Disclaimer: Los personajes de esta historia, pertenecen a mi queridísima Stephanie Meyer — a excepción de unos cuantos personajillos que salieron de mi cabecita— pero los uso para satisfacer mis necesidades de escritura macabra. Eso sí, la trama es totalmente mía y les pido de favor que no la utilicen como propia.
"Destinada a Nunca Morir"
a fanfic by:
Ale-Alejandra
CAPITULO 1
Sufriendo en Silencio
Eran las cinco de la mañana del lunes.
No había podido pegar un ojo en toda la noche debido a las constantes pesadillas que me inundaban sobre mi posible futuro en la preparatoria.
Lo sé, pecaba de melodramática pero era soy yo y aunque siempre he tratado de ser una persona madura, nunca pude superar esa fase, sobre todo porque era muy insegura. Incluso a pesar de los esfuerzos de Charlie por ser un buen padre, debo reconocer que siempre tuve miedo a todo y constantemente me sentía indefensa, que algo iba a pasarme inminentemente.
Pero me gustaba sufrir en silencio, sentía que lo merecía, que no debía ser querida.
Era un monstruo al fin y al cabo.
¿O no es un monstruo aquel que destruye lo que quiere y sobre todo sin una causa?
Sí, yo lo era desde el día que nací cuando mi madre murió por mi culpa.
Charlie me cuenta que Reneé, mi madre, era un espíritu libre, de esas personas que alegran hasta un funeral. Nadie la podía detener, nadie excepto yo, aunque ahora que sé la verdad, creo que ese espíritu de mi madre fue el que me hizo lo que soy ahora.
Sonó el despertador en vano, tenía más de una hora despierta así que rápidamente salté de la cama y tomé una ducha. El agua caliente relajaba mi piel que había sido azotada por el frío de la noche, ya que por supuesto, en Forks no se conocía otro clima que no fuera el frío, la lluvia o la nieve.
Al salir del baño, rápidamente busqué mi viejo pantalón de mezclilla —mi favorito—, y una blusa blanca, curiosamente esperando camuflarme con la nieve del pueblo.
Me asomé a la ventana y vi saliendo a Charlie para el trabajo. Él era jefe de policía en Forks así que era importante madrugar para llegar al trabajo. Sacó una mano por la ventana de la patrulla y se despidió de mi con una expresión un poco avergonzada sonrojándose igual que yo.
Él no era afecto a demostrar lo que sentía con besos o abrazos como otros padres.
Bueno, biológicamente, él no era el mío.
¿Recuerdan que hablé del espíritu libre de Reneé?, bueno, esta es la mejor parte de eso.
Al ser ella una soñadora y aventurera en su juventud, viajó de mochilera al terminar la preparatoria con un grupo de amigas, siendo Italia su lugar favorito. Al regresar a Forks conoció a Charlie y el amor entre ellos fue demasiado grande como para importarle a él que Reneé no solo traía recuerditos de Italia, sino que también estaba esperando un hijo de algún hombre de aquel país. Sin importa esto, se casaron y Charlie cuido de mi madre, ya que el embarazo fue terrible. Inexplicablemente, Reneé sufrió más de lo que una madre sufre en esos nueve meses de espera: dolores intensos, hemorragias horribles y un comportamiento muy extraño.
Todo culminó con lo peor: su muerte al darme a luz.
Después de eso, solo sé lo que Charlie me cuenta. Siempre me ha dicho que a pesar de todo él me ama, que soy su hija sin importarle más y que no tengo porque sentir culpa.
Eso me hacía sentir mal.
Él era tan bueno y cuando pensaba en aquel italiano del cual seguramente heredé la mirada, me sentía la peor hija de la historia. Por eso cada que Charlie mostraba alguna muestra de cariño, se me retorcía el corazón, me hacía sentir basura.
Lo miré alejarse a lo largo de la calle un buen rato hasta que dobló la esquina.
De repente, caí en la cuenta de que era tardísimo y que espantosamente era mi primer día en segundo año, seguramente una adición más a mi pequeño infierno personal. No era que odiara la escuela, sino que había algo que sin querer me decía aléjate, pero se esfumaba cuando imaginaba que a todo chico o chica de mi edad le pasaba por la mente cada que pisaba el instituto.
Corrí fuera de la casa y por supuesto, resbalé con la nieve justo al lado de mi vieja camioneta. La nieve no es para los torpes me dije a mi misma mientras arrancaba con un escándalo mi auto.
Mientras manejaba rogaba porque fuera un día común, un día que fuera fácil de olvidar si algo salía mal.
De nuevo, sabía que algo malo pasaría, después de todo era Bella Swan, imán humano del peligro inminente.
El camino al instituto se hizo el más corto del mundo.
Estaba ansiosa. No deseaba llegar una vez más a la escuela y parecía que iba a más de mil kilómetros por hora en esa camioneta vieja que Charlie me regaló cuando recién cumplía los dieciséis. Mi amigo de la infancia, Jacob había ayudado a reconstruir el destartalado motor. Por eso al llegar al estacionamiento del instituto, un enorme estruendo provocado al apagar el motor, hizo que todos y cada uno de los alumnos de la escuela voltearan a verme.
—Mierda— dije en voz baja al sentir mis mejillas coloradas.
Lo odiaba, odiaba la atención y esa camioneta no me ayudaba en absoluto a pasar desapercibida.
Bajé del auto y comencé a buscar caras conocidas, algunas personas con las que había tenido un poco de contacto en el verano, ya que muchas veces preferí quedarme en casa a leer un buen libro antes de compartir una fiesta con mis amigos.
No era exactamente un ser social pero contaba con buenos amigos desde la escuela primaria.
Sin previo aviso, Jessica apareció detrás de mí al igual que todos los demás: Ángela, Mike, Eric y Tyler. Fueron muy efusivos con sus saludos y Jessica comenzó, casi sin interrupción, a ponerme al tanto de su intermitente vida amorosa con Mike.
Como siempre, le sonreí mientras caminábamos a la clase de Historia. En realidad no estaba poniendo atención a lo que parloteaba porque estaba más al pendiente de que algo iba a pasar y deseaba estar prevenida.
La maestra Jones inició la clase un poco tarde ese día.
Todo era lo mismo del año pasado pero en esta ocasión me llamó la atención estar en el mismo salón que Alice Cullen. Era muy pequeña, casi parecía una niña; sus ojos dorados relucían al lado de su pálida piel, sus cabellos negros con las puntas apuntando a todos lados eran brillantes.
Venía de un pueblito de Alaska y se había mudado hacia un año a Forks con toda su familia. Su padre adoptivo, el Dr. Cullen trabajaba en el hospital del pueblo y todos sus hermanos —también adoptados — estaban inscritos en esta misma escuela.
Al entrar al salón, con movimientos tan dóciles como los de una bailarina, se deslizó a un asiento vacío en la parte de atrás.
Por supuesto, todos estaban fascinados con ella y su familia desde su llegada, sobre todo porque en Forks nadie era como ellos, pero aún así ninguno se atrevía a hablarles.
Era intimidante estar cerca de los Cullen.
—Con suerte, ella puede presentarnos a sus hermanos—Jessica me susurró al odio.
Le sonreí y mire a Alice, ella reía de igual manera que yo, como si hubiera escuchado lo que Jessica había dicho.
En fin, tan rápido como comenzó la clase, esta terminó con el sonido del timbre y me dirigí al gimnasio a la clase que más odiaba: deportes. Era imposible para mi mover manos y pies para golpear una pelota de voleibol o para botar un balón de básquetbol.
Por suerte, Mike estaba otra vez en mi clase y eso significaba que él cubriría mi posición en cualquier deporte que el entrenador nos ordenara. Pero en algunas ocasiones, Mike adoptaba actitud de Golden Retriever conmigo, y eso hacía que Jessica se enfadara, sobre todo porque a veces él ponía mayor atención a lo que yo decía. Pero ese acechamiento no me molestaba para nada en esta clase, sobre todo si de cierta manera me hacía sentir segura.
Moría de hambre y me di cuenta de qué casi era hora del almuerzo. Me cambié rápidamente el uniforme de deportes y corrí junto con Mike a la cafetería, temerosa de oler mal. En la mesa ya esperaban todos para apartar mesa así que me dirigí a la fila de comida a tomar un sándwich, un jugo y una manzana.
Al sentarme en la mesa comenzó mi ritual de tortura. Sabía que Jessica hablaría sin parar durante todo el almuerzo. Pero en el fondo sabía que no sólo era eso lo que me perturbaba.
De repente sucedió como todos los días: el encuentro matutino con los Cullen. Miré directo a la puerta de la cafetería, mi show secreto favorito estaba a punto de comenzar.
Como si una extraña luz apareciera detrás de ellos, primero entró la rubia Rosalíe con su novio Emmett. Ella parecía una súper modelo con su cabello perfectamente rizado que llegaba hasta la cintura. Al igual que su compañero, era pálida y su piel parecía como de porcelana. Juraría que hasta ese día, yo no había conocido a nadie con aire de celebridad, a alguien tan bonita. Sus facciones tan finas contrastaban con las de su compañero. Él era fuerte y muy tosco en sus rasgos pero atractivo al fin, su cabello negro casi al ras de su cabeza le daba un parecido a un muñeco militar de acción.
Miraron a todos y se formaron en la fila para tomar comida.
Después de ellos dos, entró otra pareja. Era Alice y se recargaba del brazo de su novio Jasper Hale, hermano de Rosalíe. Tenía siempre cara de dolor, como si algo le hubiera caído mal, aunque eso no evitaba que te dieras cuenta que compartía los rasgos privilegiados de sus hermanos. Su rubio cabello caía a los lados de su frente. Era realmente atractivo pero sin caer en lo tosco de su hermano adoptivo Emmett.
Al igual que la pareja anterior, se formaron en la fila y luego de tomar algunas cosas de la barra, se dirigieron a una mesa del rincón.
De pronto, Ángela me dio un fuerte codazo y murmuró algo muy bajo:
—Helo aquí. Tu hermoso tormento ya viene—
Sabía a lo que Ángela se refería y como siempre me sorprendí.
Había pasado una y otra vez pero aún no me acostumbraba, tal vez nunca lo haría. Caminando gloriosamente cerca de nuestra mesa venía Edward, el último hijo adoptivo de los Cullen. Era alto y esbelto, parecía casi igual de fornido que su hermano Emmet. Su cabello despeinado del color de la miel, combinaba con sus ojos de topacio liquido que debajo tenían ojeras malvas.
Al igual que sus hermanos, tenía rasgos perfectos. Bueno, Edward era extraordinariamente perfecto.
Pasó al lado nuestro y en ese momento sentí como una corriente de aire, un escalofrío momentáneo. Normalmente me pasaba eso al sentirlo cerca. En un principio esa sensación me daba miedo pero con el tiempo, aprendí a lidiar con aquel sentimiento que se convertía poco a poco en necesidad.
Lo sé, soy masoquista.
Fue directamente a la mesa en donde estaban sus hermanos que le esperaban con su almuerzo.
En este punto podría decir que los Cullen, más que estudiantes de un pueblo perdido del norte, parecían salidos de una fotografía retocada para una revista.
La plática comenzó en nuestra mesa. Yo pretendía escuchar y contestaba ah, uh cuando me preguntaban algo. Miré a los Cullen con la habitual fascinación que me podía permitir, no podía dejar que supieran que siempre los observaba.
Eso hubiera sido raro.
Ellos como era costumbre, apenas si habían tocado la comida. Vi que Edward despedazaba solamente una dona entre sus dedos largos y delgados cuando hice como que no lo veía. Miraba de reojo todos sus movimientos, hasta eso era perfecto en ellos. Parecían ejecutados con un tipo de coreografía: Alice suspiraba mirando a Jasper que le devolvía una sonrisa, Rosalíe miraba sus uñas y destorcía un rizo, Emmett aclaraba con un ronquido su voz y Edward miraba para el piso.
Todo esto, en un intervalo exacto de tiempo, un movimiento tras otro, un Cullen a la vez.
Inesperadamente, los ojos de Edward que yacían en el piso, se encontraron con los míos y los desvió más rápido que yo. Vi que su rostro cambió su expresión rígida de siempre y ahora dibujaba una sonrisa. Sentí que mi cara cambiaba de color a un rojo y sentía calientes las mejillas. Mi corazón no supo qué hacer así que se limitó a palpitar como loco mientras mi mente quería esconderse debajo de la mesa.
Nada nuevo, eso me pasaba cada que Edward ponía sus ojos en mí. Pero no siempre fue así. Ni mi corazón, ni la actitud del chico extraño.
Recuerdo perfectamente cuando lo conocí:
La clase de Biología estaba a punto de comenzar. Entré al laboratorio y noté que ya estaban todos dentro, el Sr. Banner aún no entraba. Mientras colocaba mi cazadora en el perchero, me di cuenta de que la mayoría—menos yo—tenían pareja de laboratorio. Mike me pidió disculpas por no ser mi pareja este año ya que alguien más se lo había pedido pero que si yo deseaba, él podría ser mi pareja.
Si, como sea pensé odiando a Mike un poco
—No te preocupes por mí. Debe haber un perdedor que no tenga pareja igual que yo—solté un poco molesta, despidiéndome de la tranquilidad que me brindaba el acoso de Mike.
En el fondo estaba aliviada: no soportaría las pláticas de videojuegos de Mike un semestre más, así que fui al único lugar libre justo detrás en la fila del medio y pude reconocer a Edward Cullen sentado en esa mesa por lo inusual de su cabello.
Él definitivamente no lucía como un perdedor.
Cuando me dirigía a la mesa, Edward me miraba de una forma rígida, como si hubiera atropellado a su perro de la infancia o algo así. No pude evitar sonrojarme por la intensidad de su mirada. Casi al llegar a la mesa, tropecé con una mochila que alguien había dejado en el suelo y no me caí porque me detuve con la mesa de granito falso.
Mantuve la mirada fija en el suelo, poniendo el orgullo ante todo frente al extraño de aquel entonces. Iba a sentarme junto a él, pero la hostilidad de su mirada aún me tenía aturdida. No alcé la vista cuando me senté, pero lo vi cambiar de postura al mirar de reojo. Se inclinó en la dirección opuesta, sentándose al borde de la silla.
Y luego, lo más ridículo sucedió: apartó el rostro como si algo apestara.
¿Yo apestaba?
Olí mi pelo con cuidado. Olía a fresas, el aroma de mi champú favorito. Me pareció un aroma bastante inocente, incluso agradable pero pensé que el nuevo compañero difería de mis gustos. Dejé caer mi pelo sobre el hombro izquierdo para crear una pantalla oscura entre nosotros e intenté prestar atención al profesor.
La clase parecía lenta así que de vez en cuando espiaba a mi compañero entre mi cortina de cabellos.
Él seguía mirándome con sus ojos negros de odio, como reclamándome algo. Tenía los puños cerrados y estaba lo más alejado posible de mí. Parecía no respirar, era como si se hubiera congelado en una expresión de aversión hacia mí. Era obvio que ya me odiaba y yo no lograba entender porqué..
¿Qué le pasa a este tipo?
¿Es así siempre?
El timbre sonó en ese momento dejando mis preguntas a un lado. Yo di un salto al oírlo y Edward Cullen abandonó su asiento. Se levantó con garbo de espaldas a mí y cruzó la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla. Me quedé tiesa en la silla, contemplando con la mirada perdida cómo se iba. Era algo ridícula la situación, no tenía porqué comportarse así. Empecé a recoger mis libros muy despacio mientras intentaba reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que se me llenaran los ojos de lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba, una costumbre sumamente humillante.
Digamos que muy Bella.
A partir de ese día siempre pensé que tal vez me miraba con desprecio porque yo era tan simple, por ser menos que él o no sé, pero si las miradas matarán, desde ese día yo estaría muerta.
Pero gradualmente el comportamiento de Edward cambió. Se mostraba indiferente hacia todos, sobre todo hacia mí. Traté de que no me afectara pero no podía. Simplemente bloqueaba la sensación de ser rechazada por él. En el laboratorio apenas si cruzaba palabras conmigo, sólo lo hacía para propósitos de las prácticas y se dirigía hacia mí como compañera.
Me chocaba que me dijera así y no por mi nombre.
Poco antes de que sonara el timbre, los Cullen abandonaron la mesa con las bandejas casi llenas de comida y como siempre no habían probado bocado. Rápidamente cada uno desapareció de mi vista. Aunque el timbre aún no sonaba, metí la manzana sin morder a la mochila y corrí a mi próxima clase, no quería llegar tarde a biología.
Aunque este semestre no pintaba diferente, sobre todo si Cullen seguía en mi clase.
N/A: Como pudieron ver, este es un capítulo muy en la visión de Meyer, ya en los que siguen van a notar cambios...no se desesperen, creanme que vale la pena XD
