Al fin su amigo podía salir del hospital, le hicieron todos los exámenes necesario una fisura en una costilla que pronto sanaría pero debía mantenerse quieto y como no quería que su mano derecha estuviera preocupado por él le dio la tarea de seguir al boxeador por toda la enorme mansión para que este no se le rompiera completamente su costilla.

El décimo Vongola fue hasta tu habitación y rápidamente pudo ver que las cosas de la mujer ya no se encontraban por ningún lugar, ni un rastro de ella, como si se hubiera evaporado en el aire, su teléfono llevaba sonando un rato, así que para detener aquel molesto sonido de la vibración lo tomo de su bolsillo. Respondió con voz apagada y casi sin vida, era la mejor amiga de la dama que le había dejado el día anterior, avisando que había llegado a salvo y que se encontraba bien, preguntó por él pero él se limitó a decirle que tenía cosas que hacer, porque realmente había un nudo en su garganta y un lío en su corazón que le impedía hablar más. Aunque la extrañaba sentía un alivio de que estuviese a salvo ahora y que no tendría que sentir el enorme peso de una relación a la que no estaba preparado, siempre seria su amor de infancia, su primer amor, pero era hora de concentrarse a lo que estaba destinado, ser el décimo Vongola.

Aunque estuviese deprimido debía seguir con su trabajo pero se sentía más torpe que lo usual, tan torpe como cuando era joven, veía letras y números en las hojas, pero no entendía absolutamente nada, leía una y otra vez sin entender nada. Se levantó y suspiró cansado mirando el paisaje, estaba despejado con algunas nubes blancas mullidas paseándose por el cielo, algo que definitivamente le agradaba de Italia ella aquella vista, los verdes prados de un tono verde que jamás vería en Japón y el cielo azul intenso con aquellas nubes blancas que siempre estaban por el lugar. Se quedó un minuto mirando ¿acaso no hace unos dos días no estaba lloviendo? volteo y vio el paraguas junto a la puerta apoyados, debía regresar el paraguas, debía ser hoy.

Miro la hora, era hora de la cena, usualmente comían siempre comida japonesa, ya que a su ex-dama no le agradaba tanto los sabores de aquella comida nativa del lugar donde estaba. Pero ahora no había razón, le había encantado aquel delicioso postre de nombre que no recordaba, seguramente a la camarera no le importaría hacer uno para la familia Vongola aunque estaba temeroso de decir que era el jefe de una de las familias más influyentes de Italia.

Era tarde cerca de las nueve y él entró, llamando la atención de la mujer al sonido de la campanilla, estaba montando las sillas sobres las mesas, dio un suspiro cansado pero aun así esbozo una pequeña sonrisa al verle

¿y-ya estabas cerrando? solo venia regresarte tu paraguas

-oh...olvídalo ¿quieres beber algo?

-no quiero incomodarte

-un buen café me dará energía ¿quieres tomar uno conmigo?

El asintió, mientras se sentó en uno de los sofás, la mujer se acercó al marco de la puerta y bajo un interruptor que hacía bajar una cubierta metálica para las ventanas, se fue tras la barra y comenzó a preparar el café que inundaba al salón con su aroma, preparó de dos cappuccinos con un dibujo de hoja en cada uno y sirvió dos cannolis para el Vongola disponiendo todo en una bandeja que llevo hasta el lugar junto al castaño, el tomo el café y le miró intrigado aquella figura sobre él, luego miró aquel pastelillo con una crema tan blanca como las nubes que había visto esa misma tarde con unas pequeñas gotas de chocolates

-¿cuál es tu familia?-pregunto antes de dar un sorbo a su café

-¿c-como sabes que soy de una?

-pues...tu traje y que vienes aquí, no es por... ya sabes, ser agresiva, pero hace un año que los mafiosos viene aquí y tienen sus reuniones en el salón, ellos pagan todo esto... los lujos y los pasteles

-v-vaya, no pareces alguien que esté familiarizada con esas cosas

-no lo parezco pero cuando comencé solo vendía cannolis en una vieja pastelería, ellos me ofrecieron esto y ¿cómo negarme?

-era una gran oportunidad pero ¿no les temes?

-¿por qué?... solo dejo que buenas familias están aquí, personas a las que confío, como la familia Cavallone, ese chico raro fue el que empezó esto

-me lo imaginaba-dijo riendo levemente

-¿y tú? niño nipón ¿de cuál es?

-Vongola

-sabía que era así... Sawada Tsunayoshi -sonríe levemente antes de dar otro sorbo

-¿no tienes miedo?

-solo eres una persona, Vongola-dice riendo- no es como, que sea tan simple llegar y dispararme, no le temo a la muerte si he vivido feliz

-¿cuál es tu nombre?

-Juliette Farina

Cuando terminó de comer él insistió en pagar lo que había consumido ambos, lo metió en una un vaso púrpura de las propinas, luego se despidió de ella con una leve reverencia y salió de lugar. Se sentía un poco mejor, el sabor del café y de los cannolis le hacían sacar aquel gusto amargo de un corazón roto que debía empezado a armar.

Comenzó a ir regularmente en aquella cafetería, iba al menos una vez a la semana, paseando por el lugar probando cada delicadeza que la mujer hacía, viendo cada dibujo que la mujer le hacía sobre su café. Jamás llevo a nadie, ni siquiera a sus amigos, le gustaba ir solo, podía pensar y relajarse pero lo que más le gustaba era la compañía sincera de la mujer, sus comentario a pesar de que directos y a veces agresivos, eran honestos

-¿porque nunca traes a nadie?

-son muy ruidosos algunos, no quiero incomodarte

-creo que no hay problema, si tú quieres-dijo antes de bostezar- hoy ha habido una reunión larguísima ¿muchos problemas?

-no tantos, pero tu comida es tan deliciosa que nadie quería irse

-mentiroso-dijo limpiando unos vasos- es la fiesta de caridad que hacen ¿no?

-son un poco aburridas, a pesar de que es por una buena causa... es la primera fiesta a la que voy sin Kyoko-chan...será un poco raro

-¡han pasado ya 3 meses, Tsuna!-dijo con el ceño levemente fruncido- ¡es hora de que sigas adelante, aprovecha la primavera!

-lo sé-dijo con una gotita -¿iras tú?

-siempre me invitan pero... quien sabe, quizás deba ir a apoyarte gato miedoso

-Julie-san eres muy malvada-dijo esbozando una sonrisa

Llegó aquella noche en el viejo museo donde usualmente las fiesta de la mafia se llevan a cabo, el sonido de las copas al chocar, la música y las voces de las damas que acompañaban a los jefes de la mafia estaba a la orden en aquel lugar, siempre eran la atención de todos la familia Vongola. Al saber de la separación todas las damas de aristocracia se interesaron en él, tratando de abordar el tímido jefe de la mafia, a veces ni siquiera entendía el idioma que hablaban, inglés, francés e incluso alemán llego hasta su oídos sin poder entender una palabra. Sus guardianes se quedaron con él porque sabían lo delicado que se sentía, a pesar de que ya estaba un poco mejor, hablar con una mujer no era lo mejor para él en ese momento.

Sorpresivamente alguien le extendió una copa de champaña, observó a una mujer junto con el rubio Cavallone dándole una sonrisa, miro a la mujer intrigada, parece conocida pero no entendía que era, la mujer tenía el cabello largo ondulado y andaba con un vestido ajustado mostrando una moderada figura, le siguió observando un minuto antes de que la mujer soltó una leve rosita conocida

-¿aún no?

-a mí también me costó reconocerla Tsuna, no te preocupes-dijo al rodearlo por la cintura a la mujer

-¿Julie-san?

-así es -dijo antes de dar un sorbo a su copa-¿me veo tan diferente?

-t-te ves muy bien Julie-san -dijo sonrojado

-Dino me lo ha dado, no es mi estilo pero... quería venir-sonríe- ¿bailamos?

-¿m-me estás invitando a bailar?-pregunto levemente sonrojado

-sí que eres ruda Juliette, anda Tsuna-le da un golpe en el hombro- no dejes que el brillo de esta mujer se desperdicie

La pelinegra le tomó la mano y le guio hasta donde todas las parejas bailaban, él no era en especial un buen bailarín así que en realidad no lo hacía, ella rio y tomó el control de la situación, acomodo la mano del castaño en su cintura y luego tomó su mano, comenzó a contar para enseñarle a bailar y antes de que el Vongola se diera cuenta ya estaba bailando con la mujer, todo en ella parecía ser una perfecta sinfonía tanto su manera de moverse como aquellos postres que probaba. El Vongola sintió un golpe de calor en su rostro, una silueta bien delineada a pesar de lo bajita que era, era completamente diferente a su ex-dama, totalmente vivaz sin miedo a la muerte, cada detalle era completamente diferente lo que le hacía llamarle totalmente la atención del Vongola Decimo

-¿tengo algo en la cara?-preguntó curiosa

-no nada... ¿he estado observándote mucho? perdona, jamás había notado lo diferente de las chicas que conozco, eres llena de vida

-bueno...después de estar con la muerte es fácil llenarse de vida

-¿la muerte? ¿Julie-san?

-¿podemos... salir un momento?-dijo seria

Él le guio hasta un balcón que debido por el frío de la temporada nadie ocupaba, no era muy grande y tenía algunas plantas decorando, podía verse una hermosa vista de aquel sitio, la parte más antigua de la ciudad y parte de un río que reflejaba la luna llena de aquella primavera. Escuchar la palabra tumor fue doloroso, pero la palabra cáncer fue la única que le quedó en la cabeza al Vongola, la tomó de los hombros y la agitó levemente pero ella tomo su mano y le recordó que estaba ahí frente a él totalmente sana, pólipos gástricos, pequeñas protuberancias dentro del estómago capaces de causar dolor, sangrado, náuseas y vómitos. La mujer los había soportado durante mucho tiempo cuando tenía 14 años y al darse cuenta solo era cuestión de días que se transformara en un horrible cáncer y la muerte fuera tras de ella fue sometida a una dolorosa operación, una larga y riesgosa operación donde lo único que pensaba era que la muerte iba por ella recordando todas las cosas que siempre quiso hacer en su vida, tales como cocinar aunque al principio no haya sido para nada buena y sobre todo lo que quería era ir a aquel lugar, la villa que la familia Vongola cuidaba, siempre había escuchado historias de aquella familia y quería conocerle de hace tiempo, así que agarró sus maletas y llegó hasta aquel lugar

-a veces... la vida nos da la espalda pero al final siempre nos vuelve a sonreír-dijo alegre

-lo lamento, Julie-san

-Julie solamente, no soy japonesa... no me gusta que me digas Julie-san... Tsuna-sonríe- estoy realmente aburrida-dijo mirando el paisaje- ¿nos vamos por un café?

-p-pero hace poco llegue ¿estará bien si me voy?

-viniste a donar a la caridad ¿no?... lo demás no importa

Ella le llevó hasta afuera, a escondida de los guardianes y del Cavallone, detuvo un taxi y lo hizo subir como si estuviese raptando de aquel lugar, ambos rieron fuertemente al cerrar la puerta, ella dio la dirección del lugar y se quedaron observando todo el camino, la mirada tranquila y comprensiva del castaño versus la electrizante y llena de vida de la pelinegra, solo observándose, analizando, tratando de descubrir cada detalle y secretos de ellos sin decirse nada. Ella extendió su mano arrastrándolo por el asiento el hizo lo mismo hasta chocar con la de ella apenas tocándose la punta de los dedos pero finalmente fue ella que cubrió su mano con la pequeña de ella dándole calor esbozando una pequeña sonrisa sonrojada apretando su fría mano