2.- Serenissima... o no tanto.

Venecia.

-¡Mamma mía!¡Che bella!

Sonreí, la estreché hacia mí y le besé la mejilla. Almudena habla italiano perfectamente sin necesidad de ayudarse de hechizos desde prácticamente el momento en que se instaló conmigo en Italia. A menudo lo hace adrede, pero le sale de natural en algunas ocasiones que tengo perfectamente identificadas. Una de ellas es precisamente cuando está muy impactada por algo. No era para menos, todo hay que decirlo. Habíamos llegado al inicio de la tarde, dejado el coche en el parking que hay justo después del puente que cruza la laguna y cogido un un taxi motora, lo que llaman un motoscafo. Venecia siempre ha impresionado al viajero sensible a la belleza y mi esposa, que a menudo se hace la impertérrita ante cualquier mínima exigencia de sensibilidad, precisamente de insensible tiene poco.

-Ahora comprendo a Stendhal. Y eso que hasta hace un rato escaso me parecía una exageración propia del Romanticismo...- Murmuró apoyando la cabeza en mi hombro.

-Pues ya ves, mía cara, que el síndrome al que da nombre puede ser bien real.- Repliqué acariciándole el hombro. Mi patria está repleta de obras de arte por doquier, y de todas épocas. Arquitectura, escultura, pintura... hasta algunos jardines son bellísimos. España, o mejor dicho, Hispania, que es el término que los magos peninsulares emplean para su país, también está llena de obras de arte. Pero en general, es un arte más severo, más sobrio dentro de su monumentalidad, impregnado a menudo de una religiosidad austera y de contrareforma. En Italia las Madonnas renacentistas sonríen al mundo y a la vida. En Hispania las Dolorosas que marchan en Semana Santa dejan a cualquiera sobrecogido. Deseaba que ella disfrutara de aquellos pocos días de asueto aunque la scusa fuera tan prosaica como una regata a remo. Afortunadamente, La Serenissima ya estaba surtiendo el efecto esperado.

El motoscafo nos dejó en un Campo (que es como allí se denomina a las plazuelas que salpican la ciudad), presidido por una Chiesa un poco desconchada y adornada con inmensas tallas de caras muy parecidas a la Bocca de la Veritá. En una de las esquinas se alzaba el hotel, un palazzo del siglo XIII rehabilitado que nos sorprendió por sus escaleras no alineadas y sus pasillos vericuetos. No obstante, la habitación era grande, la cama también y la vista no tanto, ya que aunque daba "al canal" era uno de esos estrechos y poco memorables con un curioso puente entre el palazzo de enfrente y el contiguo a nuestra residencia. Ambos edificios sin duda habían conocido tiempos más esplendorosos, especialmente el de enfrente, que directamente parecía ruinoso y abandonado. En cualquier caso, aquella vista carente de belleza e interés no afectó a mi mujer. Almudena parecía contenta y enseguida se puso con el equipaje.

Una esposa bruja tiene sus ventajas. A la hora de viajar es capaz de empacar cualquier cosa. Y a la hora de colocar las pertenencias en una habitación de hotel, también puede hacerlo en pocos minutos. Siempre que uno tenga el cuidado de no ponerse en medio de la trayectoria voladora de cualquier objeto.

En diez minutos, ella contempló satisfecha el resultado de su magia y, ni corta ni perezosa, me sonrió.

-¿Salimos?

- Espera al menos que pase por el baño.

-¿Por qué no has ido mientras yo...? - Dejó ir el final de la frase mientras movía la mano sin varita talmente como lo había estado haciendo inmediatamente antes con el instrumento mágico.

- Podría haberme atizado en la sesera tu neceser de aseo.- Repliqué desde el baño.

-¡Qué exagerado! Cualquiera diría que crees que llevo demasiadas cosas dentro...- No me hizo falta verle la cara. Sabía que estaba poniendo los ojos en blanco. Sonreí de nuevo para mí solo mientras me ajustaba los pantalones.

-Venga, pesado.- Me metió prisa.- Tengo muchas ganas de perderme por esas callejas... porque por lo que estoy viendo en la guía, esto son todo callejas y puentes y campos... ¿Sabremos orientarnos, Stefano? No creo que sea muy prudente que saque la varita en una esquina e invoque algún hechizo de brújula... aunque he leído que en esta ciudad hay muchos magos.

- No me extraña que los haya.- Repliqué ya a su lado.- La propia città parece mágica.

- Pues a ver si la magia impide que se hunda. Según he estado leyendo, lo de las mareas y las aquas altas es un poco preocupante...-Observó ya en la calle.

- Seguro que no se hunde mientras nosotros la visitamos. ¿Y no decía tu padre algo de los relojes astrológicos?

- A mi padre no hay que hacerle mucho caso. Acaba hablando con cualquiera. Y en cuanto puede, deriva la conversación al cielo y sus elementos. Parece mentira que mi madre aguante impertérrita sus peroratas, porque lo que es a ella, creo que le interesa bien poco.

- En su profesión es importante.

- Ya lo se. Pero los demás no somos Maestros Hacedores de Pociones Espagyritas y no tenemos por qué saber tanto detalle. Si mi padre se topara con el centauro Quirón, que no se si es mito clásico o realmente existió, se enfrascaría en una charla interminable... ¿Nos hemos perdido ya?

- Hmmm, déjame ver el mapa... creo que todavía no. Girando por esta calleja a la derecha debería haber...

- Es un fondo de saco, Stefano.

- Pues es verdad. Me he debido confundir. A ver...

Almudena inclinó la cabeza y escudriñó el mapa tan intensamente como yo. Estuvimos un par de minutos girándolo para un lado y para otro y al final nos echamos a andar, confiando en ser capaces de encontrar la buena senda que nos llevara hasta San Marcos.

No estaba yo del todo seguro de ir correctamente cuando desembocamos en otro Campo. Con su Chiesa, en este caso enorme y monumental, y su pozo en el centro (otro clásico veneciano). La miré un poco compungido, dispuesto a reconocer que aquel lugar no estaba en la trayectoria que había elegido sobre el mapa.

- ¿Crees que estará cerrada a cal y canto?

Sin embargo, mi mujer estaba más pendiente de la Chiesa. Como total teníamos todo el tiempo del mundo, me encogí de hombros antes de contestar.

-No se. Vamos a probar.

Y allí que nos fuimos, hacia la puerta principal, como dos turistas que éramos, dispuestos a descubrir lo que tuviera dentro para maravillarnos y después seguir buscando el camino a San Marcos. Curiosamente, la puerta cedió cuando mi mujer la empujó. Y entramos a un recinto inmenso formado por una nave central flanqueada de columnas góticas. A nuestra espalda, en alto, coronaba el interior del muro de la fachada principal un soberbio órgano de bronce. Me giré para llamar la atención de Almudena, pero ella ya caminaba bastantes metros por delante, atravesando la nave lateral derecha.

- ¿Le importa dejar paso?

- Scusi.- Me giré para disculparme con la persona que me había llamado la atención en italiano con fuerte acento veneciano. Era un hombre tirando a bajo, tocado con una gorra, que portaba entre sus manos, para mi asombro, una enorme corona de flores. Detrás de él, venían unos cuantos más acarreando flores, candelabros y demás parafernalia funeraria. Aunque me llamó la atención un caballete como los que usan los pintores y algo rectangular y grande que parecía un cuadro.

- ¿Va a haber un funeral?- Pregunté en un susurro, marcando mi acento milanés natal para que no me tomara por un patán romano.

- En la capilla del fondo. Dentro de quince minutos. Para la famiglia y los muy cercanos- Me contestó de mala gana, echándome una mirada de arriba abajo que me dejó muy claro que no estaría nada bien visto que molestáramos. Y sin más echó a andar con su carga. Yo me giré hacia la otra nave, decidido a reunirme con Almudena.

Al principio me costó divisarla, debido a los contraluces que se organizaban en el interior de aquel templo tan inmenso, pero finalmente la avisté al final de la nave, cerca del altar. Mi mujer hablaba con una señora muy elegante, de pelo cano y maneras suaves. No me sorprendió demasiado. Aunque ella presuma de arisca en realidad es afable y educada. Aceleré el paso y cuando estaba a unos diez metros vi como la señora tomaba las manos de mi mujer y se inclinaba para decirle algo, como si fuera una confidencia, y a continuación se daba media vuelta y marchaba hacia la nave de la izquierda.

- ¿Ya has hecho amistades?- Susurré al llegar hasta su vera, divertido. - Y luego te quejas de tu padre.

-Stefano.- Almudena me miró fijamente con expresión insondable.- No te lo vas a creer...

- No me digas que la señora esa era una bruja.- Repliqué con desenfado.

- Pues si.- Contestó ella. - Resulta que en una capilla en la otra nave va a haber un funeral...

- Lo se. Casi me muerde un encargado de la funeraria por cortarle el paso sin querer. Supongo que la señora es una de las asistentes.

- Lo es.- Almudena echó a andar por la misma ruta que había seguido la mujer.- Todavía podemos ver la capilla sin incordiar. Faltan diez minutos para que comience el oficio. Seguro que es una capilla... memorable.

Los encargados de la funeraria habían dispuesto una mesita a la entrada de la capilla, cuyo interior no veíamos porque quedaba oculto tras una verja profusamente decorada, y sobre la mesita un enorme libro para dejar condolencias. El caballete que tanto me había llamado la atención estaba colocado junto a la mesita, y sostenía lo que yo había creído que era un cuadro. En realidad era una fotografía bastante grande, sin duda del finado. Aunque hasta que no alcanzáramos la entrada de la capilla y pudiera verlo de frente no sabría qué rostro había tenido.

-¡Pero...! ¿No es...? - Exclamé estupefacto cuando por fin alcanzamos la capilla.

-Shhhh.- Almudena me chistó para que bajara la voz.- Sí que lo es.

- ¿Entonces no es... lo que llamáis fantasma?- Susurré mirando de reojo a izquierda y derecha, por si la señora elegante volvía a aparecer.

- En realidad... no.

-¿No? Pero...

- Te lo explico fuera.- Zanjó Almudena la charla. Y tomó una vela larga y fina y con ella encendió una candelita del atril que también habían colocado junto a la mesita. - Vamos...- Me tomó del brazo y tiró suavemente de mí hacia la salida. Antes de echar a andar, dediqué una mirada a la persona de la fotografía, la cual me dedicó una sonrisa que me pareció muy sarcástica y me dejó medio temblando.

Caminamos en silencio, sin fijarnos mucho en las obras de arte de la nave izquierda, mirando con disimulo a las personas que nos cruzábamos y que, sin lugar a dudas, acudían al funeral. Personas pulcramente vestidas de negro que hablaban en susurros, se abrazaban o se estrechaban manos. Nada distinto de lo que cualquiera puede esperar en una situación de esas características. Aunque yo sospechaba que, si no todos, la mayoría eran brujos.

Ya íbamos a alcanzar la puerta. En minutos estaríamos en el exterior y mi esposa me explicaría el fenómeno. O en eso confiaba cuando el corazón me dio un vuelco.

Por la puerta, colocado sobre una camilla con ruedas y empujado por los empleados de la funeraria, hizo entrada el féretro.

- ¡Santa Madonna!- Exclamé bajito.- Es un funeral de cuerpo presente. Y la propietaria sigue por aquí.

-Shhhh.- Me volvió a reprender Almudena.- Ahora te lo explico.

Los pocos metros hasta la puerta y los tres escalones que hubimos de descender hasta tener los pies bien firmes en el Campo se me hicieron poco menos que eternos.

-¿Y bien? - Pregunté un poco nervioso.

- Pues esta señora es una bruja y se murió ayer.- Explicó Almudena echando a andar como si fuera lo más natural del mundo que una difunta acudiera a su funeral, además de en cuerpo, en espíritu.

-¿Y ha decidido no pasar al Otro Lado?- Pregunté recordando las cosas que la familia de mi mujer contaba sobre los magos difuntos que no quieren seguir adelante tras la muerte.

- Pues no. De hecho, supongo que ya no está por esta dimensión.- Negó mi mujer.- Aunque no se... igual espera a que termine su funeral. Creo que tenía cierta curiosidad por saber si asistiría no sé qué parientes. O si tales o cuales se iban a saludar... las típicas historias entre familia expandida cuando no todos los parientes se llevan bien.

-¿Sabes que lo cuentas con mucha ligereza? Para los comunes mortales, como yo, resulta un poco macabro.

- Tu no eres exactamente un común mortal.- Me corrigió aludiendo a mi condición de "tocado por la magia".

Generaciones atrás una bruja despechada por uno de mis antepasados le echó una maldición hereditaria que, de manera sistemática e implacable, fue privando a cada sucesor varón de la compañía duradera de sus amadas, puesto que estas fallecían, puntualmente, a los cinco años de contraer matrimonio. Mi madre vivió siete años de casada, leve indicio de que se iba debilitando. Pero tuvimos que esperar a que Almudena entrara en nuestras vidas para romperla definitivamente. Aún libre de la maldición, yo había nacido sensible a la magia. Y esa condición se acentuaba por estar casado con ella y porque mis tres hijos ya daban indicios de haber heredado la condición de su mamá.

- También soy médico. Y aunque no sea un común mortal, como tu dices, no veo estos fenómenos cada poco en el hospital...

Almudena sonrió de medio lado mientras girábamos por un callejón que conducía a un pequeño puente para cruzar otro diminuto canal.

- Ya... tampoco es lo normal entre los magos.- Explicó mirando al frente.- Esta bruja no se podía ir hasta no haber hecho una cosa.

- ¿Tareas pendientes?

- Mas o menos. En realidad... - Almudena se detuvo una vez habíamos cruzado el puente y nos habíamos adentrado unos metros en la siguiente calleja.- Me ha dado esto.

Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo algo.

-¿Qué es eso? - Pregunté ante su palma abierta. Había cuatro objetos largos, tallados en piedras de colores en formas piramidales bastante alargadas.

-Podríamos decir que son cuatro clavos.

-¡Clavos!

- Si. Cuatro clavos encantados que... anclan la ciudad.

-¡¿Qué?!

- Pues eso.- Almudena los volvió a meter en el bolsillo, me asió del brazo y echó de nuevo a andar.- Cuatro clavos encantados que ayudan a que la ciudad no se hunda... o se hunda más lentamente. Creo que en otros tiempos también protegían a la comunidad mágica veneciana de los enemigos, pero eso fue hace mucho, cuando vivían más expuestos que ahora a la ira de otros magos, o de gente no mágica.

-¿Te ha dado esas piedras?

- Eso es. Esta señora andaba buscando alguien a quién encargarle la tarea de volver a ponerlos en sus lugares. Solo así podría marchar en paz. Cuando me la encontré se puso muy contenta porque decía que no tenía muy claro a quién de entre sus conocidos y familiares encargarle la tarea. Algunos no creen en estas cosas. Los hay que son un poco balas perdidas. Los que no son balas perdidas igual no tienen la pericia mágica que ella considera oportuna o no se lo van a tomar en serio... Otros desconfían porque la abuela de esta señora se casó con un mago judío... En fin, historias de familia.

-Y a ti te conoce de toda la vida.- Exclamé con ironía.

- Bueno, si contamos solo su vida una vez muerta...

- Ja.

- El caso es que no esperaba hallar una bruja que no tuviera nada que ver con la historia. Así que toparse conmigo en la iglesia ha sido muy importante para ella.

- ¿Y no podía haber ido a buscar a alguno de los de la comunidad mágica veneciana? Decías antes que hay muchos.

- Bueno, no es pequeña para los estándares. Pero el caso es que no podía.

-¿Por qué?

- Porque no es un fantasma, Stefano. No puede ir a donde quiera. Es como si... tuviera una prórroga a este lado del Velo para traspasar la tarea. Una prórroga con condiciones. En resumen, que su espíritu no puede, o no podía, abandonar el templo.

-¡Ah! ¡Y por eso le ha venido de oro que entraras precisamente tu! Pues podía habérselo encargado a uno de los asistentes a su funeral.

- Visto desde ese punto de vista... En realidad ella piensa, como cualquier persona mágica con cierta tradición, que casualidades en el mundo hay más bien poquitas.

- Ya... ¿Me estás diciendo que hemos entrado en la iglesia porque teníamos que entrar y que ya estaba decidido por el Hacedor Universal que te dediques a poner esas piedritas en su sitio?

- ¿Y tu tienes un tío cura y además jesuíta?- Me reprendió suavemente.- Sabes perfectamente que podría haber dicho que no.

-Pero no has dijo que no.

- No parece muy complicado volver a colocar estos clavos encantados en sus lugares. Cada uno tiene su lugar. Total, pensábamos recorrer Venecia.

- En día y medio, Almudena.

- En día y medio, sí. La contrapartida por algo tan pequeño es enorme: el descanso eterno de una persona.

-Ya. Muy altruista. Cada uno en su sitio. Venecia no es pequeña. Además, está formada por multitud de islitas. ¿Cómo saber dónde...?

-Ah, también me ha dado un mapa.

Y mi mujer volvió a meter la mano en el bolsillo, de donde esta vez extrajo una especie de pergamino viejo donde estaban dibujadas las islas.

- Pues vaya...- Exclamé compungido.- Yo quería ir a la Piazza San Marcos, sentarnos en una terraza a tomar una copa y contemplar las vistas...

- ¡Pero eso lo podemos hacer!- Exclamó ella sonriéndome.- Total, no parece muy complicado. Y ya sabes que no hace falta ir andando...

-No me gusta la Desaparición.

- Ya lo se, amore. Puedo Desaparecerme yo sola y...

-¡Ni hablar! Hemos venido a Vencia para estar juntos. Trae el mapa ese.- Extendí la mano dispuesto a enterarme de donde tenía su sitio cada piedra.

- Por cierto...- Me dio por pensar mientras leía Murano con dificultad.- ¿Por qué no están en su sitio estas cosas?

- Ya te he dicho que en su familia hay rencores de generaciones atrás y gente descreída. Los quitó su primo porque estaba convencido de que servían para todo lo contrario.

- ¿Para hundir la ciudad?

- Para no hacerle el bien. Eso incluye hundirla, sí.

- ¡Pues podía haberlo dejado estar!

- Ciertamente. Pero no fue así.

- Debería volver a ponerlos el que los quitó.

- Debería. Pero está muerto.

-¡Vaya por Dios! Llevan una temporada luctuosa en la familia.

- Bueno... está muerto desde 1970.

-¡Pero si ni tu ni yo habíamos nacido!

- Cierto. Poco antes, en 1968, tuvo lugar la mayor subida del aqua alta. Y desde entonces la frecuencia de las mareas ha ido subiendo...

-¿Así que venimos a pasar un fin de semana de romanticismo y remo y nos vamos a pasar a jugar a Rescatadores de Venecia?

- Supongo que habrá tiempo para todo...?

La miré con incredulidad. He leído algunas historias de los viejos grimorios de su familia, y en todas hay una nota común: cada vez que la magia llama a las puertas de alguno de ellos de esta manera "sincrónica" es para meterlos en una buena. Descontando mi historia personal.

- Cuanto antes comencemos, antes acabaremos.- Dijo encogiéndose de hombros.- Y siempre lo puedes ver como una forma de hacer turismo.

- No era mi idea el turismo mágico.

Almudena volvió a encogerse de hombros mientras yo me resignaba a la cruda realidad. A lo mejor no es tan bueno que sea una persona tan generosa, pensé mientras girábamos por una calleja increíblemente estrecha, camino de nuestro primer destino. En esos momentos prefería con mucho lidiar con mis tres hijos que ir en pos de cuatro agujeros. Pero nada podía hacer, más que caminar.

Continuará...


¡Feliz Cumpleaños, Cris Snape!

Tu Día ha sido, por fin, la motivación para continuar. Espero que el siguiente no tarde tantos meses en salir de mi teclado. Y que tu lo disfrutes.