Me desperté con jaqueca y con un calor insoportable. Afortunadamente era mi día de descanso y me metí a darme un baño con agua caliente para despejarme un poco. Poco a poco los recuerdos vinieron a mi cabeza y las palabras de aquella carta regresaron a mí, torturándome más de lo debido. Por qué había tenido que ser Kakyuu quien me anunciara la noticia. Taiki, a pesar de vivir apenas a veinte minutos caminando de mi departamento no había sido capaz de llamarme por teléfono y decírmelo él mismo. Tenía que encontrar una excusa para no ir a esa boda, no podía hacerlo ni poner un pie en la iglesia para ver al hombre que amaba casarse con otra. No iba a ser yo quien se presentara con su mejor sonrisa deseándole toda la felicidad del mundo cuando mis deseos eran exactamente lo contrario. Deseaba con todas mis fuerzas que su matrimonio fracasara y que de pronto Taiki se diera cuenta de que a quien quiere es a mí… pero todo eso era un sueño absurdo y nada más.
Sabía muy bien que nada de eso pasaría y que lo mejor era llamar a Taiki para desearle los mejores deseos y después aceptar amablemente la visita de Kakyuu. Nuestra familia siempre había sido muy tradicional y mi madre nunca me perdonaría que me portara mal con la prometida de Taiki pero por otro lado me parecía casi insoportable la idea de tener a Kakyuu de invitada por algunos días.
Salí de la ducha y froté mi cuerpo con crema hidratante, imaginando por un momento que eran las manos de Taiki las que recorrían mi cuerpo con suavidad. Se me erizó la piel de solo pensarlo y después mi estómago se revolvió. Eso jamás iba a suceder, así fuera yo la última mujer sobre la tierra. Una vez que me puse algo de ropa, decidí llamar de una buena vez a Taiki tratando de contener mi ira. Nadie contestó el teléfono más que el estúpido contestador automático y entonces recordé que se había ido a Nagasaki por negocios. Le dejé un mensaje descargando algunos insultos cariñosos, como siempre lo hacía y colgué. No me quedaba otra cosa más que limpiar el departamento y esperar.
Taiki.
Quién iba a decir que mi estado de ánimo sería tan diferente al de hace dos días cuando cruzaba ese mismo trayecto pero en sentido contrario para ir a encontrarme con Kakyuu. Me desafiaba en cada movimiento y en cada minuto a su lado, tratando de arrancarle de los labios un "te quiero". Estaba seguro de que ella me quería tal como yo a ella, y pese a mi desesperación, creía enamorarme más de ella, de su misterio y del enigma que encerraba. Kakyuu me tenía tan atraído y loco que me era sumamente difícil mantenerme alejado de ella. Kakyuu parecía estar en un juego conmigo, un juego donde me aceptaba y me rechazaba al mismo tiempo, un juego donde respondía acaloradamente a mis caricias mientras hacíamos el amor para abofetearme un minuto después de acabar en un ataque de histeria. Ella me volvía loco a pesar de conocerla apenas hacía ocho meses, y a pesar de todo el tiempo que pasábamos juntos, aun no sabía nada de ella.
Las últimas semanas habían sido una tortura para mí y no había podido confesárselo a nadie, ni siquiera a Amy, que en mis últimos viajes a Nagasaki no había podido ver a Kakyuu. Nadie había logrado darme una noticia de ella, como si se la hubiera tragado la tierra y justo cuando regresaba a Tokio recibía sus llamadas y me decía que me extrañaba. En ese último viaje llegué a su casa, le hice el amor con desesperación y pasión, como si no hubiera podido respirar todas aquellas semanas sin verla. Justo después de terminar, ella misma me había informado sobre su boda. Aun cuando me avisaba que se casaba con alguien más, su voz me parecía lo más dulce del mundo. Sus palabras me fueron matando lentamente, provocando un inmenso dolor y necesidad de hacerle daño. Reprimí mis impulsos y traté de disuadirla, de hacerle ver que hacía mal y que yo la quería.
A pesar de que Kakyuu dijo que su matrimonio solo era por conveniencia y que sus motivos eran meramente políticos, esto no había logrado borrar mi necesidad de ella.
-Esas épocas ya pasaron.-le había dicho entre las sábanas.-Puedes impedirlo si así lo deseas y casarte conmigo.
Yo nunca me había atrevido a rebelarle a Kakyuu mi verdadera identidad. No me había atrevido a decirle que era millonario y que poseía gran cantidad de negocios porque quería que alguien se enamorara de mí por quien soy y no por mi dinero como tantas otras veces me pasó, y no planeaba decírselo a menos que fuera estrictamente necesario y ella decidiera pasar el resto de su vida a mi lado.
-Debes olvidarte de mí y dejarme en paz. Vete de una vez y no vuelvas a buscarme, por tu bien.
Me puse de pie tratando de controlar la ira que me subía a la cabeza.
-No puedes hacerme esto, Kakyuu, yo te quiero y nadie puede arrancarte de mi lado.
-Si no me caso con ese hombre tendré que regresar a mi país, Taiki, tendré que estar en la cárcel como mi propio padre y tener una vida de miseria como siempre.
La miré con furia y llanto. Ella se atrevió a sonreírme y se acercó lentamente a mí.
-Podemos seguir viéndonos en secreto.-dijo casi en un susurro.
Me sentí humillado, como si se tratase de una mujerzuela. La aparté de mí con brusquedad y me tumbé sobre la cama, atónito.
-Taiki…-dijo pacientemente como si nada le afectara.-Te quiero y por eso mismo he tratado de impedir esto, pero ha sido inútil ya que estoy predestinada a hacerlo. He luchado contra mis sentimientos pero resulta que sí te quiero…-confesó como si fuera tan buena actriz que se aprendió aquellas palabras de memoria. Miré en sus ojos esa frialdad que los caracterizaba y algo me dijo que era verdad todo lo que decía. No pude hacer otra cosa más que aceptarlo y besarla como si fuera la última vez.
Salí huyendo de su casa y ahora conducía de regreso a Tokio a toda velocidad, como si buscara la muerte en cada kilómetro que me alejaba de ella. Era la primera vez en mi vida que no conseguía lo que deseaba, me sentía desgarrado por dentro y totalmente perdido en la inmensidad y en esta ocasión iba a perder lo único que me importaba de verdad y por la única mujer que había mentido intentando ocultar todo lo que tenía con tal de conseguirla sinceramente por mis méritos y no por mi dinero.
Le había hecho jurar a Amy que ella tampoco le diría mi verdadera identidad y aunque ella se rio de mí no me importó. Quería conseguirla de una manera más elemental, porque siempre me parecía que las mujeres acababan en mis brazos sin siquiera mover un dedo y estaba harto de ello. Sabía que Amy desconfiaba de ella y que la trataba como a una muñeca sin cerebro, pero yo sabía quién era la verdadera Kakyuu.
Llegué a casa y me estacioné torpemente. Lo único que deseaba era tumbarme sobre la cama y liberarme de todo aquello. Mientras subía por el asensor, me preguntaba si había hecho lo correcto. Qué tal si decirle la verdad a Kakyuu era lo mejor, qué tal si así podría lograr cancelar ese matrimonio y hacerla mía para siempre. Tal vez mi posición y mi fortuna me dieran lo único que quería en esta vida…
Vi parpadear la lucecita del contestador automático y me acerqué abatido, echando sobre el sillón mi saco. Tenía tres mensajes nuevos. Apreté el botón de reproducir mientras me servía un vaso de brandy y golpeaba los hielos contra el vaso. La dulce voz de Amy sonó por la bocina e inundó el silencio de mi casa, haciéndome sonreír por primera vez desde que había estado con Kakyuu. Amy era la única persona capaz de hacerme sonreír a pesar de los inocentes insultos que me lanzaba por no haberla llamado en mucho tiempo. Quise verla de inmediato, pero me sentía abatido para hacer tal cosa. No había nada que no quisiera hacer por ella o con ella, excepto compartir con ella esta desesperación que sentía. Adoraba a Amy, a esa pequeña muchacha con aspecto de chiquillo, con su gorra de béisbol y sus ojos chispeantes. Era la única persona que podía declararme admiración y al mismo tiempo hacerme ver el peor de mis errores. Era como un ángel y un diablillo al mismo tiempo y yo la admiraba, pues ella había logrado forjarse una vida con sus propias manos a pesar de la soledad y de sus problemas.
La segunda llamada era de mi padrastro, Hayao, anunciándome que los negocios iban viento en popa en China y que llegaría la próxima semana para anunciar buenas noticias a la familia. El tercer mensaje era de Mercury, la madre de Amy, quien me anunciaba también de su llegada la próxima semana y me pedía guardar el secreto para darle una sorpresa a su hija.
-Todo el mundo tiene buenas noticias y sorpresas.-dije en voz alta apurando mi brandy. Las paredes de la casa de pronto me parecieron las de una prisión.
Me sentí infinitamente viejo y devastado. Atrapado en una realidad que no era la mía y que anhelaba dejar atrás para siempre. La idea de tener a Kakyuu como amante me destruía, a pesar de que no me imaginaba sin ella… la idea de seguir viéndola y hacerle el amor me parecía tentadora, pero no podía permitir arrastrarme a un abismo como tal. Algo en el fondo de mi cabeza me decía que no creyera en mis propias palabras, yo sabía muy bien que tarde o temprano aceptaría tal proposición, ya que no podía vivir sin sus besos…
Amy.
El insistente sonido de la puerta hizo que me despertara de mi letargo. Dejé a un lado el libro que leía y me acomodé el corto cabello que tenía un poco pensando en que sería Taiki quien tocaba a mi puerta después de haber escuchado el mensaje. Me miré rápidamente en el gran espejo de la sala y aunque no me sentí muy bien por mi atuendo desaliñado suspiré profundamente y me dirigí a abrir la puerta.
Abrí los ojos apresuradamente y la respiración se me cortó. Kakyuu se encontraba de pie sosteniendo una maleta. Me sonrió con frialdad y me miró de arriba abajo tan rápidamente que apenas me di cuenta.
-¡Kakyuu!-dije con sorpresa.
Kakyuu entró al departamento y miré en el pasillo para ver si Taiki venía detrás de ella. Kakyuu dejó su maleta en el suelo y se cruzó de brazos, como resignada.
-¿Subirá Taiki?
-Taiki no viene… lamento haber llegado antes de lo previsto.
Me sentí avergonzada por la mirada de Kakyuu juzgando cada centímetro de mis ropas y mi aspecto. Cerré la puerta confundida y la miré esperando una respuesta.
-¿Sucede algo, Kakyuu? Te noto extraña…
Kakyuu miró en todas direcciones buscando un lugar donde sentarse hasta que se decidió por el sillón para una sola persona y se sentó tímidamente, algo fuera de lugar en ella. Me senté frente a ella y esperé a que respondiera.
-Amy… yo…-dijo tratando de encontrar las palabras correctas.
Algo en esa mujer siempre me había parecido falso e ingenuo. Su sofisticación, su femineidad, dulzura… todo parecía salido de una de esas revistas de moda, que nunca se reflejaban en la realidad.
-Puedes confiar en mí.-sentencié.-No voy a juzgarte.
-Taiki mo sabe que estoy en Tokio.-dijo de pronto.-Te agradecería que no le digas ni una sola palabra de mi presencia aquí.-siguió con una frialdad y soberbia que me fue imposible reaccionar.
-¿Se han peleado?-pregunté poco rato después.- ¿Qué hay de su boda? ¿No era por eso que venías a Tokio?
Kakyuu se echó hacia atrás en el sillón mirando hacia el techo por unos momentos. Vestía una blusa color azul celeste y unos pantalones de mezclilla. Lucía totalmente bella y era inevitable que a su lado me sintiera el ser más desprovisto de encanto en toda la faz de la Tierra.
-Me temo que te has confundido, Amy… No voy a casarme con Taiki, nunca pensé en hacerlo…
Abrí los ojos como platos y de pronto sentí que hacía demasiado calor.
-No logro comprender, Kakyuu… ¿qué ha sucedido?
-Le he dicho a Taiki que me casaré, y que lo quiero, pero él no puede impedir mi boda.
-Pero cómo vas a casarte con otro queriendo a Taiki, no puede ser… Yo creí que sentías amor verdadero por él…
Kakyuu sonrió maliciosamente y se puso de pie dando vueltas por la habitación.
-La decisión de casarme es ajena a mis propios sentimientos, Amy, es fulminante para mi futuro. Es algo que tengo que hacer así esté enamorada de quién sea… Yo sí quiero a Taiki, pero no podemos ser nada más… aunque… le propuse que siguiéramos viéndonos después de mi boda. Por supuesto se sintió terriblemente ofendido y salió huyendo de mi casa.-la miré atónita y ella me sonrió.-Así que en vez de hacerme tú un regalo a mí, yo te lo haré a ti, querids Amy, ya que probablemente Taiki busque consuelo, así podrás dárselo. Tendrás al fin tu oportunidad y ya no seré un obstáculo.
Me sentí totalmente humillada y ofendida. Parpadeé un par de veces tratando de recobrar el aliento. Kakyuu emanaba poder y ambición, algo que yo nunca podría superar.
-Amy, voy a hacerte una confesión y espero que nunca salga de tus labios. No quiero que Taiki sepa lo que voy a contarte.
Hubo un largo silencio en el que traté por todos los medios de mantener la postura. Kakyuu volvió a sentarse y me miró directamente a los ojos.
-Estoy harta de la vida de miseria. Yo no necesito a alguien que me de amor, necesito que alguien cuide de mí, que me de todo lo que yo quiero y necesito. Y una mujer como yo puede conseguir eso y más.
No podía creer lo que salía de su boca y de pronto me sentí engañada y furiosa.
-¿Tú en la miseria, Kakyuu? Me cuesta creerlo.
-Estoy llena de deudas, Amy, hasta el tope. Mi padre tuvo que volver a Corea después de que las dos Coreas se separaron, fue acusado de corrupción y ahora está en la cárcel. Me negué a regresar y fue solo gracias a algunos de sus amigos que he podido mantener una vida aceptable. La idea de regresar a Corea y vivir en la miseria, oprimida por el gobierno me aterra. Si no me caso no lograré quedarme.
Sus ojos no mostraban ni una pizca de sufrimiento o temor alguno. Después de todo me sentí mejor al saber que Taiki había decidido no rebelarle su verdadera identidad a esa mujer, o de lo contrario se habría quedado con él y con su dinero.
-Pero seguramente hay algo que pueda hacerse.-insistí.-Podrías trabajar… podrías acudir a uno de los amigos de tu padre… no sé…
-No comprendes nada, querida Amy, en qué podría trabajar una mujer como yo… además, ya no estoy dispuesta a contarte más. Lo que mi padre hizo de alguna manera me arrastró con él, y no estoy dispuesta a cambiar lo que tengo y lo que he vivido por eso. Yo deseo una posición y protección, no un trabajo y un cuento de hadas.
Pensé en Taiki y sentí un dolor en la espalda. Seguro estaría sufriendo demasiado y tal vez hasta podría pensar en hacer alguna tontería. Esa mujer era mucho peor de lo que había pensado y no podía soportar escucharla más.
-¿Cuándo será la boda?-me limité a preguntar cortésmente.- Me será difícil ocultarte muchos días… Taiki suele venir aquí…
Kakyuu me miró con desdén y resignación.
-El trabajo hace que tengamos que pasar tiempo juntos.-mentí. Taiki le había dicho a Kakyuu que trabajaba conmigo en el museo y que por eso nos conocíamos. No le había dicho nuestra verdadera relación familiar.
-Dentro de dos semanas. No tendrás que fingir demasiado tiempo.
-Bien… mejor arreglaré tu habitación para que descanses.-dije poniéndome de pie. Mientras caminaba escuché su voz a mis espaldas.
-¿No quieres saber con quién voy a casarme?
-No, Kakyuu, no quiero saber nada de ti, entre menos sepa, mucho mejor.-respondí fríamente.
-¿No le dirás nada a Taiki?-preguntó con ansiedad.
-No, por supuesto que no… No podría lastimarlo más. Tú nunca estuviste aquí, nosotras nunca hablamos… solo te pido que cuando te cases, desaparezcas de nuestras vidas para siempre.
Desaparecí en la habitación y traté de contener las lágrimas hasta que no pude más. No sabía si era de felicidad, desesperación o tristeza por Taiki.
