Antes de comenzar, quiero agradecerles sinceramente por sus reviews, ¡qué emocionante, ver seguidores para mi historia! Sary y Nani: el abrazo más grande para ustedes, amigas! Krimhild: un placer conocerte... y como dicen, de lo bueno, poco! ;) Otowa Nekosawa: bienvenido! ¿de qué país eres? Me sorprendió mucho encontrar alguien no-hispanoparlante leyendo mi historia C:
Ahora, dejo con ustedes el segundo capítulo ;) Espero lo disfruten!
LeeLoo.
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- Teniente Gerodelle – dijo orgulloso el General -, le presento al Capitán Óscar Françoise de Jarjayes, edecán de Su Majestad María Antonieta… y mi hijo.
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CAPÍTULO II: RUMORES EN VERSAILLES.
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- Un placer, Teniente Gerodelle – saludó Óscar, después de inclinar su cabeza con cortesía. – Espero ser capaz de modificar cualquier impresión negativa que se haya formado sobre mi persona, dado nuestro poco amigable primer encuentro. He sabido que superó con creces las expectativas que el General y Su Majestad tenían respecto a su rendimiento en las pruebas de selección.
- El placer es todo mío, Capitán Jarjayes – respondió el joven conde, inclinando su cabeza a su vez, y aprovechando la parsimonia de dicho gesto para despejar su azoramiento e intentar disimular su repentino sonrojo -. No soy amigo de los prejuicios, pero me reconozco inclinado a basar mis ideas en las opiniones de personas a quienes respeto. El General Jarjayes es, en gran parte, responsable de mi presencia en la Guardia Imperial hoy. Alguien tan exigente consigo mismo y tan férreamente voluntarioso, no podría menos que formar un soldado ejemplar. Estoy enteramente a su servicio.
Óscar agradeció su buena disposición, con un asentimiento apenas perceptible, y un brillo de agradecimiento en la mirada. Víctor creyó notar un discreto rubor en sus mejillas, pero antes de que pudiese corroborarlo, el rubio muchacho inició una animada charla sobre el desempeño de sus soldados, en la que procuró involucrar tanto al Teniente como a su padre. Gerodelle supuso que no estaba acostumbrado a recibir cumplidos, por la prontitud y discreción con que cambió de tema, y aquello le causó una grata impresión. La modestia no era un rasgo frecuente entre la nobleza francesa. Los tres oficiales se dedicaron a analizar el estado de las tropas imperiales, evaluando el personal con que contaban, la calidad de su instrucción previa, y la forma en que estaban evolucionando desde su ingreso. Víctor habló poco, entendiendo que más bien le correspondía aprender de sus superiores, pero principalmente, porque deseaba de verdad conocer a Óscar como había llegado a conocer a su padre. Observó que se comunicaban en forma tremendamente respetuosa, pero que siempre había cierta altanería en el joven Capitán, como si debiera desafiar a su padre para defender sus puntos de vista. Auguste, por su parte, parecía habituado a esta forma de comunicarse con su hijo, porque también le presionaba con sus argumentos, forzándolo a manifestar en forma clara sus opiniones y su firmeza en las ideas expresadas. Gerodelle no pudo evitar asombrarse del desplante y seguridad en sí mismo que exhibía el muchacho, pese a ser unos años menor, y tuvo el presentimiento de que estaba destinado a grandes cosas. Finalmente, se tocó el tema del desfile de la Guardia Imperial que, por primera vez, sería comandado por el General Jarjayes y su digno vástago. Solía celebrarse para el aniversario de la coronación de Su Majestad, fecha que sería conmemorada la mañana siguiente.
Víctor durmió profunda y plácidamente esa noche. Estaba más que decidido a amanecer en buena forma, para contribuir al realce del desfile con su concentración y aplicación.
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Todo Versailles resplandecía de orgullo. Con el Rey Luis XV encabezando la ceremonia, acompañado por su nieto, el Príncipe Luis, y su bellísima esposa, la Princesa María Antonieta, dio inicio el Desfile Anual de la Guardia Imperial. El Capitán Jarjayes estaba particularmente animado, dado que era su debut en un desfile, y además, lo hacía como Capitán de tropas. Para orgullo e intensa satisfacción de Auguste, se condujo con corrección admirable. Su voz adolescente tronó con firmeza rompiendo las distancias, y los soldados realizaron sus maniobras en coreografías perfectas. Los Tenientes, entre los que destacaba Gerodelle, estaban en la segunda línea de mando, y tras recorrer cortas distancias, se cuadraban ante su Capitán, saludándole con sus sables desenvainados, mientras los soldados de sus batallones continuaban su marcha vigorosa y ordenada, con los fusiles al hombro. Era evidente que habían ensayado durante muchas semanas para dicha ocasión, y además, que respetaban a su joven superior. Todos los presentes aplaudían y vitoreaban entusiasmados a los gallardos jóvenes, representantes de la élite de la nobleza de Francia, que con el pecho henchido de orgullo, hicieron gala de su prestancia, vigor y amor a su nación.
Una vez finalizado el desfile, los soldados regresaron a las barracas, mientras sus oficiales recibían la solemne instrucción de apersonarse en Versailles al anochecer. Sus nombramientos eran recientes, y por ende, Su Majestad había requerido la presencia de todos ellos en el baile que celebraría para conmemorar su ascenso al trono, con el fin de realizar sus presentaciones de sociedad en palacio. Víctor se esmeró en vestir de forma impecable su uniforme de gala: una guerrera celeste con charreteras doradas, su sombrero con el penacho cuidadosamente conservado, sus botas altas negras muy pulidas y lustrosas, los guantes blancos inmaculados, y el sable con mango de bronce que había heredado de su padre, en su hermosa vaina de cuero con incrustaciones de oro y piedras preciosas. Aseguró su larga cabellera castaña en una cinta celeste, a la usanza nobiliaria. Observó repetidamente su reflejo, que no terminó de convencerle. Finalmente, se quitó la cinta. Ahora, sí que estaba listo. Acudió en búsqueda de Marcus, su fiel caballo canela, y montando con la elegancia que le caracterizaba, se dirigió con paso tranquilo al baile de Su Majestad.
Puntualmente, y escuchando la suave música que provenía desde el interior, cruzó el portón del salón principal de Versailles, al tiempo que una voz firme y anónima anunciaba "¡Víctor Clèment de Gerodelle, Teniente de la Guardia Imperial!". Al instante, las cabezas de los presentes en el bellísimo salón revestido de mármol se voltearon para sonreír, saludar y (por supuesto) evaluar al recién llegado. El joven conde era ya conocido en palacio, pero verle ahora ataviado con su uniforme de la Guardia Imperial tuvo el interesante efecto de incrementar sus encantos. Las jóvenes casaderas abanicaron sus rostros como el colibrí bate sus alas, intentando amainar el rubor que teñía sus mejillas, y recuperar algo del aire que súbitamente les faltó, mientras sonreían sin disimulo y eran apresuradamente aleccionadas por sus madres en el arte de atraer la mirada de un hombre; los varones, por su parte, sonrieron con complacencia, proponiéndose para sus adentros entablar conversación cuanto antes con tan distinguido invitado. Gerodelle caminó con paso seguro hacia el trono, donde Luis XV le aguardaba para darle una cálida bienvenida, mientras el aludido saludaba con una gran reverencia. Era un hombre grandulón, tan alto como obeso, con el cabello gris cuidadosamente ordenado en un sinfín de intrincados rizos, y una potente y gruesa voz que armonizaba con la firmeza de su temple. La corona refulgía sobre su cabeza, y la elegante capa de armiño caía graciosamente a ambos costados del trono. María Antonieta y el Príncipe Luis, ambos de pie a la derecha del Rey, saludaron al joven a su vez con el mismo calor que el monarca, en tanto que la condesa Du Barry (que flanqueaba su izquierda), apenas inclinaba su cabeza. Víctor tuvo que esforzarse en disimular la sonrisa burlona que espontáneamente surcó su rostro al observar este gesto. La querida del Rey le era tan insignificante como la cinta que se había quitado del cabello una hora atrás, a pesar de los aires de importancia que ella misma solía darse.
Gerodelle dedicó un sincero elogio a la hermosa delfina, y manifestó su firme deseo de servir y proteger la corona al abochornado príncipe. Definitivamente, pensó, un joven tan tímido, con tan escaso manejo de sí mismo y de las multitudes y, además, tan desfavorecido por la naturaleza (con su sobrepeso y la nariz aguileña de su abuelo), había recibido una real bendición al crear alianza con María Antonieta, su carácter alegre, algo imprudente pero adorable, y su precioso semblante que recordaba a la Afrodita de Rafael (con sus cabellos de un rubio platinado en un moño que dejaba caer sus resplandecientes rizos sobre sus hombros, y el cutis marfileño dulcificado por la ingenua sonrisa adolescente). Un poco intimidado por la multitud, cuyo fin último era evidentemente pavonearse con sus mejores trapos para dejar las más profundas y gratas impresiones en cuanta alma pisase el salón, Víctor no tardó en mezclarse con ella intentando pasar desapercibido, hasta que logró divisar al Teniente Bessòn y al Mayor Richelieu, a quienes se aproximó agradecido. Bien cierto era que llamar la atención por su apostura y buena cuna resultaba grato, pero no lo era en demasía, en especial sintiendo un escrutinio tan intenso como el de esa noche, por más que le fuera favorable. Encontrar a sus compañeros de armas le pareció una excelente manera de asegurar conversaciones agradables y distendidas durante la velada. Fue recibido con alegría por sus colegas, quienes no tardaron en hacerle percatarse de la excitación del gentío, y así se dedicaron a escuchar, no sin sorna, los murmullos alegres de los presentes:
- Jamás había reparado en lo hermoso que es el uniforme de la Guardia Imperial. De haber visto antes al Conde Gerodelle luciéndolo, es claro que no lo hubiese olvidado – comentaba emocionada una mujer de veinte y pocos años que agitaba su abanico graciosamente a pocos metros de distancia. Esto, para pesar de Víctor, le valió ser disimuladamente codeado en las costillas por sus dos amigos, que intentaban aguantar la risa.
- Sí, qué elegancia, y qué apostura, Virgen Santa… - apoyaba sonriendo una mujer algo mayor, pero muy hermosa, junto a ella. Al parecer era su madre.
- …y apenas inclinó la cabeza, sabiendo que él es amigo íntimo de Su Majestad. ¡Habrase visto grosería mayor! Ella, una doña nadie, qué sería de su existencia si no fuera por… - exclamaba, un poco más a la derecha, una anciana con un gran sombrero de plumas negras.
- ¡Shhhh! – la silenciaba su marido -. No sea que Su Majestad vaya a escucharte, mujer…
- …alguna razón habrá para que haya permanecido oculto todo este tiempo. El General Jarjayes es uno de los hombres más prestigiosos del reino. ¿Por qué el celo en torno al retoño que tanto orgullo ha traído a su familia? – decía un joven muy rubio, con el cabello casi blanco, y vivaces ojos verde agua. Víctor no pudo evitar poner atención a esa charla, inclinando discretamente su cabeza hacia la izquierda para continuar escuchando.
- Por lo que he oído decir, es probable que a su hijo le queden mejor las faldas que la espada – sentenció la señora que acompañaba al muchacho, cuyo cabello ensortijado y alzado en un voluminoso moño era tan blanquecino como el de él.
- Madre, qué maliciosa te has vuelto estos últimos meses – le reprendió su hija, de hermosos cabellos caoba -. Ya sabía yo que tus sesiones de canasta con Lady Bernouille y sus amigas sólo podían dejarte malas costumbres. Marguerìte me comentó que pudo divisar al heredero de los Jarjayes en un entrenamiento de las tropas, y que, a su gusto, es muy apuesto y distinguido, aunque no logró apreciarlo con claridad, por supuesto, ya que debió conformarse con atisbar desde el exterior de las barracas…
- En lo que a mí respecta, el General Jarjayes es un ostentoso, y no hubiese mantenido tan estrictamente protegido algo que hubiese hecho crecer su popularidad hasta las nubes. Un hijo, gallardo, espadachín, capitán, apuesto como un ángel (según dicen las criadas, ellas suelen ser las únicas dispuestas a fijarse en tanta tontería), no se esconde de esa forma… a menos que realmente fuese indispensable ocultarle – replicaba en un susurro el padre, hombre regordete con lacios cabellos caoba que estaban poblados de canas en las sienes.
En este punto, Gerodelle fue picado por una mezcla de molestia y curiosidad. ¿Acaso se dudaba del sexo de su Capitán? ¿Cómo era posible tanta insolencia? Es cierto, Óscar era menudo, pero también muy joven, y claramente faltaba que los años y el entrenamiento contribuyeran a forjar la anatomía de un guerrero. Tampoco se podía negar la armonía de sus hermosos rasgos, pero el General Jarjayes era hombre bien parecido, y seguramente en su primera juventud debió lucir la misma fisonomía inocente y delicada de su vástago.
"¡Óscar Françoise de Jarjayes, Capitán de la Guardia Imperial y Edecán de Su Majestad, la Delfina María Antonieta!" tronó la ya conocida voz. Y las cabezas, nuevamente, se voltearon a un tiempo para observar al recién llegado.
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El Capitán Jarjayes estaba de pie, en solemne actitud, justo en medio del enorme pórtico del salón. Vestía su uniforme de gala, una guerrera blanca reluciente, con sus gruesas charreteras doradas y la cruz de San Luis en el pecho, condecoración que había recibido tras rescatar a la recién llegada María Antonieta de las garras de unos secuestradores subversivos; sus negras botas brillantes y pulidas; los guantes en la mano y el sombrero con su penacho blanco cuidadosamente bajo el brazo; y en el cinto, el sable que su padre le regaló al asumir su cargo como Capitán de la Guardia Imperial, y que a su vez había heredado del abuelo Jarjayes: una elegante empuñadura de plata incrustada de aguamarinas asomaba a la vaina de cuero curtido teñida de azul. Erguido, digno, orgulloso. Parecía más alto que de costumbre, y a pesar de que era evidente su juventud, muchos admiraron la estampa caballeresca del General en sus años mozos reflejada en su vástago.
Al dar los primeros pasos y adentrarse en el salón, la luz de los candelabros le dio de lleno en el rostro, y todos los presentes quedaron sin aliento. Sedosos rizos dorados envolvían su cabeza como un halo. Grandes ojos azules, serenos y decididos, en cuyas pupilas se reflejaba la gran araña que pendía de la cúpula en el centro del salón, como si el lucero del atardecer se hubiese quedado atrapado en aquellos trozos de cielo. Un leve arrebol en sus mejillas de porcelana, que bañaba también parte de su graciosa nariz. Los labios sonrosados, que parecían pincelados a pulso, permanecían cerrados en actitud desafiante y algo burlona.
Mención aparte de la bellísima Delfina María Antonieta, que había hipnotizado París con su candoroso fulgor de hada primaveral, Óscar Françoise de Jarjayes portaba el rostro más hermoso que Versailles pudiese recordar.
Víctor no fue consciente de que estaba conteniendo la respiración, sino hasta que el intenso silencio que generó la llegada del joven Capitán fue roto por el eco decidido de sus pasos. La suave música disimuló pobremente el mutismo en que aquel personaje memorable había sumergido a la multitud. Sólo cuando el joven Capitán llegó ante el Rey y le ofreció sus respetos con una elegante reverencia, la potente voz del monarca pareció sacar a todos de aquel ensueño:
- ¡Capitán Jarjayes! Estoy muy complacido de que al fin comparezca en Versailles como miembro oficial de la nobleza de Francia y representante distinguido de la Guardia Imperial. Es mi deseo expreso contar con su presencia en todos los bailes de ahora en más. De esta manera, podrá cumplir con mayor eficiencia su labor como protector de la Delfina.
- Agradezco el honor que me brinda, Su Majestad, y procuraré ser fiel a sus deseos en pos de mi deber – fue la solemne respuesta. Óscar saludó con una suave y cortés sonrisa a su protegida y su marido, y luego se volvió, con el fin de introducirse entre el gentío. Tuvo escaso éxito, pues todos le cedían inconscientemente el paso, tratando de observar al joven con la mayor proximidad posible.
Hasta aquel instante, Víctor había creído que sólo él, seguramente por su equívoco primer encuentro, había encontrado tan inquietantes las facciones de su joven superior. Pero ahora observaba a un palacio entero silenciosamente doblegado ante sus angélicos rasgos. Los murmullos que comenzó a escuchar, provenientes de todas partes, se lo dejaron demasiado claro:
- Jamás había contemplado a un joven tan apuesto. ¡Es como Apolo al despertar! Madre, te suplico que hagas cuanto esté en tu poder para conseguir audiencia con la Delfina María Antonieta, he oído que él no la abandona bajo ningún pretexto…
- Debe ser una broma. El Edecán de María Antonieta tiene más aspecto de princesa que ella…
- Hija mía, ¿qué te parecería ser cortejada por semejante príncipe azul? Debemos hacer amistad con el General Jarjayes en el acto…
- Apostaría que el Conde Gerodelle debió recibir una suma poderosa por dejar que ese querubín anunciara que ganó el duelo. Sospecho que escasamente podría sostener el sable de su cinto…
- Noble, guerrero, favorito del Rey y con el semblante de un ángel justiciero. Hermana, debes hacer que te corteje a toda costa. Mi esposa puede ayudarte, compartiendo contigo esas estrategias femeninas que tanto efecto tuvieron conmigo…
- Esto es una desvergüenza espantosa, ¡es imposible que ése sea el heredero de los Jarjayes! Mi propia hija luciría diez veces más viril con ese uniforme. Sospecho que una de las hermanas de Óscar debe haberle suplantado, porque Lady Josephine necesariamente es responsable de tanta hermosura, como el General Jarjayes lo debe ser de la apostura de quien sea su verdadero hijo…
Gerodelle fue presa de una intensa turbación. No lograba ordenar sus pensamientos, pero el susurro del Mayor Richelieu a su lado logró que regresara de su limbo:
- Detesto la hipocresía de estas personas… siendo incapaces de generar hijas honorables y vástagos dignos de los respetos de la corona, se proponen mancillar con maledicencias todo aquello que no esté a su alcance.
Víctor parpadeó, y al hacerlo, se encontró cara a cara con Óscar, cuyo semblante permanecía totalmente indiferente al barullo que dejaba a sus espaldas. Saludó formalmente a los oficiales, cuadrándose con respeto, y anunció que estaría observando que la fiesta se desarrollara sin contratiempos. Richelieu alegó, en tono paternal y un tanto divertido, que no era necesario, dado que esa noche era invitado de honor, y su único deber era disfrutar de la velada. Jarjayes respondió que no se sentía cómodo en aquellas actividades de sociedad, y que quizá por esa razón le era más difícil olvidar su labor. Sus tres colegas compartieron esa idea: los bailes eran inofensivos, pero no lograban encajar del todo con la personalidad de los protectores del imperio.
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El resto de la velada transcurrió sin mayores trastornos. Las jóvenes aristocráticas lucían mohines de decepción, al esperar con ansias durante toda la noche tener la oportunidad de bailar con el apuesto Capitán Jarjayes, o al menos, de ver su destreza llevando a otra doncella, mientras los duques debieron reprimir el deseo de observarle conducirse en la pista como toda una dama y así desmentir esa charada de varón recio. Óscar permaneció todo el tiempo conversando animadamente con sus compañeros, y ya era muy pasada la medianoche cuando decidió marchar.
Gerodelle le siguió, considerando que también para él era un buen momento de buscar reposo y algo de sosiego. Lo cierto es que las horas se le hicieron interminables, y debió esforzarse en parecer relajado y complacido con la fiesta. La presencia turbadora de Óscar, y los rumores dispersos por el salón, no dieron un minuto de paz a su espíritu. En especial, porque se preguntó una y otra vez cuál era la razón de que le afectasen tanto, y no encontró la respuesta. Habían alcanzado ya sus monturas, mientras sostenían una charla casual sobre los músicos de la velada.
Óscar se puso los guantes y el sombrero, tras lo cual subió ágilmente sobre César, al cual dio un par de palmaditas cariñosas en el pescuezo, mientras se inclinaba para saludarle cálidamente murmurando "¿Qué tal, compañero?" junto a la mejilla de la noble bestia. Una brisa juguetona apareció de súbito, y alborotó los rizos dorados del muchacho, que involuntariamente sonrió sorprendido mientras acariciaba a su caballo. Sintiéndose observado, Óscar volvió su rostro hacia Víctor, para encontrarse con los ojos color miel de su subalterno mirándole fijamente. En su expresión, dominada por una seriedad impresionante, se advertía una sombra inquisidora, que más parecía una carga para él mismo que para el joven Capitán. La sonrisa de Óscar desapareció en el acto. Se irguió y tiró las riendas para mover a César, quedando de frente a Gerodelle. Mirándole altivo, alzó la voz para anunciar con firmeza:
- Permítame presentarme: soy Óscar Françoise de Jarjayes, Edecán de la Delfina María Antonieta, y Capitán de la Guardia Imperial.
Dicho esto, espoleó al animal y dio la espalda a Víctor, mientras los tranquilos pasos de su montura lo alejaban de él. El joven conde parpadeó confundido.
- ¿Señor?...
- Me dio la impresión de que no tenía usted claro con quién estuvo compartiendo toda la noche, Teniente Gerodelle. Confío en haber despejado sus dudas.
Y continuó su marcha, a pasos sosegados de su magnífico animal. Unos metros más allá se reunió con su lacayo, que le aguardaba en un caballo castaño, y ambos siguieron su rumbo hacia la mansión Jarjayes. Para Víctor, la despedida de Óscar fue como un puñetazo en el estómago.
