Holi. No voy a entretenerme mucho, bastante lo hice ya en el primer capítulo. ¡Muchas gracias a todos por leer! Sois azucarillos de menta, en serio.

Esta vez la canción es Can't buy me love y al menos tiene más sentido en el concepto. Os recomendaría escucharla mientras leéis, pero bueh, tampoco os da la vida hacerlo. La siguiente en la lista es Across the universe.

De nuevo, muchas gracias a todos. ¡Zazoomba!

Disclaimers: Supernatural y todos sus personajes pertenecen a Eric Kripke. Escribo sobre personas pero en mi historia son personajes. El dibujo de la cover es un fragmento de otra más grande yno es mía pero no he podido encontrar a la dibujante para darle créditos.

Advertencias: Ninguna, solo que no he corregido el capítulo así que me disculpo por posibles y futuros gazapos.


2

Can't buy me love


Te daré todo lo que tenga si tú me dices que también me quieres.

Quizá no tenga mucho que dar, pero te daré todo lo que tenga.


A Castiel le gustaba la universidad. El edificio de su facultad tenía una buena estructura, la biblioteca estaba muy bien equipada y las asignaturas eran interesantes y productivas. No se agobiaba por tener que despertarse temprano para asistir a clase ni quería pegarse un tiro cada lunes por la mañana.

De ahí a que tuviera que pasarse todo el día allí de forma obligada porque la presencia del nuevo ligue de su hermana le frustraba a niveles insospechados era muy distinto.

Y la verdad era que su casa ya no era un sitio donde se sintiera cómodo. Las últimas dos semanas habían sido un verdadero grano en el culo para Castiel. Las primeras veces que había abierto la puerta y se había encontrado a Dean y Anna en situaciones comprometidas los tres habían tenido la decencia de mirar hacia otro lado y disculparse. Las últimas veces Castiel solo se limitaba a pasar de largo mientras soltaba un escueto buenas tardes y Anna apartaba a Dean de un empujón. No todos los días pasaba, por supuesto, pero seguía siendo desagradable jugar a la ruleta rusa cada vez que volvía a casa por la noche.

No obstante, lo peor de tener a Dean no era la constante libido que compartía con su hermana ni que tuviera que encontrarse sus calzoncillos tirados en el cuarto de baño, sino que a pesar de todo aún seguía insistiendo en hacerle entender a Castiel que aún seguía queriéndole tirar la caña.

Cosa que era muy, muy incómoda.


Era día de tacos en el comedor de la universidad, pero Castiel cogió la ensalada de pasta de casi siempre, solo le gustaba cambiar cuando ponían hamburguesas en el menú. Leía El guardavía con los cascos puestos, de esos que le mantenían las orejas calentitas. No podía evitar golpear el tenedor al ritmo de A Hard Day's Night en el plato entre bocado y bocado mientras leía, aunque no podía decir que fuera muy coordinado. Era su hora de descanso y se sentía completamente relajado. Sí, quizá sus compañeros estuvieran comentando las últimas clases y programas de televisión, riéndose de chistes sobre profesores y jugando a las cartas durante el postre, pero él se sentía bien en un rincón del comedor gris disfrutando de su propia soledad. No era como si despreciara la compañía o considerara inferior a cualquier persona que osara tener vida social. Oh, cómo se atrevían aquellas criaturas a tener contacto humano. Simplemente le gustaba pasar tiempo a solas, y ya estaba. No había ningún trauma social detrás escondido. Sus compañeros del instituto no le robaban el bocadillo día sí y día también (tal vez, y solo tal vez, le llamaran Inspector Gadget a sus espaldas por su manía por llevar gabardina en cualquier época del año, pero eso era algo que él no tenía por qué saber). Castiel Novak era un chico solitario y ya estaba, esa era su única excusa para no relacionarse con la gente.

Que disfrutara de su momento del mediodía fue algo que no le duró demasiado, pues alguien le quitó los cascos haciendo que Castiel se sobresaltara. El moreno frunció el ceño cuando vio a Dean dejando su bandeja de comida delante de él y poniéndose los cascos para escuchar la canción. Dean compuso un gesto de concentración devolviéndole los cascos mientras se sentaba.

—Debía suponerlo, los Beatles.—sonrió de lado y Castiel no supo a qué se refería con eso. De todos modos no indagó mucho, miró el techo y señaló la silla de Dean con una mano.

—Siéntate, por favor, tú nunca necesitas invitación.—dijo con algo de amargura. Dean se rió y se sentó frente a él, apoyando un brazo en la mesa y cogiendo una patata frita. La forma en la que se la metió en la boca, introduciendo un trozo para sacarlo entre los labios apretados y tirando del inferior levemente en una forma completamente obscena, y aún más lo era la forma en la que Dean miraba a Castiel, con fijeza y a la vez como si fuese ajeno a lo que estaba haciendo. Fuera del modo que fuera, si lo que pretendía era poner nervioso a Castiel... lo había conseguido.

—Claro que no, Cas, soy tu amigo.—y de nuevo el apodo que Dean le había agenciado. Castiel negó con la cabeza, chasqueando la lengua.

—Hasta donde sé tú no eres mi amigo, eres el chico que está saliendo con mi hermana. Nosotros no hacemos cosas de amigos.

Dean se movió incómodo en su asiento y puso una mueca de fastidio.

—Anna y yo no estamos saliendo, solo somos amigos. Con derecho a roce y todo eso.—en cuanto terminó la frase cambió su expresión a una más animada con sonrisa ladina.—Pero si quieres podemos hacer cosas de amigos también.

Cas entrecerró los ojos.

—Asqueroso.—dijo aunque no lo pensara en absoluto y Dean rió.

—Y tú exagerado. Toma, te he traído un pastel de la paz.

Castiel miró con una ceja arqueada el pastel de chocolate envuelto de bollería industrial que Dean dejó al lado de su ensalada y a pesar de intentarlo no pudo reprimir una sonrisa.

—Aunque te agradezco el gesto no me gustan demasiado los dulces.

Dean parecía realmente sorprendido con ese testimonio.

—¿En serio? Joder, pensaba que si. Te pega, tienes pinta de ser el típico cascarrabias que luego abraza peluches de My Little Pony en la soledad de su habitación.

Cas apretó los dientes y enfocó su mirada en su comida, olvidándose de que hasta hace unos momentos estaba comiendo.

—Siento romper tus ilusiones, pero yo no hago eso. Ni soy un cascarrabias, por cierto.

—Ya, eso me dijo Anna, así que intuyo que es algo que solo tiene que ver conmigo.

—¿Es por eso que me compras pasteles de la máquina expendedora, Winchester? ¿Estás comprando mi respeto?

Dean ensanchó la sonrisa, lamiéndose los labios y enseguida supo bien lo único que significaba eso.

—¿Sabes que es muy sexy eso de llamar a la gente por sus apellidos?

Castiel rodó los ojos y suspiró sin extrañarse. Debería empezar a inmunizarse a ese tipo de cosas.

—¿Y a ti qué no te excita, Dean?—preguntó enfatizando su nombre. El rubio alzó las cejas.

—¿Excitarme? Yo solo digo que es sexy, pero son tus palabras, no las mías.

El moreno desvió la mirada sin añadir nada, sintiéndose un poco estúpido. Dean sonrió y siguió con su taco, Castiel por su parte quitó la música (si no llegaba a ser por ese silencio no se habría dado ni cuenta) y se centró en su comida. Pasaron unos minutos en el que el silencio se hizo más reinante, pero no especialmente incómodo, hasta que Dean habló de nuevo.

—En fin, ¿qué leías?

—¿Esto? Oh, es El guardavía.—en cuanto vio el gesto confuso de Dean añadió:—La última novela que Charles Dickens publicó.

Estaba a punto de emocionarse y empezar a contarle de qué iba, a compararla con obras anteriores y ponerla en el contexto histórico de la época (deformaciones profesionales de estudiar literatura, claro) cuando Dean le cortó con un bufido.

—Los Beatles, luego Charles Dickens... Después te tomarás el té de las cinco, ¿verdad? Vaya complejo de inglesito tienes.

Cas frunció el ceño y le observó con cinismo.

—Tú estás engullendo algo cuyos orígenes son mexicanos y no me verás encasillándote por eso.

Dean pareció que se lo pensaba unos segundos antes de apuntarle con una patata frita embadurnada en ketchup.

Toussé.

Castiel se rió tanto que se sorprendió a sí mismo y suspiró satisfecho antes de responder.

—Ha sido el mejor acento francés que he escuchado nunca.

—¿De veras?—Dean parecía perplejo.—Pensaba que era una palabra italiana...

Castiel volvió a reírse.

—Eres un idiota.

—Ya, pero aún así te gusto, ¿a que sí?

Castiel bebió de su botella para no tener que contestar. No le costaba nada soltar un escueto no,pero sabía lo testarudo que podía llegar a ser y no quería pasarse media hora con Dean soltándole indirectas hasta que le sacara los colores.

—¿Vas a estar hoy también en casa?

—¿Por qué? ¿Quieres que vaya?—de nuevo esa sonrisa descarada y torcida y Cas puso los ojos en blanco.

—No, es para saber si voy a encontraros copulando como conejos en la encimera de la cocina otra vez.

Dean susurró un "copulando" en voz baja con tono divertido y negó con la cabeza.

—Si es por eso, tranquilo. Tengo exámenes y mucho trabajo en el taller, así que no volveré hasta dentro de unas semanas. Iré a tu casa con mi hermano, por cierto. Tiene ganas de conoceros.

Castiel escondió su leve gesto de decepción con una sonrisa sarcástica.

—¿No te parece un poco pronto presentarle tu novia a la familia?

Dean volvió a poner esa mueca de fastidio de cuando trataba temas relacionados con lo sentimental. Se preguntó si alguna vez si aparte de rollos temporales habría tenido novia o novio o perro.

—¿Puedes parar? Ya te he dicho que solo somos amigos, lo acordamos entre los dos.—dijo, y teniendo en cuenta la actitud de Anna esos últimos meses el moreno le creyó.—Además, lo hago porque Sammy es guay, o algo así. Ya me darás la razón cuando le conozcas.

Castiel se encogió de hombros, terminando la comida. Nunca iba a reconocer que siempre le resultaba adorable escuchar a Dean hablar así de su hermano pequeño. El rubio acabó con su plato y se palmeó la tripa antes de desperezarse sin ningún tipo de recato, su camiseta deslizándose ligeramente hacia arriba dejando parte de su piel bronceada expuesta. Castiel no pudo evitar fijarse en los huesos marcados de las caderas.

—Bueno, tengo clase en quince minutos, así que mejor me largo. Adiós, tío. Cuídate.

Dean sonrió dándole una palmada en el hombro cuando se puso de pie y le guiñó un ojo. Castiel se despidió de forma torpe con la mano y se quedó pensando. Esa era la primera vez que había pasado tiempo a solas con Dean. Y le había gustado más de lo que se habría atrevido a admitir.

Castiel se puso los cascos, volvió a encender la música y se fue comiendo el pastelito de camino a clase.


Castiel no había echado de menos a Dean. Para nada había extrañado sus ¿No puedes dormir? ¿Quieres que te cante una nana en la cama? O los continuos Podríamos ducharnos juntos y así contribuir al ahorro del agua. Ni tampoco despertarse y encontrárselo sin camiseta desayunando en la cocina. Ni burlarse con Gabriel de él mientras veían los miércoles por la noche Doctor Sexy. Ni de intentar alejarle de la comida mientras intentaba cocinar sin que desaparecieran la mitad de las raciones.

Y, sobre todo, para nada se había alegrado cuando entró por la puerta después de días enteros sin verle.

Intentó no parecer demasiado desesperado cuando escuchó su voz en el salón mientras él estudiaba en su habitación. Se puso de pie, se alisó un poco su pantalón holgado de estar por casa y salió para saludar. Se sorprendió al ver a un chico de facciones bondadosa y suaves junto a él, mucho más alto que cualquiera en esa habitación. Castiel hizo memoria. ¿Ese era Sam? ¿Sammy, su hermano pequeño? Oh, bueno. Estaba bien saber que alguien cuatro años menor que él podía alcanzarle tan fácilmente en altura y complexión, y eso que no era bajo según los estándares de la sociedad. Anna, Gabriel, Dean y Sam estaban ya en el salón hablando entre ellos, no fue hasta que Castiel se acercó a ellos mirando con curiosidad cuando Anna se percató de que estaba allí y saltó del sofá.

—¡Castiel, pensaba que estabas en la biblioteca!—no la culpaba, él mismo sabía que era tan sigiloso que Gabriel había amenazado demasiadas veces con ponerle un cascabel.—Mirad, os presento. Sam, este es mi hermano Castiel. Castiel, él es Sam, el hermano pequeño de Dean.

—Lo supuse, Dean me ha hablado de ti.—dijo extendiéndole la mano y Sam se la estrechó con una sonrisa. Joder, tenía una de las sonrisas más amables que había visto nunca, todo lo contrario a Dean. Le brindaba mucha paz y tranquilidad.

—Encantado, Cas. Él también me habla mucho de ti, es un pesado.

Castiel parpadeó sorprendido y miró a Dean, quien frunció el ceño y alzó las manos.

—Bueno, no mucho, tampoco te empalmes.

—¿Que no? ¿Tú eres el inteligente hermano menor de Anna de la misma edad que Dean que estudia Filología Inglesa y que es un friki de los Beatles?

Dean pareció ruborizarse mientras Castiel se sentía cada vez más y más confuso. Su primer instinto fue mirar de reojo a su hermana, asustado de que Anna pudiera sentirse ofendida o incómoda por aquella conversación (dando por hecho que ella supiera de la promiscua sexualidad de Dean y de que tenía un interés visible en él), pero ella solo se rió tapándose la boca con una mano mientras Gabriel le daba una palmada en el hombro a Dean con una ceja alzada.

—Me ofende profundamente que definas a Cassie como el hermano inteligente y no a mí.

—Tú solo eres el hermano coñazo que nos pone efectos de sonido de fondo a través de la pared.—replicó Dean con una sonrisa y Gabriel se encogió de hombros alzando las manos, su sempiterna sonrisa pícara sin desvanecerse ni por un segundo.

—Eh, qué quieres, nunca voy a perder la oportunidad de poneros a Rick Astley para amenizar vuestros encuentros.

—Ya, sigue siendo bastante espeluznante.

Castiel no sabía si alegrarse o no del rumbo que había tomado la conversación, pero no tuvo mucho tiempo para pensarlo, pues Anna se sentó a lo indio de un salto en el sofá al lado de Dean y dio dos palmadas en el aire.

—Bueno, chicos, ¿pedimos las pizzas o qué?

Gabriel soltó un grito de guerra que sonó bastante a que nadie iba a discutírselo y se sentó en el único sillón que había con las piernas en el reposabrazos. Como ni Sam ni Castiel querían compartir sofá con Dean y Anna se sentaron en el suelo, y a partir de ahí y de que Sam eligiera las mismas pizzas que él quería decidió que ese chico le caía bien.

Mientras esperaban al repartidor Castiel supo que Sam no solo era muy parecido a él en sus gustos, sino que era un chico bastante inteligente y maduro para su edad. Podría atreverse a decir que era incluso más maduro que Dean y Gabriel juntos (aunque tampoco había que hacer mucho para superarlos dado a la cantidad de risas que se estaban echando solo con estar hablando entre ellos de los latiguillos de South Park). En general pasaron una buena velada, discutieron (por supuesto) sobre de quién sería el último trozo de pizza, sobre la película que querían ver y sobre por qué no habían pedido unos dulces de chocolate con las pizzas (aunque eso solo había sido por parte de Gabriel y su dieta basada en toneladas de azúcar). Al final acabaron jugando a un Trivial desfasado que había estado allí desde que alquilaron ese apartamento. No había sido ninguna sorpresa que Castiel fuera ganando sobre todos ellos, pero sí la remontada que dio Dean hasta ganar a causa de que Cas no tuviera ni idea sobre cultura pop y referencias mediáticas.

Era más de medianoche cuando Gabriel se fue a dormir (cuando todos sabían que era mentira y que solo lo hacía para librarse de limpiar) y Castiel le había insistido a Anna en que le dejara recoger lo que quedaba. Anna y Sam estaban hablando en el salón cuando Dean entró en la cocina y le tendió el último plato al moreno. Castiel hizo un esfuerzo por devolverle una sonrisa de agradecimiento.

—Gracias.

—No estarás enfadado porque te he ganado al Trivial, ¿verdad?

Castiel resopló sin mirarle y sonrió dejando el plato en el fregadero y cerrando la bolsa de la basura.

—Dean, tenemos veinte años, no diez. Además, podría haber dormido tranquilo sin saber quién es Fonzie.

—Já, entonces sí que estás enfadado, admítelo.

Cas no lo dignificó con una respuesta, solo le sonrió y volvió a su tarea de dejar la bolsa en una esquina para bajarla después y empezó a fregar los platos. Dean se apoyó en el fregadero junto a él, con las manos en la encimera.

—¿Necesitas ayuda con eso?

—Tranquilo, he barrido fiestas enteras de Gabriel. Puedo con esto solo.

—Como quieras.

El moreno no pudo evitar fijarse en una bolsa que Dean tenía a su espada y con la que había entrado en la cocina, así que alzó una ceja e intentó colocarse las gafas que se deslizaban por su nariz empujando el puente de las mismas con la muñeca.

—¿Qué es eso? ¿Planeas dejar una bomba en la cocina? Sabía que era sospechoso que siempre te acoplases aquí excepto por la comida gratis.

Dean se rió algo nervioso y cogió la bolsa.

—Guau, nunca me habías dicho tantas palabra seguidas, eso es un avance.—Dean se frotó la nuca y levantó un poco la bolsa.—En realidad esto es para ti.

Castiel se quedó mirándole con el ceño fruncido, al principio pensaba que era broma así que esperó a algún tipo de coletilla o de risa por su parte, pero no, parecía que iba en serio. Así que cerró el grifo y se secó las manos en un trapo limpio.

—Empiezo a pensar que te tomaste demasiado en serio eso de comprar mi respeto.

—Eh, oye, no es para tanto. No es como si hubiese pillado un anillo de diamantes o algo así.

—No tendrías que haberte molestado...

—Bah, tío, es una gilipollez así que no ha sido una molestia. ¿Por qué no lo miras y luego ya empiezas con las cortesías?

Castiel entrecerró los ojos con una sonrisa de labios apretados y suspiró cogiendo la bolsa. Se esperaba algún tipo de envoltorio o algo, pero no, en cuanto lo sacó de la bolsa de plástico vio que se trataba de un libro algo viejo con los bordes carcomidos y de tapa dura. El moreno bajó la mirada y leyó Nicholas Nickleby, de Charles Dickens. Castiel parpadeó varias veces confuso y miró a Dean, que se encogió de hombros.

—Tu hermana me dijo que era uno de los pocos libros de Dickens que no tenías y que querías leer. Cuando acompañé a Sam a la biblioteca vi que estaban a punto de reemplazarlo por otra nueva edición así que le pregunté si podía llevármelo. Sé que es un poco cosa de vagabundos pero no sé, parece que eres de los que le gustan los libros antiguos. Así que tampoco pensé que te molestase.

Castiel se rió entre dientes ladeando la cabeza. Aquello le provocaba una sensación reconfortante de familiaridad, como si hubiera sido un regalo de Navidad. Dean había pensado en él cuando vio el libro e incluso le había preguntado a su hermana (sino, ¿a santo de qué iba a salir él en la conversación?). Le pareció un buen detalle y no podía contener una sonrisa estúpida.

—Y tienes razón, me gustan mucho. Gracias, Dean.

Alzó la mirada y por unos segundos se quedaron simplemente así, mirándose con una sonrisa y sin decir nada. Dean fue el primero en romper el silencio, aclarándose la garganta y desviando la mirada mientras se frotaba la nuca. Cas se dio cuenta de que era un gesto que hacía mucho cuando estaba nervioso.

—Verás, Cas, en realidad quería hablar también contigo. Me caes muy bien y me pareces un tío muy interesante, sé que el sentimiento no es recíproco y te debo haber parecido un capullo todo este tiempo, ligando contigo mientras estaba con tu hermana.—encogió un hombro aún sin mirarle y Castiel apretó el libro entre sus dedos.—Pero me gustaría que empezáramos de cero, me gustaría que fuéramos amigos. No voy a volver a insinuar nada si eso te incomoda, además tengo la impresión de que vamos a vernos mucho tiempo y no quiero ser la razón por la que te pases tanto tiempo evitando tu propia casa.

Dean levantó la cabeza y todo lo que pudo ver Castiel en ese momento eran sus ojos verdes esperando una respuesta, firme y decidido. Por alguna razón (que Cas conocía muy bien, por supuesto, pero que no lo confirmaría ni en sus propios pensamientos) esas palabras le decepcionaron. Sin embargo intentó forzar una sonrisa de cejas alzadas, como si le pareciera una idea genial y le hiciera mucha ilusión.

—Me parece una buena idea, Dean. A mí también me gustaría ser tu amigo.

El rostro del rubio se iluminó en cuanto dijo aquello, sonriendo con toda una hilera de dientes. Una sonrisa que Castiel quería pegar para quitársela de un puñetazo de una vez por todas.

—Uf, vale. Joder, por un momento pensé que iba a ser todo muy de preescolar, yo pidiéndote ser tu amigo y tal.

—En realidad ha sido muy así.

—Oye, cállate, al menos he hecho el intento.

Castiel se rió y Dean suavizó el gesto, frotándose de nuevo el cuello antes de extender su mano.

—¿Entonces qué? ¿Amigos?

Le echó una mirada de reojo a su mano y asintió con la cabeza, devolviéndole el gesto y apretándole la mano. Una mano endurecida por lo que él pensaba que serían callos y de apretón enérgico, casi militar.

—Claro, amigos.

Dean sonrió de nuevo y fue entonces cuando Castiel se arrepintió casi al momento de haber cedido ante aquello.