TELA DE ARAÑA Capítulo 2- Sangre
Resbaló en una placa de hielo, y durante un agónico momento, temió caerse. Pero logró recuperar el equilibrio dolorosamente, derrapando torpemente en la ladera cubierta de nieve.
Sus músculos empezaban a fallar, y sabía que no tardaría en colapsarse, desgarrado por el sobreesfuerzo y las heridas.
Se estaba mareando…
El latido brutal de su corazón en el pecho, la agonía en sus músculos, el shock, la pérdida de sangre… Apretó los dientes.
Rendirse ahora no era una opción.
Ante él los árboles se alzaban cada vez más cerca, retorcidas ramas extendiéndose entre la niebla, como dedos esqueléticos cubiertos de espinas. La neblina se arremolinaba en torno a los troncos cubiertos de musgo gris y corteza negra, reptando lánguidamente entre la oscuridad y la fría luz de la luna, que apenas lograba penetrar la primera línea vegetal.
Más allá la tiniebla era absoluta.
Una negrura impredecible, que parecía contener un millar de susurros de insecto, murmullos huecos, siseos quebrados. Vapores de muerte y agonía apenas perceptibles, flotando en aire estancado y húmedo.
Sintió como se le aceleraba aún más la respiración. Un estremecimiento recorrió violentamente la curva de su columna. La temperatura parecía descender a medida que se acercaba a la espesura.
Detrás de él, los gritos eran cada vez más fuertes, más violentos, más urgentes.
"Tienen miedo de seguirme al bosque oscuro."
Su terror podía respirarse en la desesperada andanada de conjuros.
Rayos luminosos y explosiones, surcaban la noche, intentando detenerle a cualquier precio. Zigzagueó tambaleante, esquivándolos apenas. Una hazaña más producto de la suerte, y del nerviosismo de sus atacantes, que de sus propios agotados reflejos.
Empezaba a nublársele la vista, la cabeza le palpitaba dolorosamente, como algo hinchado y torpe, pero no se permitió aflojar el ritmo. Si lograba llegar al bosque y ocultarse en la niebla, quizás podría perderlos. Y si no se adentraba demasiado, quizás la espesura no se sintiera lo bastante amenazada como para atacarle.
Una posibilidad nimia, nadie que hubiera penetrado más allá de la linde del lugar maldito, tras el cierre de sus fronteras, había sobrevivido. Era una opción mala contra otra aún peor. Y antes de ser capturado, torturado, despiezado hasta el último resquicio de sí mismo, forzado a revelar los secretos de la orden… elegía esto. Una manera de norir más rápida y menos dolorosa, que no pondría en peligro a sus seres queridos.
Traspasó la primera línea de árboles, corriendo con piernas cada vez más débiles, y comenzó a adentrarse en la extraña atmósfera sin aflojar el ritmo enloquecido. Tropezando con raíces que no podía ver en la oscuridad, resbalando en la nieve y el hielo. A punto de derrumbarse de puro agotamiento.
-¡Detente Malfoy!- el rugido a su espalda vino acompañado de una violenta explosión, a solo medio metro de donde él se encontraba. Esta vez el hechizo fue más potente, impulsado por el miedo, y el ansia desesperada del lanzador.
La onda expansiva levantó rocas, trozos de corteza… polvo de nieve que lo cegó todo durante un momento. Y la potencia del impacto lo lanzó contra uno de los árboles, con la fuerza de un monstruoso mazo.
Su columna chocó con un sonido desagradable de huesos rotos. Su cráneo crujió ominosamente. Sus palmas, en un intento por amortiguar el golpe, se desgarraron contra la corteza, derramando sangre caliente sobre la nieve, e imprimiendo la huella roja de sus manos en la madera. Su brazo izquierdo lanzó un aullante trallazo de dolor, que lo habría hecho gritar, de no haberle arrancado el impacto todo el oxígeno de los pulmones.
Gimió débilmente, y su cuerpo se deslizó, lentamente, hasta derrumbarse en la nieve. Un colchón helado que alivió, marginalmente, el ardor del dolor que lo consumía. Sus pestañas aletearon erráticamente, a punto de caer inconsciente.
Su cerebro parecía a punto de pararse.
La cuchilla del dolor demasiado agresiva para una carcasa tan maltratada.
Todo su cuerpo se estaba apagando. La única sensación clara en la bruma de la agonía, era la sensación húmeda de la nieve que se derretía, lentamente, contra su mejilla.
El crujido de los pasos de sus persecutores a su lado, el sonido de sus sádicas risas, el susurro de sus túnicas…
"¡Reacciona, vamos reacciona!" Se gritó a sí mismo. Parpadeó consiguiendo apenas volver a la realidad.
-¿Qué os parece que hagamos con Malfoy?- la voz le recordó a algo rancio y sucio.- ¿Por qué no divertirnos antes de entregárselo al señor tenebroso?- La lujuria goteó del sonido, igual que pútrido cieno. El coro de asentimientos y comentarios soeces, hizo que frunciera el ceño con repugnancia, pero no se movió, no podía.
Unas manos lo agarraron bruscamente por los hombros, girándolo, hasta dejárlo tumbado de espaldas sobre la nieve y el hielo. A su alrededor, como una jauría de miserables chacales, percibió la presencia de seis mortífagos.
Las túnicas negras recortadas contra el blanco de la nieve, y las capuchas bañando en sombras sus rostros y sus máscaras, los convertían en criaturas extrañas, sin apenas rasgos, más allá de las curvas afiladas de sus sonrisas lascivas.
Les ofreció una mirada helada. Llevaba años sabiendo que este día podía llegar, y no había sacrificado tanto, y luchado hasta este punto, para derrumbarse ahora.
-Vaya, vaya, parece que aún le queda orgullo ¿e? Lo arreglaremos rápido.- el bufón más cercano le propinó un puntapié que le hizo tomar aire bruscamente, luchando por no gritar. Definitivamente tenía al menos una costilla rota.
El metal brilló repentinamente, y el frío helado de la noche arremetió contra su piel, cuando el mortífago le desgarró la túnica en un corte que desgajó la tela en dos, desde el cuello hasta la base de su pubis.
Maldijo interiormente.
En su prisa por escapar de Malfoy mannor, apenas había tenido el tiempo suficiente para ponerse la túnica. Y desgraciadamente, debajo, no vestía más.
"Si salgo de esta, no volveré a dormir desnudo."
-Menudo bocado. ¿No creéis?- por su desagradable voz, supo que no tendría más de treinta años. Risas crueles estallaron a su alrededor. Realmente aquel idiota, parecía haberse erigido el líder improvisado del grupo.
-¡Vamos enséñale quien manda!
-¡Domalo!
-¡Muéstranos como grita!
Ante el aliento de sus compañeros, hinchó el pecho con mal disimulado orgullo. Y se inclinó sobre él.
Draco le dedicó una mirada asesina. El aliento pútrido del hombre le rozó el rostro.
-¿Algo que decir Malfoy? ¿O se te ha comido la lengua el gato?- rió de su propio chiste, mientras los otros coreaban, inconscientes del sutil movimiento de la mano del rubio. Había localizado la varita de su atacante, malamente guardada en el bolsillo en el calor del momento. Si se estiraba un poco más…
Algo se movió en la oscuridad tras el mortífago.
Draco aguzó la vista. Algo… algo… allí había algo. Entre la niebla. Se movía lánguidamente, perezoso. Miró a su alrededor. Nadie más se había dado cuenta, demasiado absortos en su triunfo. Volvió la vista a las sombras. Cada vez había más de aquellos extraños movimientos.
Sintió como se le aceleraba de nuevo la respiración, y sus pulmones se apretaban dolorosamente contra los bordes afilados de sus costillas rotas.
"¡Los idiotas han olvidado dónde estamos!"
-¿Malfoy qu…?- su mirada aterrada llamó la atención del hombre… demasiado tarde. El movimiento tras ellos, se solidificó en gruesas raíces pobladas de espinas largas, afiladas como picas. El primer ataque se enroscó en torno al hombre que se cernía sobre él en un movimiento rápido como el de una serpiente.
Las raíces rodearon su torso, sus espinas desgarrando la carne blanda de su vientre, la sangre salpicó violentamente la nieve… y sus entrañas se derramaron sobre Draco.
Una cascada repugnantemente pegajosa, caliente y roja, como melaza.
Todavía retorciéndose, tratando desesperadamente de escapar, las raíces lo arrancaron de encima de él, arrastrándolo con ellas a la oscuridad. Sus aullidos duraron un instante más, luego se apagaron con un gorjeo ahogado.
Los otros gritaron.
"Demasiado tarde."
El caos estalló en el claro.
Más raíces surgieron de otros árboles, pero esta vez los mortífagos estaban preparados. Para lo que no estaban listos, era para las acromántulas. Arañas enormes, del tamaño de perros o caballos pequeños, que se descolgaron de las ramas ocultas en la oscuridad. Descendiendo sobre los invasores con mandíbulas cargadas de veneno. Escupiendo redes de pegajosa telaraña, atrapándolos, devorándolos aún con vida. Los horribles gritos de sus víctimas llenaron el claro.
Draco no podía parar de temblar.
Tres más cayeron en este primer asalto de las arañas. Sus aullidos de socorro fueron ignorados por los dos compañeros que aún quedaban en pie. Demasiado ocupados en tratar de escapar.
Un hechizo cortante alcanzó a una de las arañas seccionándole un par de patas. Su sangre verdosa derritió la nieve bajo ella mientras emitía un extraño sonido agudo, de dolor. Medio siseo, medio chillido.
El mortífago sonrió victoriosamente… quizás demasiado pronto.
Largas, elegantes, poderosas patas de araña, se descolgaron tras él. Draco contuvo el aliento cuando el nuevo arácnido salió a la luz de la luna. Su quitina, oscura y brillante como obsidiana, reflejaba espectralmente la luz del astro nocturno. Sus poderosas mandíbulas, brillantes de veneno, chascaron. El resto de arañas se aparataron respetuosamente de él, retirándose en un amplio círculo expectante. Era tan grande como un dragón pequeño, y sus largas, potentes patas, no tuvieron ningún problema en derribar al intruso.
El mortífago rodó aterrado. Lanzando un hechizo tras otro sobre la gigantesca acromántula. Pero sus conjuros se disolvieron sobre su quitina como si fueran agua.
El arácnido levantó una de sus patas terminadas en afiladas puntas, como cuchillas, y lo empaló de lado a lado, como un estudioso empalaría alfileres en su preciada colección de insectos.
El hombre lanzó un único desgarrado aullido… y quedó inerte.
El último mortífago, aterrado, completamente rodeado, incapaz de escapar, loco de desesperación. Levantó su varita…
-¡Avada kedavra!- gritó temblorosamente. El relámpago verde golpeó a la gran acromántula…y se disolvió en el aire. Finalmente, sin salida, los ojos desorbitados. El hombre levantó la varita una última vez… y su cuerpo se derrumbó en el suelo. Había preferido suicidarse a ser devorado con vida. Draco no le culpó. De haber tenido su varita con él, quizás hubiera hecho lo mismo.
Las arañas se lanzaron con agudos chillidos, a devorar a sus presas. Crujidos de hueso, desgarros de carne y músculo, el olor de la sangre, los últimos pequeños desesperados gemidos de agonía de quienes aún estaban vivos, llenaron el pequeño claro.
Ahora era el único que seguía con vida.
Draco sabía que solo era cuestión de tiempo que alguna de las arañas fuera a por él. Y también sabía que no podía escapar.
Exhaló temblorosamente. El dolor, el shock de todo lo que había pasado, el cansancio… parecía incapaz de dejar de temblar, y empezaba a sentir la cabeza pesada, como rellena de algodón. Poco a poco su mente se estaba apagando. Parpadeó lánguidamente, agradecido. Al menos si quedaba inconsciente no sufriría. Pequeños, nuevos copos de nieve, comenzaron a caer. Deslizándose silenciosamente en la noche, cubriendo lentamente las manchas de sangre. Posándose sobre su piel afiebrada en delicadas caricias.
Un golpe de brisa le revolvió el cabello. Inmediatamente, la enorme acromántula se irguió, tensa. Levantó la cabeza como si hubiera percibido algo. La vio chascar las mandíbulas una vez, nerviosamente. Y giró la cabeza hacia él. Sus brillantes ojos verdes, intensos, profundos, se le clavaron como espolones. Había en ellos una extraña inteligencia que lo hizo estremecer.
"¿Una araña de ojos verdes?"
La criatura giró sobre sus patas, y avanzó cautelosamente hasta detenerse frente a él. Recorriéndolo con la mirada, estudiándole.
Para entonces, estaba tan cansado... La araña se inclinó, sus poderosas mandíbulas impregnadas de veneno le rozaron el cuello. Estaban frías y resbaladizas. No pudo evitar temblar aún más.
"¿Malfoy?"
Finalmente la oscuridad lo engulló.
Continuará
