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CAPITULO 1
Stirling, Escocia
Octubre 1314
No era fácil mantenerse en pie delante de toda esa gente con la cabeza erguida. Aún no había superado el duelo por la muerte de su padre, el laird Robert MacWhite, y aquel salón del trono, invadido por toda la corte del rey Bruce, era el último lugar en el que le apetecía estar. Aquellas personas la conocían, y los que no, habían oído hablar de ella. La joven veía la compasión y la condescendencia en el rostro de algunos; en otros, la soberbia y el desprecio. Los allí presentes la consideraban una dama consentida y sobre protegida por su familia y, en las Highlands, eso era sinónimo de debilidad. Candy MacWhite podía leer en sus rostros lo que pensaban y solo tenía ganas de abandonar la sala, escabullirse, ocultarse de todas esas miradas que la juzgaban y la suponían indigna de ser hija de un gran señor.
—Ni hablar —le habló su dama de compañía, Dorothy, cogiéndole la mano para reconfortarla—. Mantén la cabeza alta y el rostro sereno, Candy. No ha de importarte lo que piensen los demás. Estás aquí por tu padre.
—No me importa, Dorothy. Pero preferiría haberme quedado en nuestro hogar, junto a mi madre. Ella aún no lo ha superado y siento que debería estar a su lado para reconfortarla.
—La política no entiende de sentimientos, y menos ahora. Ganamos una importante batalla y tenemos a los ingleses en franca huida o resistiendo en sus últimos bastiones. Pero la guerra ha dejado a su paso un pueblo maltrecho y un país que debe volver a levantarse. La tarea del rey es ardua e importante y no se puede permitir el lujo de ceder ante la congoja de sus súbditos. Si lo piensas bien, tú tampoco puedes permitírtelo.
Era cierto. Tras la batalla de Bannockburn, casi cuatro meses atrás, su clan había quedado descabezado. Su padre había caído bajo una espada inglesa, entregando la vida por su rey y por la independencia de Escocia. Con él habían perdido también a un gran número de MacWhite. Muchos soldados, muchos buenos hombres, padres de familia, amigos a los que conocía desde siempre y que ya no volvería a ver. Con sus fuerzas mermadas, sin apenas recursos después de la guerra, su clan se encontraba en una situación bastante precaria. Y Candy sabía que sin un cabeza de familia que defendiera sus intereses iban a pasarlo realmente mal.
Por eso no le extrañó la llamada de Robert de Bruce. El rey había estado recorriendo el país después de ganar la batalla, tanto para despertar la admiración de sus súbditos, que lo consideraban un auténtico héroe, como para lograr la adhesión de todos sus clanes. Eso implicaba preocuparse por su situación y por el devenir de las distintas familias. Y Candy sabía que la suya, en concreto, no pasaría el examen del monarca y este se vería obligado a intervenir.
Tras la convocatoria, había acudido desde su hogar, en Balquhidder, junto con su fiel dama de compañía y su escolta personal, compuesta por apenas cuatro hombres. No era mucho, pero era lo único que tenía en esos momentos. Como bien le había recordado Dorothy, no podía permitirse el lujo de dejar White Castle desprotegido. Y los pocos hombres que aún conformaban el ejército MacWhite debían quedarse allí, velando por la supervivencia del clan. Porque sí, los escoceses se habían unido para hacer un frente común contra los ingleses, pero Candy sabía que, a pesar de todo, los viejos odios vecinales no serían olvidados tan fácilmente. Los MacWhite aún tenían enemigos y, en la situación en la que se encontraban, era lógico suponer que intentarían aprovecharse de su vulnerabilidad.
—¿Qué crees que te pedirá el rey? —le preguntó Dorothy.
—¿Pedir? No creo que Bruce me haya hecho venir hasta aquí para pedirme nada. Estoy convencida de que me impondrá un destino que a él, como rey, le beneficie.
Candy tragó el nudo que se le había formado en la garganta al confesar en voz alta el temor que la embargaba desde que había recibido la misiva del monarca.
Un clan sin gobierno.
Ella, una joven sin tutor y sin desposar.
Y el rey convocándola para tomar cartas en el asunto…
No había que ser muy inteligente para saber lo que Bruce tenía en mente.
Miró hacia el fondo de la sala, donde el hombre que iba a decidir su destino estaba sentado en el trono. Aún tenía unos minutos para tratar de digerir su mala fortuna. La audiencia que precedía a la suya no había finalizado todavía y, a juzgar por la acalorada discusión que mantenía el laird Murray con el rey, no parecía que fueran a llegar a un acuerdo con facilidad.
—Qué mala suerte. De todos los lairds de las Highlands, teníamos que encontrarnos aquí a Raymond Murray —siseó Dorothy, al ver dónde se detenía la mirada de su amiga—. Lo detesto.
—No creo que se trate de una coincidencia. Ese hombre ha ambicionado nuestras tierras desde que tengo uso de razón. Es buen momento para reclamarlas, los MacWhite necesitan un nuevo jefe y a fe mía que Leagan se estará ofreciendo para ocupar el puesto.
Dorothy la miró, horrorizada.
—¿Piensas que tal vez esté solicitando tu mano en matrimonio? ¡Ese hombre podría ser tu padre!
Candy dejó escapar una amarga carcajada.
—Aunque esas fueran sus pretensiones, la edad no supondría ningún inconveniente y lo sabes. Pero no. No creo que esos sean los planes de Murray . Desde que lo conozco, no ha sentido por mí más que desprecio. Su orgullo de highlander le impide ver en mí algo más que una joven mimada y débil, que no puede competir ni en carácter ni en belleza con otras jóvenes damas en su misma situación.
Dorothy chasqueó la lengua con desaprobación. Sabía lo que decían de su señora… desde siempre. Decían que la hija de Robert MacWhite nunca había sido una beldad, con ese cabello rubio, los ojos Verdes y la cara llena de pecas. Decían, además, que era tímida y apocada, que no tenía sangre en las venas. Decían que a su padre le iba a costar mucho desposarla, salvo si el matrimonio se concertaba por conveniencia, por supuesto. Y Dorothy, que la conocía desde que eran niñas, lamentaba que tuvieran esa impresión de su querida amiga.
Cierto que Candy no poseía el tipo de belleza deslumbrante que atraía las miradas, pero su cabello rubio tenia rizos suaves y brillaba con tonos rojizos bajo la luz del sol. Sus ojos verdes eran pura dulzura, y las pecas de su cara no la afeaban en absoluto. Es más, Dorothy dudaba que pudiera haber un lugar mejor en el mundo para esas graciosas pecas que no fueran las mejillas y la pequeña y respingada nariz de Candy. Tal vez era el cariño que sentía por ella lo que lograba que la viera hermosa y única. O tal vez era que, si uno se paraba a mirar más profundo, descubría que Candy no era en absoluto apocada, y que dentro de su pecho latía un corazón generoso y amable que la volvía luminosa y la dotaba de un atractivo singular. Dorothy sabía mejor que nadie cuan pasional podía llegar a ser aquel corazón… ¡Y decían que no tenía sangre en las venas! Los que osaban criticar a su joven señora eran sin duda unos ignorantes.
Desde que su padre se marchó a la guerra, la única hija de Robert MacWhite había tomado las riendas del clan. Aunque no fuera un hombre, ella había organizado a su gente en los peores momentos y había administrado los pocos recursos que les quedaban. Sin Candy, posiblemente su clan ya se hubiera disuelto sin remedio porque su madre, Maria MacWhite, se había venido abajo en cuanto recibieron la mala noticia de la muerte de su esposo, al que amaba más que a su vida.
—Raymond Murray no te merece y sería una abominación que el rey le concediera tu mano. Espero, como dices, que esa no sea su pretensión.
—No la pedirá. Solo tienes que acordarte de cómo me ha mirado siempre —dijo Candy—. Sin embargo, eso no significa que el rey no lo haya pensado.
—¡Dios mío! Recemos entonces para que no haya contemplado esa posibilidad.
Por fin, el laird Murray le hizo una reverencia al monarca y se dio la vuelta para abandonar la sala. Era un hombre muy alto. Tanto, que Candy siempre había sentido que empequeñecía en su presencia, y no solo por su gran envergadura. Como en otras ocasiones, cuando el imponente guerrero pasó por su lado, le dirigió una venenosa mirada que la estremeció de pies a cabeza. Se odió por permitir que ese hombre la intimidara de aquella manera. ¿Acaso en su fuero interno se consideraba inferior a él? No había motivo para ello, y tuvo que recordárselo a sí misma para mantener la compostura. Ya era hora de superar todos los complejos que las habladurías y las miradas críticas habían despertado en ella con el tiempo.
Candy no era una pobre muchacha que no sabía valerse por sí misma. ¿La habían mimado en exceso? Tal vez. Pero nunca podría reprochárselo a su padre porque toda la sobre protección que había recibido por su parte había sido motivada por el inmenso amor que le profesaba… y para compensar las ausencias de una madre que, desde que ella nació tras un parto complicado, jamás se había recuperado del todo. Maria MacWhite había enfermado muchas veces y había pasado largas temporadas lejos de su hogar, en un retiro voluntario para reponerse de sus dolencias. Robert MacWhite pensaba que la hija heredaría la delicada salud de su madre y, por eso, en ningún momento se había apartado de su lado, proporcionándole una vida cómoda donde ella se lo encontrara ya todo dado.
—El rey os recibirá ahora, mi señora —le dijo uno de los criados que se había acercado para buscarla, sacándola de sus cavilaciones.
Candy asintió, pero sus pies parecían de plomo. Dorothy tuvo que darle un pequeño empujón con el hombro.
—No me dejes sola —imploró, en un susurro. Había llegado el momento y notaba vértigos en el estómago.
—Jamás —contestó su amiga—. Estaré dos pasos detrás de ti.
Las dos jóvenes atravesaron la sala bajo la atenta mirada de todos los que siempre merodeaban cerca del rey. Candy podía sentir en su persona los ojos de los que ya sabían cuál iba a ser su destino, porque allí, en la corte, una decisión del monarca se convertía en un secreto a voces nada más compartirla con cualquiera de sus sirvientes personales o alguno de sus consejeros.
Se detuvo ante Bruce y realizó una tensa reverencia producto de su nerviosismo.
—Majestad…
—Bienvenida, Candice MacWhite. ¿Habéis tenido un viaje agradable? —le preguntó el rey, para su sorpresa.
—Sí, mi señor.
—En primer lugar, quiero que sepáis lo mucho que lamento lo ocurrido con vuestro padre. Era un gran hombre, un aguerrido soldado y un siervo leal. Toda Escocia está en deuda con los caídos en esta última contienda y yo, más que nadie, debo agradecer a sus familias el sacrificio realizado por la patria.
—Si mi padre estuviera aquí, os diría que serviros a vos y a vuestra causa, que es la causa de todos nosotros, fue un auténtico honor.
Bruce guardó silencio tras escuchar sus palabras y pareció estudiarla con más detenimiento.
—¿Cómo se encuentra vuestra madre? He sabido que no os ha acompañado debido a su salud.
—Esta desgracia le ha hecho mucho mal, majestad. Amaba mucho a mi padre y la tristeza la ha dejado postrada en cama. Deseo de corazón que el tiempo suavice su dolor y le permita mejorar.
—Sin duda. Es algo que todos deseamos. —El rey carraspeó tras aquel intercambio de cortesías y Candy supo que el monarca estaba pensando en la mejor manera de abordar, sin más dilación, el tema por el que la había convocado—.Bien, como antes he mencionado, estoy en deuda con el clan MacWhite. Conozco vuestra situación y sé muy bien que necesitáis ayuda. Si vuestro padre continuara con vida sería diferente, pero, sin un cabeza de familia que ponga las cosas en orden, será muy complicado.
Aunque lo que decía el monarca era cierto, escuchar de su boca que su clan era débil, que no podría sobrevivir sin su ayuda, resultó humillante para Candy. Deseó haber nacido varón. Sin duda, en esos momentos no se encontraría en aquel trance, donde ella no era más que un títere en manos del poderoso sin opción a replicar o a rebelarse.
—¿Habéis visto al hombre que acaba de marcharse?—continuó hablando Bruce.
Candy parpadeó, sin comprender a qué venía esa pregunta.
—Sí, majestad. Conozco al laird Murray . —Contuvo su lengua para no añadir un "por desgracia" al final de la frase.
—Raymond conoce la delicada situación que atraviesa el clan MacWhite y ha reclamado las tierras que colindan con las suyas como premio a los buenos servicios prestados en esta guerra contra los ingleses. Cree que así os librará de la carga que supone administrarlas y evitaremos que se echen a perder. No cree que los MacWhite puedan hacerse cargo de ellas.
—Pero, majestad, esas tierras han pertenecido a nuestro clan desde siempre; no me parece justo. Mi padre entregó su vida por Escocia, como bien habéis señalado antes. ¿No merece su memoria de igual modo algún reconocimiento? El agradecimiento del rey es todo un honor, pero yo preferiría que, además, se nos concediera el beneficio de la duda.
Bruce la contempló con un brillo apreciativo en la mirada. Aquella joven era mucho más de lo que aparentaba; sus palabras rezumaban coraje y estaba claro que estaba dispuesta a luchar por su gente.
—Raymond no ha sido el único en interesarse por vuestras tierras. Incluso he recibido una misiva de vuestro primo, Neal MacWhite, solicitando que le ceda el control del clan. Ha sugerido que la mejor solución sería un matrimonio contigo. —Bruce evaluó con la mirada su reacción a tal propuesta.
Candy no se hizo de rogar.
—Él no es mi primo en verdad —siseó, consumida por la rabia que bullía en su interior al enterarse de aquella vileza por parte de Neal―. Y sería el último hombre en la tierra con el que desearía desposarme.
—Sí, ya me imaginaba algo así. Él tampoco parece teneros mucho aprecio y, por eso, rechacé su petición. No me sentiría bien conmigo mismo entregándoos a un hombre que sé que no os tratará como merecéis. —El rey hizo una pausa, tamborileando con sus dedos sobre el reposabrazos de su trono—. Por otra parte, velar por vuestro bienestar no os ha favorecido, me temo. De la noche al día, además de la de vuestro primo, os habéis granjeado la animosidad de varios clanes vecinos, como los Stewart o los MacNab. Y Murray, ya lo habéis visto, no se ha marchado de aquí muy contento.
—¿Cómo… cómo es posible?
—La causa es solo culpa mía, querida Candice. Ha sido por lo que yo he dispuesto. Mis lairds siempre quieren más: más tierras, más riquezas, más poder… Y yo no les he concedido lo que esperaban. Sin embargo, no puedo rechazar sus exigencias sin más, habida cuenta de que no están faltos de razón en sus argumentos. Estáis sola al frente del clan y todos ellos consideran que no tardaréis en llevarlo a la ruina.
Candy apretó los labios y mantuvo la compostura. Solo Dios sabía lo mucho que le estaba costando permanecer impasible ante aquella confabulación de sus "vecinos".
—Así pues —continuó el rey—, para evitar disputas entre ellos, y para evitar que cualquiera de esos lairds que codician vuestras tierras puedan dañaros en modo alguno, he decidido seguir la sugerencia de vuestro primo y he dispuesto que os caséis cuanto antes. —Ante la mirada horrorizada de Candy, Bruce se apresuró a aclarar—: No con él, por supuesto. Ya os he dicho que no lo considero digno de vos. Necesitáis un esposo fuerte y poderoso, y Neal no cumple esos requisitos todavía. No tiene experiencia en batalla y es demasiado joven. Vuestro esposo será un guerrero que pueda protegeros y velar tanto por vos como por los intereses de vuestro clan. Es la mejor solución.
Ahí estaba lo que tanto temía.
Lo que había sospechado desde que recibió la misiva del rey conminándola a comparecer ante él.
No se atrevió a expresar lo que sentía o lo que pensaba, consciente de que si el rey ya había meditado el asunto no daría marcha atrás en su decisión. No le dijo que, tal vez, si él ordenaba a sus lairds que los dejaran tranquilos, los MacWhite podrían hallar por sí mismos alguna otra solución. De todos modos, sospechaba que, aunque el monarca lo hiciera, sus vecinos desoirían el mandato y cometerían cualquier fechoría en su contra, alegando después alguna vil mentira que los exculpara a la hora de rendir cuentas.
La voz apenas le salió cuando preguntó:
—Y si no se trata de Neal, ¿habéis pensado ya en algún candidato?
—Sí. Os uniré a otra familia que también ha demostrado con creces su valía en esta época tan revuelta. Creo que es una buena solución para ambos clanes, puesto que al tiempo que ofrezco recursos a los MacWhite para sobrevivir, compenso a los Andrew por todas las pérdidas que han sufrido.
Candy palideció al escuchar el apellido que había salido de los labios de Bruce. ¿Andrew?
—Majestad, ¿los… los Andrew? —titubeó, presa de la desazón que aquella noticia le había causado.
—Supongo que no ignoráis que el laird William Andrew tiene un hijo joven, muy capaz de hacerse con el gobierno de vuestras tierras y de los pocos hombres que os quedan tras la batalla —continuó el rey, haciendo caso omiso de la débil queja de ella—. Y cuando él mismo herede el título de laird de su padre, se habrá convertido en un siervo poderoso para Escocia gracias a esta unión.
La joven guardó silencio. No sabía qué decir. Desconocía la manera de mostrarse agradecida ante aquella resolución porque no sentía nada remotamente parecido a la gratitud.
Si lo de Neal le había parecido imposible de asimilar, ese giro de los acontecimientos la había dejado muda. Su cara debió mostrar auténtica perplejidad, porque el rey frunció el ceño y preguntó:
—¿No os complace este arreglo?
Junto con el interrogante, Candy detectó cierto tono de amenaza. Tragó saliva y pensó con rapidez una réplica aceptable.
—Haré lo que vos consideréis mejor para mi clan y para mi persona, majestad.
Por la manera en que Bruce apretó los labios tras su desapasionada respuesta, supo que no estaba satisfecho. ¿Pensaba acaso que ella saltaría de alegría? ¿Que estaría feliz dejando que alguien que no la conocía en absoluto tomase una decisión tan vital en su nombre? No tenía opción, de eso era plenamente consciente. Pero no iba a mostrarse dichosa por el hecho de que el rey, alegando saber lo que era mejor para ella, hubiera decidido con quién debía casarse, a quién debía obedecer y en manos de quién dejaba las vidas de todos los que se encontraban bajo la protección del apellido MacWhite.
—Por supuesto que lo haréis —espetó Bruce al cabo de unos segundos que se hicieron eternos—. Partiréis hacia Meggernie de inmediato. Los Andrew ya han sido informados de este arreglo y desean que la boda se celebre allí. Después, podréis regresar a vuestro hogar del brazo de vuestro esposo para comenzar una feliz vida en común. Podéis retiraros.
Candy hizo una pequeña reverencia y se dio la vuelta para marcharse. No pudo evitar cogerse del brazo de Dorothy cuando llegó a su altura, aunque ninguna de las dos dijo una sola palabra hasta que estuvieron en la alcoba que les habían asignado, a salvo de oídos curiosos.
—¿Andrew's? —preguntó Dorothy nada más cerrar la puerta.
Miró a su joven señora y comprobó que le temblaban los labios. El color había abandonado su rostro y tenía la mirada perdida. Se aproximó a ella y la estrechó entre sus brazos. Candy le devolvió el abrazo buscando un consuelo que en esos momentos resultaba insuficiente.
Porque tenía el apellido Andrew clavado en su destrozado corazón.
Y porque aquella decisión del rey Robert de Bruce, sin que él fuera consciente de ello, era una auténtica ironía que la sentenciaba a una vida infeliz y desgraciada.
—Pareces un salvaje.
—¿Y qué?
—Que esa pobre chica se va a desmayar cuando te vea. Estás a tiempo. Ve a recortarte un poco el pelo y por favor… ¡aféitate de una vez!
Albert Andrew se pasó la mano por la espesa barba que cubría su rostro. Creía recordar que la última vez que se rasuró Anthony aún seguía con vida.
Anthony…
Siete meses atrás, su hermano Anthony había muerto asesinado durante el ataque que sufrieron los Andrew en su propio hogar, perpetrado por uno de sus compatriotas. Ni Albert ni su padre se hallaban en Lakewood aquel fatídico día, puesto que se encontraban en el frente al lado del rey, luchando contra los ingleses. Anthony tuvo la precaución de dar las instrucciones precisas a Rosmary para que salvara su vida, y la joven había huido antes de los invasores pudieran atraparla.
Pero él no había sobrevivido.
Albert lamentaba cada día no haber estado a su lado en aquellos momentos. No soportaba imaginar su sufrimiento antes de morir, siendo testigo de cómo asesinaban a su gente sin que pudiera evitarlo y sin saber qué suerte correría su querida hermana.
Aunque trataba de resignarse ante esa realidad que ya nadie podía cambiar, le resultaba muy difícil sobrellevar su ausencia. ¡Qué doloroso, qué frustrante no encontrar ningún tipo de alivio a su tristeza! El tiempo pasaba, pero él continuaba sintiéndose vacío. Le faltaba su mitad, su hermano gemelo, la persona que había compartido todo con él desde antes incluso de que nacieran. La soledad que se había adueñado de su alma resultaba desesperante, lo cual era un auténtico sinsentido porque, a pesar de todo, estaba rodeado de gente que lo quería y lo admiraba.
Como en ese momento.
Albert contempló el rostro indignado de su hermana mientras le echaba en cara su falta total de consideración hacia su futura esposa. Los ojos verdes de Rosmary entrecerrados eran un signo inequívoco de que el sermón no había hecho más que comenzar.
—No te alteres, en tu estado no es nada conveniente. Ewan me matará si me cree responsable de tu enfado.
—¡Es que lo eres! —exclamó ella—. No entiendo por qué has descuidado tanto tu aspecto. Eres un hombre muy apuesto, ¿a qué se debe ese empeño por ocultarlo?
Albert arrancó algunas malas hierbas de la tumba de Anthony y no contestó. Su hermana lo observó un rato, sin querer insistir hasta que terminara la tarea.
Rosmary, que ahora vivía en Innis Chonnel junto a su esposo, había viajado hasta Lakewood al enterarse de la decisión del rey Bruce de unir en matriomonio a un Andrew con una MacWhite. Lo cierto es que había echado de menos su hogar; sobre todo a su padre y al propio Albert, por lo que ambos se habían acercado hasta la tumba de Anthohy para ponerse al día, para contarse secretos como cuando eran pequeños y para recordar a la persona que más añoraban en el mundo. Su hermano había dejado un profundo vacío en sus corazones y, de alguna manera, compartir anécdotas y escenas pasadas de su niñez les reportaba paz.
Albert se había arrodillado junto a la tumba para limpiarla y adecentarla mientras Rosmary se limitaba a observar, pues su embarazo estaba siendo molesto en esos primeros meses y se mareaba con mucha facilidad. Llevaba casada con el laird de los Campbell ya casi cuatro meses, justo el tiempo aproximado que llevaba de gestación. Ewan Campbell había sido muy certero a la hora de engendrar a su primogénito, pensó Albert con fastidio. Claro que, ¿se podía esperar otra cosa de aquel guerrero cabezota e insufrible que insistía en salirse siempre con la suya? Aún le dolían los puños cuando recordaba la paliza que le había dado al enterarse de su bajeza por mancillar el honor de su hermana de la manera más ruin. ¡La hizo suya antes de estar desposados!
Sin embargo, Rosmary no podía ser más feliz. Y Ewan había resultado ser un buen hombre, a pesar de todo, por lo que al final había tenido que aceptar que así eran las cosas. La quería demasiado como para seguir disgustado por haberse visto obligado a aceptar su enlace con el Campbell a regañadientes.
—Albert…
Su querida herma le recordaba que no había contestado a su última pregunta, pero él no se inmutó. Se levantó y sacudió la tierra de sus manos.
—Puedes colocarlas —le dijo en cambio, refiriéndose a las flores que Rosmary sujetaba.
Ella depositó junto a la lápida un ramo de brezo blanco y los dos guardaron silencio tras aquel gesto, cada uno sumido en sus propios recuerdos y sentimientos.
Rosmery cogió la enorme mano de Albert y la apretó.
—¿Crees que él nos estará viendo, allá donde quiera que esté? ―preguntó con un hilo de voz, a punto de quebrarse por el llanto que contenía a duras penas.
Albert tardó en contestar. Cuando lo hizo, una triste sonrisa adornó sus palabras.
—Sí, por supuesto que sí. Por eso opino que la próxima vez, en lugar de traerle flores, deberíamos dejarle unos pastelillos de nata de esos que tanto le gustaban, y una jarra de cerveza.
Rosmary asintió y se limpió una lágrima que al final se le escapó, rebelde. No quería llorar delante de Albert, sabía que eso no haría más que aumentar el dolor que él ya sentía.
—Regresemos. Ewan ya estará preocupado por ti, se pone nervioso si te pierde de vista mucho tiempo.
—¿Te burlas de mi esposo con la intención de que me olvide del tema que estábamos tratando?
Albert suspiró, cansado.
—Me conoces demasiado bien.
—Pues no intentes zafarte entonces. Responde a mi pregunta de antes. ¿Por qué quieres presentarte como un salvaje desgreñado y barbudo delante de tu prometida?
—Mi prometida… ¡Ja! Desde luego, no lo es por mi voluntad. El rey Bruce ha sido muy listo camuflando esta obligación como recompensa por nuestros servicios.
—¿Acaso no ha sido generoso? Tu unión con Candice MacWhite añadirá nuevas tierras a las posesiones de los Andrew. Más granjas, más ganado, más soldados a vuestras tropas.
—¿Vuestras tropas? ¿Ya no te incluyes, ya no te consideras Andrew? —preguntó Albert, levantando una de sus cejas rubias.
Rosmary, que caminaba cogida de su brazo, se lo pellizcó como primera respuesta a su pregunta. Luego, le dijo de viva voz la que su hermano deseaba oír.
—Jamás he dejado de ser Andrew, lo sabes tan bien como yo. Pero ahora soy también Campbell… De hecho, soy más Campbell, por más que te pese.
—No, de eso nada.
Rosmary esbozó una amplia sonrisa tras su firme aseveración. Allí, a solas con él, podía consentirle que la acaparara de aquel modo. Si quería que fuera Andrew, lo sería por entero para él. Aunque luego, en cuanto Ewan estuviera a su lado, su otra mitad Campbell hiciera acto de presencia.
—Entonces, ¿tanto te disgusta lo que el rey ha dispuesto?
Albert resopló al darse cuenta de que Rosmary no iba a darse por vencida con aquel tema. Cuando a su hermana se le metía algo en la cabeza resultaba implacable, por muchos rodeos que él pretendiera dar para eludir la cuestión.
—Hacerme cargo del clan MacWhite casándome con la única hija de su fallecido laird no es lo que yo planeaba para mi futuro, en verdad. Cierto que tienen tierras, granjas y ganado que se anexarán a las nuestras, pero, según tengo entendido, todo está muy abandonado desde que comenzó la guerra contra los ingleses. Hay mucho trabajo que hacer… que yo tendré que hacer si quiero que todo lo que se me lega con este matrimonio forzado sea rentable. Eso, sin contar con las vidas que pondrán bajo mi protección y de las que seré responsable. No los conozco tan bien como conozco a los Andrew, Rosmary.
—Bueno, tendrás a Candice a tu lado para que te ayude con eso. ¿O es que no piensas tener en cuenta su opinión?
—Candice…
Albert había susurrado su nombre con una especie de gruñido y Rosmary se sorprendió. Se dio cuenta de que la reticencia de su hermano era más compleja de lo que expresaban sus palabras.
—Nunca has sido de los que rechazan el trabajo duro y los retos. Así que eso me hace sospechar que hay algo más en todo este asunto que te molesta, aparte del hecho de tener que hacerte cargo de un clan debilitado y cuyas finanzas son ruinosas después de la guerra.
—Eres muy pesada, ¿lo sabías?
—Pero me adoras. Así que no vuelvas a cambiar de tema y dime de una vez lo que te preocupa.
Albert volvió a gruñir y dejó que su vista se perdiera en el paisaje y en las brillantes aguas del río Lyon, que serpenteaba a los pies de las verdes colinas que se levantaban detrás del castillo de Lakewood.
Rosmary le concedió espacio para que pensara la mejor manera de contar lo que le bullía dentro, porque lo conocía demasiado bien. Si se tratara de Anthony no habría tenido ningún problema en conseguir que su hermano le confesara sus temores o preocupaciones. Sin embargo, Albert era distinto; era muy reservado. Se guardaba muy adentro sus sentimientos y en contadas ocasiones dejaba que aflorasen a la superficie. Tal vez ella era la única en lograr que se abriera un poco, y no siempre lo conseguía. Confiaba en que en esa ocasión Albert estuviera dispuesto a hablar, aunque era consciente de que saldrían muy pocas palabras de sus labios y a ella le correspondería intentar descifrar lo que escondían, porque no iban a resultar esclarecedoras.
Tal vez por eso se sorprendió cuando al fin habló y lo hizo de aquel modo tan descarnado.
—Me preocupa no poder vivir un amor como el que vivieron nuestros padres, o como el tuyo, Rosmary. Veo cómo miras a Ewan y cómo te mira él a ti. Nunca imaginé cómo sería mi futuro, aunque ahora que ese futuro me ha alcanzado sin que yo pueda remediarlo me doy cuenta de que, en el fondo, siempre he deseado un matrimonio feliz. Y con este arreglo que el rey Bruce ha tenido a bien resolver, dudo mucho que lo consiga.
Rosmary se detuvo bruscamente y tiró del brazo de su hermano para que la mirara.
—¿Por qué dices eso?
—¿No pensarías tú lo mismo si te obligaran a casarte con un desconocido?
—Bueno, Candice MacWhite no es una completa desconocida, Albert. Siempre me ha dado la impresión de que era demasiado tímida y poca cosa, pero al menos sabemos que es una muchacha gentil y buena. Y, quién sabe, tal vez termines enamorándote de ella como un loco… y ella de ti. Claro está, si adecentas tu aspecto antes de que se presente aquí para la boda.
Los ojos azules de Albert se oscurecieron y una extraña sombra cruzó por su rostro antes de contestar.
—Eso no ocurrirá.
—No puedes saberlo —insistió Rosmary—. Si te esfuerzas en ser amable, si no te muestras ante ella con este aspecto de salvaje, si dejas que llegue a conocerte tan bien como te conozco yo…
—Olvídalo —la cortó Albert, elevando el tono para sorpresa de ambos. Después respiró hondo y trató de recuperar el dominio de sí mismo—. Ella jamás me amará.
El corazón de Rosmary se encogió de angustia por su hermano al ver el caos de emociones que arrasó su expresión durante unos segundos. Lo observó marchar hacia el castillo con paso furioso, sin esperarla, sumido en sus turbulentas reflexiones. ¿Qué demonios había sucedido? Aquella explosión de sentimientos la había cogido desprevenida tratándose de él. ¿Quién iba a pensar que Albert tuviera un corazón propenso al romanticismo? En un hombre como él resultaba inesperado y un tanto absurdo.
Ella siempre lo había visto como el más pragmático de los tres. Anthony y ella eran sentimentales, algo ñoños, incluso. Pero Albert jamás había demostrado tendencia a la sensiblería.
Desde que supo del matrimonio concertado que el rey Bruce había ordenado entre Andrew y MacWhite, Rosmary supo que su hermano haría todo lo que estuviera en su mano para complacer a su rey y cumplir con su obligación.
Ese era Albert.
Se desposaría con la muchacha MacWhite y la trataría bien, porque él era noble y no se desviaba del camino que los demás esperaban que siguiera. Rosmary confiaba en que tendría una vida tranquila y que Candice le daría hijos sanos y fuertes. Albert se haría con las riendas del clan de su esposa y volvería a ser próspero. Y cuando William Andrew ya no pudiera liderar a su propia gente, Albert asumiría también su cargo de laird y sería un hombre poderoso y respetado.
Pero claro, eso había sido en su imaginación.
Nunca había pensado en lo que sentiría Albert al verse abocado a un destino que otros habían diseñado para él. Jamás hubiera sospechado que su hermano ansiara enamorarse y ser correspondido. Y nunca, nunca, hubiera creído que él se diera por vencido y no luchara por intentar encontrar en la que iba a ser su esposa aquello que al parecer anhelaba. ¿Acaso dudaba de su propia valía? ¿Por qué creía que Candice no podría llegar a amarlo? Era una auténtica estupidez, Albert era un hombre increíble y no lo pensaba solo porque fuera su hermana y lo adorara. Había oído hablar a las sirvientas y algunas de sus amigas también se lo habían dejado claro: Albert Andrew era deseado por las mujeres, tanto por su atractivo aspecto (siempre y cuando se aseara de una dichosa vez la horrorosa barba y el pelo desgreñado), como por sus valores y su gran corazón.
Y si él no estaba dispuesto a mostrárselo a su futura esposa, ya se encargaría ella de convencerlo para que cambiara de opinión.
CONTINUARA
La batalla de Bannockburn:
(en gaélico escocés: Blàr Allt a' Bhonnaich), llevada a cabo entre el 23 y el 24 de junio de 1314, fue una trascendental victoria escocesa contra los ingleses en las Guerras de independencia de Escocia.
