Disclaimer: Los personajes y las situaciones que les recuerden a Twilight no me pertenece, esta inspirado bajo la obra de Stephenie Meyer. Y la historia es de Lucy Monroe.

Capítulo 2

A lo largo de la semana siguiente Cullen descubrió que ninguna de las amistades de Bella conocía la verdad sobre ella. De hecho, aunque casi siempre estaba acompañada por muchas personas, no tenía a nadie que pudiera considerarse un amigo íntimo. Al menos la información que Cullen había recibido sobre ella era cierta en ese aspecto… aunque fuera errónea en casi todo lo demás.

Fuera como fuera, aquel informe no lo había preparado para la creciente atracción que existía entre ellos. Cullen había creído que podría utilizar aquella química compartida para estar cerca de ella, pero no tardó en descubrir que suponía un obstáculo más que una ventaja en su trabajo.

¿Cómo podía protegerla si bastaba el reflejo del sol en sus cabellos castaños para distraerlo? La fascinación por su cabello surgió la primera vez que la vio con el pelo suelto. Una larga cortina de seda castaña que le llegaba hasta la cintura. ¿Sería tan suave como parecía?

No podía reprimirse a la hora de tocarlo. Y a Bella no parecía importarle. Rehuía el contacto físico con los demás, limitándolo a abrazos cortos y brazos enganchados incluso con sus amigas, pero en cambio parecía estar buscando continuamente las manos de Cullen… Y aunque él se guardaba mucho de tocarla como quisiera, los dedos le escocían por el deseo insatisfecho de acariciar las exuberantes curvas que ocultaba su ropa.

No se podía decir que vistiera de un modo particularmente sexy ni provocativo, pero sus movimientos irradiaban una sensualidad natural de la que ella ni siquiera debía de ser consciente.

Como en ese mismo momento, sentada frente a él en el Starbucks que su amigo Mike había mencionado días antes. La manera en que inclinaba la cabeza mientras él hablaba realzaba la esbelta línea del cuello y atraía la mirada de Cullen a los pechos que se adivinaban bajo la camiseta de algodón. Estaba seguro de que no llevaba sujetador, porque sus pezones se habían endurecido visiblemente en los últimos minutos. A Cullen se le hacía la boca agua imaginándose el sabor de aquella piel desnuda.

—¿Edward? —lo llamó en voz baja y vacilante.

Él levantó la mirada de sus pechos a su cara y sintió cómo se ponía colorado. ¿Cuándo fue la última vez que se había ruborizado ante una chica? Tenía veintisiete años, era rico y había triunfado en la vida por sus propios méritos. Hacía mucho que había dejado atrás la timidez juvenil, en caso de que alguna vez hubiera sido tímido.

—¿Sí?

—Me… umm… preguntaba si querrías…

—¿Sí?

Bella se mordió el labio y guardó silencio unos segundos. Tenía un aspecto encantador.

—Si te apetecería dar un paseo por State Street —dijo, soltando las palabras de golpe.

—Claro. Si tienes tiempo… —una vez más, el guardaespaldas de Bella creía que estaba estudiando. En casa.

Cuando Cullen descubrió cómo Bella eludía la seguridad para escabullirse del apartamento que compartía con una carabina, y que estaba junto al apartamento donde se alojaba su equipo de seguridad, estuvo a punto de matar a alguien. Empezando por los guardaespaldas. ¿Cuántas veces había salido la princesa de casa sin protección?

Pero Cullen no reveló aquella brecha en la seguridad a los criados de la familia. Tenía la sospecha de que las amenazas a la familia Swan venían del interior, y no estaba dispuesto a correr riesgos. Esperaría a que acabara aquella situación tan delicada y entonces presentaría un informe completo con las sugerencias oportunas para mejorar la seguridad de la princesa. Otro miembro de Cullen Investigations se encargaba de vigilar el edificio de Bella cuando él se iba a dormir. Ella debería estar durmiendo por la noche, pero con aquella joven tan decidida nunca se podía estar seguro de nada.

Normalmente, habría dejado el caso en manos de su personal, pero si su agencia de detectives se había convertido en una afamada y multimillonaria empresa internacional era gracias al instinto personal de Cullen. Sabía cuándo era recomendable involucrarse personalmente en los casos de sus clientes. Y aquélla era ciertamente una de esas ocasiones especiales.

Bella se pegó mucho a él mientras caminaban por la calle arbolada junto al Capitolio, y Cullen la rodeó por su estrecha cintura como si el brazo tuviera voluntad propia.

La sensación era muy agradable, pero también muy extraña. En primer lugar, Bella era su clienta… aunque ella no sospechara nada del asunto. Y en segundo lugar, Cullen no era precisamente pródigo en muestras de afecto y sensiblerías. Sus relaciones con el sexo femenino se reducían al placer físico, sin ningún tipo de compromiso ni falsas muestras de emoción. Ni siquiera tenía amigas. Y desde luego no tenía el menor interés en mantener nada serio con una mujer. Jamás.

Todas las mujeres que había conocido habían sido mentirosas y traicioneras. Empezando por la mujer que lo concibió y que fingió un interés maternal hasta el día que encontró a un hombre con más dinero que su padre. Los abandonó a ambos y desde entonces sólo se había puesto en contacto con Cullen en dos ocasiones. Y sólo con la intención de usarlo.

Cullen se lo había permitido la primera vez. Pero la segunda la había echado definitivamente de su vida.

Su abuela era igualmente interesada, pero al menos se había quedado con el abuelo de Cullen. ¿Qué les pasaría a los hombres de su familia? ¿No sabían elegir mejor a sus parejas o simplemente tenían mala suerte? En cualquier caso, Cullen había seguido la tradición familiar en dos ocasiones, antes de decidir el único tipo de relación que quería con las mujeres.

Y esa relación era ninguna en absoluto. Ni con las mujeres de su familia ni con las que se acostaba de vez en cuando.

Lo que sentía por Bella era más intenso y difícil de controlar, pero no importaba. Tenía que controlarlo. Porque ella era igual a las demás mujeres que había conocido. Les mentía a sus guardaespaldas y a su familia sin el menor escrúpulo. ¿Por qué iba a ser más digna de confianza en una relación? No podía serlo. Ni siquiera le había contado aún la verdad sobre su vida. Tal vez no tuvieran una relación y ella ni siquiera sirviese para una aventura pasajera, pero Bella no lo sabía. Lo único que ella sabía era que aquella incipiente amistad no tenía límites. Y sin embargo seguía manteniendo el engaño.

Era una princesa, y aunque Cullen no estuviera a cargo de su seguridad no podría haber nada entre ellos. No sólo porque fuera virgen, sino porque Bella no era el tipo de mujer que se conformara con poco. Era el tipo de mujer que creía en el amor eterno y en todas las fantasías que lo acompañaran.

Tal vez no confiara en ella y fuese más cínico que los demás hombres, pero tampoco quería ser el responsable de destrozarle a Bella sus fantasías románticas. De eso ya se encargaría cualquier otro. Ni siquiera una princesa era inmune a los golpes de la vida.

Y por encima de todo, estaba su reputación profesional. Cullen había trabajado muy duro para convertir su negocio en un referente internacional, y no iba a ponerlo en peligro por culpa de una mujer. Por muy sensual que fuera.

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Las escenas que conformaban su experiencia con Edward se reproducían a toda velocidad en la cabeza de Bella.

Edward se había ofrecido a llevarla en coche a la excursión. Tenía un Dodge Víper, un lujoso deportivo de dos plazas del mismo color verde que sus ojos. En los noventa minutos de trayecto hasta el camping, Bella se fijó más en el perfil de Edward y en los vaqueros ceñidos a sus poderosos muslos que en el bonito paisaje que los acompañaba.

Se había pasado horas y horas pensando en aquel hombre, intentando averiguar si la atracción que sentía por él podía ser recíproca.

No tenía experiencia sentimental, y no se sentía lo suficientemente cómoda con nadie para pedir consejo.

Lo único que le quedaba era su opinión, basada en… nada. Sí, había compartido muchos cotilleos con las chicas del instituto, pero aquella situación era completamente nueva para ella. Edward no parecía buscar sexo ni intentaba meterle mano cuando estaban a solas.

Seguramente se debía a que era mayor que ella. Un licenciado universitario con experiencia en el mundo de los negocios.

Pero aun así estaba convencida de que él también la deseaba. Las miradas que le echaba bastarían para derretirla. Y no eran las únicas señales.

Probó a buscar consejo en varias revistas femeninas, pero todas defendían la comunicación y la honestidad en una relación. ¿Significaba eso que debería… preguntárselo? Prefería el lenguaje no verbal. Y a veces las pistas no podrían ser más claras, como el brillo de sus ojos que la hacía palpitar con emociones prohibidas cada vez que estaban cerca el uno del otro. Pero en las tres semanas que llevaban viéndose él no había intentado sobrepasarse ni nada por el estilo. No habían tenido ninguna cita oficial, pero habían pasado mucho tiempo juntos desde que se tropezara con él en el patio. A Edward Cullen no parecían gustarle mucho los grupos, por lo que su presencia en reuniones en las que nunca había participado o en manifestaciones por las que no debía de tener el menor interés daba a encender que estaba interesado en ella personalmente.

Lo cual quería decir que… él también la deseaba.

Era sorprendente que un hombre cómo Edward estuviera interesado en Bella Swan. Sorprendente e incluso increíble. Ella estaba acostumbrada a atraer a las personas por su estatus de princesa, pero Cullen no podía saber, como nadie más en la universidad, que ella pertenecía a la realeza… Y, sin embargo, le gustaba…

Cullen era todo lo que ella siempre había soñado encontrar en un novio. Se le escapó un suspiro melancólico y él la miró con expresión interrogativa. Bella sonrió tímidamente y se encogió de hombros, y por suerte él no le preguntó lo que estaba pensando.

Era guapísimo y tenía una personalidad arrolladora, pero sin resultar dominante ni autoritario. Siempre la escuchaba con atención e interés, incluso más que su hermano. Era inteligente y ambicioso, como demostraba su máster en Administración de Empresas. Y era extremadamente sexy. ¿Cómo no iba a enamorarse de un hombre como él?

El problema era que, a veces, estaba convencida de que Edward Cullen no quería más que una amistad.

Bella no tenía la menor experiencia con los hombres ni con la seducción. Si hubiera sido como las otras chicas de su escuela, al menos habría tenido la ocasión de conocer a personas del sexo opuesto fuera del colegio y habría aprendido las reglas básicas del coqueteo. Pero la naturaleza machista de su familia la había convertido en una mujer insegura y desconfiada con los hombres, y seguramente se dejaría vencer por el miedo si tuviera le menor ocasión de relacionarse con alguno.

Aquella precaución extrema, combinada con la engorrosa necesidad de mentir si quería salir con alguien, y con la humillación de estar constantemente bajo la vigilancia de un guardaespaldas o una carabina, le había impedido intimar con ningún chico desde que llegó a la universidad. Hasta que conoció a Edward.

Con él era más fácil, puesto que estaba dispuesto a acompañarla en sus actividades secretas. Pero de todos modos Bella haría lo que fuera con tal de verlo a solas. Lo único que no sabía era… qué hacer con él.

Pero su falta de experiencia nunca había sido un obstáculo a la hora de hacer lo que quería. No era, ni mucho menos, la princesita recatada, sumisa e inútil que su padre creía.

Edward era muy distinto a los hombres de su familia. Nunca menospreciaba sus opiniones sólo porque no fuera la heredera al trono o no interviniera en el gobierno de su país. No se sorprendía por su inteligencia y no pensaba que sus estudios en Ciencias Políticas fueran una pérdida de tiempo. No sabía por qué Bella había elegido aquella especialidad, pero la trataba como si la creyera capaz de hacer algo útil y provechoso con su título universitario.

Ésa era precisamente la esperanza de Bella.

Se había pasado la infancia alejada de su hogar. Sólo una vez al año iba a Swan y se pasaba una semana en el palacio real con sus padres y hermanos. No recordaba ni una sola muestra de afecto por parte de sus padres, y sabía que para su padre no era más que una descendiente de segunda categoría por ser mujer.

Se negaba a pasar el resto de su vida siendo invisible o insignificante. Quería hacer algo por cambiar el mundo, y no sólo como un bonito y sofisticado apéndice del brazo de un hombre.

—Estás muy callada —observó Edward.

—Estaba pensando en lo distinto que eres de los hombres de mi familia.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿En qué sentido?

—No me subestimas ni me desprecias por ser mujer.

—¿Quién hace eso?

—Mi padre. Mi tío… Otros.

—¿Tu hermano?

Bella no recordaba haber mencionado a su hermano, pero seguramente lo había hecho. Esbozó una de las poquísimas sonrisas que se permitía al pensar en su familia.

—Mi hermano es diferente. Fue educado para ser como mi padre, pero es muy especial para mí.

—¿Por qué? —preguntó Edward, y su sincero interés la animó a abrirse más de lo que habría hecho con cualquier otra persona.

—Pasa tiempo conmigo.

—¿Y tus padres no?

—Mi madre sí… más o menos —las sesiones preparatorias para ocupar su rol en la alta sociedad a duras penas podrían clasificarse como lazos afectivos entre madre e hija.

—¿Y tu padre? —no parecía sorprendido ni crítico. Simplemente, curioso.

—No. Está demasiado ocupado como para dedicarle tiempo a una hija.

—¿Eso te molesta?

—¿A ti no te molestaría?

Él pareció sorprenderse por la pregunta y se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Pero en mi caso fue mi madre la que no se molestaba en dedicarme su tiempo. Y mi padre siempre estaba demasiado ocupado con su negocio.

—¿Y de verdad no te molesta?

—¿Por qué habría de molestarme? Yo tengo mi propia vida.

—Entonces, ¿no crees que una familia deba pasar tiempo unida?

—¿Te refieres a cenar todos juntos e irse de acampada en verano?

—Algo así.

—Si se tiene la suerte de nacer en una familia así, debe de ser muy bonito. Pero en caso contrario, tienes que aceptar las circunstancias y seguir adelante, cambiar esas circunstancias.

Él volvió a parecer sorprendido por su comentario.

—¿Cómo podrías cambiarlas?

—¿En mi caso? Casándome con un hombre para quien la familia sea tan importante como lo es para mí. Pasando tiempo con mis hijos, si llego a tenerlos… Ningún hijo o hija míos se sentirá jamás como alguien prescindible para sus padres.

—¿Crees que eres prescindible para tus padres?

—No lo creo. Lo soy.

—¿Por qué dices eso?

—Vine a Estados Unidos con seis años porque la hermana mayor de mi madre no había podido tener hijos y se decidió que tuviera el honor de criarme a mí. Sólo veo a mis padres una vez al año, por una semana —nunca le había contado los detalles de su vida a nadie, pero sentía que Edward era diferente y que podía confiar en él.

—¿Y tu hermano?

Bella volvió a sonreír al pensar en su hermano.

—Cuando estoy con mis padres, se asegura de que comamos juntos al menos una vez al día. Hablamos mucho. Me pregunta por mi vida y escucha todo lo que tengo que contarle. Me felicita por mis notas y es la única persona de mi familia que estaba en el equipo de kayak en el instituto. También hace lo posible por visitarme cada vez que viene a Estados Unidos. Mi padre vuela a Washington D.C. un par de veces al año, por lo menos, pero nunca se ha molestado en venir a verme. Ni siquiera cuando mi hermano y él viajan juntos y Emmett lo arregla todo para vernos.

—Seguro que está convencido de que estás muy bien atendida con tus tíos.

—Y lo estoy. No quiero menospreciarlos de ninguna manera. Mi tía es encantadora, aunque un poco reservada, y mi tío tiene una mentalidad mucho más abierta que mi padre, quizá porque se crió en Canadá. Gracias a él pude entrar en la universidad. Si hubiera sido por mis padres, habría ido a una escuela de señoritas en Europa —su padre había accedido a que estudiara en la universidad, pero Bella había tomado la precaución adicional de solicitar la nacionalidad estadounidense en cuanto cumplió dieciocho años.

Le había costado dos años, y había sido la razón por la que aprendió a eludir la vigilancia de sus guardaespaldas. Actualmente tenía doble nacionalidad. Con su pasaporte marwaní viajaba bajo los auspicios de la monarquía de su país, mientras que su familia no sabía nada de sus papeles norteamericanos. Como ciudadana de Swan, su padre tenía la última palabra sobre todo lo que hiciera en la vida, fuera cual fuera su edad. No todas las mujeres marwaníes se encontraban en la misma situación, pero un miembro femenino de la familia real no podía actuar legalmente sin consentimiento paterno. Sin embargo, como ciudadana de Estados Unidos tenía los mismos derechos y libertades que cualquier otra persona, incluida la posibilidad de negarse a volver a Swan si fuera necesario.

—Pero ¿la relación con tus padres es motivo de desgracia para ti? —le preguntó Cullen.

—La falta de relación, más bien. Como ya te he dicho, si alguna vez tengo hijos quiero una vida distinta para ellos.

—Estoy seguro de que triunfarás en todo aquello que te propongas.

Ella le dedicó una sonrisa. Definitivamente, se estaba enamorando de él.

—Gracias.

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Cuando llegaron a las cabañas donde se alojaría el grupo de kayak, Cullen sólo vio otro coche. Resultó ser el de Mike, quien estaba descargando el equipaje junto a otros tres miembros del grupo. Cullen se aseguró de hospedarse en uno de los dormitorios de la misma cabaña donde dormiría Bella, y lo mismo hizo Mike. De hecho, compartirían la misma habitación. A Cullen le pareció muy conveniente, pues así podría vigilar a la princesa y a su admirador particular.

Bella compartía habitación con otra estudiante. Una rubia con un físico despampanante que hablaba como Demi Moore en La teniente O'Neil. Bella le contó a Cullen mientras daban una vuelta de reconocimiento por el lago que la chica había estado en el Ejército y acababa de empezar la universidad aquel semestre. Cullen ya lo sabía por los informes de su agencia, pero le sorprendió descubrir que la admiración de Bella por el carácter fuerte e independiente de la rubia rayaba en la adoración.

—Ha estado en más bares y países de los que yo he visitado en mi vida.

—¿Y eso te parece algo bueno? —le preguntó él.

Bella soltó una carcajada que amenazó con despertar la libido de Cullen.

—Pues sí. Mi vida ha sido demasiado recogida. Un fin de semana como éste es lo más aventurero a lo que puedo aspirar.

—¿Acaso quieres más aventuras? —le preguntó Cullen con un mal presentimiento. Si su familia no mejoraba su seguridad, Bella acabaría viviendo toda clase de peligrosas aventuras.

—Sí. Quiero viajar. Quiero hacer cosas… ayudar a las personas. Ver mundo, pero no como una… como una persona de clase privilegiada, sino como alguien que intenta hacer algo por los demás.

—Parece que quieras unirte a los Cuerpos de Paz.

—Es uno de mis sueños, pero no creo que pueda cumplirlo.

Cullen tuvo que respirar hondo para no ahogarse por la sorpresa. ¿Una princesa en los Cuerpos de Paz? Él tampoco lo veía muy probable.

—Si no puedes hacer realidad tu sueño, puedes buscar algo más práctico y realista.

Por ejemplo, donar dinero a una causa benéfica. Era lo que hacían las princesas comprometidas con las clases más desfavorecidas sin necesidad de provocar un incidente político.

Bella se detuvo y contempló el lago con expresión pensativa. Cullen también se detuvo, pero se quedó observando a su princesa. Su piel relucía a la luz del sol, y sus perfectos rasgos irradiaban una belleza que le cortaba el aliento. Sin darse cuenta de lo que hacía, levantó una mano y le apartó el pelo de la cara. Ella se movió ligeramente y sus miradas se encontraron. Sus ojos color chocolate lo atraían irrefrenablemente, y su dulce sonrisa lo tentaba a saborear sus labios. Ladeó la cabeza y él descendió hasta que sus labios se rozaron.

El leve contacto se propagó como una corriente eléctrica por todo su cuerpo y detuvo el tiempo a su alrededor. Ninguno de los dos se movió ni intentaron profundizar el beso. Permanecieron inmóviles, suspendidos en una sensación que Cullen nunca había experimentado y que ella tampoco debía de haber sentido hasta ese momento.

Sólo estaban físicamente unidos en dos puntos… por los labios, que apenas se rozaban, y por la mano que Cullen aún tenía en su mejilla. Y sin embargo podía sentir la conexión en lo más profundo de su ser.

—Eh, ustedes —la voz de Mike lo devolvió bruscamente a la realidad.

Retiró la mano de la mejilla y se apartó de Bella. ¿Qué demonios estaba haciendo? Ni siquiera había oído acercarse a Mike, y un despiste semejante era imperdonable en su trabajo. Si Mike hubiera sido una amenaza, Bella podría estar muerta en ese mismo momento. Un escalofrío le recorrió la piel sólo de pensarlo.

Estaba allí para proteger a Bella, no para hacer el amor con ella, Ni siquiera para fantasear con ella como un enfermo de amor. Él no fantaseaba con nadie.

Tal vez necesitaba unas vacaciones. Un poco de tiempo libre y unas cuantas aventuras sexuales para intentar sacarse de la cabeza la imagen de su… de la princesa. De una cosa estaba seguro. Aquella Venus en miniatura se estaba convirtiendo en una debilidad que no podía permitirse.

—Hola, Mike —lo saludó Bella, Su voz era más débil de lo habitual y tenía la mirada desenfocada.

Cullen tuvo que reprimir un gemido. La situación se le estaba escapando de las manos… si no se le había escapado ya.

—Se supone que es una excursión en grupo, no una escapada romántica —les dijo Mike, echándoles una mirada suspicaz.

Edward lo fulminó con la mirada. Como si aquel imbécil no se aprovechara de la situación si tuviera oportunidad. Y seguro que tendría muchos menos escrúpulos que Edward.

Bella apartó la mirada. Sus mejillas se habían cubierto de un rubor adorable.

—¿Querías algo, Mike? —le preguntó Cullen, intentando recordar que la palabra «adorable» no formaba parte de su vocabulario, y menos aplicada a una clienta.

—Sólo quería echarle un vistazo al lago. Mañana por la mañana empezaremos por las aguas mansas, comprobaremos el nivel de cada uno y después de comer iremos al río —miró fijamente a Cullen—. Suponiendo que todos estemos preparados para ir al río…

Cullen se dispuso a decirle que estaría preparado para lo que fuera, pero Bella se le adelantó.

—Si Edward no se encuentra cómodo en las aguas bravas, me quedaré con él en el lago por la tarde —dijo, cambiando radicalmente los planes de Cullen para demostrar su destreza.

—¿De verdad no te importará? —le preguntó.

Mike Frunció el ceño.

—No es justo para ti, nena, seguro que cualquier otro con experiencia estará dispuesto a quedarse con él.

A Cullen no se le pasó por alto que Mike no se ofrecía voluntario para dicho papel.

Los rasgos de Bella se contrajeron en una mueca de cabezonería que cada vez le resultaba más familiar.

—No seas tonto, fui yo la que invitó a Edward a esta excursión. Le prometí que le enseñaría a remar y eso haré.

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Bella hizo honor a su palabra. Cullen tenía experiencia en canoas y no le costó encontrar el equilibrio en el kayak, pero las enseñanzas y los consejos de Bella le resultaron muy útiles a la hora de guiar la embarcación. Aun así, se preocupó de caer al agua en un par de ocasiones para que la excusa de quedarse en el lago resultara creíble.

Comieron todos juntos en la cabaña principal. Bella estaba muy animada y sonreía casi todo el tiempo. Alababa los esfuerzos de Cullen por aprender y también a los demás por la técnica demostrada. Ella y su compañera de habitación iniciaron una discusión sobre cuál de las dos había vivido la experiencia más peligrosa en un kayak. Y fue entonces cuando Cullen se enteró de que Bella casi se había ahogado en una ocasión. En su último año de instituto, mientras participaba en una carrera particularmente difícil, otra remera se había caído al agua. Se había golpeado la cabeza y no había vuelto a emerger. Bella se lanzó al agua para salvarla. Las dos chicas estuvieron a punto de ahogarse, pero Bella consiguió llevarla hasta la orilla.

Oyendo su dramática historia, Cullen experimentó un miedo del todo inesperado e irracional. Y sus temores aumentaron cuando vio la expresión maravillada de Bella mientras la teniente O'Neil relataba su descenso por los rápidos del río Yangtze. Si su familia no hacía algo pronto, Bella acabaría matándose en su búsqueda de aventuras.

Necesitaba un marido que la vigilara de cerca. Ni su padre, ni su tío ni su equipo de seguridad estaban haciendo lo suficiente. Pero la idea de que fuera otro hombre el que la protegiera llenó a Cullen de una furia ciega. No podía soportar la imagen de Bella en los brazos de alguien que no fuera él.


N.A: Lamento no haber podido actualizar ayer, pero aquí está, mas vale tarde que nunca.