Capítulo 1
Lunes en la mañana. Luego de un soleado y cálido fin de semana la rutina del día a día comenzaba nuevamente. Las calles de Tokio estaban particularmente tranquilas y los peatones no tenían prisa, por lo que admiraban los escaparates de las tiendas con suma paciencia. Todas esas personas parecían acostumbradas a hacer lo mismo cada mañana, todos menos Hinata. El pequeño peli naranja caminaba con prisa entre las personas releyendo sus apuntes de la semana anterior, mientras que con su mano libre tapaba su boca al bostezar.
La universidad era agotadora, medio año y aun no lograba acostumbrase al horario.
Hinata extrañaba poder dormir ocho horas, sin una alarma que suene en su oído, sin un mensaje de un compañero diciendo que se levante cada mañana. Si, sus amigos tenían que recordarle que había clases cada día. ¿Pueden creer que antes de ser aceptado pensó que la jornada escolar era igual que en las películas juveniles? Así de idiota podía llegar a ser. Luego de ser aceptado, JAMAS volvió a ver una de esas películas, y si lo hacía en las escenas de jornadas escolares se paraba frente al televisor gritando: ¡Mentira!
Quitando todo lo anterior, la universidad estaba llena de responsabilidades. Tareas de un día para el otro, trabajos que no podías terminar en casa, deberes, apuntar cada palabra que el profesor dice, más deberes… ¡Maldición! No recuerda la última vez que se sentó frente al televisor a ver un partido de voleibol. Quería más días libres.
—Cuidado jovencito.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que no noto cuando chocó contra un joven empresario. Tras una reverencia y una disculpa, siguió su camino acelerando el paso. No quería llegar tarde, de nuevo.
Entre bostezos y golpes con personas, además de casi tropezar con sus propios pies, llego al establecimiento. Este mismo abarcaba casi cuatro cuadras o más, lleno de ventanales inundaban los pasillos con luz solar matutina y amplios espacios verdes para tomarse una corta siesta y disfrutar el tiempo libre. Hinata dejo de pensar en siestas, porque de ancho se estaba durmiendo de pie, y corriendo fue a su salón.
Mierda, tarde de nuevo, pensó conteniendo un bostezo.
Al llegar al salón, la clase lo miro para nada impresionada. Era costumbre verlo llegar tarde, hasta el profesor esperaba unos minutos más para empezar con la clase.
—Hinata, debes llegar más a horario. Si así piensas ser cuando seas entrenador, déjame decirte que no te ira muy bien—hablo el profesor desde detrás de su escritorio.
—Lo siento. E-el despertador se descompuso—se disculpó, haciendo una reverencia.
—Ve a sentarte, y cuando terminemos quédate uno minutos, tengo que hablar de algo contigo.
Hinata trago con fuerza. No creía haber llegado tan tarde como para ser castigado, solo fueron unos minutos de diferencia del horario establecido. Con manos sudorosas y temblando, se ubicó en si asiento, prestando atención a la clase en curso.
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Estirando sus brazos soltó un sonoro suspiro. Estaba agotado, y eso que era la primera clase de siete. Cuando la clase finalizo, sus compañeros recogieron sus cosas y uno por uno fue dejando la sala, Hinata hizo lo mismo pero se quedó frente al escritorio del profesor esperando su castigo o lo que fuese que quería decirle. Estaba nervioso, lo admitía, sus manos aun transpiraban en el interior del bolsillo de su sudadera.
—Hinata, veo que no te fuiste—hablo el profesor, guardando carpetas con papeles de la clase en uno de los cajones de la mesa.
Por favor, no me suspenda, rogo para sus adentros sintiendo las gotas de agua recorrer su rostro.
—Últimamente tanto yo como los demás profesores hemos estado pendiente de ti. Tienes un conocimiento muy amplio sobre los temas que damos, en especial si se trata de voleibol. No detallamos cada deporte cuando tomamos trabajos, pero si lo mencionamos tu eres quien más amplia el tema. Jugaste voleibol en preparatoria, ¿verdad?
—S-sí señor.
Tranquilízate, no va a matarte. No es como los demonios maestros de las extrañas películas de Tanaka. Aun así, Hinata seguía imaginados al profesor con alas y colmillos, clavando la carta de suspensión entre sus ojos.
—En ese caso, creo que esto te gustara. Con ayuda del directorio, logre que la liga nacional te deje trabajar con el equipo d voleibol como un aprendiz del entrenador. ¿Quieres ser entrenador verdad? Esta es una oportunidad única de aprender como es el trabajo. ¿Qué dices?
Hinata estaba atónito, recopilando cada una de las palabras que había salido de la boca del profesor, parecía que hasta su respiración se había detenido. La liga oficial de Japón, le estaban dando la oportunidad de verlos practicar, aprender de un gran entrenador que había llevado a incontables victorias al equipo. Cómo estaba controlándose para no saltar de alegría y abrazar a su profesor, ni él lo sabía.
—¡Claro que acepto! ¿Cuándo empezare? ¿Qué tengo que llevar? —casi gritó, irradiando felicidad en su amplia sonrisa.
—Calma, calma. Empezaras mañana. Tendrás que ir martes y jueves por la mañana, sería en horaria escolar pero tranquilo, no se te pondrá inasistencia. Y como el entrenador estará a cargo de ti te dirá cuando puedes irte y si hay cambios en la hora.
Sobrecargado de emoción y felicidad, estrecho la mano de su profesor y entre rápidas reverencias daba las gracias, de una forma casi inentendible. Salió corriendo del salón. Quería saltar, gritar, correr, rodar por el suelo, comer…no había desayunado. Al diablo el hambre, estaba feliz.
La liga oficial, un equipo de profesionales…donde él estaba.
Se detuvo abruptamente en medio del pasillo, su sonrisa se desvaneció. Después de tanto tiempo iba a volver a verlo, y no estaba listo. Lo que paso la última vez, sus palabras, permanecían en su pecho como llamas ardientes que no se extinguían.
—Porque no lo pensé antes. Maldición— murmuro, chasqueando la lengua.
Ignorarlo, eso era lo que tenía que hacer. Hinata conocía a la perfección al rey de la cancha, con su cerebro de pescado de seguro ni se acordaba de él o del resto del equipo. Estrujo la remera sobre su pecho, lo que hacía tres años lo había llevado a abandonarlo todo, estaba de vuelta. Esa maldita opresión asfixiante había vuelto. Contando hasta diez logró calmarse, retomando el camino hacia su próximo salón donde la clase no tardaría en comenzar.
Si de algo estaba seguro, es que no se echaría atrás. Era una oportunidad única en la vida, y así como él lo hizo, no la iba a dejar pasar.
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Al día siguiente, Hinata estaba frente a las puertas del salón a la hora exacta. Nunca había sido tan puntual en su vida. Le sudaban las manos, su cuerpo temblaba y su boca estaba seca. Tenía miedo, mejor dicho estaba aterrado, pero a la vez ansioso e impaciente. Ya cálmate, pareces un idiota, solo entra de una maldita vez y deja de ser un cobarde. Nadie volverá a darte esta oportunidad nuca, se reprochó golpeándose con ambas manos las mejillas.
Sus manos temblorosas sujetaron el picaporte y cerrando los ojos en un intento de calmarse abrió la gran puerta. Sus ojos se abrieron, dejándole visible la vivida realidad.
—¡Kageyama, aquí!
Estaba mal alto, corpulento, maduro. ¿Dónde había quedado el idiota de dieciséis años que lo golpeaba por sus malas recepciones? Hinata no podía asimilarlo, pero allí estaba, cumpliendo su mayor sueño.
El dolor volvió, más fuerte que nunca.
