Rating: K+.

Disclaimer: Tadatoshi Fujimaki ha aportado a este fandom.

Dato: Crack Pair. {AU}


» Boys Don´t Cry


II.- Ahora.

Cuando su abuelo le preguntaba sus intenciones con respecto a ir a la universidad, Kiyoshi nunca sabía que responderle. No se consideraba alguien lo suficientemente listo como para sacar una carrera, y tenía la bastante consideración para no permitir que sus abuelos acarreasen con todos los grandes gastos que suponía la universidad. Aún así, sabía que no podía quedarse atascado en mitad del círculo, y que en algún momento tendría que escoger un camino para salir de él.

En esos momentos, recordaba al orientador del instituto; un hombre cuarentón y de barba entrecana que podía sonreírte dulcemente mientras te arreaba con una revista enrollada en la nuca, recordándote que el futuro no venía sólo y que se debía trabajar e invertir en él lo antes posible. Aún así, Kiyoshi nunca pudo terminar de rellenar los cuestionarios a cerca de lo que quería. Desde que era un crío creyó poder consolidar su vida en torno al baloncesto; ir a una gran liga, ser fichado en un buen equipo, representar al país con una orgullosa sonrisa…

Cuando todos aquellos planes se volvían imposibles a causa de una lesión en la rodilla, le quedaba la esperanza de dedicarse a algo humildemente, tener una familia con la mujer que amaba y enseñar a sus hijos como sería hacer un mate con una mano.

—Todo era más fácil cuando quería ser un súper héroe —Teppei suspiró con nostalgia, mareando el batido que se estaba tomando.

Estaba en la hamburguesería apostada frente al hospital de Kinomi, a un par de manzanas de casa de sus abuelos. Era una zona rodeada de templos budistas y edificios de aspecto oficial que albergaban ayuntamientos y juzgados. Aquella misma mañana había ido a hacerse la revisión mensual y a recibir las broncas de su médico, que siempre terminaba rezongando y mandando saludos a sus abuelos.

Frente a él estaba Izuki Shun, su amigo de la infancia, mirándole con la ceja enarcada.

—Bueno, aún estás a tiempo —se burló.

—Sería un poco raro que un hombre adulto fuera corriendo por el barrio con una capa.

—No sería tan raro. Pero no te llamarían héroe, te llamarían pervertido —al ver como Kiyoshi dejaba caer la cabeza, desanimado, Izuki apartó el batido a un lado y apoyó los brazos en la mesa—. Si quieres hablar de lo de Aida…

—Estoy bien, estoy bien —negó con la cabeza—. Eso ya está hablado, no hay nada más que hacer. Entiendo perfectamente sus razones, no pasa nada —levantó la cabeza, e Izuki reconoció esa expresión de perro gigantesco que ponía cada vez que estaba indeciso—. No estoy seguro de querer ir a la universidad.

—¿Incluso a ti te preocupan esas cosas? —Izuki se echó hacia atrás en el asiento, cogiendo el batido para sorber por la pajita—. Relájate, aún tienes tiempo para pensar en eso. Nos acabamos de graduar, ahora lo que necesitamos son vacaciones.

—¿Tú que harás?

—Yo soy listo, puedo hacer lo que quiera.

Aquello estuvo muy lejos de animar a Kiyoshi. Además de no sentirse capaz de seguir el ritmo de eficiencia que la universidad requería o de acarrear con los gastos de la misma, aceptar entrar en una implicaría también dejar mucho más tiempo solos a sus abuelos. Y si bien era cierto que ellos serían los primeros en animarle, ayudar en casa seguía siendo prioritario. Y mucho más con el paso de los años.

—¿Por qué no buscas un trabajo a media jornada? —sugirió Izuki tras un silencio, lo que hizo que Teppei levantase la frente de la mesa—. Hay muchos estudiantes que lo hacen durante el instituto para tener unos ahorros adicionales. Ahora que te has graduado puedes dedicar un par de meses o un año a prepararte antes de optar a una universidad. La de Yamagata no está ni a diez minutos de tu casa.

—Oh —Kiyoshi pestañeó—. No suena mal.

Sacrificar un año podía no estar muy bien visto, y dudaba que un trabajo a media jornada le durase tanto. Pero si podía conseguir trabajar todo aquel año entonces tendría, por lo menos, para pagarse los costes de entrada. Era mejor que seguir dudando y no hacer nada.

—Pues ya sabes. Encara de cara los problemas. ¡Oh, ese es bueno!

Kiyoshi dejó escapar una risilla. Poco después se despedía de Izuki en la puerta de la hamburguesería. Era poco más de medio día, y ahora que parecía haber encontrado una solución más o menos razonable a sus dudas los principios del otoño no le parecieron tan fríos. Ahora sólo le quedaba esa añoranza persistente al no poder compartir sus decisiones con Riko, en la cual habría buscado una segunda opinión sin dudarlo. Conociéndola, le hubiera soltado el rapapolvo de su vida antes de insistir en ayudarle a estudiar para pasar cuanto antes el primer examen de acceso.

En parte, había mentido a Izuki. Hacía cuatro días que Riko se había despedido de él y su ausencia se notaba en el detalle más nimio; le acompañaba al hospital, comían juntos, hacían planes para aquella misma noche o insistía en prepararle alguna comida rica en calcio para fortalecer los huesos, y de la cual nunca podía escaquearse. Pero sobre todo, lo notaba al caminar por la calle y no tener una mano suave y tibia a la que agarrarse.

Kiyoshi no se consideraba un sentimental, y muchas veces, como ya le había dicho Riko, carecía de romanticismo. Sin embargo quienes le conocían sabían que lo era, y que se aferraba con el alma a las cosas que le gustaban. Aquello lo demostraba en aquellos momentos, donde no hacía más que sentirse solo. No obstante, la decisión de Riko le seguía pareciendo razonable, y el hecho de estar orgulloso de ella no había sido en absoluto una mentira.

Con esos pensamientos, echaba a andar calle abajo. Tenía que dar un pequeño rodeo por los límites de Tokamachi para poder ir al supermercado antes de volver a casa y así, de paso, podría contemplar algunas posibilidades con respecto a dónde trabajar. Aprendía rápido y tenía don de gentes. Y gracias a sus abuelos, se conocía a más de la mitad de los ancianos de la prefectura.

Pasó la clínica, el colegio y frente a la oficina de correos recibió un placaje en la espalda que le dejó resollando contra la fachada del edificio.

—¡Teppei!

Cuando pudo mirar hacia atrás, le reconoció inmediatamente.

—¡Oh…! Daichi-…¿chan?

—¡Es Daiki! ¡Aomine Daiki! —el niño se ofendió, y frunció su diminuto ceño al señalarlo—. ¡Y quita el "-chan"!

—Perdón, perdón —Kiyoshi le dedicó una sonrisa simpática y se enderezó. Al contrario que la última vez que le había visto, el chiquillo llevaba puesto un uniforme de pantalón corto azul con bordes de dobles rayas blancas y una camisa blanca muy básica. Colgando de los hombros, una mochila randoseru color negro, y de la que sobresalía la manga de una chaqueta y el forro de una flauta.

A Kiyoshi le causó cierta ternura nostálgica.

—No te he vuelto a ver por el parque —intervino Daiki, con una sonrisa que quiso ser maliciosa—. ¿Has estado llorando en tu casa?

—Por supuesto que no —le dio un golpecillo con los nudillos en la frente y puso un brazo en jarra—. Pensé que las clases habían terminado ya.

—Vine a recoger el anario.

—… El anuario.

—Y mis cosas —señaló con los pulgares a la mochila—. Tengo un montóoon de deberes para las vacaciones. Deberías ayudarme a hacerlos.

—Oh —Teppei rió—, ¿debería?

—Sí. Así tendremos más tiempo para jugar —levantó los brazos y simuló lanzar a canasta—. ¡Prometiste enseñarme!

—Es cierto, es cierto. Pero primero los deberes —le revolvió amistosamente el pelo, a lo que el niño respondió encogiéndose como un gato y haciendo un puchero.

—No hables como mi madre… ¡Juguemos primero!

—Cuando los termines —insistió—. Que las vacaciones pasan más rápido de lo que crees.

—¿Tú también estás de vacaciones? —quiso saber el pequeño.

—Me gradué hace dos semanas. Así que… sí. Más o menos.

—Pues si estás libre juega conmigo. Mañana —planeó, captando que ese día no conseguiría mucho más—. ¡Haré los deberes si juegas! Venga…

Y Kiyoshi, teniendo sus ojos fijos puestos en él, tuvo que aceptar con un suspiro. Tenía que reconocer su tenacidad. Podría hacer tiempo entre lo poco que tenía que hacer al día siguiente. Y en cierto modo, le debía algo por lo de la última vez; aunque hubiera sido un consuelo infantil y completamente desinteresado.

—Me fío de ti, ¿eh?

—¡Genial! —levantó el puño, y con una sonrisa de oreja a oreja se lo ofreció—. ¡Te espero entonces!

Kiyoshi se lo chocó con el suyo propio.

—Allí estaré.

Como había pasado la última vez que le había visto, Daiki había salido corriendo por donde había venido tras un "¡Mi casa está por allí!", viéndole perderse por la calle por donde estaba el colegio. De nuevo, aquel entusiasmo infantil le dejaba con una sonrisa en los labios y una suave y positiva resignación.

Le hubiera gustado tener hijos con Riko. Y tan pronto como lo pensó, sacudió la cabeza y se rió de sí mismo. Era obvio que algo como el formar una familia no estaba aún entre sus planes, aunque estuviera convencido de que al cumplir la mayoría de edad quisiera tenerla. Kiyoshi se manejaba bien entre niños; tenía una curiosa simpatía natural y mucha paciencia. Quizás no fuera un líder nato, o que como padre fuera un desastre al permitir todos los caprichos a su prole, pero si de algo estaba seguro era que daría toda su vida por ellos. Que no habría nada que no pudiera solucionar, hacer o decir para procurar su felicidad.

El pequeño Daiki era una prueba de ello. Era un chiquillo encantador y con talento, y aportar un poco a ese don suyo le hacía sentir bien. Después de todo, compartir pasiones en común no era cuestión de edades. Mientras hacía la compra, se acordó de añadir un par de cosas al cesto para el día siguiente.

[…]

Pasaban de las tres cuando pisó la parte de atrás del parque. Un pequeño grupo de hombres fornidos y bajitos trotaban de forma casi sincronizada por los alrededores del complejo, metiéndose por el camino hacia el interior para salir por el otro lado, guiados por un cántico simple y motivador. Kiyoshi les cedió el paso, recibiendo un gracias al unísono, y caminó hacia el lado izquierdo de la bifurcación del camino, que describía una curva corta hasta la pequeña cancha. El sonido de la pelota ya delató que se le habían adelantado.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó, dejando la bolsa con la merienda sobre el banco.

Daiki lanzó la pelota a canasta, detrás de la línea de tres, y miró hacia atrás cuando acertó el tiro.

—Desde el almuerzo —fue a por la pelota—. Cuando llegué a casa me di cuenta de que no te había dicho ninguna hora, así que vine tan temprano como pude. Dame tu teléfono para la próxima vez.

Ante su descaro, Teppei levantó la ceja, divertido, y observó cómo se acercaba y tiraba suavemente del asa de la bolsa, abriéndola para ver que había dentro.

—Son onigiris. Y… —sacó una botella pequeña junto a los envoltorios—. La he comprado al venir. Te la debía.

—No tenías que comprarme una botella de agua. Sólo era… no sé, agua —evidenció.

—Quise hacerlo. Las personas adultas deben predicar con el ejemplo; si me das, yo te doy.

Daiki arrugó el ceño al hacer una mueca.

—Las personas adultas se comen mucho la cabeza con todo —simplificó—. No soy tonto, sé que hay muchas cosas que son importantes. Pero parece que los viejos quieren volver importante hasta las cosas que no lo son. ¡Por eso son tan aburridos!

La ideología de un niño. Lo importante es aburrido. Aunque Kiyoshi no pudo estar más de acuerdo con ese pensamiento. La edad hacía que las personas aceptasen tantas responsabilidades acopladas a una sola rutina que resultaba desesperante. Sacaban mil opciones de algo que sólo tenía una respuesta posible, y alargaban y enfatizaban los dramas como si realmente mereciera centrarse en ellos. Haber perdido la capacidad para vivir la vida con cierta inocencia era una pena.

—¿Es que tu no piensas en hacer cosas importantes en el futuro, Daiki? —tuvo que preguntar, aunque no esperó una respuesta seria.

—Yo pienso en hacer cosas ahora. Y ahora quiero jugar y darte una paliza —dio un trago al agua, la volvió a dejar dentro de la bolsa y cogió del brazo a Teppei para tirar de él—. ¡Venga! Enséñame a hacer un alley-oop.

Teppei rió. Sus dudas sobre la universidad parecían bastante insignificantes si aplicaba eso del hacer las cosas en el ahora.

—Eres aún demasiado bajo para hacer un alley-oop.

—¡Pero quiero saber cómo hacerlo para cuando crezca!

—¿No falta aún mucho para eso? —Kiyoshi se hizo con la pelota cuando el pequeño se la lanzó. Y dado el cómo le miró, supo que le importaba más bien poco lo que pudiera pasar a largo plazo.

Allí, y ahora, quería jugar al baloncesto; y fue un deseo que compartió completa y absolutamente.