NI SIQUIERA EN LA MUERTE
Por KayraDeArkadia
Bueno, pues aquí está la continuación de esta historia. Espero que la estéis disfrutando tanto como yo la disfruté mientras iba saliendo de mi cabecita al procesador de textos ^^
Segunda parte
Han pasado tres días y Gabrielle está considerablemente mejor: ha recuperado el apetito, y su cuerpo encuentra descanso en el sueño todas las noches; sus mejillas están recuperando su hermoso tono rosado y sus ojos la luz que tanto he añorado. Aún me echa de menos, puedo sentirlo... pero ya no le molesta que esté visible ante ella. Anoche incluso la vi que volvía a escribir en un pergamino. Aquello me colmó de dicha, mi amor estaba volviendo a ser la misma. Creo que lo que realmente le pasaba era que tenía miedo de que al tenerme al alcance de la vista no pudiera ocultar lo que sentía y también porque se sentía culpable y de algún modo sentía que no se merecía el verme. Pero ahora todo está volviendo a la normalidad.
Al atardecer del tercer día noto que el cielo se oscurece considerablemente, parece que se avecina una buena tormenta, la tripulación está como loca preparando el barco para sobrellevar lo que tenga que venir.
-Parece que va a llover-dice Gabrielle.
-Eso parece-responde un grumete que pasaba cerca cargando con un cubo y una bayeta, pero ambas sabemos que Gabrielle se dirige a mí.
Es una suerte que los marineros sepan de Gabrielle: quién es, quiénes éramos juntas y comprendan su dolor, dejándola en sus atardeceres solitarios en cubierta, como algo normal en alguien que ha perdido lo que más amaba y necesita estar a solas con sus pensamientos. Es una suerte porque así no tenemos que preocuparnos de que la vean hablar sola y la tomen por loca o algo peor.
-¿Sabes, Xena?-me dice Gabrielle, mientras en el horizonte se desarrolla la quinta puesta de sol que contemplamos juntas desde que el barco partiera hacia Egipto.
-¿Sí, Gabrielle?-pregunto yo.
-Al principio pensé que nunca superaría esto; que este dolor nunca desaparecería...
-Gabrielle...
-Pero, si bien no lo ha hecho del todo-me interrumpe ella-, ya no lo siento como un peso que me ahoga por dentro... Creo... creo que...
-¿Sí?-la animo a continuar.
-Creo que el hecho de reconocer abiertamente que te amo; el hecho de tú también me ames; ha servido, en cierto modo, para aligerar esta carga... Pero...
-¿Pero, qué?-pregunto, temerosa de que las cosas no estén yendo tan bien como pensaba.
-No puedo evitar preguntarme...-espera... ¡No puedes decirle eso! Oigo sus pensamientos mientras observo el rubor que cubre su rostro. Se ve tan hermosa...
-Gabrielle...-digo con tono suave, mientras la miro dulcemente-. Sé lo que sientes por mí, lo que ambas sentimos. Te aseguro que no me voy a escandalizar...
-¿Qué?-pregunta ella sorprendida. De repente, cuando cae en la cuenta, su rubor se hace aún más intenso. Oh, cielos... Oh cielos, me oyó. Lo había olvidado... ¿Y ahora qué le digo?
-Podrías empezar por decirme que es lo que te preguntas, Gabrielle...-digo yo, mientras me acerco a ella provocativamente. Adoro verla sonrojarse...
-Yo... no puedo evitar preguntarme... qué habría pasado si te lo hubiera dicho, si lo hubiésemos sabido antes de todo esto-me mira, y sus ojos se llenan de lágrimas-. No puedo evitar echar de menos tus abrazos, Xena... Sentir el calor de tu cuerpo al abrazarte cuando montábamos en Argo II... La... la cercanía de tu cuerpo cuando dormíamos en las pieles y yo, haciéndome la dormida, me arrimaba a ti todo lo que podía...
-Gabrielle...-comienzo yo, las palabras ahogándoseme en la garganta; los ojos húmedos de nuevo, a causa del sentimiento y la tristeza que llevan sus palabras. De pronto, caigo en la cuenta de lo que acaba de decir, y no puedo evitar sonreír. Me mira, extrañada.
-De modo que creías que no sabía que no estabas dormida, ¿eh?-digo yo, alzando una ceja, burlonamente.
-¿Lo... lo sabías?-pregunta, incrédula. "Oh, mi Gabrielle... ¿Cuántas veces puedes sonrojarte en una sola noche?"
-Lo sabía, Gabrielle, por tu modo de respirar... Pero, ¿por qué crees que nunca te dije nada? Porque me gustaba sentirte cerca de mí... Sentir tu calor contra el mío.
-Xena...-dice, se le ahoga la voz por la emoción; se lleva una mano a los labios para acallar un sollozo, mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Su otra mano se alza hasta quedar junto a mi rostro, y yo cierro los ojos como si realmente pudiera sentir su tacto, su calor-. Cuánto desearía... Te besaría si pudiera, ¿sabes?-me dice acercando su rostro al mío; abro súbitamente los ojos y ahora soy yo la que se sonroja.
-No sabía que los fantasmas, aparte de llorar, también se sonrojaran-dice, burlonamente.
-Yo no me sonrojo-digo, con fingido enojo, aunque sé que no es cierto.
-Sí, claro-dice ella, sin abandonar el tono de chanza.
"Ahora verás, pequeña bardo".
-Gabrielle, hay algo más, ¿verdad? No era eso todo lo que querías decirme...-digo mientras la miro maliciosamente-. ¿Qué te estás dejando en el tintero, Gabrielle?
-Yo... yo...-balbucea, sus hermosos ojos verdes buscando de repente el suelo.
-Mírame, Gabrielle-le susurro al oído y ella alza la vista para perderse en mis ojos, y yo en los suyos-. ¿Qué es lo que no te atreves a decir, mi vida?
Noto que su mirada se desvía para mirar fugazmente mis labios antes de volver a mis ojos. Yo también vislumbro rápidamente los suyos y no puedo evitar una ola de calor que me recorre entera; nunca había sentido nada parecido en toda mi vida, ni siquiera sabía que pudiera sentir algo en este estado.
-Sabes que estoy enamorada de ti casi desde que te vi por primera vez, ¿verdad?-asiento, sin apartar la vista de sus ojos, y continúa-. Siempre me he preguntado cómo sería... bueno, sentirte...-ahí vuelve a sonrojarse y se vuelve para mirar al horizonte.
No puedo evitar otra oleada de pasión cuando capto lo que está insinuando. Lentamente me aproximo a ella, mirándola con dulzura.
-Yo también me lo he preguntado, mi amor-le susurro de nuevo al oído y noto que se estremece, mientras el rubor sube por su piel. Cuánto desearía poder acompañar su camino con mis besos...
-Cuánto he deseado poder sentir...-su comentario se ve bruscamente interrumpido por una voz de hombre.
-¿Señorita? ¿Con quién está hablando?-ambas nos volvemos bruscamente y frente a nosotras está el marinero que hace unos días se aproximara a Gabrielle, observándola con el ceño fruncido.
-Oh... con nadie-se apresura a responder Gabrielle-. Estaba trabajando en una nueva historia... Espero no haberle asustado. Desde siempre tengo la costumbre de preparar mis historias en voz alta para... para ver que tal suenan para... corregirlas si fuera necesario.
-¿Quiere que le traiga pluma y pergamino?-pregunta él, no muy convencido.
-Oh, no... nunca las escribo hasta que las tengo más o menos elaboradas y ésta aún está en pañales. Sé que suena raro, pero...
-Oh, no, señorita; disculpe si la he ofendido-se apresura a excusarse el joven-. Sé que algunos bardos lo hacen, además cada uno tenéis vuestro propio estilo, ¿no es así?
-Cierto, cierto... mmm... ¿Magnus?
-En efecto, ese es mi nombre.
El marinero se queda por allí cerca, seguramente para asegurarse que Gabrielle se encuentra bien.
Xena, ¿puedes oírme? me dice Gabrielle, con su pensamiento.
-Te oigo, amor-le respondo al oído, lo que le causa otro pequeño estremecimiento.
-¿No sería mejor que se retirara a su camarote, señorita?-pregunta el marinero acercándose-. Comienza a refrescar.
-Cierto, pero me gustaría contemplar la puesta de sol-dice ella, fingiendo tristeza; porque la finge, ¿verdad?-. Siempre lo hacía con mi amiga...
-Oh, claro... con Xena-y, temeroso de que el simple hecho de mencionar mi nombre la entristezca aún más, decide alejarse-. No se preocupe, tómese todo el tiempo que quiera.
-Gracias-dice ella. Xena, mientras haya gente cerca será mejor que te hable con el pensamiento, ¿no crees?
-Me parece una idea excelente, Gabrielle-digo yo.
¿Dónde nos habíamos quedado, Xena?, me pregunta, con una dulce sonrisa mientras se vuelve hacia el horizonte.
-Oh, creo que me decías que habías deseado mucho sentir algo...-respondo yo, con una mirada seductora.
Cierto, dice con un extraño brillo en sus ojos, siempre me he preguntado cómo sería sentir tu cuerpo contra el mío... tus labios sobre los míos... tu piel contra la mía... sentirte dentro de mí... estar dentro de ti...
-Ga... Gabrielle-balbuceo, casi sin habla por la profundidad de sus sentimientos y deseos que, ahora expuestos ante mí, me hacían sentir la mujer más dichosa del mundo. "Qué idiota fui al no darme cuenta de lo que tenía... de lo que teníamos".
Bueno, ahora estamos en paz, amor; tú también me has hecho sonrojar un par de veces. ¿Me he sonrojado de nuevo? No me había dado cuenta.
-Yo también me lo he preguntado, Gabrielle-digo yo, situándome a sus espaldas y susurrándole al oído-. De hecho, ahora mismo desearía poder besar tus labios... recorrer tu cuerpo con mis manos...
Oh, Xena, piensa ella sin poder disimular un ligero temblor.
-Cierra los ojos, Gabrielle-susurro en su oído-, e imagina que puedes sentir mi aliento en tu oreja... mis labios en tu cuello... mis brazos rodear tu cintura...
-Xena...-susurra, arqueando su espalda, llevada por mis palabras.
-Shhh, Gabrielle-digo yo, aún detrás de ella-, no querrás que nos oigan... bueno, en realidad, a mí no pueden oírme, pero a ti sí...
Xena, ¿acaso pretendes volverme loca?
-Más o menos, Gabrielle-digo yo, con un susurro seductor-. Más o menos...
¿De qué sirve todo esto, Xena?, pregunta ella; se vuelve hacia mí con una sonrisa, pero tan llena de tristeza que hace que se me encoja el alma. Tú y yo sabemos que nunca podremos estar juntas de esa forma... ya no...
-Gabrielle, vamos dentro-le digo señalando con la cabeza su camarote-. Hay algo que no te he dicho.
¿Más malas noticias?, pregunta, mientras veo el miedo inundar sus ojos. ¿Ti... tienes que irte?
-Oh, no, mi vida, no-me apresuro a tranquilizarla-. No es una mala noticia... al menos, eso espero.
Me adelanto, con un aire misterioso, en dirección al camarote. Al poco siento que ella me está siguiendo, llevada por su incansable curiosidad. ¿A qué te refieres, Xena? No respondo. Oh, vamos; no irás a dejarme con la incertidumbre, ¿verdad? No puedo evitar una carcajada. Amo tanto su forma de ser...
-Paciencia, mi bardo-me limito a responder.
Después de que Gabrielle se haya despedido de los marineros que se preparaban en cubierta para hacer los turnos de noche, entramos al camarote.
Es una pequeña, aunque acogedora, habitación. Tiene una pequeña mesa en el centro, con un par de sillas a ambos lados de ésta; sobre la cama, que se halla al fondo, se encuentran las ropas de dormir de Gabrielle, perfectamente dobladas. De éstos y de un pequeño armario es de lo que se compone el escaso mobiliario.
-Siéntate, por favor-le digo yo, señalando la cama y, aunque dudosa, accede y se sienta.
-¿Y bien, Xena?-aquí podemos hablar sin miedo de que nos oigan, ¿verdad? Asiento y ella continúa-. ¿Qué es eso tan misterioso que no podías decirme fuera?
-Bueno... ¿por dónde empiezo?-ella ve mi titubeo y, con una sonrisa, palmea a su lado para que me siente con ella. Lo hago y se me queda mirando-. ¿Qué?
-¿Confías en mí?-me pregunta.
-¡Qué pregunta!-exclamo yo-. ¿A estas alturas, lo dudas?
-Entonces, háblame Xena-me dice, con mirada suplicante-. Dime qué te preocupa y trataremos de encontrar una solución... juntas. Pero no me apartes, no me dejes al margen, no...
-Shhh-la interrumpo, sonriendo a pesar de lo nerviosa que estoy-. Sé que en el pasado muchas veces te dejé atrás... pero no era porque no confiara en ti, sino porque no confiaba en mí misma... en lo que haría si te perdía...
-Xena...-comienza a hablar Gabrielle, pero la interrumpo.
-Cuando te vi caer en el pozo con Hope...-se me quiebra la voz por el recuerdo, pero ella con su dulce mirada me anima a continuar-. Por un momento temí que me convertiría de nuevo en el monstruo del que llevo tanto tiempo huyendo... Pero no fue así, ¿y sabes por qué?-ella niega con la cabeza-. Por ti, Gabrielle, por tu recuerdo... era lo que me impulsaba a cumplir la promesa que te hice aquel día, a no darme por vencida y a buscar la forma de traerte de vuelta.
Sin palabras, me mira a los ojos, lágrimas resbalan por su rostro.
-Por eso no debes preocuparte, mi amor-digo yo, haciendo ademán de secar sus lágrimas, aunque sé que no puedo-. Nunca más te dejaré atrás... no podría.
-Xena...-se le atragantan las palabras, ahogadas en el torrente de sentimientos que zarandea su alma como un bote a la deriva en plena tormenta. Y entonces tres palabras, tres palabras son suficientes para expresar todo cuanto ambas sentimos-. Te amo, Xena...
-Te amo, Gabrielle-pues no puedo decir otra cosa; pues es la única verdad que alcanzamos a ver en esos momentos y negarlo sería como negar al sol que alumbra cada día.
Continuamos ahí sentadas, mirándonos sin hablar, hablando sin palabras, expresando en una mirada todo el amor que sentimos la una por la otra... yo temía que tras mi muerte nada sería igual entre nosotras, que ese sentimiento en mí nunca saldría a la luz... que nunca sabría si ella de verdad sentía lo mismo... y ahora que lo sé, ahora no puedo evitar, a pesar de la situación, sentirme la más afortunada sobre la faz de la tierra...
Durante unos momentos hablamos de los viejos tiempos. Otro logro para ambas... Temía que hablar del pasado le hiciera recordar todo lo que habíamos perdido; pero, aunque así es, he comprobado que le hace bien poder hablar de ello; poder hablar conmigo, recordarlo, afrontarlo... la ayuda a sacar fuera todo ese dolor.
La veo cansada, tanto física como emocionalmente; éste ha sido un largo día y todo lo que se ha hablado ha agotado sus reservas emocionales. Le sugiero que se vaya a dormir...
-Ah, no, Xena-me dice con una mirada divertida y una dulce sonrisa que hacen que me derrita-. No creas que por esta pequeña charla y unas cuantas palabras bonitas me voy a olvidar de que tenemos algo pendiente...
-Cierto, lo tenemos-le digo yo, sin poder evitar sonreír-. No se te escapa una, ¿verdad?
-Me conoces muy bien-responde ella, devolviéndome la sonrisa.
-Bueno, veamos...-hago una pequeña pausa, buscando las palabras adecuadas-. Antes dijiste que no podríamos estar juntas de esa forma, ¿no?
-¿A dónde quieres ir a parar?-me pregunta ella, alzando una ceja.
-A que... sí que podemos estar... juntas... de esa forma...-las últimas palabras las digo en un susurro apenas audible; pero estoy segura de que me ha oído a juzgar por la expresión de su rostro: la boca ligeramente entreabierta por la sorpresa, sus ojos abiertos desmesuradamente, el resto de su cuerpo totalmente rígido...
-¿Qué...?-consigue balbucear apenas-. ¿Cómo... cómo podría ser eso?
-Podemos estar juntas, Gabrielle-le respondo yo, perdiéndome en sus ojos-, a través de tus sueños...
-A través de los sueños...-repite más para sí misma. De pronto veo que se le llenan los ojos de lágrimas.
-Gabrielle, ¿qué te pasa?-le pregunto, aunque de sobras sé a que se deben sus lágrimas.
-¿Qué me pasa?-pregunta, mirándome como si fuera una extraña-. ¿Quieres decir a parte de enterarme de que me has estado mintiendo?
-Yo no te he mentido, Gabrielle-le digo yo, haciéndole gestos para que baje la voz.
-¿No?-susurra ella, haciendo considerables esfuerzos por mantener la calma-. ¿Entonces por qué me entero de esto ahora, cuando desde el principio de esta pesadilla me dijiste que no podríamos volver a tener contacto físico?
-Gabrielle...-ella me interrumpe.
-¿Sabes por lo que he pasado, Xena? ¿Sabes lo que ha sido para mí desear un abrazo tuyo, aún sabiendo que era imposible?-finalmente, todos sus esfuerzos por mantener el control se desmoronan y estalla en sollozos, echándose sobre la cama.
-Gabrielle...-no puedo verla llorar; sus lágrimas, su angustia, me duelen en el alma-. Por favor, no llores.
Transcurren unos minutos; poco a poco sus sollozos se van apagando, aunque aún permanece boca abajo con la cabeza sobre la almohada.
-¿Por qué, Xena?-susurra débilmente.
-¿Por qué no te lo dije?-contesta con un débil "sí", ahogado por la almohada-. Porque no lo sabía.
Se incorpora lentamente mirándome con una expresión que iba desde la sorpresa hasta la incredulidad.
-¿No lo sabías entonces y lo sabes ahora?-pregunta y entonces parece venirle una idea a la mente-. ¿Te lo han dicho las almas?
-No-respondo yo-. A decir verdad desde que todo terminó no he vuelto a verlas ni a ellas ni a Akemi-veo que su mirada se ensombrece al mencionar ese nombre, no la culpo. Aunque no me lo ha dicho con palabras, sé que está resentida con ella.
-¿Entonces quién te lo ha dicho?-pregunta, sin poder ocultar su curiosidad.
-Afrodita-respondo yo y Gabrielle abre los ojos con sorpresa.
-¿Afrodita?-pregunta, con asombro-. ¿La has visto? ¿Cuándo?
-Hace unos tres días-respondo yo.
-¿Y me lo dices ahora?-entonces, de pronto se calla. Oh... ¿qué he hecho? ¿Cómo he podido dudar de ella? Soy una tonta...
-Gabrielle...-susurro, mirándola de frente-, no eres ninguna tonta. Es normal que pensaras que... Quiero decir... no sería la primera vez que te dejo al margen.
-No, Xena-responde ella, negando con la cabeza-. Me has prometido que nunca más lo harías, y yo sé que siempre cumples tus promesas. Siento mucho todo este numerito que he montado... Pero...
-¿Estás molesta porque no te lo he dicho antes?-me anticipo, incluso a sus pensamientos; la conozco demasiado bien.
-Un poco-me mira, sonriente-, pero te perdono si me lo cuentas todo desde el principio.
No puedo evitar sonreírle, y sentir que me derrito cuando me devuelve la sonrisa y me mira; me mira, con esos ojos, aún brillantes por el anterior llanto pero a la vez llenos de nueva alegría.
-Bueno, Gabrielle... Para empezar, no te lo dije porque no quería que sufrieras más-me mira, interrogante-. No quería que esperaras la noche sólo por estar conmigo, y te olvidaras de vivir... Ante todo deseo que seas feliz, Gabrielle, aunque eso suponga...
-Que no estemos juntas-termina ella por mí.
Asiento, bajando la mirada. De pronto siento que Gabrielle se remueve de su posición y se acerca más a mí.
-Xena, si he logrado superar todo este dolor,-me dice, mirándome directamente a los ojos-. Ha sido gracias a ti.
-Gabrielle, yo...-la miro y mis ojos se llenan de lágrimas-. No podía consolarte... No podía abrazarte y consolarte... Quería pero no podía...-cierro los ojos con dolor.
-Xena, por favor, mírame-abro los ojos, y me encuentro con los suyos que me miran llenos de amor-. Sí podías, Xena...
-¿Qué? ¿De qué estás hablando?-pregunto, sin comprender.
-Tal vez no pudieras abrazarme con tu cuerpo, Xena-me dice, sin apartar la vista de mis ojos-, tal vez no pudieras consolarme con un abrazo... pero podías abrazarme con tu alma, Xena, podías consolarme con tus palabras...
-Gabrielle...-no me salen las palabras; es lo más bonito que me han dicho en toda mi vida y no me salen las palabras. Llevada por un impulso me echo hacia ella y trato de abrazarla; sólo consigo que mi cuerpo atraviese el suyo como lo que soy, un fantasma.
-Lo... lo siento, Gabrielle, yo...-pero, lejos de entristecerse como yo temía, me sorprendo al ver que me está sonriendo.
-No te preocupes, Xena-me dice ella, reconfortante-. Además, si Afrodita no se equivoca, podrás hacerlo esta noche.
Siento que una ola de calor me recorre de los pies a la cabeza; de repente, siento la imperiosa necesidad de terminar de contárselo todo, no quiero que haya más secretos entre nosotras.
-Afrodita vino a verme hace tres días; tú dormías y yo estaba... velando tu sueño-me mira y me sonríe, animándome a continuar-. Me dijo que había estado dándole vueltas al asunto, sin encontrar ninguna solución, hasta que recordó algo; algo que con el pasar de los años se ha convertido en historia...
-¿Una historia?-pregunta Gabrielle, sin poder disimular su entusiasmo-. ¿Qué clase de historia?
La miro y por un momento vislumbró ese antiguo brillo en sus ojos; ése que amo tanto.
-Hace mucho tiempo había dos amantes... ambos eran almas gemelas, como nosotras. Cierto día, unos bandidos saquearon la aldea donde vivían... la mujer se interpuso entre los bandidos y su prometido, tratando de protegerle y ellos la hirieron gravemente. Antes de morir en sus brazos, ella le dijo que no llorara por ella, que volverían a estar juntos... si no en esta vida, en la siguiente, pues eran almas gemelas. Entonces el hombre, lleno de desesperación pidió ayuda a Afrodita; ésta, a su vez y conmovida por el amor tan grande de los dos, pidió permiso a Zeus para permitir que pudieran estar juntos a través de los sueños... no sólo ellos, sino todas aquellas almas gemelas que perdieran a su otra mitad-la miro y veo que está llorando en silencio.
-Es una historia preciosa-susurra, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano-. Pero, ¿cómo es que Afrodita no lo recordó hasta ahora? Ella formaba parte de la historia, ¿no?
-Eso mismo le pregunte yo-no puedo evitar una carcajada-. Ya sabes cómo es... ¡se le había olvidado!
-¿Por qué no me sorprenderá?-dice ella, con una pequeña risa. Si respirara, me habría quedado sin respiración; hacía tanto que no la oía reír que su risa es como un bálsamo para mi alma.
A juzgar por el silencio que reina en el barco, los marineros ya deben de haberse retirado a sus camarotes, exceptuando a los que les tocara la guardia de esta noche.
-Gabrielle, creo que debe ser ya muy tarde. ¿No deberías irte a dormir?-le digo, mirándola seductoramente.
-Tienes razón-responde devolviéndome la misma mirada-. Será mejor que me vaya a dormir.
Se incorpora lentamente y comienza a desvestirse lentamente. Primero remueve sus armas; deja los sais debajo de la almohada, eso lo aprendió de mí... tener siempre a mano las armas, por lo que pudiera pasar. Luego les siguen las botas, las cuales deja en el suelo a los pies de la cama, para después comenzar a desatar el top por detrás... baja un tirante, luego el otro; finalmente se lo quita y lo coloca sobre la cama; aunque está de costado, alcanzo a ver el contorno de un seno lleno y firme, con el pezón arrugado a causa del aire frío de la noche que se cuela por los resquicios de la puerta. Después le sigue el short, quedando en ropa interior. La recoge, junto con el top y se gira para colocarlo todo sobre la mesa. Me quedo clavada en el sitio, incapaz de moverme. Ella es perfecta... perfecta en todos los sentidos. Veo como se mueve lentamente el tatuaje de su espalda, acompañando el vaivén de sus músculos. Cómo se mueven lentamente los músculos de sus glúteos, perfectamente firmes; lo cierto es que, debido al ejercicio intenso a que se ha visto sometido a diario, su cuerpo se ha desarrollado considerablemente: los músculos de sus brazos y hombros se han hecho más fuertes, más compactos; al igual que los de su abdomen y sus piernas; y su resistencia a aumentado sobremanera. Al girarse de nuevo, se encuentra con mis ojos que la observan como si quisieran grabarla en su retina; se ruboriza intensamente, pero no aparta sus ojos de los míos.
-¿Te gusta lo que ves?-me pregunta, seductoramente.
-Uhmmm... no sé, no sé-hace un pequeño mohín con su cara y me acerco hasta quedar a escasos centímetros de ella-. Tonta, eres la criatura más perfecta y hermosa que mis ojos han contemplado.
-Xena...-susurra, haciéndose aún más intenso su rubor.
-No sabes cómo me tenía que contener para no descubrirme observándote más de la cuenta cuando nos desvestíamos para ir a nadar, o para tomar un baño... cuánto deseaba recorrer tu cuerpo con mi mirada, con mis manos...
-Yo... también-dice en un susurro apenas audible-. Yo también me tenía que contener para no... bueno, tú sabes...
-Oh, mi dulce Gabrielle-respondo yo-. No sabes qué alivio siento al saber que ya no tengo que ocultar mis sentimientos, que puedo observarte a mis anchas... a menos, claro está, que te moleste.
-Oh, no... De hecho, me gusta... que me mires así-responde, con su piel encendida-. Y espero, ésta noche, poder devolverte el cumplido.
Pronto la piel de mi rostro se pone a juego con la suya.
-Gabrielle-intento desviar la conversación, temiendo que el resto de mi cuerpo se ponga del mismo tono si seguimos por ahí-. ¿No deberías ponerte el pijama? No quisiera que cogieras frío.
-Cierto-dice ella, mirándome pícaramente, como si hubiera descubierto lo que pretendía y me estuviera siguiendo el juego-. Además, comienzo a tener sueño.
Vuelve al lado de la cama y se coloca el pijama. Con las dos manos saca el escaso pelo que se le había metido entre la piel y la tela. Me encanta con ese pelo; una de las cosas que he añorado es la sensación de enterrar mi cara en él, cómo hacía cuando dormíamos, y aspirar su aroma.
Lentamente se introduce entre las mantas; realmente está cansada, pues le cuesta horrores mantener los ojos abiertos. Antes de cerrar los ojos para encontrarse con el sueño, me mira y me dice:
-Gracias por estar siempre conmigo, Xena.
-Te hice una promesa, Gabrielle-respondo yo, mirándola con todo el amor que soy capaz-. Te prometí que nunca te dejaría...
-... ni siquiera en la muerte-termina ella por mí, antes de que sus ojos se cierren.
-Ni siquiera en la muerte-repito yo suavemente, aunque sé que ya no me oye.
Me preparo para encontrarme con ella. Tal como Afrodita me indicó que debía hacer, cierro los ojos y me concentro en ella, en lo mucho que la amo, en lo mucho que deseo estar siempre a su lado... poco a poco siento que mi espíritu se va desvaneciendo, lentamente..
Continuará...
