La información que he encontrado respecto a los efectos del muérdago sobre los seres sobrenaturales de Teen Wolf me ha parecido un poco confusa, así que voy a fingir que es una sustancia inocua para ellos (?).


"We're on the good side of bad karma" - Hailee Steinfeld


Liam sabe más sobre él de lo que querría, no obstante. Más de lo que Theo querría que supiera.

–Lo siento. Lo siento.

A Liam siempre lo despierta el hedor a terror absoluto. Es amargo y repugnante, y flota en ondas concéntricas y expansivas. Theo respira con dificultad, como si lo estuvieran ahogando, en un estertor horripilante. Lívido.

Los primeros días, Liam se quedaba desarmado. Sin saber si despertarlo. Cómo hacerlo.

–Theo.

Por favor –hiperventilando. Rogando una misericordia que nunca encuentra–. Lo siento.

A punto de abrir los ojos.

Liam lo sujeta contra el colchón. Por su propio bien. Y entonces Theo da una sacudida violenta y tiene los ojos completamente abiertos. Clavados en el ventilador que cuelga del techo. Las garras fuera. Tratando de alejarse desesperadamente de él.

–Theo, no está ahí –dice Liam, sin perder los estribos–. No está aquí.

–Va a matarme.

–Estás a salvo –apoya todo su peso en él para que no se levante. Si lo consiguiera, podría hacerse daño. Ya le ha ocurrido antes.

–Theo, Tara está muerta –le hunde los dedos en los hombros. La rodilla entre las piernas. Sin dejar de hablarle–. Está muerta, Theo.

Pierde las fuerzas poco a poco. Theo es físicamente superior a él, pero logra reducirlo. Liam ha leído acerca de lo que le sucede.

–Debería ser yo. Debería ser yo.

Lo repite en una letanía que se prolonga diez minutos.

Debería haberme muerto.

Terrores nocturnos. Eso es lo que persigue a Theo. Su condena perpetua. Trastornos del sueño llamados parasomnias. "La persona que los sufre lleva a la realidad conductual la situación de miedo que está viviendo en sus ensoñaciones, la cual no coincide con la realidad del contexto". En otras palabras: Theo ve a su hermana estando despierto. Esquelética, la cabellera oscura hecha una maraña. Las cuencas de los ojos hundidas. Sed de venganza. Reptando por el techo, por la pared. Hasta llegar a él para arrancarle un corazón que no le pertenece.

–Ya está –su pulso se acompasa. Liam tiene la nariz contra la hondonada que forman sus clavículas, pero podría sentirlo a varias manzanas de distancia. Todavía no tiene voz de alfa (no sabe si la tendrá alguna vez, pese a la fe ciega de Scott) pero surte efecto en Theo–. Ya está.

Verlo así, todo temblores y sudor frío e indefensión, le provoca a Liam un pesar oscuro y piadoso. Le gustaría decirle que Tara no va a volver a por él. Que no tiene razones para ello. Que no fue Theo quien la sentenció a muerte. Que nunca ha matado a nadie. Que nunca lo ha intentado. Que es inocente.

Pero no puede. No puede, y eso le parte el alma.

Theo tampoco dice nada. Enmudece y sus músculos se van distendiendo. Liam se queda sobre él durante unos minutos. Theo le acaricia la espalda. Los dedos acalambrados. Un gracias que se le atora en la garganta pero que Liam comprende, como un lobo comprende la gratitud de un compañero al que le lame las heridas.


Al lobo le gusta el olor a cerezas y a hojaldre. Es suave y agradable y lo adormila. La quimera suele ser fría, en un sentido práctico y útil que les ha salvado la vida en más de una ocasión. Suele oler a bromas y a estrategias, a adulto. Dos años más vieja que el lobo. Más experimentada. Escapa a su entendimiento. El lobo no lo asimila. Por qué al hombre le perturba que las otras criaturas crean que la quimera es suya. Al lobo le gustaría que lo fuera. La quimera mata y está preparada para morir con tal de que los suyos sobrevivan. De guardar el territorio y sus lindes. Es mitad lobo y mitad coyote, pero siempre canis, monógama.

Esa noche, patrullan y Theo adopta su forma animal. Pelaje negro y pisadas sigilosas.

A unos metros de él, el lobo aúlla de impotencia y Liam traga saliva.

Escuchando sus lamentos incomprensibles.

Sin poder detenerlos.


El señor Geyer y su madre tienen varias tradiciones navideñas. Colgar calcetines de lana gruesa con sus nombres bordados de la chimenea, dejar galletas con leche en el recibidor y comérselo todo antes de que Liam baje a abrir los regalos, aunque ya hace muchos años que Mason le contó que Santa Claus no existía. Les gusta esconder los paquetes siempre en el mismo sitio, y decorar el árbol entre los tres.

Ese año, lo decoran entre cuatro, y Liam tiene que lidiar con un interrogatorio de veinte minutos acerca de lo que Theo podría querer que le regalasen.

–Tengo que hacer los deberes, mamá –bufa, barriendo restos de goma de su cuaderno–. No os compliquéis la vida. Compradle algo de ropa. Le hace falta.

Pero su madre no se da por vencida.

–¿Crees que es más de Paco Rabanne o de Calvin Klein?

Liam hace serios esfuerzos para no dejar los ojos en blanco.

–Si vais a conseguirle una colonia cara, pilladle algo de Jean Paul Gaultier. Siempre se distrae de sus cereales cuando pasan algún anuncio en la tele –apoya el mentón en la muñeca, mirando con desgana su reloj de pulsera. Todavía falta media hora para el entrenamiento de lacrosse. Qué martirio–. Es un antiguo.

Theo va a flipar cuando descienda las escaleras para desayunar el veinticinco de diciembre y descubra que tiene regalos. Eso seguro.

–Nos vamos al centro comercial, cariño –anuncia su madre, contenta por haber podido extraer información relevante. Le revuelve el pelo–. No volveremos muy tarde. Hoy es el día libre de Malcolm, pero mañana tiene una guardia de veinticuatro horas.

Acto seguido, se dirige hacia el pasillo (seguramente para coger su gabardina del perchero), casi chocando de frente con su marido.

Liam los escucha reírse a mandíbula batiente antes de darse un pico sonoro.

Venga ya –suplica, asqueado–. ¿Tenéis que hacer lo mismo todos los años?

Esa es la tradición que menos le gusta de todas. Una semana antes de Navidad, el señor Geyer y su madre colocan muérdago en todos los dinteles de todas las puertas. Liam siempre ha sospechado que no es más que una excusa para mortificarlo, pero su madre y él están empecinados en que es una costumbre preciosa y blablablaBLA.

–Me voy al jardín, a por el palo de lacrosse –refunfuña, chirriando el parqué al apartar la silla. Va a cruzar la puerta, por acortar el trayecto y porque puede que esos dos intenten besuquearlo si se acerca a la otra. Sin embargo, cuando tiene la mano en el pomo, la puerta se abre hacia afuera, haciéndolo perder el equilibrio un momento–. ¿Hoy te han dejado salir temprano? –inquiere, saludando a Theo, que tiene los labios apretados en un gesto de contrariedad. Va vestido con el uniforme negro del Rob´s Ribs, lo cual no es muy usual, porque suele ponérselo en el restaurante y sustituirlo por sus vaqueros y un abrigo antes de volver a casa.

–Ya quisiera yo –contesta con un atisbo de apuro–. Se me ha olvidado el delant... –la frase se queda suspendida en el aire y, tras unos segundos, Liam levanta la cabeza, siguiendo la línea visual de Theo–. ¿Eso es muérdago?

Oh, oh.

–No –contesta Liam de inmediato.

–Sí que lo es –lo contradice su madre, con ese retintín que usan las personas con hijos cuando disfrutan haciéndoles pasar un mal rato–. Hoy mi marido tiene el día libre, así que hemos aprovechado y...

–Y me voy al jardín –la interrumpe Liam. Ruborizado hasta las cejas rubias. Sin saber dónde meterse. Maldita sea.

–Liam, no tienes de qué avergonzarte –interviene el señor Geyer, apaciguando los ánimos–. Todas las parejas se besan. Es natural.

–Nadie va a besar a nadie –contraataca Liam, empezando a sulfurarse.

No estamos saliendo.

Theo mira de sus padres a él y de él a sus padres. Como si estuviera en un partido de tenis. Al muy canalla parece que le divierte el pleito. Mira que Liam ha hecho lo posible por sacarlos de su error. Por convencerlos de que se equivocan. De que Theo no es su novio, joder. Pero no hay manera. Erre que erre. No hay manera, porque la verdad es que si Liam lo mira todo desapasionadamente, puede reconocer que lo parece. Parece que están juntos y que encima les va bien.

Sin previo aviso, Theo se inclina y lo siguiente que nota Liam son sus labios contra el pómulo. Casi sobre las ojeras.

Qué.

Demonios.

Haces.

–Está bien –concede su madre, sonriendo con ternura–. Lo damos por bueno.

–¿Qué ha sido eso? –exige saber Liam, siseando, volviéndose hacia él una vez que sus padres han desbloqueado la puerta. Acelerado. Los oye cuchichear en el vestíbulo, muy pagados de sí mismos–. ¿Te has vuelto loco o qué?

–Tú estabas a punto de gritarles como un energúmeno –responde Theo, encogiéndose de hombros y rebuscando en la cesta de la colada limpia–, y yo necesito el delantal para volver a mi puesto.

–¿Y tu solución es esta? –se contiene para no surcarle el abdomen de un zarpazo.

–¿Se te ocurre algo mejor? –le rebate, encontrando el delantal bajo la bata planchada del señor Geyer–. No eres muy persuasivo, que digamos. Ya que tienen tan claro que estamos juntos, es mejor que usemos esa circunstancia en nuestro beneficio.

Liam se lo arranca de las manos y le da la vuelta para atárselo a la espalda y que se pire cuanto antes, porque honestamente, podría partirle la cara.

Beneficio, dice. El muy idiota.


No es porque sea un chico, piensa Liam bajo la luna llena. Los colmillos reluciendo carmesí. Mason es su mejor amigo, después de todo. Es porque es Theo. Es porque es Theo y tiene tanta sangre en las manos, tanta cal viva. Es porque es Theo, y todos creen que están juntos, pero no lo están, y eso le molesta. Le molesta que no lo estén, cuando es algo que se da por hecho.

Theo y él rugen a todo pulmón para ahuyentar al wendigo, que cojea goteando sangre negruzca y espesa sobre el sendero de tierra, herido de gravedad. Seguramente pensando en su familia, o en su pareja. Aferrándose a ellos para seguir respirando, para vivir de la única forma que conoce, aunque esta perjudique a otros.

Ya, bueno, le espeta el lobo. Todos tenemos sangre en las manos, Liam.


El Día de Acción de Gracias, Theo le sirve judías verdes con zanahoria y cebolla.

Es un plato que representa los alimentos con los que sobrevivieron los peregrinos durante sus primeros años en Estados Unidos. De postre hay pastel de nuez; horneado a partir de la receta secreta de la abuela del señor Geyer, que ha ido pasando de generación en generación, pero Liam no tiene mucho apetito. Dentro de unas horas, un taxi los llevará al Aeropuerto Internacional de Ontario. Sus padres han sacado cuatro billetes con destino a Nueva York, para asistir al desfile que Macy´s (los grandes almacenes) organiza anualmente.

–Nunca he subido a un avión –parlotea Theo animadamente, engullendo su segunda porción de pastel de nuez–. Pienso aceptar todo lo que me ofrezcan las azafatas. Chocolatinas, cacahuetes, agua, pañuelos, caramelos... incluso el New York Times.

Hoy está inusualmente hablador. Lleva así desde que regresó del gimnasio a mediodía y se encontró con los preparativos del banquete.

–Termínate eso –le azuza Liam, comprobando sus WhatsApps–. El discurso presidencial empieza en cinco minutos, y todavía tenemos que llegar a casa de Mason.

Theo frunce la boca con disconformidad.

–¿De verdad tenemos que verlo? –implora.

–Pues claro –replica Liam, porque es evidente–. Este año le toca a Trump. Va a ser genial.

–Mi concepto de lo que es genial está en las antípodas del tuyo –suspira Theo, derrotado, disculpándose con los padres de Liam antes de recoger la mesa y poner el lavavajillas.

–Tú haz lo que quieras –dice Liam al final, abrochándose la cazadora–. Tengo todos los discursos presidenciales ordenados en base a criterios de polémica, honestidad y emotividad en un Word, desde George Washington hasta Obama. No puedo perderme este.

Podrías, si no fueras un bicho raro obsesionado con la Historia.

Pese a sus quejas, acaba acompañándolo a casa de Mason. Corey y él han preparado palomitas y nachos con queso cheddar, y ellos se recuestan en el sillón-cama y picotean, declarándole guerra sin cuartel a sus sistemas digestivos. Theo está apretujado contra su costado, porque es eso o que uno de ellos se siente en un taburete.

Lo escucha reírse, nota las pequeñas sacudidas contra su brazo. Le pregunta a Corey por la exposición sobre el PH que ha tenido ese viernes. Charla con Mason sobre técnicas de kick boxing. Y Liam sabe que sus amigos están cómodos en su presencia. Que están relajados. Que a sus padres les gusta Theo. Liam sabe que es verdad. Que Corey y Mason lo aceptan. Que nunca van a olvidar lo que les hizo a todos ellos, pero que lo han perdonado. O no. Quizá nunca van a poder perdonar al Theo al que metieron en el infierno, pero están dispuestos a tenderle una mano al que salió de él.

Sabe que Theo ya no es como Blank Space, de Taylor Swift. Que ya no es una pesadilla vestida de sueño. Solo un tío con un empleo del tres al cuarto que practica deporte, hace comentarios incisivos y le ayuda a proteger la ciudad.

Una quimera.

Manada.

Theo.

Nota que se queda dormido contra su cuello. Escucha hablar a los demás, pero pierde progresivamente el hilo de la conversación. Da un par de bandazos con la barbilla y no se sobresalta lo más mínimo cuando Theo le pasa un brazo por los hombros. "Shhhhhh", murmura, y Liam se arquea un poco para hacerle sitio antes de quedarse dormido.


Las trompetas abren el desfile, como es habitual. Docenas de hombres ataviados con uniformes negros y ostentosos sombreros decorados con plumas blancas. Globos en forma de calabazas del tamaño de carrozas. Un Ronald McDonald gigantesco. Niños disfrazados de cubitos de madera, cada uno con una letra pintada, formando frases. Los muñecos de Barrio Sésamo. Trombones. La ardilla de Ice Age.

Basta con ver la cara asombrada y maravillada a partes iguales de Theo para darse cuenta de que nunca antes había estado en Nueva York.

–Te falta la cartulina con "SOY UN PUEBLERINO NO OS RIÁIS DE MÍ CREO QUE TODOS LOS MONUMENTOS SON LA ESTATUA DE LA LIBERTAD".

–Déjame en paz –musita Theo, demasiado ocupado grabando un vídeo con el móvil. Se gira de sopetón hacia Liam, que aparece en el objetivo masticando una manzana de caramelo a dos carrillos–. ¿Unas palabras para la cámara?

–Deja a la gente comer tranquila.


Brujas.

Brujas en Bacon Hills. Es un aquelarre pequeño, por suerte. Lo conforman cinco mujeres, cada una con su grimorio y su nariz aguileña. Liam tiene bastantes reservas a la hora de atacarlas, porque únicamente parecen tener interés en fundir las luces del vecindario, hacer desaparecer los regalos, granizar sobre las cosechas e infestar de gusanos los pavos rellenos. Y con lo frenética que está la gente por esas fechas, Liam tiene que reconocer que el plus de brujería tiene su componente cómico.

–Por lo menos habla con ellas, Liam –resuelve Mason durante el último día de instituto del trimestre. Él, Corey y Liam se han apiñado junto a la ventanilla del coche. En el interior, Theo se muestra de acuerdo.

–Podríamos ir los cuatro –propone, tamborileando con los dedos en el volante.

–Me parece bien –secunda Mason–. Así evitamos la superioridad numérica, por lo menos en la medida de lo posible –razona–. Aunque nos siguen sacando una cabeza de ventaja.

–¿Y si llamamos a Hayden? –sugiere Corey–. Aunque se mudara con su hermana, no está muy lejos de aquí.

Tres pares de ojos se posan sobre Liam.

–Hace meses que no hablo con ella –confiesa, cambiando el peso de un pie a otro–. Me da un poco de corte llamarla solo para pedirle ayuda. Y además –añade–. Tenemos a Parrish. Si algo se tuerce siempre podemos pegar un telefonazo a la comisaría.

–¿Te da "corte" volver a hablarle a tu ex? –repite Mason con incredulidad–. Vale. Por esta vez. Porque son brujas y en el bestiario de Argent están clasificadas con cuatro equis menos que los hombres lobo. Podemos encargarnos nosotros. Pero el día en que nos enfrentemos a vampiros o a hombres sombra o a una amenaza medianamente seria, pienso llamarla yo mismo –puntualiza, ajustándose la mochila al hombro–. Nos vemos esta noche, cuando Theo salga de trabajar. Traeré mi bate.

–Magnífico –ironiza Theo, y Liam no tiene claro si lo dice porque no le apetece mucho hacerle una visita a cinco brujas después de diez horas pringando en Rob´s Ribs o porque duda que el bate de Mason vaya a serles de utilidad si las cosas se ponen feas.

Se despiden y Liam rodea el capó para subirse al coche.


No sale exactamente como esperaban, y el problema es que se dan cuenta cuando ya es demasiado tarde.

–Maldición –masculla Theo, arrodillado junto a Liam. Está pálido como la muerte–. ¿Dónde te lo han puesto? Maldición, Liam.

Le palpa el pantalón de pitillo gris, en busca de una protuberancia. Lo descalza en medio del bosque y a Liam los labios se le empiezan a volver azules. Deberían haberlo sabido. No son ningunos novatos. La primera ley de Bacon Hills es que nada es nunca lo que parece. Que hay que desconfiar de todo y de todos inicialmente hasta que las buenas intenciones se prueben con sangre.

Habían mantenido una charla con las brujas. No había durado mucho. Habían dejado la vivienda de tres plantas en la que se estaban hospedando antes de las dos de la mañana. Mason había dejado el bate en el maletero y las mujeres les habían contado que todas trabajaban en atención al cliente desde hacía décadas, y que le tenían tanta tirria al ciudadano promedio que siempre aprovechaban las vacaciones de invierno para desgraciar un núcleo de habitantes no muy grande. Y ese año le había tocado a Bacon Hills. Theo tuvo suficientes dedos de frente para darse cuenta de que les había irritado que cuatro críos vinieran a darles un toque de atención, pero no creyó que se lo hubieran tomado tan a pecho. Había empezado a darle mala espina cuando se habían despedido de Corey y de Mason y habían echado a caminar por el bosque. La ronda habitual antes de volver a casa. Liam había trastabillado varias veces y Theo había olido el malestar y la enfermedad, supurando como si fuera pus, en un brote masivo, antes de que Liam se cayera de bruces contra la hojarasca salpicada de aguanieve.

–Vamos, vamos –el móvil contra la oreja. Se alterna para llamar a Corey y a Mason, pero ninguno le contesta, y Theo toca algo. Bajo la axila de Liam. La chaqueta. Está en la chaqueta. Se aparta un poco de él. Plan B–. Vas a querer matarme por esto, pero las situaciones desesperadas –saca las garras– requieren medidas desesperadas –desgarra el cuero limpiamente, con cuidado de no llegar hasta la carne. No sabe si Liam puede curarse en ese estado. No sabe en qué estado se encuentra–. Que no sea acónito –gruñe, cogiendo una rama para ayudarse a sacar el diminuto saco de tela, que cae al suelo. Theo saca del bolsillo el mechero que lleva consigo desde que volvió del infierno. Le prende fuego para averiguar qué es y de paso, destruirlo. Lo adivina con los primeros vapores. Arrastra a Liam lejos de la hoguera antes de marearse él también.

Matricaria.

Deaton les ha hablado de ella. En los humanos, elimina los parásitos intestinales, alivia las jaquecas y reduce la fiebre. Si bien a los hombres lobo también les baja la temperatura, en ellos sus propiedades se multiplican, bloqueándoles temporalmente la capacidad de autorregularla. Eso es lo que le sucede a Liam. Que están en diciembre y falta poco para la madrugada y hace frío hasta para ellos, que siempre están cinco o seis grados por encima de un ser humano normal.

Lo primero es devolverle el calor.

Theo olvida el móvil. Olvida a las brujas y se transforma. En cuestión de segundos, todo dentro de su cabeza se vuelve más primario y canino. El lobo negro es un poco más grande que un pastor alemán, y escarba con las patas alrededor de Liam para hacerse un hueco y agazaparse sobre su pecho helado. Manada, piensa. Manada, aúlla con urgencia, erizando el lomo con la esperanza de que el camaleón o el hombre le escuchen.

Desnudando los colmillos amarillentos por si alguien más tiene la osadía de herir al lobo.


Quiere dar el paso. No sabe cómo, pero Liam quiere darlo.

–A mí no me mires, yo ya he hecho el trabajo sucio –dice Mason. Viene todas las tardes de visita. La versión oficial es que Liam ha pescado una neumonía y tiene que estar en reposo–. Hace una semana jugamos a Verdad o Reto y le sonsaqué que a día de hoy se ha acostado con tres personas, y que una de ellas era un chico.

Mason nunca tuvo La Conversación con él. En realidad, hay muchas conversaciones que nunca han tenido. Mason nunca le dijo a Liam "Li, soy gay", de la misma forma que Liam no le dijo a Mason "creo que soy hetero" o "no, falsa alarma" o "creo que estoy por Theo".

Sencillamente se miran. Se miran, y hay cosas que saben.

–Lo dices como si eso sirviera de algo –masculla Liam, tiritando bajo el edredón–. Se ha acostado con un chico. De acuerdo. Eso no significa...

–¿Que vaya a acostarse contigo? –termina Mason–. Mira, Li: Stiles y Lydia tienen una relación a distancia, y Jackson va a casarse con Ethan en primavera. Nadie daba ni un centavo por ellos. De hecho, constituían una posibilidad tan remota que a nadie se le había ocurrido, pero ahí están. Vosotros lo tenéis mucho más fácil –Liam va a cortarle porque ya, claro, FÁCIL, pero Mason continúa sin vacilar–. Soy tu mejor amigo. Tengo ojos en la cara. Sé reconocer a dos personas que se gustan cuando las veo –le aprieta la muñeca, y hace eso de guiñarle el ojo para transmitirle que va en serio. Ese pequeño gesto que dice eres mi mejor amigo, Li, confía en mí–. Y cuando os miro a vosotros, lo veo. Lo veo, Liam. Puedes estar seguro de ello.


El veinticinco de diciembre, Liam está completamente recuperado.

Theo no deja de mirarlo por el rabillo del ojo, no obstante. En cuanto Corey y Mason aparecieron en el bosque con un termo de leche caliente y un tonelaje de mantas aquella noche, él salió disparado hacia la morada de las brujas, pero la encontró vacía. Habían sido lo bastante precavidas como para retirarse y no plantarles cara. Seguramente habrían podido contra un omega. Pero no contra ellos.

No contra él.

Una vez acusó a Liam de ser bueno peleando solo cuando estaba enfadado, y no era cierto, pero puede que sí que todos sean mejores luchando con el corazón atenazado por la pérdida y el espíritu furibundo. Puede que a él también le pase.

Liam abre los ojos a tiempo para encontrarse con su mirada entornada desde el colchón. A Theo le da tiempo de hacerse el dormido.

–Deja de mirarme así –bosteza Liam, dándole la espalda y larvando debajo de su colcha–. Como si me fuera a morir. Es Navidad –remarca, como si eso justificara la ausencia de enemigos–. Dame un respiro.

–Ya –claudica, dejándolo estar–. Creo que me voy a levantar. Necesito un café.

Necesita más que un café, y eso que nunca había tenido tanto como tiene ahora. Buena salud. Un techo bajo el que refugiarse con personas que no le tienen miedo. Que lo aprecian. Theo procura no pensar en ellos como en familia porque familia es algo que no se merece, pero siente que eso es lo que son. Que eso es lo que podrían haber sido Tara y sus padres si Theo no lo hubiera jodido todo.

Tiene una manada. Ha querido una desde que era un mocoso. Supone que una vez que se le quitó el asma y sus condiciones físicas se volvieron extraordinarias, quiso tener alguien con quien compartir todo ese bienestar, pero todos estaban muertos. Hay gente a la que le ocurre. Con el dinero, con el éxito, con la fama. La amasan y cuando llegan a la cima se ven solos. Algo así le sucedió a él. Ahora que se conoce mejor, imagina que no fue tanto por el ansia de poder. Lo de desear una manada. Fue por el pánico a estar solo. Ahora Theo no es el alfa pero tampoco es que quiera. Liam tampoco lo es, y aunque Theo cree en él como hace tiempo que no cree en nada ni en nadie (la religión, los Doctores, la bondad, los leprechauns), duda que puedan defender Bacon Hills solos. Sí, tienen aliados. Tienen a Deaton y al sheriff y a Melissa McCall y a Parrish, pero necesitan manada. La necesitan, y siempre que Theo saca el tema Liam se cabrea porque 1) aún no puede convertir a nadie en beta y 2) aunque pudiera, no querría hacerlo, porque le aterra cambiarle la vida a las personas y pedirles que se unan a su causa a cambio de renunciar paulatinamente a los suyos, de ocultarles secretos y de ponerlos en peligro.

Y eso a Theo lo saca de quicio, porque qué menos que un poco de sacrificio, ¿no? En el pueblo hay más de mil habitantes. ¿Por qué solo cuatro de ellos deberían jugarse el pellejo cada dos por tres para salvarles el culo a todos ellos? Es que es absurdo. No se van a morir por convertirse y echar una mano, Liam. No si nos organizamos. ¿Te has parado a pensar en qué va a ser de Bacon Hills cuando TÚ te vayas a la universidad?

Esa es otra. Theo lleva semanas buscando alquiler en Los Ángeles, pero todo es demasiado caro. La UCLA es cara, y aunque los padres de Liam parecen dar por hecho que Theo va a mudarse con ambos a Beverly Hills (para estar los tres cerca de su hijo mientras estudia), le resulta rara la perspectiva de vivir con ellos sin Liam. Invasiva.

–Son las siete de la mañana –protesta Liam–. Vuelve a dormir.

–Duerme tú –lo ignora Theo, levantándose del colchón y poniéndose las zapatillas–. Yo no tengo sueño.

Fastidiado, Liam acaba saliendo de la cama él también. Le da un puñetazo en el hombro que se lo disloca y murmura un "pesado" categórico antes de encender la luz del baño.

–¿Te pasa algo? –pregunta Theo, frotándose con cierta molestia la magulladura del hombro, que ya está casi curada. Es como si Liam estuviera decidido a que no salga de la habitación antes que él–. Es decir, siempre te pasa algo, pero hoy...

Por toda respuesta, Liam sale del aseo con el cepillo de dientes dentro de la boca, abre la puerta de la habitación, se asoma y exclama "¡vamos a bajar!" antes de cerrar con llave e ir al lavamanos para escupir.

–Vale –suspira Theo, sin entender nada–, ¿qué está pasando?

Liam apaga la luz del servicio y se apoya contra el escritorio. Ligeramente de mal humor.

–Ya verás –es lo único que dice–. Tenemos que esperar diez minutos. Por si acaso.

–¿Diez minutos? ¿Para qué?

Esas dos preguntas le cambian el semblante a Liam.

–¿Cuánto hacía que no celebrabas la Navidad?

Formula la pregunta con lentitud. Despidiendo una fragancia apagada de amparo y compasión que a Theo le habría resultado ofensiva meses atrás.

–No lo sé –contesta. Tiene que meditarlo–. ¿Nueve años?

No está muy seguro.

–Vaya –responde Liam. Theo no quiere darle lástima. Lástima es lo último que quiere de él. Va a decírselo, pero el chico abre la puerta y le indica con un ademán que lo siga–. Quién sabe. Tal vez si el año que viene te portas igual de bien que este, Santa Claus vuelva a acordarse de ti.

Liam tiene que tirarle de la manga del pijama para que baje las escaleras. Fuera de la habitación, cargada con la esencia de ambos, el efluvio de la nieve recién caída se extiende hasta el salón.

–¿Qué es... ? –balbucea Theo, porque bajo el árbol hay por lo menos cincuenta paquetes, todos envueltos con mucha cinta adhesiva, en papeles variopintos, con estampado de renos, abetos, acebo y "Merry Christmas".

Pues claro, piensa Theo, aturdido.

Navidad. Regalos.

–No recuerdo la última vez que Liam madrugó para abrir los regalos –comenta el señor Geyer, sonriente y somnoliento, saliendo de la cocina con su albornoz y sendas tazas de chocolate caliente–. Feliz Navidad, muchachos –dice, tendiéndoles las tazas–. ¿Quién quiere malvaviscos?

A partir de ahí, los hechos se vuelven borrosos. Hay una taza en su mano y unos dedos con las uñas pintadas en su cabello despeinado, y una charla alegre alrededor de la mesa de la cocina. En el exterior, todavía hay retazos oscuros que se proyectan desde lo alto y lamen las aceras y los arbustos. Se borran con la ventisca, dando paso al amarillo y al rosa del alba, mientras las tortitas se hacen en la sartén y Liam discute con el señor Geyer sobre el exceso de mantequilla.

Los arándanos están humeando, y a Theo le estallan entre las muelas en cuanto los muerde. Se deja arrastrar hacia la sala de estar, atrapado en una vorágine de irrealidad, temeroso de moverse demasiado rápido, de romper esa burbuja en la que es Navidad y huele a desayuno y a cariño y todo está bien.

Liam rasga el envoltorio del primer paquete y a Theo el corazón se le encoge cuando se gira hacia él con las cejas arqueadas y pregunta "¿no vas a abrir los tuyos?", empujando una caja rectangular contra su brazo. Theo mira alrededor para asegurarse de que no es una broma, pero los padres de Liam le meten prisa y lo convierten todo en una competición por ver quién termina primero de abrirlos todos, así que Theo busca los que tienen su nombre escrito y pronto tiene en su regazo una bufanda de punto, unas Nike negras, un perfume de Jean Paul Gaultier, dos pares de vaqueros, una Xbox One X, varios juegos, tres libros de Dan Brown y un surtido de delicias turcas Sebahat. Se le empaña la visión y pierde miserablemente contra Liam, pero no le importa porque prefiere abrir sus regalos despacio y empaparse, absorber el momento, tengo regalos, alargarlo todo lo que puede.

–Liam, sube a tu cuarto y coge la cámara –lo apremia su madre, probándose un suéter malva sobre el camisón–. Siempre me acuerdo de las fotos cuando ya hemos abierto casi todos los paquetes –se lamenta.

Liam hace lo que le pide, a falta de tres regalos por abrir, y tarda tanto que a Theo le da tiempo de terminar con los suyos.

–Voy a echarle una mano –anuncia, sacudiéndose los trocitos de papel de encima.

–Mira que le tengo dicho que no la guarde en el baúl, porque luego se le olvida –conjetura la madre de Liam, probando un bombón de praliné–. Seguro que está ahí.

–Seguro –coincide Theo, y titubea un poco antes de moverse–. Muchas gracias, Jenna.

El abrazo no dura mucho. Theo apenas pone presión. Es lo mejor que puede ofrecer, pero basta para que a la señora Dunbar le bajen dos gruesos lagrimones por la nariz, y Theo tiene que apartarse con un "ahora vuelvo" para huir de la sobredosis emocional, porque no está acostumbrado a tanto y no sabe qué hacer con ello.

Está a nada de chocar con Liam en el umbral de la puerta de su habitación.

–¿Qué haces aquí? –pregunta Liam. Tiene purpurina en el pelo. Y la cámara colgando del cuello.

Qué haces aquí.

Me estaba preguntando lo mismo.

El déjà vu es agridulce, porque esa conversación es uno de sus recuerdos más nítidos, pero no es precisamente feliz. Hospital. Ascensor. Cazadores. Liam.

–Estabas tardando mucho.

No voy a morir por ti.

Yo tampoco voy a morir por ti.

Estaban solos, como ahora.

–¿Y querías rescatarme del desorden de mi cuarto?

Pero lucharé junto a ti.

Estaban juntos, y Theo quiso besarlo porque pensó que iba a morirse. Que iba a volver al infierno sin darle las gracias. Por la oportunidad, por la luna, por todo lo demás.

–Supongo que no puedo evitarlo –sonríe, y tiene claro que no va a poder hacerlo, porque Liam podría querer, pero también podría romperle las costillas y sentirse traicionado, y Theo no quiere hacerle eso cuando le ha abierto las puertas de su casa. Cuando le ha dado todo lo que tiene.

–Démonos prisa –dice Liam. Masa de tortitas en la comisura de la boca–. Cuanto antes saquemos las fotos, antes podremos quitar toda la decoración –bufa, y lanza una mirada de desdén hacia el muérdago–. Este año lo voy a quemar. Hasta la última ramita. Lo voy a quemar todo para que podamos pasar las próximas cinco Navidades sin cursilerías, porque las celebraremos en mi residencia y me encargaré personalmente de que no haya muérdago.

A Theo se le escapa una carcajada.

–O sea –decidido a atormentarlo un poco–, que esta es mi última oportunidad para besarte.

Espera un codazo. Un manotazo. Una mueca de reproche y un "déjate de tonterías" antes de que Liam lo arrolle como un tractor y vuelva al salón.

–O podría ser la primera.

El olor le ayuda a comprenderlo.

Lo que Liam acaba de sugerir.

Anticipación. Huele a anticipación. A incertidumbre y a ganas. A por favor, dime que no soy el único.

Dime que no soy el único que quiere esto.

–Podría serlo –musita Theo, moviéndose despacio para que Liam pueda arrepentirse.

Solo que no se arrepiente.


Liam nunca había besado a un chico. Es extraño. Tener que echar el cuello hacia atrás, porque Theo es más alto que él. Le pone a Liam una mano en la nuca y otra en la espalda y sabe a piel y a saliva. A restos agrios de chocolate. Tiene azúcar glas en los labios y es húmedo. Está tibio contra él y es Theo Raeken, y es un chico y lo está besando con sus padres en la planta de abajo.

Y esa es solo la primera vez.


Theo procura no hacer ruido. Han echado el pestillo pero hay luna llena y Liam es todo iris dorados y dientes afilados y garras que podrían despedazarlo vivo.

Pero no lo hacen.

–Deberías... llevarme... al bosque –jadea. Transformado, su voz desciende una octava y a Theo le pone la carne de gallina–. Y atarme a un árbol... con cadenas –le hunde la nariz contra la yugular. Los latidos de Liam son erráticos, pero Theo tiene sus muñecas agarradas, su espalda contra las sábanas y sus piernas alrededor del torso, y puede con él–. He aprendido a controlarlo... pero hay noches... en las que no puedo.

Atarlo. No suena mal. De hecho, suena bastante bien, pero a Theo no le apetece.

–Pues no te controles –musita, besándole la nuez–. Ya te controlo yo.

–Eres un...

Un cerdo. Se lo ha dicho tantas veces que aunque esta vez le tapa la boca con los dedos antes de que lo insulte, Theo lo escucha.

–Y tú un hipócrita –le sonríe, embistiendo. Quedándose cerca de sus labios, lo bastante para respirarlo.

Liam lo sabe. Que el sexo ha resultado ser un analgésico para su Transtorno Explosivo Intermitente. Le cansa el cuerpo y le afloja todos los nudos hechos de tensión y de ira. Es un remedio mucho más llevadero que repetir un mantra o ponerse una maldita correa. El efecto dura varias horas. Liam lo sabe, pero hay algo inmoral en que a Theo le guste tocarle cuando es más un chucho rabioso que un adolescente testarudo. Hay algo incorrecto en que a Liam no le disguste que lo toque estando así.

Theo le suelta solo cuando Liam vuelve a tener uñas. Los ojos han recuperado el azul y a Theo le encanta que Liam los cierre y le abrace del cuello asfixiado y con el pelo mojado, solo un chico de dieciséis años que quiere y necesita correrse.

Le repasa los colmillos con la lengua hasta que recuperan su tamaño original. El último vestigio del lobo. Hasta que el hombre gime Theo dentro de su boca y Liam se abandona, doméstico y manso y suyo.

Manada.


A finales de enero, Liam hace algo que lo sorprende. Lo cual suele suceder a menudo, pero esto se lleva la palma.

–Hola –lo saluda, despidiéndose del equipo de lacrosse, que explota en vítores cuando Liam va directamente hacia la ventanilla bajada y le planta un beso en la boca a la vista de todos, apenas dos segundos, antes de encaminarse al asiento del copiloto con una sonrisa petulante.

–Hola.

Nunca se besan en público, pero Theo podría acostumbrarse. Como se ha acostumbrado al resto de Liam.

–¿Qué tal el trabajo?

Después de todo, y según Bacon Hills, llevan meses liados.


Afirmar que Los Ángeles es bullicioso es quedarse corto. Llegaron hace menos de una semana y aunque todavía no han terminado con la mudanza, ese jueves Liam no tiene clase, así que han quedado temprano para visitar el Paseo de la Fama y los estudios de la Warner. Sus padres se unirán a ellos a la hora de merendar, después de finiquitar todo el papeleo que tienen pendiente.

Theo lo espera con las gafas de sol puestas, fuera del coche. Aparcado entre la residencia de Liam y uno de los edificios que conforman la Facultad de Enfermería. Lo ve atravesar la puerta giratoria, a un paso rápido que denota lo cabreado que está.

–Vaya –comenta Theo, reparando en su camiseta–. Parece que los futuros enfermeros de Los Ángeles no son los mayores simpatizantes de Mario –observa, fijándose en el desgarrón que tiene a la altura de la cadera, y que decapita a un Luigi festivo.

–Qué va, ya lo he arreglado –gruñe Liam llegando hasta él. Lo besa como si también estuviera enfadado con él, y Theo tiene que pararle los pies. Como siempre.

Un rojo flamígero le rodea las pupilas.

–Cuidado con los ojos –le advierte, y a Liam solo le hace falta pestañear un poco para que la tonalidad bermellón vuelva a ser celeste–. No puedes ir por el campus como si fueras Bella Swan.

–Pensarán que tengo lentillas. Eso es todo –replica Liam–. Aquí la mitad de la gente lleva el pelo teñido de verde, y la otra mitad se ha perforado por lo menos un pezón.

Todavía es verano. Hay transeúntes que se descalzan, metiéndose en las fuentes hasta los tobillos. Vendedores ambulantes de cucuruchos de helado de fresa. Músicos que tocan en la acera, con el fondo de la funda en la que guardan sus instrumentos cubierto de monedas.

Y Liam no permite que los hombres lobo de la UCLA cuestionen su posición de alfa.

–Menos mal que Parrish ha accedido a quedarse a cargo de Bacon Hills –suspira Theo, pisando el acelerador–. Es una preocupación menos en nuestra lista.

–Qué dices. No hay de qué preocuparse –asevera Liam, sonriéndole como lleva haciendo desde Navidad. Como si tuviera un chiste en la punta de la lengua, y fuera tan gracioso que no pudiese contarlo apropiadamente.

–Ya. Solo tenemos que preocuparnos por ti.

Liam va a proferir un improperio, pero Theo pone la radio y la discusión se disuelve sobre un asfalto que hierve, entre las líneas de un pentagrama.