CAPÍTULO 2
En el puerto, un sujeto vestido de oscuro que no había perdido detalle de lo acontecido, entraba en una de las posadas, pedía papel y pluma y comenzaba a escribir una carta cuya destinataria final era Isabel I Tudor.
Cuando Terry despertó, en medio de la oscuridad, hubo de luchar contra las náuseas y un insoportable dolor de cabeza. Debía tener un chichón como un huevo de paloma. Permaneció tan quieto como pudo a la espera de que remitiera el malestar, acunado por el suave balanceo de la nave. Debían encontrarse ya en alta mar. Consiguió reptar hasta encontrar acomodo en uno de los mamparos, confiando en lo que la suerte le deparase.
Había conseguido su objetivo, pero no estaba seguro de si sería admitido en la tripulación o acabaría colgado del palo mayor.
Bastante después se abrió la escotilla y el ruido de pisadas le puso en alerta. Ante él se plantó un sujeto alto y delgado de rostro cadavérico, al que acompañaba un muchacho muy joven que parecía estar algo asustado.
—¡Vaya! Así que el palomo ya está despierto. Cortaron las ligaduras de los tobillos, le pusieron en pie y fue empujado sin miramientos hacia la escalerilla. Subió a trompicones, latiéndole cruelmente las sienes y lastimado por el dolor de sus articulaciones.
En la cubierta, los marineros se afanaban en sus quehaceres y no le prestaron atención alguna. Por el contrario, él sí se demoró un tanto observando el entorno, haciéndose una idea del lugar al que había ido a parar. Fue empujado para que siguiera caminando y Terry se revolvió, aunque poco o nada podía hacer con las manos aún atadas a la espalda.
—Sigue con lo tuyo, Jack, ya me encargo de él —escuchó decir a sus espaldas, a la vez que alguien cortaba las cuerdas que apresaban sus muñecas. El gigante con el que había peleado en el puerto se guardó el cuchillo en la bota, pendiente del gesto fastidiado del prisionero.
—¿A quién debo el golpe traicionero en la cabeza? —preguntó Terry, masajeándose la piel lacerada—. Más que nada, por devolverle el favor.
Potter lanzó una sonora carcajada al aire.
—Se lo debes a tu estupidez, muchacho. Espero que sea el único golpe que te ganes a bordo, aunque no sé por qué, me da en la nariz que eres de los que busca camorra.
—Si me buscan, me encuentran.
—Procura contenerte mientras estés en el Melody Sea. Aquí no nos gustan demasiado los gallitos.
—Así que estoy a bordo de un barco pirata.
—Corsario —rectificó Potter.
—Al que me han enrolado por la fuerza.
—Así es.
—Bien. Y ¿qué se supone que voy a hacer aquí?
—¿Qué te parece ejercer de fregona de cubierta? Terry entrecerró los ojos. A esas alturas no pocos de los marineros estaban ya pendientes de la conversación, aunque sin desatender sus quehaceres.
—¿Qué tal de capitán? —Terry lo propuso con absoluto descaro.
Un coro de carcajadas estalló en cubierta. Y una voz suave, envolvente y femenina, hizo objeción a su arrogancia:
—Esta nave ya tiene capitán, marinero.
Terry se giró despacio para encontrarse cara a cara con una muchacha vestida como un verdadero lobo de mar. Calzas, camisa amplia anudada sobre el estómago, botas de alta caña hasta por encima de las rodillas, sable al costado… Llevaba el cabello rubio largo, rizado y sujeto con un pañuelo rojo atado bajo la oreja izquierda, haciendo que destacara aún más el palido de un rostro perfecto, unos enormes ojos del color del mar Caribe y una boca plena de labios carnosos y sonrosados.
Era una auténtica belleza que lo dejó sin aliento y sin palabras.
Candy White afianzó los pies en la cubierta, cruzó los brazos bajo el pecho y observó con renovado interés al nuevo componente de su tripulación.
—Estoy de acuerdo con vos, señor Potter —dijo con los ojos fijos en Terry—. De momento, que empiece fregando la cubierta.
—Solicito hablar con el capitán. Tengo sobrados conocimientos del mar, manejo el sextante y sería un desperdicio ocuparme en trabajos de esa índole, señora.
—¿Cuál es vuestro nombre, marinero? —GrandChester. Terrunce GrandChester. Las damas y los amigos me llaman Terry.
Los labios femeninos se distendieron. Le había parecido guapo cuando le vio peleando con Potter en el puerto, pero ahora, teniéndole frente a ella, Candy se daba cuenta de su gran atractivo. Era bastante alto, bien proporcionado, con un rostro que seguramente atraería a muchas mujeres y unos ojos zafiros que parecían observarlo todo, de los que era difícil apartar la mirada.
—Yo os llamaré GrandChester. Bien, os escucho.
—¿Que me escucháis? ¿Vos?
—Queríais hablar con el capitán, ¿no es eso? Yo soy el capitán.
Terry abrió la boca, pero volvió a cerrarla. ¿Se estaba burlando de él aquella muchacha? Incluso vestida como un corsario y portando un sable a la cadera se adivinaba que era muy joven. No podía ser. Debía tratarse de la amante del auténtico capitán.
—Como broma, señora, no está mal —respondió.
Potter le golpeó amistosamente en un hombro y dijo:
—Sé respetuoso, insensato. Estás frente al capitán White.
—En la isla escuché rumores, pero os aseguro que se referían a un hombre. O eso creí entender. —William White era mi padre.
A Terry no se le escapó el tiempo del verbo empleado por ella. Era.
Entonces, ¿había muerto? Se tironeó del lóbulo de la oreja sin acabar de creer que aquella muchacha fuese su hija, mucho menos que hubiese tomado el mando de un barco con patente de corso.
—No me gusta que me tomen el pelo, señora —respondió—. ¿Queréis hacerme creer que una jovencita como vos capitanea a este grupo de filibusteros?
—Esta jovencita puede ordenar que os cuelguen del palo mayor —repuso ella avinagrando su gesto.
—Con todos mis respetos, señora, se me hace difícil recibir órdenes de una muchacha.
Candy inspiró hondo tranquilamente. Estaba acostumbrada a que los hombres viesen en ella a una joven frágil, pese a que hubiera bajado los humos a unos cuantos.
—Así que se trata de eso. ¿Os sentiríais humillado obedeciendo las órdenes de una mujer? ¡Ah, el insensato orgullo de los varones! ¿Acaso Inglaterra no está gobernada por una mujer?
—¿Intentáis compararos con la Reina?
—¡Ni por asomo, señor GrandChester! Ni por asomo. Tengo entendido que es poco agraciada y bastante seca.
—Un comentario así podría costaros la cabeza. —De estar en la Corte, es posible. Pero esto no es la Corte de Inglaterra. ¿U os lo parece? —Abrió los brazos abarcando la cubierta, guiñando a la vez un ojo a sus hombres, que rieron la burla.
—Dista bastante de parecerse, señora mía. A ella le desapareció la sonrisa y le observó con más detenimiento. Cruzó una rápida mirada con Potter y este se posicionó tras Terry.
—¿Y qué hace un sujeto que parece conocer la Corte de Isabel en mi barco?
—Tiene gracia que lo preguntéis, cuando han sido vuestros hombres quienes me han obligado a subir. Os puedo asegurar que, de haber tenido elección, no habría apostado por esta nave. Pero si os interesa saber si he estado en la Corte de Londres, os diré que sí. No una vez, sino varias. Y por mí, todos esos condenados farsantes que lamen el trasero a la Reina pueden irse al infierno.
A esas alturas, ni uno solo de los hombres de la tripulación se dedicaba al trabajo, pendientes de la conversación entre su capitana y el nuevo marinero.
—Explicaos mejor antes de dar orden a Potter para que os amarre al palo mayor. Terry subió los hombros y esbozó la mejor de sus sonrisas.
—Os ruego que lo penséis mejor, señora, porque escapé de Londres casualmente para mantener mi cabeza sobre los hombros y, con franqueza, me gustaría que siguiera ahí.
—¡Dejad de llamarme señora, soy vuestro capitán! —replicó la muchacha.
No estaba molesta con GrandChester, sino con ella misma por las mariposas que revoloteaban en su estómago mirándolo.
—Como ya os he dicho, señora —repitió él, pertinaz—, me resisto a aceptar a una muchacha como mi capitán.
Candy suspiró hondo. Aquel individuo estaba incomodando como un grano en el culo.
—Puedo hacer que os arrojen al mar y olvidarnos de que una vez estuvisteis en esta cubierta. Pero me intriga vuestro desparpajo. Me ha parecido escuchar que tenéis cierta experiencia y no despreciamos una mano que se sume a las nuestras. Aun así, acabemos con este tira y afloja. Peleemos. Si ganáis, os dejaremos en el primer puerto en el que fondeemos. Si gano yo, serviréis en el Melody Sea durante un año.
—¡Por favor...! —exclamó él, divertido, dándole la espalda.
—¿A cuchillo o sable? Terry se volvió a mirarla con el ceño fruncido.
—¿Estáis de guasa?
—¿Os parece que lo estoy?
Terry lo pensó con detenimiento. No tenía salida, aunque pelear con una mujer ni se le hubiera pasado por la cabeza. Si alguna vez aquello saliera a la luz, sería el hazmerreír de la Corte durante décadas. Por otra parte, bajarle los humos a la muchacha se le antojaba gracioso, no dudaba que los corsarios la veían como a una hija y la habían consentido demasiado. Ponerle los pies en la tierra no estaría de más.
—Si así lo queréis, sea —asintió.
La tripulación estalló en un rugido ensordecedor.
—¿Arma? —preguntó ella.
—Si preferís el cuchillo… —concedió Terry—. Imagino que os será más fácil manejarlo.
—A sable —repuso ella—. Me agrada más su contacto.
—Como gustéis, señora.
—Préstele el suyo, señor Potter.
Terry estiró el brazo y el segundo de a bordo le cedió su arma con cierta reserva. La probó blandiéndola varias veces en el aire y luego tomó posición.
—Cuando queráis, milady. Sin tregua,
Candy atacó por sorpresa.
Terry paró el golpe a duras penas, retrocediendo. Volvió a tomar posición y clavó los ojos en su oponente. No, la muchacha no bromeaba, sabía lo que estaba haciendo al retarle, se movía como un felino y manejaba el sable con mucha destreza. Cruzaron algunos golpes que tenían como objetivo calibrar la habilidad del contrario.
Terry no tardó en darse cuenta de lo complicado que le iba resultar quitarse de encima a aquella arpía.
Candy, por su parte, comprobó que su rival era un buen espadachín. Pero ella tenía intención de ganar aquella pelea, aunque fuese utilizando triquiñuelas femeninas, alguna ventaja tenía ser mujer. Zigzagueó con su arma en aspa, consiguiendo alcanzar en el pecho a su oponente y haciendo rugir de nuevo a la tripulación. Era un rasguño ligero que no revestía mayor importancia, pero dejaba a las claras a GrandChester su capacidad para defenderse. Apoyó la punta de sable en el suelo y preguntó:
—¿Es suficiente para vos, señor GrandChester?
Terry echó un rápido vistazo al tajo. Escocía como un demonio. Por él, la pelea hubiera acabado ahí, no le hacía gracia alguna cruzar armas con ella, pero el rictus de suficiencia que bailoteaba en esos labios apetecibles y carnosos consiguió irritarle.
—Volved a alcanzarme, señora mía, y os juro que os llamaré capitán con mucho gusto.
Candy se mantuvo en guardia. El tipo era obstinado, pero le agradaba. Sin embargo, debía acabar con la contienda pronto, porque reconocía haberse distraído un par de veces mirando sus ojos azules. Atacó con más ímpetu, pero él paraba cada golpe, perdía terreno y volvía a recuperarlo mientras rugían los gritos de los marineros alentando a su capitán.
Terry sabía que podía ganar. Por muy diestra que ella fuera, acabaría cansándose. Sin embargo, le resultaba difícil creer que saliera ileso si la humillaba delante de sus hombres, así que no le quedaba otra solución que colocarse a la defensiva. Ya había decidido simular que perdía el sable atizado por uno de sus mandobles, pero no esperaba la treta utilizada por ella al segundo siguiente. Cruzaron las armas, tan cerca el uno del otro que respiraban el mismo aire, clavadas las pupilas de Terry en las de la joven.
Justo entonces, Candy movió su pierna derecha barriéndole y haciéndole caer en cubierta. Un segundo después la punta de su sable se apoyaba en su cuello.
Decenas de gargantas la vitorearon y algunas manos palmearon la espalda de la capitana corsaria mientras Terry, vencido, se recuperaba de su asombro. En cumplimiento al pacto, la punta del sable femenino procuró un nuevo corte en el pecho del Duque.
Después, ella enfundó el arma a su costado y ofreció su mano.
Terry la aceptó para incorporarse escuchando a su alrededor las risas burlonas de la tripulación.
Por un momento, ambos se quedaron mirándose a los ojos. Ella esperaba su completa sumisión, él la contemplaba sin recato.
Los marineros guardaron un momentáneo silencio, pendientes de la reacción de ambos. Por fin, Terry sonrió, se llevó dos dedos a la sien como si de una salutación militar se tratara y preguntó:
—¿Por dónde empiezo a limpiar la cubierta… capitán?
Durante sus primeros días a bordo del Melody Sea, Terrunce GrandChester tomó buena nota de cuanto veía, ya fuesen provisiones, aparejos o armas.
La nave era inmejorable, tal y como ya le había parecido en el puerto. Iba equipada con seis cañones y dieciocho culebrinas: unos cañones pequeños y manejables, muy efectivos, que sembraban las cubiertas enemigas de metralla. Amante del mar y de los barcos como era, apreció lo cuidado que estaba el navío que, lejos de pertrecharse de artillería y longitud de remos, resultaba ligera y, a la vez, segura, con una cubierta corrida para evitar que los remeros estuvieran desprotegidos. Pero estuviese la nave mejor o peor dotada que otras, él sabía lo que era la vida en el mar y, en un barco corsario, las comodidades disminuían.
Alrededor de cincuenta hombres se hacinaban en las bodegas a la hora de descansar sobre mugrientas hamacas, nidos de pulgas —bichejos transmisores de enfermedades, además de notablemente incómodos— y parajes de piojos que se adueñaban de las raídas mantas con las que se cubrían, contra cuya presencia era muy incompleta la escasa limpieza con agua salada que se le aplicaba. Terry solo esperaba que el cargamento de comida a bordo fuera el suficiente, para no tener que echar mano de las ratas, alimento habitual en ciertas ocasiones en naves que realizaban largas travesías, deficitariamente provistas. No le costó demasiado esfuerzo acercarse poco a poco a los componentes de la tripulación, y la camaradería se fue estrechando porque siempre estaba dispuesto a echar una mano, aunque estuviera muy cansado debido a la gran cantidad de tareas encomendadas.
En un barco, no se descansaba durante mucho tiempo: limpiar la cubierta, tirar de los remos, mantener las velas en buen estado, pulir o afilar las armas y achicar agua solían ser quehaceres cotidianos.
Por fortuna, solamente los dos primeros días se le encargó adecentar la cubierta y lo hizo sin rechistar poniendo todo su empeño en la faena, arrodillado y restregando con vigor la madera hasta despellejarse las manos.
Pronto demostró su habilidad para reparar utensilios, para manejar los enseres, para entender las cartas náuticas y, sobre todo, para dirigir a sus compañeros hacia donde deseaba, dejándoles creer que eran ellos quienes tomaban las decisiones. Potter, a prudente distancia, no dejaba de observarle ni un momento. Estaba seguro de que GrandChester se había dejado ganar por Candy.
Él conocía la destreza de la muchacha peleando, no en vano había sido él mismo su maestro, enseñándole cuanto truco conocía para mantenerse viva. Pero no era idiota. Lo que no alcanzaba a comprender era la causa por la que GrandChester había llevado a cabo la artimaña, dejándose vencer por ella. ¿Tal vez por no enfrentarse a una tripulación enfervorecida con su joven capitana? ¿O era otro el motivo? ¿Había sido mera casualidad su encontronazo en el puerto? ¿De veras había escapado de Inglaterra para salvar la vida? GrandChester era un sujeto peligroso, lo presentía. Era notorio que estaba habituado a moverse en una nave. Sobre todo, se veía que estaba acostumbrado a mandar. No dejaba de hacerse preguntas sobre él y se juró que acabaría por saberlo todo.
Terry, por su lado, parecía sentirse cómodo a pesar de haber sido embarcado a la fuerza. Conversaba con todos y había conseguido que Gregory, el jovencísimo grumete, hiciera de él una especie de ídolo al que pedía opinión a cada momento, asimilando sus comentarios e instrucciones, ya fuese sobre el modo de hacer un nudo marinero o la forma más diestra de utilizar el cuchillo. Pero el duque no se engañaba, percibía a cada instante la mirada observadora del segundo de a bordo sobre él y andaba con pies de plomo. Había, sin embargo, un sujeto que preocupaba a Terry mucho más que Potter: Donald Roylan. Por lo que supo, formaba parte de la tripulación del Melody Sea desde hacía varios años.
Era el segundo oficial y se decía que ansiaba el cargo de contramaestre que ostentaba Potter. De muy mal carácter, varios marineros habían tenido sus más y sus menos con él, y otros habían sufrido sus castigos: tandas de azotes e incluso había determinado pasar a un hombre bajo la quilla, orden que fue anulada en persona por White.
Hacer pasar a alguien bajo la quilla del barco era tanto como condenarlo a muerte porque, aunque el pobre desgraciado aguantase sin respirar el penoso trayecto, acababa con la piel destrozada debido a los moluscos que se adherían al casco, lo que acarreaba infecciones de cura muy incierta en alta mar. Pitt Pitman, el cirujano de a bordo, poco o nada podía hacer en esos casos. Roylan no le agradaba en absoluto, por más que la capitana hiciera la vista gorda cuando se sobrepasaba porque, según se comentaba, le debía un favor. Orgulloso y áspero con los hombres que tenía a su cargo, buscaba siempre una ocasión para hacerle a él el centro de sus escarnios. Aquella mañana, Roylan parecía inusualmente irritado y Terry supo que se avecinaban problemas. Se encontraba atando unos cabos cuando escuchó su berrido.
—¡GrandChester! Trae dos cubos de agua y limpia esta parte de la cubierta, apesta a cerdo. Terry no rechistó. De buena gana le hubiera plantado el puño en la cara, pero obedeció y fue en busca del agua.
En el castillo de proa, a Potter no se le escapaba la escena, como tampoco el hecho de que Roylan apoyara la mano en el mango del cuchillo largo que colgaba de su costado. Se acodó en la baranda y esperó.
Terry regresó al poco con dos cubos que dejó en cubierta y Roylan no perdió tiempo en patearlos, sin disimular que buscaba humillarlo.
—Una lástima —dijo en voz alta, soltando después una carcajada—. Tendrás que traer otros dos. En un lugar tan cerrado y monótono como la cubierta de una nave, cualquier alteración de la rutina llama de inmediato la atención, así que los hombres, casi al unísono, se inhibieron de sus quehaceres aprestándose a ser testigos de un rato de entretenimiento,Terry ansiando íntimamente que el nuevo tripulante le bajase los humos a Donald. suspiró y colgó los pulgares en la cinturilla del pantalón, única prenda que llevaba encima. Se había acostumbrado a deambular por el barco sin otra ropa, con el fin de mantenerse lo más limpio posible, y durante aquellos días su piel había tomado un tono bronceado que hacía destacar más sus músculos.
—¿Por qué no los traéis vos, ya que habéis pateado los míos? Al otro, la descarada contestación le hizo erguirse. Un rictus de ira asomó a sus labios, enrabietado por las risillas de algunos hombres a su espalda.
—Cumple la orden si no quieres acabar atado al palo mayor y acariciado por el látigo.
Terry apretó los dientes. Sabía que se estaba jugando casualmente eso, una paliza que dejaría marcada su espalda por el cuero para siempre. Pero se había cansado de ser el centro de las burlas de Roylan. Deseaba más que nada en el mundo arreglar la cara a aquel desgraciado que, aupándose en su condición y su rango, no escatimaba la ocasión de sojuzgar a los que podía, sobre todo al jovencísimo Gregory al que golpeaba con sus puños por cualquier motivo. Sí, lo deseaba más que nada, pero no estaba loco y el galanteo de un látigo de ocho colas en su cuerpo no le hacía la menor gracia, nada conseguiría dejándose despellejar. Inspiró para calmar su rabia, apresurándose a cumplir la orden. Potter, viéndole obedecer, asintió en silencio.
Después de la cena, algunos de los hombres se acomodaron en sus literas, agotados tras el duro trabajo. Otros se agruparon alrededor de los dados.
Terry no podía dormir y salió a cubierta. Le reconcomía haber tenido que claudicar ante Roylan y su humor se agrió del todo cuando descubrió a Candy en el castillo de proa. Seguía vistiendo al modo masculino, pero su cabello rubio suelto hacía que destacara en la oscuridad y él se había quedado mirándola, preguntándose si realmente estaba ante el corsario que traicionaba a Isabel. Dio un respingo cuando alguien le puso una garrafa de ron ante las narices. La aceptó y dio un buen trago. Le importaba un bledo emborracharse, haberse metido en aquella aventura lo mantenía tenso como una cuerda de violín y se merecía un poco de esparcimiento.
—Ten cuidado con Roylan. —Terry escuchó la voz de Potter a su lado—. Es un mal tipo. Y peligroso.
—También yo puedo serlo.
—No lo dudo. Pero si le cabreas, ni siquiera yo podré evitar un castigo. Te aseguro que no es agradable ver a un hombre con la espalda destrozada por el látigo.
—Gracias por el consejo.
Permanecieron en silencio un buen rato, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, con la mirada perdida en la negrura del océano que los rodeaba, escuchando a cada tanto el crujido del maderamen de la nave en su incansable vaivén.
—¿De dónde eres, GrandChester?
—Se podría decir que soy ciudadano del mundo, pero nací en Londres.
—¿Qué hacías en Tortuga?
—Ya os lo dije, buscaba un barco. Si os referís al momento justo en que nos conocimos..., paseaba cuando me di de narices con vos.
—¿Tan grave fue lo que hiciste en Inglaterra como para que quisieran cortarte el cuello?
—Digamos que tuve la osadía de acercarme demasiado a la amante del actual preferido de la reina —contestó, pidiendo disculpas mentales al caballero por tan flagrante mentira.
—Ya veo. Así que te mueves en los salones de la gente importante.
—Conozco a muchas clases de personas, de clase alta y de baja estofa.
—No mentía en absoluto ya que, más de una vez, se había visto obligado a confraternizar con maleantes para obtener información—. En este caso, mejor decir que la dama se movía en salones que no correspondían a su rango.
—Entiendo. ¿Cómo es que...?
—¿Qué es esto, señor Potter? —se encabritó Terry—. ¿Un maldito interrogatorio? Porque no me pareció que os importara de dónde vengo ni adónde voy cuando me sacudieron, metiéndome por la fuerza en el Melody.
—Que no se te alteren las plumas, pollo —se echó a reír—. Es simple curiosidad. No me gustaría tener un escorpión bajo mi trasero.
—Me fui de Inglaterra para salvar el pellejo teniendo que dejar atrás muchas cosas, llegué a Tortuga por pura casualidad y me dijeron que podía conseguir ocupación en alguna nave. Como comprenderéis, mi único fin es estar algún tiempo alejado de Inglaterra, hasta que se olvide mi... tropiezo. El destino me da lo mismo, aunque no imaginé que iba a acabar con la cabeza abierta.
—Tú te lo buscaste.
—Es cierto —admitió Terry, más relajado, con una sonrisa ladeada—. Fui un poco necio.
—Fuiste un poco engreído, pero debo reconocer que pegas duro y sabes manejar los puños.
—Cuestión de práctica.
Terry alzó la mirada y volvió a clavarla en la esbelta figura de la muchacha, aún en el puente. Potter siguió la línea invisible desde los ojos zafiros a la balaustrada en la que Candy se enmarcaba.
—Olvídalo. No está disponible.
—¿No debería ser ella quien decidiera eso, señor Potter?
—Lo decido yo y basta. No te acerques demasiado, muchacho, o el que acabará por despellejarte la espalda seré yo mismo. Es más: la reina de Inglaterra no tiene el monopolio de cortar cabezas. Como si la amenaza no hubiera supuesto más que un «buenas noches», se hizo con la garrafa de ron y se alejó hacia la escalerilla que bajaba a los camarotes. Segundos después, la propia Candy White abandonaba su posición.
Terry tardó un buen rato en dejar de mirar el lugar en el que ella había estado, y cuando por fin bajó a su litera no pudo conciliar el sueño. Unos ojos esmeralda, un cabello rubio y el rostro más hermoso que nunca viese, se lo impidieron.
Tampoco Candy pudo descansar bien aquella noche, la presencia de GrandChester había alterado sus nervios. Se quitó el colgante que pendía de su cuello, una exquisita joya que representaba dos rosas entrelazadas, que solo se permitía llevar en contadas ocasiones, lo acarició con cariño y lo guardó. Tumbada en su camastro, dejó recrearse a su mente en la apostura y gallardía del nuevo tripulante.
Continuará...
Saludos lectores.
JillValentine.
