De pequeña me decían que los gatos negros daban mala suerte, que nunca me cruzase con ninguno...

Esas eran sus últimas palabras antes de que una moto se descarrilase y lo llevase por delante, o se cayesen por una alcantarilla abierta no señalizada, o se entretuviesen en los pasos de peatones y mágicamente el semáforo pasara a verde para los coches. Creo que varios de esos sucesos fueron incentivos para volverme lo que soy hoy.

Cuando en el instituto una chica se cruzó conmigo mientras subía por las escaleras, y que curiosamente ella acabase rodando hacia abajo, empezaron a compararme con los gatos negros...

Pronto el instituto me conoció como "Gata negra".

Me aislaron, empezaron rumores, cuchicheos, y, sobre todo, los accidentes.

Nunca me afectó en sí, ya que yo misma me había aislado en mí misma hacía mucho tiempo.

Después de mucho "aprendí" a concentrar esa "mala suerte" en mis "objetivos".

Ya era costumbre tener la muerte cogida de la mano.

Insensibilizada y sin nadie para... ¿Guiarme? Bueno, el caso es que decidí usar mi "habilidad", más bien maldición, a mi favor.

Empecé a trabajar como sicaria.

Nunca había tenido a nadie, nunca me vi necesitada de nada.

A lo largo de los años, fui cobrando vidas por granded cantidades de dinero.

Nunca olvidaré quienes fueron los primeros en asumir mi don, mis padres. Una lástima, eran amorosos y agradables por lo poco que recuerdo de ellos.

Y poco a poco, entre la familia que "mataba" y la que no me quería, quedé sola.

Fácil, sencillo, simple y mortalmente doloroso.