CAPÍTULO 1

CAÍDA


Con una sacudida violenta, los dedos de Loki se aferraron a la lanza Gungnir, pero resbalaron en el metal y su mano quedó a escasos centímetros de la base. Si su fuerza fallaba y la mano resbalaba sólo un poco más, ya no tendría nada que sujetar.

Thor sostenía el otro extremo de la lanza con un solo brazo. Loki sabía que la fuerza del dios del trueno no iba a ceder, pero no era eso lo que le preocupaba. Su angustia tenía otro objeto en ese momento.

Sus ojos estaban fijos en el rostro de Odín, quien sujetaba a Thor por el tobillo con una fuerza impresionante que no combinaba con su aspecto de hombre anciano. El único ojo azul del rey le devolvía la mirada a Loki con dureza y resignación, como si ya se hubiera rendido y no esperara más un buen comportamiento de parte del dios del engaño.

—¡Pude haberlo hecho, padre! —gritó Loki. Las lágrimas acudieron a sus ojos por el miedo de ser rechazado una vez más. El brazo ya le dolía y no sabía cuánto tiempo más podía sostenerse. Entre Thor y Odín podrían ayudarlo sin problemas, pero él quería decidir aquella cuestión antes que nada— ¡Pude haberlo hecho! ¡Por ti! ¡Por todos nosotros!

Tal vez podía empezar todo de nuevo, dejar sus errores atrás, mejorar y crecer para ser un buen rey. Madre estaría orgullosa. Padre estaría orgulloso. Thor estaría orgulloso.

Loki sería feliz.

—No, Loki.

Y con esas dos palabras Odín cerró la puerta a aquel futuro y selló su sentencia. Fueron como una estocada directa al corazón de Loki. Sus labios entreabiertos se curvaron en un gesto de incredulidad y miró a su padre... no, no su padre. Odín era sólo un dios más, un rey con defectos que nunca sería parte de su familia. Loki nunca sería parte de ninguna familia. Loki nunca haría que nadie estuviera orgulloso de él. Había una sola cosa que Loki podía hacer.

Desaparecer. Tal vez por un tiempo o tal vez por siempre. El olvido. Tal vez la muerte. Lentamente, en un tiempo que pareció durar años, siglos, milenios, Loki se dejó caer. Simplemente dejó resbalar su mano por la lanza mientras Thor lanzaba un grito desesperado, sus dedos inertes y sin respuesta, su vista fija en aquellos dos dioses que no eran familia, que no eran nada, cayendo directo hacia el oscuro mar debajo, hacia el caos, hacia la muerte.

Adiós, adiós a todo eso.


Fue doloroso. Gritó hasta perder la voz, cayendo directamente a través del caos, vislumbrando los mundos a su paso, en una versión destructora de los viajes a través del Bifrost.

No había colores, sólo blanco, negro, blanco, negro, blanco, negro, girando en círculos hipnóticos como un arcoíris mortal y sin vida. Y frío, mucho frío, excepto cuando le pareció haber pasado por Muspelheim, donde un calor insoportable le hizo gritar aún más fuerte.

Pero fue allí, en algún momento de la caída, mientras luchaba por mantener intacta su mente, que se dio cuenta de que no quería morir. Simplemente, no quería. Incluso después de todo lo que había pasado, después de toda esa desesperación y odio, quería seguir viviendo, en algún lugar donde no tuviera que seguir siendo rechazado por todos.

Había un mundo donde incluso aunque hubiera tremendos problemas de racismo y guerras, Loki no sería rechazado. Sería más aceptado que en cualquiera de esos otros mundos que se autoproclamaban civilizados y liberales, como Vanaheim y Asgard. Loki no era gran fanático de los humanos, pero en ese momento Midgard era sinónimo de paraíso en su mente. Si caía en la Tierra humana, tal vez podría arreglar su vida antes de volver a enfrentarse a los malditos egocéntricos de Asgard y los otros mundos. Con errores y todo, los humanos serían los que lo aceptarían cuando ni siquiera su supuesta "familia" lo aceptaba.

Seguía cayendo, al margen de los mundos, sin entrar en ninguno, sólo cayendo, y sabía que al final de todo sólo lo esperaba la muerte y el olvido en la nada del fondo. Y entonces vislumbró los mares y continentes de Midgard, la cual estaba a punto de pasar a su lado y escapar de su alcance para siempre. Y Loki no iba a permitir eso.

Aunque él mismo no lo creyera, Loki era excepcionalmente poderoso. Cuando uno viajaba por el Bifrost, el puente de arcoíris, podía decidir su destino exacto y llegar ahí sin ningún percance. Si hubiera estado en el Bifrost, Loki simplemente hubiera deseado aterrizar en Midgard y aterrizaría en Midgard sin ningún problema.

Pero fuera del puente, no había reglas, no había seguridad, sólo había caos. Alguien que cayera como Loki lo hizo, no tendría forma de elegir donde caer y no sobreviviría a la experiencia. Pero él no era como cualquier otro.

En un instante, Loki tuvo que dar el todo por el todo.

En el preciso momento, en los escasos tres segundos que Midgard pasaba frente a sus ojos, Loki dejó fluir todo su poder en una sola frase que creó una especie de Bifrost personal y único que duró un instante y que le permitió elegir su destino.

Nueva York, en Midgard, pensó, y sintió cómo su caída tomaba una dirección diferente, lo rodeó un destello de colores vivos y cegadores, y vio la tierra acercándose a toda velocidad, continente, país, ciudad, río, y Loki deshizo el hechizo justo antes de que la magia se le acabara del todo. El Bifrost que había creado desapareció en un parpadeo, y Loki se encontró cayendo sin control ni dirección desde cuatrocientos metros de altura. El río Este estaba justo debajo de él, y con un sonido silbante, el cuerpo de Loki se precipitó en la corriente. El golpe y el agua tibia lo paralizaron, y sólo alcanzó a ver burbujas antes de tocar fondo y perder el conocimiento.


Al parecer Loki estuvo desmayado muy poco tiempo, porque cuando recuperó la consciencia, seguía estando dentro del agua, hundiéndose lentamente en el barro del fondo del río. El aire se le estaba acabando, incluso teniendo unos pulmones tan potentes como los suyos. El agua a su alrededor era tibia, casi marrón y no podía ver más que a unos centímetros más lejos, aunque no sentía molestia al abrir los ojos bajo el agua sucia, tal vez debido a su condición de dios.

Su traje de cuero y oro pesaba, especialmente su larga capa, pero incluso a riesgo de ahogarse no pensaba deshacerse de su preciada vestimenta, así que estiró los brazos sobre su cabeza y se impulsó con una fuerte brazada hacia la superficie. Su ropa actuaba como lastre, intentando mantenerlo en el fondo, pero Loki forzó sus músculos para vencer a la gravedad, y al fin su rostro rompió la superficie del río.

Respiró el aire cálido de Nueva York. El cielo era de un azul brillante. La medida del tiempo que usaban en Asgard era diferente a la que se usaba en Midgard, pero él había pasado largas horas estudiando aquel extraño y fascinante reino humano, y estaba seguro de haber acertado en la fecha midgardiana. Día más, día menos, estaba en julio de 2012, si sus cálculos no le engañaban. Pleno verano. La estación que menos le gustaba.

Se giró hacia una de las riberas del río. La corriente lo empujaba lentamente hacia un gran puente que cruzaba el río de lado a lado, pero él se dirigió con brazadas largas y elegantes hacia la orilla de tierra en la que ya varias personas se habían agrupado, mirándolo. Loki supuso que ver caer a alguien del cielo no era algo de todos los días en Midgard. En Asgard, en cambio, era bastante común, ya que las naves a veces tenían tendencia a funcionar mal y el piloto se tiraba al agua de algún río o lago antes de que a la nave se le ocurriera explotar con él adentro.

Al fin alcanzó la costa y salió del río. La capa le pesaba bastante, completamente mojada, y se le pegaba al cuerpo, molestándole. Su cabello negro, que le llegaba hasta los hombros, también se le pegó al rostro y al cuello, y se lo apartó con un movimiento brusco de la cabeza. Sus botas dejaban un pequeño charco con cada paso que daba, y sentía que se había mojado hasta los huesos. Con agua cálida. Qué asco. Él no tenía problema en zambullirse en un río casi helado. El frío no le afectaba, es más, le gustaba, tal vez herencia de su verdadera familia. Pero el agua cálida, el verano... se sacudió con un gesto de disgusto y murmuró un hechizo para secarse.

Funcionó a medias, pero se lo esperaba. El Bifrost personal le había consumido demasiada energía, y aunque físicamente no se sintiera cansado, la magia no le obedecía como de costumbre.

Ignorando a los que lo miraban, pasó en medio de ellos y se alejó, aunque oyó que un par llamaban a la policía y la ambulancia. Hacían tanto drama de una persona cayendo en un río, por todos los dioses.

Avanzó una calle, dobló en un lugar que se veía solitario y desierto, y a medio camino del callejón la adrenalina lo abandonó por completo, la magia se escapó entre sus dedos como agua y se derrumbó en el callejón como un muñeco al que le cortaron los hilos, y se puso todo negro.