No le creas al reflejo

~ ~ ~ Charlotte Mederek, 16 años - Distrito 2~ ~ ~

La luz se cuela en mi habitación por el pequeño desgarrón que Hitem hizo a la cortina hace dos años, cuando intentó cerrarla a la fuerza y no se dio cuenta de que estaba enganchada en un clavo. El resultado es que más o menos a las seis de la mañana ingresa a mi habitación un pequeño óvalo de luz que me da justo en la cara.

Como despertador, resulta bastante efectivo.

Me siento en la cama, aprovechando los escasos minutos a solas de los que dispongo y recojo mi larga melena rubia en una nudo que aseguro con un lápiz que encuentro sobre la mesita de noche. Me levanto y estudio mi rostro en el espejo manchado que se apoya, en precario equilibrio, contra el mueble en el que guardo mis escasas posesiones.

La mayor parte de la gente creería que al ser del Distrito 2 tendría una vida más o menos acomodada, pero lo cierto es que desde que puedo recordar siempre hemos vivido en la miseria. No siempre fue así, claro está, pero la verdad mi memoria no llega hasta la época en la que papá trabajaba como agente de paz en el Seis y mi familia disponía de un poco más de lo mínimo para sobrevivir. Pero, por supuesto, eso fue antes de la lesión que le destrozó la columna y lo obligó a vivir para siempre postrado en una silla de ruedas.

También fue antes de que Merah (me niego a llamarla mamá), nos traicionara a los tres.

Mi columna se sacude con un estremecimiento, producto no de la tristeza sino de la ira asesina que me invade cada vez que pienso en la fatídica tarde en la que, siendo aún una niña, me escabullí en la casa del vecino y los encontré.

Viéndolo en retrospectiva, es posible con escasos siete años haya sido incapaz de comprender a cabalidad lo que estaba sucediendo, sin embargo mi mente infantil registró que estaba mal y lo interpreté como una traición a mi padre, el mismo padre que cada noche se impulsaba hasta mi habitación en su silla de ruedas para darme un beso de buenas noches.

Escucho movimiento en la cocina y asumo que Merah se ha levantado y ha comenzado a preparar el desayuno. Meneo la cabeza y me cambio rápidamente por mis ropas de exteriores, definitivamente no pasaré las próximas dos horas atrapada en este lugar con mi madre tratándome zalameramente. He pasado poco más de la mitad de mi vida evitándola y a pesar de que hoy es la Cosecha no pienso estar aquí para darle la oportunidad de que trate de iniciar, una vez más, uno de sus estúpidos discursos de "cometí un error".

Me paso la camiseta evitando desatar el nudo de mi cabello y cierro las presillas de mis viejas botas. Me inclino hacia la ventana y retiro con cuidado el sucio cristal. Lo apoyo contra la pared y deslizo mis piernas hacia afuera.

-¿Lottie?- ruedo los ojos ante el estúpido apodo y siento mi garganta cerrarse por el asco que me produce escuchar la voz de la mujer que me trajo al mundo dieciséis años atrás. Me dejo caer hacia fuera y mis rodillas absorben el impacto.

Me escabullo por el jardín, rodeo la casa y verifico que nadie me haya seguido. Detrás de un tupido arbusto, justo al lado de la entrada al sótano, encuentro la caja con mi colección de cuchillos y selecciono tres. Considero por un momento la posibilidad de llevar también el arco, pero tengo menos de una hora para salir antes de tener que volver para cambiarme por mis mejores ropas e ir a la Cosecha.

Sopeso la posibilidad de ir de cacería, pero tengo tan poco tiempo que en su lugar doy un rodeo hasta llegar a la limitada porción de bosque que tenemos en nuestro distrito, en su mayoría cubierto por tierras desérticas, y me dedico a afinar mi puntería por un rato.

Encuentro con facilidad un arbusto de bayas y con su jugo, trazo una diana pequeña con la que me entretengo durante un rato. Lanzo los cuchillos que se clavan con facilidad en el centro del blanco. Al cabo de un rato levanto la cabeza y calculo cuanto tiempo ha pasado desde que salí de casa.

Suspiro, recojo mis cuchillos y me dirijo, silenciosa como un ratón, para cambiarme de ropa.

La mayor parte de las chicas de mi edad se apartan de mi camino cuando me ven pasar. No es que sea agresiva o peligrosa, pero cuando decides, desde que eres una niña, que no quieres tener amigos, inevitablemente terminarán considerándote una chica rara. La verdad ya me he acostumbrado a las burlas y a que me señalen con el dedo.

La Cosecha se vive de una manera diferente aquí, donde cada año se decide, con semanas de antelación, quién se presentará como voluntario para traer gloria al distrito y todo eso. Sin embargo aún hay años en los que alguna chica osada decide hacer caso omiso de ello y es entonces cuando damos un espectáculo a todo el país, con dos chicas o chicos peleándose frente a las cámaras por cuál de ellos irá a los Juegos.

Este año el puesto entre las chicas se lo llevó Taissa Bloombur, quien logró conquistar el primer puesto en la academia de entrenamiento.

Puede que la mayor parte de las personas entre 12 y 18 años en los 12 distritos estén aterrorizados hoy, pero yo no soy una de ellas. A diferencia de los demás sé que aún y cuando mi nombre salga en el sorteo, no seré yo quien vaya a la Arena.

Escondo rápidamente los cuchillos, me cuelgo del marco de la ventana y me impulso hacia arriba para entrar a mi habitación. Me cambio rápidamente y salgo hacia la plaza, donde ya se encuentra la mayor parte de nuestro distrito.

Me apresuro hacia la fila de toma de asistencia y de ahí me dirijo hacia el corral de la franja de dieciséis años, sin embargo en medio de mi carrera no consigo ver el pie que se interpone en mi camino y caigo, estrepitosamente, en el suelo.

De rodillas, con las manos sangrando ligeramente espero a que alguien se disculpe o me ayude a levantarme. Nadie lo hace. En su lugar, escucho las risas y los cuchicheos de complicidad.

-¿Y bien?- Levanto la mirada y me encuentro con Taissa, la chica que será voluntaria, en todo su esplendor.

-¿Y bien qué?- le respondo mientras me pongo de pie y me sacudo el polvo que se ha pegado a mi vestido.

-¿Vas a disculparme?

-¿Qué?

-Has ensuciado mis zapatos- dice mientras me enseña su pie.

La miro entrecerrando los ojos y le digo:

-Tienes que estar de broma.

-Eso no me ha sonado a disculpa.

-Porque no lo es.

-Alguien debería enseñarte modales, tal vez tu madre, aunque claro, ¿qué puede saber ella sobre modales?- dice mientras me sonríe.

Estoy a punto de darle un bofetón cuando se acerca a nosotros un agente de paz y nos ordena ir a nuestros lugares. Ella sonríe y camina, obedientemente, hacia el área de diecisiete mientras yo me dirijo hacia la mía.

Me desconecto por un rato mientras la acompañante del Capitolio, que trae puesto un traje rojo con pequeñas motas amarillas y negras, que me hacen pensar en una fresa, lee el Tratado de la Traición, siento la cara caliente por la ira y escucho un zumbido en mis oídos. Logro reconectar mis oídos justo para oírla decir:

-¡Las damas primero!- introduce su mano, con largas uñas artificiales en la urna de cristal y rebusca por un rato, para darle dramatismo.- ¡Charlotte Mederek!

Siento mi corazón golpear dolorosamente contra mis costillas en los segundos antes de que Taissa se ofrezca como voluntaria. El instante se alarga y se alarga y escucho a la acompañante repetir mi nombre. ¿Qué pasa? ¿Por qué no he escuchado el grito? Mis ojos buscan, con desesperación la espigada figura de Taissa y la encuentro sonriéndome con suficiencia.

Alguien me empuja suavemente desde atrás y empiezo a caminar, casi por inercia, hacia el escenario.

~ ~ ~ Zadlen Rome, 18 años- Distrito 4~ ~ ~

Mi hermano Crees dice que esta sala dentro de la Academia de entrenamiento le recuerda una sala de ballet, solo que sin las barras en las paredes. Supongo que debo creerle.

No tenemos nada ni remotamente parecido a una sala de ballet en el Cuatro y, además, él es el único que conoce el Capitolio. Aún hoy, diez años después de haber sido coronado, debe estar viajando de cuando en cuando por alguna de sus responsabilidades de Vencedor, así que su palabra es la ley.

Estoy parado en medio de la sala, cuyas paredes están cubiertas de espejos. Tengo una cuerda en la mano, el pecho me sube y me baja a causa del esfuerzo físico y el sudor se desliza, cálido, sobre mi esternón. El cabello, que se me ha aclarado por el sol, me cae húmedo y desordenado sobre los ojos. Lo aparto con un deje de impaciencia y flexiono un brazo hacia atrás, haciendo que la articulación del hombro cruja suavemente, repito la acción con el otro brazo. Cuando lo hago, los músculos de mi pecho se marcan contra la tela mojada de la camiseta y yo sonrío.

Me agacho y tomo el botellín de agua del suelo. Le doy un trago largo y tomo los dos extremos de la cuerda para empezar a saltar de nuevo.

Me agrada ver como la pierna ortopédica funciona a la perfección, con la articulación del tobillo flexionándose en el momento correcto y absorbiendo el impacto de los saltos sin mayor problema.

Ya han pasado cinco años desde el accidente. El día en que perdí no solo a papá sino también un cuarto de mi pierna derecha. La luz del sol se cuela por las pequeñas ventanas que están pegadas al techo de la sala de entrenamiento y que sirven para ventilar la habitación.

La franja de cielo azul me recuerda el día de la tragedia.

La pesca había dejado de ser un medio de subsistencia desde el momento en que Crees ganó los Juegos y nos convertimos, automáticamente, en una de las familias más ricas del distrito. Aun así papá, Crees y yo solíamos salir en la barca a pescar de vez en cuando. Papá solía llamarlo nuestro "día de chicos". Ese día en concreto Crees no pudo ir con nosotros, había partido hacía casi dos semanas y a pesar de que a mis escasos trece años no era, ni por asomo, tan buen timonel como mi hermano, papá decidió que podía confiar en mí y me cedió el manejo de la barca.

No contábamos con que la dirección del viento cambiaría de repente y las olas, que ya de por sí eran más grandes de lo recomendado para una barca tan grande con solo dos marineros, se volvieron gigantescas. Recuerdo con claridad la voz de mi padre, con un anzuelo en la mano, gritándome que virara a estribor antes de que la ola impactara contra el costado del barco. El navío se inclinó, a punto de volcar, pero no lo hizo. Sin embargo nosotros sí que caímos al agua.

Tardé unos segundos en emerger y cuando lo hice descubrí, con terror, que el anzuelo le había desgarrado a papá buena parte del antebrazo izquierdo y estaba sangrando una barbaridad. A nuestro alrededor el agua se volvió roja y ambos nos miramos con idéntico espanto.

Era temporada de tiburones.

Lo primero que sentí fue el roce de su cuerpo contra mis pies descalzos. Luego la aleta me arañó el codo y lo siguiente que vi fue el cuerpo de papá siendo partido por la mitad por una hilera de dientes aterradora.

No estoy seguro de si grité o no, todo lo que sé es que el aire en mis pulmones no era suficiente para poder oxigenar mi cuerpo por completo mientras nadaba, desesperado, hacia la barca, siempre demasiado lento.

Logré llegar justo hasta el borde antes de sentir el dolor, agudo y punzante, en mi pantorrilla derecha. Fue cegador. Me debatí por lo que parecieron horas y me pregunté, vagamente, porque el tiburón no me había comido aún. Ahora que lo pienso he llegado a la conclusión de que posiblemente aún era demasiado joven para poder tragarme de un bocado, como el otro había hecho con papá.

Intenté, aferrarme a algo, lo que fuera, y mis dedos encontraron una cuerda. Tiré de ella por inercia y el arpón cayo, pesado y afilado, sobre mi mano.

No había tiempo para pensar. Actué por un instinto que me salía de lo más profundo de mí ser. De alguna manera mi brazo consiguió el ángulo que necesitaba y la punta afilada se hundió, primero, en uno de los ojos oscuros y depredadores del animal.

Para ese entonces y había entrenado como profesional por más de dos años, sin embargo no creo que exista ninguna clase de preparación para una situación así. El arpón salió del cuerpo del tiburón con un sonido de succión que fue opacado por las olas que aún sacudían el barco. La presión de las fauces de la criatura disminuyó, pero solo un poco. Redirijo la punta del arma, esta vez hacia algún lugar cerca de su nariz y cuando lo retiro empieza a sangrar a borbollones.

Siento el corazón en la garganta. "Debo darme prisa, debo darme prisa." El otro debe estar dándose un festín con los restos de mi padre, pero considerando su tamaño no tardará en acabar y vendrá por mí.

No pienso, solo actúo y atravieso, una y otra vez, a la criatura con la afilada punta hasta que finalmente me suelta y sale flotando boca arriba en el agua.

Sé que su sangre atraerá a otros, necesito darme prisa y ponerme a salvo.

Finalmente logro impulsarme hacia arriba y caigo sobre la cubierta. No sé cuánto tardé en reunir la fuerza suficiente para sentarme, lo que sí sé es que estuve a punto de desmayarme cuando descubrí que la criatura se había llevado mi pie, y una parte de mi pierna durante la pelea. De alguna manera logré conducirme a casa, aunque según Crees lo hice a costa de una buena parte de mi sangre.

Una semana más tarde ya estaba de regreso en casa con una reluciente prótesis de última tecnología, un regalo del Capitolio.

Tenía pensado ofrecerme como voluntario cuando cumpliera dieciséis años, pero el proceso de adaptación a mi nueva pierna hizo que tuviera que ajustar mis planes. Hoy, dos años después, estoy completamente preparado para arrasar en los Juegos. Nadie en este distrito es capaz de darme una verdadera pelea y estoy seguro de que no existe nadie en el Uno o el Dos que pueda hacerlo tampoco. Estoy listo. Ganaré.

Tomo una ducha rápida y me cambio con mi ropa para la Cosecha. Me pongo una camisa azul y unos pantalones que cuelgan de un gancho tras la puerta. Meto la ropa de entrenar dentro de mi mochila y la dejo en un rincón de la sala. Mamá volverá por ella una vez que nos despidamos.

Le echo una mirada distraída al reloj que cuelga sobre la puerta. Faltan doce minutos para la Cosecha. Salgo con calma y cierro la puerta tras de mí. Esta será la última vez que salga de este lugar sin ser un Vencedor. Me dirijo hacia la plaza, donde ya esperan, alineados como botellas en un bar, las personas en edad elegible.

La Cosecha resulta más de lo mismo, con una chica que se ofrece voluntaria y otra, que no es lo suficientemente fuerte, que suspira aliviada.

Llega el sorteo de los chicos. Ni siquiera escucho el nombre del elegido, aunque mi vista periférica capta la actividad en el sector de los quince. Me agrada el sonido de mi voz, toda arrogancia y seguridad, cuando me ofrezco voluntario.

Antes de subir al escenario me giro y veo el rostro de Crees, en calma, entre la multitud, pero menea la cabeza. A su lado mamá solloza en un pañuelo.

La verdad no me importa si no aprueban mi decisión. Esta es mi vida y yo decido como vivirla.

Ambos creen que la fortuna de mi hermano mayor es más que suficiente para sobrevivir por el resto de nuestras vidas, pero yo hago esto por algo más que el dinero.

Orgullo. Simple y llano. No aspiro a nada más que a la gloria. Me he entrenado para esto durante años y no ha sido en vano.

Mamá pensó que había cambiado de idea cuando no me ofrecí como voluntario hace dos años, o cuando permití, hace un año, que Haylon Shell, fuera el tributo. Aunque al final el tipo resultó ser un inútil que murió en el décimo lugar.

No me sucederá nada ni remotamente parecido. Iré, impresionaré a los Vigilantes, ganaré mi lugar dentro de la alianza de los profesionales y, al final, veré sus cuerpos sin vida mientras uso mi corona de Vencedor.

Puedo ver a Crees consolando a mi madre mientras me conducen al Edificio de Justicia. Siento mi mandíbula endurecerse ante la imagen.

"Solo espera, madre. Solo espera"

~ ~ ~ Ariadna Salvatore, 16 años-Distrito 12~ ~ ~

El día había comenzado de manera más o menos normal, al menos para los estándares de un día de Cosecha. Le había preparado el desayuno a papá, Bianca y a Eve. Había puesto en orden las hileras de medicamentos y colocado en la lista los que comenzaban a escasear.

Si algo no podía permitirse era que uno de los pocos médicos del distrito estuviera corto de medicinas, algo que sucedía con mayor frecuencia de lo que queríamos, pues en medio de todos los diagnósticos y tratamientos que papá hacía por caridad y a escondidas del Capitolio, las medicinas eran un bien que nunca resultaba suficiente.

Hoy nos esperaba la segunda cosecha de Bianca y la quinta para mí. A pesar del estado de nerviosismo en que por lo general me ponía la Cosecha, hoy estaba relativamente tranquila, al menos por mí misma. Ni Bianca ni yo teníamos teselas y Eve aún era demasiado pequeña para preocuparse por los Juegos.

Matt, mi mejor amigo, por otra parte, había pedido ocho teselas cuando teníamos doce y otras tantas hace un año, así que al número, ya de por si angustiante que le correspondía con sus diecisiete años se le sumaban dieciséis papeletas más con su nombre.

Emma se encontraba en una situación parecida a la mía y era posible que muy pronto fuéramos aún más parecidas, pues según el último diagnóstico de papá su madre pronto pasaría a mejor vida. Y yo sabía lo que era vivir sin una madre.

Ahora me encuentro dentro del corral del sector de los dieciséis. Traigo puesto un vestido verde botella y Emma se ha encargado de recoger mi cabello, de un negro tan oscuro como boca de lobo, en una trenza tan elaborada y apretada que me estaba causando dolor de cabeza. Intenté aflojarla un poco en cuanto ella se fue a su casa, pero solo contábamos con un espejo en casa y Bianca suele monopolizarlo, así que tuve que hacer lo que pude parándome frente a la superficie refractante del vidrio que protege la hilera de medicamentos dentro del consultorio de papá. La verdad no tuve mucho éxito.

Escucho a la acompañante, una mujer de edad indescifrable que trae un ceñido traje color ciruela y unos zapatos que me producen vértigo, leer el tratado de la traición. Me quedo hipnotizada por un momento, siguiendo la curva de su cintura y preguntándome, vagamente, como es posible que siendo tan increíblemente delgada sea capaz de albergar todos sus órganos vitales en su interior.

La medicina es un tema que me interesa desde niña, pero que empezó a obsesionarme cuando mamá murió al dar a luz a Eve. Recuerdo la impotencia de papá y la dura carga que fue para mí el hacerme cargo de mis hermanas, una de ellas con solo horas de nacida, cuando mi edad ni siquiera llegaba a un número de dos dígitos.

Aún puedo rememorar el momento en que tomé a la bebé Eve por primera vez entre mis brazos como si se tratara de una muñeca.

Papá no podía ni verla los primeros días. Creo que en secreto la culpaba por la muerte de mamá, de no haber sido porque teníamos suficiente dinero para comprar leche de vaca en el mercado mi hermana posiblemente habría muerto al no tener a mamá para alimentarla. Recuerdo haberla alimentado con uno de los goteros para las medicinas de papá. Tardé al menos dos horas, con mi hermana tragando demasiado rápido el escaso contenido del gotero y llorando por más.

El caso de cólicos que tuvo más tarde tampoco fue algo bonito de ver y yo me sentía terriblemente sola, aún y cuando Bianca se aferraba a mi ropa y trataba de ayudarme a tranquilizarla.

Afortunadamente después de un tiempo papá pareció aceptar la muerte de mamá y volvió a su rol de padre.

Veo la cabellera de Emma, corta y rubia, agitarse de izquierda a derecha mientras ella cambia su peso de un pie al otro, en medio de un ataque de nerviosismo. Sé que desearía estar con su madre en estos momentos, que bien podrían ser los últimos, pero la Cosecha es de asistencia obligatoria para todos, excepto para aquellos que se encuentran demasiado enfermos para venir, como es el caso de la señora Evans.

La escolta termina con el tratado y camina, como si bailara, hacia la urna con los nombres de las chicas. Sumerge una mano que bien podría ser una garra y empieza a mover las miles de papeletas de un lado al otro. Finalmente pilla uno entre los dedos y lo saca con aire triunfal. Podrías oír un alfiler caer mientras lo desdobla para, finalmente, leer el nombre de la desdichada chica.

-¡Emma Evans!- el nombre de mi mejor amiga resuena en mis oídos y parece hacerme añicos el cerebro, al menos durante un instante.

Veo a Emma, que está en la franja de las chicas de diecisiete, encogerse por un segundo, luego levanta la cabeza y busca, desesperadamente, a su padre, en cuyo rostro corre una solitaria lágrima.

"¡Emma, no!" pienso desesperada mientras doy un paso adelante. Veo como la cabeza de Matt gira hacia un lado y hacia otro, de Emma hacia mí, que ya he avanzado cuatro pasos sin decir una palabra. Su expresión horrorizada hace eco de la mía.

Pienso en la madre de Emma, que hoy estaba demasiado enferma para poder ver la penúltima Cosecha de su única hija… Y el grito atraviesa mi garganta, destrozándola mientras avanzo otros dos pasos y veo a Emma derrumbarse en el suelo en medio de unos sollozos desgarradores mientras camino, a paso lento pero firme, hacia el escenario.

-¡Me presento voluntaria!

La escolta parece confundida por un momento y parece estar a punto de discutir, pero Haymitch Abernathy, nuestro joven y guapo Vencedor, la silencia con una mirada y la mujer frunce los labios, se endereza la peluca grisácea y me pregunta mi nombre.

-Ariadna- le digo- Ariadna Salvatore.

La mujer parece tener problemas para pronunciar mi apellido, pues lo repite varias veces en voz baja antes de decirlo, a todo pulmón, ante el micrófono. No es de extrañar, el apellido de mi padre ha logrado sobrevivir a lo largo de varias generaciones y proviene del extranjero. Según el libro con la historia familiar que tenemos en casa, llego al país antes de que la guerra lo dividiera en distritos para conformar Panem, cuando aún nuestro territorio recibía el nombre de Estados Unidos, desde un lejano país llamado Italia.

Los sollozos de Emma, me taladran los oídos y apenas si soy capaz de prestar atención a algo que no sean las caritas aterrorizadas de mis hermanas. Veo a Bianca pálida y llorosa entre las chicas de trece y a Eve en los brazos de papá, aún sin ser capaz de entender a plenitud lo que está pasando, derramando silenciosas lágrimas.

Entre los chicos, logro encontrar el rostro, bronceado y atractivo de Thomas Shey, el hijo del alcalde. Me mira con los ojos muy abiertos y las cejas enarcadas, como si fuera la primera vez que me ve. Aunque sé que eso no es cierto. Nunca hemos cruzado palabra pero las miradas compartidas en el colegio se han convertido en algo más bien recurrente. ¿Enamorada? Posiblemente sí. La verdad es que esta es probablemente la última vez que pueda verlo, así que me trago mis lágrimas y me dispongo a admirarlo por última vez. Pero luego me convenzo de que no vale la pena fantasear con lo que pudo ser y no fue, así que aprieto los dientes y corto el contacto visual.

"Por Emma, esto lo haces por Emma" me repito como un mantra. En mi barrido hacia lo multitud mis ojos se encuentran con los de mi padre, que no llora, pero me dedica una mirada de infinita tristeza que hace que se me rompa el corazón.

Primero mamá y ahora yo, es como si estuviera condenado a perder a todas las personas que ama.

"Lo siento", logro articular en silencio mientras la escolta se dirige hacia la urna de los chicos.

"Lo sé" lo veo articular a él. "Te quiero"

~ ~ ~ Bernesse Friesian, 16 años-Distrito 10 ~ ~ ~

La mesa está llena a rebosar y por todas partes escuchas el tintineo de platos, vasos y cucharas. Es la hora de desayunar y no puedes esperar mucho silencio en una familia tan grande como la nuestra.

Kelpie está sentado junto a papá, que está en la cabecera de la mesa, ambos discuten sobre los toros a los que tienen que extraerle semen para las inseminaciones de las novillas. A su derecha tiene a Bianca que está inusualmente callada, posiblemente preocupada porque hoy es su última Cosecha. Pero al menos ella sabe que se librará de ello hoy.

Aseel está junto a mí y mueve el pie incesantemente bajo la mesa. Tengo ganas de pegarle un manotazo para que se quede quieto, pero no puedo ser tan cruel, sé que de los cuatro que aún somos elegibles es el que tiene más miedo de ir a los Juegos, aunque claro, el ser tan torpe no le ayuda. Ni siquiera Texel, cuyo nombre hoy ingresará por primera vez a la lista del sorteo parece estar tan nervioso y eso que normalmente es bastante miedoso.

Papá mira en nuestra dirección y por un momento creo que se ha dado cuenta del nerviosismo de Aseel, pero en su lugar mira a Texel con el ceño fruncido. Miro a mi hermano pequeño y noto que se está comiendo las uñas de la mano derecha, algo que no hacía hace mucho tiempo.

-¡Actúa como un hombre!- le grita papá con su voz de trueno y todos en la mesa nos removemos inquietos.

Mamá nos observa consternada desde la cocina. No ha podido sentarse a desayunar por estar cocinando para los demás.

-Bernesse- me llama- ayúdame con esto- dice mientras llena una gran fuente con huevos revueltos.

Me levanto de la mesa para cuatro personas en las que hemos amontonado siete sillas y ella me pasa el tazón. Observo mis manos, grandes como de chico, y frunzo el ceño.

Afuera aún está oscuro, pero como hoy es la Cosecha debemos levantarnos más temprano para poder terminar antes todas las tareas. Pongo cuidadosamente la fuente en el centro de la mesa, junto al pan y la garrafa llena de leche. Sonrío ante la imagen del líquido blanco. Supongo que para mis padres fue una especie de broma cósmica el darse cuenta, cuando aún era un bebé, que era alérgica a la leche.

Mientras todos llenan sus vasos de café mezclado con la cremosa bebida, yo tomo el mío completamente negro. Al principio arrugaba la nariz ante el sabor amargo, ahora, diez años más tarde, me he acostumbrado a beberlo y no funciono bien sin una humeante taza cada mañana.

Veo a Bianca sirviéndose la mitad de su ración y guiñarle un ojo a Texel que se apresura a servirse el resto. En un día normal Kelpie estaría comiendo apoyado en la ventana para echarle un ojo a los animales en el corral, pero hoy hemos decido comer juntos, como una forma de apoyarnos en un día tan duro para todos.

Si me lo preguntas los Juegos me asustan y no lo hacen a la vez. No creo que lo peor que pueda pasarte sea morir en ellos, pero no veo la muerte como un castigo sino como una nueva aventura. Es el tipo de mentalidad que adquieres cuando cada día tienes que ver a decenas de animales morir en el matadero.

Lo que realmente me aterroriza es el dolor y sufrimiento que he visto muchas veces en la televisión.

Una muerte limpia, eso puedo aceptarla: que te corten la cabeza, que te atraviesen el corazón con una espada… pero agonizar durante días hasta que te mueres, eso sí me parece terrible. El año pasado vi a un chico con un corte en la pierna que encontró refugio dentro del bosque. Al final su herida se infectó y no tuvo la suerte suficiente para que algún otro tributo lo encontrara y lo sacara de su miseria. Tardó cuatro días en morirse.

No me imagino un destino peor que eso.

Como en silencio, escuchando a Aseel animarse un poco y comenzar a tomarle el pelo a Texel con sus bromas. Bianca poco a poco se contagia del ánimo en la mesa y se une a la conversación. Kelpie y papá siguen hablando sobre inseminación, un tema poco adecuado para la mesa, pero bueno, es lo que hacemos.

Kelpie y yo somos los únicos que no heredaron la personalidad explosiva de mamá. Somos más como aguas en calma, como nuestro padre, hasta que nos cabreamos y entonces soltamos todo lo que tenemos dentro sin detenernos a pensar en las consecuencias.

Mamá se sienta, por fin, a la mesa y empieza a comer los sobros de pan, huevos y leche que los demás no hemos tocado. Aun así arrasa con todo, luego suspira y se toca la barriga y masculla algo sobre hacer dieta.

-Así estás perfecta- le dice papá mientras se inclina sobre la mesa y le besa la mejilla. Mamá se sonroja y milagrosamente permanece en silencio.- A trabajar holgazanes- brama papá y todos nos levantamos y nos dirigimos hacia nuestras tareas: mamá se encarga de administrar los productos que se envían al Capitolio, papá irá a revisar a los toros, Kelpie lo ayudará hoy, aunque noto a mi hermano mayor algo distraído. Probablemente pensando en cómo Miura, su mejor amigo, salió Cosechado hace un año y solo logró entrar a los doce primeros antes de que lo asesinara el chico del Cuatro.

Bianca, que se está preparando en veterinaria y cuidado animal, deberá pasar ronda hoy entre las vacas que están cerca de dar a luz y revisar a las dos vacas que se despeñaron hace una semana. Aseel es el más problemático de los cinco. Papá aún no encuentra un lugar en el que consiga hacer el trabajo correctamente sin causar problemas. Mi hermano lo intenta, pero tiene tanta energía en el cuerpo que es incapaz de quedarse quieto, y eso, cuando estás rodeado de un montón de vacas nerviosas, puede ser problemático

Texel apenas está comenzando con un trabajo de responsabilidad en la granja. A sus doce años tiene a su cargo todas las aves de corral: desde las gallinas y pollitos hasta los patos y gansos de papá. Creo que su personalidad nerviosa va bien con esos animales.

Me paro en la puerta que da a los establos y arqueo mi espalda hacia atrás haciendo que cruja. Le doy una mirada al cielo y veo que está lleno de nubes grises. Hoy lloverá. El chico y la chica que salgan hoy en la Cosecha no verán por última vez nuestro distrito con la belleza que lo caracteriza. Una lástima, sería terrible para mi llevarme un día como este como último recuerdo.

Empiezo a levantar las pacas de heno. Son pesadas, pero papá se ha encargado de enseñarme como alzar el peso usando mis piernas y espalda, de manera que en cuanto logro equilibrarme soy capaz de moverlas unos metros. No soy fuerte. Si me enviaran a los juegos no lograría destacar por eso, pero cuando vives en un lugar como este, donde no se puede dejar ninguna tarea para mañana, aprendes a hacer tu parte sin quejarte y lo mejor que puedes.

Una de las vacas muje y yo me acerco y le acaricio el cuello. A su lado, mis manos ya no parecen tan grandes.

-¿Qué pasa Cleo?- le digo y ella bufa y agita la cabeza.- ¿Extrañas a Sin-Sin?- La vaca suelta otro bufido lastimero y empuja con el morro la taza llena de cereal que le acabo de servir, tirándola al suelo. -¡Hey!- me quejo mientras me inclino para recoger el desorden. La verdad es que ha estado insoportable desde que la separamos de su ternero.

Vuelvo a poner el tazón en su lugar y le doy una palmadita en el cuello.

-No se puede tener todo lo que se quiere en la vida, amiga. – le digo mientras me apresuro a alimentar a los animales que faltan. Aun me queda ir al corral a verificar que todos los terneros recién destetados se encuentren bien y luego debo ir a desbrozar el huerto.

Para cuando vuelvo a entrar a la casa ya todos los demás están vestidos con sus ropas para la Cosecha.

-Deprisa Bernesse- me apremia mi madre mientras me empuja hacia el baño.

Consigo darme una ducha en tiempo record y para cuando llego a mi habitación, envuelta en una toalla, mamá ha extendido uno de los trajes de Bianca que le ha quedado pequeño. Frunzo el ceño, porque mi hermana mayor ha de sacarme al menos tres tallas, pero sé que no es el mejor momento para protestar. Me pongo el vestido y me veo en el espejo.

Salta a la vista que la ropa que traigo puesta era de alguien más. Trato de hacer algo con el exceso de tela que tengo alrededor de la cintura, donde el vestido se abomba y se deforma, pero no creo que tenga arreglo. Con un suspiro me peino el cabello y salgo a la sala. Cuando Aseel me ve abre la boca para decir una broma, pero mi mirada asesina hace que se lo piense mejor.

Veo a Bianca y a mamá fruncir los labios ante mi figura.

-¡Oh Bern! ¡Sigues tan delgada! ¡Ya decía yo que eso de que no toleraras la leche sería un problema!- mamá se acerca y me acomoda el cuello del vestido con sus dedos regordetes.

-Humm….- es todo lo que puedo decir.

-Bueno, suficiente de consejos de nutrición- dice papá mientras nos empuja con suavidad hacia la puerta.- Hora de la Cosecha.

Caminamos, a paso rápido, hacia el lugar en el que se concentrará todo el distrito para el sorteo. Bianca, Aseele, Texel y yo nos ponemos en la fila y pasamos asistencia. Cada quien se dirige a su lugar y veo como mis hermanos se remueven inquietos en sus lugares. Kelpie, mamá y papá esperarán pacientemente a que acaben los dos sorteos, el de las chicas y el de los chicos, antes de poder respirar tranquilos.

Yo solo puedo llevarme las manos a la cintura para recoger con los puños el exceso de tela que envuelve mi cuerpo. No levanto la cabeza mientras el alcalde pronuncia su discurso ni mientras Moballine Boballoof, el hombre con cabello púrpura y las pestañas más falsas que he visto en mi vida, se pavonea en sus zapatos de plataforma y anuncia la Cosecha.

Empiezo a pensar en Cleo y como le quitaron a su ternero en contra de su voluntad para vivir un futuro incierto. Aunque claro, Sin-Sin es de una especie especialmente valiosa por la calidad de su carne, así que dentro de poco estará desfilando hacia el matadero. Pienso en que dos madres en mi distrito pronto estarán en una situación parecida a la de Cleo.

Moballine se cotonea hacia las urnas y yo entierro mis dedos en mi vestido prestado con más fuerza. Delante de mí, en el grupo de los de dieciocho Bianca inclina la cabeza hacia adelante y aprieta los puños. ¿Qué hace? ¿Reza? ¿Suplica?

Me doy cuenta de que me he perdido el sorteo porque todo a mí alrededor se convierte en silencio en un segundo. ¡Demonios! ¿Quién ha sido? Veo a mi hermana caer de rodillas en el suelo y se me encoge el corazón. ¡Oh no! ¿Bianca? ¿Han dicho su nombre?

El corazón va tan rápido dentro de mi pecho que puedo escucharlo latiendo en mis oídos. Bianca no ha subido al escenario, debe seguir en el piso porque no puedo ver la punta de su cabeza entre la multitud. Me pongo de puntillas para verla y de pronto me doy cuenta de que todos me están viendo. Por un momento mi delirio de persecución me hace pensar que es por mi vestido.

Dirijo mis manos una vez más hacia mi cintura, tratando de entallarlo, y es cuando Moballine repite el nombre. Mi nombre.

Despego mis labios… tal vez para decir algo, tal vez para gritar. Ciertamente no me vi venir esto. Entre tantas papeletas ¿qué probabilidades tenía de escuchar mi nombre? A mi alrededor las chicas me ven con cara de lástima… no las culpo, yo también lanzaría la misma mirada si no se tratara de mí misma.

Trato de encontrar a mis hermanos, pero estoy tan frenética que no lo consigo. La escolta me llama de nuevo y veo, con horror, que dos agentes de paz empiezan a caminar hacia mí. Empiezo a caminar al escenario mordiendo mi labio y mirando hacia el suelo, negándome a llorar.

No es hasta cuando estoy subiendo las gradas que pienso en mi madre. En como ella será, esta noche, una de las Cleos que llorará por su ternero perdido.

~ ~ ~ Saimon Keane, 15 años- Distrito 6~ ~ ~

-Quédate quieto, Saimon- suspira mi madre por undécima vez en cinco minutos.

No puedo dejar de mover las piernas y una de mis manos ha empezado a golpear rítmicamente el soporte de la silla mientras mamá trata de arreglar el desastre que he hecho con mi cabello en uno de mis últimos ataques.

El fuego ardía y era hermoso, pero tal vez me acerqué demasiado. Observo el vendaje, ligeramente húmedo, que me cubre el antebrazo y que esconde media docena de ampollas y frunzo el ceño. En ese momento no sentí dolor, sin embargo ahora apenas y soy capaz de soportar el roce de la camisa cuando me visto por las mañanas. Aunque la peor parte se la llevó mi cabello.

Mamá me ordena que alce la cabeza y veo mi rostro reflejado en el espejo: los ojos marron verdoso excesivamente brillantes, febriles… las ojeras azuladas que forman dos grandes círculos alrededor de mis párpados. Y el pelo cortado a trasquilones para eliminar los mechones quemados. Mamá pasa la mano por mi hombro y tira al suelo un montón de cortos cabellos oscuros.

Pensamos en raparlo, pero entonces quedaría expuesta la enorme cicatriz que me recorre la cabeza desde la oreja hasta el centro de la nuca.

El accidente sucedió cuando aún era muy pequeño: apenas tenía tres años. Estaba jugando en el taller de papá cuando perdí el equilibro junto al foso. Di una voltereta en el aire y por unos segundos pensé que volaba, unos segundos demasiado cortos, porque entonces impacté el suelo de cabeza y todo se volvió negro.

Me fracturé el cráneo. No recuerdo mucho sobre eso. Estaba muy pequeño y la recuperación fue lenta y penosa. Papá tuvo que vender los dos autos que había restaurado para pagar los gastos del hospital e inclusive después de eso no teníamos suficiente para comprar el costoso medicamento que permitiría que la porción de mi cerebro que se había lesionado con la caída se regenerara correctamente.

En consecuencia el tejido cicatrizó, pero haciendo las conexiones equivocadas.

Aún recuerdo al doctor diciendo la frase "daño neurológico irreversible" cuando mamá me llevó, dos años después, para poder explicar lo que estaba pasando con su niño.

Las crisis llegan sin avisar, pero se vuelven más frecuentes cuando estoy sometido a condiciones de estrés. Supongo que por eso mamá me habla con cautela hoy y a eso se debe que Caddie se mantenga alejada.

Soy una bomba de tiempo. Nunca sabes cuándo puedo explotar, pero cuando lo hago, soy incapaz de controlarme.

Por lo general los ataques son cortos, no duran más de diez minutos, pero son devastadores. Cuando acaban siempre me encuentro a mí mismo tendido en el suelo en medio de un desastre de muebles rotos, papel quemado o personas heridas. Cuando pasa esto último resultan peores para mí.

Me estremezco al pensar en el día en que le fracturé el brazo a mamá o cuando hice que Caddie sangrara por la nariz.

-Quédate quieto- repite mamá con dulzura mientras pasa la tijera cerca de oreja y sigue la línea de la patilla.

Trato de obedecer, pero mi pierna sigue agitándose en el aire, doblada sobre mi rodilla.

-Ya falta poco- promete mamá mientras continúa con la difícil tarea de acomodar lo que queda de mi maltrecho cabello- Sabes que te lo has buscado.

-Sí, señora- respondo automáticamente- Fue mi culpa.

Mamá sonríe haciendo que se formen arruguitas alrededor de sus ojos. A veces me sorprende lo vieja que se ve para sus cuarenta y dos años, pero luego comprendo que ser la madre de una bomba de tiempo produce ese efecto en ti.

-¿En dónde está Caddie?- pregunto mientras ella mete sus dedos en el cabello de mi nuca y vuelve a tijeretearlo. Mamá se tensa.

-Le dije que fuera a jugar afuera.

-Oh. ¿Para que estuviera lejos de mí?

-Saimon…

-No le haré daño.

-Lo sé, cariño.

-¿Tiene miedo?

Ella frunce los labios y duda por un momento.

-No de ti, pero se ha llevado un buen susto y creo que será mejor que hoy no…

-Estoy bien- le digo- lo prometo.

Ella me sonríe y sus ojos se humedecen.

-Listo, hemos terminado.

Me palmotea la espalda y me recorre la nuca con sus dedos delgados para quitar los cabellos que se han pegado a mi camisa y a mi piel y me sonríe desde atrás. Veo su rostro reflejado en el espejo.

-Has quedado muy guapo.

No es cierto, pero le sonrío para hacerle creer que me lo he tragado. Supongo que esto es mejor a andar con una cicatriz enorme expuesta.

-¿Puedo ir al taller?

Su sonrisa desaparece.

-No Saimon. Debes bañarte para ir a Cosecha.

-¿Cosecha?

-Ya hablamos de esto Saimon- dice mientras recoge el peine y limpia las tijeras con los dedos.- Hoy es la Cosecha. Después de hoy solo quedarán tres más para ti.

Lo analizo por un segundo. Veo el reloj que papá arregló hace unos días sobre la encimera de la cocina y asiento.

-Nada de incendios- me advierte ella cuando me ve entrar al baño.

Asiento con la cabeza y me meto al baño. Echo el pestillo y contemplo la superficie quemada de la tapa del inodoro mientras me recargo en la puerta.

Las ampollas de mi brazo y mi cabello quemado se deben a que llené el sanitario con papel, lo rocié con gasolina y le arrojé un cerrillo. La llama inicial fue la cosa más impresionante que he visto en mi vida. Mejor que el día en que por accidente le prendí fuego al cactus que Caddie había traído de la gira en la escuela.

-¿Ya te estás bañando? – grita mamá desde el otro lado de la puerta.

Suspiro y giro el grifo para que el agua helada empiece a correr.

-Sí- le respondo.

Me quito la venda que me recorre el brazo y dejo al descubierto las ampollas, rojas y llenas de líquido. Las meto bajo el chorro de agua fría y siento un estremecimiento en toda la columna cuando cientos de agujas heladas golpean la piel sensible. Me lavo el cabello y me enjabono el cuerpo. Dejo que el agua corra por mi piel durante unos minutos antes de que mamá vuelva a llamarme para ver si estoy bien.

Giro la llave y me seco con una toalla. Junto al lavabo, colgando de un gancho, está la ropa que mamá ha preparado para hoy. Se trata de una camisa azul celeste y unos pantalones a juego. Me ha sacado unos zapatos negros de papá que me van algo grandes y unas medias azul oscuro.

Me visto en silencio y salgo, con el cabello aún húmedo, antes de que mamá vuelva a tocar. Cuando abro la puerta ella está esperando al otro lado, ya con sus mejores galas. Caddie está detrás de ella, con un vestido naranja y su largo cabello oscuro recogido en un moño con un lazo café.

-Hola- le digo mientras me inclino frente a ella.

-Hola… Sai. – su voz es apenas un susurro.

-¿Ya me perdonaste?

Mi hermana sonríe débilmente, sin decir una palabra. Le extiendo un brazo y ella sale, muy lentamente, de detrás de mamá. La mitad de su rostro está cubierto con una pomada rosácea, para tapar la quemadura. Caddie me toma de la mano y me aprieta los dedos.

-Me gusta tu lazo- le digo mientras tomo la delicada tela entre los dedos- ¿Estás nerviosa?

Ella niega con la cabeza.

-No. ¿Lo estás tú?

Mi madre se envara.

-Solo un poco- admito.- La verdad es que no me hace gracia tener que preocuparme por ti también.

Ella frunce los labios y agita la cabeza.

-No lo estés. Estaré bien. Estaremos bien. ¡Y esta noche regresa papá!

Papá ha tenido que ir al Capitolio para verificar el estado de uno de los aerodeslizadores que se emplearán durante los Juegos. Mamá tendrá que pasar sola el día de la Cosecha.

Mamá rodea los hombros de Caddie con el brazo y me toma a mi del codo, con suavidad.

-Vamos a merendar. –anuncia mientras nos conduce a la cocina.

Sobre la encimera veo servidos dos vasos de zumo y el gotero con la morflina que mi madre consigue de contrabando.

-Mamá…- empiezo a decir, pero ella niega con la cabeza y disuelve doce gotas, cuatro más de lo usual, en el vaso y agita el contenido con una cuchara. Me lo tiende y espera a que me lo tome.

Hace años encontró la forma de prevenir los ataques ocasionados por el estrés disolviendo una dosis segura de morflina en agua. Es suficiente para mantener los ataques a raya, pero lo cierto es que también ocasiona que me pasee por ahí como un cadáver animado. Es como estar encerrado en una prisión, solo que la prisión es tu cuerpo. A veces cuando estoy bajo sus efectos siento como si estuviera dando gritos al vacío, pero ninguna palabra sale de mi boca.

Caddie toma su propio vaso, lo golpea contra el mío mientras dice "salud" y se bebe el contenido de un trago. Me mira alzando las cejas y yo la imito. Mamá sonríe satisfecha y va a lavarse los dientes.

El letargo comienza y cuando me doy cuenta ya estoy formado entre los chicos de quince. Todos mantienen una prudente distancia de un metro a mí alrededor, a algunos de ellos los golpeé en nuestra primera cosecha, antes de que mamá descubriera las bondades de la morflina, así que no confían en mí. Antes me molestaba un poco, pero ahora estoy demasiado drogado para darme cuenta.

Mi cerebro se desconecta por completo mientras el alcalde lee su insulso discurso. Los sonidos van y vienen. A veces tienen sentido, otras solo son un zumbido molesto. Sin embargo hay algo que logra penetrar la muralla que insonoriza mi cerebro.

Es mi nombre.

-¡Saimon Keane!

No logro procesar lo que significa y me quedo con los brazos colgando inertes a ambos lados de mi cuerpo. A lo lejos, oigo un grito y luego unos fuertes sollozos. Creo que es Caddie. La busco, pero me cuesta concentrarme en las cosas.

-¡Saimon Keane!- la voz de la escolta me saca momentáneamente del letargo y empiezo a caminar hacia adelante, no porque quiera, sino porque mi cuerpo parece tener vida propia. En mi cabeza se repite una y otra vez la frase "esto está mal, esto está mal, esto está mal"

Al final las palabras se atropellan tanto unas a otras que pierden también su sentido.

Me concentro en mis pies, viendo como primero avanza uno y luego el otro, uno y luego el otro, uno y luego el otro… Me encuentro con las gradas y las subo como un autómata.

No es hasta que llego al escenario y veo a Caddie, entre la hilera de las chicas de doce, con el ungüento corrido, el moño deshecho y el rostro cubierto de lágrimas que me doy cuenta de que me han elegido para ir a los Juegos del Hambre.

Mi cerebro no logra registrar ese hecho antes de volver a sumirse en la neblina.

~ ~ ~ Gessa (Zamarat) Larkeen, 17 años- Distrito 1~ ~ ~

Mi hermana se gira hacia un lado y hacia otro para admirar su vestido nuevo desde diferentes ángulos. Su reflejo de cuerpo entero hace parecer que hay tres chicas idénticas en la habitación, ella, su imagen en el espejo y yo. Aunque claro, yo no traigo un vestido nuevo.

Mamá dijo que era el turno de Gessa de tener un vestido nuevo porque este año se ofrecerá como voluntaria para los Juegos, aún y cuando el año pasado también fue Gessa quien llevó un nuevo atuendo para la Cosecha, el mismo que traigo puesto. Mi gemela da una vuelta, haciendo que la tela de su vestido cruja y ella sonríe, encantada.

-¿No vas a alegrarte por mí, Zamarat?- me pregunta mientras hace un mohín y se pinta la boca de un suave rosado.- Hoy se cumple mi sueño.

Estudio su rostro, cuidadosamente maquillado para disimular las ojeras y el cardenal, que ya amarillea, que tiene bajo la barbilla y emito un suspiro.

-¿Estás segura de que quieres hacerlo?- le pregunto mientras me siento sobre la cama.- Nadie te juzgará por no presentarte voluntaria. Sabes tan bien como yo que es poco probable que tu nombre salga en la Cosecha.

-¿En serio, Zamarat? ¿Tú también? Ya tuve esta conversación con papá hace dos días, estaré perfectamente. Iré y ganaré.

Me muerdo el labio, tratando de frenar las palabras antes de que salgan de mi boca, pero aun así lo hacen:

-Te matarán. Sabes que si tienes uno de tus…

-¡Cállate! – me grita atrayendo la atención de mamá que asoma su rostro, tan parecido al nuestro, en la habitación.

-¿Qué es este barullo?

Mi hermana me dedica una mirada malévola antes de dirigirse a mamá con un puchero:

-Zamarat está cuestionando mis posibilidades de ganar los Juegos, mamá.

Mi madre resopla y me dedica una mirada desdeñosa, que me duele más que una bofetada, antes de decir:

-¿Y ella qué puede saber? ¡Cómo si tuviera idea de lo que se siente el estar preparado!

Tomo eso como el banderazo de salida. Me excuso y salgo rápidamente de nuestra habitación para sumergirme en uno de mis libros antes de que tengamos que salir a la Cosecha en la que veré a mi hermana condenándose a una muerte aún más prematura.

Siento que no han pasado más de unos minutos cuando papá toca la puerta.

-¿Lista para el espectáculo, linda?

No puedo evitar sonreír ante la expresión, despreocupada y cariñosa, que me dedica mi padre.

-Tanto como podría estarlo.

-Tú también piensas que es una mala idea… ¿cierto?

No puedo más que asentir.

-Sí, lo sé.- papá me abraza y me encamina hacia la puerta. Mamá y Gessa ya han salido, posiblemente a presumir el nuevo vestido de mi hermana, una de las tantas cosas que puedes adquirir cuando eres la hija de una Vencedora.

Papá toma a Ruber, que hoy entra por primera vez a la Cosecha, de la mano y caminamos, los tres juntos, hacia la plaza.

A diferencia de los demás niños de doce años del país, a Ruber no la asusta la perspectiva de salir seleccionada. Está tan segura como yo de que Gessa se ofrecerá voluntaria, no importa el nombre que salga.

Cuando llegamos ambas pasamos al registro y luego cada cual camina a su área. Gessa ya está en nuestra franja, con las manos cerradas en puños y la mandíbula apretada. Nunca ha sido la persona más social y el hecho de que lleve años sin ir a la escuela no ayuda. No es como si nuestros padres decidieran que podía dejar de estudiar, mamá simplemente decidió que lo mejor para su entrenamiento era una educación más personalizada, que le dejara más horas para poder practicar cosas como esgrima o lanzamiento de dardos, así que no tiene muchos conocidos de nuestra edad.

Yo por otra parte nunca he recibido entrenamiento, pues como mamá bien lo decidió hace años, Gessa era la fuerte de la familia. Si alguien sería capaz de repetir su hazaña esa sería mi hermana y yo solo tenía que estar ahí para apoyarla en lo que pudiera necesitar.

Saludo con un gesto a Mayploor Scatt, la chica con la que suelo almorzar y tomo mi lugar al lado de mi hermana. Gessa no sonríe, de hecho, está mortalmente pálida y por un momento temo que vaya a tener uno de sus ataques, pero ella simplemente agita su cabellera, que hoy está peinada en perfectos tirabuzones y dirige su atención hacia nuestro escolta.

Vlademal Swoosh es un hombre joven, con brillantes ojos naranja, que se peina el cabello, que suelto le debe llegar hasta la mitad de la espalda, hacia arriba, formando una especie de cilindro. No tengo la menor idea de qué clase de sustancia se aplicará en el pelo para mantenerlo en esa posición que desafía la gravedad, pero visto en conjunto, supongo que pega con sus ojos naranja y sus labios, demasiado llenos para ser producto de la naturaleza.

El hombre lee, con evidente regocijo, el tratado de la traición y finaliza con la frase sello del capitolio: "Y que la suerte esté siempre de su lado".

-¡A lo que vinimos!- chilla con una voz de falsete que me produce cierto ardor en el estómago.- Las chicas primero.

La Cosecha en nuestro distrito se ha vuelto una mera formalidad. Han pasado años desde que no hubo voluntarios para los Juegos, así que no importa que nombre salga, es improbable que esa sea la persona que vaya al final al Capitolio para probarse ante otros 23 chicos, uno de los cuales posiblemente ya conoces de los entrenamientos.

Quienes se ofrecen voluntarios en mi distrito por lo general ganan los juegos u obtienen los primeros lugares. Aunque claro, un segundo lugar sigue estando tan muerto como un vigésimo cuarto, así que solo aquellos que ganan alcanzan la gloria.

-¡Joyden Pluventatch!- lee Vlademal proyectando su voz para que suene más grave de lo que realmente es.

Veo el revuelo en el sector de las chicas de doce. Todos miran a una niña con dos pequeñas coletas, a cuatro o cinco espacios a hacia la izquierda de Ruber, que la mira como si tratara de darle ánimos.

Mi hermana espera los segundos necesarios para volver dramático el asunto y estira su brazo derecho hacia arriba mientras grita:

-¡Me presento voluntaria!

Ni siquiera espera a que den por aprobada su candidatura, me dedica una sonrisita, muy pagada de sí misma y sube, con la misma gracia que una bailarina, los peldaños que dan acceso al escenario.

El escolta le pregunta algo, probablemente su nombre y luego la anuncia con una sonrisa en la cara, claramente satisfecho con el nuevo tributo. El proceso de selección del chico es bastante similar, excepto porque él no hace una pausa dramática antes de ser voluntario. Vlademal no ha terminado de leer el nombre en el papal cuando ya él está gritando a los cuatro vientos lo dispuesto que se siente a matar o morir. Lo reconozco como Alexandrite Rocca. Veo a su hermano mayor, que hoy sale oficialmente de la lista de los elegibles hacer una mueca y el chico, grande y musculoso como un armario, sube al escenario. A mi lado Safirel Sconn emite un sollozo. La veo por un segundo, ligeramente confundida porque ella sale con Onyx y no con Alexandrite, pero supongo que se debe a lo amigos que son.

Los siguientes momentos pasan como un borrón ante mis ojos, hasta que me encuentro a mí misma en la habitación en la que mi familia le dirá adiós a mi hermana por última vez antes de regrese de los Juegos, si es que lo hace.

Mamá la abraza largamente, susurrándole lo orgullosa que la hace sentir. Papá también la abraza, le dice que la quiere pero no se refiere al asunto que nos ha traído hasta aquí, el también cree que es una idea terrible.

Ruber la besa en la mejilla y le dice que debe ser valiente.

Cuando llega mi turno, Gessa me dedica una de sus sonrisas diabólicas y me golpea, no precisamente con suavidad, el hombro derecho.

-No te atrevas a tomar mi lado de la habitación y no toques mis cosas.

Ruedo los ojos ante su estúpida despedida y estoy a punto de replicar cuando sus labios se ponen alarmantemente blancos y el poco color de sus mejillas desaparece por completo. Sus ojos se giran hacia adentro y empiezan a dar vueltas como locos hasta que quedan también en blanco, y mi hermana se desploma, sin un grito, hacia atrás.

El ataque es tan repentino que nadie tiene tiempo para frenar su caída y la base de su cráneo se golpea contra el filo de la mesa tras ella.

Escucho a mamá gritar mientras papá toma a Ruber por los hombros y la atrae hacia sí. Me quedo parada en medio de la habitación mientras mi madre revisa a mi hermana y cuando levanta la mirada sé que piensa lo mismo que papá y que yo ¿y si le sucediese en la Arena? ¿Cuánto tardarán en atravesarla con una espada o destrozarle la cabeza con una piedra?

Sus ojos se dilatan por el pánico que supone para ella esa idea y casi puedo ver los engranajes dentro de su cabeza, ideando una forma de solucionar el problema en el que se ha metido nuestra familia.

-Zamarat- dice al fin- quítate tu vestido.

-Yo… ¿qué?

-Que te quites tu vestido- repite entre dientes mientras se encarga de desnudar a mi hermana.

-Shappir ¿qué estás haciendo?- pregunta mi padre escandalizado mientras mamá termina de retirar el vestido nuevo del cuerpo inconsciente de Gessa.

-Lo que se tiene que hacer- dice mientras extiende una de sus delgadas manos y me baja el cierre lateral del vestido.

Todo esto me parece irreal, como si le estuviera sucediendo a alguien más.

-No puedes estar pensando en enviar a Zamarat en su lugar ¿verdad?- exclama mi padre mientras mamá me saca el vestido por la cabeza y me pone, en un movimiento fluido, el de Gessa. Gruñe cuando no levanto los brazos para terminar de encajarlo en mi cuerpo. -¡Es absurdo!

-¿Preferirías ver morir a nuestra hija?

-¡Zamarat también es nuestra hija! –chilla papá mientras Ruber se sienta a llorar en un rincón.

-¡Al menos ella logrará salir del baño de sangre!- replica mamá mientras viste a mi gemela con el vestido que acaba de quitarme.

Mamá toma a Gessa en brazos y la carga con facilidad, y yo me doy cuenta de lo delgada que está. Mi hermana no emite ningún sonido. Permanece silenciosa e inerte, como un cadáver.

-¡No puedes hacer eso! ¡No lo permitiré! ¡No puedes jugar así con la vida de tu hija!

En algún momento logro encontrar mi voz, que sale baja, pero segura, de mi garganta:

-Espera papá. Lo haré. Mamá tiene razón, yo tengo más probabilidades de ganar esto que Gessa. Puedo hacerlo.

Mamá me dedica una mirada que no logro interpretar. Desearía que me abrazara y me dijera que también se siente orgullosa de mí, que lo haré bien, que puedo hacerlo… No lo hace. Sale de la habitación, con el esbelto cuerpo de mi hermana en brazos, como si yo no existiera, como si yo no acabara de aceptar morir en el lugar de ella.

-Es mi hija- escucho decir a mi madre al otro lado de la puerta- Ha sufrido una conmoción y se ha desmayado, debe ser la emoción de ver a su hermana en los Juegos, ya sabe.

Papá se vuelve de piedra por un instante, sin saber que decir, sin saber cómo consolarme a mí o como consolar a Ruber. Finalmente es la voz del agente de paz lo que lo saca de su trance, pero ya es muy tarde. Lo obligan a salir de inmediato.

-Hija- me llama mi padre antes de salir. Lo miro con los ojos muy abiertos, aún algo asustada, pero su cálida mirada castaña me tranquiliza- Recuerda que tú también eres importante.

Cuando la puerta se cierra veo mi reflejo en el espejo de cuerpo completo que cuelga de ella. Pero no soy yo en lo absoluto.

Desde el espejo, Gessa me devuelve la mirada.


Bueno, al final llegué antes de lo pensado por un simple motivo: decidí partir las Cosechas en cuatro partes porque se me estaban haciendo larguísimas, así que para que no se les hiciera muy cansado de leer y para que de paso vayan viendo que prospectos van entre los tributos, aquí les dejo la primera parte.

En este momento tengo 16 de los 24 tributos, me están haciendo falta las chicas del 4, 5, 6, 7, 9 y 11. De los chicos me faltan el 9 y el 12. Así que para quienes tienen a esos tributos, les agradecería muchísimo que me manden el formulario cuanto antes. Especialmente porque los necesito para seguir escribiendo las Cosechas y para crear el blog en el cual pueden conocer a todos los tributos con los actores/personajes que los representan incluidos.

Les repito que los reviews serán fundamentales para garantizar la vida de su tributo, por supuesto que la viabilidad de su historia será importante también, pero escribiré para aquellos que leen, comentan y en general le dan seguimiento al SYOT, que a fin de cuentas es para lo que se hace.

A todos los que confiaron en mí dándome un tributo (que al final se convierte como en un hijo) ¡Gracias! Prometo muertes dignas o, al menos, lógicas y consecuentes con lo que ustedes expresen aquí.

Les dejo unas preguntitas para que se ayuden con el comentario:

¿Cuál fue tu POV favorito y por qué?

De los tributos que aún no han sido Cosechados ¿a cuál esperas ansioso/a?

¿A quienes ves como víctimas de la Cueva?