"Hola soy Haku solo queria presentarles este capitulo personalmente; mi queridisima Luna me esta haciendo el favor(si claro!! Yo encantada!!) de publicar esta historia que espero les guste...
Y bueno quieren saber que paso despues de que hubo escalofrios al estrechar sus manos???...
Bien aquí esta la continuación un saludo y un beso.... Haku"
DestinoCapítulo II
"Te he estado buscando toda la noche." Ésas fueron las palabras que separaron a Milo de ustedes. Dos segundos después de que Camus soltó la mano de Milo, una señora de aproximadamente cuarenta años se acercó diciendo esas palabras. Ella tomó del brazo a Milo, y después se lo llevó al otro extremo de la galería.
A partir de ese momento, Camus había perdido de vista a Milo.
Cuando Afrodita le preguntó a Camus de dónde conocía a Milo, Camus le contó el pequeño relato de la cafetería. Afrodita no podía creer que Camus hubiera conocido a Milo antes que él. Camus le respondió entonces que fue culpa del destino, que no había sido su culpa. Después cambiaron de tema, pero Camus se quedó pensando en lo que había dicho: qué tanto afectaba el destino su vida.
La exposición estaba terminando; se habían vendido algunas obras y varios pintores habían sido felicitados. Afrodita, Aldebarán y Camus estaban dirigiéndose a la salida del lugar. Camus notó que los recibiría la medianoche del otro lado de las puertas de cristal.
"Disculpa." Alguien dijo detrás de Camus, quien volteó a ver al emisor de esa palabra. Era Milo, por lo que Afrodita y Aldebarán también voltearon a verlo al reconocer su voz. Milo tomó una gran bocanada de aire, parecía que había corrido velozmente para alcanzarlos. Su mirada viajó hacia Afrodita, "Me estaba preguntado si podría ver alguno de tus trabajos." Dijo casi sin aliento.
Camus y Aldebarán miraron a Afrodita. "En serio quieres ver mis pinturas?" Afrodita preguntó con alegría y sorpresa. Milo afirmó con la cabeza. Afrodita sonrió más y al mismo tiempo miró a Camus para preguntarle, "Podemos ir a tu departamento por mi cuaderno de dibujos?"
Camus miró a Afrodita por un momento, hasta que sí, se dio cuenta que la pregunta había sido dirigida a él; efectivamente, le acababan de hacer de una pregunta.
El primer pensamiento que llegó a la cabeza de Camus fue una imagen de su departamento: desorden de hojas que había por todo el piso, y varias, sino es que demasiadas, tazas de café, que él no había tenido tiempo de lavar, reposando en cada mueble de la casa. El segundo pensamiento que nubló su cabeza fue una imagen del cuaderno de dibujos de Afrodita, que estaba en su departamento porque Afrodita lo había olvidado en el sillón la última vez que le había enseñado sus dibujos a Camus.
Afrodita seguía esperando una respuesta, y de pronto, Aldebarán y Milo también lo estaban mirando, así que Camus sólo afirmó con la cabeza.
Los cuatro fueron a recoger sus garbaditas y suéteres y después se retiraron. A Camus le llamó la atención la bufanda azul que Milo rodeó sobre su cuello.
Para llegar al departamento de Camus, los cuatro se subieron al coche de Aldebarán.
Camus y Milo estaban en la parte trasera; Afrodita era el copiloto; y Aldebarán era el conductor.
La conversación dentro del automóvil era relajada. Hablaron de la exposición, de las personas que habían asistido y del arte en general. Camus fue el único que permaneció callado todo el trayecto. Él iba observando la ciudad moverse a través de su ventanilla; venía casas, postes, personas y luces quedar atrás con cada calle que pasaban. Generalmente, él no era de esas personas que pueden platicar por horas sin parar o tener un comentario en cada conversación, él, más bien, vaciaba sus sentamientos y pensamientos en hojas. Camus prefería hablar por medio de una pluma o por medio de un teclado. Además, él se sentía extraño, sentía como si tuviera un gran hueco en el estómago, como si no hubiera comido en días enteros, como si en lugar de órganos sólo tuviera aire comprimido a punto de explotar.
Cuando llegaron al edificio en donde estaba su departamento, Camus suspiró de repente. El suspiro hizo que Milo volteara a verlo. Camus también lo miró… y Milo sonrió levemente.
Camus salió del coche sintiendo el hueco en el estómago más grande.
Camus introdujo la llave en el cerrojo y abrió la puerta de su departamento. Él encendió la luz que estaba cerca de la puerta. Afrodita, Milo y Aldebarán entraron después de él.
Los cuatro dejaron sus garbaditas y suéteres en una silla que estaba a lado de la puerta.
Camus se agachó para recoger del piso varias hojas que estaban hechas bola. Juntó cinco con su mano izquierda y con la derecha recogió tres tazas que estaban en la pequeña mesita de la sala. "Adelante." Camus dijo un poco apenado mientras caminaba hacia la cocina.
"Voy a buscar el cuaderno." Afrodita dijo, y mientras Camus abría la puerta de la cocina, alcanzó a ver cómo Afrodita caminaba hacia el estudio donde probablemente estaría el cuaderno y vio también cómo Aldebarán tomaba asiento en uno de los sillones de la sala.
Camus entró a la cocina, tiró las hojas en una bolsa de papel y, después, dejó las tazas aún con marcas de café en el fregadero.
Él giró asustado cuando escuchó que la puerta de la cocina se abría.
"Lo siento, no quería asustarte," Milo asomó su cabeza por la puerta y después la abrió un poco más para pasar. "Es sólo que el sillón donde pretendía sentarme tenía estas hojas…" Milo le enseñó las manos a Camus, en las que tenía varias hojas. "En este momento nos sería de mucha ayuda mi ejército de sirvientas para limpiar este lugar, como mencionaste en la galería." Milo dijo con una sonrisa.
Camus pudo sentir el color rojo naciendo en sus mejillas, "Disculpa que haya dicho eso. Imaginaba que eras… diferente." Camus dijo apenado.
"Imaginaste que sería un viejo con una copa de vino y sirvientes alrededor?" Milo preguntó sin ningún tono de acusación o reclamo.
Camus ya no sentía el rojo solamente en sus mejillas, todo su rostro ardía de repente. "Sí… un viejo, con sirvientes, con lentes, y con sobrepeso." Camus admitió en derrota.
La sonrisa de Milo fue más grande, "Aún no llego a los treinta, lavo mi ropa, no necesito lentes todavía y hago ejercicio para evitar el sobrepeso. Soy una desilusión en cuanto a los estereotipos que se tienen sobre los pintores."
"No eres una desilusión, al contrario. Eres mucho más de lo que esperaba." Camus dijo antes de que pudiera pensarlo. Las palabras salieron de su boca sin que él lo ordenara. Su corazón empezó a latir más rápido. "Me refiero a que no eres una desilusión porque nunca hay que aferrarse a los estereotipos, porque los estereotipos se desvanecen como el aire en un día de mucho viento, y porque las desilusiones son tan subjetivas como los colores que cada quien ve a su alrededor, y los prototipos son variables como la vida misma que da sorpresas cuando menos te los esperas." Camus dijo rápidamente, y sí, se dio cuenta que nada de lo que había dicho tenía sentido.
Milo se acercó a él repitiendo en un murmullo, "La vida misma que da sorpresas cuando menos te los esperas." Cuando estuvo a unos pasos de distancia de Camus, Milo extendió las hojas para que Camus las tomara. "Nunca había conocido a un escritor, y supongo que también tenía un concepto equivocado de los escritores."
"Cómo era tu concepto?" Camus preguntó tomando las hojas que Milo le había ofrecido.
"Un viejo con barba, canoso, con sombrero y bufanda, pero en lugar del vino, yo pensaba en un cigarro o un puro en su mano."
Camus contestó, "Lamento desilusionarte también."
Milo dijo, "No me desilusionas, al contrario. Eres mucho más de lo que esperaba."
Camus sonrió levemente y miró los ojos de Milo por algunos segundos, "Cómo supiste que soy escritor?" Camus preguntó.
"Las hojas, los libros, y las tazas de café por todo tu departamento te delatan y-"
"Encontré el cuaderno de dibujos al fin." Los dos voltearon a la puerta que se había abierto. Era Afrodita, "Te parece bien si los vemos?" No se había dado cuenta que había interrumpido una conversación que empezaban entre ambos.
Milo volteó hacia Afrodita y empezó a caminar hacia él, "Por supuesto."
Habían pasado veinte minutos. Los cuatro estaban sentados en la pequeña área de la sala.
El departamento de Camus no era muy extenso a pesar de que estaba en la zona sur de la ciudad, donde generalmente la población tenía un poco más de dinero que en la zona norte. Camus, sin embargo, no hubiera tenido ningún problema si su departamento hubiera estado en el norte, de hecho, en una época de su vida, él luchó contra la decisión de sus padres de que viviera en el sur, porque, claro, su familia era de dinero y su lugar estaba en el sur. Familias como la de Camus debían de estar en el sur, sería un insulto sino fuera así. Y con tal de evitar enfrentamientos, Camus terminó aceptando este departamento que sus padres le habían conseguido. Cuando Camus conoció el departamento sin embargo, se enamoró de inmediato de él: no era muy lujoso, al contrario, era pequeño, y sólo tenía lo necesario, pero eso no le restaba lo acogedor.
"Ésta es excelente." Aldebarán rompió el silencio que se había formado en la habitación. Tanto Aldebarán como Milo y Afrodita estaban sentados en el sillón más grande, con Milo sentado entre ambos, sosteniendo el cuaderno de dibujos. Camus estaba sentado en el sillón individual, observándolos: los dos famosos pintores miraban con detenimiento cada dibujo de Afrodita, mientras que Afrodita miraba los rostros de los pintores, tratando de descifrar sus pensamientos sobre el trabajo que había realizado.
Camus despegó su mirada un momento de ellos y miró sus manos. De pronto, tenía las ganas de escribir; no estaba muy seguro qué quería escribir, pero sabía que quería hacerlo. Tal vez escribiría un poema o simplemente versos sin sentido, o podría concentrarse un poco más y continuar con la novela que había estado escribiendo por algunos meses ya.
"Tus obras son increíbles." Milo le dijo a Afrodita con una gran sonrisa, y cuando Camus lo miró, Milo estaba cerrando el cuaderno de dibujos al fin. "Este viernes un amigo mío va a realizar una pequeña exposición de distintos autores contemporáneos, y podría pedirle, claro, si tú quieres, que exhibiera algunos de tus dibujos. Tus obras están llenas de sentimiento, y la calidad es impresionante. De verdad, tienes mucho talento." Milo terminó de decir.
"Estás hablando en serio?" Afrodita preguntó más que sorprendido. No cabía de felicidad. "Entonces te gustaron mis pinturas?" Dijo después incrédulo. A lo que Milo le aseguró que sí le habían gustado, aún con la misma sonrisa en sus labios. Afrodita volteó a ver a Camus entonces y le dijo en un susurro, "A Milo le gustaron mis dibujos!"
Aldebarán empezó a reír y le dijo a Milo en un murmullo, "No sabes lo feliz que acabas de hacer a esta niña."
Entonces los cuatro empezaron a reír ya que, obviamente, a pesar del tono tan bajo de voz, los cuatro habían escuchado todo con claridad.
Tal vez el tiempo era una cosa engañosa. Camus se encontró, de repente, despidiendo a sus amigos en la puerta de su departamento. Aldebarán llevaría a Afrodita y a Milo a sus respectivos hogares.
Cuando Milo le extendió la mano a Camus para despedirse, Camus miró por algunos segundos la mano extendida de Milo; se preguntó fugazmente si volvería a sentir escalofríos al contacto con la piel del pintor.
Una vez que el contacto sucedió, sí, Camus volvió a sentir escalofríos recorriendo todo su cuerpo. La sensación lo confundió tanto, que no respondió al buenas noches, gusto en conocerte de Milo, hasta que Milo ya estaba caminando con los otros dos por el pasillo, y Camus pudo susurrar un débil, "el gusto fue mío."
Camus cerró la puerta detrás de él y se recargó en ella con un suspiro. Ellos se habían ido, y Camus no sabía por qué tenía unas inmensas ganas de alcanzarlos y estar con ellos un rato más… y si Camus era un poco honesto consigo mismo, no eran tantas sus ganas de estar con Aldebarán y con Afrodita, como estar un rato más con…
Camus bloqueó cualquier tipo de pensamiento. No se permitió terminar ese enunciado.
Él miró alrededor de su departamento, buscando desesperadamente algo que llamara su atención y detuviera de forma tajante la fila de pensamiento invadiendo su cabeza.
Lo que nunca imaginó fue que sus ojos se detendrían en una bufanda azul que descansaba sobre el sillón. Sus ojos se quedaron magnetizados al objeto, como si fuera a tomar vida o algo parecido. Él caminó con cautela algunos pasos, y después se sentó lentamente en el sillón que estaba a un lado, donde había estado sentado momentos atrás.
Camus observó fijamente la bufanda por extensos minutos, tanto que sus ojos ardían y llegaban a perder su enfoque en algunos momentos… ya que esa bufanda era de Milo. La bufanda era de Milo.
Milo la había olvidado en el departamento de Camus.
La bufanda estaba sobre el sillón de su departamento, y Camus no podía dejar de observarla. La examinó como si nunca hubiera visto una bufanda antes, como si fuera la primera vez que sus ojos tenían contacto con el color azul y estuvieran descubriéndolo con intriga y algo de miedo.
Cuando Camus separó la mirada de la bufanda, fue simplemente para tomar una hoja que estaba cerca y una pluma para poder escribir.
Es una red de hilo nada más; venas de hilo delgado entretejidas en un gran conjunto. Sin embargo, emanan tu esencia. Es como si estuvieras aquí. El tejido es una extensión de ti, y tú eres una extensión del tejido: ambos son celestes. Tú eres celeste.
Y no sabía que lo celeste tenía tanto poder sobre mí.
Camus continuó escribiendo pero se quedó dormido después de llenar dos hojas blancas con letras que parecían estar escritas con tinta celeste.
