Hola una vez más… Este capítulo llegó más rápido de lo que yo esperaba jaja. El fic ha tenido una mejor acogida de la que yo esperaba, la verdad, y me dio mucho gusto. Muchas gracias a todos por leer y a los que se tomaron la molestia de comentar para decirme que les ha agradado, espero que este capítulo también les guste.
Muchas gracias a mi beta Fanfiker_Fanfinal, nena eres un sol.
Disfruten del capítulo.
Nada es, a menos que el pensamiento quiera que sea.
-William Shakespeare-
2. No me quites la paz.
Eran las dos de la mañana, unos ruidos provenientes de la cocina le habían despertado. En realidad no eran muy fuertes, pero al ser su habitación la de la planta baja y estar tan cerca, pudo escucharlos y salió a ver qué eran; no le sorprendió nada llegar y ver a Ted en la mesa con un plato de cereal.
—¿Qué te pasa? –le preguntó James adentrándose hasta llegar a su lado.
Últimamente se estaba haciendo muy común en Ted llegar a deshoras a su casa, a veces se quedaba a dormir en su cuarto y se iba muy temprano para que nadie supiera que estuvo ahí, las otras veces volvía a casa con su abuela.
—Perdona, no quería despertarte –dijo Ted sin mirarlo, parecía muy concentrado en su cereal.
—No importa, tenía sed –repuso James simulando rápidamente que se dirigía por un vaso, pero Ted negó con la cabeza esbozando una sonrisa, sabía que el chico mentía—. ¿Qué tienes?
—¿Por qué tendría algo?
James volvió con un vaso con agua y se sentó al lado de Ted. Lo miró alzando una ceja y le recorrió el rostro, pálido, quizás un poco más de lo normal, la pequeña nariz respingona, esos ojos verde claro, llevaba el cabello de un negro muy intenso casi azulado, muestra clara de que algo no iba muy bien. Suspiró y dejó el vaso en la mesa.
—Claro, olvidaba que es de lo más normal que estés aquí a las dos de la madrugada fingiendo comer un cereal.
—Odio cuando te despierto, te pones pesado –bufó Ted.
—Odio cuando llegas de mal humor, me pones pesado.
—No me pasa nada –insistió el mayor.
—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas, pero sea lo que sea sé que estaremos aquí hasta que me lo digas –gruñó James.
Y ahora fue el turno de Ted de rastrear el rostro de "su primo". Tan confiado, tan orgulloso y tan cretino, aquellos ojos almendrados parecían poder traspasar muros, los labios delgados como su padre en una mueca de decisión, hasta su cabello parecía estar en su contra.
—¿De dónde vienes, Teddy?
—¿De dónde más? –suspiró pesadamente y dejó el cereal a un lado.
—Es bastante tarde para estar en casa de Victoire –le recriminó—. Seguro que mis tíos no lo sabían, ¿o sí?
—¿Sabe mi padrino que estoy aquí acaso?
—Te sorprendería todo lo que sé –respondió una voz desde la entrada de la cocina.
James y Ted se volvieron a ver a Harry que estaba de brazos cruzados, le hizo una seña a James para que volviera a la cama y se acercó a Teddy mientras su hijo salía rejego* de la cocina.
—Sé que no son horas de llegar, no quería molestar a nadie –se disculpó Ted levantándose.
—Eso lo sé… ¿Qué pasa Ted? ¿Por qué vienes aquí?
—No sé –respondió con la cabeza baja.
Pero aquello era mentira, no era bueno mintiendo y no quería que su padrino lo descubriera. La única razón por la que buscaba refugio en esa casa era James, él le escuchaba y le aconsejaba; eran amigos, los mejores y siempre podía contar con él, así como James podía confiar en Ted.
—¿Has tenido problemas con Victoire?
—Bastantes.
Harry abrazó a su ahijado brevemente y después lo miró con una tranquilidad que a decir verdad no sentía para nada.
—No te preocupes, es normal –Ted asintió—. ¿Quieres quedarte a dormir?
—Sí.
—Muy bien, puedes quedarte con James, pero oye… –le detuvo cuando Ted comenzó a alejarse de él—. Te toca hacer el desayuno.
—Está bien, padrino –sonrió el chico y se marchó de la cocina.
Harry ,sin embargo, se quedó, tomó el lugar de Ted a la mesa y retiró el plato de un manotazo que casi lo tira, esa no había sido su intención pero así había resultado, igual que otras cosas que tampoco habían sido su intención. Se tapó la cara apoyando los codos en la superficie de la mesa. A él no le habían despertado los ruidos, él llevaba un buen rato despierto, dando vueltas en su cama.
Estaba molesto, más que molesto, estaba furioso. Él no era la clase de hombre que le era infiel a su esposa; no le interesaba tener una aventura, nunca en su vida había tenido ese tipo de deseo hacía alguien que no fuera Ginny, pero en ese momento la tentación había sido grande, demasiado. Gracias a Merlín que no permitió que pasara de aquel beso; pero a esas alturas el beso era lo de menos…
Un hombre, había sido un hombre el que le había inducido al deseo, la excitación que sintió… Nunca, él nunca…
—Cariño –le llamó Ginny a su lado.
Ni siquiera se había dado cuenta de que había entrado, quizás le había seguido desde que se levantó. Se volvió a mirarla con un gran peso de culpa en su interior.
Fue sólo un beso, se dijo para calmarse, pero parecía inmune al consuelo. Un puto beso.
—¿Estás bien? –preguntó ella con ternura.
—No –respondió sincero, pero no porque lo quisiera, sino porque Ginny le conocía tan bien que no podía mentirle—. Tengo algunos problemas con el chico nuevo.
Pensó en lo que había dicho y se dijo que era verdad; ese novato le estaba causando demasiados problemas, aquel día le había besado… nunca antes se había sentido así…
—Déjame adivinar –sonrió Ginny y al verla Harry supo que jamás estaría tan lejos de adivinar como en esos momentos—, es un cretino imbécil como el anterior y se cree gran cosa.
—Sí, es un cretino –confirmó Harry. Un sexy cretino.
Debía dejar de pensar en ello, estaba casado y era muy feliz con Ginny, todo iba bien, era perfecto, tenía la vida que siempre soñó. Se acabó. No iba a permitir que ese infeliz le arrebatara todo lo que había forjado, le despediría, no toleraría uno más de sus acosos.
–He hecho todo lo que podía por él, el chico no sabe nada, es demasiado joven.
—Está bien, ahora los jóvenes son más calificados.
—Lo despediré –dijo rotundo.
—¿En serio? –se sorprendió Ginny, Harry no era de los que se rendían tan fácil, había despedido a mucha gente antes, pero sólo después de unos meses hasta haber decidido que no había más remedio.
—Sí, ese chico es terrible.
—Vaya… ¿Crees que encontrará otro empleo?
—Por supuesto, es joven…
—Y ya lo habrán despedido de su primer empleo –intervino su esposa.
Harry guardó silencio un momento, ahora se sentía culpable por el chico. ¿Realmente iba a despedir a ese chiquillo sólo por un beso? Era buen auror, tenía talento después de todo.
—Quizás puedas convencerlo de que renuncie –sugirió Ginny al verle tan pensativo.
—No… no lo despediré aún –suspiró—, pero le daré un ultimátum.
—Así que quiere despedirme –susurró Kevin con una sonrisa socarrona.
Estaban solos en su oficina, Kevin había cerrado con seguro y tenía a Harry contra el escritorio, peligrosamente cerca, sus cuerpos se pegaban y sus narices estaban a un palmo la una de la otra. Harry podía sentir su aliento en la barbilla, pero no quitaba los ojos de él. Intentando traspasar ese azul celeste con su verde esmeralda; podría quitárselo de encima tan fácil como dar un paso, pero toda aquella situación le parecía tan… excitante.
No lo necesitas, se dijo, tienes a Gin en casa. Pero eso no bastó para moverse. Kevin prosiguió a masajear sus hombros a la vez que posaba su frente en la de Harry.
—Usted no podría despedirme aunque realmente lo quisiera, señor Potter.
—¿Ah, sí?
—Sí, porque si usted me despide lo demando por negligencia.
—No puedes demandarme por nada, lo que haces es acoso.
Kevin ensanchó su sonrisa y pasó los brazos por el cuello de su jefe, posó sus labios en los de él delicadamente, menos que un roce, luego se separó y observó cómo Harry abría los ojos rápidamente.
—Sería acoso, si usted rehusara mis besos, señor Potter. Lo que yo hago se llama seducción.
Harry resopló y se deshizo del agente, rodeó el escritorio y se sentó en su silla de piel negra. Ese chiquillo era un sinvergüenza, estaba clarísimo que era acoso… seducción ¡bah! A él no le gustaban los hombres, además estaba casado y tenía tres hijos, qué más para probarlo.
—Será mejor que dejes ese jueguito –advirtió Harry tomando una pluma y mojándola en tinta–. Te irás con Harrison, a partir de ahora serás su problema.
—¿Qué?
El rostro de Kevin se desencajó en una mueca, Harry no podía hacerle eso, ¡no podía!
—Tengo un nuevo novato –sonrió Harry—,y el reglamento dice claramente que debo pasarte con un auror cualificado para que termines tu entrenamiento y así yo cimentar las bases del nuevo miembro. Aún te falta un año para que te asignen compañero así que irás con Harrison.
—Bien. Me iré con Harrison, pero recuerde que aún trabajo en este departamento.
Harry se cruzó de brazos y le miró salir totalmente cabreado. Una vez cerrada la puerta dejó salir todo el aire que había estado reteniendo. Había sido más fácil de lo que pensó, pero sabía que Kevin no se rendiría tan fácil y lo rondaría algún tiempo más.
Pasó los ojos por la enorme oficina deteniéndose en el librero de caoba negro, no buscaba nada en especial, sólo que los colores de los lomos le distrajeran. La noche anterior no había dormido casi nada por pensar en ese momento y ahora que había pasado parecía que todo el sueño se acumulaba y pronto comenzó a bostezar.
—Demasiado tranquilo, eh –saludó Michael burlón. Había entrado a la oficina sin llamar a la puerta y alcanzó a ver a Harry bostezando.
—Sí –sonrió Harry y le invitó a sentarse con un ademán.
Michael Sovier, o Mickey si querías molestarlo, era un magnifico auror, quizás no tan bueno como Harry pero le daba batalla. Era mayor que él por un par de años pero respetaba profundamente a Harry y se llevaban bastante bien. Era alto, piel blanca pero sin llegar a extremos lechosos, ojos claros pacíficos, a Harry siempre le llamó la atención este hecho, ¡era como si nada pudiera perturbar a ese hombre, joder! También tenía buen cuerpo, bastante bueno para la edad que tenía, Michael iba al gimnasio en sus tiempos libres, Harry también pero por diferentes motivos, decía él. Michael era gay y de todo el departamento sólo Harry lo sabía.
—¿Qué tal las cosas con el novato?
—…—Harry suspiró complacido y se relajó en su silla de cuero antes de responder—. Tengo uno nuevo, Kevin, se traslada con Harrison.
—Pareces muy feliz al respecto –observó el auror con una sonrisita.
—Y lo estoy, Mickey, lo estoy. Mañana es mi cumpleaños y creo que Ginny planea algo –comentó para cambiar el tema; no quería saber nada de Kevin por un buen tiempo.
—Cuando dices planea algo… ¿a qué te refieres exactamente?
—Alguna fiesta. Deberé prepararme mentalmente, con el trabajo que nos cargamos aquí y las dos fiestecitas que tendré mañana por la noche me las veré duras… espero.
—Si estás hablando de lo que creo que estás hablando la verdad es que no quiero saber los detalles –dijo Michael con cara de asustado.
—¡Vamos! Tu siempre me haces escuchar tus detalles escabrosos –rezongó Harry ofendido.
—Pero yo conozco a tu esposa y tú no conoces a las personas en cuestión. Como fuera, no es a escuchar tus perversiones a lo que he venido. Toma.
Michael le entregó algunas hojas a Harry y se levantó para no perder más tiempo.
—Eres un miedoso, Mickey –le recriminó su jefe a la vez que le echaba un vistazo a los papeles.
—Michael, Harry, Michael. No Mickey –corrigió el auror con fastidio.
—¿Ya te vas? –preguntó ignorando su enfado; la verdad era que no quería estar sólo, estar sólo era igual a pensar, pensar cosas que no quería.
—Tengo trabajo, por sí no lo sabías, a eso viene uno aquí. Bueno, con excepción de Kevin que parece jugar todo el tiempo con todo… y con todos –terminó pensativo.
—¿Michael? –lo llamó Harry antes de que despegara a la luna.
—Lo siento –sonrió avergonzado—, es que desde hace tiempo tengo una duda… ¿Sabes si Kevin es gay?
—¿No es algo, digamos, joven para ti? –se burló Harry.
Michael se estaba buscando problemas, Kevin no era su tipo, era malcriado y pedante, muy impulsivo, muy orgulloso… "muy sexy".
—No es para mí –dijo Michael serio—, en todo caso sólo tengo curiosidad.
—Vamos señor Potter –decía Kevin en un susurro muy sensual—, no es nada malo. Sólo soy… curioso…
Tenía a Harry sentado en la silla de cuero negro, pero éste se había echado tanto para atrás que se hundía en la silla. Kevin se inclinaba sobre él acercando su rostro al suyo y con sus manos retenía las de Harry en los reposabrazos.
—No sé qué te propones con esto, pero…
—No me propongo nada, señor Potter, al menos nada que no pueda conseguir.
—La curiosidad no es una cosa buena Michael –advirtió Harry pensativo, era casi como si deseara que alguien se lo hubiera dicho a él en el momento debido. Lo que es peor, deseaba poder aprender a escuchar ese tipo de cosas incluso cuando se las decía él mismo.
Michael frunció el ceño confundido, pero no dijo nada, salió y dejó solo a Harry. Solo con sus pensamientos otra vez.
James estaba solo en su habitación, su madre le había pedido a Ted que le ayudara un poco con la comida, así que ahora no tenía nada que hacer. Puso uno de sus discos para entretenerse un rato y se echó en la cama junto a uno de sus cuadernos; le gustaba dibujar, era bueno haciéndolo, se sentía especial al poder hacer algo que sus hermanos no podían, algo que ni siquiera su padre podía.
Miró a su alrededor buscando algo que dibujar, todo estaba lleno de pósters y apenas se veía un poco del azul rey de las paredes; había una ventana que daba al jardín trasero y dejaba ver las flores y plantas que cultivaban su madre y su hermana. Se levantó y corrió un poco una de las cortinas para ver mejor, una flor en especial había llamado su atención: un tulipán. Casi podía verlo en su cuaderno…
—¿Qué haces?
—¡Joder! ¿Cuántas veces te he pedido que llames antes de entrar, Lily? –exclamó James molestó.
La visión había desaparecido y su enojo no le permitía volver a crearla; cerró la cortina de un tirón llevándose un poco de la luz de la habitación.
—Lo siento –refunfuñó ella terminando de entrar—. Es que estoy aburrida… Las vacaciones apestan –resopló por último y se dejó caer en la cama.
—Cuidado con mi cuaderno –advirtió James casi corriendo a salvarlo.
—¿Estabas dibujando? –preguntó Lily un poco más animada y tomó el cuaderno antes que su hermano—. Déjame ver. ¡Tus dibujos son tan bonitos!
—Ten más cuidado –le dijo James ante la emoción de su hermana; no le gustaba que pasara de aquella manera las hojas, parecía como sí el esfuerzo que ponía en cada trazo no importara. Esos dibujos no se hacían de la nada.
—Lo tendré –dijo ella sin darle mucha importancia y continuó pasando las hojas hasta llegar al último dibujo y se detuvo divertida—. Éste es muy bonito.
—¿Cuál es?
James se sentó al lado de Lily y miró el dibujo. Al instante se le subieron los colores; había olvidado por completo guardar en otro sitio aquel dibujo. Era de su perrito de peluche, Guauw, lo tenía desde que recordaba y el día que hizo el dibujo estaba algo melancólico.
—¿Es Guaw? ¡Qué lindo te ha quedado! –se admiró Lily con una sonrisita burlona.
En el dibujo Guaw estaba colocado en la cama de James, éste lo había sentado de una forma muy tierna para dibujarlo.
—Sí, bueno… esos son todos –titubeó quitándole el cuaderno de las manos.
—¿Por qué no dibujas personas?
—Es más difícil… -respondió James evasivo.
—¿Por qué?
—Porque a las personas no les puedes pedir que no se muevan uno o dos días, ¿de acuerdo?
—¿Te toma tanto hacer un dibujo?
James se levantó y se dirigió a su escritorio; había convencido a sus padres para que se lo compraran para dibujar, dejó el cuaderno y comenzó a revolver algunos colores. Pensó que si ignoraba un rato a Lily ésta se iría pero no había sido así, ella continuó hablando a pesar de que James sólo asentía sin escuchar.
—Oye James, ¿sabes por qué Teddy viene tanto a dormir?
Los oídos de James se destaparon de pronto, pero no de hacer lo que estaba haciendo.
—No, no lo sé –respondió con completa sinceridad.
—Me parece que está enojado con Victoire –prosiguió Lily pensativa—, aunque eso no tendría sentido porque… bueno, va a verla diario. Además él tiene su casa… pero no lo digo porque me moleste que se quede, es muy divertido –se apresuró a señalar la pelirroja.
— ¡Lily! –se escuchó de pronto desde fuera de la habitación—¡Lily!
La pequeña pelirroja se levantó con pesar de la cama.
—Me voy, mamá ha de querer ayuda con la fiesta.
—Estoy ocupado.
—¿Eso qué quiere decir? –se irritó su hermana.
—Que no puedo acarrear mesas a escondidas junto a Albus para mañana –contestó James tranquilamente y sin dejar sus colores.
—¿No nos vas a ayudar en nada? –inquirió Lily cada vez más molesta.
—No lo sé… en todo caso díselo a mamá, ¿quieres?
—No se lo diré.
James al fin se volvió, pero tuvo que quedarse con la palabra en la boca. Lily ya había salido de la habitación. Suspiró y continuó jugando con los colores.
—Ya viene Lily –anunció Ginny colocándose junto a Ted.
Ted picaba algunos vegetales y Ginny preparaba unas fresas para el postre. Ted sonreía mientras su tía le contaba algunas cosas de su trabajo en El Profeta.
—La verdad es que Skeeter ya no está para andarse dando vueltas por el Ministerio –decía Ginny molesta—, la pobre debería admitir que su época pasó. Ahora sí trabajamos y somos muy profesionales con los artículos.
—¿Qué tal va el nuevo, por cierto? –intervino Ted para cambiar el tema, no quería que el hablar de Rita Skeeter pusiera de mal humor a su tía.
—Marchando –suspiró Ginny—, necesita algunos ajustes pero me imagino que estará para el lunes si quieres leerlo.
—Por supuesto.
Ted no había terminado de hablar cuando se escuchó el timbre; Ginny se preguntó quién sería en voz alta y salió de la cocina. Ted continuó con lo suyo, quería terminar pronto de ayudar a su tía para hablar tranquilamente con James; él debería saber lo que tenía que hacer, era bueno dando consejos.
—Te buscan, Teddy –anunció Ginny regresando a la cocina.
—¿Quién?
—Bill –sonrió la pelirroja y continuó preparando las fresas; Ted estaba casi fuera cuando la escuchó gritar—: ¿Teddy, podrías preguntarle si se quedará a comer?
—Claro tía…
Continuó con su camino, atravesó el comedor enorme en el que solían pasar más tiempo de lo esperado; a Harry le gustaba tener la casa llena siempre que pudiera, se sentía bien con su gran familia. Llegó a la sala y le encontró hablando con Albus.
—¿En serio estabas acarreando todas esas mesas tú sólo? –preguntó Bill divertido.
—Sí, gracias por echarme una mano. Me muero por poder usar la varita fuera del colegio –añadió compungido el muchacho.
—Pues yo te hubiera ayudado si no fueras tan cabezota –intervino Ted entrando en la habitación.
—Ya pero tú no utilizas la varita, te gusta el estilo muggle.
—¿Quién lo dice?
—Yo lo digo…
—Venga, venga –interrumpió Bill—. No se peleen.
—Él comenzó –acusó Albus.
—Bueno ya. Al, ¿nos podrías dar un minuto? Necesito hablar con Ted –dijo Bill tajante.
Albus asintió y salió de la sala, aunque no sin antes mirar a Ted con mala cara. Ted lo siguió con la vista y sonrió negando con la cabeza cuando salió.
—Pelea más conmigo que con James –comentó.
—Ya veo.
Bill se sentó en el sofá más cercano y Ted a su lado. El pelirrojo ya se veía viejo, con arrugas alrededor de los ojos y las canas cubriendo la mayor parte de su cabello, al fin lo llevaba corto (el gusto que le dio a Molly era indescriptible) y vestía un poco más formal, sin embargo no se veía acabado, la vejez le sentaba bien.
—Quiero hablarte de Victoire –comenzó Bill.
Ted sintió que se ponía todo tenso y su sonrisa vaciló antes de desaparecer gradualmente. Bill no podía saber lo que quería hacer, ¿verdad? No estaba al tanto de su relación, no como para saberlo.
—¿Victoire? –repitió Ted nervioso.
—Sí. Verás Ted… no sé cómo decirte esto –prosiguió Bill exhalando un poco de aire; Ted lo notaba incomodo—. Me parece que la relación entre ustedes es muy seria, y te confieso que eso me asusta un poco; como padre por supuesto. Veo a Victoire muy emocionada contigo y tú te ves tan entregado…
—¿Cree que le propondré matrimonio? –lo cortó Ted sorprendido.
*Rejego: renuente a hacer alguna actividad.
