Prólogo

E. A. Cullen estaba sentado en un cómodo butacón de la biblioteca de su abuelo. Su cabeza descansaba sobre el suave cuero. En la mano sostenía una copa de bourbon de cien años y trataba de mantenerse despierto.

Mientras tanto, sus hermanastros Jasper y Emmet jugaban al billar a la luz de la lámpara de Tiffany. Estaba claro que Emmet llevaba tiempo sin jugar. Alec, el otro hermano, los observaba desde otra butaca. Un mes antes también se habían reunido en La Cabaña, la enorme finca que poseían a orillas del lago Washington, en Seattle. Entonces su padre, el fundador de CullenCom, había sufrido un ataque al corazón. E. A. no era capaz de recordar la última vez antes de ésa que había estado allí. Él siempre había sido la oveja negra, el hijo pródigo, y aunque ya no era el mismo de antes, se sentía como un extraño. Sólo iba a la casa en la que se había criado cuando era absolutamente necesario.

No tenía nada en común con su padre, el genio de la tecnología, y con sus hermanastros, exceptuando su amor por la parte del negocio que le correspondía. Como director de gestión inmobiliaria y principal arquitecto de la compañía, vivía, comía y respiraba para diseñar las estructuras que albergaban a los empleados de la compañía, así como los productos que fabricaban. La única cosa que le importaba tanto como su trabajo era la solitaria isla que su padre había comprado en las San Juan cuando él era un adolescente. Hurricane Island era el único lugar en la Tierra donde podía sentir algo parecido a la paz. Era una pena no poder quedarse lo suficiente como para navegar hasta ella.

—¿Alguien sabe por qué nos ha llamado el viejo? —preguntó Jasper mientras golpeaba la bola con su taco de billar.

Emmet se encogió de hombros.

—Mi secretaria me dijo que no quiso decirle la razón.

Alec se echó hacia delante.

—¿Carlisle te llamó personalmente? A mí también —movió su botella de cerveza Black Sheep hacia E. A.—. ¿Ya ti, E. A.? ¿Recibiste el mensaje de su secretaria, o te llamó personalmente?

—De Carlisle —se restregó los ojos con los pulgares, bostezó y se inclinó hacia delante.

Con los codos sobre las rodillas, balanceaba la copa de bourbon entre las piernas.

—Le dije que tendría que cancelar reuniones en Nueva Delhi y pasarme medio día en el avión de la compañía para llegar a tiempo, pero insistió en que viniera.

Aquel viaje no tenía ningún sentido. La salud de Carlisle no parecía ser el problema, a juzgar por el vigor de su voz cuando le había llamado. Fuera lo que fuera podrían haberlo resuelto por teléfono, fax o e-mail. Carlisle había perfeccionado todas esas tecnologías y lo menos que podía hacer era usarlas.

E. A. se pasó una mano por el cabello y miró la hora en su Rolex. Con las trece horas de diferencia entre Seattle y Nueva Delhi, no sabía cómo estaba funcionando su reloj biológico.

Justo cuando decidió que no merecía la pena averiguarlo, la puerta se abrió de par en par. Carlisle Cullen y su metro noventa de estatura entraron en la enorme habitación, recubierta de madera de cerezo y libros encuadernados a mano. Sus bifocales de pasta negra encerraban unos penetrantes ojos azules que delataban una inteligencia capaz de inventar el software y la tecnología que había convertido a CullenCom en un imperio multinacional.

—Ah, estáis todos. Estupendo —su inusitada energía no se correspondía con el ataque que había sufrido un mes antes.

Se dirigió hacia el imponente escritorio de roble, delante del cual había cuatro sillas.

—Venid, chicos.

Jasper y Alec se recostaron contra la pared y Emmet se apoyó en el respaldo de una silla. E. A. se puso de pie, pero no se acercó tanto.

Carlisle miró a Jasper y frunció el ceño.

—¿Por qué no te sientas?

—Gracias, pero prefiero estar de pie.

Carlisle los miró a todos, sin relajar el entrecejo.

—Muy bien —murmuró encogiéndose de hombros—. Podéis hacer lo que queráis. La reunión será la misma —hizo una pausa y se aclaró la garganta—. Desde que sufrí el ataque al corazón, he estado pensando en muchas cosas. Nunca había pensado en mi testamento, ni en los herederos que llevarían mi nombre, pero el ataque al corazón me hizo enfrentarme a algunas verdades que había ignorado hasta el momento. Podría morir mañana.

Se levantó de la silla y apoyó los nudillos sobre el escritorio.

—Por fin me di cuenta de que si no hago algo al respecto, nunca os casaréis… Lo cual significa que nunca tendré nietos. No pienso dejar el futuro de esta familia al azar. Tenéis un año. Al final de ese tiempo, estaréis casados y con un hijo, o de lo contrario, vuestras esposas estarán esperando uno.

Se hizo un silencio profundo.

—Bien —murmuró E. A.—. Como si eso fuera a ocurrir.

Jasper reprimió una mueca irónica y miró a su hermano Emmet, que parecía divertirse con todo aquello. Por su parte, Alec bebió un sorbo de la botella.

—Si os negáis, perderéis vuestro cargo en la compañía y los extras que tanto os gustan.

Jasper se puso tenso.

Alec soltó la botella.

La sonrisa de Emmet se borró de sus labios.

—No puedes estar hablando en serio —dijo este último.

E. A. no se molestó en enfadarse. No creía ni una palabra de aquella amenaza.

—Con todo respeto, Carlisle… ¿Cómo vas a llevar la compañía si nos negamos a hacerlo? —los hielos que flotaban en su bebida chocaron cuando levantó la copa—. No sé qué están haciendo Jasper, Emmet y Alec en este momento, pero yo estoy en mitad de un proyecto de expansión aquí en Seattle, en Jansen y en Nueva Delhi. Si otro arquitecto ocupa mi puesto, le llevará meses ponerse al día. Sólo los retrasos en construcción nos costarían una fortuna.

Carlisle no pareció inmutarse.

—Eso no tendría importancia. Si os negáis, venderé la compañía por partes. Las instalaciones de Nueva Delhi pasarán a la historia y me desharé de Hurricane Island.

Habiendo amenazado a E. A., volvió su impasible mirada hacia Jasper.

—Venderé las instalaciones de Idaho Ranch —sus ojos se clavaron el Alec—. Cerraré la fundación si os negáis a cooperar —por fin miró a Emmet—. Y CullenCom ya no necesitará un presidente porque no quedará nada que dirigir.

Alec dio un paso adelante.

—Pero eso es una locura. ¿Qué esperas conseguir con esto, Carlisle?

—Quiero que sentéis la cabeza antes de que yo muera. Quiero que tengáis una buena esposa que sea una buena madre. Las mujeres con las que os caséis tendrán que contar con la aprobación de Cornelia.

—¿La tía Cornelia está al tanto de esto? —Jasper se adelantó a E. A.

Personalmente, no había tenido mucho trato con la viuda del socio de Carlisle. Por lo menos, no de adulto. Sin embargo, recordaba que siempre había estado presente cuando se metía en líos. Si bien los otros la consideraban como una tía postiza, él sólo podía pensar en ella como la mujer que había insistido en que Carlisle le cortara las alas. Era muy buena regañando y Emmet siempre le había dicho que era la única persona a la que Carlisle hacía caso.

—Aún no.

—Entonces… —dijo Jasper, algo aliviado—. A ver si lo he entendido. Cada uno de nosotros tiene que casarse y tener un hijo en menos de un año…

—Los cuatro tenéis que aceptar —dijo Carlisle, interrumpiéndole—. Todos. Si uno de vosotros se niega, todos perderéis, y la vida que habéis conocido hasta ahora pasará a la historia.

—Y la tía Cornelia tiene que dar el visto bueno a las novias.

—Es muy lista. Ella sabrá ver si esas mujeres serían buenas esposas, lo cual me recuerda que… No podéis decirles que sois ricos, o que sois hijos míos. No quiero caza fortunas en mi familia. Dios sabe que ya he tenido bastantes de ésas. No quiero que mis hijos cometan los mismos errores que yo.

Teniendo en cuenta el historial sentimental de su padre, E. A. supo que no era el único en morderse la lengua. Levantó la copa y esperó a ver quién era el primero en largarse.

Carlisle respiró profundamente antes de añadir:

—Os daré un tiempo para pensarlo. Tenéis tres días para hacerlo. El plazo termina a las ocho en punto del tercer día. Si no tengo noticias antes de esa fecha, le diré a mi abogado que empiece a buscar un comprador para CullenCom.

Sin más, se dirigió hacia la puerta y abandonó la biblioteca.

En cuanto salió de ella, todos mascullaron un juramento.

—No va a pasar —dijo E. A.—. Nunca vendería CullenCom. Y en cuanto a lo otro…

—No puede ir en serio… —concluyó Jasper.

Alec arrugó el entrecejo.

—Quizá sí que habla en serio.

E. A. oyó discutir a sus hermanos durante un rato. Existía la posibilidad de que su padre tuviera la intención de hacer lo que decía, y ellos no podían arriesgarse a perderlo todo. Sin embargo, ninguno de ellos declaró estar dispuesto a ceder.

E. A. estaba demasiado cansado para debatir. Necesitaba dormir y eso era todo en lo que podía pensar.

—¿Entonces estamos todos de acuerdo? —preguntó—. ¿No vamos a ceder ante este ultimátum?

Jasper asintió.

—Ni hablar. Aunque deseara casarme, que no es el caso, no lo haría sólo porque Carlisle quiera que siente la cabeza.

—Sentar la cabeza —E. A. sacudió la cabeza—. Eso no va a pasar. Apenas estoy en casa y ni siquiera puedo tener un perro. ¿Cómo voy a tener una esposa? —dejó la copa en el aparador—. Disculpadme, pero no he dormido desde ayer.

Ni siquiera se había echado una siesta en el avión porque se había pasado todo el vuelo intentando resolver un problema de diseño en el que estaba trabajando.

—Me voy a casa.

—Te veo mañana en la oficina —le dijo Emmet y todos fueron hacia la puerta—. Tenemos que repasar las cifras de la planta de Singapur.

—Singapur —murmuró E. A.—. Todavía tengo la cabeza en Nueva Delhi. Lo hacemos cuando vuelva.

—No hay problema.

—¿Me llevas al aeropuerto? Vine en limusina.

Emmet accedió y en ese momento sonó su teléfono.

—Es mi secretaria, Loretta —dijo Emmet—. Está en la oficina, trabajando en la compra de acciones. Si no te importa, hablaré con ella durante el viaje.

Como ya estaba acostumbrado a estar disponible las veinticuatro horas del día, E. A. le dijo que no le importaba y aprovechó el tiempo para mirar el correo.

Después pensó en la comida. Le apetecían unas magdalenas, así que debía de ser por la mañana, según su cuerpo. Como en Seattle era de noche, llamó a Rico's.

El restaurante italiano estaba en la planta baja del edificio donde E. A. tenía un ático con suelos de granito negro y madera de cerezo en la cocina. Todas las habitaciones ofrecían impresionantes vistas de Puget Sound.

En lugar de llamar a su siempre eficiente asistente, Kate Cavanaugh, llamó al piloto de CullenCom directamente para avisarle de que el avión debía estar listo a primera hora. No valía la pena desperdiciar ni un solo pensamiento en el disparatado ultimátum de Carlisle.

Un día después recibió una llamada de larga distancia en mitad de la noche. Sus hermanos querían que volviera a pensar en ello. Habían llegado a la conclusión de que habrían rechazado las exigencias de Carlisle si sólo se hubiera tratado de dinero. Pero no se trataba sólo de dinero. Carlisle sabía qué era lo que más les importaba.

E. A. no quería renunciar a la isla, ni tampoco que sus hermanos perdieran aquello que amaban, así que aceptó la propuesta de Jasper. Aunque pareciera casi imposible encontrar a una mujer que no supiera quiénes eran ellos, decidieron acatar las órdenes de Carlisle. No obstante, le harían firmar un acuerdo por el que nunca más podría chantajearlos.

Emmet quería que el documento se firmara en presencia de un notario para que Carlisle no pudiera hacerles una jugarreta.

E. A. colgó el teléfono y fue al cuarto de baño en busca de un analgésico. Su padre parecía pensar que lo que no le había funcionado a él funcionaría para sus hijos…

Y él acababa de decir adiós a su vida.