Bueno, aquí estamos. Disculpadme la tardanza, como ya os he dicho mi preparatoria para llegar donde estoy me tenia muy ocupado. Debo agradecer mucho el gran consejo de Fridda, sin ella este capítulo habría tardado mucho más en hacer acto de presencia. Todo lo relatado de la mitad en adelante, es gracias a sus sabios consejos. Espero que lo disfrutéis, y por favor juzgarlo para bien o para mal. Aceptaré cualquier critica por dura que sea.
Solona Amell y la magia en la sangre
El viaje desde Gwaren, había sido tranquilo y sin percances. Recuerdo que a pesar de las numerosas veces que viajábamos a Denerim por vacaciones, no terminaba de acostumbrarme al clima frio de Ferelden. Yo estaba abrazada a mi madre provocando un ligero temblor, disimulando el frio que realmente tenia, todo para llamar la atención.
—Solona, no seas exagerada, tampoco hace tanto frio. Compórtate como una señorita y haz caso a tu madre.
—Madre, hace mucho frio, si os descuidáis tu y padre podría morir congelada.
Mi hermano mayor que me escuchó, me replicó burlonamente.
—Pues si acabas congelada, te conservaremos para enseñarte a los invitados de la hacienda como una rareza.
—Rufus, no digas esas cosas sobre tu hermana, o cuando lleguemos a Denerim, te quedaras castigado en tu habitación.
—Pero padre, seria algo digno de ver, una joven Amell congelada en hielo mágico.
Mis padres miraron enfadados a mi hermano de inmediato. La magia corría con fuerza por las venas de nuestra noble familia. Mencionarlo era totalmente tabú, pero mi burlón hermano lo pasó por alto. Por el momento ninguno de los dos habíamos reflejado afinidad hacía la magia.
Por los conocimientos proporcionados por el circulo de Kirkwall, solían presentarse los primeros síntomas entre los 6 y los 12 años. Mi hermano ya con 14, sin estar fuera de peligro del todo ya no preocupaba a mis padres. Pero yo, tenia solo 10 años. En especial mi madre temía que tuviera la magia en mi sangre, aunque aún no se hubiera manifestado, en gran parte por la prisión de esclavos tan convenientemente convertida en hogar para los magos.
Durante el resto del camino hasta la capital de Ferelden, donde pasaríamos la próxima Satinalia, no se produjeron incidentes de ningún tipo. Adoraba Satinalia, era una de mis fiestas preferidas. Una de las pocas que se celebraban en todo Thedas. Incluso Tevinter la celebraba, aunque con marcadas diferencias. Sin ser muy presumida, siempre recibí los regalos que me gustaban.
Una vez llegamos a la capital fereldana, nos alojamos en una modesta hacienda que alquilaba habitualmente mi padre. Estaba lo suficientemente apartada del centro para que el ruido del bullicio no nos molestara, pero adecuadamente cerca del mercado. Yo tenia muchas ganas de ver las tiendas, en especial las relacionadas con objetos extraños. Desde pequeña, siempre sentí fascinación por los objetos raros e inusuales.
Descansamos tras el largo trayecto desde Gwaren, nuestros padres prometieron que en cuanto despertáramos, nos llevarían al mercado para elegir un regalo adecuado. No era consciente, pero el destino tan cruel e inesperado, me aguardaba para hacerme pasar uno de los peores momentos de mi vida.
… … … … … … … …
—Madre, cómprame esto.
Mi madre lo miró con cierto miedo. Yo sin ser apenas consciente, era capaz de percibir el aura de magia que desprendía aquél objeto. Con cautela me lo arrebató de las manos y lo puso de nuevo sobre la mesa, junto al resto de baratijas que no atrajeron mi instinto aún por desarrollar.
El hecho de que pudiera convencer a madre de que me llevara a la tienda de 'Maravillas de Thedas' me costó una pequeña pataleta, derrochando gritos y sollozos por igual. Seguí mirando curiosa los múltiples objetos arcanos que reposaban en distintos estantes, cada cual llamándome en extraños susurros.
Finalmente me detuve frente a una vitrina de pulido cristal antivano. En su interior brillaba un bastón exquisitamente tallado. Quedé prendada de él, podía percibir la intensa magia que poseía. Con aquella voz apagada y sin vida el dependiente se dirigió de inmediato hasta donde me encontraba.
—Es una gran pieza milady. Si lo deseáis puede ser vuestra por tan solo 120 soberanos.
—Ah no. No pienso comprarte algo tan caro Solona, deberías conformarte con alguna de estas interesantes joyas. —Levantó un pequeño brazalete que pasó totalmente desapercibido para mi, pues no poseía ningún poder mágico.
Finalmente abandonamos la tienda sin haber comprado nada, pues lo que me gustaba mi madre me lo arrebataba de inmediato de las manos, asesorada por el tranquilo. Aunque para ella aún no había mostrado poder mágico alguno, no quería que me acercara a ningún objeto que pudiera desatar aquello que más temía. La ironía clamaba al cielo, pues la magia se alojaba ya latente en mi interior, esperando hacer acto de presencia en un momento preferiblemente inapropiado.
Mi padre y mi hermano se reunieron con nosotras y en poco tiempo nos encontrábamos en el centro del mercado. Estaba abarrotado, cosa habitual dada la festividad que se celebraba. Yo jugueteaba con la muñeca tejida por Nana, la niñera que me cuidaba cuando mis padres se ausentaban.
Entonces algo ocurrió. Como todo en la vida cuando es traumático o especial, la primera nunca se olvida. A pesar del bullicio, deje de escuchar a la gente de mi alrededor. Miraba sin parar a todos lados, pero no lograba escuchar nada en absoluto. El cielo se tiñó de un extraño ocre, como el de un atardecer parcialmente nublado.
Comencé a asustarme, grité pero nadie se giraba hacia donde yo me encontraba. De pronto escuche leves susurros, apenas eran comprensibles para mi, hablaban en un extraño lenguaje. Y lo que más me asustó. Sentí que algo tiraba de mí, como queriendo arrastrarme hacia quién sabe oscuro callejón, intente resistirme, forzar el posible rapto al que creía que caería sin remedio.
De improviso una extraña sensación de algo que habitaba mi más profundo interior, noté como algo se deslizaba por mis manos sin control, sin poder detenerlo en modo alguno...
'¡Flahhmm!'
Todo volvió a la normalidad sin previo aviso, salvo por el hecho de que una llama que provenía de mis palmas incendió de improviso mi querida muñeca. Yo la tiré asustada gritando al pensar que me estaba quemando, con la mala fortuna que cayó cerca de un puesto donde vendían cestas de mimbre artesanales. El fuego no se hizo esperar, y corrió tan rápido como cuando se derrama un poco de aceite.
—Bruja, bruja. Llamad de inmediato a los templarios tenemos una maldita bruja.
El eco tampoco se hizo esperar, el dueño de la tienda me empujó haciendo que cayera de espaldas al frio empedrado, mi padre en un intento vano por protegerme, intercedió ante él hombre que ya empuñaba una larga hoz, dispuesto a ensartarme como si solo fuera una cría de nug.
Los caballeros templarios no tardaron en llegar, mientras miraba horrorizada el gesto de mi madre. Yo grité para poder alcanzar su mano, pero los templarios me tenían bien sujeta. Mi padre de nuevo intercedió, explicando quién era y a quién estaban reteniendo contra su voluntad. Pero no cedieron, sus órdenes eran claras. Mi único destino estaba sellado desde el primer momento en que reflejé la maldición de la magia.
… … … … … … … …
Cuando pensaba que nada podía ser mas horrible, el destino me dio una bofetada y me hizo ver que estaba equivocada. Como si fuera una simple delincuente, que hubiera robado una hogaza de pan, estaba encerrada en Fuerte Drakon. No era una celda normal, runas que escapaban a mi comprensión rodeaban las sucias paredes. Un lejano sonido de lamentos hacía que mi pequeño cuerpo tembloroso se estremeciera.
Lamentos de hombre y mujeres por igual, a pesar de mi juventud era capaz de saber que en ese desagradable lugar torturaban y asesinaban a todo aquél que desobedeciera las leyes. El repiqueteo de quién sabe instrumento para doblegar el espíritu de algún delincuente hacía que mi estancia fuera peor. Al cabo de lo que me parecieron horas, un soldado se acercó con mi padre.
—Padre, por favor sacame de este horrible lugar. Te juro que no lo volveré a hacer. —Me miró completamente desolado. Yo entonces apenas entendí lo ocurrido, estaba confusa y solo quería volver a los cálidos abrazos de mi madre.
—Lo siento mucho mi pequeña Solona. La sentencia ha sido clara. Te prometo que iremos pronto a verte.
Aquella reducida respuesta no era suficiente. Necesitaba saber que había hecho mal, por que me trataban como un simple saco de basura, por que me arrojaron a ese pestilente lugar, rodeada de las peores almas que podían habitar una ciudad.
—¡No! Padre, no te vayas. Por favor, quiero volver junto a madre y Rufus, te prometo que me portaré bien.
Sentía correr las lagrimas salir en desbandada por mis pequeños ojos, pero mi padre no se dio la vuelta, seguía caminando escoltado por el soldado, yo chillé de pura rabia, llorando sin parar, acallando todos los gritos y lamentos del lugar, mientras veía a mi padre alejarse, sin darse la vuelta, sin enviarme una última mirada que me diera la más mínima esperanza de volver a su lado.
Lloré hasta la extenuación, hasta caer rendida por el cansancio, el dolor y la esperanza de volver a ver a mi padre, a mi madre o mi hermano Rufus. Pero mi pesadilla solo había comenzado. Me esperaba el viaje mas duro de mi corta vida, uno que recordaré por siempre pues las secuelas de aquello marcaron mi alma.
… … … … … … … …
Cruel. Es la única palabra que podría decir sobre el templario que me asignaron para llevarme al circulo de Ferelden. Como si fuera un simple asesino, me engrilletó de manos, para evitar que le lanzara algún hechizo, cuando ni siquiera sabia lo que era eso y de pies para evitar que huyera, como si no fuera lo suficiente espabilada para saber que podría alcanzarme en solo unos pasos.
Me ató al correaje de su caballo, me depositó como si fuera un simple saco de hortalizas, y azuzó a su montura. Poco a poco las puertas de Denerim se iban haciendo más y más pequeñas, mi vientre golpeaba duramente contra el lomo del animal, sintiendo un intenso dolor en mis entrañas, que parecía que se me fueran a salir por la boca en cualquier momento.
Nos detuvimos en un claro, posiblemente para descansar pues la noche se acercaba amenazadora. Sin acordarse apenas de mi, montó una pequeña tienda y encendió una fogata. Desapareció durante unos momentos, pero yo como estaba atada aún en la grupa del caballo, no podía decir en que dirección se marchó.
No tardó en aparecer de nuevo, de su zurrón sobresalía la cabeza de un nug con la lengua fuera, posiblemente la cena de esa noche. Comencé a sentir un ligero escozor en mi bajo vientre.
—Señor, por favor necesito excusarme.
A pesar de sus indiferencia y el trato que recibí por su parte, mis modales prevalecieron. Aún era demasiado pequeña para sentir odio. Al menos como lo profesan los adultos. Y a pesar de que me sentía profundamente asustada intenté no reflejarlo en mi voz.
—Así que la pequeña perrita necesita mear. Mira, solo por que no quiero que mi caballo huela a tu fétida orina te voy a soltar.
Deshizo el nudo que me mantenía, y caí al suelo. Mi pequeño vestido se manchó de barro, pero entonces no le di importancia. Poco a poco asumía mi nueva posición. Ya no era Solona Amell, la hija de un noble de las marcas. Solo era una chiquilla con la desgracia de haber nacido con magia en la sangre.
Caminé unos pasos alejándome del improvisado campamento, sin ser consciente de la presencia del hombre, el dolor, el hambre y el cansancio estaban haciendo mella en mis sentidos. Me giré y estaba a solo un paso de mi, de nuevo me asusté, pero mantuve los buenos modales moldeados por mi madre.
—Me podéis disculpar señor.
El me siguió, mientras intentaba ordenar todos los hechos ocurridos en los últimos días. Parecía no fiarse de mi, a pesar de los gruesos y pesados grilletes que me mantenían atada e indefensa.
—¿Para que sueltes un hechizo mientras estoy distraído y me conviertas en una rana y puedas salir huyendo? En absoluto, pequeña bruja. Me quedaré cerca de ti en todo momento, si la princesa no puede hacerlo conmigo delante más vale que se vaya acostumbrando.
Decidí aguantar un poco más, aunque sentía mi bajo vientre a punto de explotar por la presión. Era demasiado pronto como para que mi vergüenza no venciera la contienda. Al menos conseguí que no me volviera a atar al caballo.
No sé muy bien que era ese extraño guiso que preparó pero olía a rayos. Era como si una jauría de perros se hubiera embadurnado de lodo. Esperé a que estuviera hecho, con la esperanza de recibir aunque fuera una pequeña ración. A pesar del olor, llevaba más de 2 días sin probar bocado y era lo único que podía ensombrecer mis intensas ganas de evacuar.
Pero ni se molestó, cogió su bol, lo llenó y comenzó a comer. Parecía un cerdo saciándose en un barreño, tal falta de modales no la esperaba, con mis entrañas rugiendo no pude evitar volver a hablar.
—Señor, ¿podríais compartir vuestra comida conmigo?
—Que pasa, pequeña bruja. Tienes hambre ¿eh?
Me pasó el bol aún humeante frente a mi cara, a pesar del intenso hedor, mis tripas rugieron como nunca al sentir la presencia de la comida tan cerca. Me dieron ganas de levantar las manos, de hecho no fui consciente de que lo hice, dado el dolor que sentía en mis muñecas, intenté alcanzar el bol, pero el hombre lo apartó con rapidez mientras soltaba una risotada maliciosa.
—Lo siento pequeña bruja, no voy a dejar que recuperes fuerzas para poder escapar congelando tus ataduras o petrificándome.
No pude evitar volver a llorar, aunque apenas tenia fuerzas para hacerlo. Mis ojos estaban enrojecidos y me dolían por las horas interminables de llanto que pasé en la prisión, y al no poder lavarlos me escocían como una herida recién hecha. Pero la indiferencia y crueldad de aquel hombre sobrepasaba todo lo que hubiera visto hasta ahora.
Finalmente tras ingerir un largo trago de una petaca de madera que guardó celosamente en un bolsillo de su armadura, se recostó. Pero no dejaba de mirarme. Yo ya estaba a punto de sucumbir a mis necesidades mas primarias, pero la vergüenza seguía pesando más y me resistía. En especial con aquellos ojos negruzcos que me miraban con desprecio y odio.
Por fin, sucumbió al sueño y cerró los ojos, aunque ello me costara fingir que me había dormido, mientras intentaba por todos los medios soportar la presión. Intenté hacer el menor ruido posible, me incorporé, y caminé lo más despacio que mi nula experiencia me permitía. Cuando perdí de vista el desagradable rostro del templario, baje por fin las enaguas me agaché y en un intenso alivio descargué todo aquello que retenía a la fuerza en mi pequeño cuerpo. Estaba incorporándome cuando escuché el crujir de las hojas y ramas de mi alrededor.
—¡Maldita y pequeña bruja! ¡No escaparas tan fácilmente!
Apenas había completado de vestirme de nuevo, cuando sentí un intenso golpetazo en mi cabeza. Todo se hizo oscuridad y perdí por completo el conocimiento.
… … … … … … … …
Era pequeña, pero podía sentir que me habían manoseado. Apenas estaba recobrando el conocimiento, cuando sentí mi ropa más ligera. Me incorporé, y al sentir algo de aire entre mis cortas piernas, pude ver como mi vestido estaba rasgado y mi ropa interior había desaparecido.
Aquel desagradable templario me había casi desnudado, me despojó de la poca dignidad que me quedaba. Sus actos estaban desgarrando mi alma, forzándome a madurar antes de tiempo.
—Lo ves. Ya no tienes que alejarte y así no te perderé de vista. Mientras continuamos el viaje lo puedes hacer sin problemas.
Seguía manteniendo esa sonrisa cruel y pícara, como si disfrutara haciendo sufrir a una pequeña niña. Yo como me quedaba mucho por aprender, no pude evitar contestarle con algo de enfado en mi voz.
—Eso es una grosería por vuestra parte, señor. ¿Como voy a hacerlo sin parar? ¿Y si pasamos frente a otras personas?
—Bueno, al caballo no parece importarle. Pero como vuelvas a alejarte un solo metro de mi, te juro que te empalaré como a un cerdo, y esparciré tus entrañas para que se las coman los cuervos, ¿queda claro?
Asustada por aquella amenaza que en absoluto sonaba vacía, solo pude asentir. Ató de nuevo el extremo del grueso cordón de cuero a la montura, pero esta vez, posiblemente como castigo, no me subió al caballo. Cogió las riendas e hizo avanzar al animal, dando un fuerte tirón que casi provoca mi caída al suelo. Entonces me percaté de otro detalle, mis ligeros zapatos de piel también habían desaparecido.
Mis pies me dolían, llenos de rasgones y tras largas horas de intensa caminata. Estaba tan rendida cuando paramos, que me derrumbe en el suelo. Ya no me importaba el barro o los insectos, solo necesitaba descansar. También necesitaba comer, llevaba 4 días sin probar bocado. El templario siempre con la escusa de mi recuperación solo me permitía tomar algunos sorbos de agua. Pensaba que aquello no terminaría nunca, casi deseaba que aquel comerciante me hubiera ensartado en el mercado. Al menos no tendría que estar sufriendo a manos de este despreciable hombre sin compasión ni remordimientos.
El resto del viaje duró menos de los esperado. Solo unas horas tras la última parada llegamos a la orilla del lago Calenhad. Entonces la vi. La torre del circulo de Ferelden, que asomaba por encima de una pequeña isla en medio de las tranquilas aguas. Caminamos al embarcadero, mientras los lugareños no paraban de murmurar.
El trayecto hasta la pequeña cueva que presidia el embarcadero de la propia torre fue lento, tanto que se me pasó por mi frágil mente dejarme caer. Era muy pequeña, apenas pasaba de los 10 años, pero en esos escasos días comprendí lo increíblemente crueles que podían ser los hombres. Casi prefería morir que tener que soportar toda una vida de esos insufribles momentos. Pero solo probaba lo inocente e inexperta que aún era. Solo fue abrir la puerta que daba al recibidor de la torre cuando una potente voz me sacó de mis pensamientos.
—Teniente Ogden, supongo que trae a otra alma perdida.
—Así es, Comandante. Tenga cuidado es algo rebelde.
¿Rebelde? ¿Yo? Si solo era un jovencita que intentó ser lo mas amable posible con semejante hombre, sobre todo dadas las circunstancias. Sentí de improviso como me agarraba con dureza del brazo y tiraba de mi sin contemplaciones, poniéndome frente a él.
—¡Ogden! ¿Cuantas veces he decirte que debes tratar mejor a los jóvenes?
—Que sepáis Comandante, ha intentado escapar en más de una ocasión. Solo he impedido que ocurra para impedir tener una apóstata más deambulando por ahí.
No pude soportarlo, aguanté todo lo posible a ese maldito hombre, pero que calumniara sobre mí no lo toleraba. Con mi pálida voz intenté hacerme oír entre aquellos imponentes hombres embutidos en sus pesadas armaduras.
—¡Es mentira! Yo solo quería excusarme.
A pesar de todo, los buenos modales persistían en mi manera de describir las cosas. Sentí algo metálico golpearme la cara, casi creí que volaba por la estancia y caí de bruces contra el suelo. Cuando con la cabeza dolorida me recuperé, y abrí de nuevo los ojos, contemplé algo que no esperaba. Ya que mis vivencias mas recientes pesaban en mi conciencia.
El Comandante tenia su espada desenvainada, apuntando al cuello del que yo aún no sabia era su subordinado.
—Se acabó, Ogden. No puedo tolerar que seas tan cruel. He soportado tu presencia por tus leales años de servicio a la Capilla, pero ya es suficiente.
Envainó de nuevo se acercó y agarró con fuerza la insignia que sujetaba la capa que colgaba tras el hombre, que lo miraba por primera vez que yo viera, suplicante.
—Como Caballero Comandante de la orden en Ferelden, yo te despojo de tu título.
Y de un rasgón la capa cayó tras él.
—Como me puedes hacer esto después de todo lo que he hecho por la orden.
—Si, has hecho mucho. Pero te has dejado llevar por el odio, por el rencor. Ya no eres el prometedor cadete que conocí. Solo eres un despojo lleno de lo peor que la humanidad puede ofrecer. Ahora, sal de esta torre.
… … … … … … … …
—Gracias señor.
El comandante me miraba con dulzura, pero puso cara de asco al ver mis heridas bajo los grilletes ya retirados. Estaba claro que no era la primera vez que aquél hombre había tratado de esa manera a otro joven. Eso me tranquilizó, pues pensé que yo era la culpable de su comportamiento.
Una maga elfa sanó mis heridas con rapidez, me proporcionaron nueva ropa, una pequeña túnica blanquecina ribeteada por los bordes en suave dorado. Debo reconocer que me sentía de nuevo a salvo, pero añoraba a mi familia. Los echaba mucho de menos. Deseaba ante todo verlos de nuevo. Recordé la promesa de mi padre, lo que impidió que volviera a llorar.
Me llevaron a una extensa sala poco después de salir de la enfermería. Junto a las numerosas literas, muchos jóvenes chicos y chicas, elfos y elfas. Me pareció curioso, pues no sabia que los magos necesitaran de tantos sirvientes, incluso de que ni siquiera los necesitaran. Un trío de chicos se acercaron a mi, uno de ellos un elfo.
Por su apariencia, al menos el moreno y el elfo eran más jóvenes que yo, pero el rubio era de mi edad aproximadamente. Me tendieron la mano, pero yo aún cautelosa me retiré un paso.
—Hola. Me llamo Jowan, este es Alim y el que no habla es 'el Ander'.
