CAPÍTULO 2: OSCURA DUALIDAD

Esa mañana Saga se despertó terriblemente mareado. Se introdujo en la ducha para desprenderse de la sensación que le había dejado un inquietante sueño. Mientras notaba el agua caerle sobre la cabeza y la cara, como si pudiera purificar su alma, lo rememoró. Había soñado con Kanon. Con Kanon acercándose a él y diciéndole algo que no lograba precisar. Y como él mismo, transformado en un monstruo, había intentado matarle.

La sola idea le estremeció y apoyó las manos en la pared, agachando la cabeza.

Era consciente de que Kanon en ocasiones actuaba de forma extraña, una que llegaba a tachar de impropia para un caballero de Atenea, haciéndole sentir vergüenza de ser su hermano gemelo. Sin embargo, en su mente quería creer que todo aquello se debía al hecho de que se aburría. Estaba seguro de que Kanon se había resignado a vivir con su papel de suplente y que, con el paso del tiempo, se acostumbraría aun más a ello. Pero ser un sustituto no era similar a ser un caballero de oro... Lamentablemente, Saga no podía hacer nada que de algún modo beneficiara a su hermano y, de vez en cuando, la idea le sobrecargaba. Pero, por otro lado, pensaba en sí mismo como alguien individual, en su destino como caballero de Géminis y en su deber para con su diosa.

Kanon era Kanon y Saga era Saga. Así de simple era su destino.

Entonces lo recordó. El momento en que había deseado más que nada que Shion le nombrara su sucesor. Ni siquiera sabía si sería viable, pero en su mente anhelaba haber sido el Patriarca, mientras desde su nueva posición veía a su hermano gemelo portar la armadura de Géminis, ocupando su lugar. Dudaba de que aquello hubiera sido posible de ese modo, pero la sola idea le relajaba sobremanera.

Sin embargo, Shion había elegido a Aioros y sus planes de futuro para él y su hermano se habían desmoronado como un castillo de arena. Saga lo había aceptado, lo había asumido, sabiendo que el Patriarca tenía sus motivos para preferir al caballero de Sagitario. Sin embargo, Kanon no. Desde que hubiera recibido la noticia, le había referido innumerables veces el asunto, con directas e indirectas, incluso tomándose la libertad de insultar a Shion en más de una ocasión.

Saga le entendía o al menos creía entenderle…

Cuando concluyó su ducha no se sentía ni mucho menos más relajado. Había algo dentro de él que le tensaba, algo que no lograba ubicar. No sabía si era por el sueño o por la evocación de recuerdos imposibles, o tal vez porque se avecinaba una guerra… Saga estaba intranquilo y comenzó a vagar por la casa de Géminis, sin saber realmente a donde iba.

Trataba de no pensar en nada, pero la imagen mental del sueño volvía a él una y otra vez. En ocasiones dudaba de que fuera solo una alucinación y luchaba por no ir a buscar a Kanon y comprobar que estaba bien.

Sus pasos le llevaron a la habitación donde guardaba la armadura de Géminis. Se acercó a ella, recordando el momento en que llegó a su poder, uno muy lejano… Abrió la caja, mirando la armadura ensamblada con la forma de los gemelos, ajena a cualquier pensamiento que él tuviera. Tomó el casco y lo miró atentamente. La idea de una cara con rostro bondadoso y otra con rostro maligno siempre le había dado escalofríos. Se preguntó si así eran siempre los gemelos, si así eran él y Kanon… iguales en apariencia, pero diferentes en su corazón.

Tenía la vista fija en el casco, en el rostro de gesto perverso, y parecía que esos ojos malignos casi podían atrapar los suyos. De repente, una imagen mental cruzó su cerebro. Era muy viva, casi como si la tuviera delante de él en un espejo. Se vio a sí mismo con su apariencia actual, su mirada serena y su gesto bondadoso. Y en un instante, una nube negra cubrió su cuerpo y esa imagen cambió para transformarle el color de cabello y el de los ojos. Unos ojos rojos que emitían maldad.

Sobresaltado, dejó caer el casco de sus manos, que rodó por el suelo con un sonido metálico. La imagen mental había desaparecido, pero su respiración se volvió entrecortada y, abrumado, se apoyó en la pared, sintiendo que le faltaba el aire. Trató de serenarse sin lograrlo, sabiendo que aquello debía tener alguna explicación.

Se colocó la mano en el torso, notando como subía y bajaba con su propia respiración. Trató de relajarse y controlarla, pausando el ritmo de las inspiraciones, mirando hacia un punto fijo en la pared. Cuando logró tranquilizarse, se giró hasta quedar con la espalda apoyada en la pared y sintió la frialdad traspasar el tejido de su ropa.

Ya en calma, analizó la situación.

No sabía que había sido aquello, pero era similar a una ilusión. Él era el experto en ilusiones, tanto en la casa de Géminis como en cualquier otro ámbito. Sin embargo, era consciente de que había alguien más que dominaba esa técnica. Solo una persona que podía ser capaz de jugarle esa mala pasada, de torturarle mentalmente solo por diversión.

Manteniéndose firme, se separó de la pared, recobró la compostura y, con seguridad, dejó que la armadura de Géminis le envolviera, a excepción del casco, que continuaba en el suelo. Se sintió poderoso, como siempre que la portaba, y con aire resuelto, fue a buscar a Kanon, al lugar donde siempre estaba.

Le halló entrenando, golpeando una gran roca que, de haber querido, habría destrozado de un solo impacto. Kanon no se detuvo ni se giró a mirarle, continuando con lo que estaba haciendo. Saga sabía que, incluso cuando no le advertía de su presencia, su hermano sabía cuando estaba cerca.

—¡Kanon! —casi le gruñó, sin ocultar su enojo. Su hermano debió advertirlo, porque detuvo su supuesto entrenamiento y se giró a encararle.

El rostro de Kanon le miraba con cierta suspicacia y Saga solo pudo clavarle los ojos en los suyos.

—¿Cómo te atreves a atacarme con ilusiones? —le recriminó al instante, casi apretando los puños porque su hermano le ridiculizara de esa manera.

—No sé de que hablas —respondió Kanon con obviedad, encogiéndose de hombros con aire despreocupado. A Saga le irritaba sobremanera que actuara muchas veces de ese modo, como si nada le importara, con una actitud altanera.

Saga intentó controlarse y no dejarle entrever a su hermano lo que le alteraba la situación. Decidió contar hasta cinco mentalmente antes de proseguir.

—¿Crees que soy estúpido? Sé que la ilusión era tuya.

—Te lo repito, Saga. No sé de qué demonios hablas.

El caballero de Géminis no supo si enfadarse o reírse por la situación. Sabía que muchas veces hablar con Kanon era como dirigirse a una pared. Pero en este momento, parecía sincero. Sin embargo, sabía lo manipulador que podía llegar a ser su gemelo.

Decidió cambiar de táctica.

—¿Cual era tu pretensión? ¿Burla? ¿Diversión? Imagino que te aburrías sobremanera…

—Claro que si —dijo Kanon con cierto retintín—. Y la mejor forma de divertirme es ir a perder el tiempo mandándole ilusiones a mi hermanito mayor.

—Como parte de tu entrenamiento —concluyó Saga con aire de evidencia, cruzando los brazos, sin cambiar su gesto serio y obviando la ironía—. Esa idea de presentarme con ojos rojos… Bastante macabra y digna de ti.

Kanon, que había estado casi ignorando la conversación, cambió su gesto de forma poco sutil, lo que advirtió Saga al instante. Se giró para mirarle a la cara, al parecer interesado por el tema.

—¿Ojos rojos? —preguntó casi sonriendo, acariciándose la barbilla—. ¿También con otro color de pelo?

Saga asintió casi por inercia, aunque estaba molesto con el juego de su hermano. Él sabía exactamente la ilusión que le había enviado y no hacía falta hacer preguntas absurdas. Kanon sonrió abiertamente.

—Y todo eso lo viste en…

—Una absurda imagen mental … Muy mal trabajada, por cierto. Deberías entrenar más —concluyó Saga, tratando de no hacer caso de la sonrisa burlona que se había dibujado en el rostro de su hermano.

—Ya. No era una ilusión —dijo Kanon tajante—. Aunque te habría gustado que lo fuera… Lamento ser yo el que te diga que esa era tu propia cara, el aspecto de tu otro yo.

Un destello de algo extraño pasó por la mente de Saga y se le nubló la vista por una fracción de segundo. Después enfocó de nuevo a su hermano gemelo que sonreía con burla.

—No tengo otro yo —dijo casi en un gruñido, sin ocultar su enfado, sin saber de que hablaba Kanon. Sin embargo, el recuerdo de sí mismo en el sueño, del mismo modo que al tocar la armadura de Géminis, le invadió—. Esto forma parte de tu oscura manipulación, Kanon —añadió, intentando serenarse, aunque por dentro estaba intranquilo—. No voy a caer en tu trampa.

—Claro —dijo Kanon aun sonriendo como si se estuviera burlando de él—. Es mejor cerrar los ojos a la verdad, ¿no hermano?

Saga quería golpearle. Algo dentro de él le gritaba que lo hiciera, que le borrara de su rostro la sonrisa de suficiencia que se burlaba de él. Y otra parte de si mismo luchaba por no hacerlo, por darse media vuelta e ignorar a Kanon.

Apretó los puños intentando contenerse, sintiendo la presión de la armadura de oro en su mano.

—¿Vas a golpearme, Saga? —preguntó Kanon cruzando los brazos—. Venga, saca lo peor que hay en ti…

Saga solo le miró, a punto de levantar el puño. Pero en ese momento se fijó en el cuello de Kanon, donde unas pequeñas redondeces moradas lo adornaban. Las mismas que se habrían producido si alguien le hubiera agarrado con fuerza, intentando ahogarle.

Vaciló por un momento, tratando de ignorar el gesto y las palabras de Kanon. Y sin, poder evitar sentirse abrumado, se alejó a la velocidad de la luz, dejando a su gemelo plantado donde estaba.