Título original: Kiss and Tell.

Autora Original: SunshineDaisiesWindmills.

Fecha original: 17 de marzo de 2010.

Idioma original: inglés.

Disclaimer: no me pertenece absolutamente nada de lo que sigue.


KISS AND TELL

2. QUINTO AÑO

(Kiss and Tell - 2. Fifth Year, by SunshineDaisiesWindmills)

El verano pasó lentamente. Todo lo que hacía era pensar en él. Quería pelear con él. Combatir su ingenio con el suyo propio. Sencillamente para recordarle cuan idiota y repugnante que era, por supuesto. Querer besarlo después no tenía nada que ver con eso. Nada en absoluto.

Simplemente quería gritarle. Por eso cuando recibió su carta de Hogwarts, informándola de que se había convertido en prefecta, no pudo más que emocionarse. Se dijo que era un gran honor, lo cual era cierto. Sin embargo, si era sincera con ella misma, lo cierto era que le encantaba tener otra razón más para gritarle.

Cuando asistió a su reunión de prefectos en el Expreso de Hogwarts, se sintió a la vez contenta y decepcionada al descubrir que su compañero sería Remus Lupin. Se alegró porque los dos se llevaban bastante bien, y decepcionada porque Remus era amigo suyo, por lo que podría mantener a James bajo control y disminuir sus oportunidades de discutir con él. Era eso, o que lo dejase campar a sus anchas.

Los nuevos prefectos de Gryffindor salieron de la reunión juntos, charlando sin rumbo sobre sus planes para el curso. Llegaron primero al compartimento de Remus. Su corazón latía agitado por la anticipación. Él estaría allí, estaba segura. Remus abrió la puerta. Y allí estaba. Él la vio cuando ella se despedía de su compañero.

— Oye, Evans — espetó. — ¿Así que ahora eres prefecta? Como si no tuvieses el palo lo suficientemente metido por el culo.

— ¿Has conseguido entrar en el tren, Potter? Es curioso, no creí que fueses capaz de pasar por la puerta con esa cabezona que tienes.

Los tres observadores del compartimento gimieron al unísono.

— Venga, chicos — sugirió Sirius Black. — Dejemos a estos dos pelear en paz.

— O desmembrarse el uno al otro — bromeó Remus al salir.

Apenas esperó a que la puerta se cerrase antes de atacar la boca de la chica. Ella cedió un poco antes de volver a la realidad. Lo rechazó.

— ¡Potter! — dijo entre dientes. — Alguien podría vernos.

— ¿Y qué? — se acercó de nuevo a ella. — Que nos vean.

— ¡No! — espetó ella. — ¡Nadie puede saberlo!

— ¿Por qué no? — preguntó rabioso.

— ¡Porque no! — resopló. — Mira Potter — susurró con dureza, — me gusta que nos enrollemos — lo miró directamente a los ojos y empujó su pecho — pero eso es todo. No quiero que vayamos por ahí cogidos de la mano, o dándonos abrazos, o diciéndonos cursiladas. Nada de eso — se dio la vuelta para irse, pero se detuvo para añadir: — Y nadie puede saberlo. — Se volvió hacia la puerta de nuevo, con la intención de irse.

— Bien — dijo James. — No me gustaría que nadie supiese que me estoy enrollando con una zorra como tú, de todas formas.


Se detuvo en la puerta y bajó la cortinilla de la ventana. Se dio la vuelta y lo embistió como un toro. Lo empujó contra la ventana y lo besó con ferocidad.

El juego continuó. Las reglas eran simples. Provocarse. Gritarse. Enrollarse. Hacerlo con la mayor frecuencia posible. Pero nunca, jamás, besarse y contarlo. No tenían una relación.

Fue por eso por lo que, cuando el guapo y encantador Ravenclaw Joseph Goode la invitó a salir, Lily aceptó encantada. No lo anunciaron a los cuatro vientos. Simplemente se cogían de las manos cuando iban hacia el mismo sitio, estudiaban juntos, se besaban de vez en cuando, y dejaron que la noticia se expandiera. Pasó casi una semana antes de que la noticia llegase a oídos de James, terriblemente exagerada.

— ¿Tienes un puto novio? — susurró el chico con dureza. La había arrinconado en un pasillo desierto.

Ella lo miró directamente a los ojos, con la misma dureza que la suya.

— No es que sea asunto tuyo — dijo alejándose de él — pero de hecho sí, lo tengo — zanjó, y empezó a alejarse.

La agarró del brazo y la hizo girar.

— ¿Me estás tomando el pelo?

— No — le restó importancia y empezó a caminar de nuevo.

— ¿Qué problema tienes, Evans? — gritó a sus espaldas. Ella se giró sobre sus talones.

— No tengo ningún problema, Potter — escupió.

— Oh, en serio — fingió pensar. — Tienes novio pero te enrollas conmigo — hizo una pausa. — Eso suena a problema para mí.

— No, verás. Yo me enrollaba contigo, en pasado, cuando no tenía novio. Ahora no lo hago, porque tengo novio. No suena a problema para mí — volvió a alejarse. — No tenemos una relación, Potter. Puedo tener novios.

— Vale — pareció aceptar. — Ten novio, no me importa — dio un paso más cerca de ella y llevó sus labios a los suyos. No era un beso áspero o enfadado como los demás. Era suave, y dulce, y gentil. No era exigente, pero sí apasionado. Se apartó antes de que ella pudiese empezar a responder correctamente. — Solo recuerda esto.

Lily rompió con él al día siguiente. No por James, de ninguna manera, sino porque había decidido que simplemente no sentía lo mismo por Joseph. Nadie podía sentir lo mismo por cualquier otra persona después de un beso como aquel.

James sonrió cuando se enteró.

A partir de entonces, se añadió una nueva regla: nada de citas.


James no se había acercado a ella en una semana. Eso le molestaba. Normalmente, peleaban y se enrollaban al menos dos veces a la semana. Pero desde su último altercado, James la había ignorado. Y quería cambiar eso.

— ¡POTTER! — gritó. Estaban prácticamente solos: era el momento perfecto.

— ¿Qué quieres, Evans? — escupió con violencia.

— ¡No finjas que no lo sabes, Potter! — las personas que los rodeaban despejaron la zona, aburridos y un poco asustados.

— No, Evans, lo cierto es que no lo sé.

Tan pronto como el último grupo de personas abandonó la sala común, lo besó. Él se apartó de ella casi inmediatamente.

— Así que se trata de esto — susurró con curiosidad.

— Como si no lo supieras — ella estaba a horcajadas sobre él, ronroneando seductoramente en su oído. Volvió a mirarlo, sus pestañas rozando los cristales de sus gafas.

— ¿Nada de novios entonces?

— No — ella lo besó de nuevo, suave y lento.

— Bien — murmuró.

Continuaron besándose, con dulzura esta vez, a diferencia de su tendencia agresiva habitual. Sus manos recorrían el cuerpo del otro. Pelo, cara, pecho, caderas. De repente, Lily fue consciente de su blusa, que se había salido de su falda lentamente. Sentía sus manos ásperas en el estómago, en el costado, en la espalda. Disfrutó de la sensación de sus manos callosas sobre su piel. Sus propias manos trazaron los rasgos de su cara, sintiendo la barba que había empezado a crecer en la mandíbula. Entonces sintió que sus manos subían demasiado y las apartó antes de ir demasiado lejos. Entrelazó sus manos suaves con las suyas rugosas.

— Creía que habías dicho que nada de cogerse de las manos.

Ella se apartó de él y rio entre dientes.

— Cállate —dijo antes de besarlo de nuevo.


Ambos disfrutaban de su estilo recién descubierto de besar, más de lo que habrían creído posible. A ella le gustaba la dulzura de los besos. A él, que los encuentros solían durar más que cuando discutían.

Empezaron a buscarse el uno al otro. Él la esperaba en aulas abandonadas cuando volvía de la biblioteca. Ella se colaba en los vestuarios después de los entrenamientos de Quidditch. Todavía eran apasionados, pero ya no necesitaban pelear para encontrarse.

Lily se quedó sin aliento cuando se vio arrastrada a un aula en la que no había tenido intención de entrar. Lo vio de inmediato, sonriendo con orgullo. Lily simplemente volteó los ojos ante su arrogancia.

— ¿Cómo sabes siempre dónde estoy? — preguntó mientras él cerraba la puerta a sus espaldas y la empujaba suavemente contra ella.

— ¿Acaso importa? — respondió a la ligera antes de presionar sus labios juntos. Ella se encogió de hombros, achacándolo a uno de sus muchos talentos, y lo atrajo más cerca de su cuerpo.

James le desabrochó los primeros botones de la camisa para poner los labios en su cuello. Los ojos de ella giraron hasta la parte interior de la cabeza y se apoyó en la puerta, permitiéndole un mayor acceso.

— James — gimió. El uso de su nombre de pila lo animó considerablemente. Sus manos encontraron el camino bajo su camisa y ella no las detuvo. — James — su voz era ligeramente más fuerte en esta ocasión. Sus manos se deslizaron bajo la falda. Chupó su cuello. — James — sus manos siguieron subiendo. — James — su voz era de advertencia ahora. Él tenía las manos en sus caderas y jugaba con sus bragas. — James — su tono fue contundente. Las manos se movieron hacia dentro. — Para — se acercaban. — Para — más cerca todavía. — ¡Potter! ¡Para!

James se apartó de ella, confuso. Él murmuró una disculpa, ella una aceptación.

Se pasó la mano por el pelo y Lily empezó a colocarse el uniforme. Se estiró la falda, la bajó y se abotonó la camisa. Cuando llegó a su cuello, tocó suavemente el punto en el que James había estado chupando.

— Bueno — lo miró — esto dejará marca — ambos se rieron.

Lily esperó con paciencia fuera del campo de Quidditch. El entrenamiento casi había terminado. Podía ver cómo las figuras descendían una a una del cielo. Pronto comenzaron a salir. Las contó mientras se iban. Benjy Fenwik; uno. Ashley Jackson y Cindy Jones; dos y tres. John Clark; el cuarto. Robbie O'Keefe; cinco. Leah Thomas; perfecto.

Se coló en el vestuario y lo encontró allí. Estaba mojado por la ducha y todavía no se había puesto la camisa. Estaba inclinado, encerando su escoba. Ella se acercó en silencio hasta él. Deslizó sus brazos alrededor de su cintura y empezó a besarle el cuello.

— Sabes a jabón — canturreó.

— ¿Mejor que a sudor? — rio entre dientes.

— De ninguna manera.

Se rio y tiro de ella para ponerla en su regazo. Lily trazó sus músculos mientras se besaban. De vez en cuando, sus párpados se rozaban con las gafas. Sus manos se deslizaron bajo su camiseta y ella se apartó. James empezó a disculparse pero ella puso un dedo sobre sus labios hinchados. Se sacó la camisa por encima de la cabeza y observó divertida cómo sus ojos se abrían notablemente. Antes de que la chica pudiese decir nada, o incluso sonreír como es debido, él había empezado a besarla entusiasmado, con emoción y agradecimiento.


Por supuesto, y a pesar de su recién descubierta nueva forma de enrollarse, seguían peleando. Era inevitable debido a una serie de diferencias fundamentales entre ambos. Él era arrogante y se burlaba de los más indefensos. Ella era humilde y los defendía. Él pensaba que tenía derecho a hacer lo que quisiera; ella siempre obedecía las reglas. Él pensaba que los Slytherins eran manos y no tenían corazón. Ella miraba por el bien de todos. Ambos tenían carácter y eso creaba una gran fricción cuando se enfrentaban. Eso era lo que generaba la atracción física de su relación, y generaba el infierno que veía el resto del mundo.

Lily estaba descansando en el lago una tarde de verano, riendo sus amigas y con los pies en el agua. Acababan de terminar sus TIMOS y estaban mentalmente exhaustos. Estaba pensando en cómo estar a solas con James la próxima vez, cuando oyó un ruido a lo lejos.

Se giró y vio a su mejor amigo colgando de un tobillo. Mirando a su alrededor, dio con los verdugos. No era posible. Él no lo haría. Pero lo hizo. Estaba furiosa. Se plantó ante ellos.

La pelea que tuvieron superó a cualquier otra que hubiesen tenido antes. Y él la había invitado a salir. James Potter la había invitado a salir. Por supuesto, había dicho que no. Preguntarle, más bien exigirle, a una chica que saliese con él mientras torturaba a su mejor amigo no era exactamente su definición de romanticismo. Y de todas formas, por muy atractivo y follable que fuese, James Potter no era el ideal de novio.

Y después de discutir mucho y de estar totalmente enfurecida, había sucedido lo peor.

— Sangre sucia.

Sev la había llamado sangre sucia. Una sangre sucia. Le había roto el corazón. La había destrozado. Actuó con frialdad cuando James la defendió, pero cuando se dio la vuelta y entró en el castillo, no pudo evitar que las lágrimas empezasen a caer.

Corrió por los pasillos, con las lágrimas deslizándose por sus mejillas y respirando entrecortadamente. En el quinto piso oyó unos pasos tras ella. Pasos apresurados, ruidosos y prepotentes. Los reconoció de inmediato y, por lo tanto, no se sorprendió cuando sintió una mano en su hombro.

— Pot… — él la interrumpió con su boca.

Se dejó llevar, como siempre hacía cuando la besaba de esa manera. Apasionado, ardiente y ¿avergonzado? Se concentró totalmente en él y apenas fue consciente cuando la arrastró hasta un aula cercana.

James cerró la puerta detrás de ellos y Lily lo empujó contra ella. Sus besos se volvieron más frenéticos. James, con ganas de dominar la situación, la hizo caminar hacia atrás, hasta que Lily chocó contra una misa. Bajó sus labios hasta el cuello. Ella inclinó la cabeza hacia atrás. La levantó y la sentó en la mesa. Ella lo acercó a su cuerpo y lo besó de nuevo. Le desabrochó los botones superiores y le pasó las manos por el pecho. Él llevó las manos a sus muslos y los acarició, subiendo poco a poco. De nuevo, los labios del chico volvieron a su cuello. Ella gimió.

— James — animado, la hizo inclinarse sobre la mesa. — James — sus manos seguían subiendo. Encontró su boca y la presionó con fuerza sobre la suya. — James — sus lenguas libraban una batalla. Sus manos se colaron bajo la falda. — James — inmediatamente él se apartó. Ella se separó de él y puso las manos en su cinturón. Sus ojos le suplicaban: — No pares.

Él obedeció. Se movieron uno contra el otro hasta que ella se quedó sin aliento por el dolor.

No duró demasiado tiempo. Un momento de incómodo y extraño placer, y después se separaron. Se apartaron el uno del otro y se colocaron la ropa con rapidez.

Ella se volvió a sentar en la mesa y respiró profundamente. Él se sentó a su lado y trató de consolarla poniendo un brazo sobre sus hombros. Ella se levantó inmediatamente.

— Yo… — podía sentir como le ardían las lágrimas en los ojos — … me tengo que ir.

Salió de la habitación dejando a James desconcertado. Tan pronto como cerró la puerta tras ella, echó a correr. No sabía a dónde iba, pero sabía que tenía que alejarse de allí. Las lágrimas le caían por la cara y ni siquiera se molestó en secarlas.