¡Hola de nuevo! En fin, aquí os dejo con el segundo capítulo. Ha sido bastante rápido, os aviso que dudo ser capaz de mantener este ritmo escribiendo, pero intentaré no tardar mucho xDDD.

P.D: Las frases en cursiva son los pensamientos de Sherlock, llamadas telefónicas y SMS. Disfrutad.

Are those Halos in your hair

Or diamonds shining there?

Mark Lanegan, Kingdoms of rain

Rubia, moreno, pelirroja.

31, 18, 23.

Maestra, yonki, camarera.

Nada en común. Ni lugares visitados, ni familiares, ni conducta social.

Nada.

Sherlock suspiró imperceptiblemente. Su cerebro viajaba a toda velocidad en un mar de datos, buscando algo que arrojase luz al caso. Llevaba cuatro horas en la misma posición, sentado en el sillón, dos parches de nicotina en el antebrazo y las manos juntas posadas sobre sus labios en lo que a John le gustaba llamar "la posición de pensar".

Rubia, moreno, pelirroja.

Londres, Brighton, Glasgow.

31, 18, 23.

Mojados uniformemente. Sumergidos de la cabeza a los pies.

Desaparecidos sin que nadie lo notase...

La maestra y la camarera vivían solas. Los padres del yonki estaban acostumbrados a sus breves desapariciones periódicas.

Dos días. Tardaban dos días en aparecer ahogados.

Se revolvió el pelo, incómodo en el sillón. El detective sabía perfectamente que, si la lluvia no cesaba o alguien lo impedía, la cuarta víctima sería capturada a lo largo del día que estaba por delante… o ya estaba en manos del asesino.

Pero… ¿cómo identificar al siguiente? Todo era demasiado aleatorio. Demasiado para la analítica mente de un psicópata del calibre al que se enfrentaban.

-0-0-0-

John bajó por las escaleras con rapidez, recién duchado y con prisas. Soltó un "Buenos días" rápido y tomó el abrigo de la percha de la puerta.

-¿Te vas ya? –preguntó Sherlock saliendo de sus cavilaciones.

-Sí. Me he quedado dormido y llego tarde –respondió mirándole. El detective le dedicó un gesto compungido –No puedo quedarme, Sherlock… No puedo dejar de ir al trabajo cada vez que tengamos un caso. – se acercó a él con el abrigo ya puesto –Por la tarde te ayudaré ¿sí? Además, si veo a Donovan o Anderson no estoy seguro de poder contenerme sin golpear a alguien –Sherlock sonrió y asintió. El médico se bajó y le besó antes de irse.

-Por la tarde ¿eh? –gritó cuando el otro ya iba por las escaleras.

-¡Sí, sí! –gritó John saliendo a la calle.

La lluvia continuaba cayendo, pesada y monótona.

-0-0-0-

Aquella mañana, Sherlock se dedicó a visitar a las familias, acompañado de Lestrade.

Interrogó y leyó al padre viudo de la primera y no vio nada sospechoso. Mantenía el trato con su hija, habló con ella la mañana de su desaparición, justo antes de que entrase al trabajo.

Nunca llegó.

El señor Atkins estaba genuinamente destrozado por el dolor. Su única hija, muerta a manos de un asesino en serie. Había perdido a su esposa años atrás. El detective predijo interiormente el destino de aquel hombre: moriría sólo, ahogado en alcohol. Pensó que era irónico.

La familia del segundo se mostraba triste, pero resignada. Conocían a su hijo. Un drogadicto enganchado al crack desde los 14 años. Eran conscientes de que podía aparecer muerto en cualquier momento, ya fuese sobredosis, ya fuese por un camello o sabía dios lo qué… En un principio habían pensado que habría sido un ajuste de cuentas, pero se equivocaban.

La madre, una atenta ama de casa. tenía los ojos rojos e hinchados a causa del llanto.

El padre, trabajador y honrado, se contenía, intentando mantenerse firme por su esposa.

El hermano mayor, universitario y correcto, tenía los ojos llenos de ira y dolor.

Saldrían adelante, pero tendrían pesadillas durante toda su vida. Lestrade no entendía qué había llevado al chico a drogarse y autodestruirse. Sherlock prefería no pensar en el tema, sintiendo una punzada de culpabilidad.

La chica escocesa no tenía relación con su familia desde su llegada a la ciudad. Había huido de un padre alcohólico y maltratador y de una madre pusilánime y egoísta, en busca de una vida mejor. Sólo encontró la muerte.

Daban las 15:30 cuando volvieron a Scotland Yard. Sin conexiones, datos ni nada que ayudase.

Sherlock se dirigía a la salida cuando miró el móvil y reparó en algo.

¿Dónde rayos estaba John?

-0-0-0-

-¡¿QUÉ RAYOS QUIERE DECIR CON QUE JOHN NO HA IDO HOY A TRABAJAR?

-Exacto. No se ha presentado esta mañana.

-Eso no puede ser. Salió hacia ahí a la hora de siempre.

-Pues no ha fichado. La doctora Stuart ha cubierto sus horas de consulta esta mañana.

Sherlock colgó. Las manos le temblaban mientras escribía en su BlackBerry.

¿Dónde estás, John?-SH

¿Qué ha pasado?–SH

¿Estás en casa?¿Estás con Harriet?¿Te has puesto enfermo?-SH

POR EL AMOR DE DIOS, CONTESTAME -SH

No estás en ningún sitio. He llamado a todas partes ¿Dónde estás? –SH

Mycroft tampoco sabe donde estás –SH

Sé que no eres John –SH

-Eso es interesante. Eres el primero que se da cuenta de que le falta algo antes de que sea muy tarde. Calculé mal esta vez.

-Lo lamento, sr. Holmes, pero a pesar de mi error, el sr. Watson sigue siendo válido. Aún no ha descubierto los porqués ni el como concreto, pero conoce mi patrón. Esto lo hace más entretenido, aunque dudo que cambie el resultado de nada.

-Si la pluviosidad se mantiene le quedan 48 horas para encontrar al doctor Watson.

-0-0-0-

No contestó. Se quedó helado en el sitio. No se lo podía creer. No sabía reaccionar. Se sentía perdido, como un niño en medio de una tormenta.

Perdió la noción de la realidad durante no supo exactamente cuanto tiempo. Cuando reaccionó, notó sus mejillas húmedas. No supo si era sudor o lágrimas. Aquella presión lo estaba matando.

De pronto, un pinchazo lo recorrió y salió corriendo. Rumbo a Scotland Yard.

No iba a perderle.

A John no, por favor, a John no.

-0-0-0-

El doctor Watson abrió los párpados pesadamente. Le habían dejado inconsciente.

Fantástico.

Estaba apoyado contra un muro de cemento recio. Una estrecha circunferencia de cemento que le rodeaba. Se dio cuenta de que ni siquiera podía sentarse, se encontraba apoyado contra la pared del ¿pozo? en el que estaba encerrado.

Calculó la altura. Unos dos metros del suelo a la abertura cubierta por una reja de acero. Sobre él, la lluvia caía pesadamente.

Al mirar hacia abajo reparó en que el agua le llegaba por los tobillos.

Y lo entendió.

Lo entendió todo.

-Mierda…