Capítulo 2: Perros y gatos
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Los matones de Slytherin volvieron a mirarse para soltar una carcajada que expresaba desconcierto.
―¡Te lo dije! ¡Puedo defenderme solo! ―Le espetó Drake a su hermana, rojo como tomate.
―¿Ah, sí? ¡Entonces, por qué estabas allí, arrinconado como una nena, con esa cara de idiota que pones!
Uno de los Slytherin bufó, reconociendo el caso perdido.
―Vámonos de aquí. Que se las arreglen solos.
Rossane era la única que seguía contemplando la escena, pero, al ver que los dos iban acercándose lentamente, transmitiendo pura violencia, salió corriendo. En cualquier momento, el pasillo se llenaría de explosiones.
―¡Estaba calculando para cuándo tenía que atacar! ¡Hasta que llegaste tú, creyéndote superheroína!
―¡Yo no me creo nada! Además, ¿por qué estabas ahí, buscando pelea? ¡Nuestros padres nos dijeron que evitáramos los problemas!
― Tú no te hubieras quedado tranquila si hubieses oído que llamaban a tu madre "perra de patas gordas", así que, ¿qué querías que hiciera?
Agatha parpadeó varias veces.
―¿Llamaron a mamá "perra de patas gordas"? ―Su hermano asintió, con puños apretados ― ¿Cómo lo sabes?
―Porque dijeron "Morgan, la perra de patas gordas" ―contestó con brusquedad, como si fuera lo más obvio del mundo.
―Entonces, ¡debiste haberlos molido en el suelo!
―¡Eso era lo que estaba planeando, hasta que llegaste tú, como siempre, a entrometerte en lo que no te corresponde! ¡Siempre quieres sobresalir ante mí! ¡Siempre quieres acaparar toda la atención! ¡Nunca dejas que haga nada! ¡No eres mi mamá!
―¡Yo no hago eso! ¡Tú eres mi hermano, maldita sea! ¡Tengo derecho a defenderte!
―¡Sé hacer mis cosas solo! ¡Y aléjate de Jeremy! ¡Tú eres una niña, te tienes que juntar con NIÑAS!
―¡Jeremy también es mi primo! ¡Yo hago lo que me da la gana!
―Pues hazlo, ¡pero, déjame en paz! Métete en tus asuntos, deja de intentar ser el centro de atención.
A Agatha se le asomaron lágrimas por los ojos.
―Yo no trato de ser el centro de atención ―hizo una mueca, a punto de ponerse a llorar ―, sólo quiero ser una buena hermana.
―Bueno, entonces, aclárate que eres mi MELLIZA, no mi gemela, ¡no nos parecemos en nada!
Agatha iba a salir corriendo dramáticamente ante ese comentario, pero antes, hizo aparecer un globo de agua que se lo lanzó directamente a la cara del niño. Justo en ese momento, por una esquina, estaba doblando Merlina, seguida por una temerosa Rossane que se comía las uñas compulsivamente.
―¿Qué sucede aquí? ―Preguntó con voz de asombro. Jamás había visto tal escena. Drake estaba con la boca abierta, empapado y Agatha, parecía haber comido mucho limón. Esa era la cara que colocaba cuando estaba a punto de llorar con ganas. De súbito se calmó. Tragó saliva y recuperó la compostura.
―Nada ―contestó ella.
―Por supuesto que no ―contradijo Drake, avanzando hacia su madre.
―¿Están peleándose?
―Drake estaba peleando en el pasillo ―acusó Agatha de pronto.
―¡No estaba haciendo nada, hasta que llegaste tú a demostrar tus habilidades de señorita!
Merlina se escandalizó.
―¡Basta! ¿Por qué se hablan así? Se supone que estamos manteniendo una relación a base de hermandad, unión, respeto…
―¡No puedo tenerle respeto a este malagradecido!
―¡Y yo a esta metiche!
―¿Por qué hablan así? ¿Cómo si fueran… no sé, niños adolescentes? "Malagradecido" no es una palabra que tengas que estar usando a tu edad, Agatha ―reprochó Merlina, sintiendo de pronto que se había perdido de algo en la vida de sus hijos.
Hacía tan sólo dos meses atrás, para el cumpleaños de los muchachos, se habían puesto como locos por los infantiles regalos obsequiados. Agatha se había colocado a gritar al recibir el set de Mágico de Corazón de Bruja (que incluía agendas parlantes, plumas con tinas multicolores, pinturas de larga duración para disfraces y maquillaje, más el par de zapatos elegantes de máxima comodidad), junto a una colección de ferraris (unos automóviles muggles que había visto en una tienda); y Drake había ido saltando en una pata para presentar su primera escoba de dos velocidades, una Moscarda Infantil, a los vecinos de Hogsmeade, y estuvo toda la noche tratando de calibrar su telescopio de gran alcance. Al día siguiente, ambos habían exigido desayuno en la cama y un abrazo de ella.
¿Y ahora? Estaban allí, peleándose, insultándose en pleno pasillo, ¡y luchando con varitas! Bueno, era mucho más digno que estuvieran agarrándose de las mechas. Aún así, era frustrante para Merlina ver a sus hijos así, en ese estado de salvajismo.
―Te habían insultado, mamá ―trató de explicar Drake ―. Te dijeron algo feo.
―¿Fue algún Slytherin? ―Preguntó Merlina, con calma, sin sorprenderse demasiado. No era primera vez que hablaban de ella. En realidad, no era la primera vez que hablaban mal de ella. Los tres años que estuvo trabajando como conserje, recibió más insultos de parte de los Slytherin, ganándole probablemente a Harry Potter, quien muchas veces fue odiado también.
―Sí, fueron dos.
―Sí, dos que te hubieran hecho papilla.
―Cállate.
―Ya, basta ―se aproximó al niño y se agachó un poco para colocarse a su altura ―. Drake, no vas a ir golpeando por la vida a los Slytherin que hablan mal de mí. Ya estoy acostumbrada. Viví varios años aquí luchando contra ellos. Al final, logré conseguir la paz, o un poco ―sonrió con dulzura para infundirle confianza a su hijo.
―Pero, te llamaron "perra de patas gordas" ―insistió Drake acongojado.
La cara de Merlina se desfiguró por completo. Todo el cuerpo se le tensó, incluida la mandíbula.
―¿Me llamaron "perra de patas gordas"? ―Gruñó con la quijada apretada, casi sin aliento. En cualquier momento se le quebrarían los dientes.
―Sí…
La sangre le hirvió y, de pronto, su corazón latió más rápido de lo normal. No recordaba haberse sentido tan ofendida.
―Esto no lo voy a tolerar. ¡Perra de patas gordas! ―Se dio media vuelta y comenzó a avanzar a paso rápido por el pasillo, tomando rumbo al despacho de Severus ― Podrán decirme "perra"… ¡pero, "patas gordas", jamás!
Fue el turno de Merlina de que los ojos se le llenaran de lágrimas. Era muy sensible. Durante muchos años no había podido llorar por el trauma que le había dejado la muerte de sus padres, quienes habían fallecido en un feroz incendio causado por un horno en mal estado. Pero, desde que un día recuperó esa capacidad, cuando logró recordar lo sucedido, lloraba cada vez que podía, sin ser egoísta con una sola lágrima. Severus, a menudo, criticaba eso de ella, sobre todo cuando andaba en el periodo femenino.
―¿De verdad eres una mujer adulta? ―Se burlaba, sin tener ni un poco de compasión ― Si no fueras mi esposa, diría que me das vergüenza ajena. Espero que no vayas a montarme un espectáculo en la calle algún día.
Merlina solía ignorar sus frialdades, porque sabía que, a los diez minutos, Severus se sentaría a su lado y la abrazaría con fuerza, dándole cariñosos besos en la frente.
Por supuesto, no era un simple insulto. No era un "idiota", "maldita", "bastarda" o "estúpida", o un sencillo "perra", el cual era in insulto muy utilizado en el colegio con frecuencia. Lo de "patas gordas" le llegaba de verdad, porque su físico no era el de una joven y estaba a menos de un año de cumplir los cuarenta. Y eso… eso era terrible. La tenía nerviosa.
Años atrás, jamás le había dado importancia a su edad, no tener un novio decente, no tener hijos, ni buenos trabajos o proyectos de vida. Era, por decirlo de un modo suave, "desinteresada". Lo único que deseaba, era calzar en la sociedad. Luego, se reencontró con Severus y, tras años de riñas entre ellos y contra la adversidad, el amor había salido triunfante, pero tampoco le había preocupado tener o no hijos. Eso fue, hasta que sucedió. Fue allí cuando comenzó a sentir que la vida se le escapaba de las manos. Once años habían pasado tan rápido, que era difícil creer que fuera a cumplir las cuatro décadas.
Mientras caminaba, se miró las piernas. ¿De verdad se veía gorda? ¿Acaso estaba envejeciendo y no se había dado cuenta? Y, entonces, comprendió: no sólo el tiempo y el trabajo habían hecho que se alejaran con Severus… tal vez, ya estaban entrando a una etapa en que sólo se daban el beso de buenas noches, con suerte. Era como la etapa "pre-ancianos".
―Prometo hacer ejercicios desde mañana. No puedo quedarme así, trabajando duro sin cultivar mi cuerpo, comiendo como una cerda… Bueno, en este colegio todos lo hacen, pero yo no puedo continuar con la tradición, si no, terminaré convirtiéndome en un pedazo de grasa viviente.
Merlina llegó tarde. Cuando había alcanzado las mazmorras, los estudiantes estaban aguardando fuera del aula para entrar a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Severus justo se estaba asomando para hacer entrar a la manada. Por el rabillo del ojo distinguió a Merlina y la miró con el ceño fruncido.
"Vete a clases" le dijo él sólo moviendo los labios y haciendo un rápido gesto con la mano.
Merlina obedeció y se fue a dar la última clase de la tarde, niños de tercer año de Slytherin y Gryffindor. Sólo esperaba tener la paciencia para controlarlos y no salirse de sus cabales.
―Son unos cuantos gorilas pequeños… son animales. A los animales hay que tratarlos con amor y comprensión…
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Severus Snape no se sentía estresado, pero sí algo cansado. Minerva McGonagall, como directora, había mejorado mucho la calidad de la educación de Hogwarts durante los últimos diez años, pero, eso se había hecho a cambio de un mayor esfuerzo de los profesores. Ella jamás lo había mencionado directamente, pero todos sabían que ella pensaba que Dumbledore, en su época como director, había sido muy blando con los estudiantes.
Severus no podía estar más de acuerdo. Cuántas veces había tratado de que expulsaran a Potter por su descaro en romper las reglas, y jamás había tenido éxito, sólo porque Dumbledore había sido demasiado protector con él, por no decir que le daba demasiadas regalías y lo mimaba como si hubiese sido una especie de rey.
No desagradecía los mínimos cambios hechos por McGonagall, pero, tampoco agradecía estar menos tiempo con su familia. No se lo decía a Merlina, pero extrañaba a los niños. Extrañaba sus risas y los abrazos que acostumbraban darle para que los llevara a Honeydukes. Echaba de menos las pataletas de Phyllis, porque, luego de eso, se ponía muy dócil y dejaba que la abrazaran y la llenaran de mimos.
Tiempo no había para salir y pasarlo bien, así que sólo quería tener fe en que las vacaciones de Navidad, para la que faltaban dos meses, pudieran estar juntos. Aún así, dos meses era demasiado.
Y, por supuesto, extrañaba a Merlina. Por poco ya se olvidaba cómo eran sus besos, o lo cómodo y tranquilo que se sentía junto a la calidez de su cuerpo. Ya había pasado por una situación parecida, es decir, la había "abandonado", pero por cuestiones que él podía manejar. En cambio, en esos momentos, el tiempo no era algo que pudiera controlar. No quería perderla. No una vez más… Él mismo le había prometido a ella que nada tenía que cambiar, que las cosas seguirían bien, incluso trabajando. Tal vez, debiera hablar con Minerva para explicarle la situación. La familia era muy importante, y eso lo tenía muy claro; Morgan se había encargado de enseñárselo durante todos los años que llevaban juntos. Sin ella…
La puerta de su despacho por poco salió de sus goznes, provocando un estruendo que lo hizo saltar de la silla. Eran cerca de las cinco con diez minutos. Precisamente, hacía diez minutos había acabado la clase y se había retirado directamente a su despacho a revisar trabajos, como todos los otros profesores de Hogwarts, y Merlina, al parecer, era la única que no estaba cumpliendo con la rutina, porque acababa de patearle la puerta, para dar paso a la endemoniada personalidad que la acompañaba en esos momentos.
―¿Me veo gorda? ―preguntó a Severus con violencia, señalando su figura. Para los prototipos de belleza de aquellos tiempos, probablemente estuviera obesa, pero nada que un poco de ejercicio y mucha agua no pudieran eliminar.
Severus frunció el ceño y se puso de pie con lentitud, como si temiera que Merlina fuera a estallar en cualquier momento.
―¿Y? ―Insistió Merlina con ojos grandes, haciendo un gesto amedrentador con la cabeza.
―Un momento ―farfulló un calmado Severus con un gesto de la mano.
Severus dio tres zancadas hacia la puerta y la cerró. Luego, se acercó a su esposa y la observó con exasperación.
―De pronto he extrañado el momento en que me preguntaste si eras mejor conserje que Filch, cuando creíste que te iban a despedir…. Y ahora quieres saber si estás gorda. Como cambian los intereses de la persona ― abrió los ojos, incrédulo ― ¿Por qué la pregunta?
―Limítate a contestarme y no me sermonees, ¿quieres?
El mago arqueó las cejas y pegó una exhaustiva mirada a la anatomía de Merlina.
―¡No tengo todo el tiempo del mundo!
―Tengo que mirar para contestarte. Bien, no estás gorda.
―Estás diciendo lo que quiero oír.
―No, tú quieres oír que estás gorda. Yo te digo que no lo estás, y no lo estás.
―Ah, ¿no? Y, entonces, ¿qué demonios es lo que tengo aquí?
Se abrió la túnica, se subió el chaleco y se agarró un flácido rollo del abdomen, estirándoselo a todo lo que daba y moviéndolo como si fuera un trozo de gelatina. Snape suspiró, abatido, lo que Merlina consideró una especie de mueca de asco.
―¡Lo sabía!
―No te he dicho nada. ¿Alguien te trató de "gorda"?
―Sí, tus adorados Slytherin me llamaron "perra de patas gordas". Y sé que no se refieren a la esposa de perro con "perra", pero ese no es el problema.
―No me tienes que explicar los insultos de los estudiantes, Morgan. En fin. No me pareces gorda. Si tanto te aflige, entonces dile a Madam Pomfrey que te consiga algo para quemar grasas. Yo no tengo los ingredientes para hacer ese tipo de filtros, de hecho, no es mi materia, y sé perfectamente que no es la tuya, aunque sepas hacer pociones básicas. Y, ahora, bájate el chaleco, te harás daño si te sigues triturando el estómago de esa manera.
―No es mi estómago ―contestó Merlina, volviendo a sacudir el pedazo de carne ―, es grasa pura lo que te estoy mostrando aquí.
―Merlina, entiende que ya no tienes veinte años ―dijo Severus con dientes apretados, apenas moviendo los labios ―, es normal que…
La puerta nuevamente se abrió, sobresaltándolos a los dos. Merlina se soltó el rollo de la pura impresión y pareció quedar aún más flácido tanto estirarlo.
A Agatha, por primera vez en su vida, le hubiera gustado quedar en Slytherin para estar lo más lejos posible de su hermano. La había tratado tan mal, que sentía un dolor en el pecho que no recordaba haber tenido antes.
Agradecía que, al menos, los cuartos de chicos y chicas estuvieran separados. Se había intentado enfrascar en una historieta de El Muggle Errante que había pillado encima de la mesa de Rossane, pero no se estaba concentrando. Primero, no le interesaba la historia y, segundo, estaba teniendo una importante lucha interna: su Superyó quería reconocer que su hermano estaba en lo cierto: siempre quería sobresalir. Hablaba fuerte, tendía a empujar a los hombres y le gustaba andar perfumada y bien vestida. No quería ser la típica niña-macho, sino que una súper-niña. Por lo mismo, quería estar para su Drake siempre. Mellizo o gemelo, para ella era importantísimo el vínculo…
Y para él, también. Por eso, Drake no aguantó mucho tiempo en la Sala Común: con Agatha hacían los deberes juntos, en grupo, pero juntos. Y, en el fondo, sabía que ella tenía muchas más agallas y que sobresalía por ser mujer, entendía que ella no lo quería hacer pasar a segundo plano. Así que, como no podía subir por las escaleras hacia el cuarto de las chicas ―la escalera se convertía en un tobogán porque no permitía hombres ―, se colocó a gritar su nombre sin timidez alguna.
―¡Silencio! ¡Cállate! ―Le espetaron los prefectos, pero no se calló hasta que Agatha apareció, con brazos cruzados y un puchero de orgullo en el rostro.
―Ya te oí ―le dijo.
―Qué bien. ¿Hacemos los deberes de Snape? ―Sonrió ampliamente luego de decir eso. Una sonrisa que su hermana no pudo ignorar.
―Bueeeno… Tú ganas.
Hacían un buen equipo y tenían las claves necesarias para darle un trabajo satisfactorio a su exigente padre. No le gustaban los trabajos realmente extensos, mientras pudieran explicar con sencillez y exactitud lo que se estaba pidiendo.
―Siento haberte tratado así. Pero, en serio… prefiero quedar magullado que como un marica.
―Lo sé, no lo volveré a hacer, te dejaré enfrentar tus problemas. Además, siempre estarán inventando cosas de mamá, así que tendrás otras oportunidades… Rossane me dijo que, supuestamente, había maltratado a Perkins, de cuarto curso ―susurró.
Los ojos de su hermano se agrandaron.
―Creo que es cierto.
―¿Es cierto?
―Sí. De hecho, de eso era de lo que hablaban los grandotes de Slytherin, que Merlina había tratado de tonto a Perkins. Luego, oí el insulto y me lancé y… ¿Qué te pasa?
―¿No lo entiendes? ¡Ahora quedaremos en vergüenza! ¡Ahora seremos el blanco de todos! ¡Nos odiarán por culpa de nuestra madre!
Entonces, ambos se percataron que varios Ravenclaw que permanecían en la sala común, los observaban con disgusto de vez en cuando. Precisamente entre Ravenclaw, no era gran secreto que ellos eran hijos de Merlina y Snape. Tal vez, las otras casas no tuvieran mucha idea, pero ellos sí. Incluso, Drake había pasado por alto un empujón que le dio un Ravenclaw con el hombro cuando entró a la Sala Común.
―¡Vamos a hablar ahora mismo con ella! ¡No podemos dejar que, por su culpa, nuestra vida en Hogwarts se haga imposible! Debe disculparse, o algo, no sé…
―Tienes razón… ¡Vamos!
Y partieron, pero se encontraron con Peeves que andaba lanzando bolas de migas de pan a todo el que pasaba por el pasillo del segundo piso. Sin embargo, fue un camino infructuoso, dado que su madre no se hallaba ahí.
―Papá―dijeron al mismo tiempo, tomando un nuevo rumbo. Estaban infantilmente furibundos.
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Agatha y Drake, por un segundo, quedaron ceñudos al ver el chaleco de su madre levantado, mostrando a su padre "el rollo suelto", pero luego, se colocaron más ceñudos al recordar por qué estaban allí.
―¿Es verdad que insultaste a Perkins?
La niña lanzó la pregunta como si estuviera profundamente ofendida. Bueno, en realidad lo estaba.
―¿Qué? ―Contestó Merlina. Había oído bien, pero quería que su hija repitiera la pregunta. Lo que no concebía, era que estuviera hablándole en ese tono tan autoritario.
―Insultaste a Perkins, ¿no?
Merlina miró a Severus, quien movió incómodamente las manos y la observó, incapaz de decir algo también.
―Los Slytherin estaban hablando de eso. Lo he oído ―intervino Drake, como si esa fuera una prueba irrefutable.
Merlina se acercó a la puerta, mirando fijamente a Agatha, quien la observaba con ferocidad.
―No insulté a Perkins, lo regañé, que es diferente. Y con razón lo hice, mandó volando a media clase, dejándolos heridos.
―¡Le dijiste "tonto"! ¡Esa palabra es la prohibida para ti!
―Agatha ―dijo Merlina con calma, sin poder creer la situación ―. Estás exagerando. Digo, tenía derecho a regañar al muchacho, no obedeció las reglas, es así como se hace en Hogwarts…
―¡Ah, sí, y ahora todo Ravenclaw nos miran con cara de odio! ¡Falta que se enteren los Slytherin! ¡Yo pensé que tú eras buena!
―¡No me hables así, niñita! ―Estalló Merlina, apuntándola con un dedo amenazador ― ¡Pues, te aguantarás como se hace en Hogwarts también! ¡Y tú! ―se volvió hacia a Drake ― No andes creyendo todo lo que dicen, porque la mayoría aquí, serán rumores. ¡No vengan a faltarme el respeto de esa manera…!
―¡Y tú no nos vuelvas a dejar en vergüenza! ― Gritó Drake.
Merlina se cubrió la boca con las manos y abrió los ojos como platos. De pronto, no veía a sus hijos en frente de sus ojos, sino que a dos demonios iracundos que lanzaban chispas por todos lados.
―Vamos, antes que se ponga a montar una escenita ― dijo la chica, tomando a su hermano del brazo y llevándoselo, dando un portazo.
Merlina, aún con las manos en la boca, se giró hasta Severus, quien estaba casi con la misma expresión que ella.
―¿Escuchaste?
―Claro que escu…
―¿Viste cómo me trataron?
―Estuve aquí, Merlina, por supuesto que…
―Me trataron, prácticamente, de "arpía", de "maltratadora", como si hubiese golpeado a ese chico, cosa que no hice y jamás se me hubiera pasado por la cabeza, aunque me picaran mucho las manos ―tomó aire ―. ¿Y qué? ¡Sólo le grité un poco! ¡Nada que no haga otro profesor cuando le sacan de sus casillas! ¡Soy un ser humano, por las tangas de Merlín, tengo derecho a enfadarme de vez en cuando! ¡Y le dije "tonto", pero fue porque no se me ocurrió que otra cosa decirle! No le iba a decir "felicidades, Perkins, has hecho de mi clase todo un éxito". Y ahora, por un mero error, esas dos bestias enanas se me lanzan como si hubiese hecho lo peor del mundo…
―Merlina…
―… Es que no tienen derecho de referirse así a su madre, tengo sentimientos. Ahora no sólo estoy gorda, ahora soy MALA…
―Morgan… ―Severus se estaba acercando a ella, algo harto, tratando de callarla, pero ella estaba demasiado inspirada en su defensa como para darse cuenta que él estaba intentando calmarla.
―… Y, lo peor de todo, es que viste como me gritaron, viste como Agatha se puso, lo oíste, ¡y no hiciste nada! ¡Pudiste haberme defendido! ¡Pero, no! ¡Nunca me apoyas en nada, desde siempre…!
―¡Morgan!
―¡La mayoría de las veces, en la historia familiar, he quedado mal yo! Parece que siempre las mamás somos las que terminamos siendo las enemigas de los hijos, y los padres ¡se lavan las ma…!
―¡MORGAN!
Severus la agarró de los hombros y apretó los dientes.
―No puedo apoyarte si, cada vez que pasa algo, tomas esta actitud desesperada.
―¿Desesperada? ¿Desesperada, dices?
―No empieces otra vez…
―No empezaré nada, pero, ¿por qué no dijiste nada? ―respiró profundamente.
―Porque no podemos ponernos los dos en contra de ellos.
―Ah, así que, como digo, tú te lavas las manos.
Severus negó rotundamente con la cabeza, afligido.
―No es eso, pero alguien tiene que tratar de hacer las paces entre todos. Hablaré con ellos mañana.
―Podrías hacerlo ahora ― Merlina se giró, soltándose con brusquedad de sus brazos.
―Tengo, sabes bien, muchas cosas que hacer. Y tú igual.
―Sí, tienes razón. Adiós.
Merlina ya había tenido suficiente.
―Morgan…
Ella ya estaba con la mano en el picaporte cuando él trató de detenerla, tomándola del brazo.
―Tengo que irme. No tengo tiempo para nada.
Severus bufó, rendido. Sólo quería besarla, nada más, pero no podía obligarla. Seguro que tendría que hablar con ella, tener una conversación profunda, para solucionar las cosas… algo le sucedía, sin duda, y seguro que a él también: por eso no había hablado, temía perder el control. Pegó un gruñido y golpeó una estantería, mandando una serie de de libros pesados al suelo.
Sabía que toda esa actitud de Merlina estaba siendo provocada por el estrés, aún cuando no había nada que temer y no existían presiones de por medio. Pero, claro, tener una familia dividida, aunque fuera en el mismo lugar ―excepto por Phyllis, por supuesto ―, no era agradable. Había pasado más tiempo con ellos yéndolos a visitar cuando él era el único que trabajaba. ¡Las cosas habían cambiado tanto!
