Capítulo 2
-Que sí, Alice, que Carlisle ha accedido a leer los primeros capítulos de La Rosa, ¿Te lo puedes creer?
-Quiero saber cada detalle de esa cita, Bella, así que, ¡ Ya puedes ir haciéndome un hueco en tu apretada agenda de escritora para contármelo todo!
-Claro que sí, Alice, ¿Qué te parece a las seis y media en el bar de siempre?
-Ok, Bells, allí estaré, no seas tan tardona como siempre, ¡Eh!
-Noo, jajaja, trataré de ser lo más puntual posible.
-Chao Bells.
-Chao.
Colgué el teléfono y lo metí en el bolso dispuesta a hacer la compra semanal, mi frigorífico estaba tan vacío que si hablaba cerca de él con la puerta abierta, había eco; bueno puede que tanto no, pero ya me entendéis.
Me dirigí en mi coche hacia el supermercado habitual y lo dejé en el aparcamiento.
Cogí un carrito y me dispuse a pasear por aquellos pasillos con una música cursi de banda sonora, no sé que tipo de romanticismo pretendían darle a aquellos pasillos llenos de fregasuelos y útiles de limpieza ni tampoco a aquellas señoras espachurrando barras de pan para ver cual se adaptaba más a sus gustos, pero en fin, a veces creo que pienso demasiado.
Cuando me paré delante del pan para escoger las barras más blancas que mis ojos vieran, vi a Edward a mi lado. Hacía ya tiempo que le conocía, siempre me había parecido un chico muy atractivo y diferente a los demás, pero a la vez, algo en su carácter hacía que nunca me hubiera acercado a él, de hecho, dudo que él supiera de mi existencia.
Lo conocí en el instituto y sabía que era familiar de Carlisle, aunque no tenía muy claro que parentesco les unía. Edward siempre había tenido aptitudes para los estudios, pero decidió dejarlos colgados para montar una enorme discoteca a las afueras de la ciudad. Valiente idiota.
Yo tuve que trabajar horas y horas de camarera en un cochambroso bar para acabar la carrera y él se la dejó a medias como si tal cosa, si es que Dios da pan a quien no tiene dientes.
Sí, ya sé que hace un momento he dicho que me parecía diferente, pero su persona me provocaba una mezcla de atracción y desaprobación al mismo tiempo.
Pensando en estas cosas no me di cuenta de que Jacob también estaba allí y choqué con él.
-Beeellaa, mira por donde vas, milady-dijo de forma socarrona, odiaba que me dijera milady y él lo sabía- ¿Qué tal?- Sin darme tiempo a responder me plantó dos besos en las mejillas.
Bien, dije yo mientras correspondía a aquel efusivo saludo.
-Hace ya mucho que no quedamos- dijo Jacob con una lujuria muy mal disimulada.
Sí...-respondí- desde...- al recordar cuando fue la última vez quise acabar esa frase cuanto antes-.
La sonrisa de Jacob se hizo más grande todavía.
-Sí, me acuerdo de la última vez- dijo él levantando las cejas.
¿A quién pretendía engañar? puede que a Jacob se le viera venir de lejos, pero durante un tiempo fue alguien muy especial en mi vida y, aunque, en su momento me hiciera mucho daño y ahora ya no fuéramos nada, de vez en cuando nos gustaba recordar viejos tiempos.
Bueno, pues ya nos llamamos y quedamos, ¿vale, Jacob?
¡Pero llámame y no hagas como siempre!
Dios, ¡Qué insistente era!
Yo asentí con una sonrisa y me marché lo antes posible mientras me di cuenta de que Edward había escuchado, sino toda, parte de nuestra conversación.
Por la tarde quedé con Alice y le conté mi cita con Carlisle y mi encuentro con Edward y Jacob en el supermercado.
-¿Jacob?- Alice se carcajeó- sé que hay varias chicas que suspiran por él, aunque lo cierto es que nunca las he entendido.
Le dirigí una mirada acusadora, medio en broma, medio enserio.
-Chica, te los llevas de calle, ¡Qué le vas a hacer!-me respondió Alice socarrona.
Reímos juntas.
-En cuanto a Carlisle.., Siempre ha sido una persona misteriosa.
-¿Misteriosa? ¿Porqué?
-¿Has intentado investigar sobre su vida? Dónde estudió y todo eso.
-Umm... Ahora que lo dices, no...
-Te cuento: en algunas páginas de Internet leí que estudió en una la universidad de Udine y en otras dicen que estudió en Yale. No es un detalle demasiado importante, pero lo cierto es que es muy complicado encontrar detalles de su vida, como dónde estudió, quiénes son sus padres y todo eso.
-Supongo que será un hombre muy discreto.
-Sí, es probable, aunque no sé si lo suficiente; por ahí pululan rumores de que, en su juventud perteneció a una secta algo oscura..
-¿En su juventud? ¡Alice! ¿Qué edad tiene? ¿Treinta?¿Treinta y dos?
-No sé, Bells, pero se dice que Carlisle tuvo un pasado muy oscuro.
-Alice, edita libros sobre vampiros, hombres lobo, zombies. Está claro que es un fanático del terror, incluso el mismo ha escrito algún libro bajo pseudónimo que roza lo gore, pero de ahí a un pasado oscuro... Yo creo que la gente tiene demasiada imaginación.
-Puede...
Alice y yo pasamos una noche entre risas y cervezas, celebrando mi pasito adelante en el mundo de la literatura, recordando viejos tiempos y hablando de antiguos amores.
Era una suerte que nuestro bar de siempre, Baudelaire (sí, como el poeta) estuviera cerca de mi piso, porque lo cierto era que no me sentía en condiciones de conducir.
Alice y yo nos despedimos en la puerta del bar y me dirigí con calma hacia mi piso, sintiendo el aire frío acariciar mis mejillas. Caminaba con las manos en los bolsillos, pensando en aquellos dos días, en la suerte que había tenido con Carlisle, en que sentía que mi vida empezaba a mejorar y así, abrazada por mis positivos pensamientos empecé a marearme, ¡Maldita cerveza!
Me apoyé con disimulo contra la pared para que los posibles viandantes no pensaran que era una alcohólica y, en ese momento, fue Edward quien cruzó la esquina.
Quise moverme rápidamente para que no me viera en aquel estado, pero creo que eso tan sólo hizo que me mareara todavía más y que mi intoxicación etílica fuera más patente, porque Edward se acercó a mí y me dijo:
-¿Estás bien?
-Sí, sólo un poco mareada.
Edward rió dejando a la luz unos blancos dientes que relucieron a la luz de las farolas:
-Te gusta demasiado la cerveza-dijo él entre risas.
Pero...¿Cómo sabe este lo que a mí me gusta?
Supongo que la expresión de mi cara le preguntó por mí lo que yo no dije:
-Te he visto varias veces en el Baudelaire y en otros lugares con tu amiga Alice y siempre tienes una cerveza en la mano.
Yo me sonrojé, no quería que pensara que era una alcohólica.
El volvió a sonreír y me dijo:
-¿Vives muy lejos de aquí?
-A unos diez minutos.
-Venga, te acompaño.
-No es necesario.
-Si, si que lo es.
Hubiera insistido en que no, pero pensé que puede que tuviera razón, así que dejé que me cogiera del brazo y me acompañara hasta mi casa, prácticamente en silencio, lo que agradecí en esa surrealista situación.
Cuando llegamos a la puerta le indiqué que ya habíamos llegado y él me dijo:
-¿Podrás subir sola?
Esa pregunta acompañada de esa mirada no sabían muy bien que me querían decir, pero preferí no dejar que un chico con el que había intercambiando tan escasas y banales palabras en mi vida, entrara en mi piso.
Entré y subí en el ascensor hasta el tercer piso, abrí la puerta y dando tumbos me puse el pijama y me acosté.
En unos segundos ya no era mi conocida habitación lo que me rodeaba, sino un amplio salón, en mirar hacia abajo pude ver las baldosas relucientes de la casa de Carlisle, capaces de brillar incluso en aquella semioscuridad. También vi que llevaba puesto un vestido que tapaba mis pies, era azul oscuro y parecía pertencer a otra época; era el vestido que yo imaginaba cuando hablaba en mi historia del paso de Isabel a Chloé, es decir, de su conversión a vampiro.
Era un vestido de época, que ensalzaba mi pecho, dejando a la vista un escote muy sugerente, mis brazos estaban desnudos y mi cintura apretada, a partir de las caderas el vestido se ampliaba, concediéndome algo de comodidad.
Al observarme vi como mis lacios cabellos cobrizos, estaban rizados y que entre mis clavículas reposaba una cadena de plata con un colgante parecido a una lágrima que relucía tanto como las baldosas que había bajo mis pies.
De repente comencé a escuchar una música, parecía música clásica, pero dada a mi incultura en este tema no sería capaz de decir de que compositor.
Miré a mi alrededor para tratar de descubrir de donde procedía aquella melodía y me encontré con Edward, vestido con el mismo traje que el día anterior había visto puesto en el atlético cuerpo de Carlisle.
Edward me tendía su mano, como demandando mi compañía en aquel solitario baile y yo la agarré, hipnotizada por aquel ambiente y por aquella sonrisa que Edward me ofrecía.
Comenzamos a bailar compenetrándonos perfectamente ante mi asombro, pues siempre había sido bastante torpe para todo lo que requiriera coordinación.
Su mano derecha cogía mi mano con firmeza y su brazo izquierdo rodeaba mi cintura con suavidad, roce que me hacía estremecer. Las miradas que me dirigía en el transcurso de nuestro baile estaban cargadas de intención y yo las correspondía de la misma forma.
Las notas hicieron que la melodía se volviera más pausada y Edward se acercó a mí, tanto, que su boca y la mía casi se rozaban. Podía sentir su aliento y oler su dulce aroma.
Sonrió y miró detrás de mí, como si allí hubiera alguien, me giré y vi que allí también estaba Carlisle quien me cogió de una mano mientras Edward me sostenía de la otra.
Los dos se sonrieron de una forma que me inquietó.
Edward todavía seguía muy cerca de mí y Carlisle se acercó un poco más.
Noté la presión de la gélida mano de Carlisle sobre mi muñeca mientras los labios de Edward se acercaban a mi cuello. Sentí un pinchazo en la muñeca y observé aterrorizada, que Carlisle me había hecho un corte con una de sus uñas, que hacía brotar una cantidad de sangre considerable mientras el roce de los labios de Edward dejó de ser dulce para dejar que sus afilados colmillos rasgaran la piel de mi cuello.
Un río de sangre se precipito sobre mi cuello, manchando el brillante colgante de lágrima de rojo y y muriendo entre mis pechos, muy cerca de un corazón que latía más fuerte que nunca.
Me desperté en mi cama sobresaltada, pero también aliviada al comprobar que aquello tan sólo había sido un sueño, bueno, más bien una pesadilla fruto de mi delirante imaginación.
Una pesadilla cargada de erotismo y horror.
