CAPÍTULO 2. Como antes
La suave brisa del anochecer jugaba con la capa de El Cid. Esta ondeaba grácilmente, dotando a su portador de un aire más solmeno.
Él se mantenía de brazos cruzados, con sus ojos cerrados y su rostro reflexivo. Encaraba la entrada norte del templo, aquella que conducía al templo de Acuario. Sabía que Lacaille y Lisse estaban al caer, podía sentir sus cosmos acercarse.
Le faltó tiempo a Lisse para salir corriendo a Acuario. Ya de pequeña era curiosa y, por norma general, gustaba de hacer lo contrario a lo que le indicaban. Iba a ser muy optimista pensar que ella había cambiado en el transcurso de los años; tan optimista como pensar que él ya no era el mismo.
Eventualmente, ambos llegaron ante su presencia. Lacaille lucía mucho más atemorizado de lo que hubiera imaginado. Lisse, por otro lado, lucía tan tranquila y fresca que nadie diría que acababa de bajar las escaleras que separaban Acuario y Capricornio de dos en dos.
— El Cid-sama —llamó su aprendiz en un tono precavido. El Cid clavó sus ojos sobre el caballero, sintiendo como este se estremecía al instante. ¿Debería preocuparse de que su alumno le tuviera tanto miedo? Posiblemente no.
— ¿Debí ser más directo indicando que ambos debíais quedaros aquí? —cuestionó el caballero de Capricornio, esta vez mirando a Lisse.
— Si lo hubieras dicho explícitamente —ella hizo una pausa y sonrió pícara—, se hubiera notado demasiado que no te habíamos hecho caso.
— ¡Lisse-sama! —gritó Lacaille desquiciado.
Ella rio a la exagerada reacción de Lacaille, mientras que El Cid los observaba en silencio. Parecía que ambos habían congeniado bastante bien, aunque Lisse no solía tener problemas para llevarse bien con las personas. No como él.
— El Cid-sama —lo llamó Lacaille nuevamente—, créame que intenté convencerla…
— Menudo poder de convicción —Lacaille se paró en seco y desvió la mirada a un lado—. Está bien. La cuestión es que ambos estáis de vuelta. Ya puedes regresar a la residencia, Lacaille.
— ¡Sí, señor! —exclamó Lacaille mientras hacía un saludo militar. El aprendiz dirigió una rápida mirada a Lisse, en señal de despedida y no demoró más en marcharse de Capricornio.
— Una última cosa—él aprendiz se detuvo y volteó a ver a su maestro—. Mañana tendrás doble entrenamiento. Asegúrate de descansar esta noche.
Lacaille asintió apresuradamente y echó a correr hacia la salida.
— No deberías asustar así a tus aprendices.
— Preocúpate de ti. Tenemos que hablar.
— ¿Sobre?
— Mejor que nos sentemos. Esto va a ser largo.
En silencio, ambos fueron hacia la parte residencial del templo. El Cid preparó dos tazas con té y se las sirvió. Ambos se sentaron en una vieja mesa de madera, uno en frente del otro. No había nada entre ellos a excepción de aquellas tazas humeantes. Lisse la abrazaba con sus manos, buscando calentarse con el contacto. El Cid, por otro lado, tenía los codos hincados en la mesa y dejaba que su barbilla quedara apoyada en la palma de sus manos.
— ¿Y bien? ¿De que querías hablar?
— ¿Qué te ha traído aquí?
— Vaya —suspiró ella— No te andas con rodeos.
— ¿Querías que me anduviera por las ramas?
— Para nada —sonrió ella con cierto cinismo.
Lisse le mostró a El Cid el colgante que permanecía oculto por el cuello de su camisa. Era una pieza curiosa, cuanto menos. Llamaba la atención un circulo blanquecino, rodeado por plata, que coronaba la figura. De él nacía una rama de plata, en forma de serpiente, que iba sosteniendo a unas esferas más pequeñas. La primera era azul-verde oscuro, las dos siguientes, completamente negras.
El Cid estudió la joya con ahínco, aunque no extrajo nada concluyente. Sin respuestas, miró a Lisse y aguardó a que este le proporcionara una.
— Esta es una joya muy especial —empezó a decir—. Cada una de las gemas muestra el alma de personas a las que yo aprecio. Aquellas que han sido más importantes a lo largo de mi vida —El Cid la miró extrañado ¿era posible que existiera una joya así? Y como si Lisse le hubiera leído la mente, añadió—. Un oráculo me la entregó. Me lo crucé en uno de mis viajes.
— ¿Cuál es el punto en contarme esta historia?
— Que en el colgante estás tú representado, también Mine y Felser.
El Cid contó que allí había 4 gemas. Aunque Lisse únicamente hubiera mencionado a tres, sabía perfectamente a quien podía pertenecer la cuarta.
— Tú eres la segunda gema, la que tiene el color así verdoso raro.
— ¿Verdoso raro? —cuestionó El Cid con una ceja al alza.
— No es mi culpa que tus ojos tengan ese color tan… —Lisse pensó bien la palabra que iba a emplear— peculiar. La cuestión es que la tercera pertenecía a Felser y la cuarta a Mine.
— ¿Y bien?
— ¿Y bien? —repitió ella indignada— Se supone que las piedras solo tienen dos colores. Adoptan el color de los ojos de la persona y se oscurecen cuando esta muere. Estás dos gemas han tenido más colores que el arco iris. Y todo, casualmente, sucedió hace un par de meses.
El Cid hizo cálculos rápidos sobre las fechas. Como se temió, coincidía con su misión a Catalania. Podría ser que, debido al poder de Phobetor y todo lo que eso acarreó, el colgante de Lisse hubiera detectado las almas de sus difuntos amigos y compañeros.
— Los muertos no regresan a la vida porque sí —prosiguió Lisse, logrando sacar a El Cid de sus pensamientos—. Y si eso sucede, siempre estáis involucrados los caballeros de Athena.
— Normalmente es porque el ejercito de Hades está actuando y debemos remediarlo.
— ¿En este caso también? —El Cid tardó, pero finalmente asintió— Imagino que tú fuiste el que se encargó del asunto puesto que eres quien más conoce el territorio.
— Hay otros caballeros que son de la misma zona.
— Pero ninguno de ellos es un caballero de oro ¿Me equivoco? —El Cid prefirió callar. Si algo tenía Lisse era su habilidad por leer entre líneas. Además, a eso debía de sumarle el hecho que lo conocía demasiado— Te mandaron a ti —sentenció ella ante el silencio de su amigo— ¿Porqué no me lo dijiste?
— ¿Qué querías que te dijera, Lisse?
— ¡Algo! —ella se cruzó de brazos, totalmente indignada— ¡Lo que fuere!
— No era algo en lo que te pudieras involucrar.
— Claro —aceptó sarcástica— ¿Quién eres tú para decidirlo?
— Era una misión del Santuario —la voz de El Cid tomó un tono más grave y contundente, dejando entrever el sentimiento de enfado que empezaba a nacer dentro suyo—. No te podía llevar conmigo, aunque quisiera. Que no era el caso.
— ¡¿Por qué?! —se sobresaltó ella, llegando incluso a ponerse de pie.
— Porque te controlan tus emociones —le recriminó él, poniéndose de pie al igual que ella—. Porque eso no se puede permitir en el campo de batalla.
— Como si tú no tuvieras sentimientos.
— Los sé controlar.
— No lo dudo.
El Cid dudó si aquello era parte del ataque sarcástico de Lisse o era algo que decía sinceramente. De todos modos, decidió no darle más importancia.
— Bien —aceptó El Cid ante el tenso silencio que se había creado entre ambos. Él no sería quien siguiera discutiendo y menos por algo que ya había pasado—, si esto es todo lo que querías decirme…
— ¡¿Cómo puedes ser tan insensible?!
— ¡¿Porqué no eres capaz de ver que te estaba protegiendo?!
Lisse retrocedió un paso ante el grito de El Cid. Él rápidamente recobró la compostura, aunque aún se podía percibir su enfado y alteración en su voz.
— No hubieras soportado verlos de nuevo. Lo sabes tan bien como yo.
Ella soltó una risa, completamente indignada.
— Me parece increíble que pienses eso de mí. ¿Cuándo me bajaste al nivel de una niña de 5 años que se asusta de la oscuridad?
El Cid meneó la cabeza, completamente inconforme. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso, pero no es como si Lisse lo fuera a dejar irse tan fácilmente. Solo tenía la opción de seguir con la discusión.
— La última vez…
— ¡Las cosas han cambiado!
— Para nada, siguen igual —El Cid se cruzó de brazos, observando como Lisse empezaba a caminar por la estancia, notablemente alterada—. De haberte avisado, estoy convencido que hubieras usado…
— ¡Pues claro!
— ¡Pues más razón para no habértelo dicho! —Lisse detuvo su paseo y lo miró con sorpresa y temor— Ya sabes lo que te comportó usarlo la última vez. Te recuerdo que estuviste a las puertas de la muerte.
— No por usarlo.
— Por abusar de su uso —puntualizó El Cid—. Buscaba protegerte, como he hecho siempre. Sé que no eres una enclenque, jamás lo he pensado siquiera. Pero te conozco, soy tu amigo desde que tenemos 5 años. Mine y Felser ya se han ido, y él también. Eres quien me queda ¿Crees que no haré nada para protegerte? —Lisse sintió las palabras atrancadas en su garganta, incapaz de emitir un solo sonido tras esa confesión— No soy de hielo.
— Aun así…
— No es agradable volver a despedirte de quienes pensabas que no volverías a ver. Reabrir esas heridas no es algo que te desee.
— ¿Y porqué no me preguntaste si quería sentir ese dolor? —El Cid la miró sorprendido— Volvemos a lo mismo, has decidido por mí.
— Quería protegerte.
— Es una bonita forma de llamarlo.
— Lisse…
— Pero —le interrumpió ella y, por primera vez desde que la discusión empezó, el sarcasmo desapareció de su voz— puedo entender tu decisión. Al menos ahora que me has dado algunos detalles. Si no me dices nada, resulta difícil de deducir.
— Me imagino.
Lisse esbozó una pequeña sonrisa antes de recostarse sobre la mesa y darle le primer sorbo al té. Con la discusión se olvidó completamente de su existencia. En parte ya le fue bien, así no estaba tan caliente.
— Bueno, ¿Algo más que quieras confesarme? —preguntó ella— Como la rutina que le vas a dar mañana a Lacaille. Así puedo advertirle de la que le espera.
— ¿Quieres quedarte a vivir aquí? —le soltó El Cid de golpe.
Lisse sintió como la taza se resbalaba de sus dedos. Por suerte, fue lo suficientemente hábil como para que esta no se cayera. Ella lo miraba incrédula. Tenía la esperanza de leer alguna expresión en el rostro de El Cid, pero este había vuelto a su habitual porte serio por lo que no se le podía intuir ninguna emoción.
— Si no fuera porque te conozco, pensaría que me estarías preguntando si quería casarme contigo.
Un rojo intenso cubrió el rostro de El Cid, quien empezó a toser nerviosamente. Lisse soltó una risa, solo de ver el aprieto en el que había metido a su amigo.
— Tenía pensado quedarme por Grecia una temporada. Supongo que estar en el Santuario no es una mala idea. Así también podré volver a mi entrenamiento.
— ¿Ya te acuerdas de como dominar el cosmos?
— Te lo digo cuando baje al campo de entrenamiento.
El Cid no añadió nada más y se fue rumbo a la cocina. Una vez a las puertas de estas, volteó y miró a Lisse.
— ¿Qué te apetece cenar? —le preguntó.
.
.
Sísifo accedió a la sala principal del templo escoltado por los guardias. Estos se detuvieron a lado y lado, custodiando el portón de oro que resguardaba la cámara del Patriarca. Más allá, la alfombra roja guiaba al visitante a los pies del trono, donde ahora estaba sentado la máxima autoridad del Santuario, quien además fue un caballero dorado.
Siguiendo el protocolo, Sísifo avanzó hasta quedar a unos metros del trono dorado. Hincó una rodilla en el suelo y agachó ligeramente la cabeza, retirando la diadema que formaba parte de su armadura.
— Gracias por aceptar mi visita a estas horas, Patriarca.
— No es un problema, Sísifo —sonrió el mayor, retirando su casco.
Sísifo alzó la mirada. Sabía que, si Sage se quitaba el casco, significaba que aquella reunión no tenía que ser tan protocolaria como se exigía, sino que se podía considerar más una conversación entre buenos camaradas. Sin embargo, aunque Sísifo alzó la mirada, siguió en la misma posición de subordinación.
— ¿Qué querías comentarme?
— Es en referente a El Cid.
— ¿Capricornio? —se sorprendió el patriarca— ¿Ocurre algo con él?
Sísifo no pudo evitar esbozar una sonrisa ante la satisfacción que sentía.
— Para nada. Únicamente que creo haber encontrado la manera de que El Cid sea algo más abierto en referente a sus sentimientos.
Sage se deslizó ligeramente hacia adelante, completamente captivado por la declaración del caballero de Sagitario.
— ¿De qué se trata?
— Lisse.
— ¿Quién?
— Es una amiga de la infancia de El Cid. Justamente hoy la he conocido.
— ¿Escuchaste hablar de ella antes?
— Nunca —negó Sagitario sin borrar la sonrisa que, por una razón que ni él entendía, se dibujaba en sus labios—. Pero esa chica parece especial… para él —añadió.
— ¿En qué te basas?
Sísifo podía distinguir claramente el interés de Sage. No era para menos. No hacía muchos días estaban hablando sobre la cerrada personalidad del caballero de Capricornio. Aceptaban a su compañero como era, pero entendían que este debía integrarse más en el grupo. Necesitaban estar cohesionados y crear un vínculo que les fuera de ventaja en la batalla contra Hades. Por norma general, eso solía cumplirse a excepción de los caballeros más solitarios: El Cid y Asmita.
— Ignorando el hecho de que ha convivido con él varios años; el tiempo que le vi con ella, El Cid experimentó más emociones que todas las que yo puedo haberle visto desde que le conozco. Con ella no parece tener tantas barreras para protegerse. Del mismo modo, sé por sus propias palabras, que aprecia a esta chica.
— ¿A dónde quieres llegar, Sísifo?
— Patriarca, me gustaría hacerle una petición: Permita que Lisse se quede a vivir en el Santuario por un tiempo.
— ¿Quedarse en el templo de Capricornio? Sísifo, sabes bien que las normas…
— Lo comprendo perfectamente, pero creo que es algo necesario para El Cid. Si eso lo puede ayudar a abrirse más a sus compañeros, quiero saber que al menos hemos intentado ayudarle.
— ¿De verdad crees que tenerla cerca puede ayudarle?
— Estoy convencido de ello.
Sage aguardó en silencio unos instantes que a Sísifo se le antojaron como eternos. Finalmente, su voz volvió a hacer eco por las paredes de aquella amplia sala.
— ¿Usted cómo lo ve, Athena?
Sísifo alzó la mirada, vislumbrando la figura que se dibujaba por detrás de la cortina roja. La diosa entró a la estancia, su presencia tan dulce e imponente como siempre.
— Confío en el juicio de Sísifo —dijo la diosa, mientras sonreía cálidamente al caballero de Sagitario—. Además, estás en lo cierto —esta vez, la diosa se dirigió directamente al caballero de Sagitario—, ella es muy especial.
La sonrisa de la diosa le confirmó dos cosas: aceptaba la propuesta de que Lisse se quedase viviendo en Capricornio durante una temporada y había algo de ella, lo que fuere, que Athena había descubierto pero que ni el Patriarca ni él conocían.
A pesar de su juventud, Sasha seguía siendo la reencarnación de una diosa, Athena nada más. Ella era la diosa del conocimiento, entre otras muchas virtudes, por lo que era posible que algo en su conocimiento escapara a los ojos de mortales como ellos. Y a su suerte, conocía a la diosa lo suficiente como para saber que no se lo diría. Le tocaría descubrir a él porque la diosa decía que Lisse era tan única.
.
.
— ¡Buenos días! —saludó Lisse.
El Cid miró en su dirección. A juzgar por la procedencia, su amiga justo salía de la zona residencial del templo. Y muy probablemente estuviere recién levantada. Eso no sería un problema de no ser porque eran prácticamente las 12 del mediodía.
— Pensaba que habías entrado en coma.
— Ya —desconfió ella—. Percibo tu gran preocupación.
El Cid se mantuvo en silencio. Sabía que, de seguir el juego de Lisse, podían estar ahí todo el día. Sinceramente no tenía ganas. Discutir con Lisse solía requerir de bastante creatividad. En ocasiones parecía que no se le terminaban las contestaciones. Dicho sea de paso, en el pasado esta habilidad le hizo ganarse más de una reprimenda.
— Bueno, me voy.
— ¿A dónde? —inquirió él inmediatamente.
— Técnicamente me voy a quedar aquí a vivir.
— Aún no tenemos la autorización del Patriarca.
— Pues con más motivo aún. Tengo que aprovechar —El Cid alzó una ceja, pidiendo en silencio una explicación—. He escuchado hablar demasiado de los caballeros dorados como para no ir a conocerlos en persona.
— Ayer debiste encontrarte con ellos para subir hasta aquí.
— ¿Me crees si te digo que no me crucé con nadie hasta que llegué aquí?
— Eso es prácticamente imposible.
— Es posible. Doy fe de ello.
El Cid negó con cierto desespero. Realmente no había apenas posibilidades de cruzar hasta Capricornio sin que ningún caballero la detuviera antes. Pero bueno, ahí estaba Lisse.
— Quiero ver como son —prosiguió ella—. Me apuesto a que no todos son como tú.
— ¿Es eso un cumplido o una crítica?
— Una observación.
— ¿Tendrá algún efecto si digo que te quedes?
— No.
— Lo suponía —aceptó El Cid con cierta derrota.
Lisse sonrió ampliamente y sacudió la mano en señal de despedida.
— ¡Nos vemos a la noche!
Y hasta aquí llega el capítulo de hoy.
Espero que os haya gustado y nos vemos en el próximo!
No olvidéis dejar algún comentario :)
ALHENA
