Disclaimer: Los personajes utilizados en esta historia no me pertenecen a mí sino a la maravillosa Yana Toboso.
CAPÍTULO 2
De cabo a rabo y tiro porque me la han jugado.
Si Sebastian tuviese que elegir el momento más humillante de su vida, ser sometido por alguien cuatro años menor que él sería un buen candidato para ocupar el primer puesto de la lista.
Era curioso pararse a pensar en la de vueltas que daba la vida. Apenas hace un momento estabas a punto de partirle la cara a un mocoso manipulador, y al minuto siguiente te encontrabas de rodillas contemplando la bragueta de su pantalón. Irónico, ¿verdad?
Solo para aclarar términos, Sebastian no era la persona más ética y respetable del mundo; de hecho, tiraba más por el lado oscuro que otra cosa. Sin embargo, lo que estaba a punto de hacer era inmoral hasta para él, se mirase como se mirase.
No obstante, la obediencia era algo que no entraba en sus planes, y Sebastian no iba a ponerle las cosas tan fáciles a Ciel si podía evitarlo. Si el chico quería jugar con fuego, entonces debía estar preparado para quemarse. Con eso en mente, el mayor forzó una sonrisa y desabrochó los pantalones de Ciel mientras este le observaba con atención, puede que hasta un poco sorprendido por la falta de resistencia.
—Si tan desesperado estás, de acuerdo —comenzó a decir Sebastian, bajándole los pantalones y acto seguido los calzoncillos, todo ello sin siquiera parpadear—. Te chuparé la polla… aunque a juzgar por el tamaño de eso, más que polla creo que deberíamos llamarlo pollita —terminó con una sonrisa malvada.
Para ser justos, Ciel era más pequeño que él, y a juzgar por su aspecto enclenque y delicado, el crío probablemente no había dado el estirón todavía. Aunque claro está, Sebastian no iba a dejar pasar la oportunidad de avergonzarle.
—Entonces mejor para ti. Tendrás menos probabilidades de ahogarte cuando te hinque mi pollita hasta la garganta —replicó Ciel con facilidad. Si el ofensivo comentario de Sebastian le había afectado, lo disimulaba muy bien.
La sonrisa de Sebastian se quebró, quizás por culpa de un tic nervioso. Ya no había marcha atrás, si quería librarse de la foto lo mejor era terminar con esto cuanto antes. Si Ciel quedaba satisfecho, tendría que dejarle en paz, ¿verdad?
Sus ojos granate se pasearon lentamente por la longitud semi-erecta de Ciel. La punta era rosada y la base prácticamente lampiña. Aunque a lo largo de su vida había recibido innumerables felaciones por personas de ambos sexos, Sebastian nunca había intentado chupar una polla, considerándolo una acción degradante. Pero situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.
Al menos Sebastian jugaba con ventaja, pues él siempre había sido un maestro en el arte de la seducción. Si iba a chupar una polla, iba a chuparla bien. Por el momento nadie había conseguido resistirse a sus encantos, y Ciel no iba a ser la excepción, Sebastian se aseguraría de ello; en menos de cinco minutos le tendría a sus pies, convertido en un amasijo tembloroso incapaz de pronunciar palabra, y entonces las tornas volverían a estar a su favor.
Aunque a decir verdad, las tornas siempre habían estado a su favor; después de todo, él era el doble de grande que Ciel y por supuesto mucho más fuerte. Obligar al crío a borrar las fotos por la fuerza, aunque arriesgado, siempre había sido una opción. Seguro que después de experimentar el dolor de un brazo roto, Ciel mostraría una actitud mucho más colaboradora. Pero si Sebastian fuese sincero consigo mismo, admitiría que una pequeña —y masoquista— parte de él tenía curiosidad por saber qué ocurriría si se dejaba llevar y permitía que Ciel "tomase" las riendas de los acontecimientos. Nunca nadie antes se había atrevido a llevarle la contraía o a alzarse contra él, y eso convertía a Ciel en alguien muy interesante.
Además, Sebastian no tenía la culpa de que el niño fuese un depravado; él solo era una víctima inocente. Si Ciel quería que le hiciese esto, ¿qué culpa tenía él? Después de todo, si no podías con tu enemigo lo mejor era unirte a él… y apuñalarle por la espalda cuando estuviese descuidado. Satisfecho con su razonamiento, el mayor se puso manos a la obra.
Cuando sus labios finalmente rozaron la cabeza del pene, Sebastian sintió como Ciel se estremecía y soltaba un jadeo. Animado por la reacción del otro y sintiendo un poco más de seguridad en sus acciones, Sebastian posó la punta de la lengua sobre glande experimentalmente y algo parecido a un estremecimiento sacudió el cuerpo de Ciel de arriba a abajo. Al parecer el crío era más sensible de lo que parecía. Bastante más.
—¿Q-qué crees que estás haciendo? Engúllela de una vez —instó Ciel, tragando saliva audiblemente mientras intentaba fruncir el ceño.
Durante un largo instante Sebastian se planteó hacer simplemente eso, ¿pero entonces qué gracia tendría? Puede que Ciel actuase como un mocoso tiránico y soberbio, pero en el fondo no era más que un niño pequeño enfrentándose a alguien mucho mayor y experimentado que él. Sebastian se lo iba a demostrar, y para ello jugaría con él hasta cansarse.
Ahora que las cosas habían empezado a calentarse, la excitación que sentía era cada vez más evidente. Una parte de su mente incluso estaba considerando la idea de derrotar a Ciel en su propio juego. Sí, eso sería divertido…
—¿Por qué tanta prisa? Si vas a obligarme a hacer esto, lo haré a mi manera y a mi ritmo. Así que cierra la boca y haz el favor de no molestar —ordenó él, disfrutando del poco control que le proporcionaba la situación mientras trataba de ignorar la molesta presión que comenzaba a formarse en su entrepierna.
—Si vuelves a hablarme con ese tono… —Ciel tuvo que callarse, porque justo en ese momento a Sebastian se le ocurrió sujetar su pene con una mano y frotar rudamente la parte baja de la cabeza con el pulgar, volviéndole loco y obligándole a cerrar la boca para no dejar escapar ruidos de los que, con toda seguridad, se arrepentiría más tarde.
—¿Si vuelvo a hablarte con este tono qué? —preguntó Sebastian con burla, restregando su mejilla contra la polla del otro cual enorme felino mientras su faceta seductora tomaba el control por instinto. Como era de esperarse, lo único que consiguió con eso fue erizarle el vello de todo el cuerpo a Ciel—. ¿Gemirás? ¿Te correrás con tu pollita precoz? Ni siquiera me ha dado tiempo a metérmela en la boca todavía…
Sebastian soltó un gruñido ronco cuando la mano de Ciel se enredó en sus cabellos y tiró de ellos con todas sus fuerzas, obligándole a alejarse de su entrepierna. A este paso el crío del demonio iba a dejarle calvo…
—Estás malinterpretando la situación —siseó Ciel. A pesar de tener las mejillas sonrojadas y las piernas temblorosas, su mirada portaba un brillo colérico que se unía al peso de sus palabras—. Te conozco, Michaelis. Piensas que tienes el mundo a tus pies y que todos estamos aquí para lamerte el culo, que puedes jugar con la gente como te dé la gana y que de alguna forma la vida acabará favoreciéndote siempre a ti. Pero te equivocas, porque ahora mando yo. Si yo te digo que saltes, tú preguntas como de alto, y si te pido que me la chupes, tú me preguntas como de hondo. Así que no te pases de listo conmigo. —Ciel hizo una pausa para tomar aire, y entonces su pie se estrelló contra el estómago de Sebastian provocando que este soltase un jadeo adolorido—. Puede que creas que no soy más que un niño estúpido que no sabe donde se está metiendo y que solo quiere satisfacer los estúpidos deseos de sus estúpidas hormonas, pero no se trata de eso.
—¿De qué mierdas me estás hablando? Querías una mamada y yo…
—Tú te estabas riendo de mí —terminó Ciel por él—. Desde que empezamos, lo único que has hecho es intentar arrebatarme el control. Me subestimas si pensabas que no me daría cuenta…
—¿Y qué quieres que haga? Un niño de trece años que se da aires de dominátrix se presenta ante de mí, me chantajea y me obliga a que le practique sexo oral. Es evidente que no puedo tomarte en serio.
—Eso ya lo veremos —replicó Ciel, esbozando una sonrisa tétrica—. De momento, voy a darte una segunda oportunidad.
—¿Quién ha dicho que la quiera? —inquirió Sebastian, enarcando una ceja.
—¿Acaso te has olvidado ya de que tengo en mis manos la posibilidad de destruir tu imagen para siempre? Por supuesto que la quieres, deja de decir estupideces.
—Eres un mocoso arrogante, manipulador y despreciable.
Ciel chasqueó la lengua y negó con la cabeza, imitando el mismo aire derrotado que portaría un padre lidiando con su hijo desobediente.
—Sebastian, Sebastian… Tú nunca aprendes, ¿verdad? Solo por ese comentario, desde ahora te prohíbo que abras la boca para nada que no sea comerme la polla, ¿entendido?
Los parpados de Sebastian se entornaron y sus labios se curvaron en una sonrisa socarrona.
—¿Recuerdas eso que has dicho antes? La verdad es que la idea de tenerte a ti lamiéndome el culo es tentadora… ¡Ya sé! Cambiemos posiciones: ahora serás tú la puta un rato y yo gozaré de esa boquita tan sucia que tienes.
El sonido cortante y seco de una bofetada rasgó el aire de la habitación. Lentamente, Sebastian alzó la cabeza y clavó su mirada en los ojos azules y despiadados de Ciel. La mejilla le ardía y nunca antes había sentido tantas ganas de estrangular a alguien.
Sin decir palabra, Ciel metió la mano en el bolsillo de su sudadera y sacó un móvil. Sebastian observó atentamente como el crío trasteaba con el dispositivo un rato y a continuación le daba la vuelta para mostrarle lo que había en la pantalla: su foto.
—Solo tengo que darle a enviar y tu foto se mandará automáticamente a todos mis contactos. Si crees que es un farol, solo quiero que tengas en cuenta que para mí ver tu cara de desesperación sería tan satisfactorio como un buen orgasmo. Tú eliges.
Fue en ese mismo instante, cuando las miradas de ambos se cruzaron, que Sebastian comprendió que Ciel no era un niño normal —ni siquiera una persona normal—. Había cometido el error de juzgarle antes de tiempo. Ciel no era un crío pervertido y precoz buscando pasar un buen rato. Ciel era algo mucho más oscuro y retorcido. Alguien que podría llegar a resultar un peligro si se lo proponía. Ciel no dudaría en enviar la foto y arruinarle la vida si seguía faltándole al respeto, al igual que tampoco había dudado en darle esa bofetada.
Solo había una respuesta acertada, y esta vez Sebastian se aseguró de contestar correctamente:
—No la envíes.
—¿Qué no la envíe? —repitió Ciel.
Sebastian apretó la mandíbula y chirrió los dientes, después se tragó el orgullo como un campeón y dijo:
—Por favor.
—Buen chico. Ahora haz honor a los hechos y chúpame la polla como el maricón que realmente eres.
—Te odio —masculló Sebastian.
—No esperaba menos de ti —aprobó Ciel.
Ninguno de los dos dijo nada más; no hacía falta. Sebastian sujetó en una mano el pene de Ciel —al cual se le había bajado considerablemente el calentón— y se llevó la punta boca. Como no estaba totalmente seguro de que hacer, decidió imitar los mismos movimientos que habían practicado en él con anterioridad y dibujó circulitos con la lengua sobre el glande. Ciel pareció disfrutarlo, porque ahora su respiración se escuchaba mucho más errática que antes.
Sintiendo la confianza y la curiosidad crecer dentro de él, Sebastian succionó despacio pero con firmeza, y Ciel le respondió con algo parecido a un gemido que provocó que su propia polla pegase un respingo. Después, sin apartar su mirada cargada de desprecio de los ojos de su compañero, Sebastian lamió el tramo desde la base del miembro hasta la punta antes de volver a introducírsela en la boca. Ahora la polla de Ciel volvía a estar completamente erecta y palpitante.
Parecía que Ciel tenía algo que decir, pero si iba a ser algo coherente, Sebastian prefería no tener que escucharle. Así que sin más dilación, tomó el pene de la base y lo engulló hasta la campanilla. Las palabras de Ciel murieron en su garganta y todo lo que salió de su boca fue una especie de gorjeo ininteligible.
Sebastian descubrió que esto no estaba nada mal, y sin darse cuenta cerró los ojos y procedió a saborearlo. El sabor de Ciel era salado, y su tacto suave y resbaladizo. Por extraño que resultase, comenzaba a gustarle tenerle en la boca.
Cuando Ciel intentó mover las caderas, Sebastian se lo impidió sujetándolas con ambas manos, clavándoles las uñas. Sorprendentemente, Ciel no protestó, sino que gimió alto y claro, quizás por el placer o puede que por la frustración. Sus manitas volvieron a enredarse en el pelo de Sebastian, pero esta vez permanecieron allí quietas sin moverse.
—Uggnn… espera, no puedo… t-tú boca está caliente —Escuchar ese tono de voz lúbrico y sensual escapar de la boca de alguien tan joven seguramente estaba prohibido y penado por la ley, pero a Sebastian no podía importarle menos en esos momentos.
Sebastian rotó la lengua alrededor del tronco, y a continuación se lo introdujo tan al fondo que incluso le pareció rozar la piel de los testículos. Entonces las piernas de Ciel se doblaron y con un grito ahogado se corrió. Sebastian se aseguró de tragar hasta la última gota sin que Ciel se lo pidiese.
—Me has dejado la marca de tus uñas en las caderas, bestia —comentó Ciel una vez que se hubo calmado un poco mientras se subía los pantalones con una dignidad y elegancia que nadie debería poseer después de protagonizar semejante actuación— Se te veía ligeramente… ansioso ¿Qué te ha parecido la experiencia?
—Repugnante —mintió Sebastian mientras esbozaba una sonrisa falsa. A continuación escupió a los pies del crío.
—Claro… —coincidió Ciel poniendo los ojos en blanco—. Y por eso te has bebido hasta la última gota de mi semen y tu amiguito ha decidido despertarse. —Lo último lo dijo dirigiéndole una mirada de reojo mal disimulada a la entrepierna de Sebastian, donde resaltaba un bulto bastante prominente.
—Ya que estamos, ¿por qué no dejas que te ayude con tu problemilla? —propuso el crío, regalándole a Sebastian una mirada cargada de burla.
Por toda repuesta, Sebastian apartó la mano de Ciel de un manotazo antes de que esta pudiese llegar a tocarle.
—Agradecería que no me tocases, pues el asco que siento por ti me supera y no podré responder por mis actos si lo haces —pidió Sebastian con toda la diplomacia que pudo reunir. Todavía sentía el sabor extrañamente dulce del semen de Ciel en la boca, y el arrepentimiento de lo que acaba de hacer comenzaba a asomar su fea cabeza.
Ciel frunció el ceño y lucho abiertamente por no hacer un puchero, pero finalmente decidió que seguir tentando a la suerte —y a la paciencia de Sebastian— no sería aconsejable y dejó de insistir.
—De acuerdo, pero que sepas que aún no he terminado contigo. Espérame a la salida del instituto en la entrada principal para acompañarme a casa —le indicó al mayor, recogiendo su mochila del suelo dispuesto irse.
—¿A dónde te crees que vas? —espetó Sebastian, observando atónito cómo Ciel desbloqueaba la puerta del baño para poder marcharse y dejarle ahí tirado como si nada.
—Tengo que ir a resolver un asuntillo pendiente, pero no creo que tarde mucho —respondió él con indiferencia.
—Lo que tengas que hacer no podría importarme menos —dijo Sebastian secamente—. Pero antes de irte borra la foto. Ya he hecho lo que querías, así que ahora te toca cumplir tu parte del trato.
—¿De qué trato me estás hablando? —preguntó Ciel, fingiendo desconcierto—. Que yo sepa, nunca dije nada de borrar la foto. Es más, ¡la diversión solo acaba de empezar! —exclamó con un entusiasmo que hizo que a Sebastian se le revolviese el estómago.
—Podría hacerte mucho daño… —amenazó Sebastian con una voz que le pondría la carne de gallina a cualquiera. A cualquiera menos a Ciel.
—La cuestión no es poder, sino querer —puntualizó Ciel con una sonrisilla de suficiencia, que Sebastian habría disfrutado mucho borrando de un puñetazo—. Si hubieses querido hacerme daño, lo habrías hecho hace mucho tiempo. Has tenido oportunidades de sobra en esta media hora, sin embargo, mírame: aquí sigo vivito y coleando.
—Antes de que te vayas, quiero que sepas que nunca he aborrecido a nadie tanto como te aborrezco a ti.
La sonrisilla de Ciel se convirtió en una sonrisa completa.
—Es un honor. Nos vemos luego a la salida, Sebastian.
—Por supuesto que no. No voy a esperarte. No soy tu mayordomo.
—Claro que no, si quieres que te ascienda a mayordomo, tendrás que ganártelo. De momento solo eres mi perra. —Dicho eso, la puerta de los baños se cerró y Sebastian escuchó como los pasos de su nueva pesadilla se alejaban en la distancia.
¡Muchas gracias por todos los reviews y el apoyo, sois los mejores!
Supongo que ya habéis averiguado por dónde van los tiros de esta historia, pero... ¡sorpresa! Además de porno tiene trama. Por ejemplo: ¿Qué estará maquinando Ciel? ¿Tendrá algún motivo para torturar de esta manera a nuestro pobre Sebastian? ¿Durará la paciencia de Sebastian lo suficiente como para que lo averigüemos...?
Oh, y tengo pensado actualizar el fanfic una vez por semana a no ser que me lo impidan los estudios o algo así.
Por último, que sepáis que recibir vuestros reviews me hace muy muy feliz, así que os invito a que me dejéis algún comentario (además, así me siento culpable y escribo más rápido *guiño guiño codazo codazo*)
