¡Hola! Lamento la demora, y no es excusa, pero sinceramente no sabía cómo continuar xD escribir algo desde el punto de vista de Tony fue más complicado de lo que pensé, así que para aclarar su engaño y dar razones más lógicas, agarre un poco más su vida personal, algo que no sucedió con Steve el capítulo pasado. Pero creo que quedó bien.
Éste capítulo no será el final, ya que las cosas se alargaron más de lo que yo esperaba, y pues ya tenía muchas hojas en Word y aún faltaba mucho, así que decidí cortarlo y poner un tercer capítulo, que será el último. Los tres tendrán más o menos la misma extensión, así que no se preocupen y disfruten :D
A la personita que me dejó un comentario muchas gracias, no sé cómo contestarlo y me da miedo borrarlo por equivocación, pero quiero que sepa que lo leí y le agradezco mucho :33 también a los demás que se toman la molestia en leer. Gracias.
Quizá el otro capítulo quedó feo, pero no sé bien cómo es esto :S
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O
Anthony Edward Stark era un niño prodigio, lleno de dotes y un cerebro sin igual. Era un genio. Siempre lo había sido. A temprana edad había comenzado a interesarse por la tecnología, las máquinas y toda esa clase de cosas. Había crecido viendo como su padre creaba cosas, las disfrutaba y luego las destruía sin remordimientos. Así era él. Y Anthony había crecido con esa mentalidad, con esa extraña forma de crear, disfrutar y después desechar. No tenía otra forma de vida. Más bien, no conocía otra forma de ser.
Su más querido invento había sido un pequeño robot al que jamás le había hecho ninguna modificación, incluso cuando ganó experiencia con el pasar del tiempo. Le había apodado babas algunos años después, porque era bastante torpe haciendo cualquier tipo de cosas, pero era, quizá, la cosa que más valoraba después de él mismo. ¿Por qué? Porque cuando su padre vio la máquina, lo que él había conseguido sin ayuda a sus cortos 15 años de edad, le había murmurado un "Lo estás haciendo muy bien, hijo". Por eso quería tanto a su máquina. Era la primera y única cosa por la que su padre le había dedicado una pequeña sonrisa sincera que asomaba el gran orgullo que sentía por él. Así que no importaba que tan torpe fuera a comparación de sus más actuales inventos, o que tan desastroso podría llegar a ser.
Cuando su padre lo había enviado al internado sin consultarle, se había sentido como un pañuelo desechable. Sin pedir su mínima opinión había llegado un día con el boleto de viaje entre sus dedos para que él partiera. La última vez que lo había visto, fue antes de abordar el avión que lo llevaría lejos unos cuantos años para estudiar en otro país, lejos de su padre y de su madre. Aquella que no se había dignado ni si quiera a darle la cara cuando él exigió una explicación a todo. ¿Acaso no era su hijo? ¿No merecía el mínimo de atención, de una excusa, o explicación? Sólo se habían desecho de él, como un objeto. Como algo que no funciona, algo que tiene fallas.
Un par de años más tarde había llegado a él la noticia de que sus padres habían muerto en un accidente automovilístico, y a sus 21 años, cuando recién terminaba la carrera, regresó para hacerse cargo de Industrias Stark. Era cierto que dolía, que se arrepentía de muchas cosas. Como no haber contestado las cartas que su madre le enviaba cada viernes, esperando una respuesta; y en las visitas de su padre cada fin de mes, se arrepentía de jamás haber entablado una conversación de más de 5 minutos. Recordaba las miradas de tristeza de Howard cada que se marchaba, esos suspiros abatidos. Pero era en lo que ellos lo habían convertido. Todo ese tiempo solo, aislado de lo que él pensaba era un hogar. Dolía, y seguiría doliendo siempre. Por eso se había vuelto así: un hombre frio, sarcástico, lleno de sorpresas, sin permitirse querer a alguien o demostrar su cariño. Por eso era un hombre sin corazón.
Y sus razones seguían creciendo al atravesar las distintas traiciones que había acumulado alrededor de su vida. Obadiah Stene había sido una de las personas que lo habían apuñalado por la espalda y sin contemplación. Mucho tiempo lo consideró como su segundo padre, su consejero, una persona de apoyo cuando volvió al mundo del que fue excluido los años de su juventud. Él le había recibido con los brazos abiertos, alegando que jamás le dejaría. Pero todo había sido una trampa. Él había sido el responsable de mandarlo matar, de pedir su destitución de la presidencia en la compañía de su padre. Él había sido el causante de que aquella metralla se instalara dentro de su cuerpo y amenazara constantemente con matarlo. Y esa misma situación, era una razón más para no confiar en la gente. Podían destruirte si conocían tu punto débil. Por eso jamás se permitió salir de su coraza. Incluso cuando inicio una relación más o menos estable con su secretaria, Virginia Pepper Potts.
Esa hermosa mujer que había llegado un día inesperado a su vida, convenciéndole inmediatamente para darle el puesto de secretaria y confidente. Ella era la única persona en quien se había permitido confiar, pues le había demostrado su completa entrega a su trabajo y a él. Incluso había dejado de lado su vida, y la posibilidad de formar una familia. Eso para él era suficiente. Lo que había dejado claro desde un principio es que jamás le permitiría tener planes, excepto el día de su cumpleaños, tampoco era un hombre tan cruel. Ella había aceptado, y casi con los ojos cerrados, había firmado su contrato. Así que había iniciado con ella una relación muy buena, sin pretender jamás llevársela a la cama. No dio signos de sentir por algo por Pepper, hasta el día que la vio en aquella fiesta. Hermosa, con ese vestido azul y la mirada brillante. Entonces supo que le gustaba. Después vinieron los acontecimientos con Obadiah, su lucha, su traje, y finalmente, el inicio de su relación.
Por otra parte estaba James Rhodes, su mejor amigo. El hombre que había conocido por cuestiones de trabajo. Era el Coronel del equipo militar al que abastecía de armamento. Se habían vuelto cercanos, y con el tiempo y las situaciones complicadas de por medio, amigos. Ese hombre le hacía poner los pies sobre la tierra, lo regañaba, lo retaba y lo obligaba a volver a sus cabales. Incluso se había enfundado su traje y habían peleado la noche de su cumpleaños. También se había adueñado del traje que él había creado, pero no tenía problema con eso. Ciertamente no le importaba, pues él también le había demostrado que era digno de su casi confianza total. Entonces, poco a poco se había ido permitiendo ser un poco más generoso con los demás, más abierto, incluso mejor persona. Una persona que luchaba, y que sin darse cuenta, se había convertido en un súper héroe. Uno bastante peculiar.
Uno que se encargaba de crearse sus propios enemigos por su actitud, pero que terminaba derrotando. ¿Qué diría su padre si supiera en lo que se había convertido? No lo sabía, y a veces le ponía inquieto pensar sobre eso. ¿Le diría que estaba orgulloso? ¿O que era un fracaso? ¿Lo obligaría a olvidar sus trajes? ¿Dejar de lado su invento y destruirlo? Siempre había tenido dudas sobre su traje, sobre ser un héroe. Él solamente no era el tipo de héroe que se esperaba fuera. No tenía ese compromiso, e incluso llegó a ser una amenaza para su propia patria. Cosa que después se aclaró y le trajo bastantes beneficios, como el reconocimiento de toda la gente, de su amigo, de Pepper. Reconocimiento que lo llevó a su destino: Los Vengadores.
Esa iniciativa que había traído una lucha en Nueva York y muchos problemas. Pero también bastantes sorpresas. Agentes, armas, secretos, amenazas, y más súper héroes. Bruce Banner, un hombre del que había oído hablar en algún tiempo atrás, al parecer por tratar de copiar un invento se había convertido en un hombre incapaz de ser racional cuando se enfurecía. Él lo admiraba por esa forma de controlar su enojo, y no dejar salir al monstruo verde de su interior. Era fantástico. También había un par de agentes con tensión sexual entre ellos, ese hombre "Ojo de Halcón" y su, alguna vez secretaria, Nathasa Romanoff, aquella que igual le había traicionado al infiltrarse en su empresa. Ellos eran un par de asesinos en serie que tenían habilidades especiales, y se complementaban fácilmente. También el par de dioses caídos de quién sabe qué dimensión, que traían problemas entre ellos y con el mundo en general. Thor y Loki, dos sujetos que le traían sin cuidado y que habían regresado a su mundo después de la guerra en Nueva York. Y por último, aparecía el primer Vengador, congelado por 70 años, del que había oído hablar a su padre por tanto, tanto tiempo que incluso se sabía sus batallas y su historia en general: El Capitán América, Steve Rogers.
Ese hombre alto, rubio, musculoso y de moral intachable. Un experimento de laboratorio llevado a cabo por su padre y otros científicos, pero que le ponía los pelos de punta. Sí, era una de las pocas personas que Anthony no soportaba. O quizá sí, pero lo estresaba. ¿Cómo alguien podía ser tan recto, tan amable, un soldado entrenado, pero tan ingenuo? Dios, que alguien le aclarara eso, porque él no lo entendía. Ese hombre rubio era un idiota en pocas palabras. Y siempre lo había pensado desde la primera vez que lo vio. Cabía decir que existía un pequeño resentimiento hacia él por su padre, y por la admiración que sentía hacia ese soldado sin algo destacable, salvo su trasero. Se retaban, discutían, y habían dejado en claro su mutua rivalidad ante todos. Rivalidad que continuó después de salvar al mundo, pues al seguir en contacto por si algún nuevo ataque era detectable, tenía que seguir viéndolo, o escuchándolo por el intercomunicador. Sí, se habían retado un par de veces sin llegar a algo más que peleas a palabras u ofensas, tampoco es que lo odiara a muerte, y suponía que para el otro era lo mismo. Esas peleas que poco a poco fueron solo motivos de broma por su parte, y que relajaban las tensiones que sufría en sus días de inventos.
La primera vez que habían entablado una conversación decente había sido cuando, después de meses de los sucesos en Nueva York, Steve había vuelto, y se lo había encontrado discutiendo con un celular que le había sido asignado por SHIELD. Él, sin perder tiempo, se había burlado de su nula capacidad por controlar la tecnología, pero tras ver la clara indignación del Capitán, y su vergüenza, se había ofrecido como todo buen filántropo a ayudarlo con ese tema. Entonces habían comenzado a tener un tipo de amistad bastante extraña. Para ellos y para todos. Incluso Pepper, aquella mujer que era su actual novia, y con quien había comenzado de nuevo a tener serios problemas. Un día, sin esperarlo, ella lo había abandonado. Si, abandonado. Alegando que no le prestaba la suficiente atención por estar en su taller o con Rogers, y que no soportaba más la situación, así como tampoco soportaba el hecho de que arriesgara su vida cada vez que un enemigo atacaba. El estrés era demasiado. Entonces había vuelto a su usual puesto de secretaria.
¿Qué si le había dolido? ¡Pues claro! Después de tantos años con ella, ahora se iba. Lo dejaba como un trapo sucio. Como un invento incompleto, rechazado, que no termina por funcionar bien. Su vida se había destruido un poco más y había caído por unos días en el alcoholismo. Por unos días porque Steve lo había salvado de él mismo. Llegando a su casa, le había arrebatado la botella que traía entre sus dedos y le había obligado a darse una ducha, preparándole un café para que se le bajara la borrachera. Después lo había regañado cuando estaba sobrio. Parecía sorprendente, pero ese Capitán lo había escuchado cuando él le contó lo sucedido con Pepper, y le había dicho que jamás estaría solo. Porque ahora tenía un amigo nuevo: él. Entonces Stark había comenzado a comprender el término "héroe". Steve era un héroe. Era su héroe.
Se volvieron amigos cercanos que iban a todos lados juntos, porque Rogers tenía miedo de que él sufriera una nueva caída en su vicio favorito. Las peleas eran cotidianas, sí, pero eran divertidas en algún punto. Se llamaban continuamente, se hacían algunas bromas, y todo parecía marchar de maravilla, incluso con los demás Vengadores, quienes estaban satisfechos porque al fin se llevaran bien. Después todo cambió radicalmente, cuando un día por manipulaciones de su parte, habían terminado en un bar tomando algunas copas, y por si fuera poco, él, terminar besando al rubio en los labios. La reacción inmediata de éste había sido apartarlo, y no comentar nada al respecto por pensar que Stark estaba borracho. Sí, lo estaba. Pero por desgracia recordaba eso y no hacía más que reprocharse. Entonces todo había marchado normal hasta la segunda vez que fueron a ese mismo bar y sus labios se juntaron nuevamente, ésta vez conducido por Steve, quien dio paso también al tercer beso. Ese que los volvió una pareja nada convencional.
Anthony sabía que el otro jamás aceptaría una relación homosexual por los tiempos de los que procedía, y hasta cierto punto, él también se encontraba algo confundido y con ciertos temores. ¡Él era un playboy! Y por esa justa razón, no había querido que su relación se hiciera pública. Veía a Steve de vez en cuando, hasta que la espera se hizo insuficiente. No soportaba el hecho de no tenerlo cerca. Así que con su influencia y dinero, había movido algunos papeles para que a Steve le fuera imposible pagar los impuestos de su departamento, yendo a vivir con él. Después se arrepintió. Steve le obligaba a comer a las horas debidas, y dormir todos los días aunque estuviera trabajando en sus trajes. Era exasperante a veces. Pero secretamente le encantaban todas esas atenciones que recibía. Una muestra de cariño que pocas veces había tenido en su vida. Le enloquecía lo que Steve hacía por él. Así como leer libros, preparar la comida, y asociarse con la tecnología pidiéndole ayuda a JARVIS. Entonces, para sentirse un poco mejor por todo lo que le brindaba el rubio, había construido para él un gimnasio especial, donde el rubio pasaba horas entrenando. Horas mismas que él se sentaba frente al televisor y lo espiaba gracias a cámaras especiales indetectables que había instalado. Se deleitaba la vista con esos hermosos bíceps, esos trabajados abdominales y esos fuertes brazos. Sin contar los tonificados glúteos.
Cuando la necesidad era imposible, lo sorprendía en medio de su entrenamiento y hacían el amor locamente. Oh, sí, le encantaban esas sesiones de sexo cuando Steve estaba previamente sudado y acalorado, y se volvía una fiera que lo enloquecía. De eso jamás se había quejado, Rogers sabía cómo y dónde tocar en el momento preciso. Era un buen amante. Un excelente amante, de echo. Tanto que le asustaba cuánto le gustaba tener sexo con él. Anthony no era gay, y nunca había tenido ese tipo de inclinaciones, pero la excepción era ese rubio. No sabía qué le había atraído de él, y no era un simple capricho, de eso estaba seguro. Y estaba tan seguro, que se asustaba más. Así que el día que Steve le avisó que se iría de misión con Natasha al país vecino, para asegurarse de que no hubiera un nuevo villano, él aceptó sin dudar y le deseó buena suerte.
Movido por un impulso, por sus dudas, y su alto ego, había ido a un bar y conseguido una chica muy bella, hermosa, y que le había fascinado. La había llevado al lugar donde vivía con Steve, y sin esperar un minuto más la había hecho suya en la cama que compartía con el rubio. Pero no todo había sido tan perfecto como él habría querido. Cada que la besaba, que sus manos se desplazaban por su cuerpo, se imaginaba que era Steve, imaginaba sus ojos, su voz. Y cuando el orgasmo lo había atacado no había sido tan sorprendente, y no había llegado por ella y sus movimientos, sino por revivir una escena de sexo con Steve donde lo hicieron frente al ventanal que daba a toda la cuidad, a la mitad de la noche. Recordaba sus mordidas, sus dedos pellizcando con sutileza sus pezones, sus palabras ardientes, sus lametones. Entonces había llegado el día siguiente, con él sin poder dormir, y ella a su lado en el lugar que le correspondía al rubio.
Había entrado al baño un poco atontado por sus actos. Por primera vez reconocía que estaba mal, que había fallado, que eso era un error. No sabía por qué, pero sentía la imperiosa necesidad de echar a esa mujer de su casa y limpiar su conciencia, esa que comenzaba a surtir efecto en él. Mientras se duchaba, podía imaginar a Steve detrás de él, embistiendo su cuerpo mientras sus manos se posaban en sus caderas, con sus suaves gemidos y su aliento sobre su oreja. Un exquisito choque eléctrico lo había recorrido de pies a cabeza, ansiando su regreso. Se había mirado en el espejo antes de salir del baño, y se había dicho a si mismo que hoy iba a ser un buen día.
Jamás se esperó encontrarse con Steve cuando salió del baño.
Iba tarareando una canción, pero todo se acabó cuando vislumbró al rubio. Éste veía con los puños apretados a su alrededor, sin decir nada, y él tampoco podía articular palabra. ¿Qué hacía ahí? ¿No tenía una misión de varios días? Entonces la chica se había despertado, y tras unas palabras de Steve se había marchado dándole un beso en la comisura de los labios, que hizo tensar su cuerpo y el del capitán América. Después había venido una discusión y el adiós de Steve Rogers. Él le había dicho que jamás lo buscara, y el otro simplemente había accedido a su petición y se había marchado sin voltear a verlo. Justo como su padre. Igual que Pepper. Entonces su mundo se había destruido un poco más, junto con él.
Se había tirado al alcohol por casi dos semanas enteras, pero sin despegarse de su celular y su teléfono de casa, manteniendo una esperanza de que Steve marcara, pero eso no había sucedido. Dormía en su sala junto al teléfono, comía ahí, y no había tocado su taller en todo ese tiempo. Sólo esperaba a Steve. Entonces se reprochó a sí mismo el hecho de ser sumamente orgulloso y no marcar él, al ser su error, pero simplemente no podía. No era su estilo. Recordó la discusión del Capitán con él por ese mismo hecho, y rio. Él tenía razón, razón en todo. Comprendía a Steve, enserio, pero le habían dolido mucho las palabras que le había dicho, y las cosas que había insinuado. Y le dolía más que ésta vez, él había sido quien traicionara la confianza que Rogers le tenía. Se sentía como todos los demás, como aquellos que una vez le traicionaron.
Tenía que disculparse por su comportamiento y su forma tan indiferente de afrontar el asunto de la infidelidad, pero no sabía cómo. Ese día todo se había salido de sus manos, y era imposible razonar. Pero ahora lo sabía, lo había descubierto: necesitaba a Steve. Su cuerpo, sus besos, las sesiones de sexo, sus miradas, su cariño. Pero tampoco es como si fuera a tocar la puerta de su departamento y pedirle disculpas con una docena de rosas y chocolates. Y no se le ocurría una buena forma de hacerlo, porque su cerebro no funcionaba correctamente al tener en su organismo tanto alcohol y tan pocas horas de sueño. Pero llegó a su mente algo. Y sonrió. Quizás Steve aún fuera a los lugares a los que solían ir juntos, cuando eran pareja… Pero no estaba en ninguno de ellos. Desilusionado, había ido a parar al bar donde se habían besado, y al traerle recuerdos tan gratos, comenzó a concurrirlo diario.
Y sin darse cuenta, habían pasado dos meses. Dos meses enteros en los que Steve no se había aparecido por ningún lugar. Pero él no dejaba a de ir a ese bar, aunque solamente iba para recordar lo feliz que se sentía en aquel tiempo, pues había perdido por completo las esperanzas de que Rogers apareciera un día por esa puerta. Y sin darse cuenta, un día sucedió. Lo vio entrar con aire ausente, sin mirar a sus lados, caminando directamente a la barra y pidiendo una copa. Él estaba sentado a unos cuantos metros, pero la vista era perfecta. Su corazón latía con desenfreno, y no era por la metralla. Pudo ver cómo reía por algo que el barman decía, y luego negaba con la cabeza. Después su respiración se cortó cuando una hermosa mujer se sentó a su lado. Podía ver la mirada que le dirigía, lo quería para ella. Y él estuvo a punto de saltar al ataque, pero entonces ella se puso de pie y le susurró algo, para irse por fin. La había rechazado, y eso le hizo sonreír.
No lo soportó más. No podía dejar que alguien se acercara y ésta vez Steve cediera. Se puso de pie, pero sus piernas temblaban. Por primera vez se sentía nervioso, como un niño pequeño, o como alguien que no ha estudiado para un examen. Se sentía perdido, sin conocimientos. Ni si quiera tenía un discurso ensayado o algo que le ayudara. Pero esa era su oportunidad, podía fingir que era una simple casualidad haberlo encontrado. Así que sin meditarlo más, se había acercado. Se mantuvo algunos pasos lejos, viendo fijamente cómo la espalda de Steve se tensaba, y sonrió, con su corazón dando saltos. Entonces algo de su confianza regresó.
—¿Tratando de olvidarme, Capitán Rogers? —
Sin esperar una respuesta por parte del otro, avanzó unos pasos hasta lograr sentarse a su lado, sonriendo. Lo miró de reojo, y se sintió un poco culpable al ver como Steve apretaba con fuerza los ojos y los puños, quebrando el vaso por la fuerza ejercida. Ni si quiera quería verlo, y le dolió descubrirlo. Mucho, en realidad. Así que tratando de aligerar un poco el ambiente tenso que se había formado, le pidió al barman una copa con vodka dentro, le encantaba esa bebida, y era justa para esa situación.
—¿Qué haces aquí, Anthony? —murmuró el rubio sin mirarle, y el mencionado sintió que sus huesos se volvían gelatina cuando lo oyó. Su nombre en sus labios era tan excitante, pero había un tinte frio bailando sobre su lengua. Estaba molesto, ¡Dios! Estaba molesto todavía.
—Deberías contestar tú esa pregunta, ¿Qué haces aquí? Porque si no mal recuerdo, yo fui quien te trajo por primera vez a este bar. —sonrió a su manera, dándole un pequeño trago a su bebida y relajándose cuando ésta raspó su garganta.
—Pasaba por aquí, solo eso. —contestó sin mirarlo aún, y eso puso de malas a Tony. ¿Por qué no quería ni mirarlo? ¿Acaso lo odiaba tanto? ¿No era digno ni si quiera de que sus miradas se encontraran? Pero trató de serenarse, esa era una oportunidad que no dejaría pasar, era única. Quizá no volvería a tenerla. Sus dedos se movieron nerviosamente por la tabla de la mesa, y buscó de nueva cuenta el sabor del vodka. Necesitaba ese trago, y uno más, y muchos más. ¡Diablos! Que el estúpido barman le trajera la botella entera para tomarla de un solo trago—. Deberías dejar de tomar, el alcohol mata lentamente. —le reprendió, mirándolo ésta vez de soslayo.
—No importa, no tengo prisa en morir. —y rio unos cuantos segundos, pero guardó silencio después, analizando—. Tú también has estado tomando, y es bastante curioso porque no puedes emborracharte, Capi-paleta. ¿Tan desesperado estás por olvidarme? —y sus dedos se deslizaron hasta dar con los del Capitán, que los mantenía fijos sobre la mesa, pero de inmediato éste los retiró, como si su contacto quemara.
—Tengo que irme. Adiós. —y se puso de pie queriendo huir del contacto, de la cruel casualidad, de todo. Quería huir de Anthony, porque le dolía el simple hecho de verlo. Pero un agarre sobre su brazo lo detuvo cuando estaba girándose. Y entonces sus ojos se cruzaron, sus miradas chocaron, y no pudo moverse. Ese era el extraño efecto que el castaño ejercía sobre él. Sus ojos chocolate lo incitaban, le obligaban a hacer cosas que no quería, y se sentía desnudo ante ellos.
—Quédate… tenemos que hablar. —su voz salió como un susurro, pero es que no podía soportarlo. Era bastante difícil haber caminado hacia él y pisotear un poco de su orgullo, para que Steve pensara en marcharse tan pronto. Al menos que lo dejara mirarlo más antes de irse. Y comprendió que había ganado cuando el rubio soltó un suspiro y tomó de nueva cuenta su lugar al lado, pero ésta vez viéndolo fijamente.
—¿Sobre qué? Creo que todo quedó claro aquella vez. —pero sabía que no era así. Sabía que tenía que aclarar las cosas con Tony, que tenía muchas preguntas sin resolver, dudas que quería aclarar, y quería que el castaño se las dijera. No quería suponer. Quería la verdad.
—No, no todo. Pregúntame lo que quieras, Rogers. Responderé cualquier cosa que se te cruce por la cabeza. Hasta la más absurda. —por primera vez se permitió hablar honestamente. Estaba seguro que si jugaba una mala carta Steve se marcharía, y quizá no tuviera tanta suerte para volver a verlo, así que tenía que sacar la mejor jugada. ¿Y qué mejor jugada que siendo honesto? Si después de eso Rogers decidía irse, entonces al menos su conciencia quedaría tranquila. Aunque su corazón sufriera.
—Muy bien, te haré unas preguntas y espero que seas sincero, o al menos intentes serlo. —Steve suspiró. Quería marcharse de ahí lo más pronto posible, porque estaba seguro que si seguía ahí, todo el tiempo que había invertido en tratar de olvidar a Stark sería en vano, aunque ciertamente no había progresado nada. La verdad es que hubiera podido soltarse de su agarre y huir, pero él era un hombre que afrontaba las situaciones, aunque ésta fuera peor que la guerra. Pero era tiempo de aclarar las cosas. Además, ¿a quién quería engañar? Extrañaba a Tony, y verlo le reconfortaba. Se veía algo decaído y con ojeras algo acentuadas, y eso le preocupaba. Así que sin pensarlo soltó: — ¿Por qué me engañaste?—
Y Anthony sintió que desfallecía ante la primera pregunta. ¿No podía empezar con algo más ligero? Armándose del valor que comenzaba a irse poco a poco de su cuerpo, trató de serenarse dando otro sorbo a su bebida. Después arregló un poco el saco que traía puesto y carraspeó antes de contestar:
—No lo sé. —se encogió de hombros ante la inquisitiva mirada azul—. Fue un impulso, te lo dije aquella vez. Una conducta digna de mí, eso es todo. No sé por qué lo hice, sólo sé que pasó y ya. —y en parte era verdad, no sabía bien por qué lo había hecho, o bueno, si lo sabía, pero tampoco quería dejarse ver vulnerable, podía ir siendo más vierto conforme pasaran los minutos. Darle a tu enemigo tu punto débil es hacerle ver que puede destruirte. Eso pensaba siempre, y aunque le costara, Steve en este momento era algo así como un enemigo que amenazaba con destruir su coraza fría.
—Muy bien, esto es suficiente. —se llevó una mano a su cabeza, revolviendo sus mechones con frustración. Sabía que Tony no estaba siendo honesto, y la respuesta le dolía tanto que ni si quiera podía continuar. ¿Acaso Tony no veía cuánto daño le hacía al no ser honesto? —. Pero no, ¿verdad? Para ti nunca es suficiente, y nunca lo será. ¿A qué has venido? Siempre buscas la manera de romperme, destrozarme o torturarme, y si es posible construirme de nuevo y repetir todo una y otra vez. No soy una máquina, Anthony. ¿No te cansas de esto?... porque yo sí. —poco a poco su voz iba subiendo de tono, ante la atenta mirada del castaño. Éste desvió la vista y se perdió en un punto fijo lejos de Steve. Era cierto, todo era malditamente cierto.
—Te lo diré, ¿está bien? Pero por favor no te marches. —susurró con pena cuando intuyó las intenciones del rubio por irse. Abriría su corazón por una vez en la vida, dejaría que su punto débil saliera, que su coraza fuera atravesada. Y esperaba que Steve no destruyera su castillo de hierro. Se arriesgaría a ser sincero, solo por él. El otro guardó silencio esperando que él dijera algo—. Te engañé porque quería demostrarme a mí mismo que no soy propiedad de nadie. —
—¿Entonces fue un juego, una prueba? ¿Qué buscas de mí, Anthony? —Steve lo miro con frustración. No entendía lo que el castaño quería darle a entender, y si permanecía más tiempo ahí estaba seguro que explotaría. Sinceramente, había sido una mala decisión quedarse. Tensó la mandíbula, tratando de poner su mente en blanco y escuchar. Pero, ¿Cómo puedes escuchar cuando te duele algo? ¿Cuándo ya no puedes más?
—¡No, no! Escúchame bien, Capitán. Quería demostrarme a mí mismo que nuestro vinculo era estable, pero no irreversible, ¿sí? —movió las manos con frustración y tomó un trago más de vodka. La situación se estaba saliendo de sus manos, y tenía que ser rápido, pero su cerebro no formaba una farsa elocuente en su cabeza, y si no se daba prisa, Steve se hartaría y se iría—. Soy una persona autosuficiente, soy mi propia libertad, y por eso mismo no me cuadra la idea de tener una relación estable. Me siento domesticado, atrapado. Mantengo relaciones, pero…
—Pero no quieres aceptar que eres prisionero sentimental de alguien más. —concluyó Steve, y Tony asintió ligeramente, esquivando su mirada. Esa era la verdad. Lo quería, y mucho, pero para él una relación significaba ser prisionero, estar atado. Además era un playboy, mujeriego, y quería demostrarse también que eso no cambiaría.
—Por esa extraña forma de ser, tengo fama de no tener corazón. Pero no es así, puedo asegurarlo. —lo miró de forma melancólica, forma que derritió las barreras de Steve. ¿Cómo creerle, si lo había traicionado? Pero Tony había sido honesto en eso, estaba seguro, así que le dio una segunda oportunidad y decidió seguir ahí un poco más de tiempo. Era duro para una persona como el castaño abrirse a alguien más, lo sabía.
—Me dolió cuando me dijiste que no volviera nunca. ¿Por qué lo hiciste, Tony? ¿Por qué no me dijiste esto desde un principio? —y era cierto. Si Stark se lo hubiera dicho, quizá él hubiera considerado todo, y hubieran platicado. Ahora las cosas estaban frías, vistas desde un punto obsoleto. Se sentía confundido—. ¿Por qué esperar dos meses para esto?... ¿Qué pretendes?
—Cualquiera se puede equivocar, inclusive yo. —y sonrió como solía hacerlo, mandándole un escalofrío al rubio. Extrañaba esa sonrisa más que los rayos del sol en invierno—. Me dolió todo lo que me dijiste, y mucho. Nunca antes te había sido infiel, y jamás pasó por mi cabeza serlo, y fui sincero desde un principio: fue un impulso. Y cuando dijiste que te ibas, me sentí abandonado. Te lo dije también, todos los que quiero me abandonan o dejan de quererme, y pensé que serías la excepción. —
—¿Me dejaste ir porque era una prueba?... ¿Fue una prueba? ¿Fue eso? ¿Querías saber si me quedaría después de todo? ¿Lo haces con todas tus parejas? —el dolor regresaba con más intensidad. ¿A que jugaba Anthony Stark?
—¡No, no! Arghh… —llevó sus dos manos a su cabeza, frotándolas con frustración, y dio un suspiro largo antes de continuar: —. No fue una prueba. Te lo dije porque estaba enojado, me tenías en un mal concepto, estaba dolido por eso. Y ciertamente, pensé que no ibas a marcharte. Sonará egoísta pero… pensé que lo olvidarías. —
—¿Por qué no me detuviste cuando viste que lo haría, que te dejaría? —trató de calmarse, respirando profundamente. Trataría de mirar del lado del millonario, tratar de ver desde sus ojos. Relajó su espalda que se había mantenido tensa, inspirándole confianza al otro para continuar.
—Es extraño, pero es… cuando sabes que estás por perder a alguien, y por alguna razón no haces nada para detenerlo. No podía detenerte porque no sabía lo que te diría. No sabía cómo comenzar a explicar esto que estoy diciendo ahora, porque ni si quiera yo lo sabía. Y estábamos enojados, el desenlace hubieran sido golpes y una discusión horrible. —y comenzó a reír, mientras le daba un largo trago al vodka. Era… era como él. Como Steve. Sonrió.
—Eres un tipo complicado, Tony. —suspiró y pidió también un vaso de alcohol. Lo tomó entre sus dedos y sin pensarlo dos veces, ingirió todo de un solo trago. Sintió cómo el líquido raspaba su garganta, y el dulce sabor se colaba por su lengua. A veces le gustaría poder emborracharse. Así al menos podría decir las cosas que guardaba y después atribuirlo a la bebida. Anthony sonrió cuando volvió a escuchar de los labios de Steve llamarlo por su sobrenombre. Era encantador como se escuchaba en sus labios. Ahora que Steve había cedido un poco y se notaba más relajado, se permitió sentir también un poco de libertad y recargar los codos sobre la barra de madera.
—No confío en la gente, por eso es difícil para mí. Y no creas que decirte todo esto ha sido fácil. —vió como el rubio volvía a llenar su vaso y tomar de nuevo todo de un solo trago—. Si no te conociera, diría que ansías poder emborracharte ahora mismo. —y comenzó a reír abiertamente cuando las mejillas del más alto de colorearon de un sutil color carmín—. ¡No lo creo! ¡Quieres emborracharte! —y siguió riendo como un niño pequeño. Steve también sonrió un poco y sin poder evitarlo rio unos cuantos segundos acompañando al filántropo. Era contagiosa su risa. Aunque el momento no lo ameritaba—. ¿Sabes, Steve? No sé cómo diablos el alcohol no surte efecto sobre ti. ¡Lo tomas como si fuera agua! —
—Tú también lo tomas así, Stark. —murmuró rodando los ojos. Por fin la tensión había disminuido un poco, pero no sabía cómo continuar hablando sobre ellos. ¿Y ahora qué? ¿Tony simplemente se marcharía al dejar su conciencia tranquila? Y si se iba… ¿Querría detenerle? Dios, no lo sabía, solo quería besarlo. Por eso estaba tomando tanto. Si sus labios quedaban libres estaba seguro que se le iría encima a Stark para besarlo. Y eso no sería correcto en un sitio público.
—Bueno, pero después de dos botellas, el concepto de agua pierde su validez. —y le sonrió de forma socarrona, acomodándose mejor sobre el banco. Un silencio profundo y un tanto incomodo se instaló sobre ellos, y con la lengua suelta por el alcohol ingerido, tony se permitió volver al tema de ellos—. Sé que estás tratando de olvidar, pero… entre estos tragos y estas cosas, y de los puntos vacíos en esta charla… bueno, no tiene sentido lo que digo… y sé que no soy todo lo que tienes, y admito que me gustaría serlo… —murmuraba lentamente, como si aquello le fuera difícil, y claro que lo era, y a pesar que su voz era suave y el ruido de la música le hacía casi imposible escuchar, Steve podía oír cada una de sus palabras—. El final nunca es algo bueno, ¿sabes? Así que estoy pensando que, no sé… podemos encontrar una forma de resolver este crimen, ¿no? —finalizó con una sonrisa. Ni el mismo sabía bien lo que acababa de decir.
—Habla claro, Stark. No entiendo los agujeros de tus excusas. —pero si lo hacía. Steve había comprendido lo que el castaño había querido decirle, pero quería que lo dijera, no más suposiciones. Una parte de su corazón bombeaba con fuerza, esperando con ansias que lo que él había medio entendido fuera la verdad. Que Anthony…
—Quiero que regreses conmigo… —susurró viéndolo fijamente, con un calor sobre sus mejillas que fácilmente podría echárselo de culpa al alcohol. Pero no era así, y ambos lo sabían. Así que buscó una excusa más convincente para no verse vulnerable:—. Porque JARVIS te extraña, y el babas es un desastre en la cocina. —y no mentía. El babas era un torpe sin remedio. Había destruido su licuadora, la estufa, el horno, y demás cosas incontables.
—No puedo volver. —soltó sin respiración. Estaba bastante contento por las palabras de tony, y esa forma de excusarse detrás de sus máquinas era bastante romántica, pero aún se sentía dolido y traicionado. No podía dejar todo atrás y simplemente volver. ¿Qué tal y si volvía a suceder? Aún tenía dudas, bastantes dudas. Tony lo miró con tristeza, cosa que le partió el corazón. Diablos. Después el millonario hombre miró con detenimiento su vaso, y le dio algunas vueltas, para finalizar llevándoselo a los labios y darle un largo trago.
—Me gustas. —soltó de repente para asombro del rubio. Stark trató de ignorar las palabras de Steve que se habían clavado fuerte en su pecho, y sintió la necesidad de hacerlo recapacitar—. Eres como un vaso de vodka. ¿Sabes por qué? Eres transparente, te ves inofensivo… pero puedes enloquecerme. —sonrió, mientras el mencionado lo veía con ojos brillosos, conmovido totalmente por sus palabras—. Y cada que me besas siento que quemas mi garganta. Y no sé si sabias, pero si hay algo que me guste más el que Whisky, es el vodka. —
—Pones todo bastante difícil, Tony. Me engañas, me alejas, después vienes y me dices todo esto… No sé qué hacer. Eres bastante injusto. —murmuró llevando una de sus manos a su cabello, y revolviéndolo. ¿Y ahora qué? Tony estaba un poco borracho, lo notaba. Pero no lo suficiente para desvariar diciéndole todas esas cosas. ¿Entonces qué? ¿Debía alegrarse porque estaba siendo honesto, o preocuparse?
—Es bastante difícil no ser injusto con lo que uno quiere. —susurró. Su lengua estaba suelta, y se reprochaba mentalmente por dejar que todas esas palabras salieran de él, pero ya no había vuelta atrás. Si se iba a humillar había que hacerlo bien. Ya se había destapado, ¿qué más daba una verdad más? —. Lo estoy pasando fatal, ¿vale? Así que mírame. —y cuando sus ojos chocaron, Tony se permitió llevar sus manos hasta las mejillas de Steve y acercar sus rostros, rozando sus narices en un gesto cariñoso, pero bastante masculino—. Resumiré toda esta charla sin sentido en dos palabras que jamás repetiré, así que escucha bien, Rogers: Lo siento. —y seguido de eso plantó un casto beso sobre sus labios, y se alejó lo suficiente para ver su rostro.
Steve estaba confundido, anonadado, no sabía que pensar. ¿Anthony Stark diciéndole esas palabras? ¿Haciendo un gesto de amor público? Era, era… ¡Sorprendente! Que alguien abriera otro hoyo en el cielo si mentía. No podía articular palabra, se quedó sin habla. Espero cualquier otra cosa, algún comentario de los suyos, algo sarcástico, se preparó mentalmente para recibir una burla, pero no. Anthony le había dicho que lo sentía. Dios… ahora era su turno.
—¿Qué va a pasar ahora? Has venido aquí, me has dicho todo esto, incluso eso último… y sé que estás hablando en serio, y me siento muy bien, pero… no puedo perdonarte. No aún. —y se soltó del agarre. Era bastante complicado todo, pero se había cansado de perdonar errores. De ser el cordero que todo olvida, era injusto.
—Lo sé, yo tampoco lo haría. —y sonrió un poco, para después volver a una pose seria—. Soy un egoísta, ¿sabes? Sí, sí lo sabes. Y soy tan egoísta que no puedo dejarte ir. —volvió a sonreír, con una idea en la cabeza.
—¿Qué quieres decir? — lo miró fijamente, tratando de descubrir lo que Tony estaba pensando, pero sus ojos color chocolate eran un enigma, y el color oscuro que danzaba sobre ellos no advertía nada bueno.
—Que te prepares, porque voy a conquistarte, Capitán Rogers. —
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O
¿Qué les pareció? Espero que Tony no me haya quedado muy salido de su papel, ojalá que no :X fue algo difícil buscar palabras y frases que él usaría, pero creo que funcionó. Como pudieron leer, éste capítulo nos habla un poco más sobre cómo se dio la relación entre ellos y algunos momentos.
El tercer capítulo será el desenlace, ahora sí xD enserio, muchas gracias por leer. La actualización estará en algunos días, no diré fecha porque tengo algunos pendientes, pero lo subiré :D
Sólo avisaré, pero esta historia también la he publicado en AY, por si algún día la encuentran, no se preste a malos entendidos. Lleva el mismo nombre y contenido.
Nos leemos.
