1. RAÍCES

Siendo honesto consigo mismo, si dependiera de él —aunque claramente, la situación no estaba, ni estaría a su merced— ahora mismo estaría en casa, muy probablemente relajándose al sentir sus dedos acariciar armoniosamente las cuerdas de su guitarra. No importaba con cuál practicara su ritual sagrado, si con la electroacústica —su más reciente adquisición— o su fiel eléctrica de toda la vida. No importaba porque cualquiera lo saciaría. Pero la realidad era más bien gris y, a veces, incierta: el trabajo como abogado era agotador, lleno de trajes y corbatas, absorbía cada suspiro de su tiempo, y había semanas en que los domingos se convertían en un día laboral más para él. Y aunque era evidente que el ser abogado no era su vocación, ni mucho menos su devoción, como se supone que debió haber sido, sí que sentía el deber de buscar la justicia.

Por irónico que resultara.

Dio una larga calada a su cigarro; exhaló y degustó el humo tóxico lentamente en silencio. El cigarro fue el único objeto disponible que encontró en el despacho para reducir la tensión que lo estaba matando; sobre todo en ese momento, tras haber tenido la conversación más exasperante, innecesaria, vaga e inútil con una de sus clientes. Se había sentido invadido y eso lo estresaba. Recordaba, vagamente, su rostro —bonito a pesar de todo, por cierto—, y su nombre le desconcertaba al resultarle tan extrañamente familiar, pero su mente era incapaz de procesar que aquella pobre mujer con marcas por todo su cuerpo y el rostro mallugado, restos de la violencia doméstica que había padecido, fuese ni más ni menos que la mismísima Ámber Jáuregui, del Sweet Amoris.

En su trabajo, y en su vida cotidiana, se había impuesto la firme y única condición de olvidar los rostros de las pobres almas en desgracia, al punto de respetar la privacidad de las víctimas como si fuera la propia, aunque bien, le parecía que lo había dicho durante su juramento profesional — ¿o no? Ni si quiera recordaba si había un juramento para los licenciados en Derecho, puede que el día de su graduación hubiese bebido de más—; de cualquier forma, lo había practicado como una religión, le era muy sencillo: una vez que el juez dictaminaba la sentencia —casi siempre— a favor de la víctima, los caminos entre sus clientes y él quedaban separados de por vida. Por eso cuando aquella rubia, —que parecía haber sido, antes de su catastrófico matrimonio, una mujer despampanante y de curvas exuberantes—, se presentó esa mañana, y muchas otras más, en su oficina buscándolo con la vaga pero firme intención de conversar, sin importar el tema, se sintió como si alguien intentase colarse amablemente en su propiedad privada. Las cuentas con la señora estaban claras: se había separado exitosamente de su pareja y lo había refundido en la cárcel, tal y como se lo había propuesto. Siempre lo buscaba sin razón aparente —aunque él podía adivinarla sin esforzarse—, y él se limitaba a evitarla y cuando no le era posible le daba simples calabazas incongruentes que para que lo dejase en paz.

Porque no estaba listo, y no sabía si alguna vez lo volvería a estar.

Suspiró, recargando su peso en el barandal y por primera vez se permitió mirar hacia el suelo que estaba a varios metros bajo sus pies. No, aún no perdía la costumbre de colarse en la azotea de los edificios, que ahora le daban vapor, pero se mantenía fiel a su tradición desde el instituto.

Incluso, a pesar de lo que ocurrió aquella noche…

Y aunque esa frase fuese tan común, aunque esa frase no tuviera magia entre sus letras fue suficiente para activar algo en su mente. Sin reaccionar ni pensar, lo supo inconscientemente: la caja de Pandora se había abierto. Cerró los ojos, por inercia, abrumado por los sentimientos que lo recorrieron, haciéndole estremecer y poco a poco evocando sus memorias tan bien guardadas. Aun así, se negaba rotundamente a dejarse vencer por ellos, al menos no esta vez, en la azotea de la oficina donde era casi una regla, no escrita, el mantener una postura respetable y serena. No podía permitirse ahogarse en el llanto, no hoy.

Habían pasado seis años y ocho meses desde aquella noche que había prometido ser la mejor de su vida, aunque terminó siendo la noche de sus pesadillas eternas. Cerró los puños con fuerza, impactándolo en el objeto más cercano a él: una ventana. Sintió como la sangre escurría de sus nudillos casi blancos gracias a la presión. Pero no le dolía. Le dolía más caer en cuenta que habían sido más de seis años sin saber absolutamente nada, de la que había sido, su pequeña y dramática princesa.

De ni siquiera saber con certeza si había sobrevivido.

La buscó hasta por debajo de las piedras; había intentado, por todos los medios, encontrar su ubicación, o al menos una mísera pista. Pero durante todo ese tiempo no había rastro de ella, ningún indicio que ella estuviera respirando el mismo aire. Había visitado desde el pueblo más pequeño hasta la ciudad más bulliciosa de Francia, en tierra y mar.

Pero no había nada.

Y se sorprendió ver a sus padres continuar con su vida, como si nada hubiese pasado, tal y como había sido antes del accidente de su única hija; el médico Darcy seguía escribiendo recetas ilegibles en su consultorio y su bella y melodramática esposa se mantenía a la cabeza de la clínica veterinaria más grande de Marseille. Y se sorprendió más cuando, sin darse cuenta, se vio a sí mismo siguiendo con su vida, ingresando a la universidad y retomando sus viejas amistades olvidadas. Pero nunca tuvo, ni tendrá, el coraje de volver a tocar en público por temor a evocar su fantasma entre las notas y derrumbarse al instante. A pesar de ello, todo parecía seguir su curso, y todos parecían dejar un pequeño rastro a donde quiera que fueran. Excepto ella, que parecía estar en ninguna parte.

Hasta unos meses atrás. Cuando llegó a la única conclusión que podía llegarse tras buscar más de un lustro debajo de las piedras: Estaba muerta.

Estaba completamente convencido que Lynnette Darcy había muerto aquella noche o incluso poco después; no descartaba la posibilidad que hubiese fallecido después de haber sido ingresada al hospital, con daños que parecían irreparables en su cuerpo y en su alma. Y muy probablemente, hoy su cuerpo estuviese sepultado en un cementerio de Francia.

Y todo era culpa suya.

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El avión aterrizó en Marseille, a las 2:34 de la tarde, hora local. El vuelo 210 había tenido un viaje corto, aunque bien pudo pasar a ser la travesía eterna y decisiva de su corta vida. Había esperado, de la manera más paciente que se pudo permitir, tres —tortuosas y jodidas— horas en el aeropuerto de Londres hasta que por fin pudo embarcar en un avión con destino a París, pero solo sería una pequeña escala.

Y aun sabiendo que era una pequeña escala, su corazón se estrujó al oír a la azafata brindándoles una animosa bienvenida a la gran ciudad de Francia, la capital del amor, que la recibía —e intuía que la despedía a la par— con lágrimas cándidas y cálidas; por un instante, el frío y nubloso otoño tardío le sacudieron el corazón con aires de nostalgia al recordar sus días de colegiala, con el uniforme del colegio, saliendo a las 2:30 cada día. Se recordó paseando entre las calles del amor, muerta de risa con algún ingenuo niño que intentaba cortejarla…. ¡Oh, su tan amado París! Que parecía gritarle los momentos de su vida más alegres y llenos de despreocupación. Pero ni todos esos momentos eran suficientes para olvidar como poco a poco —e irreversiblemente— ella se condenó a abandonar a su paraíso encantado. Su bella, tan dulce y tan amarga, París; fiel confidente y amante de la soledad.

Antes de haber sido diagnosticada, y mucho antes de empezar con su tratamiento, ella ya comenzaba a sentir los estragos de la enfermedad. Aún recordaba la sensación, abrumadora y exasperante, de sentirse atrapada y aislada en su gran ciudad del amor, como si fuese una jaula de oro que no hacía más que ayudar a atenuar su soledad inexistente, alimentando aquel agujero en el pecho que crecía sin cesar. Incluso, si cerraba los ojos, podría jurar que lo estaba viviendo una vez más: aquellas tardes calurosas de verano, donde todo empezaba a perder el sentido en medio de un silencio sepulcral, sin importar a donde fuera, se sentía fuera de sí, incluso en ella; donde el jugar a querer a un joven educado y amable ya no le bastaba, donde el cariño de sus padres le parecía vacío y soberbio… Donde le faltaba el aire y el dolor le sobraba.

Suspiró con el corazón en la mano. París había dejado de ser su París desde hace mucho tiempo. Comenzando el día donde se perdió a sí misma.

Cincuenta y seis minutos después, para su desgracia —o mejor dicho: fortuna, pero ella nunca lo admitiría al ser París el asunto en cuestión— estaba en un vuelo hacia Marseille. Y un poco después de haber despegado sintió como sus párpados pesaban tanto que le era imposible mantenerse despierta, y solo bastaron cinco minutos para rendirse ante Morfeo, despidiéndose entre sueños de su ya no tan amada ciudad natal, no sin antes derramar una solitaria lágrima entre ellos donde —inconscientemente— sabía que ya la había dejado y también sabía que no volvería a verla por un buen rato.

Y henos aquí.

2:35, hora local en Marseille; cuando el bullicio de la gente en el avión la despertó, se encontró con la mirada cargada de diversión de una asistente de vuelo que luchaba —indiscretamente— por no reírse de ella. Lynn sintió como algo pinchó dentro de ella, pero no reconoció qué fue. Ella le sonrío avergonzada mientras tomaba su bolsa de mano y buscaba —torpemente— alejarse de aquella bochornosa situación. Pero mientras avanzaba entre la muchedumbre una vez fuera, tuvo la irrevocable sensación de que tiempo atrás ella no le hubiera respondido amablemente a las burlas de la osada mujer. No. Una parte de ella supo que años atrás la hubiera taladrado con la mirada, pero nunca se dio cuenta que el pinchazo que sintió fue una descarga de rabia, que años atrás había sido tan amiga suya y que en ese momento estuvo a punto de perder los estribos, como en los viejos tiempos.

Pero ella nunca lo sabría, ni ahora, ni años después cuando lo contase como una de sus tantas metidas de pata medianamente tolerables para ser contadas. Pero, ¿por qué?

Ella era un lienzo en blanco. Un libro abierto que incitaba a ser leído una y mil veces hasta que descifrasen los secretos, pero en él no había nada que descifrar, no había grandes secretos. Estaba vacío. Como ella lo había estado tiempo atrás, pero apenas lograba recordar un poco, solo muy, muy poco. Era una mente sin recuerdos, con apenas retazos lúcidos tras el accidente; retazos que apenas eran suficientes para recordar su vida después de su padecimiento. "Fue la esquizofrenia", repetía Leigh a modo de consuelo médico, "caíste de un cuarto piso, es un milagro que estés aquí"; consuelo médico, con poco tacto y tácito.

Y a pesar de lo conveniente que era el olvido, nadie podía negar que supusiera un peligro que se mantuviera tan ajena a los acontecimientos de aquella noche decisiva de su vida que casi le cuesta la vida. Ni siquiera aquellos que la habían orillado a llegar a ese punto. Pero, tampoco nadie considero apropiado someterla a un interrogatorio que supondría someterla a la peor de las torturas: recordar. Todos coincidieron que era un regalo de la divina providencia su olvido, el perder parte de su memoria, y por ende, una parte de sí. Era lo mejor para todos: ella viviría sin tener en cuenta su tormentoso y doloroso pasado, ella podría seguir adelante sin tener que afrontar lo que había sucedido… era lo mejor para ella.

A Philippe y a Lucía, en quiénes había recaído la decisión de hacerla recordar, se les estrujaba el corazón al pensar en todas las posibles consecuencias de su decisión unánime; donde policías, médicos y hasta el mismísimo Leigh había sido cómplice. Ellos aún no se podían perdonar el estar a punto de perder a su hija, ni el de su tan irresponsable y egoísta elección. "El tiempo lo dirá todo", repetían para consolarse, pero…

A más de seis años de lo ocurrido, aún no sabían si habían tomado la decisión correcta.

Y aunque ese día se suponía ser uno de los más felices de sus vidas; uno de tantos, pero el más contradictorio fue el día en que la vieron despertar del coma que los médicos habían pronosticado que sería de por vida. Pero no les bastaba con que el sol brillara con fuerza aquella tarde, ni esa ni muchas más del verano que compartirían con ella y muchos otros de sus vidas, como si fuese una señal de buen agüero de lo que sería su futuro. Pero estaban demasiado ensimismados con el pasado para darse cuenta, demasiado heridos por sí mismos que nadie podía curarles al haberla enviado a Inglaterra.

La habían exiliado al único lugar que sabían, con certeza, que nadie la encontraría. Era el lugar menos pensado, con una gran cantidad de habitantes pululando entre sus calles sería imposible encontrar a su pequeña flor. Al contrario de lo predecible que habría sido desterrarla a un pueblo, o incluso, mantenerla en una ciudad más pequeña como Marseille, donde el peligro se respiraba.

Siempre, su único objetivo había sido mantenerla a salvo.

A sí fuera lejos de ellos.

Se consolaban en silencio, con las manos entrelazadas, presas del nerviosismo y del pánico. No hacían falta las palabras para descifrar en sus miradas el único pensamiento que rondaba su mente desde que el avión aterrizó: Estaban arrepentidos de su decisión. Y por primera vez, tras seis años de dolorosa espera, se permitieron flaquear y cuestionarse si haberla exiliado —o abandonado— tan lejos de ellos había sido la opción más acertada. Y por primera vez, se encontraron con más de una salida, y todas parecían ser mejores opciones, menos dolorosas y más sensatas.

Sin palabras, por un mísero momento, se lamentaron de no haber tenido la experiencia que la vida les brindaba ahora entre sus hombros. Se gritaron en silencio, reclamándose haberla engendrado a los dieciséis años, donde la inmadurez y las emociones reinaban su vida, pero sobre todo porque habían provocado que la gran decisión de la vida de su pequeña recayera en unos jóvenes de apenas treinta y cuatro años que sorteaban a la vida lo mejor que podían. Aunque, sabían que había porque reprocharse nada; lo hecho estaba hecho, y nadie más que aquellos jóvenes perdidos y desesperados por salvar a su flor podían entender las razones que los orillaron a separarse de ella.

Pero aparataron todos los reproches de golpe cuando vislumbraron a una joven a lo lejos. Una mujer, se corrigieron mentalmente, una mujer que les era alarmantemente familiar.

Con facciones que les pareció haberlas visto antes, en mayor intimidad. Pero lo que la delató fueron aquellos enormes ojos dorados, soñadores pero opacos a la vez, tan propios de Lucía; y una melena castaña, tan parecida a la de Philippe antes que las canas comenzaran a opacar su brillo. Así. La reconocieron entre la muchedumbre. Y ni ahora, ni nunca, supieron por qué; tal vez era cierta aquella vieja creencia que la sangre llama a la sangre o bajo la excusa del corazón se los dijo… pero todos aquellos argumentos que parecían ser válidos para la atolondrada Lucía, a Philippe le resultaban fanfarronadas baratas y poco coherentes, sin sustento de por medio. Pero, así, sin explicación, lo sabían y lo supieron siempre.

Su distancia ya no se medía en millas, ahora, era tan solo cuestión de metros. Cien metros que les hicieron pensar que no había sido tanto tiempo sin ella, que Marseille y Londres estaban demasiado cerca —mucho más—, que no habían sido seis años, sino tan solo seis días malvividos. La inspeccionaron silenciosamente, con los nervios a flor de piel, reconociéndola: tan suya, como desde siempre lo había sido hace veinticinco años atrás. Tan suya, pero a su vez, tan dueña de sí misma. Con el rostro más delgado, con la figura en su lugar… Con una mirada audaz y un paso firme y decidido que no les cabía duda que ahora ya solo era su pequeña en su corazón.

Su flor había crecido.

Conteniéndose de sus deseos, se mantuvieron a la expectativa, a pesar de ser presas de una inmensa felicidad al ver como su retoño se acercaba con desconcierto y sin saberlo. Pero todo se reducía a una sola razón: si bien, el accidente había curado de una manera inexplicable y milagrosa el padecimiento de su Lynn, ellos aún no podían olvidar los malos tragos que habían pasado. No era con el afán de reclamar, pero los daños no se olvidaban de la noche a la mañana. Ni las tardes frías en París, donde los gritos, sonidos de muebles y cristales rompiéndose sin ton ni son, eran protagonistas de sus vidas. No se lo habían permitido olvidar por el temor a que ella recayera, como si de una adicción se tratase su frágil condición, pero nadie sabía con certeza que podía ocurrir. No lo podían olvidar.

Hasta que sus miradas se cruzaron.

Y en ese momento, todo pareció olvidado.

Lynnette, su pequeña Lynn, tan fría y reservada, dura pero frágil, más que cualquier otra persona que hubiesen conocido… contra todo pronóstico, hasta de su intuición fraternal, una sonrisa enorme se asomó entre sus labios y sin darles tiempo para asimilarlo, se echó a correr hacia ellos, presa de una enorme felicidad que no supo cómo controlar y no quiso disimular. Ellos la recibieron con los brazos abiertos, presas de la felicidad y el desconcierto, mientras que ella derraba cálidas lágrimas, porque en el momento en que sintió su calor, tan familiar y protector, y sobre todo cuando su madre acarició su melena y su padre depositó un beso en su frente… supo que finalmente había llegado a casa.

Aquel pequeño rincón del mundo donde pertenecía, antes y siempre, porque su hogar siempre estaría donde ellos estuvieran. Eran tr… cuatro contra el mundo, sufriendo los unos con los otros y compartiendo la felicidad.

Los miró a detalle, con discreción, notando el peso de los años sobre ellos; con más arrugas y más visibles que cuando les dejó. Notó como los ojos de su madre se arrugaban discretamente al sonreír, como las líneas en la frente de su padre comenzaban a tomar forma permanente en él… pero los años no calaron en ella hasta que se percató de algunas canas, casi imperceptibles, en la melena y barba de su padre. Y poco después, se daría cuenta que Lucía también las tenía, pero se había decidido por cubrirlas con tinte.

Carajo—susurró—, seis años bien podrían ser una eternidad.

Sus padres se separaron por un momento, sin soltar su agarre y juró que la iban a reprender gracias a su lengua viperina, como solían hacerlo cuando ella vestía un aburrido uniforme gris y aún cargaba una pesada mochila en los hombros. Pero al contrario de lo que esperaba, se echaron a reír, relajándose. Nadie más que Lynnette podía haber descrito las emociones de un gran lapso en tan solo una frase, tan casual y directa. Pero ni así el atisbo de culpa que aún residía en ellos —y residiría por el resto de sus vidas— se fue; se las apañaron para tragarse su dolor, de la manera en que solo los padres lo saben hacer. Ya era hora de disfrutarla y ser feliz con ella.

—Es hora de volver, alguien te está esperando —dijo Philippe sonriendo, mientras cargaba su maleta.

Laila.

La pequeña familia, aún incompleta, salió del aeropuerto entre risas y sonrisas de felicidad pura, algunas cargadas de nerviosismo pero auténticas, sin duda. Para cualquier persona que no les conociera —que bien se limitaban a turistas y foráneos recién llegados— lucían como una familia más del montón: escandalosa, pero inexplicablemente taciturna, a la par; suponían que regresaban de un paseo o incluso de unas vacaciones, tal vez, merecidas. Pero… para aquellos que conocían a los Darcy, parecían estar viendo una ilusión. Bajo las atentas miradas; con calma y sin prisas, cruzaron el estacionamiento, y no se libraron de ellos hasta que se desaparecieron en un Jeep Cherokee 2017, que definitivamente reflejaba la personalidad del padre, con el rumbo a casa. Pero nadie podía apartar su vista, solo hasta que el coche desapareció entre las calles de la ciudad.

Sobre todo la mirada verde y dorada de un hombre albino. Hombre que se encontraba esperando en una cafetería cercana del estacionamiento del aeropuerto desde las 2:40 de la tarde, pero que ahora se encontraba paralizado y pesa de la duda desde su silla. No podía alegar, como los demás habían hecho, que había sido una ilusión de su mente o que no era lo que parecía. Estaba lo suficientemente cerca como para estar convencido que aquello había sido real. Y que sí era lo que parecía: el reencuentro familiar de los Darcy.

Se quedó entre la espada y la pared, con el teléfono quemándole en el bolsillo y sus dedos impacientes. Tenía que actuar rápido, pero no tenía idea de cómo empezar. Pero fue demasiado tarde cuando lo sintió entrar por aquella puerta, saludando a la joven del mostrador, y se sintió aún más acorralado cuando le oyó pedir su expreso doble de siempre. Y casi siente su muerte cuando escuchó como caminaba hacia él…

¿Por qué a mí?, pensó el pobre hombre que sin saberlo estaba sudando frío.

—Oye, Lysandro, ¿has visto un fantasma?—preguntó con sorna una voz grave pero tan conocida.

Le sintió mirarle, al principio con la burla tan característica de sus ojos, pero también sintió como poco a poco todo rastro de diversión iba desapareciendo del pelirrojo… Y como si le hubiese leído la mente, siguió el camino que apuntaba su mirada.

Mátenme.

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Una hora después de trayecto y de charlas innecesarias, que ya habían sido conversadas por teléfono o textos, pero que parecían despertar la curiosidad como si fuese la primera vez en ser oídas, todo gracias a que la cercanía les otorgaba el placer no dicho que no tuvieron en su momento. Incluso, Lynn que se mantenía absorta al mundo de la tecnología, reconocía que no había nada comparado con oír las risas en persona, poder mantener el contacto físico con el sujeto en cuestión, poder observarle sin temor a que la resolución de la cámara, o el mismo ordenador, no procesase la imagen como debería. Era un gran festín de emociones encontradas, y lo fue aún más cuando la reja del hogar de los Darcy se abrió y el automóvil aparcó enfrente de la casa blanca de dos plantas de sus padres, con un ligero estilo colonial afrancesado. Pudo notar algunos cambios, como que el jardín de flores de su padre había crecido, pero ahora estaba protegido por una malla. Incluso, habían añadido más árboles frutales, nada le pasó por alto, ni algunas partes del jardín que parecían destruidas recientemente…

Pero nada llamó más la atención de Lynn que los objetos esparcidos en el jardín, que parecían colocados estratégicamente como trampas mortales. Se acercó a uno de los objetos, solo para darse cuenta que… Eran juguetes.

Entonces, todo lo vio con más claridad. Desde osos de felpa que, gracias a Dios en su vida había visto, hasta muñecas que creía haber visto guardadas en el almacén. También había pelotas… muchas pelotas… más y más pelotas, de distintos tamaños y colores. Y más figuras de felpa… Todo parecía indicar la presencia de un mocoso en casa.

Y casi se podía estar lo cierto.

Su padre abrió la puerta principal con una gran sonrisa surcando en su rostro, dejando ver a la pequeña que yacía ahí esperando a sus padres desde hace tres horas… y hace más de seis años su llegada.

Cuando sus miradas se encontraron, la pequeña inclinó ligeramente la cabeza, aparentemente confundida, hasta que Lynn comenzó a acercase a ella, presa de los nervios y el temor. ¿Y si no me reconoce?, pensó a cada paso que daba. Y cuando finalmente llegó a la mitad del camino, la pequeña salió disparada en sus brazos.

Lynnette Darcy era hija única hasta hace siete años, cuando el Doctor Darcy y su señora tomaron la decisión de hacer crecer a la familia —en realidad, al principio había sido una decisión encabezada por Lucía—. Lynn no había tenido hermanos gracias a la firme decisión, también de sus padres, de no más hijos porque no querían volver a pasar el sacrilegio impuesto por ellos mismos de cambiar pañales y desvelarse hasta al amanecer todos los días. Sí, les gustaban los bebés, les gustaba cuidarles, les gustaba mimarles y criarlos, pero con Lynn les bastó para entender que no les gustaba criar bebés humanos. Por esa razón, y muchas más que le eran desconocidas, aunque no fueran de la misma especie, Laila era la hermana pequeña de Lynn.

Laila era una cachorra de seis años, un Shih Tzu de pelaje blanco y negro, con destellos plateados. Una cosa peluda y pequeña, una bola de pelos, hecha y derecha. A quién su madre adoraba y veneraba, incluso bajo la sospecha que lo hacía mucho más que a su propia hija de sangre. Mientras que por su parte, su padre la había tenido que aceptar como una Darcy como un acto de resignación; al ser médico le embargó el terror al pensar todas las posibles consecuencias de tener un animal doméstico en casa, y se atenúo aún más cuando comenzó a comer en la misma mesa y a dormir en la misma cama que ellos —todo bajo el capricho de Lucía—. Pero a estas alturas le eran indiferentes los rastros de pelaje que Laila dejaba por toda la casa y el auto, incluso en su ropa. Lo había superado, llegando a quererla como si de Lynn se tratase.

Entró con Laila entre brazos a la casa, y entre besos repartidos por su rostro —ante el malgenio del médico de la casa— la depositó en el suelo del recibidor, mientras que su madre se escabullía la cocina para terminar la cena y su padre se encerraba en su estudio con carácter urgente. Miró por un momento a su alrededor, antes de tomar la decisión de afrontarlo de una vez.

Aprovechando la situación, tomó su maleta y recorrió lentamente las escaleras, con Laila pisándole los talones. Dejó escapar un gran suspiro cuando sus pies por costumbre se detuvieron en la tercera puerta la izquierda. Aspiró profundamente, tocando el pomo de la muerta.

—Es ahora o nunca, Laila —le susurró a la pequeña que la miraba curiosa.

Y entonces, entró.

La habitación permanecía limpia y pulcra; como si alguien habitase en ella desde siempre. Pero, evidentemente, estaba en el limbo, desde su partida se había quedado congelada, brindándole una sensación de estar en tierra "sagrada". Las fotografías en los marcos colgados alrededor, reflejaban a una versión más joven y aniñada de ella misma, pero ella sin lugar a dudas. En el librero reposaban títulos rezagados por siete años más, y algunos tantos más que habían sido de los más recientes del año 2010. Era como volver a un momento pasado de su vida, pero sin dudas: desconocido. A pesar de ello, se sintió familiarizada con la habitación.

Pero con una gran falta.

Una gran falta que no supo cómo descifrar. Pero era algo que le abría un hueco en su interior… Sin saber conscientemente por qué lo hacía, abrió la ventana de la habitación que daba al jardín trasero, y sin saber por qué, buscó con disimuló detrás de los arbustos y de los árboles.

Pero no había nada.

Ni nadie.

Y solo regresó en sí hasta oír el sonido de algo desgarrándose, sorprendida, volvió su vista solo para encontrarse con Laila, colada en su cama, que intentaba acabar con un oso de felpa, seguramente, obsequiado por algún novio parisino que, seguramente, había tenido la ilusión melodramática de tenerla por siempre bajo la merced de sus arrumacos baratos e infantiles. Lynnette no podía negar que todos sus novios parisinos, al menos, parecían tener la vena del amor recorriendo todo su ser, pero hasta cierto punto los obligaba a rozar lo absurdo y burdo.

—Mátalo —murmuró Lynn, mientras comenzaba a escudriñar los cajones de su escritorio—. Ese peluche es de Drake.

Y al mencionar su nombre, se encontró arrugando la nariz de desagrado, lamentándose internamente no haber olvidado un poquito más de sí, al menos lo suficiente para borrar los bochornosos y escasos recuerdos de su vida no tan amorosa. No es que no hubiesen buenas cosas, algo dentro de ella le decía que sí, pero lo único que era capaz de recordar eran momentos embarazosos de unos adolescentes ridículos que le lanzaban cualquier cursilería sacada de una novela barata, pero lo que más le avergonzaba —y JAMÁS, sería capaz de aceptar— era recordarse suspirando como romántica atolondrada mientras leía las cartas escritas en cursivas y con un montón de faltas de ortografía y gramática… y coherencia.

Laila respondió un "Auuuu", como si hubiese comprendido lo que le había dicho, y ella apostaba a que sí.

Laila no era solo un perro y una hermana porque sí… era su fiel confidente, su mejor amiga y… la eterna bebé de mamá.

Cuando Lucía se hizo con Laila, a raíz del accidente, le había intentado vender la falsa —y no disimulada— idea que lo había hecho por egoísmo: por y para ella, exclusivamente. Pero su mentira era evidenciada cuando encerraba, casi siempre, al cachorro de ocho meses en su habitación, donde habían colocado su cama y esparcido sus juguetes. Por lo que se vieron obligadas a compartir mucho tiempo juntas. Hasta el punto en que Laila pasó a ocupar la mitad de la cama de Lynn todas las noches.

Lucía había omitido algunos detalles que parecían ser importantes: el primero, Lynn no tenía ni un pelo de estúpida, tenía tiempo y curiosidad suficiente para investigas sobre su padecimiento; el segundo, que al investigar sobre él, también lo había hecho sobre sus tratamientos.

Se sentó en la cama tras una exhaustiva búsqueda en su pasado entre páginas de cuadernos escolares y de estudio. Laila seguía inquieta, como un torbellino, pero ahora con un perro de felpa; un perro de felpa que había sido un pequeño regalo de su padre en un parque de diversiones cualquiera, que no podía recordar pero lo intuía. Se va a poner verde, pensó con burla.

—Incorregible, Laila, eres incorregible—suspiró, rodando los ojos.

Acarició con delicadeza su pelaje cuando finalmente se quedó quieta. La contempló en silencio: era una cosa pequeña… tan frágil y tan hermosa a la vez… Era perfecta.

Su nariz pequeña y chata le daba un aspecto de ternura, suavizando sus colmillos salidos y sus dientes disparejos. Pero sin duda alguna, lo que más le cautivaba y maravillaba eran sus ojos cafés enormes que abarcaban casi toda su cara.

A pesar de lo —nada— bien que lo intentaron disimular, Lynn siempre se supo sometida a un tratamiento con animales. Y aunque no recordase todo a lo que alguna vez se había sometido, sentía que por primera vez, tras muchos intentos fallidos, Leigh había acercado al fin.

Nunca se había dado cuenta, pero fue ella y no los calmantes quien la había ayudado en sus días más sombríos después de salir del hospital. En esos días cuando se veía sumida en una gran tristeza, pero ya no como producto de su ya "curada" enfermedad, sino de la sensación que la embargaba constantemente todos los días, esa sensación que le susurraba sin palabras que algo le faltaba porque sabía, sin saber, que su mano no siempre estuvo vacía. Ella estuvo ahí cuando la urgencia de recuperarse a sí misma le asfixiaba.

Laila llegó a su vida para derribar muros y cambiarla totalmente, abriendo el paso a la luz en su pequeño rincón. Llegó a su hogar en Marseille, en una calurosa tarde de verano, alrededor de las cinco y cuarto, a una semana después de volver del hospital. Su madre la había depositado en el suelo de la sala de estar donde ella había pasado casi todo el día acurrucada en un sofá leyendo; era una cosa sin gracia y sin forma, salpicada de pintura y mal cuidada. En un principio se mostró resistente a la idea que una cosa llena de pelos y maleducada merodeara por la casa contaminando su aire. Pero en realidad estaba aterrada, ella no estaba lista para asumir la responsabilidad de una vida a su cuidado, suficiente había tenido esos días con la ocupación constante de mantenerse con vida. Pero Lucía sí. Y mientras pasaban una tarde silenciosa más en su habitación, sin necesidad de palabras, solo con una mirada se aceptaron mutuamente.

A Laila le hacía falta el cariño de una familia, después de haber pasado los últimos seis meses de su corta vida rotando en casas que no le brindaron cariño ni cuidado, que no supieron cómo lidiar con el torbellino que ella era; que ni si quiera se tomaron la molestia de ponerle un nombre como tal, solo el apodo de "Gorda". Y a Lynn le hacía falta un motivo para sentirse viva, una compañía cuando todo estaba vacío.

Y así fue como se volvieron hermanas. De una manera que nadie de ellas ni nadie más entendió, pero les bastaba.

Aunque Laila la sometía a su antojo con aquellos enormes ojos, tenerla feliz era lo que le hacía vivir.

Había sido duro estar lejos de ella, pero estaba nuevamente con ella. Para complacer a su pequeña y caprichosa hermana no humana.

Depositó un suave beso en su coronilla. Laila bufó y al oír gritar a su madre que la cena estaba lista, salió disparada para el comedor.

Lo había olvidado: era la esclava de esa cosa peluda.

Lynnette soltó un bufido, casi idéntico al de Laila, mirando con recelo la puerta donde, apenas unos segundo atrás, Laila había cruzado como alma que lleva el diablo. No había cambiado en nada, seguía siendo una malagradecida. Y aunque ella detestaba la sensación de sentirse utilizada, la adoraba.

—Esa cosa es un gato—murmuraba constantemente, mientras bajaba a cenar.

Tomó su lugar en la pequeña mesa cuadrada en silencio. Observando todo y nada a su alrededor. Observó a Laila en la silla de enfrente, sentada correctamente, esperando impaciente a que su madre le diese de comer; observó a la susodicha sirviendo con una gran sonrisa la comida; observó a su padre leyendo disimuladamente unos correos en su teléfono celular.

Oh.

Hogar, dulce y cálido, hogar.


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