Bella se sentía furiosa cuando salió del edificio de Bhelstian Company. Sólo Gastón podía provocar en ella tal estado, aunque se había guardado bien de no mostrarlo en público; no quería por nada de mundo que su padre tuviera problemas en la empresa por culpa de su comportamiento.
Frente a las puertas del edificio esperaba Din-Don junto al coche. En cuanto vio a Bella fue a abrir la puerta trasera, pero ésta lo detuvo.
— Necesito despejarme un rato, Din-Don. Espérame en el centro comercial, al lado de la librería del señor Hugo.
— Pero señorita... —intentó replicar el chofer.
— No, Din-Don —le cortó Bella—. Espérame allí, de verdad. Además desde aquí sólo son unas pocas manzanas a pie.
Din-Don la observó un instante, preocupado, antes de ceder.
— Está bien, señorita Ceceru. Pero si tarda más de media hora, iré a buscarla, le guste o no.
— Estaré allí en media hora. Te lo prometo.
Din-Don asintió en silencio antes de volver al coche y arrancar. Bella suspiró aliviada: al menos no volcaría su mal humor en alguien que no merecía recibirlo. Eso le hizo recordar el almuerzo. Sacudió la cabeza, resoplando, y echó a andar, aunque aquel gesto no hizo que olvidara lo ocurrido...
Gastón se había pegado a ella nada más llegar al almuerzo y le había insistido que se sentara a su lado. Bella, recordando la advertencia de su padre, aceptó. Tuvo que aguantar el interminable monólogo de Gastón sobre su empresa, sus muchos trofeos deportivos y de caza que decoraban su mansión y, sobretodo, sobre él mismo. Se esforzó por ser amable y responderle de vez en cuando, aún cuando Gastón parecía ignorar sus respuestas. Pero su paciencia con él se colmó cuando criticó, como quien no quiere la cosa, que su vestido azul era demasiado largo y soso. ¿Qué esperaba? ¿Un provocativo minivestido rojo de noche? ¡Ni hablar! Así que en cuanto pudo, alegó dolor de cabeza, se excusó ante su padre, agradeció el almuerzo al director de Bhelstian, y se fue.
Un ruido la sacó de sus cavilaciones. Se detuvo y miró a su alrededor. Estaba al principio del callejón del otro día, aunque no vio al mendigo en la acera. Volvió a escuchar un ruido; venía del interior del callejón. Miró atentamente: no había nada que se moviese entre las sombras. ¿O quizás sí...?
La curiosidad venció a la vocecita del sentido común que clamaba en su cabeza para que se detuviera. Se adentró en el callejón; la oscuridad la engulló. No veía nada. De nuevo escuchó el mismo ruido de antes, unos pasos por delante de ella. Intentó ver si algo se movía avanzando un poco más.
— ¿Hola? —Llamó con voz queda— ¿Hay alguien ahí...? ¿Hola...?
De repente, una figura negra se abalanzó sobre ella y la empujó con una fuerza que a Bella le pareció sobrehumana. Chilló de dolor cuando chocó de espaldas con un contenedor de metal. Su bolso salió por los aires. Se desplomó en el suelo, con la respiración entrecortada y todos los huesos magullados. La cabeza le daba vueltas. La vista se le volvió borrosa. La figura volvió a arrojarse sobre ella. La miró un instante con ojos terroríficos y la agarró del pelo. Tiró de ella hacia el interior del callejón con una fuerza brutal.
— ¡Socorro! —Gritó Bella con toda la energía que pudo, desesperada, mientras arañaba las manos como garfios que agarraban su pelo— ¡Socorro...!
Entonces, otra figura negra surgió de las sombras emitiendo un sordo y profundo gruñido gutural. Se lanzó sobre la primera figura con ímpetu. Ésta soltó el pelo de Bella para defenderse.
La cabeza de Bella impactó con un fuerte crujido contra el suelo. Durante unos instantes su visión se volvió más negra aún de lo que estaba el callejón. Los latidos de su corazón le martilleaban las sienes. Varias arcadas pugnaban por salir de su garganta. Oía el fragor inconexo de la pelea que se libraba en la oscuridad del callejón. Un estruendo metálico lo acalló todo.
Bella intentó incorporarse; no sabía si quería escapar o averiguar qué había pasado. Se apoyó en sus manos llenas de rasguños, pero las punzadas de su cráneo le hicieron perder las pocas fuerzas que le restaban. Se medio desvaneció; unos brazos fuertes la sostuvieron a tiempo, evitando que volviera a golpearse en el suelo. Bella apenas sí lo notó. Lo que sí percibió fue un penetrante olor acre. Entreabrió los párpados y tropezó con una mirada fija en la suya; brillaba con fuerza en medio de la oscuridad que se inclinaba sobre ella.
Volvieron a oírse gritos y exclamaciones. Esta vez no venían de las sombras, sino de la luz de la calle. Los ojos brillantes dejaron de mirar a Bella. Pasos que corrían; se acercaban. Más gritos. Órdenes asustadas a voz en cuello. Sirenas a lo lejos. Unas siluetas se perfilaron detrás de la figura que la sostenía; la agarraron y la empujaron sin miramientos. "¡No! ¡No es...!", quería gritar Bella, pero de sus labios no salió ningún sonido. Los brazos que la sostenían desaparecieron de repente y su cabeza cayó pesadamente al suelo.
Todo se fundió en negro y Bella ya no supo más.
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— ¡Oh, se está despertando! —Murmuró de júbilo una voz femenina que parecía provenir de muy lejos— ¡Ve a llamar a Cogsworth para que avise al señor Cecereu!
— De acuerdo... —respondió una voz masculina, también lejana, antes de que se escucharan unos suaves pasos rápidos y la leve fricción de una puerta.
Con los ojos entreabiertos, Bella veía borroso. Parpadeó varias veces hasta que logró enfocar lo que tenía frente a sí. Estaba en una cálida habitación bañada por los rayos anaranjados del atardecer. Tumbada en una cama demasiado grande para su gusto, tenía a un lado una pantalla que emitía pequeños pitidos y un fino tubo de plástico que nacía del dorso de su mano y se perdía por encima de su cabeza. Un hospital; era allí donde estaba.
¿Cómo había llegado hasta allí? Le costaba recordar...
— ¿Cómo estás, Bella? —Preguntó la misma voz femenina de antes con suavidad.
Bella giró despacio la cabeza, porque de repente la encontró embotada y con un interminable zub-zub en sus oídos. Y se encontró con el rostro de su doncella y mejor amiga, que le sonreía con ternura.
— ¿Babette...? —Musitó con la lengua pastosa.
— Aquí estoy. ¿Cómo estás?
— A... Aún no lo sé —intentó tragar saliva; tenía la garganta seca— ¿Cómo...? ¿Cómo he llegado aquí?
— ¿Qué es lo que recuerdas? —Quiso saber Babette.
— Pues... Iba por la calle y oí un ruido en un callejón. Entré a ver y alguien... Alguien me atacó. Luego se volvió todo muy confuso... —Bella tomó aire para serenarse y tratar de hacer memoria— Creo que me cogió del pelo y me arrastró hacia el final del callejón... Y después... —dudó— Después...
— No te preocupes, Bella —la tranquilizó Babette—. Ahora ya estás a salvo. La gente de la calle oyó tus gritos de ayuda y vieron una pelea en el callejón. Se acercaron corriendo a ayudarte y se encontraron que el monstruo que te estaba atacando te tenía en sus manos... Lograron reducirle hasta que llegó la policía e intentaron socorrerte, pero estabas ya inconsciente. Una ambulancia te trajo hasta el hospital y te han sedado hasta que han comprobado que tus heridas... —Bella abrió los ojos desmesuradamente, asustada. Babette le cogió una de sus manos entre las suyas, intentando tranquilizarla— ¡No ha sido tan grave! Sólo tenías una conmoción a consecuencia de los golpes en la cabeza, pero los médicos querían estar seguros que no tenías nada más.
Bella volvió a suspirar, esta vez de alivio.
— Seguro que papá ha estado muy preocupado...
— No se ha separado de ti desde que trajeron a esta habitación. Creo que ni ha dormido en toda la noche, velándote. Y no ha sido hasta hace unas horas que Lumiere y Cogsworth han logrado convencerle para que fuera a casa a descansar y comer algo mientras Lumiere y yo le tomábamos el relevo.
— ¿To...? ¿Toda la noche? —Tartamudeó Bella, incorporándose ligeramente— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
— Algo más de un día —Bella se dejó caer sobre la almohada, aturdida por la información y algo mareada por aquel pequeño gesto. Babette se preocupó al verle la cara—. ¿Te encuentras bien?
— Sí... —logró articular Bella— Es sólo que tengo la sensación de que sólo han pasado unos minutos desde lo último que recuerdo.
— Eso es porque está desorientada, ma chère Bella —se oyó desde la puerta de la habitación.
Ésta se había abierto sin hacer ruido, dando paso a un hombre alto y delgado, de larga nariz, cabello engominado y ojos chispeantes. Entró con pasos casi felinos, cerró la puerta tras él con suavidad y se acercó a la cama.
— ¿Lumiere?
— Me oui, madamoiselle —respondió con una sonrisa el hombre—. Y antes de que me lo pregunte, su padre no tardará en llegar —Bella suspiró de alivio— Nos ha tenido a todos muy preocupados, sobre todo a la señora Potts.
— ¿Ha venido a verme la señora Potts? —Se extrañó Bella.
— Ya sabes que no soporta los hospitales desde... Bueno, ya sabes—le recordó Babette con cierta tristeza.
Bella sólo asintió en silencio. Entonces se percató de algo.
— ¿Qué es eso?
Babette y Lumiere se giraron hacia donde se dirigía la mirada de Bella. Ésta se dirigía hacia un enorme ramo de flores blancas que descansaba en el alféizar de la ventana.
— Es un ramo de flores —puntualizó Lumiere.
— Ya lo veo. ¿Pero por qué es tan enorme?
— Será cosa del remitente —sonrió sin ganas Babette—. Por si no te has dado cuenta, Bella, son camelias blancas. No llevaban ninguna tarjeta.
Lumiere resopló al oír eso.
— Oh, mon Dieu! ¡Qué mal gusto a la hora de escoger las flores!
Bella no pudo estar más de acuerdo con él; se llevó una mano a la sien. Babette vio el gesto.
— Anda, Bella, duérmete otra vez —la animó con voz suave—. Todavía necesitas descansar.
Bella se acomodó lo mejor que pudo en la cama; Lumiere la arropó con delicadeza y le dio un tierno beso en la frente. Bella cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, Maurice ocupaba el sillón que había ocupado antes Babette; a través de la ventana podía verse la noche estrellada.
— ¿Papá...?
Maurice se levantó como un resorte al oír la voz de su hija y la abrazó.
— ¡Oh, Bella, qué preocupado me has tenido!
— Lo siento mucho, papá —dijo Bella mientras le devolvía el abrazo.
— No te preocupes, hija. Lo que importa ahora es que estás despierta y que estás a salvo —deshizo el abrazo para poder mirarla; se notaba que estaba terriblemente preocupado—. ¿Cómo estás? ¿Te duele la cabeza? ¿Necesitas algo?
— Estoy bien, papá —Bella le sonrió.
— Pues entonces no vuelvas a hacer algo tan irresponsable como meterte insensatamente en un callejón oscuro como la boca de un lobo —Maurice le salió la voz más dura de lo que quería. Bella, al oír aquello, bajó la mirada y se mordió el labio—. Yo... lo siento. Lo siento, hija —trató de disculparse—. Cogsworth me lo ha contado lo que haces con los indigentes y mendigos de las calles.
— Sólo intentaba ayudarles... —se justificó Bella.
— Sí, lo sé. Tu madre y yo te educamos así, y no te culpo por eso. Pero podrías haberlo hecho de otro modo. Hay ONG's, grupos de apoyo y refugios sociales donde puedes ayudar sin que debas poner tu vida en peligro.
— Pero papá... —intentó protestar Bella.
Maurice la cortó con un gesto de la mano.
— Nada de peros, hija. Ya sé que prefieres hacer las cosas a tu manera, pero esta vez no va a ser así. No quiero que te pongas en peligro para tratar de ayudar a los demás —miró fijamente a Bella—. Nunca más.
Bella bajó la vista, resignada a aceptar lo que le ordenaba su padre. Suspiró. Maurice la miró con ternura. En ese momento llamaron a la puerta. Bella y su padre se miraron.
— ¿Quién es? —Preguntó Bella con voz apagada.
— Soy el inspector Forte —respondieron desde el otro lado.
— Es el encargado de investigar el ataque —le explicó Maurice a Bella a media voz. Luego se giró hacia la puerta—. Adelante.
La puerta se abrió de par en par sin hacer el menor ruido y entró un hombre enjuto y estirado, de facciones angulosas y ojos penetrantes. Se acercó con paso marcial hasta los pies de la cama.
— Señor Cecereu... Señorita... —saludó el inspector con una leve inclinación de cabeza.
— ¿Qué desea, inspector? —Quiso saber Maurice— Mi hija acaba de despertarse y necesita calma y reposo después de lo que le ha ocurrido.
— No se preocupe, señor. Sólo serán un par de minutos... —el inspector miró a Bella— Me alegro que esté mejor, señorita. Nos ha tenido a todos muy preocupados.
— Gracias, inspector —respondió Bella.
— Quiero que sepa que el responsable del ataque que sufrió está detenido —siguió el inspector— y que dentro de pocos días estará en la cárcel a la espera de juicio. Pero antes de que esto suceda, necesitamos su ayuda, señorita Cecereu.
— ¿La mía? —Se extrañó Bella— ¿Por qué?
El inspector carraspeó antes de contestar.
— Tiene que darnos su testimonio sobre lo ocurrido. Sé que está algo confundida por los golpes que recibió, pero todo lo que nos cuente sobre lo que recuerda nos será de ayuda. Además, debe identificar al hombre que la agredió en una rueda de reconocimiento.
— ¿Es necesario, inspector Forte? —Inquirió Maurice, incómodo.
— Lo es —asintió el inspector con firmeza— si queremos que ese bestia, porque casi no merece el apelativo de hombre, no salga durante mucho tiempo de prisión.
Maurice miró a su hija; ésta asintió.
— De acuerdo, inspector —accedió Maurice—. Pero sólo cuando a mi hija le den el alta.
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Bella estaba en la comisaria de policía. Su padre la había acompañado hasta allí nada más salir del hospital, dos días después de la visita del inspector Forte. Ya en comisaría, el inspector le había tomado declaración de todo lo que ella podía recordar de la agresión antes de llevarla a hacer una rueda de reconocimiento para que identificara a su atacante.
Temblaba de frío en aquella sala oscurecida; pero no era lo único que la hacía temblar. Delante de ella, al otro lado de un cristal espejo, había varios hombres barbudos que la miraban fijamente, pese a que ellos sólo veían su propio reflejo; sujetaban un cartel que les numeraba del uno al seis.
Bella los observaba a su vez, uno por uno, tratando de averiguar mediante su confusa memoria cuál de ellos era el que la había atacado en el callejón. Sin embargo, sus ojos volvían una y otra vez al segundo por la derecha, identificado con el número cinco. Era como si un imán atrajese su mirada hacia aquel hombre. No podía evitarlo: sus pupilas eran dos retazos del cielo en verano que refulgían como estrellas en medio de un mar de greñas oscuras y mugrientas.
Tenía la sensación que ya había visto el brillo de aquellos ojos, pero era incapaz de ubicarlos. ¿Podría ser en el ataque del callejón? No estaba segura; los ojos que ella recordaba eran dos pozos negros llenos de maldad, mientras que aquellos, aunque brillantes, estaban ausentes y vacíos, como si su propietario se hallara muy lejos de allí.
— ¿Reconoce a alguno, señorita Cecereu? —Preguntó suavemente el inspector Forte a sus espaldas.
— No... No estoy segura... —musitó Bella.
— Tómese el tiempo que necesite, señorita.
Bella asintió, sin dejar de mirar en ningún momento al hombre número cinco. Entonces se dio cuenta que le costaba mantenerse en pie, inmóvil. Algunos mechones de pelo se le pegaban a su frente sudorosa. Se preguntó si estaría mareado por el calor.
De repente, el hombre pareció volver a la realidad y miró un segundo hacia el cristal, cruzando sin querer si mirada con la de Bella. Ella se quedó paralizada: en esos dos ojos celestes podía leer una rabia ciega... mezclada con algo más.
Bella cerró los ojos con fuerza y giró la cabeza. Aspiró profundamente.
— ¿Se encuentra bien, señorita? —El inspector Forte se preocupó al ver el gesto de la muchacha.
— Lo siento mucho, inspector, pero no puedo ayudarle.
Salió a toda prisa de la sala sin mirar atrás, yendo directamente a los brazos de Maurice, que había estado esperando fuera.
— En fin... —suspiró el inspector. Fue hacia un lado del cristal espejo y activo un interfono— Hemos terminado, chicos.
De inmediato, tres de los hombres soltaron los carteles y casi se abalanzaron sobre el hombre número cinco. En cuando notó el contacto, el quinto hombre rugió como una fiera y empezó a retorcerse para sacarse a los demás hombres, todos ellos policías, de encima. Tardaron unos minutos, pero al final los policías lo redujeron en el suelo y le pusieron unas esposas a la espalda. El hombre seguía debatiéndose cuando lo levantaron del suelo y se lo llevaron a rastras de la sala de reconocimiento.
— La cárcel te espera... ¡Bestia! —Le gritó uno de los policías que le sujetaban.
El hombre rugió en respuesta.
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Notas aclaratorias
— En las películas (concretamente en "La Bella y la Bestia: una Navidad encantada"), el plumero recibe el nombre de Fifí. En el musical su nombre es Babette. He escogido la segunda opción, puesto que el nombre es más elegante.
— En "La Bella y la Bestia: una Navidad encantada", Forte es el compositor del castillo que, tras el maleficio de la hechicera, se convierte en un órgano.
— En el lenguaje de las flores, las camelias blancas significan orgullo por rechazo, es decir, "Estás desdeñando mi amor". ¿Adivináis quién se las ha enviado a Bella?
Muchas gracias a sayito, Tzintzuntzintzan, AnaMa9507, Isa Black, ro y Kaho - Kazuki por los reviews! También muchas gracias por todos los Follows y los Favorites que le habéis dado a la historia. Me encantan!
Intentaré actualizar antes, pero no puedo prometer nada. Eso sí, no pienso dejar a medias esta historia. Lo prometo!
