Capítulo 1: Fiesta

—Pss, Giotto —una pequeña melena roja se asomó por la ventana de su habitación, y el aludido chistó para que hiciera silencio.

—Vas a despertarle, haz silencio —señaló un pequeño bulto que estaba a su lado en el único colchón del pequeño cuarto—. Ya voy.

Se levantó y se dirigió hacia su amigo tras ponerse los zapatos. Había fingido dormir para no levantar las sospechas de sus padres.

—Date prisa, que llegaremos tarde —apuró G, y el rubio rió en bajo.

—Ni que nos hubieran invitado —dijo divertido mientras salía por la ventana.

—Detalles, detalles —empezó a caminar a través del campo, y Giotto le siguió.

En ese momento, el «experto» era su amigo, asi que no debía perderle de vista.

Llegaron a la gran casa, y mirándola de cerca era demasiado diferente a la suya. Si de lejos se notaban las diferencias, en ese momento se sintió insignificante comparado con aquella edificación y esas personas tan bien vestidas, con vestidos pomposos en caso de las damas y elegantes sombreros de copa en caso de los caballeros, y ambos con antifaces.

Era un baile de máscaras.

Todas sus prendas debían haber sido cosidas por los mejores sastres, mientras que él llevaba una vieja camiseta blanca y unos pantalones naranjas casi amarillos junto a unas sandalias que hacía tiempo le apretaban. Tenía suerte de tener zapatos.

—G... ya no me parece buena idea —le dijo cuando fueron a la parte trasera de la mansión.

—¿Por qué? —cuestionó, sorprendido por su cambio de opinión.

—No encajamos para nada en este lugar ¿has visto cómo van vestidos? —explicó—. Se van a dar cuenta enseguida.

—Tranquilo, lo tengo pensado —abrió una trampilla que estaba en el suelo, e indicó que bajara.

Con dudas, Giotto obedeció y ambos fueron a parar a una especie de sótano que, pensó el rubio, era cinco veces más grande que toda su casa.

—Mira —se acercaron a un baúl que había ahí, y el pelirrojo lo abrió—. Son disfraces. Te los pones, y te cuelas. Comes, te escondes algo y nos piramos.

—Entiendo —asintió y empezaron a revolver los disfraces en busca de algo que pudiera quedarles bien...

•~•~•

—Esto no va a funcionar, G —negó rotundamente, viendo su «traje»—. Me voy, sabía que era una mala idea.

—Te queda fenomenal, Giotto —aguantó la risa—. Pareces toda una dama. Además, tu voz es aniñada, no se te distinguirá.

—¡Pero es que soy un chico! —se quejó—. ¡Ese es el problema!

Había confiado en su amigo para que le escogiera el disfraz, dado que sabía más que él de esas cosas. G había optado por vestirse igual a los caballeros, con traje negro, pajarita y sombrero junto al antifaz.

Sin embargo, el rubio tenía puesto un vestido amarillo con bordes naranjas, un collar que tenía un ópalo verde y unos zapatos con lacitos a juego. Su rostro era tapado por un antifaz blanco y su rebelde cabello había sido sometido por un lazo dorado.

—¿No quieres dar algo decente de comer a tu hermano? —cuestionó con una repentina seriedad, y le fulminó con la mirada.

Eso era jugar sucio, sabía lo mucho que quería a su hermanito.

Pero tenía razón, esa sería la única manera.

—Solo espero que no se den cuenta —suspiró.

Salieron del sótano, subiendo unas escaleras hasta un lugar donde se escuchaban voces riendo y música ambientando el lugar. Había bastantes personas, todas de la alta sociedad, que hablaban con la mayor hipocresía que habría visto en su corta vida.

Por una parte se sentía agradecido de que estuviera entre tanta gente, sería fácil disimular así y ocultarse, pero se sentía agobiado.

G le llevó hacia lo que verdaderamente le interesaba, la mesa. Había unos platos que jamás habría olido ni visto, tenían una pinta apetecible y ambos empezaron a comer como si no hubiera mañana. Había que aprovechar el tiempo, y no se podían quedar mucho o corrían el riesgo de ser pillados.

Escuchó que las voces se callaban y todos miraban en la misma dirección. Siguió la mirada hacia el que suponía que era el anfitrión. Se estremeció al verle, pues era el hombre que estaba prohibido el siquiera observarle, de orbes rojizos y cabello color plateado junto a una callada y elegante mujer rubia de orbes que eran una mezcla de azul y gris.

Decía algo a lo que no prestó atención, pues esta se centraba en el niño que tenía al lado. Tenía unos dos años más que él, cabello rubio platino y orbes azules escondidos tras ese antifaz negro. Su mirada era fría, distante, como si nada de eso le incumbiese, pero había algo en sus ojos que le atraía, quizá su frialdad.

El chico pareció darse cuenta de que era observado, pues dirigió su fría mirada hacia él. Un ligero temblor recorrió su cuerpo cuando sus ojos conectaron, pero no apartó la vista.

—Giotto, despierta —una sacudida en sus hombros por parte de su amigo le sacó de esa ensoñación. Le miró, cortando el contacto visual con aquellos ojos azules—. ¿Qué te pasa? Has estado un buen tiempo en las nubes.

—Lo siento —se disculpó, mirando de reojo al lugar donde se encontraba anteriormente el niño.

Ya no estaba ahí.

Siguieron comiendo hasta que su estómago estuvo saciado, algo que el rubio nunca había experimentado antes, y le encantaba esa sensación.

La música subió de volumen, y las personas empezaron a bailar.

—¿Me concede este baile, señorita? —preguntó divertido G, haciendo una reverencia.

—Oh, me siento halagada —siguió el juego, llevándose una mano al pecho—. Claro que acepto, es un placer.

Ninguno de los dos tenía ni idea de bailar, definitivamente no como los adultos que le rodeaban e incluso los infantes que había ahí —por supuesto, de alta arcunia— se movían con más elegancia, pero ellos eran de baja sociedad y solo era un juego entre ambos.

Imitaron a una pareja que pasaba por allí y se reían por lo bajo pese a las múltiples pisadas que se daban el uno al otro.

—Disculpen —una voz les interceptó, y los dos amigos se miraron con miedo. ¿Les habrían pillado?

—¿Sí? —habló G, y ambos miraron al chico de orbes azules que centraba su mirada en el rubio, quien se estremeció.

Era él, el mismo niño que estaba antes junto al anfitrión.

—Le quitaré a la señorita un momento —sin esperar objeción del pelirrojo, tomó a Giotto del brazo y le arrastró hasta la otra punta de la sala.

—Y-yo... —tartamudeó cuando empezaron a bailar—. No sé bailar... muy bien...

—Lo estoy notando —replicó, y se dio cuenta de que le estaba pisando.

—¡L-lo siento! —se sonrojó, sacándole una leve sonrisa al de ojos azules.

—¿Quién eres? No recuerdo haberte visto antes —dijo mirándole fijamente.

—N-no me conoces... acabo de llegar a la ciudad... —se excusó mientras el mayor le hacía dar una vuelta—. Pero... no sé quién eres tú.

—¿No conoces a uno de los hijos del anfitrión? —arqueó las cejas, y Giotto sintió que se le iba el alma. ¿Hijo? ¡¿Estaba con el hijo del hombre al que le habían prohibido acercarse?!—. Veo que no, llámame Alaude, es mi nombre. ¿Y el tuyo?

—B-bueno, yo... —¿qué decir? Recordemos que estaba vestido de niña, y no se sentía capaz de inventarse algo coherente con esos ojos analizándole.

—¡Hermana! —adoró en ese momento la voz de G, interviniendo en la conversación, y miró los orbes rojos de su amigo—. Al fin te encuentro, debemos volver a casa, madre no se siente bien.

—Oh, comprendo —dijo con aflicción fingida, desasiéndose del agarre—. Ha sido un placer, espero que nos encontremos en otra ocasión.

Se obligó a no perderse en esos orbes azules, y se dejó llevar rápidamente por el pelirrojo hacia el sótano por el que habían entrado. Habían recolectado algunos alimentos para llevar a su casa, y ya era hora de marcharse.

—¿Quién era ese? ¿Qué quería de ti? —las preguntas no podían faltar.

—No lo sé, no lo sé —respondió rápidamente, deshaciéndose del disfraz y vistiéndose con sus ropas normales.

—Giotto, ¿estás bien? —G se había percatado de que su amigo estaba alterado, muy alterado.

—Perfectamente —dijo inmediatamente—. Ahora vámonos, no quiero estar aquí ni un minuto más.

El pelirrojo asintió, aún algo confuso, y en cuanto se cambió de ropa, salieron al exterior y sortearon algunos vigilantes que había por los alrededores. Armados con dos pequeños sacos donde guardaron la comida, se despidieron y se dirigieron cada uno a su casa.

Cuando entró de nuevo por su ventana, vio a su pequeño hermano despierto, mirándole con sus orbes chocolate.

—Gio... —su vocecita sonó, diciendo su nombre a su manera.

Tenía tres años, aún no hablaba con propiedad.

—¿Quieres comer algo, Tsu? —los ojos del niño se iluminaron, se sentó en el viejo colchón y asintió con la cabeza—. Toma, come lo que quieras.

Le tendió el saco, aunque la mayoría eran dulces que habían tomado, y el pequeño castaño se puso a comer como nunca.

Sonrió mientras se sentaba a su lado y le acariciaba el cabello, igual de rebelde que el suyo pero el del menor era marrón chocolate. Rió al recordar algunas veces que, debido al color, el pequeño pensaba que era dulce y trataba de comérselo.

—Disfruta, Tsu —sonrió, viendo como el pequeñín devoraba todo lo que encontraba con una gran sonrisa en sus labios.

Era una de las mejores comidas que había probado en su corta existencia, quizá la única buena que tomaría en toda su vida. Debía aprovechar el tenerla y llenarse hasta el límite.

Giotto lo sabía. La escala nunca cambiaría. Siempre serían ellos los de más abajo, los que debían servir sin cobrar nada a cambio, y no entendía la razón de su destino. Tenía siete años, no había herido a nadie que supiera, y ayudaba en lo que podía.

Pero más lamentaba la existencia de Tsuna. Él adoraba a su hermano, no tenía ningún problema en cuidarle, pero se entristecía al pensar que no tendría un buen futuro. Nadie lo tenía, excepto los de la gran casa.

Los nobles vivían a lo grande, beneficiándose del arduo trabajo que hacía su familia para su bien propio. No les consideraban ni siquiera personas, sino como animales que cultivaban sus campos y básicamente les daban de comer.

No hacían más que poseer las tierras, explotarles a trabajar, y divertirse en fiestas. ¡Era una suerte haber nacido en aquella posición! ¿Por qué Tsuna no pudo ser hijo de algún noble? Seguramente, hubiera sido más feliz.

Con la alegría que portaba el niño y su incesante energía hubiera conquistado cualquier corazón. Y sin embargo, tenía que ser ocultado ante la sociedad por su propio bien.

Ellos no tenían piedad, aunque Tsuna tan solo tuviera tres añitos, le obligarían a trabajar en algo. En lo que fuese con tal de sacar beneficios a costa de su mera existencia. Por eso, nadie más que las personas de absoluta confianza sabían de que tenía un hermano.

Suficiente habían hecho al obligarle a trabajar en el campo desde que pudo sostenerse en pie y tomar una herramienta el doble de grande que él. Tsuna no pasaría por lo mismo.

—Gio, Gio —llamó el castaño, sacándole de su estado ya semi-dormido.

—Dime —sonrió mientras abría un poco los ojos.

—Más... —señaló el saco vacío con su manita.

—No hay más... —dijo con pena.

Sabía que eso no era suficiente para llenar el gran hambre que sentía un niño tan extrovertido como lo era Tsuna.

—No... más... —los ojos del niño se llenaron de lágrimas.

—No llores, yo... lo siento... —sintió sus propios ojos humedecerse.

El menor negó con la cabeza y se acercó a su mejilla y le dio un beso.

—Cias... ga... cias... —tartamudeó, conmoviendo al rubio—. Gio... no tiste...

—No estoy triste... —negó mientras le acariciaba la cabeza—. Te prometo que te voy a traer más comida... de alguna manera, te la traeré...

Le abrazó con fuerza mientras reiteraba su promesa.

Conseguiría más comida... aunque tuviera que incumplir las normas de sus padres e infiltrarse en ese sitio mil veces más.

Author notes.

¡Holasa! ¿cómo estáis?

Si no se nota, poz soy nuevecilla por aquí XD

Am... Pues que os pareció? Espero vuestras opiniones n.n

¡Nos leemos!