Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer aunque yo haya cambiado los roles y apellidos en esta historia que si es toda mía.


"La mente es como un paracaídas, sólo funciona si se abre" Albert Einstein

Advertencia: Abrid sus mentes. Pueden encontrar escenas fuertes o subidas de tono. Algunos de los personajes de Twilight han cambiado de rol y hasta apellido, es mi culpa.


Capítulo 1

Segundos

"…Caricia tan dulce, nunca durará mucho
me dejaste sola y horrorizada
capturada dentro de un Elíseo tan austero…"

Illusive consensus

Épica (1)

No hay algo más cambiante en la vida que la vida misma.

En un segundo muchas cosas inician y muchas terminan.

En un segundo una nueva vida nace, en un segundo alguien deja de vivir.

En un segundo alguien llora, en un segundo alguien ríe.

En un segundo una guitarra emite un acorde, en un segundo una guitarra pierde una cuerda.

En un segundo pasan muchas cosas, en un segundo puede que no pase nada.

En un segundo la vida cambia.

— ¡Demonios! ¡Fíjate por dónde caminas! —gritaba Renée molesta a aquel extraño que había derramado el café en su blusa.

—Le ofrezco mis sinceras disculpas pero recuerde que usted tropezó conmigo.

Renée se sentía en cierto modo avergonzada al oír aquello pues sabía que el apuesto hombre que estaba frente a ella tenía toda la razón.

—Es cierto —bajó la cabeza—. Soy yo la que tiene que ofrecer disculpas en todo caso —dijo mirando su reloj para después dejar escapar una nueva maldición—. ¡Mierda! Voy tarde al laboratorio.

—Si me lo permite yo la llevaré a donde se dirige —sonrió el apuesto hombre—. Es mi modo de resarcir un poco… lo de su blusa.

—Ok —fue lo único que logró articular como respuesta.

Segundos después una asombrada Renée se sentaba en el asiento del copiloto de aquel auto negro lujoso que estaba estacionado a unos pocos metros de donde todo había iniciado, donde aquel extraño y ella habían tropezado, él le había derramado el café encima y ella como la histérica que era le había gritado, pero ahora sus pensamientos no estaban situados en lo que había ocurrido, sino en quién era el apuesto hombre.

—Y bien ¿A dónde vamos? —preguntó él

—A la Universidad de Londres.

— ¿Estudias allí? —preguntó al tiempo que aceleraba la velocidad del auto.

—Trabajo allí —respondió Renée haciendo énfasis en la palabra trabajo.

— ¿No eres muy joven para trabajar en una universidad? Bueno por lo menos para mí luces joven, a menos que seas…

— ¡Hey! Preguntas demasiado y sí, soy joven, tengo 22 años. Terminé en poco tiempo mis estudios de biotecnología y ahora trabajo en la universidad desarrollando una investigación, que inició un imbécil antes que yo y que dejó botada por irse a dibujar vestidos, porque al parecer al muy marica le entraron ínfulas de diva de la moda ¿Está claro? —dijo con cierta acidez.

—Parece que odias al tipo, ¿o me equivoco? —preguntaba y al tiempo que se dibujaba una sonrisa divertida en su rostro.

—No, no lo odio. Si él no se hubiese ido tal vez yo no habría podido hacer parte del equipo que lleva a cabo la investigación. Lo que odio es su falta de compromiso con la ciencia, dejar una investigación de tal magnitud tirada porque simplemente vio que le gustaban más las pasarelas y estar envuelto entre telas y modelos huecas no me hace admirarlo. Eso solo me revela que la ciencia para él era solo un capricho y eso es algo que definitivamente me molesta.

—Bien chica ciencia, entiendo. Repeles la moda y amas la ciencia. Eso me parece bien, pero no deberías juzgar a ese pobre tipo de ese modo y tan a la ligera, yo creo que debió tener sus razones.

— ¿Sus razones? Ninguna razón me parece válida cuando se habla del proyecto "Jnum (2)" ¡mierda! —se lleva la mano a la frente—. ¡Oh! ¡Ya llegamos! ¡Genial! Adiós y gracias por traerme.

Renée baja del auto corriendo, sin esperar respuesta. Ella está consciente de que definitivamente ha hablado de más con aquel extraño y que Arthur la matará por eso y por el retraso. Y si a eso se le agrega la blusa arruinada, se podría deducir que ese día era todo un desastre para ella, claro exceptuando al hombre apuesto que de un modo u otro había ocasionado todo.

—Arthur ya llegué, por favor no me asesines.

—Debería hacerlo niña. Te retrasaste media hora, pero no mataré a la mejor del equipo. Así que mejor ponte trabajar. Varias moléculas esperan por ti.

—Por eso te amo, Arthur —se acerca y le da un beso en la mejilla—. Si no tuvieras sesenta años y no fueras casado, serías mi hombre —le sonríe picara.

—Si Renée lo sé, me amas locamente y por cierto ¿Qué le pasó a tu blusa?

—Me tropecé con alguien más, cosa que no es rara en mí y pues él me echó el café que traía encima.

— ¿Y es guapo? Dime que al fin encontraste a alguien a la medida para ti. Te la pasas en este laboratorio. Tienes que vivir mi niña.

— ¡Oye! Amo mi trabajo y sí, él es… apuesto. Pero ni lo sueñes no sé ni cómo se llama, así que aleja tus ideas de casamentero y vuelve al modo científico.

—Bien… —la expresión de Arthur cambió de un momento a otro, de calma a asombro— ¡Oh por Dios!

— ¿Qué pasa Arthur?

—No puedo creer que él esté aquí.

— ¿Él? ¿Quién?

— ¡Anthony Masen! La mente que inició este proyecto.

— ¿No será más bien "La diva de la moda" que abandonó este proyecto?

—Renée ya para con eso.

—Ok. Me comportaré, así conozco al famoso Anthony Masen del que todos hablan —su expresión solo demostraba el fastidio que le producía aquel hombre.

Renée desde pequeña había sido excesivamente responsable y comprometida con cada una de las cosas que llevaba a cabo, era por esa característica sobresaliente de su personalidad que sentía tanta rabia hacia el sujeto que tuvo la desfachatez de abandonar un proyecto de la envergadura de "Jnum", un proyecto que como ella misma decía cambiaría el mundo.

—Hola viejo Arthur —saludó una voz masculina que le pareció conocida a Renée.

— ¡Renée! —la llamó Arthur—. Te presento a Anthony Masen, Anthony ella es Renée Cullen, la mejor de mi equipo.

— ¡Tú! —gritó.

La cara de sorpresa de Renée no tenía precio.

—Sí, el marica con ínfulas de diva de la moda. Yo soy Anthony Masen. Un placer conocerte Renée Cullen —le sonreía el hombre apuesto con el que había tropezado hace poco.

— ¡Mierda!

A partir de ese día la vida de Renée cambió. Todos los días encontraba en la puerta de su apartamento una bolsa con el logo de Masen Designs y en ella un cambio de ropa, y todos los días ella hacía el mismo recorrido, se detenía en las instalaciones de dicha empresa y le dejaba al pobre portero la bolsa que había recibido. Le frustraba en cierto modo la actitud de Anthony, quien a pesar de haber sido blanco de los insultos de Renée aquella primera vez que se vieron, la vez que tropezaron, haya tenido el atrevimiento de invitarla a almorzar casi al instante que Arthur los presentara. Para Renée era molesto que Anthony no se diera por vencido ante sus múltiples desprecios, parecía que la actitud de ella causaba un efecto contrario en él, podría decirse que a mayor número de desprecios de Renée mayor era el deseo de Anthony por conquistarla, aunque él ya la había conquistado desde el primer momento, su verde mirada y su sonrisa bastaron para que la chica ciencia, como la llamaba, quedara prendada de él, pero si había algo que era Renée, era orgullosa y su orgullo no le permitía salir con el hombre que tanta molestia desataba en ella por el supuesto abandono a la ciencia. Sin embargo ese argumento solo sobrevivió por un par de meses, porque el día en que Anthony Masen se presentó en el laboratorio en todo su esplendor, con una bata blanca y con algunos apuntes sobre la investigación los argumentos de ella se fueron al caño.

Unas horas en el laboratorio bastaron para que Anthony obtuviera un sí como respuesta a una invitación a cenar.

Para Anthony eso era lo mejor que le había podido pasar, mejor que la semana de la moda en París. Para Renée no eran tan diferente la sensación aunque para ella no era como una semana de la moda, para ella era como recibir un Nobel por los frutos de sus investigaciones.

Durante esa cena se conocieron de verdad, sus ojos no abandonaban los del otro, era como si sus almas estuvieran conectadas, era lo que muchos dicen el uno para el otro. Renée conoció las verdaderas razones que habían llevado a Anthony a dejar de lado la ciencia. La muerte de su padre en un accidente de avión, dejó a su madre destrozada. Su hermano mayor, Carlisle, era un excelente empresario pero de moda no sabía nada y su hermano Marcus era una mente creativa pero demasiado loco. Masen Designs necesitaba a alguien equilibrado y pues él era un excelente diseñador pero con los pies sobre la tierra, así que eso ayudaría en el manejo de la empresa, Carlisle y él asumieron las riendas de la empresa, en lo que su madre se recuperaba, aunque al final él se quedó como diseñador de las diferentes colecciones que se presentaban temporada tras temporada, pero nunca dejó de seguir los avances del proyecto "Jnum".

Conocer la historia de Anthony de su viva voz hizo que Renée lo admirara aun más de lo que lo hacía, era increíble que un hombre pudiera desempeñarse en dos áreas tan distantes, moda y ciencia, como él lo hacía. Si de algo estaba segura Renée era que amaba a ese hombre.

Anthony por su parte estaba fascinado con ella, admiraba lo apasionada que se mostraba cuando hablaba de su trabajo y aún más cuando se centraba en la investigación que estaba llevando a cabo, investigación que él había iniciado. Sin embargo le preocupó mucho cuando le preguntó por sus padres, al parecer era un tema vedado. Ella solo se limitó a decir que eran un par de estadounidenses, murieron cuando ella tenía 18 y que ni loca viajaría a Estados Unidos bajo ninguna circunstancia. La expresión de Renée le demostró a Anthony cuanto odiaba ella ese país pero ¿por qué? El porqué era sencillo y complejo a la vez, casi parecía de película, los padres de Renée eran agentes del FBI y en su última misión no salieron con vida. Renée no sabía la verdad sobre el trabajo de sus padres, siempre creyó que ellos eran simples comerciantes, hasta que murieron en aquel enfrentamiento y su abuela Mary le contó la verdad, convirtiéndose eso en una razón más para odiar a Estados Unidos, ese país había hecho de sus padres unos seres falsos y la perfecta carnada que fue sacrificada cuando las cosas no salieron bien. ¿Cómo podía sentir ella amor por un país que le había arrancado a sus padres? Así que si había un país que ella amaba era Inglaterra y por ende a Londres, la ciudad que la acogió y la vio crecer, la ciudad que la hizo la mujer que es. Y eso era algo que Renée por mucho que amara a Anthony le confesaría, era una parte de su pasado y el pasado solo era eso pasado.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de cuando Anthony le había tomado la mano por encima de la mesa, al fijarse ella en ese detalle solo pudo sonreír a lo que él correspondió con una leve caricia.

— ¿Nos vamos? —preguntó Anthony después de un largo tiempo en el que no dejaban de mirarse.

—Si, por favor —respondió.

Luego de la cena él manejó hasta el departamento de ella, que se encontraba ubicado en un edificio sencillo, nada lujoso, ni exagerado, tal como ella, sencillo pero hermoso. Antes de que ella se bajara del auto Anthony no soportó más y se dejó llevar por sus instintos acercándose a ella y acariciando con un beso apasionado los labios de Renée. Ella emitió un pequeño gemido que los llevó a acabar con el beso antes que los dos perdieran el control.

—Sé que no es de un caballero besar a una dama sin su consentimiento y que en este momento debería estar pidiéndote disculpas, pero no lo haré porque yo te amo y tal vez suene loco y precipitado pero ¡carajo! Te amo desde aquel día en que tropezaste conmigo e incluso me encantó escuchar cómo me insultabas sin conocerme. Renée eres una mujer maravillosa y hasta insultándome lo eres. Te amo —dijo de manera vehemente Anthony.

—Yo… yo también, yo también te amo Anthony y no me importa si eres científico o diseñador, me importas tú, porque el hombre que tú eres fue quien rompió mis esquemas y es quien hace que mi mente y mi alma no solo piensen en ciencia. ¡Demonios! Soy mala para estas cosas, no sé que más decir para que me entiendas.

—Solo di que si —sonrió él.

— ¿Si? ¿A qué?

— ¿Renée quieres ser mi novia?

—Sí, sí quiero ser tu novia —respondió lanzándose a sus brazos y dándole un tímido beso.

—Te amo chica ciencia —dijo Anthony devolviéndole un beso.

—Y yo a ti mi diva —frunce el ceño — ¿Divo de la moda?

—Es el sobrenombre de cariño más extraño que me han puesto —dijo Anthony antes de estallar en carcajadas, las cuales acompañó Renée segundos después.

—Debo irme, es tarde, quiero descansar un poco. Tengo mucho trabajo en el laboratorio y no quiero quedarme dormida y que a Arthur le de un infarto porque no llego a trabajar —decía ella mientras acariciaba la mejilla de Anthony como la típica enamorada.

—Está bien, me voy a poner celoso si el viejo Arthur se sigue ganando tu atención —sonríe—. Paso por ti a la salida del laboratorio ¿Ok?

—Sí, mi divo de la moda —dijo para después darle un beso a modo de despedida y bajarse corriendo del auto para entrar al edificio.

Cuando él ve que la silueta de Renée se pierde en los ascensores del vestíbulo la mente de Anthony solo piensa una cosa, en llegar a convertir a Renée algún día en su esposa y madre de sus hijos.

Y así fueron trascurriendo los días, se veían siempre a la salida del laboratorio, porque Anthony no permitía que se fuera sola a casa, a veces aprovechaban la noche para salir a caminar o ir a algún lugar, planes pensados por Anthony en su mayoría y en los que Renée era colmada de atenciones y detalles por parte de él, atenciones adicionales a las que le hacía todos los días, como los ramos de flores diarios que llegaban al laboratorio y en los que ninguno había atinado el pobre a dar con las favoritas de Renée pues el lado malicioso de ella no se lo reveló cuando se lo preguntó, pero no falta el pajarito que tiene la idea de ayudar y que le contó a Anthony cuales eran las flores favoritas de ella, un pajarito que de pajarito no tiene nada, Arthur.

—Hola mi chica ciencia —dijo un Anthony sonriente, portador de un hermoso ramo de rosas.

—Hola mi divo de la moda —respondió dándole un beso.

— ¡Qué buen recibimiento! Y esto —tendiéndole el ramo de rosas—. Es para ti.

— ¡Son rosas azules! Gracias y… ¿Quién te dijo? —preguntó Renée levantando una ceja.

—Nadie amor ¿No te parece que en los meses que llevamos de novios ya era hora de acertara? —respondió Anthony nervioso.

— ¡Arthur! —gritó Renée.

El pobre Arthur que no había escuchado la conversación contestó al llamado de Renée y en unos pocos segundos la embarró.

—Muchacho te dije que no me delataras —señalando a Anthony— ¿Ahora quién se aguanta a esta fiera?

— ¿Decías Anthony?

— ¡Arthur! Lo arruinaste —corre y abraza a Renée—. Amor mírale el lado bueno, ya no te voy a torturar con esas flores que no te gustan.

— ¡Me voy par de tortolos! Cierran cuando salgan —dijo Arthur antes de salir y darles un poco de privacidad.

— ¿Amor qué tal si pasamos el fin de semana en la casa que mis padres tienen en Glastonbury? —preguntó Anthony usando su tono de voz seductora para convencerla.

—Eres un…

—Hombre enamorado de una hermosa mujer —le dice él interrumpiéndola.

—Está bien. Tú ganas. Iremos a Glastonbury.

—Eso es la respuesta que quería escuchar. Ahora salgamos de aquí y vamos a cenar.

—No paras de consentirme, me vas a mal acostumbrar —le da un beso tierno en los labios.

—Esa es la idea —dice dándole un beso en el cuello que hace que a Renée se le erice la piel.

Esa noche luego de dejar a Renée en su departamento, Anthony fue a la casa de su familia emocionado, diciendo que había encontrado a la mujer de su vida. Su madre y sus hermanos no cabían de la felicidad, el solitario Tony, como ellos le decían a veces, era ahora un hombre enamorado y a pesar de que sabían que ella y la moda no se llevaban aceptaron a Renée como parte de su familia aunque aún no la conocían.

En el fondo de su alma Elizabeth Masen la madre de Anthony imploraba que Renée fuera la mujer correcta para su querido Anthony, así como ella lo había sido para su fallecido esposo y como Esme lo era para su hijo Carlisle, Elizabeth más que una aliada en la moda quería para sus hijos una persona que los amara y con la que compartieran la dicha de ser una pareja.

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Dos días después un Anthony sonriente esperaba a Renée para ir a Glastonbury.

—Lista —dijo dándole un beso.

—Lista, vámonos —sonrió ella.

Luego de tomar la pequeña maleta de ella, subieron al auto y emprendieron el viaje hacia ese pequeño pueblo que se convertiría en testigo de su amor y de su pasión. Las tres horas que duró el trayecto hacia Glastonbury Renée durmió profundamente, mientras Anthony la miraba cada cinco minutos lo que hacía que se dibujara una sonrisa boba en su rostro, debido a lo afortunado que se sentía por tenerla a su lado y por los dos días que compartirían lejos de las preocupaciones. Solo serían ellos dos viviendo su amor sin inhibiciones. La llevaría a los lugares más representativos del pueblo, disfrutaría cada segundo con ella y si ella lo deseaba, solo si ella lo deseaba, le haría el amor con toda la pasión que quemaba su ser cada vez que pensaba o estaba cerca de ella.

Al llegar a Glastonbury y luego de estacionarse frente a la casa que pertenecía a sus padres Anthony no resistió la tentación de despertar a Renée llenándola de besos, los cuales efectivamente ocasionaron que ella abandonara el profundo sueño en el que había caído desde que salieron de Londres para responder a los besos de él.

—Hola, ¿ya llegamos? —preguntó Renée con la voz adormilada.

— ¿Tú qué crees mi chica ciencia durmiente? —Anthony sonríe—. Ven vamos adentro.

Él se baja del auto, le abre la puerta a ella para luego tenderle la mano y halarla hacia sí y poder abrazarla.

—Adelántate —señala la entrada de la casa y le entrega las llaves—. Voy por las maletas.

Una vez Renée logró abrir la cerradura sus ojos se abrieron de par en par al ver la hermosa pero sencilla casa, aunque lo de sencilla se reducía a lo simples que podrían parecer a los ojos de muchos la decoración y muebles del lugar. Anthony se sentía complacido de ver que la casa que sus padres habían construido cuando apenas iniciaba la empresa su crecimiento era del agrado de su amada "Chica ciencia". Cuando ella salió de su ensimismamiento por la belleza de lo que contemplaba, de la que se convertiría en cómplice de su amor por ese fin de semana entraron y él como el caballero que era le mostró cada una de las estancias de la casa luego de dejar las maletas en una de las habitaciones que estaban cercanas a la sala.

Si algo caracterizó a Elizabeth Masen era su buen gusto y eso era lo que Renée observaba en cada nuevo lugar que Anthony le enseñaba. Al llegar a la habitación principal la tensión se apoderó de ellos, era una situación que no habían manejado aún como la pareja enamorada que eran. Anthony notó la cara de confusión de Renée debido a la idea de dormir juntos y de inmediato le hizo saber que no tendría ningún problema en irse a dormir a cualquiera de las otras habitaciones pero que si algo era seguro, era que ella se instalaría en la principal al ser la que más dotada de comodidades estaba. Pero lo que Anthony no pensó o tal vez no llegó a percibir, es que a veces nuestras expresiones no van acorde con los sentimientos y pensamientos que se apoderan de las personas.

—Ni lo pienses si quiera Anthony Masen. Tú no te vas a ninguna otra habitación, vinimos a pasar un fin de semana juntos, no separados, así que destierra la sola idea de tu cabeza… —la vergüenza se apoderó de ella—. Tú y yo… dormiremos juntos.

—Yo quiero estar contigo Renée solo no quiero que te sientas incómoda —dijo depositando un beso en su frente—. Ahora solo arréglate un poco, ponte algo cómodo que tienes muchos lugares que conocer.

Minutos después un Anthony sonriente caminaba de la mano de Renée llevándola de un lado a otro, conociendo los lugares más representativos de aquel mítico pueblo lleno de historia. La llevó al centro del pueblo donde la complació comprando cuanta baratija y cosa excéntrica miraba ella, pequeños detalles que Renée agradecía colmándole de besos, dando ellos al resto de los que por allí se paseaban una muestra viva del amor puro y verdadero. Así pasaron la mayor parte del día entre compras y pequeñas paradas para comer algo que engañara a sus estómagos y les permitiera seguir con su cometido, conocer y disfrutar de Glastonbury. Pero solo lo lograron cuando pudieron ir a los dos lugares más hermosos y más reconocidos de todo el pequeño pueblo, la Abadía Glastonbury en donde Anthony prometió que la haría su esposa, en un futuro que esperaba no fuera muy lejano, ganándose más besos de parte de Renée con el fin de conseguir que se detuviera y no continuara diciendo ese tipo de cosas que la ponían más nerviosa de lo que ya de por sí se sentía y por supuesto que también conocieron la colina de Glastonbury Thor (3), una colina en la que una promesa en honor al amor fue hecha, una promesa que meses después haría peso en sus vidas.

— ¿Te gusta? —preguntó Anthony maravillado en parte por el lugar y por Renée, la cual miraba el horizonte de manera soñadora.

—Me encanta, la vista es más que maravillosa. Ha sido lo mejor de todo el viaje.

— ¿Lo mejor? Si aún tenemos mucho que hacer —dijo dejando escarpar una sonrisa ladeada—. Renée, mi linda chica ciencia debo hacer algo muy importante.

— ¿Qué? —la cara de Renée era pura confusión dado que no sabía de que hablaba Anthony.

Anthony el hombre que tanto le había huido al amor se llenó de determinación y luego de tomar varias bocanadas de aire consiguió llenarse del valor que necesitaba para pronunciar la promesa que lo había hecho preparar ese fin de semana en Glastonbury.

—Renée aquí en donde posiblemente el rey Arturo tuvo su fuerte, hoy quiero yo ante la Torre San Miguel y el cielo como testigos de nuestro amor prometerte que te amaré toda la eternidad y no hablo de la idea romántica preconcebida, hablo de mi amor incondicional, mi amor que será incapaz de olvidarse de ti porque el amor que has despertado en mi no conoce de términos, no conoce el tiempo ni el espacio, mi amor solo te conoce a ti, mi reina —dijo con vehemencia Anthony hincando la rodilla en el suelo y bajando la cabeza, tal como lo hacían los caballeros ante su majestad.

— ¡Anthony! ¡No te arrodilles! Yo no soy nadie ¿Por qué te arrodillas ante mí? —decía Renée con las lágrimas desbordándose de sus ojos debido a la emoción que causaron las palabras de Anthony.

Anthony levantó levemente la mirada para hablarle a su amada Renée.

—Porque estamos en Avalon… bueno eso se supone —sonrió—. El Avalon del Rey Arturo pero ante mí no tengo al rey, ante mi tengo a la reina que es dueña de todo lo que soy, la reina de mi corazón —ella al escuchar estas palabras se arrodilló a su vez ante él.

—No te merezco Anthony, eres todo y más, creo que por primera vez me siento agradecida de andar tropezándome por allí con extraños —al decir tomó en su manos el rostro de Anthony para que este la mirara a los ojos—. Anthony, te amo tanto que el sentimiento me quema, ante ti no soy nada por eso debes prometerme si tanto me amas que si algún día me alejo de ti por la circunstancia que sea no me seguirás, no me buscarás.

—Renée yo no puedo… —trato de decir Anthony.

—Promételo Anthony —roza levemente sus labios—. Te amo tanto que me asusta que en algún momento yo te dañe, por eso si me alejo de ti solo lo haré porque te amo. Mi amor tampoco conoce de tiempo. Te amo… por favor promételo.

—Pero…

—Solo dime que lo prometes.

—Te lo prometo amor —dijo al tiempo que se fundían en un beso apasionado que confirmaba todo lo que habían expresado en palabras.

Una pequeña lluvia hizo que su apasionado beso se viera interrumpido, haciéndolos descender a prisa de la colina para llegar a la casa que no estaba a mucha distancia del Gastonbury Thor. Después de correr como un par de locos consiguieron llegar aunque empapados gracias al aguacero en el que se había convertido la lluvia. Ya dentro de la casa se dirigieron a la habitación principal donde Anthony había acomodado todas sus cosas tal como Renée se lo había pedido.

—Listo, llegamos mojados pero llegamos, ahora señorita quítese esa ropa antes de que se resfríe —dijo Anthony a Renée mientras él se dirigía a otra de las habitaciones pero al parecer ella tenía otros planes.

— ¡Espera! —gritó lanzándose a sus brazos y besándolo con desesperación.

Anthony correspondió a su beso, le era imposible rechazar sus besos, si el simple hecho de tenerla cerca hacía que su razón se fuera de paseo y que todos los sentimientos y emociones se apoderaran de él.

—Renée.. —jadea el nombre de ella—. Si no te detienes yo no podré hacerlo.

—No me voy a detener —dice ella apartando sus labios del cuello de Anthony, se separa un poco y empieza a quitarse la blusa que traía puesta.

Renée dio rienda suelta a toda la lujuria que ha estado conteniendo desde que Anthony entró a su vida. Las palabras desaparecieron y el roce de su piel habló por ellos, las caricias tímidas que se proporcionaban fueron reemplazadas por caricias cargadas de pasión y seguridad. Las ropas se convirtieron en un obstáculo para ellos que segundos después superaron librándose de ellas.

Anthony tomó a Renée en sus brazos y la depositó cuidadosamente en la cama para luego dejar besos por todo su cuerpo, haciendo que ella se retorciera debajo de él deseosa de recibir el placer de amarse plenamente. Cuando ya los dos no soportaron más las caricias y besos porque la necesidad de hacerse uno solo los superaba él se adentró en ella lentamente, disfrutando la sensación que le producía sentirse dentro de su amada, su chica ciencia, su reina como le había llamado unos minutos atrás. Renée por su parte había dejado caer sus párpados presa del placer que le concedía tenerlo a él en ella. Poco a poco él fue embistiéndola, aumentando relativamente el ritmo de sus embestidas. Desnudos los dos se amaban, desnudos los dos dejaban que el roce de sus cuerpos se convirtiera en el lenguaje de su amor desconocedor del tiempo y del espacio. Los gemidos, los susurros de palabras dulces y muchos "Te amo" se convirtieron en la dulce melodía que de un modo inexplicable se apoderó de todo el ambiente mítico que exhalaba Glastonbury, melodía que alcanzó su momento cumbre cuando ellos alcanzaron a través de la conexión de sus almas y cuerpos el paraíso.

Y fue así como sus cuerpos sellaron la unión que sus corazones iniciaron y que ni la distancia, ni el tiempo serían capaces de arruinar, tal como ellos lo habían pronunciado esa tarde en la Glastonbury Thor.

Muchos dicen que no hay algo más hermoso que despertar al lado de la persona amada y eso lo vivió esta pareja. En la mañana cuando ambos despertaron y se descubrieron abrazados, sus cuerpos entrelazados acudió al rostro de cada uno una sonrisa que los acompañó el resto de ese viaje y el camino de regreso a Londres. Aunque las últimas horas de su estancia en Glastonbury fueron aprovechadas amándose y compartiendo en cada lugar de aquella casa.

A su regreso a Londres muchas cosas cambiaron como consecuencia de lo que vivieron en aquel fin de semana, su amor se fortaleció, a los dos se les hacía difícil separarse el uno del otro, por eso luego de que cada uno culminaba su día se quedaba en el departamento del otro compartiendo las experiencias buenas y malas de la labor que cada uno desempeñaba, Renée sobre los avances del proyecto y Anthony sobre los alcances que estaba teniendo la nueva colección entre los estadounidenses. Así poco a poco su amor fue creciendo a tal punto que Elizabeth Masen se vio en la obligación de exigirle a su hijo que le presentara a la mujer que había conquistado su corazón. Días después la siempre elegante Elizabeth conocía a la chica ciencia y a diferencia de lo que muchos llegaron a creer conociendo las exigencias de la madre Anthony, Elizabeth amó a aquella chica que repelía la moda porque sabía que amaba a su hijo. Si bien es cierto que Elizabeth aceptó a Renée también es cierto que no perdió oportunidad para ir al apartamento de esta en compañía de su nuera Esme con el fin de enseñar a Renée a dominar ciertos aspectos que elegantemente debía tener en cuenta, tales como el caminar con zapatos de tacón alto, lo cual fue frustrante para las tres mujeres, para Renée porque más eran las caídas que se había ganado que los avances obtenidos y para Elizabeth y Esme porque por primera vez sus clases de moda se estaban convirtiendo en una pérdida de tiempo, sin embargo eso no impidió que Renée se ganara cada vez más un espacio en sus corazones.

Las semanas transcurrieron a paso veloz, con cada día el amor entre Anthony y Renée se acrecentaba más, al igual que los deseos de Anthony de convertir a Renée en su esposa. Por eso aquella mañana tomó la decisión que ese sería el día en que le pediría a Renée que lo aceptara como su esposo, como su compañero por toda la eternidad, pero antes debía ir a hablar con su madre, con Elizabeth, conocer su opinión y escuchar de su voz cómo aprobaba su decisión porque estaba seguro que la aprobaría.

—¡Madre! ¡Tenemos que hablar! —gritó Anthony al llegar a casa de su madre.

Elizabeth se sorprendió al ver a su hijo esa mañana temprano en casa pero su corazón de madre presintió lo que se avecinaba y no pudo evitar sentirse tan feliz.

Mientras un Anthony emocionado contaba a su madre lo que tenía pensando hacer unas horas más tarde, Renée se arreglaba para ir con Elizabeth tal como había quedado días antes a medirse un vestido para la gala anual de Masen Design y unos minutos después Renée caminaba por la casa de la familia Masen hacia el despacho tal como se lo había indicado una de las dulces mujeres que trabajaba en aquella casa, pero la conversación que ella escuchó antes de tocar la puerta de aquel despacho fue algo que jamás se esperó.

—Renée no es una mujer que represente la imagen de Masen Designs y eso tú lo sabes Anthony —decía Elizabeth—. ¿Y aún así pretendes ir a otro nivel con ella? ¿Estás seguro?

—Mamá… yo… la amo —escuchó que decía él.

—Piénsalo. Es tu vida pero es tu felicidad la que está en juego. Me cae bien Renée pero no sé… —eso fue lo último que fue capaz de escuchar Renée, su mente hiló cada palabra y solo llegó a una conclusión, una conclusión que le dolía porque sabía cuán importante era Elizabeth en la vida de Anthony.

Elizabeth no la creía una buena imagen para su empresa y por ende no era la indicada para estar con Anthony.

Pero tal como sucede en muchas historias Renée no escuchó en que concluía aquella conversación madre e hijo y a veces nada es lo que parece.

—Piénsalo. Es tú vida pero es tu felicidad la que está en juego. Me cae bien Renée pero no sé si podrá soportar a esta familia de locos hijos, pero de algo si estoy segura, ella te ama y para mí eso vale más que cualquier cosa. Es por eso —se levantó del sillón en el que estaba sentada y se dirigió a la caja fuerte para sacar una pequeña caja color azul que le tendió a Anthony—. Este es el anillo de la familia Masen, la tradición dice que solo el Masen que cumpla con la condición secreta puede hacer uso de él y tú cumples con esa condición, espero que a Renée le guste y que tú sepas ser un buen esposo para ella porque en caso contrario te las veras conmigo.

—Ok, pero no se supone que debes defender a tu hijo y madre una última cosa ¿Cuál es esa condición secreta de la tradición Masen? —preguntó Anthony.

—Tú ya tienes quien te defienda de sobra y Renée no y sobre la tradición no puedo decir nada hasta que ustedes no me den un nieto. Ahora ve a pedirle matrimonio a esa dulce chica antes de que se arrepienta de estar contigo —dijo Elizabeth de modo burlón.

—Gracias mamá —le dio un beso y un abrazo a su madre antes de salir de esa casa como un loco desesperado.

Anthony manejó como un loco hasta que llegó a su apartamento donde debía estar aún Renée pero lo que encontró lo dejó estupefacto.

Parecía que un huracán había pasado por allí, se asustó mucho pensando que tal vez alguien había entrado y pudo haber lastimado a Renée, corrió hacia la habitación y el panorama no mejoró cuando encontró en su cama una nota, una nota de unos pocas líneas:

"Recuerda tu promesa, no me busques, es lo mejor.

Te amo siempre y por siempre.

Renée".

¿Cómo pudo perder tanto en unos pocos segundos? ¿Cómo su felicidad pudo ser tan efímera?

Muchas eran las preguntas que agolpaban los pensamientos de Anthony.

¿Por qué te fuiste Renée? ¿Qué hice mal si lo único que he hecho es amarte? ¿Qué te pasó? ¿A dónde te has ido amor?

— ¡Renée! —gritó desesperado Anthony preso de la angustia y tristeza que embargaron su alma desde que leyó la primera línea de aquella nota.

Las lágrimas se hicieron presentes en aquella escena, Anthony no pudo evitarlo y dejó que su corazón se desahogara mientras su mente sacaba a colación los recuerdos de aquella promesa hecha en Glastonbury Thor y casi que al instante, como un reflejo de su subconsciente buscó en el bolsillo de su pantalón la cajita azul que su madre le había entregado, la abrió cuidadosamente y en aquel anillo vio a su Renée reflejada. No pudo más con aquel dolor que le estaba causando y mirando el espejo que estaba frente a su cama se vio a sí mismo destrozado, casi acabado y con toda la fuerza que solo un gran dolor puede proveer lanzó la pequeña caja contra aquel espejo que se hico añicos.

¿Cómo algo tan pequeño pudo destruir aquel espejo? ¿Cómo aquella pequeña promesa que le estaba causando tanto dolor?

—Nunca debí aceptar prometerte eso Renée… nunca —fue lo último que dijo Anthony antes de dejarse caer en el piso dejando que su dolor se colara a través de lágrimas y gritos desgarradores.

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1 La frase pertenece a la canción Illusive Consensus de Épica: watch?v=npmyqdBE4g0&list=UU82lIgiaLTBkzhEebHWoazA&index=3&feature=plcp

2 Jnum es el nombre de un dios egipcio. Según una leyenda Jnum originalmente creaba a cada hombre en su torno de alfarero, pero llegó un momento en el que cansado de hacerla girar y girar rompió su rueda y colocó una parte de ella en cada hembra, de manera que a partir de ese momento todas las cosas podrían reproducirse sin necesidad de su intervención.

3 Tor es una palabra de origen celta que significa "colina cónica". Esta colina esta posicionada en mitad de una llanura conocida como Summerland Meadows y rodeada por el Río Brue. En 1892 se identificaron los restos de una antigua villa que data de la Edad de Hierro. Posteriormente hay indicios de ocupación romana. Los britanos la conocía como Ynys yr Afalon ("La isla de Avalon") por lo que se cree que podría ser el Avalon del legendario Rey Arturo.


De nuevo gracias a mi generala y beta Gine; a mi acosadora manager, Jo; a mi Emily, Sara y a mi latosa Salem. Las amo.

Y por supuesto gracias a ustedes que se han tomado el tiempo para leer. Ya saben espero sus apreciaciones.

Besos y hasta el próximo capítulo.