CAPÍTULO I: EL NUEVO HIMNO


2 de mayo de 1998

La batalla estaba siendo apoteósica. Tras la "resurrección" de Harry, parecía que el bando del cual el chico era estandarte, se había alzado en gran ventaja ante el Señor Tenebroso. Este, habiendo fallado una vez más en sus ambiciosos planes para matar al Gryffindor, se había dirigido al Gran Comedor, donde protagonizaba una encarnizada batalla contra Minerva McGonagall y Kingsley Shacklebolt. Aunque estos fueran doctos en el arte del combate, lo cierto es que no tenían nada que hacer ante la poderosa magia de Lord Voldemort.

Los hechizos cruzaban el aire desde todos sitios. Algunos chocaban entre sí, otros hacían poderosos agujeros en las paredes y otros, daban de lleno en sus objetivos. El suelo del Gran Comedor se había convertido en una marisma de sangre. Había cuerpos inertes de los dos bandos tendidos en el suelo.

Hermione Granger, por su parte, luchaba codo con codo junto a su amiga Ginny Weasley contra Bellatrix Lestrange. La misma se defendía con uñas y dientes contra los feroces hechizos del dúo. Aún en superioridad numérica, la balanza pasó a declinarse minutos después por la sierva del Señor Tenebroso. Con maestría, había conseguido defenderse de los ataques para después lanzarse contra las jóvenes. La varita de la castaña vibraba con fuerza cada vez que esquivaba o desviaba cada conjuro de la bruja. Aunque ya tenía una leve idea del inconmensurable poder de aquella maldita loca, sus suposiciones estaban bastante alejadas de la realidad. Casi con desesperación, Hermione miró a la pelirroja. Esta le devolvió un gesto cargado de inseguridad. Justo en ese momento, tres hechizos chocaron en medio del combate, produciendo fuertes chorros de luz que emitían chispas de todos los colores. Estaban consiguiendo frenar el encantamiento de aquella demente.

—¡Vuestra magia no es nada comparada con nuestro poder! —gritó Bellatrix mientras que de su varita seguía emanando aquel poderoso rayo de luz violeta. —Somos los siervos del Señor Tenebroso, aquellos que se han alzado junto a él y del cual hemos obtenido un poco de su arte. ¡No sois nada! ¡Nada!

Y dicho esto, la bruja emitió una sonora carcajada que heló la sangre de las chicas. Hermione, cuya varita emitía enormes vibraciones ante aquel ataque, miró aterrada a los ofuscados ojos de su contrincante, la cual parecía disfrutar de aquella terrible situación. ¿Cómo era posible que hubiera personas que disfrutasen tanto con el dolor ajeno? La impotencia de Hermione por no poder hacer nada más mientras veía como mucha gente a su alrededor perecía, se tradujo instantáneamente en un enorme sentimiento de culpabilidad que hizo que de sus ojos emanara el llanto.

—¿La sabelotodo llora ahora? —preguntó irónicamente y entre carcajadas la última descendiente de los Black. —¡Es lo que te mereces! ¡Sangre sucia! Ahora morirás… Avada Kedav…

Pero justo en ese momento, una luz rojiza impactó de lleno en el abdomen de Bellatrix, que salió despedida hacia atrás dando la oportunidad a Hermione y Ginny de restablecer su ataque y su posición. Hermione, aliviada y a la vez extrañada giró la cabeza en dirección a la puerta del Gran Comedor, que era de donde había salido aquel rayo salvador. Frunció el ceño entre tantas lágrimas al comprobar como una persona rubia y vestida completamente de negro abandonaba la sala. Al verla girar hacia las escaleras del vestíbulo, sintió una punzada en el estómago, como si de un chispazo se tratara.

Antes de que le diera tiempo a la Gryffindor de volver a levantar la varita, Bellatrix se alzó poderosa en el aire. En un primer momento, la castaña y la pelirroja creyeron que se dirigía hacia ellas. Pero como una exhalación, envuelta en un manto de oscuridad, la antigua Slytherin cruzó la sala para salir por la enorme puerta que daba al vestíbulo.

En ese momento, Hermione tuvo una enorme corazonada.

—Ginny, ahora vuelvo.

—Pero Hermione, ¿a dónde vas?

—Necesito comprobar una cosa.

Salió a toda prisa pasando por al lado de Ron, al cual ni le dirigió una mirada de ánimo. Alguien le había salvado la vida y no podía dejar que Bellatrix se encargara de esa persona sin que al menos ella pudiera devolverle el favor. La castaña sí que sonrió al ver a Harry entrar en el Gran Comedor. Era como si estuviera envuelto en un aura de poder y confianza. Cuando su mejor amigo le devolvió el gesto, Hermione supo que ganarían la guerra…

La castaña pudo ver como Bellatrix alcanzaba el final de la escalera. De su garganta, salieron poderosos gritos:

—¡Tú! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Iba a matarlas! ¡Iba a asestar uno de los golpes finales! ¡Maldito seas!

Después de los gritos, silencio.

Crucio.

La mortifago conjuró la maldición imperdonable a la par que la Gryffindor comenzaba a subir las escaleras de piedra. A su alrededor, todo estaba destruido. Era como si un enorme tornado hubiera cruzada el Castillo, haciendo estragos por todos lados. Había tramos de escalones que faltaban, pinturas completamente desgarradas, armaduras hechas pedazos… Habían conseguido infligir una grave herida al corazón de la comunidad mágica.

Tras el conjuro, un sonido sordo, de un cuerpo caído al suelo. Y tras él, una voz temblorosa de mujer.

—¡Déjalo ya Bella!

"¿Bella? ¿Confianza?", pensó la castaña. Si había alguien capaz de dirigirse a aquella maldita psicópata así, debía de ser otra mortifago.

—Pagará por lo que ha hecho, mi querida hermana… Salvar a esa asquerosa sangresucia...

—Es tu sobrino, Bella… ¡No!

Crucio.

Esta vez, Hermione, con los ojos abiertos de par en par pudo escuchar los gritos del que suponía, era Draco Malfoy. ¿Cómo que la había salvado? ¿Desde cuándo se había preocupado por ella? Un mar de dudas asoló la ya cansada mente de la Gryffindor. Temblando de rabia, desesperación e impotencia, se escondió tras la esquina que daba al pasillo en el que transcurría la escena.

Desmaius —conjuró entonces la otra voz haciendo que los gritos del Slytherin pararan por completo, siendo sustituidos por una respiración entrecortada.

El hechizo dio de lleno en la pared que se encontraba justo enfrente de Hermione. Al parecer, Bellatrix había conseguido desviar el hechizo de la que se suponía era su hermana. Aunque esta, le había obligado a dejar de torturar a su hijo.

—Como me suponía, eres una traidora. Igual que tu hijo. No mereces estar en el mundo el cual nosotros dominaremos. Avada Kedavra.

De la punta de su varita, salió un potente haz de luz verde que hizo que el cuerpo sin vida de Narcissa Malfoy con un golpe seco, cayera al suelo por última vez. Hermione consiguió ver todo lo sucedido desde su escondite.

—Lo siento, Cissy —dijo con voz melosa Bellatrix para después mirar a su sobrino, el cual yacía con los ojos completamente inexpresivos. —Hoy moriréis tú y tu hijo.

Dicho esto, apuntó con su canalizador mágico a Draco, el cual, extenuado por la tortura anterior era incapaz de mover un músculo. Pero justo cuando su tía alzaba su varita, la Gryffindor, haciendo de tripas corazón por salvar al chico que le había hecho pasar los peores momentos de su vida, conjuró una serie de cadenas que apresaron el cuerpo de Bellatrix.

—¡Tú! —gritó la demente mientras luchaba en vano por zafarse de las mágicas cadenas que la retenían.

Hermione, que había salido de su escondite, miró directamente a los ojos de su interlocutora.

—Has causado mucho dolor…

Draco se removió desde su posición y clavó su mirada, inyectada en sangre en la de Hermione. Está, lo miró con misericordia. Seguramente, el Slytherin estuviera pensando por qué demonios lo había salvado. En realidad, aquella era una duda que ni si quiera Hermione podía contestar. Cuando lo vio tirado en el suelo, tan indefenso y con las lágrimas muriendo en sus labios, sintió una profunda oleada de tristeza.

—Por qué… —comenzó a decir el pálido chico.

—Tan solo he decidido devolverte el favor —contestó Hermione mientras observaba como el Slytherin se levantaba.

Draco le devolvió la mirada apretando con fuerza el mango de su varita. La Gryffindor supuso que tras ver a su madre morir, estaría completamente desorientado. Dicha suposición se vio reforzada en cuanto el joven se apoyó sobre sus hombros. El mero contacto con su piel, por simple que fuese, hizo que a la castaña se le erizaran los pelos. Era como si hubiera anhelado aquel momento, como si hubiera esperado que pasase. Aturdida por aquella extraña sensación, no se fijó en que había levantado su varita.

Sectusempra.

—¡No Draco! —-intentó pararlo Hermione. Pero era demasiado tarde.

—¡No me llames Draco maldita sangre sucia! ¡Para ti soy Malfoy! —gritó.

Aquellas palabras fueron como dagas que se clavaron en la Gryffindor. Aunque hacía tiempo que ya se había acostumbrado a insultos como aquel, el acercamiento del Slytherin durante aquellos minutos le había hecho albergar esperanzas de que podía haber cambiado. Una soberana tontería de la que más tarde, la joven se arrepentiría.

¡Sectusempra, sectusempra, sectusempra!

Demasiado tarde.

Sangre.

El líquido rojo y viscoso que salió del cuerpo de Bellatrix Lestrange llenó de lleno a ambos. Draco clavó las rodillas en el suelo frente al cuerpo inerte de su madre. Hermione pudo comprobar que junto a los hilos de la sangre de su tía que corrían por sus mejillas, también había lágrimas. La Gryffindor se dio cuenta sorprendida de que era una de las pocas veces que había visto llorar a Malfoy. De hecho, aún estaba acongojada por lo que acababa de pasar. No sabía ni cómo ni por qué, pero cuando el Slytherin la había rozado, su cuerpo había producido una reacción sumamente misteriosa. Se abrazó a sí misma mientras veía como el joven de ojos grises abrazaba a su difunta madre a la par que su tía, artífice de aquel asesinato, se desangraba poco a poco…

La Gryffindor intentó irse, intento abandonar aquel lugar, pero no podía. Por raro que le pareciese, se le partía el corazón al ver aquel sufrimiento. Involuntariamente, puso su mano en el hombro el huérfano. Había luchado con todas sus fuerzas para no caer en aquella burda tentación. Durante unos segundos había intentado recordar todo lo que Malfoy le había hecho. Pero no había sido capaz. Ni si quiera había conseguido evadirse de ese sentimiento tan contradictorio que ahora la embargaba. Ni si quiera se acordaba de Ron.

—Vete —le dijo Draco con voz firme y a la vez apagada.

—Draco…

—Te he dicho que no me llames así, Granger.

Y fue entonces, cuando supo que no había cambiado, y que jamás lo haría. Tan solo había sido el dolor, lo que le había hecho ver a la Gryffindor como un apoyo.

La guerra había acabado. Con dolor. Pero había acabado.

ΔΔΔΔ

1 de septiembre de 1998

La comunidad mágica intentaba reconstruirse tras la guerra. Al parecer, todo había acabado. Desde que Harry Potter se alzó victorioso aquel día en Hogwarts, todo parecía mutar, cambiar, poco a poco. No era la primera vez que la sociedad tenía que enfrentarse a un cambio, pero sí que es cierto que jamás se había enfrentado a algo tan drástico como aquello.

Poco tiempo después, el antiguo auror Kingsley Shacklebolt fue nombrado Ministro de Magia. Empezó una verdadera persecución (que fue duramente criticada por algunos sectores) contra los mortífagos que aquella noche consiguieron escapar de la batalla. Nunca nadie supo, a excepción de cuatro personas, que pasó con el cuerpo de Lord Voldemort. Las conjeturas y los rumores acerca de la decisión que habían tomado Harry Potter, Minerva McGonagall, Arthur Weasley y el Primer Ministro fue ampliamente comentada. El primero de ellos, aun habiendo salvado al Mundo de un largo reinado de oscuridad fue duramente criticado por no querer hacer pública su estrategia y el plan que había seguido para poder derrotar al Señor Tenebroso.

Todo había sufrido un giro de ciento ochenta grados. Las muertes de seres queridos habían trastocado profundamente la estima de muchos magos que ahora vagaban sin rumbo fijo en unas vidas completamente destruidas. Incluso se llegó a denominar a esas personas, los miembros de la Generación Oscura.

Hermione, por su parte, jamás contó y jamás olvidó aquella escena que vivió en la primera planta del Castillo…

—Vamos chicos o perderemos el tren —dijo Ginny visiblemente enfadada mientras tiraba de la mano de Harry, el cual era seguido por Hermione y Ron. —Dejaremos a Hedwig II y los demás ahora.

A la pelirroja ya se le veían los genes de su madre, la Señora Weasley.

Los cuatro habían pasado el verano en la Madriguera. Este hecho, había servido a Harry y Ginny para fortalecer su relación. Hermione, que los había observado con cierta envidia, se había dado cuenta de las desventajas que tenía salir con alguien como Ron. Las disputas comenzaron a ser más que frecuentes entre los dos, hasta llegar a un punto en el que el vaso, con una gota más, estaría colmado.

A toda prisa cruzaron la pared que les separaba del andén nueve y tres cuartos. Cuando llegaron a su destino, muchos de los allí presentes saludaron a Harry efusivamente. Aunque era cierto que lo habían criticado duramente, también era cierto que la comunidad mágica profesaba un enorme respeto por él. Con una sonrisa corta, con Ginny muy contenta y abriendo paso, y Hermione y Ron con la cara bastante larga, llegaron a uno de los últimos compartimentos del Expreso de Hogwarts.

—Es la primera vez en cuatro años que me siento en un compartimento de estos tranquilo —dijo Harry sonriendo

Hermione sonrió divertida pues había captado perfectamente lo que su mejor amigo quería decir. Le alegraba mucho ver al moreno tan radiante. El peso de las circunstancias pasadas había sido tal, que, aunque ellos no se hubieran dado cuenta, habían mermado a Harry. Ahora que los problemas parecían haberse acabado (o al menos durante ese verano), incluso su físico había cambiado.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Ron.

—En nuestro cuarto curso Voldemort aún no había vuelto y nuestra única preocupación era saber qué iba a pasar en Hogwarts ese año…—contestó Hermione.

—El Torneo de los Tres Magos —continuó Ginny divertida mientras se mofaba de su hermano por no haberse dado cuenta.

La castaña miró a su amiga con cierta nostalgia en sus ojos. La familia Weasley había sufrido una grave pérdida, y aunque la felicidad por haber acabado con la oscuridad era patente, Hermione no podría olvidar las noches en vela con la Señora Weasley mientras esta luchaba con sus peores pesadillas. Pero lo peor de todo era ver a George, el hermano. La tristeza por haber perdido a su otra mitad era tal, que estaba completamente consumido. Incluso el negocio había empezado a no ir tan bien como siempre.

—Mirad chicos —dijo Ginny sacando la edición diaria del Profeta. —Al parecer han estado buscando a Bellatrix Lestrange por todos sitios y han sido incapaz de dar con ninguna pista si quiera.

Tan solo con escuchar el nombre de la mortífago, Hermione recordó la escena de aquel dos de mayo, la cual le había marcado a fuego lento. Aún no tenía muy claro si Draco Malfoy había matado a su tía, o si esta había conseguido huir. Lo que si sabía es que su padre había vuelto a ser condenado a Azkaban, mientras que su hijo, alegando a ver estado bajo el influjo de maldiciones imperdonables y amenazas, había conseguido eludir la condena. Hermione, aunque no quería reconocerlo se alegraba interiormente. Era muy extraño, porque había buscado la sensación que le había producido el Slytherin con tan solo tocarla besando apasionadamente a Ron durante mucho tiempo. Pero el pelirrojo, ni si quiera había conseguido emocionarla. Era algo que la tenía bastante preocupada.

El trayecto se hizo bastante largo, al menos para la castaña, la cual estaba ansiosa por ver de nuevo el Castillo y poder fijarse en las nuevas construcciones y arreglos que habría sufrido después de la guerra. Cuando llegaron a la estación de Hogsmeade, la noche ya había caído sobre ellos y el viento corría con suavidad transportando una sensación de frío que para nada pegaba en aquella época del año.

—Los de primero por aquí —dijo una voz grave a sus espaldas mientras Hermione observaba como Harry se alzaba por los aires.

—¡Hagrid cuidado que le das a los de primero! —dijo Hermione entre las risas de Ron y Ginny. Como si fuera una pluma, el semigigante había cogido al moreno en brazos y lo miraba con ojos llorosos. Tras unos segundos, lo soltó bruscamente.

—¿Qué tal ha ido el verano, chicos? —les preguntó.

—Bueno, ha ido bien. Creo que ha sido el más tranquilo de toda nuestra vida, ¿verdad chicos? —dijo Hermione sonriendo ampliamente. —¿Qué es eso de que habrá nuevas noticias en Hogwarts, Hagrid? ¡Nos quedamos muy intrigados con la carta!

Los demás afirmaron con la cabeza.

—Os entiendo. ¡Pues yo he viajado con Grawp por toda Gran Bretaña! —exclamó en tono divertido. —Hemos vivido muchas aventuras conociendo a algunos gigantes que no son tan cabezotas. Pero bueno, no puedo enrollarme, ya me pondré en contacto con vosotros, tened cuidado.

Había ignorado completamente la pregunta. La misma venía a raíz de una serie de afirmaciones que habían indicado que aquel año, el colegio estaría completamente diferente.

—Vamos, cojamos un carruaje —dijo Harry.

Los cuatro amigos se adentraron en los parajes de la escuela de magia y hechicería. La muralla había sido reconstruida con piedras enormes que le daban un aspecto mucho más robusto. Las estatuas de los cerdos alados seguían exactamente en el mismo lugar, pero ahora saludaban y guiñaban, además de hablar.

—¡Morena! ¡Morena! —dijo uno de los animales dirigiéndose a Hermione. —¡Vaya curvas! ¡Vaya curvas!

La Gryffindor se ruborizó completamente.

—¡Oye tú! —dijo Ron con un tono que denotaba cierto enfado.

—¡Cállate mocoso! ¡No sé qué ha visto en ti! —le contestó el otro cerdo.

—Vamos Ronald no le hagas caso —dijo la castaña casi divertida.

Cuando los carruajes llegaron, la primera novedad hizo aparición.

—¡Winky! —dijo Hermione sorprendida.

Winky había sido la elfina doméstica de los Crouch hasta que fue despedida por los mismos a raíz de los sucesos acaecidos en el Mundial de Quidditch cinco años atrás. Ahora estaba visiblemente más gorda y parecía ser feliz.

—¡El señor Potter y sus amigos, que emoción! Y la señora Granger —esto último lo dijo en un tono mucho más apático. Hermione nunca le había hecho mucha gracia a la elfina. —Solo tres por carruaje señor, los elfos domésticos debemos cuidar a los alumnos y cuatro son multitud.

—Pero… —comenzó a decir Harry.

—No hay peros que valgan señor.

—Nos os preocupéis chicos —dijo Hermione—, yo me iré en otro carruaje.

La Gryffindor bufó al ver que Ron ni si quiera se había ofrecido a acompañarla. Con las manos sobre los hombros, abrazándose por el frío que hacía a aquellas horas de la noche, esperó al siguiente carruaje. A su lado, se posicionó una persona alta vestida con la túnica de Hogwarts y que iba encapuchada, ocultando su rostro. La castaña, instintivamente se llevó la mano derecha a su varita por seguridad. Al parecer, eran las dos últimas personas que quedaban.

El elfo doméstico que les acompañaba a ella y a la persona encapuchada era viejo, pero rebosaba alegría. Charlaba por los codos.

—Elfo, cállate ya —dijo su acompañante.

Cuando escuchó aquella voz, Hermione se quedó completamente helada. Era Malfoy. En aquel momento fue como si un dragón se despertara en su interior pues notó un pequeño rugido, como cosquillas en el estómago. Entonces, al fijarse en las manos, eliminó cualquier tipo de duda. Aquellas manos limpias, finas, pero a la vez firmes y pálidas como la nieve solo podían ser de él.

El resto del camino lo hicieron completamente en silencio. Al parecer, el Slytherin había decidido volver a Hogwarts para terminar su formación académica. Lo cual era bastante extraño pues sería visto como un paria social. Hermione no levantó la mirada en todo el camino. Sentimientos contradictorios se apoderaban de ella con fuerza con tan solo observar las manos del joven. Estaba muy nerviosa. Dio gracias cuando tuvieron que bajarse del carruaje.

Hecho esto, se dio cuenta de que se estaba quitando la capucha. Horrorizada, observó el rostro lleno de cicatrices de su acompañante. Por supuesto, Draco, se había dado cuenta de todo.

—¿Sorprendida Granger? —dijo con su habitual arrastre de palabras. —Esto es lo que pasa cuando personas como tú se toman la venganza por su propia mano. Esto es peor que Azkaban, todo el mundo me odia.

Cuando terminó de hablar, sin dar tiempo a que Hermione reaccionará, entró en el Castillo con suma elegancia. Al ver sus andares y la forma en la que iba peinado, la Gryffindor suspiró. El Slytherin se había dejado crecer el pelo, estaba más alto y algo más fornido. Lo había notado en como la capa se le pegaba en los brazos… Parecía más maduro.

—Hermione, ¿quién era ese? —preguntaron sus amigos que la esperaban en la puerta.

—Draco Malfoy.

Durante el trayecto de la entrada al Gran Comedor, Harry le contó que Winky había dejado la bebida pero que se había hecho adicta a los calmantes. Además de preguntarle si se había fijado en las nuevas torres del castillo y en las pinturas de la entrada. Hermione guardó silencio, las había obviado completamente ante la iluminadora imagen del Slytherin. El moreno le dijo que las torres incluso eran de materiales diferentes por lo que habían cambiado de color. Aunque estaba escuchando, la Gryffindor no prestaba atención. La imagen del rostro de Malfoy estaba necesitando de todo el trabajo de sus neuronas.

Cuando todos en el Gran Comedor estuvieron sentados alrededor de sus respectivas mesas, el Sombrero Seleccionador, que estaba dejado caer sobre su habitual taburete, comenzó a cantar:

"La comunidad necesita valor,

ya no es Gryffindor el más valiente,

ni el Slytherin el siempre malhechor.

Ahora que nuevos tiempos vienen,

debemos construir un mundo precursor,

de poder tender manos y puentes,

para que consigamos una generación mejor.

Uníos alumnos de Hogwarts a mi canto que siente

que llega vuestro tiempo y vuestra era,

que llega la luz, la esperanza, dejando atrás la muerte."

Tras el nuevo himno del Sombrero Seleccionador, el Gran Comedor prorrumpió en fuertes vítores y aplausos. Aun así, Hermione no pudo separar la mirada del rostro de Malfoy, el cual se encontraba solo sentado en la mesa de los Slytherin, que estaba bastante mermada. Ni si quiera miraba a la mesa de los profesores, donde incluso se encontraba el Ministro Shacklebolt.

Tras unos minutos de alegría y jolgorio, guardaron silencio ante la figura de Minerva McGonagall puesta en pie. Desde hacía varios meses, sabían que era la nueva directora. Al menos, los cuatro amigos Gryffindors.

—Bienvenidos un año más a Hogwarts, la escuela de Magia y Hechicería. Soy Minerva McGonagall, directora y profesora de Transformaciones. Antes de nada, debo de deciros que nuevos tiempos corren para esta institución. Tiempo al que debemos de adaptarnos. Ahora os revelaré el secreto mejor guardado de este curso: Todos los estudiantes os someteréis de nuevo al arbitrio del Sombrero Seleccionador para fomentar la colaboración entre las casas. Podemos empezar.

Un murmullo de sorpresa y congoja recorrió la estancia. Algunos sonreían, otros estaban más que preocupados. Ron miró a Hermione casi suplicante, a lo que ella contestó alzando los hombros. No tenía ni idea de lo que iba a pasar. Muchos fueron antes que ellos. Aunque la ceremonia iba a un buen ritmo, se estaba alargando más de lo previsto.

—Potter, Harry Potter.

Harry se levantó visiblemente nervioso. Era bastante extraño ver a una persona tan "mayor" bajo el Sombrero Seleccionador el cual habló en voz alta.

—¡Vaya! Si tenemos aquí al Elegido. Me alegro de verte de nuevo muchacho —dijo alegremente. —Veamos, ahora estás más seguro de tus posibilidades… Si… Claro… Entiendo que no quieras cambiarte porque tienes una vida hecha en Gryffindor… Si… Pero ese es el tipo de cosas que queremos cambiar joven. Si. ¡Slytherin!

El Gran Comedor guardó silencio. Hermione abrió los ojos como platos. ¿Había dicho Slytherin? En la mesa de Gryffindor el ánimo estaba por los suelos. Se había marchado su estrella. Aquello sentó como un jarro de agua fría a la castaña.

—Malfoy, Draco Malfoy.

Cuando el rubio se levantó de la mesa de Slytherin, ignorando por completo a Harry que fue recibido tan solo por algunos miembros de la casa de las serpientes, el Gran Comedor estalló en improperios. Obligando a que algunos prefectos tuvieran que actuar. Malfoy había sido el único de padres y/o familia de mortífagos que aquel año había acudido a Hogwarts.

—¡Slytherin!

—¡Eh! ¿Por qué no han cambiado a Malfoy? —preguntó Ginny.

—A veces las personalidades nunca cambian —dijo Ron en tono irónico mientras hablaba por señas con Harry, el cual tenía cara de circunstancias.

—Weasley, Ginny Weasley.

Ginny no tardó más de veinte segundos en ir a su nueva casa: Slytherin. De hecho, Harry fue el que más se alegró de saberlo ya que se levantó de su asiento para aplaudir con fuerza.

—Al final nos vamos a quedar solos —afirmó Ron acariciando la mano de Hermione a lo cual ella respondió poniendo los ojos en blanco.

—Weasley, Ron Weasley.

El chico se levantó bastante seguro de sí mismo. Pero nada cambió. De nuevo volvió a la mesa de los leones, pero esta vez con el rostro más preocupado. Verdaderamente, se estaba quedando solo.

—Granger, Hermione Granger.

—¡Slytherin!


¡Bueeeeeeeeeno! :)

Espero que os haya gustado este primer capítulo. He intentado describir lo mejor posible la situación actual aunque en el segundo capítulo haré una descripción más detallada de todo lo que acontece en Hogwarts y lo que ha cambiado tras la guerra.

Me gustaría dejar claro que si queréis saber a que casa ha ido cualquier personaje que no haya nombrado, podéis preguntarme vía review o MP. Gracias a todo aquel que se pase por aquí.