —toqué y abrí, cuando no obtuve respuesta.

Me lo encontré sobre la cama, metido en su propio refugio anti ruidos. Tiré de la colcha que Tom sostenía con fuerza. Me eché atrás, cuando comenzó a patalear furioso, arrojando todo.

—¡¿Por qué mierda no me dejan dormir?—se quejó.

—Estás expresando mis pensamientos —dije, saliendo a la sala, encontrándome con David que me miró como si quisiera acribillarme.

—¿Qué pasa?—me dejé caer en un sillón y me tapé los ojos con un cojín.

—Yo no vengo a dar explicaciones, vengo a pedirlas —contestó.

Me destapé un ojo y lo miré, sí que estaba furioso. No es que su carácter fuese demasiado amable, la mitad del tiempo estaba estresado, pero ahora parecía tener motivos reales.

—¿Qué quieres que te expliquemos?—apareció Tom por el pasillo— fuimos a Las Vegas, eso ya lo sabías.

—Ya… ¿pero se puede saber qué hicieron allá? —preguntó con cierta ironía.

Tom y yo nos miramos, no hablamos, pero ambos pensamos en Georg y Gustav. ¿Le habrían contado a David de nuestra aventurita?. Y aunque lo hubiesen hecho, ¿por qué estaba David tan enfadado?, ni que tuviésemos diecisiete años.

—Nada que tengamos que contar—quise cortar el interrogatorio.

David volvió a darme esa mirada acribilladora, tan intensa, que me sobé el pecho instintivamente. Luego sacó su teléfono, buscando algo en él, Tom y yo volvimos a mirarnos.

—De esto, ¿no tienen nada que decirme? —preguntó, extendiendo la pantalla del teléfono hacía mí, que estaba más cerca. Tom se arrimó para mirar.

Me quedé helado.

—¡¿Cómo, mierda, me hacen esto? —preguntó.

En la pantalla de su teléfono, aparecía una foto de Tom, con Morgana, besándose apasionadamente, ella llevaba una corona en la cabeza, de la que salía un pequeño velo blanco. Tom mostrando en la foto, un certificado matrimonial extendido en Las Vegas.

—Es una broma ¿no? —le pregunté, ante la imposibilidad de Tom, para hablar.

David achicó los ojos e hizo un movimiento en la pantalla de su teléfono, para poner frente a mí otra imagen.

No pude, ni siquiera quejarme. Ante mí, la imagen de Helena, con su mano metida bajo mi camiseta, mientras nos besábamos como si fuésemos dos moluscos, ante la bendición de un juez vestido de Elvis.

—Y lo peor no es que lo hicieran —comenzó a dar vueltas erráticas David. Luego se detuvo y nos miró—lo peor es que lo subieron a la aplicación.

El hielo que me recorrió la espalda fue tal, que hasta me olvidé del dolor de cabeza.

"La regla es; Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Pero no siempre puedes cumplirla."

Continuará…

Jjajjajajajajja… lo siento, me he divertido haciéndoselos pasar mal a estos dos. Creo que tenemos una madeja de hilo enredada en esta historia ¿eh?

Espero que la estén disfrutando tanto, como yo escribiendo. Lo cierto es que no me ha costado nada poner a los chicos en este aprieto, a ver como avanza.

Un beso y muchas gracias por sus mensajes, me divierto mucho leyendo lo que experimentan ustedes cuando leen.

Siempre en amor.

Anyara