-Arthur… ya no quiero vivir así-el francés comenzó a llorar- siempre veo como las personas a se enamoran en París, se casan en París, se declaran amor eterno en París y yo… no tengo nada…

El británico miró al galo y le dio un par de palmadas. Le hubiera gustado decirle "me tienes a mi" pero su propio orgullo se lo impedía por lo que se quedó callado.

-Artie… ¿no hay nada que podamos hacer?-preguntó el rubio herido- ¿Acaso seguiremos siendo naciones por el resto de nuestras existencias?

El menor hubiera querido decirle que si pero no quería ser cruel, el sabia de una manera para dejar de ser nación pero era arriesgado y sobre todo, no sabía si funcionaría o no. Finalmente cedió con un respiro.

-Hay solo una manera para que alguien pueda renunciar a ser una nación-dijo Arthur con voz vacía pues no quería que el francés lo hiciera- Debes pensarlo muy muy bien porque una vez que se renuncia a ser nación, ya no hay vuelta atrás ¿entendido?

-Entendido…-dijo el mayor con seguridad-Dime qué debo hacer…

El inglés suspiró de nuevo y le dijo que fuera a Inglaterra al día siguiente en la noche pues allá tenía todas las herramientas para crear el hechizo correcto. Francis no podía dormir de la emoción, la idea de dejar todo atrás y preocuparse por su propia vida parecía increíble.

¿No estaría siendo egoísta? Después de todo le gustaba cuidar de sus ciudadanos, cada francés en el mundo era importante para él. Por ellos había luchado en innumerables guerras y había sufrido las pandemias que ellos habían sufrido… ¿no sería mejor dejar las cosas como estaban?

Se levantó de la cama procurando no despertar al inglés que dormía a su lado y fue a la sala directo a la radio que tenía en una bonita mesa de caoba. Lo encendió tratando de relajarse un poco pues era un paso muy importante y debía pensarlo mejor.

Arthur notó como el mayor se levantó de la cama y escuchaba suave música en la sala. Se acurrucó en la cama abrazándose a sí mismo. Tenía miedo, mucho miedo pues temía que su hechizo saliera mal y le hiciera daño al francés… pero tenía aun más miedo que fuera a funcionar y el ojiazul desapareciera para siempre de su existencia…


Una joven rubia caminaba por las calles de París tomando fotos. Su cabello rubio corto brillaba a la luz del sol. Estaba muy contenta y emocionada por la belleza del país galo. Temía que a su cámara se le acabara la memoria antes de que pudiera tomar todo. De pronto, lo vio…

Rubio, alto y de hermosos ojos. Parecía una obra de arte, tanto que no pudo evitar fotografiarlo. Oh no, la había visto. Su corazón se detuvo cuando él se acercó.


Estaba caminando por las calles francesas mientras meditaba una y otra vez acerca de su decisión. El británico había tomado el primer vuelo a Londres y le había dicho que si aún seguía seguro de su decisión, que fuera a su casa esa misma noche.

Un hombre se le acercó para pedirle su opinión acerca de una obra de arte cuando sintió una mirada sobre él. Rápidamente miró a su alrededor hasta que notó el lente de una cámara que lo enfocaba. Sus ojos se abrieron por la sorpresa y su corazón se detuvo. Era ella… Jeanne… no…no podía ser…. Sus pasos lo guiaron hacia la joven quien lo miró asustada.

-Je suis desolée-dijo la joven disculpándose-No debí tomarle una foto sin permiso

-Non… no es eso-el francés balbuceaba asombrado ante la similitud de la joven con Jeanne- Je suis desolée aussi… por asustarte de esta manera-su corazón latía sin piedad contra su pecho- es solo que…-la miró con atención antes de sonreír sonrojado- ¿quieres dar un paseo?

La joven estaba avergonzada pero aun así aceptó el paseo. Él la llevó al museo de Louvre, el arco del triunfo, la Torre Eiffel, etc. La verdad es que estaba muy emocionado, no podía creer su suerte al tener a alguien tan parecida a Jeanne a su lado.

-¿Y cómo debería llamarte?-preguntó ella mientras pasaban por los Campos Elíseos. Se sentía rara a su lado pero también le transmitía una extraña calma y una sensación de Dejavú, como si antes lo hubiera conocido.

-Mi nombre es France…ehm… Francis Bonnefoy-le respondió con una amplia sonrisa mientras salían de Notre Dame. Aun no podía creer que había pasado todo ese tiempo con ella pero el tiempo es cruel y el cielo estaba teñido del rojo propio de un atardecer.

-Me llamo Lisa-comentó la rubia mientras caminaban por uno de los puentes sobre el Sena observando como el atardecer iluminaba las aguas del río.

-Sabes algo…-comentó la nación mirándola con el corazón desbocado. Todo parecía encajar, esta debía ser una señal divina, una segunda oportunidad. Tal vez ahora podría estar con la chica de quien se había enamorado varios siglos atrás- Cuando te vi, pensé que Dios hace cosas maravillosas… y parece que mi sueño se volvió realidad…

Había confusión en esos ojos verde-azulado cuando ella escuchó esa frase. Todo era muy raro en ese hombre. Lo miró notando como sus ojos brillaban intensamente y una sonrisa de ternura se extendía por su rostro. ¿Podía ser que ella se estuviera enamorando de un hombre en París?

Tantos sentimientos pasaban por su mente y su corazón mientras veía como el atardecer coloreaba de rojo los cabellos rubios de la joven mientras el viento se enredaba en ellos con suavidad. Iba a hacerlo. Se volvería humano y la buscaría.

-¿Po… podríamos volver a vernos?-preguntó Lisa bajando la mirada completamente pero al no recibir respuesta notó que estaba sola- ¿Uh? ¿Francis?


El francés había salido corriendo para llegar al aeropuerto, debía tomar un vuelo a Londres. Ahora estaba más decidido que nunca por lo que, en cuanto la ciudad londinense apareció por la ventanilla del avión, se apresuró a ser el primero en bajar.

Arthur estaba tomando té algo nervioso sin dejar de lanzar miradas al enorme y viejo reloj de madera que estaba en un rincón. No había podido concentrarse en nada durante todo el día. Pero quizás con suerte, el mayor hubiera cambiado de opinión y decidiera quedarse como estaba.

Un golpeteo emocionado le indicó que sus peores presentimientos se habían cumplido. Al abrir encontró al francés completamente empapado y sin aliento, lo que indicaba que posiblemente había corrido por las calles sin importarle la lluvia, pero con una sonrisa de emoción y un brillo indescifrable en los ojos.

-Estoy listo y totalmente seguro, Arthur-declaró sonriendo- Hagámoslo…

Ambos rubios bajaron al sótano del menor donde ya tenía todo preparado. Arthur le indicó que se parara en el centro del círculo de hechizos mientras abría su viejo y desgastado libro de encantamientos. Francis obedeció sonriente y emocionado.

- Para que el hechizo funcione, se necesitaban dos cosas: sangre ofrecida a voluntad y un acto de amor verdadero-leyó el ojiverde confundido- ¿Qué significa eso? –el mayor lo miró confundido pero tomó una vieja espada de la pared.

-Yo ofrezco mi sangre y en cuanto al acto de amor, ya veremos qué hacemos-dijo Francis colocando la punta de la espada en su abdomen dispuesto a atravesarlo pero el inglés sujetó el mango del arma y se la quitó- ¿Qué pasa?

-Yo… yo… yo lo haré…-murmuró con voz temblorosa. Si cumplir el sueño de Francia aunque no volviera verlo jamás no era un acto de amor, no tenía idea de qué podía serlo- No te muevas… -quería decirle tantas cosas, declararle su amor eterno pero no lo hizo, solo calló mientras una lágrima recorría su mejilla- Adiós…-y dicho esto, atravesó el abdomen ajeno y una luz cegadora los envolvió…


Hola, ya les traje el segundo capítulo, gracias por leer

Sé que cambié muchas cosas en cuanto a Lisa porque ellos no se conocieron en París y él la dejó ir pero creo justo darle una segunda oportunidad a Francis.

Espero que les haya gustado y no olviden comentar