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La historia no es tan corta va a ser de 10 capítulos
Capítulo 2Edward entró en su apartamento y tiró el casco en el sofá. Se había ido a dar una vuelta después de haberles vendido las bicis a Bella y Rosalie y haber cerrado la tienda, y durante todo el paseo no había sido capaz de quitarse a Bella de la cabeza.
El teléfono sonó justo en aquel momento y lo cogió en la extensión que tenía en la cocina.
—¿hola?
—Ya estás mejor del catarro, ¿eh?
—Alice... Sí, ya casi estoy bien. Creo que los litros de jugo de naranja que me trajiste lo han ahogado.
Su hermana se echó a reír.
—Me alegro. Y eso sin hablar de la sopa de pollo.
—Por supuesto, sin hablar de la sopa...
Edward se acordó de lo que la mujer a la que había llamado por error la noche anterior le había dicho sobre el catarro, y entonces recordó que su voz... No podía ser. ¿O quizás...?
—¿Edward? ¡Edward Anthony Cullen!—como Alice no conseguía respuesta, añadió con voz cantarina—: ¿eddie?
Edward frunció el ceño.
—No me llames eddie.
—No es culpa mía que no me estuvieras escuchando—contestó Alice entre risas—. Y tampoco es culpa mía que papá quisiera llamarte así como el abuelo. Supongo que es cosa de hombres. Seguro que tú también terminarás por llamar a tu hijo Edward Anthony Cullen tercero—De eso nada. Ya he tenido bastantes confusiones mientras era pequeño. No quiero echarle esa carga a un hijo mío.
—Ya veremos. De todas formas, yo llamaba para asegurarme de que no te habías muerto del resfriado.
—Muchas gracias, hermanita.
—De nada, hermanito. ¿Vas a ir a casa este fin de se mana?
—Seguramente. ¿Y tú?
—Supongo que sí. A Jasper le gusta ir a ver a sus suegros.
—¡Claro! Si yo fuese él, también me gustaría. Cada vez que va le tienen un regalo.
—Lo sé. Le miman demasiado. Bueno, tengo que irme. Ya nos veremos.
—De acuerdo. Hasta luego, Alice.
Edward colgó el auricular y se quedó mirando los números. ¿Qué número le había dicho aquella mujer? El de Alice era el 555.56.82, y obviamente el cambio era sólo de un número, pero ¿era el primero o el último? Debía haber sido el último. Era poco probable que hubiese confundido el cinco porque era el último de una fila. De lo que no estaba seguro era de si era un uno o un tres. Cincuenta por ciento de posibilidades.
Descolgó el auricular, marcó el número y esperó. Una llamada. Dos. Tres.
—¿hola?
¿Era ella? Edward carraspeó antes de hablar y se concentró en su acento.
—Hola, soy... mm... el que anoche se equivocó de número, ¿recuerdas?
—Ah, sí. Claro. Estás mejor del catarro, ¿verdad?
Edward sonrió. Era ella.
—Sí, sí, mucho mejor. Creo que ha sido el jugo de naranja. Sólo quería llamar para ver qué tal estabas. Anoche me pareció que estabas muy enfadada.
—Sí, la verdad es que sí, pero se me ha pasado enseguida. Él no era lo bastante importante para que me durase mucho el enfado.
—Eso está bien. Mm... oye, no te importará que te haya vuelto a llamar, ¿verdad? Bueno, sé que no me conoces y todo eso, y que muchas mujeres colgarían el teléfono para llamar a la policía.
Bella suspiró.
—Supongo que debería haber colgado ayer y pedido un cambio de número de teléfono, pero no creo que lo haga. No me pareces un pervertido, y tampoco me vino mal hablar anoche contigo.
—¿Ah sí?
—Sí. Fuiste bastante sincero en algunas cosas, y era eso lo que yo necesitaba. La confianza que tengo en mí misma a veces no es lo bastante fuerte y sé que eso es algo que tengo que mejorar. Además, seguí tu consejo.
Edward frunció el ceño e intentó recordar qué le había dicho.
—¿Ah, sí?
—Sí. Voy a empezar a hacer aeróbic y bicicleta. Hoy me he comprado una de segunda mano.
Ya no había duda. Era Bella. Edward la recordó en su tienda sin querer mirarle a los ojos. No podía creer que Bella Swan fuese la mujer a la que había llamado por accidente. Y ahora, ¿qué debía hacer? ¿Confesar? ¿Pretender no reconocerla? Tenía que decir algo.
—Sí, eso está bien. Hacer ejercicio es importante.
—¿Tú haces ejercicio?
—Si, yo... corro y a veces monto también en bicicleta.
—Una amiga y yo vamos a ir a montar al parque. El tráfico es demasiado peligroso para hacerlo por la calle.
Mm... ¿te importa que te pregunte cómo te llamas? Me siento muy rara hablando con un extraño.
Edward dudó un momento.—Mi nombre es... Anthony.
—Anthony—repitió Bella—. Yo soy Bella.
A pesar de una ligera punzada de culpabilidad, edward no podía evitar cierta excitación.
—Bella. Es bonito. ¿Es un diminutivo?
—Sí de Isabella. ¿Tus amigos te llaman tony a ti?
Edward cerró los ojos.
—La verdad es que no.
Bella se echó a reír.
—Estás cansado de eso, ¿verdad? Anthony es más adulto, más sofisticado.
—No creo que yo sea sofisticado.
—Yo tampoco. Me pregunto si alguien que viva en Brooklyn puede serlo.
—¿Eres de Brooklyn?
—Sí. De Brooklyn Heights.
—Bueno, eso sigue siendo Brooklyn. Yo también he nacido aquí.
—Me lo imaginaba.
—¿Por qué?
—Por tu acento.
—Ah, sí.
—No te molesta, ¿verdad?
Bella parecía tan sincera que Edward estaba empezando a sentirse culpable de verdad.
—No. Normalmente ni me doy cuenta, aunque a veces pienso que debería intentar perderlo. Un... amigo mío lo ha hecho. Fue a clases para perder el acento.
—¿De verdad? ¿Y está satisfecho?
Edward hizo una pausa. ¿Estaba satisfecho de haberlo hecho?
—Creo que sí. Le toman más en serio en los negocios, aunque en cuanto está con la familia, vuelve a salirle el acento.
—Ya. Yo nunca he tenido acento de Brooklyn porque nos mudamos aquí desde Phoenix cuando yo teníamos diez años. El poco acento sureño que tenía lo he perdido.
—Ya me parecía que tu voz sonaba algo diferente. Bella se echó a reír.
—Sí. Una especie de Brooklynesa del sur.
—Me gusta tu voz.
—Gracias, Anthony.
—Mira, bella, ahora tengo que irme. Puede que vuelva a llamarte otro día.
—De acuerdo. Me ha gustado hablar contigo.
—Adiós, bella.
—Adiós, Anthony
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Al día siguiente
—¿Puedo ayudarla a encontrar algo?
La mujer apartó los ojos de la fila de títulos de ficción que estaba leyendo y miró a bella.
—No lo sé. Estoy buscando un libro, pero no sé ni el título ni el autor. Creo que tiene la cubierta azul.
Bella suspiró interiormente.
—Bueno, ¿y sabe de qué se trata? ¿Es de ficción?
La mujer frunció el ceño.
—No estoy segura. Una amiga mía vio una entrevista que le hicieron al autor en la televisión ayer, y yo quería comprarle el libro como regalo de cumpleaños. Creo que se llamaba Oprah. ¿O era Donahue?
Bella estaba al tanto de todas las nuevas ediciones y asintió.
—Creo que el libro que busca es una autobiografía.
Cinco minutos más tarde, la mujer salió de la tienda con su libro bajo el brazo.
—A veces no sé cómo somos capaces de encontrar algunas cosas.
Bella se echó a reír.
—Somos las mejores constructoras de puzzles de la historia.
—Por supuesto. Oye, hablando de un tema más interesante, ¿estás preparada para ir al parque mañana por la mañana?
—Creo que sí.
Rosalie sonrió.
—Hay agujetas en la zona inferior, ¿eh?
Las dos se echaron a reír.
—Hacía mucho tiempo que no montaba en bici—confesó bella—. Pero ha sido divertido, ¿verdad?
—Excepto cuando estuve a punto de pillar al niño de los patines.
—Supongo que no va a ser la última ocasión en que nos pase algo de eso.
—Sí. Por cierto bella, has estado muy callada hoy. ¿Te pasa algo?
Bella sonrió. No estaba muy segura de querer hablar de Anthony con nadie, ni siquiera con Rosalie, pero estaba preocupada por él. Nunca llegaría a conocerle y seguramente tampoco volverían a hablar.
—Anoche me volvió a llamar el chico que se había confundido de número.
—¿Qué?—exclamó Rosalie—. Supongo que le colgaste, ¿no?
—Pues no. Estuve charlando un rato con él.
—¿Que hiciste qué?—Rosalie bajó el tono de voz al ver que varios clientes se habían vuelto para mirarla —¿Estás loca? Podría ser un psicópata, un asesino o simplemente un pesado.
—No lo creo. Parece una persona perfectamente normal. Además, no sabe dónde vivo. Ni siquiera sabe mi nombre.
—¿Ah, no? ¿No le has dicho tu nombre?
—Completo, no.
—¿Y cómo se llama él?
—Anthony—sonrió bella—. Sé que te parecerá raro, pero me gusta. Es encantador, y no sé por qué, pero tengo la sensación de que puedo hablar con él con mucha más facilidad que con otra gente. Sobre todo con los hombres.
Rosalie parecía escéptica.
—Pues yo sigo pensando que es raro, aunque sea verdad que a veces hablando con un desconocido uno puede liberarse de todas sus inhibiciones.
—Exacto. Así es como me siento yo cuando hablo con él. Como si no tuviera que tener cuidado con lo que digo por temor a que le vaya a parecer torpe o estúpido. ¿A quién le importa? Ni siquiera sé que aspecto tiene. Y si empezase a decir cosas raras, siempre puedo colgar y pedir que me cambien el número.
—Puede que no esté tan mal. Es como si tuvieras un consejero anónimo y gratis. No tienes que preocuparte por lo que piense de ti, o a quién pueda decírselo.
Bella se dio la vuelta y cogió unos cuantos pedidos especiales de una estantería.
—Me alegro de que por fin entiendas por qué lo hago, rose. Temía que yo fuese la única en verlo como algo inofensivo.
—Bueno, yo no iría tan lejos—bromeó Rosalie—. Hay muchas cosas que no sabes de ese extraño. Tienes que tener cuidado con lo que le dices, no le vayas a dar pistas de dónde trabajas o de dónde vives. Y más vale que él no tenga ningún amigo en la telefónica.
Debía tener cuidado con aquellas conversaciones, se decía bella mientras se dirigía a la trastienda. Pero si Anthony llamaba de nuevo, volvería a hablar con él. Había algo en su voz que le inspiraba confianza.
Mas tarde……
—Diez vueltas—jadeó Rosalie—. Diez vueltas alrededor del parque. ¿Cuánto habremos hecho? ¿Quince kilómetros?
Bella negó con la cabeza.
—Serán cinco o seis.
—No puede ser—gimió Rosalie—. Quizás debiéramos limitarnos al aeróbic.
—No. Mucho aeróbic es malo para las articulaciones.
—Vaya, vaya... mira quién está aquí, edward. Así que volvemos a encontrarnos—dijo Emmett cuando él y Edward se detuvieron detrás de ellas.
Bella no contestó, pero Rosalie no perdió el tiempo.
—Hola. bells y yo estamos intentando aficionamos a la bici, pero tal y como estoy con sólo diez vueltas, creo que voy a tener que olvidarme.
—Enseguida se os hará más fácil—le aseguró Edward—. Yo suelo hacerme diez o quince millas diarias.
Las dos gimieron al oírlo, y Rosalie se llevó las manos a la cabeza.
—¿Tú sólo? ¿No te aburres?
—No. Suelo llevarme el ipod.
—Pues a mí me parece que es más fácil hacerlo con un amigo—dijo Rosalie.
—Y cuatro amigos, mejor que dos—añadió Emmett
— ¿A qué hora abrís la tienda los domingos?
—A las doce—dijo bella.
—Yo también—comentó edward.
Bella ya lo sabía, pero no dijo nada.
—Bueno, pues entonces ¿por qué no nos vamos todos juntos a comer algo?
La sugerencia la había hecho Emmett, pero Edward miró a Bella y sonrió. Bella se removió inquieta. Sabía que no debía haberse puesto aquella camiseta tan vieja. El escote se le había dado de sí y le quedaba demasiado pegada, pero es que no había esperado encontrarse con nadie conocido.
—¿Y volver a meter en el cuerpo todas las calorías que hemos quemado?—preguntó Rosalie riéndose.
—Vosotras dos no tenéis que preocuparos por eso—contestó Edward—. De todas formas, los expertos dicen que después de haber hecho ejercicio las calorías se queman más rápidamente.
Bella le miró a hurtadillas. ¿Cómo habría llegado a saber esas cosas? Con ese magnífico cuerpo, no tenía necesidad de saberlas.
Rosalie y Emmett lo organizaron todo. Se encontrarían frente a las tiendas para ir a un pequeño restaurante que no quedaba lejos.
—Vamos—dijo Rosalie cuando los hombres se alejaban por el sendero—. Tenemos que ducharnos, maquillarnos y vestirnos.
—Pero ellos van a darse otra vuelta—protestó Bella cuando Rosalie se subió en la bici y comenzó a pedalear en dirección a casa de Bella.
—Ya lo sé, pero aun así, llegarán antes que nosotras casa de Edward.
Al final, Bella y Rosalie incluso llegaron tarde, pero sólo unos minutos, y mientras se dirigían al restaurante no tuvieron más remedio que escuchar algunos comentarios sobre el tiempo que las mujeres necesitaban para prepararse para ir a cualquier sitio.
El camarero vino a tomarles nota, y pidieron croissants, pan integral y ensalada de frutas.
—Bella, aparte de Rosalie, ¿cuántos empleados más tienes en la librería?—preguntó Edward cuando el camarero se fue.
—Rose es mi ayudante, y aparte hay otras cuatro personas a tiempo parcial que trabajan sobre todo por la noche y los fines de semana
—¿Como hoy, por ejemplo?
—Sí. Rose y yo trabajamos fines de semana alternos, aunque de vez en cuando los trabajamos juntas. Supongo que tú también tendrás bastantes empleados en las dos tiendas.
—No le des pie a que empiece—protestó Emmett.
—¿Por qué no?—preguntó Rosalie, sonriendo—. Yo creo que es estupendo. ¿Por qué te decidiste por una tienda de bicis?
—Siempre me ha gustado montar en bicicleta y trabajé en una tienda de deportes mientras estaba en el instituto y en la universidad. Cuando hube ahorrado suficiente dinero, abrí mi tienda hace ahora tres años, y hace unos meses he abierto la segunda.
Rosalie apartó un par de vasos para que el camarero pudiera poner los platos en la mesa.
—Estoy impresionada—dijo—. Eres un auténtico empresario.
Emmett carraspeó ostensiblemente.
—¿Es que nadie quiere saber a qué me dedico yo?
—No—contestó Edward.
—He aquí un hermano—declamó Emmett, clavándose una daga imaginaria en el pecho.
—Está bien. ¿Cuál es ese trabajo tan fascinante que va a dejarnos mudos de la impresión?—preguntó Rosalie.
Emmett se encogió de hombros y sonrió.
—Soy dentista.
Bella no pudo evitar echarse a reír cuando Rosalie apretó los labios y gimió.
—Lo siento amigo—comentó Edward, riéndose de la expresión dolida de su amigo—, pero los dentistas no impresionan tanto como los dueños de tiendas de bicicletas.
—Ninguno de vosotros pensaría así si le doliera una muela—les reprendió Emmett—. ¡Ah, no! Entonces vendríais corriendo a mi consulta a rogarme que os ayudase y que os quitase ese dolor como fuera. Los dentistas somos un grupo de profesionales malditos. Ayudamos, hacemos que la gente tenga mejor aspecto y se sienta mejor, ¿y qué agradecimiento conseguimos a cambio? Ninguno. La gente nos evita.
—Cálmate, Emmett—suspiró Rosalie—. Te prometo limpiarme los dientes con hilo dental en cuanto llegue a casa.
Bella intentó averiguar durante la comida qué clase de persona era Edward. Era evidente que Emmett sólo quería pasar un rato divertido, y en un principio pensó que Edward también. Era un deportista propietario de una tienda de bicis, pero también parecía capaz de mantener una conversación inteligente. Si al menos dejase de mirarla con esos ojos... No es que fuese la primera vez que la habían mirado así, pero era una situación que siempre le hacía sentirse incómoda.
—Escuchad—dijo Edward cuando estaban a punto de marcharse—. Uno de mis proveedores me ha regalado cuatro entradas para el primer partido en el estadio. ¿Qué os parece si fuéramos juntos?
—¡Sí!—gritó Rosalie.
Bella dudó un instante pero después asintió.
Varias horas después, bella había cerrado la librería e iba a entrar en su apartamento. De una patada se quitó los zapatos y dejó el bolso sobre la mesa, y mientras se quitaba la ropa no podía dejar de preguntarse porqué Edward Cullen la intrigaba y le producía recelo al mismo tiempo. Después, se puso su camisón, una bata muy calentita y encendió la radio antes de acomodarse en su sillón de orejas con el último éxito de ventas que se había subido de la librería. Cuando sonó el teléfono unos minutos más tarde, tanteó la mesita con la mano sin apartar la vista del libro.
—¿hola?
—Hola Bella. Soy yo.
—¡Anthony! ¿Qué tal estás?
—Muy bien. ¿Y tú?
Su acento de Brooklyn le hizo sonreír. Parecía tan real, tan honesto, tan... digno de confianza.
—Estoy bien, anthony. Hace un rato he salido con unos amigos, y vamos a ir a ver a los Mets en el primer partido de la temporada.
—¡No me digas! He oído que las entradas son dificilísimas de conseguir.
—Supongo que sí. Yo no las he comprado. Ha sido uno de... mis amigos.
—¿Os conocéis hace mucho tiempo?
Bella frunció el ceño.
—Sí y no. Una de ellas sí es una vieja amiga, pero los otros dos no. Rosalie y yo vamos a salir con un hombre que vive al lado de la tienda y con un amigo suyo. Uno de ellos tiene las entradas.
—Ah, ya comprendo. Debes tener cuidado con los extraños.
—Lo sé. Es más... Rosalie me ha puesto sobre aviso respecto ti.
—¿Sobre mí?
—Sí. Dice que como no te conozco, has ser un asesino, un maníaco o un chiflado.
Anthony se echó a reír.
—Nunca se sabe, ¿verdad? Pero también esos dos hombres que acabáis de conocer podrían ser unos chiflados.
—Y lo son, pero en el buen sentido de la palabra—Bella le resumió entonces lo que había hecho durante el día—. Creo que son de confianza, al menos hasta cierto punto. Sobre todo porque Rose y yo estamos siempre juntas cuando les vemos.
—Así que no sois más que un grupo de amigos.
—Eso es.
—¿De verdad?—preguntó él, tras una breve pausa.—¿Quieres decir que no tienes intención de llegar a nada con ninguno de los dos?
—Claro que no.
—¿Por qué claro que no? ¿Es que son un par de ogros?
Bella recordó el rostro de Edward y su cuerpo fuerte y musculoso.
—La verdad es que no.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué tengo la ligera impresión de que hay uno de ellos que te gusta?
—No lo sé, Anthony. Hay uno que me atrae, pero él... no sé cómo decírtelo. A él sólo le intereso de cuello para abajo.
Hubo una pausa de varios segundos.
—¿De verdad? Entonces, ¿es que tienes un buen cuerpo, bella?
—Digamos que no me gusta que los hombres me miren de esa forma... dejando claro que su prioridad es llevarme a su cama en lugar de conocerme como persona.
—Sí. Los hombres somos seres de piñón fijo, ¿verdad?—sugirió, pero antes de que Bella pudiese contestar, añadió—: Quizás debieras darle a ese tipo una oportunidad, Bella. Estoy seguro de que, por supuesto, le gusta mirar, pero eso no quiere decir que no le puedas gustar también como persona.
—¿Tú crees? La mayoría de los hombres con los que he salido pasaban completamente por alto ese punto. No creo que Edward esté interesado en mí como persona. En mi cuerpo, sí...
—¿Pero qué clase de tipo es ese? ¿Un baboso?
—¡No! ¿Es esa la impresión que te he dado? También es cierto que le he conocido hoy, y quizás no debiera decir nada aún.
—Tienes razón. Espera a ver cómo se comporta en el partido. Y después.
—¿Tú crees?
—Por supuesto. Eh... ¿te echarías atrás si él intentase besarte, Bella?
—No, no me echaría atrás, pero es que no me gustan los hombres que cuando apenas los conozco ya quieren manosearme. Sé que soy un poco anticuada, pero me gusta conocer a alguien antes de dejarle hacer eso.
—Ya comprendo.
Bella se sonrió. No podía recordar la última vez que había hablado de una forma tan abierta con alguien, y mucho menos con un hombre.
—Llámame el fin de semana que viene Anthony, y te contaré qué tal ha ido todo.
Edward frunció el ceño al colgar el teléfono. ¿Y ahora qué demonios tenía que hacer? Nunca había tenido una conversación tan cándida con una mujer, y mucho menos sobre sí mismo... y sobre sus formas de mirar.
Desde luego tenía que admitir que al mirar a Bella sus pensamientos habían vagado libremente, pero no sentía ningún remordimiento por ello. Es más, aquella historia de Anthony podía ser la llave que le ayudase a franquear las rígidas defensas de Bella Swan.
¿Pero por qué estaba tan decidido a conseguirla? Normalmente, si una mujer no estaba interesada, lo que no solía ser muy frecuente, pasaba a la siguiente, pero con Bella... Ella estaba interesada. Se lo había dicho a Anthony. El único problema es que tenía algunos complejos que desde luego él no podía comprender. Su cuerpo despertaría la envidia de muchas mujeres y el deseo de muchos hombres.
—Pero si no quieres que te deseen, no te voy a desear—dijo en voz alta a la habitación vacía—. Edward Cullen va a convertirse en el retrato del perfecto caballero. Al menos durante la primera cita.
El día del partido, Bella estaba hecha un lío. El pelo no se le había rizado como ella quería, estaba segura de que la ropa que se había puesto no era la adecuada, y para colmo tenía un grano en la barbilla que brillaba como un farolillo rojo a pesar del maquillaje que había usado para taparlo.
Cuando oyó sonar el timbre se apresuró a abrir la puerta.
—Rose—dijo, casi sin saber quién era—, ¿estoy bien vestida? ¿Crees que hará mucho frío? ¿Te parece que debería hacerme un moño?
—Pero Bella, ¿quieres tranquilizarte? ¿Qué te pasa? Ni que fuésemos al baile de fin de curso. No es más que un partido de béisbol. ¿A quién le importa cómo vayas peinada? El viento te despeinará de todas formas.
Bella cogió el cepillo.
—Tienes razón. Será mejor que me haga un moño—dijo, y mientras se hacía un moño francés, siguió haciendo preguntas—. ¿Crees que debemos llevarnos alguna manta? Hace mucho frío.
Rosalie se encogió de hombros.
—Supongo que sí. ¿Por qué no te llevas la manta eléctrica y una alargadera?
Bella tardó un instante en reaccionar y darse cuenta de que su amiga estaba de broma.
—Muy graciosa. ¿Se me ve el grano?
—¿Qué grano?
—Pues el que tengo en la barbilla del tamaño de un balón de fútbol!
Rosalie se acercó a ella y entornó los ojos.
—Ah, sí—dijo al fin—. Qué barbaridad. Quizás no deberías ir. Puede que a Edward le de mucho asco y no te deje venir con nosotros.
—No te lo estás tomando en serio, rose.
—Estoy siendo tan seria como requiere el asunto, así que, venga, vámonos. Oye, bella, ¿sabes una cosa? Cada vez que veo esta caja de cerillas en la que vives, me alegro más de seguir viviendo con mis padres.
Bella sacó de un cajón una manta vieja y la metió en una bolsa, junto con un termo de chocolate caliente.
—En mi caso sería un poco complicado, porque mis padres viven en Forks.
Descendieron por aquel tramo de escaleras desvencijadas y tambaleantes oyendo las quejas de Rosalie, y una vez fuera, vieron un jeep oscuro del que Emmett y Edward se bajaron a saludarlas.
—¿Ya estáis listas?
Bella sonrió débilmente y recordó el consejo que Anthony le había dado casi hacía una semana. Había intentado seguir su sugerencia y hasta el momento lo más sugestivo que Edward le había ofrecido era barrer su trozo de acera. Y lo que era aún más raro: no había vuelto a pillarle mirándola de aquella manera durante toda la semana pasada.
De todas formas, sus encuentros no habían durado más que unos cuantos minutos. Aquella era la primera cita que iba a durar casi todo el día.
Ya veremos cómo me trata, pensó, y se dio la vuelta pata mirarle, pero para su sorpresa se encontró con que Edward la miraba directamente a los ojos y la sonreía, y su pulso comenzó a dar saltos mortales.
—Estoy lista—murmuró ella al tenderle la bolsa para que la metiera en el maletero.
El día estaba ligeramente nublado y el sol intentaba abrirse paso entre las nubes, pero sin éxito.
—Me alegro de que todos hayamos traído mantas—dijo Emmett al cerrar el maletero—. Seguro que antes de que acabe el partido hace bastante frío.
El y Rosalie se acomodaron en los asientos delanteros, y Bella y Edward en el de atrás.
—Es un coche bonito—dijo Rosalie—. Me gustan los descapotables.
—A lo mejor este verano podemos ir a damos alguna vuelta al campo—sugirió Emmett.
—Yo prefiero hacerlo en bicicleta—dijo Edward.
Bella le sonrió e hizo un esfuerzo por no perder la calma.
—¿Sabéis lo que siempre he pensado que me gustaría hacer? Ir a uno de esos viajes largos en bici, de esos en los que hacen cicloturismo, acampada, excursiones a pie, natación... y todo durante una semana. Yo solía ir con mis padres de acampado cuando era pequeña, pero nunca he hecho un circuito en bici. El otro día vi un especial en la televisión sobre gente que montaba en bici por la montaña. ¿Lo habéis hecho alguna vez?
Bella asintió.
—Todos los veranos. Suelo ir a Castkills o a Adirondacks. Vermont y New Hampshire también están bien.
—A mí ni se me ocurriría—dijo Rosalie—. Dormir con un montón de bichos y pasarme todo el día en la bici no es mi idea de unas vacaciones. Quiero ir a un crucero y que me sirvan a cuerpo de rey.
—He aquí un alma gemela—suspiró Emmett—. Yo nunca he podido comprender la atracción de los insectos, las manos agrietadas y de las agujetas. Con una buena hamaca y una bebida fresca, soy feliz.
Pasaron el resto del camino al estadio de los Metz contando sus respectivas vacaciones y las que desearían disfrutar si tuviesen tiempo y dinero. Cuando por fin encontraron un aparcamiento y entraron en el estadio, Bella se dio cuenta de que se había olvidado de estar nerviosa al estar cerca de Edward. Él se había estado portando de una forma tan desenfadada y sencilla que ella se había relajado con enorme facilidad. Quizás no fuese sólo por su cuerpo, pensó. Quizás sólo quisiera ser su amigo.
¿Y por qué esa idea la perturbaba más que la de que fuese un mero conquistador?
—bella, ¿te pasa algo?
Bella vio la expresión preocupada en sus ojos color esmeralda y sintió algo extraño en el estómago. Desde luego Edward era el hombre más atractivo con el que había salido.
—No, no pasa nada—dijo, y sonrió.
El partido pasó sin mayores incidentes y concluyó con la victoria de los Mets para deleite de su afición. Para cuando se jugaba la quinta entrada, Bella y Rosalie estaban ya envueltas en sus respectivas mantas, y cuando llegó la séptima, las compartían con Edward y Emmett. Bella sabía que aquel momento habría sido ideal para que Edward intentase algo. Pero no fue así. «Quizás ya no esté interesado en mí». Se dijo mientras volvían a casa en el coche. Debía haberle desanimado.
Cuando llegaron. Emmett se ofreció a llevar a Rosalie a su casa, y Edward y Bella quedaron envueltos en un extraño silencio cuando el coche desapareció de vista. Entonces Bella se dio la vuelta, abrió la puerta y comenzó a subir las escaleras, y Edward la siguió.
Bella intentaba encontrar algo interesante o inteligente que decir, pero no se le ocurrió nada. No le había dicho que subiese, pero como llevaba su bolsa con la manta y el termo, seguramente estaba siendo sólo bien educado.
Cuando abrió la puerta. Edward entró detrás de ella y echó un vistazo a su alrededor.
—Este apartamento me recuerda a una película que vi hace mucho tiempo. Sólo vivían dos personas en él y aun así era imposible que se dieran la vuelta sin tropezar el uno con el otro.
Bella se echó a reír.
—Seguramente la rodaron aquí. Yo me las arreglo para moverme sin darme demasiados golpes, pero claro, vivo sola.
—Yo tuve suerte de que mi tienda tuviese ese apartamento en el piso de arriba. Me ahorro un montón de dinero.
—Ya me lo imagino. La empresa propietaria de la librería me ha dejado éste casi por nada... que en realidad es lo que vale. Y no es que me queje, porque así puedo ahorrar para comprar la casa de mis padres. ¿Quieres tomar algo? ¿Cerveza? ¿Cocacola?
—¿Qué clase de cerveza?
—Suave.
—Cerveza entonces.
Bella sentía los ojos de Edward en la nuca mientras se movía por la cocina, lo que convertía el más simple movimiento en una prueba. Rápidamente le tendió la cerveza, cogió la suya y se acomodó en él sofá. Edward se sentó en la otra esquina, pero dado que el sofá era bastante pequeño, la otra esquina no estaba muy lejos.
—¿Y cómo es eso de que vas a comprar la casa de tus padres? ¿Es que van a mudarse?
—No. Mis padres ya no viven en esa casa. Se trasladaron a Forks. Entonces ya tenían intención de vender la casa, pero decidieron alquilarla hasta que yo pudiera ahorrar suficiente dinero para pagarla al contado. Ellos querían dármela sin más, pero yo sé que no pueden permitírselo. Viven de una pensión y necesitan ese dinero. Además quieren vendérmela por un precio ridículo, teniendo en cuenta dónde está.
Edward tomó un sorbo de su cerveza y asintió.
—¿Y dónde está?
—A unas ocho manzanas de aquí, en una calle tranquila y bordeada de árboles.
—Parece buen sitio. ¿Cuánto tiempo crees que tardarás en ahorrar el dinero?
Bella hizo una mueca de disgusto.
—Al paso que voy, unos cinco años.
Edward no dijo nada y tomó otro sorbo de cerveza y Bella hizo lo mismo. ¿Por qué ahora no podía hablar con la misma facilidad que durante el partido? Es más, ¿por qué no podía hablar con Edward con tanta facilidad como lo hacía con Anthony?
Pues porque Anthony era un extraño que no podía afectara su vida de forma tangible, y Edward sí
—¿Quieres... quieres tomarte otra?—preguntó cuan él dejó la botella vacía sobre la mesa.—No, gracias. Bella, ¿algo va mal?
—¿Mal? No, nada, ¿por qué?
—No lo sé. Estás muy callada. ¿Prefieres que me vaya?
—¡No! Es decir, a no ser que tú te quieras ir, claro.
—No.
—Mm... ¿quieres que pongamos algo de música?—sugirió Bella—. Tengo un gusto bastante ecléctico en música, así que seguro que encuentras algo que te guste.
—De acuerdo—dijo él, y se acercó al equipo. Bella se levantó también con la intención de llevar las botellas vacías de cerveza a la cocina, pero dadas las reducidas dimensiones del apartamento tuvo que esquivar a Edward para hacerlo.
—Perdona—dijo, intentando no rozarle, pero había una parte en su cuerpo que no podía encoger reteniendo el aire.
Al rozarse con él, sintió un intenso escalofrío recorrerle la espalda y al mirarle, vio en sus ojos una inconfundible expresión de deseo. Bella tragó saliva y miró hacia otro sitio.
—Yo... vuelvo enseguida.
Pero antes de que pudiera moverse, Edward la cogió con un brazo por la cintura.
—No, espera.
No se atrevía a mirarle, pero cuando por fin lo hizo, no tuvo ninguna duda sobre lo que iba a pasar.
Cerró los ojos y se preparó para el beso. Pero nada, absolutamente nada pudo haberla preparado para la presión de los labios de él sobre los suyos.
Un relámpago de pura electricidad la recorrió, haciéndole casi desmayarse por la intensidad. Sus labios presionaban los de ella como un fuego que ardía llegando directamente hasta su alma. Ella jadeó, y su lengua encontró la entrada a su boca, moviéndose rápidamente para entrar en contacto con la de ella. Él sabía dulce como la miel y hacía que su cabeza flotara abrumada por la sensación. Él atrapó las muñecas en sus manos y colocó sus brazos alrededor de su cuello. Se hundió más profundamente en ella, arrastrándoles hacia el suelo, atrapando cada una de sus jadeantes respiraciones en el interior de su boca. Sus brazos estaban alrededor de ella, apretándola fuertemente contra su duro y musculoso cuerpo.
Bella dejo caer las dos botellas que llevaba en las manos cuando sintió el roce de sus labios.
No podía hacer mas tocarle, así que todos sus sentidos estaban concentrados en aquel beso, que no se parecía en nada a cualquier otro. Cuando Edward se separó por fin para mirarla, sus ojos entornados rebosaban deseo y Bella volvió a estremecerse de la cabeza a los pies.
—Mm...—fue lo único que acertó a decir, y edward se limitó a sonreír mientras volvía a besarla apasionadamente.
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Pues ese fue el segundo capitulo, por cierto alguien me puso que era una idea muy original y creativa y yo estoy de acuerdo pero desafortunadamente no es mi idea yo m estoy basando en una novela de Patricia Ellis yo solo la estoy ambientando a los personajes y cambie algunas cosas
bueno me despido
besos
se cuidan
bye
