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La fortuna del tío Alphard
Petunia le causaba jaqueca. El orden impecable de la habitación compartida provocaba que Lily no quisiera ni moverse por temor a dañar la armonía con la cual había colocado su hermana todas sus cosas. Echaba de menos a Dian y su desorden natural; con ella había desarrollado un sentimiento real de hermandad, sin embargo, con su hermana mayor se sentía muy incómoda. Lily dejó su equipaje, su baúl y lechuza en un rincón, pensó que estaba destinado a ella, por ser el punto más lejano de todas las pertenencias de Petunia. Lily estaba pensando en todo lo que le restaba por hacer. No se sentía preparada para nada.
–Esa lechuza no puede dormir aquí –dijo de pronto la voz de Petunia, en el umbral.
Lily estaba sentada sobre el sillón del ventanal. Se encontró con el flaco y pálido rostro de su hermana. Su cuello era tan delgado y alto que sólo podía lucir los suéteres de cuello de tortuga.
–Se comporta excelente, no dará problemas –respondió Lily con amabilidad.
Petunia dio un respingo y se dirigió al tocador, comenzó a cepillar su oscuro cabello frente al espejo. Lily sólo pudo esbozar una breve sonrisa, por alguna razón Petunia también le causaba gracia. Las vacaciones a veces la abrumaban, pues significaba ver a Petunia todos los días del verano, ahora sería mucho peor, tendría que verla hasta que alguna de las dos viviera por su cuenta. A Lily le llegó un extraño olor a flores.
Petunia se colocó un prendedor brillante en su cabello y traía puestas zapatillas. Lily lo entendió.
–¿Tienes una cita, Petunia? –exclamó Lily, incrédula.
–No es nada que te interese, Lilian –respondió Petunia con desaire.
–¡Tienes una cita! –exclamó Lily, divertida.
–¡Cállate, bruja tonta! –gritó Petunia enfurecida, apuntándole con el cepillo.
De pronto se escuchó el claxon de un auto fuera de la casa. Petunia volvió al espejo, a retocarse rápidamente. Lily corrió al ventanal, para espiar, quizá sería su futuro cuñado. Y no se equivocaba: en un elegante mustang 67 rojo de vestiduras de piel, estaba un muchacho de cabello ondeado. Pitaba la bocina con gran estruendo, como para llamar la atención de los vecinos y que pudiesen ver su hermoso automóvil. Esa noche Petunia, la anormal Petunia, tendría una cita.
–¿Ese es… tu novio? –preguntó Lily.
–¡No es mi novio! –exclamó Petunia –. Sólo salimos. Vernon Dursley ha estado en los mejores colegios de la ciudad. Es de buena familia y me lleva a lugares que tú nunca podrás conocer.
Lily sonrió y se encogió en hombros. Petunia terminó de alzarse el cabello y salió disparada de la habitación. Lily le siguió el paso. El tipo del auto, llamado Vernon, seguía pitando y los vecinos ya observaban por las ventanas. Lily siguió a su hermana hasta el pórtico, se detuvo, ahora podía ver a Vernon con toda claridad: era gordo, tenía el rostro rosado, el bigote ralo y rasurado de los lados. Lily se cruzó de brazos, sonriendo satisfecha. Petunia miró a su hermana se reojo y dio un respingo.
Petunia bajó del pórtico y subió al mustang, dio un portazo y el tipo arrancó rechinando las llantas para hacer una despedida triunfal hacía el público en el que se había convertido el vecindario. Lily aún reía con incredulidad, al parecer la espera para que su hermana se fuese de casa estaba llegando al final. Entró y dio un vistazo a la sala de estar, ahí estaba su padre leyendo el periódico muggle.
–¿Se ha ido, Petunia? –preguntó él.
–Sí. Petunia cada vez tiene gustos más extraños –respondió la chica, al sentarse.
Sirius subió los escalones de piedra, sin apartar la vista del suelo. Observó a su alrededor, reconocía la vieja mansión Black, pero no se sentía en casa. Llamó a la puerta, el timbre repicó como mil campanadas estruendosas. De pronto, la puerta se abrió lentamente.
–Ah… –se escuchó un leve gruñido– el amo por fin regresa a casa.
Sirius desvió la vista y encontró a Kreacher, su elfo doméstico. Un elfo que daba miedo: tenía la nariz demasiado puntiaguda.
–Déjame entrar, Kreacher –dijo Sirius de malagana.
– Oh, no, no, no… no puedo, amo –respondió Kreacher, con malicia–. Su señora madre ha dado la orden de que si su sucio y podrido hijo llegase a la puerta no lo dejara pasar.
–Estás chiflado –dijo Sirius y puso un pie dentro de la casa.
Kreacher enfureció y tomó a Sirius por la pierna. El chico soltó un gemido pues las largas uñas del elfo le estaban rasguñando la pantorrilla. Intentó caminar hasta el interior de la casa. Kreacher daba gruñidos de furia, pero Sirius logró colarse al vestíbulo. La casa seguía tal y como la recordaba: ordenada, limpia, pulcra y aburrida.
–Suéltalo, Kreacher –se escuchó una voz masculina que provenía del fondo del vestíbulo.
Kreacher inmediatamente dejó la pierna de su amo, pero todavía lo miraba con sus ojos de felino.
–Ahora vete –ordenó la voz de Regulus.
Sirius casi no reconoció a su hermano, tal vez el tiempo de verdad había pasado y sus ojos se habían desacostumbrado a verlo. Tenía el cabello crecido hasta media espalda y su piel más pálida de lo común. Iba vestido con piel negra y lucía una barba descuidada alrededor del mentón.
–Veo que sigues aquí.
–¿Dónde se supone que debería estar? Yo no soy el hijo fugitivo –dijo Regulus, aproximándose a él.
Sirius entró en la sala. Regulus se sentó con los brazos cruzados en el sofá.
–Esto no ha cambiado –masculló Sirius.
–Hay algunos cambios.
Regulus se dirigió hacia el árbol genealógico de la familia Black que estaba sobre la pared. En su parte inferior decía la leyenda: "La noble y ancestral casa de los Black". Regulus colocó su dedo en una parte del retrato. Sirius se levantó para observar y se percató de que ahí, un tiempo atrás había estado su rostro y ahora ya estaba borrado, como cenizas.
–¿Comprendes? –dijo Regulus.
Sirius frunció el ceño.
–Mi padre ha cambiado completamente la herencia. Me temo lo peor para ti.
–Ya lo sabía.
–Fue un grave error haberte ido.
–Creo que no –suspiró Sirius resignado–. En realidad regresé por si había cosas mías por aquí, pero entiendo que ya no hay nada. Supongo que no te molesta lo de la motocicleta, ¿verdad? Digo, ahora tienes una fortuna, podrás comprarte las que quieras.
–Quédate con ella –dijo Regulus y salió de la habitación–. Y no regreses.
Sirius sentía pena por su propio hermano, pero al mismo tiempo no podía contener la rabia que le causaba que éste se mostrara tan apacible. Estaba por irse cuando la mirada enérgica de su madre se encontró con la de él en el vestíbulo.
–¿Qué haces aquí?
La señora Black se acercó a Sirius y trató de darle una bofetada, pero Sirius rápidamente la tomó por el brazo, deteniéndola y sonrió.
–Fue un gusto regresar a casa, madre –y salió hecho una furia.
Antes de partir, Sirius sacó la varita del bolsillo e hizo un hechizo de demolición: un frenético remolino de aire derrumbó cuadros, adornos y figuras de la casa. Sirius salió furioso y no tenía más remedio que buscar una nueva manera para sobrevivir.
Montó la motocicleta y emprendió viaje hacia donde se encontraba un buen Black que podría ayudarlo. Mientras a lo lejos desparecía el desorden que había provocado en la noble y ancestral casa de los Black.
Los señores Roosevelt nunca tenían tiempo para prácticamente nada, algunas veces se ausentaban de casa por largas temporadas. Dian se encontraba con ellos únicamente en las mañanas en el desayuno o por la noche, durante la cena. Pocas veces se detenían a conversar y casi siempre hablaban del ministerio.
Dian mató el tiempo escribiendo las invitaciones para sus amigos durante un par de días. Estaba entusiasmada, por fin podría salir del bodrio que era su casa.
Durante la cena, Dian pidió el número exacto de boletos para los mundiales a su padre, muy a su pesar había incluido a Peter Pettigrew.
–Mañana mismo tendrán los boletos –dijo su padre–. Por cierto, hay algo de lo que debemos hablar.
Dian sabía que algo se traían sus padres entre manos. Podía intuirlo.
–Tu madre te ha conseguido un trabajo importante en el Ministerio de Magia –dijo su padre, entusiasmado–. No te preocupes, será después de los mundiales.
–Trabajarás en el Departamento de Misterios, conmigo –siguió su madre, encantada–. Será lindo, ¿no crees?
Dian hubiese deseado trabajar con su madre como última opción, mucho menos en el Ministerio de Magia. Aún no tenía claro qué es lo que quería hacer ahora, pero sabía definitivamente que no tenía nada que ver con el ministerio. Estaba enfadada, pero no lograba aclarar sus pensamientos.
–¿Por qué no traes a tus amigos a casa? –intervino su madre, de pronto–. Pueden quedarse aquí antes y después de los mundiales.
–De hecho, creo que eso le vendría bien a Salma –dijo el padre de Dian, sin levantar la vista de su platillo.
Dian estuvo a punto de atragantarse con una nuez.
–¿Salma? –preguntó casi como un grito.
–Ah, sí, estará de visita. Llegará mañana por la mañana –dijo su madre–. Creí que ya lo sabías.
Dian se levantó de la mesa y se fue a su habitación, la cual cerró de un portazo. Dio por terminada la cena.
La motocicleta emitía un ruido estruendoso mientras recorría los caminos viejos de la calle empedrada de un barrio muggle. Sirius apretaba con fuerza los manguillos del manubrio. Las últimas semanas había vivido como perro callejero muggle, alimentándose como tal y únicamente viajando como humano. Estaba de muy malhumor. Se dirigía a casa de un pariente más, su tío Alphard. Éste no había sido un buen mago para la familia, pero había tenido algunos detalles fraternales hacia Sirius. El tío afirmaba que Sirius tenía su misma apariencia, además le agradaba por ser un Gryffindor. Y Sirius ahora no tenía más alternativa que buscar ayuda desesperada. Temía que su tío no se encontrara viviendo en la misma residencia de hacía años. Por suerte, recordó cómo llegar a la pequeña y excéntrica casa muggle del tío Alphard.
Sirius se detuvo cuando percibió a lo lejos una delicada residencia, con árboles alrededor y una verja al frente. Leyó en una placa que se encontraba cerca del buzón de correo: "Ex integrante de la noble y ancestral familia de los Black". Sirius sonrió con el atrevimiento de la lámina. Él también hubiese hecho lo mismo. Dejó estacionada la motocicleta recién robada y entró por la verja hacia el pórtico, donde había una silla de descanso. Sin inmutarse llamó dos veces a la puerta, turbado y agobiado. El vecindario era demasiado muggle: utilizaban el correo normal y las casas estaban situadas permanentemente en un lugar, no se movían ni de chiste. De pronto la puerta se abrió y Sirius tuvo miedo de que otro elfo chiflado como Kreacher volviera a prensarse de su pierna. Pero esta vez abrió una mujer de aspecto senil, a quien reconoció como la mucama.
–Hola –saludó Sirius, con amplia sonrisa–. Busco al tío Alphard. ¿Está en casa?
La mucama dudó un poco y revisó a Sirius de pies a cabeza. Luego hizo un gesto arqueado con las cejas y abrió más la puerta, con rostro de conmoción.
–¿Quién lo busca? –preguntó la mujer.
–Soy Sirius Black –dijo el chico, pronunciando su apellido con cierto recelo–. Sobrino de Alphard, me urge hablar con él.
–Lo siento mucho, muchacho.
–¿Cómo dice?
–Entre –lo invitó la mucama.
Sirius entró con cautela. La mujer cerró la puerta y el muchacho pudo notar que la casa era casi como la de los Potter, acogedora; se encontraba ordenada perfectamente y limpia hasta el último rincón. La luz se filtraba por las ventanas.
–Ya lo decía el amo Alphard –comenzó la mucama, ofreciéndole asiento a Sirius–. Es una verdadera suerte que me encontrara hoy, muchacho.
–¿A qué se refiere? –preguntó Sirius extrañado.
–Al parecer su tío sabía muy bien que usted vendría –dijo la mujer–. Lástima que ya no se halle aquí.
–Ah, entiendo –dijo Sirius, tranquilo–. Se encuentra de viaje. ¿Cuándo vuelve?
–No regresará.
Sirius miró a la mucama, extrañado. En tres años no había tenido noticias de su tío, desde que había estado hostil con la familia no se enteraba de nada.
–Su tío Alphard falleció hace un año –dijo la mujer, afligida.
–Pero, siempre estuvo sano –dijo Sirius, entristecido.
–¡Y lo fue! –exclamó la mujer–. Había estado planeando con emoción un interesante experimento de pociones y fórmulas. Construyó un laboratorio en el desván. Pero algo falló… salió mal. El laboratorio quedó intacto, pero él murió instantáneamente.
Sirius sintió todo el último año de culpa sobre su espalda, pues nunca se tomó la molestia de escribir a su tío, siempre imaginó que estaba bien. No tenía nada que hacer ya.
–De vez en cuando vengo a limpiar la casa –respondió la mucama–, no puedo dejar de venir, es mi manera de gratitud. Ahora no hay nadie que se haga cargo de ella más que usted.
–¿C-cómo dice? –preguntó Sirius.
–Hace unos meses llegó por correo la herencia de su tío –dijo la mujer. Se levantó y fue hacia una gaveta cercana y sacó unos pergaminos–. Son suyos. Su tío ha dejado una importante bóveda en Gringotts. Y ahora está a su nombre, pues sin una familia cercana más que usted, dejó claro que le pertenecería todo esto a su único sobrino que le había agradado en toda su vida: Sirius Black.
Sirius tomó los papeles, nerviosamente. Efectivamente el ministerio había dejado propiedades importantes de dinero en una bóveda especial. La vida de Sirius había cambiado: ahora era el heredero de la fortuna del tío Alphard.
