Capítulo 2
De por qué coincidió ella con su sol personal
La profesora McGonagall caminaba rápidamente por los pasillos que conducían a la sala común de Gryffindor, con paso decidido pero con convicción poco firme. Sabía que lo que estaba por hacer sería productivo en el futuro, pero en aquellos momentos le parecía una terrible idea.
De igual forma, eran órdenes de Dumbledore, no era como si las pudiese desobedecer. El hombre tenía sus años, los cuales le habían dado la sabiduría suficiente como para ser considerado uno de los magos más grandes en toda la historia de la magia.
Llevaba con ella un objeto colgando del cuello, lo escondía bajo su túnica con mucho recaudo: nadie debía verlo, mucho menos un profesor. Era una de las posesiones más valiosas del colegio, y solo había una persona entre todo el alumnado a quien podía confiársela. La niña más inteligente que jamás había conocido, que en sus cortos trece años había vivido más aventuras que cualquier otra, y sabía más hechizos y encantamientos que brujas ya graduadas. La admiración y la fe que Minerva tenía depositada en ella, erguían su pecho de orgullo al pensar que pertenecía a la casa de la que era jefa.
Pasó por el retrato de la Dama Gorda, y se encaminó hacia el dormitorio de las niñas. No necesitó avanzar mucho más, pues en ese momento, una castaña de pelo enmarañado bajaba las escaleras con algunos libros bajo sus brazos.
—Hermione Granger, por favor, venga conmigo —dijo con su característico tono autoritario.
—Si, profesora, ya mismo —la chica de repente se sintió nerviosa. ¿Qué necesitaría? ¿Habría algo en sus deberes de encantamientos que estuviera mal? No podía ser, se regañó entonces, apenas era el segundo día de clases. ¿Habría pasado algo con su familia o con sus amigos? Saber que Black estaba suelto la mantenía en alerta constante, era un tema que no podía dejar ir. Temía en todo momento por la vida de Harry.
Cuando llegó abajo, se paró delante de la vicedirectora y la miró con ojos expectantes
—Vayamos a mi oficina, señorita Granger, que tengo un tema muy importante para discutir con usted.
Hermione la siguió en silencio, preocupada ante el semblante serio de su profesora, pero sin animarse a expresarse en voz alta.
Entraron en el despacho de la mujer, que se encontraba lleno de luz, pues era bien temprano por la mañana y acababa de salir el sol. Tenía una ventana bastante amplia, con vista al campo de quidditch.
—Siéntese, por favor.
Hermione se acercó a una de las dos sillas que estaban frente al escritorio de madera lustrosa de la profesora, y tomó asiento.
El sombrero puntiagudo de Minerva distraía a la castaña, así que intentó enfocarse con todas sus fuerzas en los ojos, cubiertos por unos delicados anteojos, de su jefa de casa.
—Señorita Granger, tengo una propuesta para usted, que espero piense con mucha meticulosidad y sinceramente, que la acepte —Hermione levantó sus cejas— Como usted misma se habrá dado cuenta, sus capacidades superan ampliamente la media de los cursos a los cuales asiste en este colegio. Los días tienen, para todo el mundo, veinticuatro horas, y eso no es suficiente para la cantidad de cosas que usted podría aprender. No me equivoco… —la miró insinuantemente—. ¿No tiene cada tanto una sensación de insatisfacción? ¿No siente que usted está para cosas más grandes, más complejas, más… simplemente, más?
Hermione se ruborizo de pies a cabeza. Su profesora la conocía muy bien. Esa era, exactamente, la sensación que tenía casi todos los días, cuando leía aquellos libros de baja complejidad, que terminaba en una sentada. El léxico le parecía vago, la redacción mala, y los contenidos demasiado fáciles. Podía recordarlos sin dificultad, y su mente no estaba forzada en absoluto. Era demasiado sencillo. Se sentía desperdiciada. Se acaloró completamente, y bajó la mirada sintiendo vergüenza.
—No tiene nada de qué avergonzarse, señorita. En mi opinión, es un rasgo del cual debería estar más que orgullosa —la mujer la miró con una sonrisa—. Es usted muy capaz —. Hermione le devolvió la sonrisa. —Es por eso que, junto con el profesor Dumbledore, nos sentimos en la obligación de hacerle una propuesta —.La chica la miró expectante.
McGonagall sacó de entre sus ropas una cadena de oro. De ella colgaba un objeto que tenía apariencia de reloj de arena pequeño, también dorado en sus extremos. Por supuesto, Hermione sabía muy bien lo que era.
—Esto es un… —comenzó a explicar la profesora, pero se vio interrumpida.
—¡Un giratiempo! —completó la frase la chica, emocionada. —¡No puedo creerlo, siempre he querido ver uno!
—No me sorprende que lo conozca, a decir verdad —meditó la profesora —¿Sabe cómo funciona?
—Si mal no recuerdo, es un objeto que retrocede una hora por cada vuelta que se le de. Sirve para viajar en el tiempo.
—Correcto —confirmó la mujer—. Pero no es tan sencillo. Se debe utilizar con muchísima precaución. Por supuesto, nadie debe saber que usted posee uno, señorita Granger. Además, debe ser muy cautelosa, pues nadie verlo, ni verla utilizándolo, ni pensar que usted no pertenece al entorno en el que se encuentra. Esto podría generar consecuencias catastróficas.— le tendió el objeto a la joven, quien se lo colgó en el cuello.
—Entiendo, profesora —repuso Hermione de inmediato—. Tendré el mayor de los cuidados. Entonces, para dejar claro el punto de esta reunión, ¿quiere usted que yo utilice esto para asistir a todas las clases que se dictan en el colegio?
—Precisamente eso es lo que quiero. Con el diseño de este plan académico, los alumnos tienen que elegir entre muchas materias, para orientarse luego a lo que deseen hacer en el futuro. Por supuesto, esto es una ridiculez. Con trece años, no hay forma de que sepan qué es lo que quieren hacer cuando sean adultos. Es por esto que no queremos que usted tenga sus opciones limitadas. Dado que le sobra capacidad, consideramos que usted podría abarcarlo todo. Retroceder en el tiempo las veces que sean necesarias para asistir a todas las clases que desee, por supuesto,siempre y cuando su rendimiento se mantenga tan alto como el actual.
—¿Todas las clases que yo quiera? —preguntó la muchacha con incredulidad y la voz teñida de emoción.
—Además, tengo una sugerencia para hacerle… —siguió la mujer—. De verdad consideramos que el nivel de educación que usted está recibiendo es muy pobre para su capacidad. Su cerebro necesita un estímulo mayor que cualquier otro alumno, más desafío. Estoy convencida de que si se pusiera a tomar más clases de este tercer año que está comenzando, también sería insuficiente. Los temas que se tocan son muy poco profundos, se les hace saber a los alumnos las cosas en la superficie, solo para que conozcan su existencia. Usted, en cambio, puede con más. En realidad, debe saber más —explicitó—. No debemos olvidar que fue gracias a sus prematuros conocimientos que usted y sus amigos se han salvado de varios aprietos. Y, es probable, que los mismos vuelvan a ser necesarios en el futuro —Hermione entendió enseguida que hablaba de las potenciales amenazas de Voldemort—. Así que mi consejo es… tome todas las clases que guste. Pero no empiece por el primer nivel. Use este primer mes de clases para leer el material introductorio sobre las asignaturas que vaya a tomar, y luego, ingrese a cursos superiores. Pídame todos los libros que necesite para absorber la mayor cantidad de información posible, y podrá avanzar un par de niveles. Yo hablaré con los profesores del sexto año para que la incluyeran en su curso. Estoy segura de que no habrá problema —A Hermione se le descolocó la mandíbula.
—¡Sexto año! ¡Profesora! ¿No le parece un salto enorme? —preguntó preocupada.
—Es un poco ambicioso, debo reconocerlo —le contestó McGonagall—. Pero nuestro tiempo con este objeto es limitado. Y creo que debemos sacarle el mayor provecho posible. Y creo también que usted podrá lograrlo. Entenderá sin ningún problemas los contenidos que se dicten en sexto año, e incluso le irá mejor al resto de los alumnos. No tengo ninguna duda —el orgullo se le notaba en la voz —. Además, de esa forma, sus compañeros no sabrán que habrá algo extraño. Seguirá con su rutina como siempre en lo que a ellos respecta. En cambio, los alumnos de sexto año están en otra sintonía, y pienso admitirla en todas las clases que no tengan a ningún Gryffindor de por medio. La mayoría son compartidas entre alumnos de Ravenclaw y Hufflepuff, de esa forma reducimos la posibilidad de que corran rumores. Por supuesto, el plan no es infalible, pero haremos lo posible para que pase desapercibido. Por ejemplo, mantenerla alejada de las lenguas viperinas de nuestros queridos alumnos de las mazmorras… —la profesora despreciaba a los Slytherins, por mucho que quisiera lucir imparcial.
—Entiendo.
—Entonces, ¿le interesa la idea? —preguntó finalmente, mirando atentamente cómo Hermione tocaba la cadenita que se encontraba ahora entre su túnica.
—¿Que si me interesa? ¡me enloquece este plan! ¡me siento halagada! Profesora, no sé cómo agradecerle semejante oportunidad.
—No tienes que agradecerme en absoluto. Tan solo de lo mejor de usted, y será más que suficiente.
Hermione salió del despacho bailando de felicidad. ¡No podía creerlo! Podía elegir entre todo lo que quisiera, cosa que siempre había querido (había considerado muy injusto tener que decidirse por tan pocas materias), y ahora tendría para entretenerse durante ese año, sintiéndose por fin útil. No desperdiciada. No se atrevía a decirlo en voz alta, pues podría sonar demasiado chocante, como si fuese una persona arrogante. Es por esto que jamás se había quejado, pero que se hubieran dado cuenta de aquello sin tener que expresar sus sentimientos era lo mejor que le podría haber pasado. ¡Cuántos desafíos tendría!
Era consciente también que estaría el doble, o más bien el triple, de cansada. Para ella cada día tendría no ocho, sino dieciséis horas de cursos, lo cual visto sin tanta emoción de por medio, le parecía una locura. Eso por supuesto, sin considerar todo el tiempo que le llevaría estar al día con las lecturas y las tareas. No podía llevar ese ritmo, sin duda alguna. Tendría que elegir con meticulosidad. Quizás podría hacer tan solo las materias de sexto que se dieran por la tarde, y no todas.
Lamentaba caer en la realidad, pero lo máximo a lo que podía aspirar, sería a tres o cuatro materias por la tarde. Quería ser consistente con sus decisiones, no podría sobredimensionar sus capacidades (y tampoco quería subdimensionarlas y perder semejante oportunidad).
Es por esto que después de un análisis intensivo de todos los horarios y de los temas que incluía cada materia, se había decidido por las siguientes cuatro: aritmancia, runas antiguas, alquimia y magia terrestre. Las primeras tres eran asignaturas opcionales, y la última era extracurricular. No obstante, al tener la oportunidad de asistir a esta última, por más de que hubiese muy pocos alumnos con quien compartirla (o mejor dicho, pocas personas que le prestaran ayuda en caso de necesitarla), sentía que el conocimiento de la magia de la tierra, las piedras y el suelo podrían ser de extrema utilidad en un futuro. "Nunca se sabe qué tan necesario es utilizar el entorno cuando carece de cosas más concretas.", pensaba Hermione. Con la decisión sobre las electivas no tuvo ninguna duda: sabía de la importancia de manejar los cuatro elementos básicos (así como también la trasmutación de las sustancias), de saber leer escritos antiguos, y por supuesto, de manejar los números con precisión
Cuando le comunicó a la profesora su decisión, pudo notar la sorpresa en el rostro de la mujer. No sabía si era porque no esperaba que eligiera aquello, o porque le parecía demasiado ambicioso, o tal vez todo lo contrario. También le dijo que prefería ir a los cursos de la tarde, para así poder usar las mañanas para dormir algunas horas extras antes de empezar el día. Prefería quedarse hasta altas horas de la noche haciendo sus deberes.
—¿Pasa algo, profesora? —inquirió, dudosa.
—En absoluto, señorita Granger. ¡Excelente elección! Me alegro mucho por ello. Además, acaba de hacer mi trabajo extremadamente fácil. Ha elegido asignaturas en el turno en el que están los alumnos de Hufflepuff y Ravenclaw, tal como era nuestro plan. Me asombra eso sí, que tan solo se haya quedado con cuatro opciones, de todas las que hay.
—Es que temo no poder abarcar todo, profesora —confesó—. Prefiero hacer pocas cosas bien, antes que muchas cosas mal.
—Excelente filosofía de vida, Granger. Me gusta que piense de esa forma, la volverá eficiente en el futuro —le aseguró con una sonrisa.
—Voy a estar tremendamente cansada —confesó con la mirada clavada en el piso, como si estuviera mal decir aquello.
—Pero, ¿recuerda usted que también puede usar el giratiempo para retroceder las horas y usarlas para descansar?
—Si, lo recuerdo. Pero le temo a mi cansancio mental, más que nada —tenía los ojos levemente empañados… no quería demostrar debilidad ante su profesora, o falta de responsabilidad, ¡o mucho menos que pensara que estaba echando a perder aquello!
—Oh, ¡por supuesto! Qué desconsiderado de mi parte —se arrepintió enseguida la bruja de sus palabras anteriores. Sabía que le estaba pidiendo mucho, tal vez demasiado. —Lamento mucho exigirle tanto. No pretendo excederme, lo siento. Por favor, ¡que no caigan esas lágrimas! Todo esto es un plan para que esté feliz y en su máximo rendimiento. Para que conozca sus límites y quizás, los supere. Pero hasta lo que usted esté dispuesta a dar, ni más ni menos.
—Gracias, profesora.- Hermione sonrió.
—Hoy por la noche le enviaré a su habitación todos los libros que necesitará para llegar al sexto curso el próximo mes. Si los recuerdo con claridad, no son tantos. No le llevará demasiado tiempo. Eso sí, ha elegido materias que tienen tanta práctica como teoría. ¡No dude en consultarme a mí o a cualquier otro profesor ante la más mínima duda o problema con el que se encuentre! Ya estarán todos al tanto de esta situación especial, el profesor Dumbledore dijo que se encargaría de ello esta semana. Y recuerde, estamos para ayudarla. Esperamos grandes cosas de usted, señorita Granger.
Hermione sintió un peso enorme sobre sus hombros. Sabía que tenían fe en ella, solo que no entendía que ello implicara tanta responsabilidad. ¿Por qué su mente les había llamado la atención? ¿No había otras personas con igual o mejor capacidad dentro del colegio? ¿Por qué solo ella?
Se despidió de la jefa de la casa Gryffindor y se fue a afrontar el día, con una extraña sensación en el pecho. Quería que todo le saliera bien, pero de pronto se percató de que quizás con toda esa carga sobre sus hombros, sería un año bastante solitario. Y tampoco podría permitirse alejarse tanto de Ron y Harry, más sabiendo lo que la familia Weasley le había contado en confidencialidad aquel verano (si, efectivamente, Sirius Black, el temible asesino, había escapado de Azkaban y estaba detrás del famoso Harry Potter. Porque, ¿cuándo no?).
La castaña asistió a ese día a clases como cualquier, y al final de la jornada, se había olvidado de todas esas preocupaciones con las que comenzó la mañana. Entraron riendo con sus amigos a la sala común, se sentaron alrededor de una de las mesas ratonas que había en la habitación gigante, y comentaron y debatieron todos los acontecimientos que tuvieron lugar durante las clases: caras de los profesores, frases célebres escuchadas durante todas aquellas horas, preocupaciones sobre el año escolar en sí. También debatieron sobre las caras nuevas que habían visto tanto en los pasillos como en las aulas, y también sobre la apariencia de chicos y chicas del colegio, que estaban entrando en sus años adolescentes y ya no todos lucían tan niños como antes. Las chicas, en particular, estaban desarrollando unos cuerpos con los que los chicos quedaban fascinados, y estos por su parte, parecían que habían crecido un centímetro por cada día de vacaciones.
Cuando el cansancio cayó sobre todos, la euforia del reencuentro y de las novedades empezó a desaparecer, y uno a uno, todos los alumnos comenzaron a retirarse a sus dormitorios. Fue entonces, mientras Hermione subía las escaleras, que recordó la conversación que mantuvo con McGonagall aquella mañana. Y se dio cuenta de que la profesora le había dicho que iba a hacer llegar los libros aquella noche, por lo que suponía que ya estarían en algún lugar de su habitación. ¡Sus compañeras! ¡Esperaba que no los hubiesen visto! ¿Qué explicación ridícula tendría que dar entonces? Nadie entendería cuál sería su interés en material tan avanzado. Apresuró sus pasos, abriendo la puerta de la alcoba con más fuerza de la usual, y sintiéndose entonces aliviada. Como había supuesto, la vicedirectora había cumplido con su palabra. Sobre su cama se encontraban, efectivamente, una pila de libros bastante gruesos. Cuando se acercó pudo contarlos. Eran ocho. Tres de aritmancia, tres de alquimia, y uno de cada una de las otras dos asignaturas. No obstante, cuando los abrió para ojearlos, se dio cuenta de a qué se debía aquella desproporción: los primeros libros tenían muchísimos números y fórmulas químicas lo que por consiguiente hacía que ocuparan demasiado espacio todas las explicaciones y los desarrollos. En cambio, los otros dos eran más gruesos y su letra era de tamaño milimétrico. Los cerró y le sonrió a las portadas de los mismos. ¡Al fin tenía material valioso en sus manos! Y por suerte, nadie lo había visto.
Aquel mes fue de locos. Hermione Granger no tuvo, por supuesto, ningún problema en aprender a usar el giratiempo. Entendió al instante la dinámica del mismo, y en menos de dos días ya había organizado su mes entero, es decir, cuántas vueltas por día real necesitaría para poder abarcar todo los que sus ambiciosos planes pretendían leer. Leyó los libros, los releyó, y los memorizó. No quería que se le escapara ningún dato ni ninguna deducción importante, pues de lo contrario quedaría rezagada cuando estuviera en la clase verdadera, con alumnos y profesores verdaderos, y no pretendía quedar como una estúpida.
Ya llegando a finales de septiembre, la castaña se encontraba en su habitación (vacía, sus compañeras estaban en clases), leyendo por última vez el tomo de runas antiguas, cuando una lechuza tocó a su ventana con su pico. La chica se acercó despacio, abrió el vidrio y la acarició mientras tomaba la carta que traía agarrada. Era de McGonagall, y la misma decía:
"Estimada señorita Granger: ¿como viene todo? ¿tiene alguna consulta? Por favor, no olvide preguntar cualquier duda. Saludos cordiales, Profesora McGonagall."
Se levantó para tomar pluma y pergamino y contestar aquella nota, pero su acción se vio interrumpida cuando una de sus compañeras de cuarto, Lavender Brown, irrumpió en la habitación como un torbellino. Velozmente, Hermione tapó los libros que se encontraban dispuestos sobre su cama, con la misma manta con la que se había estado cubriendo las piernas minutos antes. La rubia no notó este movimiento, pues cuando entró estaba ensimismada en algún pensamiento del que Hermione no tenía idea. Pero, unos momentos después, cuando reaccionó, miró a la castaña con extrañeza.
—Hermione, ¿qué haces aquí? ¿cómo llegaste tan rápido? ¡Si hace apenas unos segundos estábamos en clase, y yo fui la primera en dejar el aula! —se notaba en los ojos de la muchacha la confusión que sentía.
Nuevamente, la castaña se vio interrumpida, pero esta vez fue para bien. Siguiendo a su amiga como una loca, Parvati Patil entró rezongando al lugar.
—¿Por qué te fuiste como una loca del salón? —le preguntó con un dejo de histeria en la voz.
—Es que me pone nerviosa Malfoy, con esos aires de grandeza. Me voy para no abalanzarme sobre él.
—¡Pero si es a Hermione a quien ha atacado! ¿por qué te lo tomas tan personal?
—¡Porque no tiene ningún derecho! ¡es un imbécil!
—Pero si a ella no le molesta tanto …
Hermione entonces levantó la cabeza y habló elevando su voz para interrumpir la discusión de sus compañeras de cuarto.
—¿Pueden dejar de hablar de mí como si no estuviera aquí?
—¡Ah! ¡Eso! ¿cómo hiciste para llegar aquí antes que yo? —volvió al ataque la rubia.
—No se preocupen por Malfoy. No pierdas un segundo poniéndote nerviosa por él —se dirigió directamente a la chica de rulos—. Ni por lo que dice o deja de decir. De verdad, te lo agradezco, pero no tomes personales sus palabras. No necesito que pelees las batallas por mí —Se lo dijo con una sonrisa tierna, pero siendo cien por ciento firme en su argumento. Lavender se quedó estática.
—Da lo mismo… —respondió al cabo de unos segundos—. Seas o no seas tú, no puede andar por la vida diciéndole sangre sucia a los hijos de muggles.
—Trata de no darle demasiada importancia… en el fondo, creo que es tan malvado porque su vida es mucho peor que cualquiera de nosotros.
Con esa última frase, Hermione salió del lugar velozmente, encaminándose al gran comedor pues ya era la hora del almuerzo. Dejó la pregunta de su amiga sin contestar, y le rezó a Merlín para que no la siguiera e insistiera con el tema. ¡Se había salvado por los pelos! Esa reciente situación le había salido bien de casualidad, entre ambas interrupciones y el tema del slytherin de por medio. De verdad fue la salvación que necesitaba para salir de aquel aprieto, su cabeza estaba en blanco, pues no se le ocurría ninguna mentira lo suficientemente buena para solventar la situación.
De camino al almuerzo, se cruzó a la profesora cuya carta, acababa de recordar, no había alcanzado a responder.
—Granger, ¿cómo está? —le dijo suavemente—. ¿Recibió mi nota?
—Si, profesora, muchas gracias por la preocupación. No tuve tiempo de contestarle. Le iba a decir que por ahora todo está resultando más que bien.
—¡Cuánto me alegra oír eso! —contestó, pero su mirada se desvió un poco más allá, buscando a alguien a la distancia. De repente, se enfocó. Había dado con su objetivo.
—¡Diggory! —gritó con su voz autoritaria—. ¡Venga, por favor!
A lo lejos, un muchacho giró la cabeza. Lo único que pudo divisar Hermione en ese momento fue a un joven de espalda ancha, cabellera castaño clara, y bastante alto.
—Señorita Granger, voy a presentarle ahora a un alumno de Hufflepuff. A mi criterio, un muchacho tan inteligente como usted.
—¿Y por qué va a presentármelo?
—Bueno, pues porque unos años atrás… estuvo en el mismo lugar en el que está usted ahora —Hermione alzó las cejas en sorpresa—. Así es, Granger. No es usted la primer persona en utilizar el giratiempo. Es la segunda.
La castaña vio cómo el joven se acercaba, y la ansiedad comenzó a crecer en ella.
Minerva McGonagall se giró levemente para mirarlo también, y sonrió con admiración. Por el brillo que Hermione vio en los ojos de su profesora, parecía hasta quererlo. Se volvió hacia ella nuevamente, y le dijo:
—Sí, definitivamente, Cedric Diggory es el indicado.
¡Hola a todos! ¿Cómo están?
Bueno, he aquí el segundo capítulo, donde empieza verdaderamente la historia de Hermione y Cedric. También, por supuesto y siempre infaltable, la primer mención de Draquito.
Espero que lo disfruten y aguardo los comentarios con ansiedad.
¡Un beso enorme para todos!
Noe.
