¡Hola a todos! Quiero agradecer los reviews, follows y favs que le dieron al capítulo anterior. Recuerden que escritores felices = más actualizaciones :D

Gracias por leer~


NIGHTMARES OF GOD


VI

Punisher removió una cosa desagradable sobre el suelo cubierto de tierra y hojas secas. Tras mirar aquella cosa un momento, se inclinó y la recogió. La examinó, moviéndola entre sus manos y luego acercándola a su rostro. Era una camiseta negra de tela ajustable, grande como para haberle pertenecido a alguien bastante alto y con una importante masa corporal. El olor de sangre seca y podrida era para Punisher claro como luz matinal y familiar como las palmas de sus manos. Separó la camisa de su rostro y levantó los ojos para mirar hacia sus alrededores. Tiró la camiseta al suelo y entonces empezó a rebuscar entre la tierra, señales, huellas. Tobitaka era un experto rastreador.

Había sido un par de días después cuando el ataque en Smolensk había estallado, y Tobitaka se encontraba aún a varios kilómetros de la ciudad, detenido en un claro cercano al río Moscova en donde había hallado una pequeña cabaña destartalada que todavía hedía a vida humana. Sábanas removidas en la habitación, la silla colocada frente a la ventana. Afuera había un fuego apagado que Tobitaka sabía que no tenía demasiado tiempo de haber sido usado, una cacerola grande encima, y cerca de ahí los restos revueltos de los huesos de algún animal pequeño, probablemente un conejo, que ya habían sido encontrados y esparcidos por algún otro animal. Había a un lado de la cabaña una mesa con dos sillas, y las huellas de tierra que encontró dentro también correspondían a las de dos personas. Una parecía bastante pequeña, probablemente una mujer, la otra, por otro lado, calzaba unas botas que atestiguaban una altura descomunal. Tobitaka había estudiado las huellas grandes que se esparcían por los alrededores de la cabaña y había comprobado que el peso de esta persona parecía ser similar al de aquella cuyas huellas había encontrado primeramente en Moscú.

Evidentemente, estaba siguiendo el rastro de la misma persona. Ésta, junto con su acompañante, eventualmente se había dirigido a la carretera y por ahí el rastro se había detenido. Debían haber sido recogidos por algún automóvil. Determinar su destino habría sido cercano a imposible para Tobitaka, pero entonces una llamada había llegado a su teléfono satelital, el cual tenía una señal especial que funcionaba prácticamente en cualquier lugar del mundo, incluyendo la mitad de una carretera en medio de la nada, y uno de sus informantes le había avisado de lo que estaba ocurriendo en Smolensk.

Smolensk. La ciudad pasaría a ser un hervidero de pistas que para Tobitaka era estúpidamente sencillo seguir. Había conseguido la descripción de las dos personas porque ambos habían estado recorriendo varios hostales de la ciudad en búsqueda de empleo, pero al parecer se retiraron siempre de todos en el momento en el que se les pedía una identificación. Por otro lado, algunos testigos habían dado sus mismas descripciones cuando hablaron de dos personas que, cuando el extraño ataque de Sujeto Smolensk se había desatado, en lugar de huir del lugar habían corrido hacia él, a una velocidad que a los testigos no les había parecido humana.

Tobitaka tenía todo lo que necesitaba. Rastrearlos hasta Minsk casi había sido un juego de niños. Los encontró refugiándose en un parque de la ciudad, sin preocuparse demasiado por ocultarse de las miradas indiscretas pues evidentemente no sospechaban que hubiese nadie que pudiese reconocerlos. Tobitaka incluso había pasado cerca de ellos en algún momento, mirándolos de manera disimulada, sin que ninguno de los dos percibiera en lo absoluto su anormal interés en ellos. Cuando los dos se habían retirado del parque, más tarde, Tobitaka les había seguido hasta el mercado de la ciudad. Ingresó junto con ellos al lugar, invisible entre el gentío, y observó divertido como el tipo rubio que él había pensado que sería una mujer se iba metiendo cosas robadas debajo del abrigo. Era evidente que aún no habían podido conseguir un empleo.

Para cuando salieron, Tobitaka los miró sentarse en una banca de un parque cercano y, seguro de que permanecerían ahí por un rato, decidió irse a buscar algo para desayunar él también. Cuando regresó, ellos efectivamente seguían ahí. Tobitaka encendió un cigarro. Apenas exhaló la primera bocanada, vio como el tipo rubio arrugaba la nariz y luego empezaba a aspirar como si olfateara algo en particular, como si su sentido del olfato fuese algo mucho más significativo que el inútil olfato corriente humano. Tobitaka observó con cuidado sus labios, sondeando las palabras que pronunciaran.

"¿Hueles eso?"

"¿Qué cosa?"

"Ah, quizá no es nada, es sólo que pensé que me olía a algo familiar".

Tobitaka miró su cigarro. También había estado fumándolos cerca del parque, así que tomó el que tenía entre sus dedos y estrelló la punta contra la pared detrás de la cual estaba escondiéndose. Tobitaka no sabía si estos dos individuos eran súper humanos o qué mierda, lo único que le quedaba claro era que ninguno de los dos había recibido un entrenamiento militar especializado. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a ser rastreado, eran descuidados y estaban tan tranquilos que al parecer tampoco pensaban que hubiese nadie que tuviese algún motivo para estarles buscando. Lo que era extraño, considerando que los dos habían sido perseguidos por el ejército ruso, habiendo logrado escaparse por poco. Tal vez pensaban que se habían alejado del peligro lo suficiente. O tal vez pensaban que nadie sería capaz de reconocerles.

O tal vez simplemente eran idiotas.

Había también una cuarta posibilidad, pero Tobitaka no estaba contando con ella. Esa posibilidad era que fuesen tan endiabladamente fuertes que no hallasen motivo para preocuparse de ser perseguidos, sin embargo, el hecho de que hubiesen huido del ejército desmontaba un poco esa teoría. Un hombre como Endou Mamoru, por ejemplo, no habría huido de ningún patético grupillo militar.

Así que Tobitaka se iba más por la conclusión de que eran idiotas. De cualquier forma, evitó encender otro cigarro.

A la hora del almuerzo, Tobitaka los siguió hasta la plaza de la independencia, donde los dos, o el rubio más que nada, parecía estar haciendo labor de turista, mirando cada cosa y señalando cada edificio, hablando animadamente sobre ellos como si supiera mucho a su respecto. Tobitaka se puso a masticar un chicle de tabaco, maldiciendo internamente su imposibilidad de fumar. Tras un rato, caminó en dirección a los dos. Antes de llegar a ellos, se puso de espaldas y fingió tomar una fotografía a la Iglesia Roja que se levantaba a un costado de la plaza. Dio algunos pasos hacia atrás, haciendo como que intentaba enmarcar su foto, y terminó golpeando de manera nada accidental a Saginuma Osamu.

—Oh, lo lamento —dijo, sonriéndoles y con una mano en la cabeza—. Estaba intentando tomar una foto, lo siento.

—No te preocupes —la voz de Saginuma Osamu era grave y pesada como plomo. Tobi, pudiendo ver ahora sus ojos de cerca, confirmó lo que muchos testigos le habían dicho antes. Sus ojos eran completamente negros con excepción de esas dos pupilas color lava que centelleaban en medio como los ojos de un animal. Tobitaka Seiya sonrió.

—¿Son lentes de contacto esos que traes? —inquirió, volteándose ahora en dirección a los otros dos e iniciando una conversación con ellos, con toda la intención de invitarlos a comer y observarlos más de cerca. Como eran idiotas, Tobitaka sabía que aceptarían.


VII

—Acabo de comprarte unos zapatos preciosos de una famosísima marca japonesa. Van a encantarte, te lo prome… ¿eh? ¿Captain? Pues lo dejamos con su "amiga". Sí, la de dieciséis años… sí, sí, también está su papá, no te preocupes… no tengo idea, es muy extraño, pero nos puso eso como condición así que no quedó de otra… ya sé. Sí, estoy con Gazelle y Black Widow —Hiroto lanzó una mirada hacia atrás, hacia los recién aludidos. Los dos le miraban con cara de fastidio. Touko estaba cargando una de sus bolsas y Suzuno tres. Si no fuese porque Suzuno era en realidad demasiado decente y no le gustaba tirar a la basura cosas que habían costado dinero, hacía mucho que habría abandonado las estúpidas compras de Hiroto en cualquier lado. Aún no podía creer que hubiese sido engañado para terminar cargándolas, en primer lugar—. ¿Qué dices? ¿Le llevo algo a Burn? Sí, tienes toda la razón, ¿qué le gustará? Oye, Gaz, ¿qué cosas le gustan a Burn?

La vena de ira en la frente de Gazelle debería haberse podido ver desde Hokkaido.

—Vuelves a decirme Gaz y te parto la cara, Grandman —espetó. Hiroto soltó una risita y siguió hablando con su secretario. Llevaban alrededor de veinte minutos platicando sin parar. Finalmente cortó la llamada y se dirigieron al área de comida del centro comercial para comer.

—No estés de tan mal humor, Zelle, por lo que nos dijeron Captain saldrá pronto y Tobi me dijo que ya tiene gente rastreando a Tokio. Dicen que arribó ayer a la costa.

—¿Cuál es tu problema con decir las palabras completas? —reclamó nuevamente el agente. Touko no pudo reprimir una sonrisa en sus labios, divertida ante la evidente animadversión que su amigo profesaba por el empresario. Hiroto se encogió de hombros y luego les dijo que les invitaría a comer. Darle comida a Gazelle siempre era una buena manera de ponerlo en su lado bueno, eso se lo sabía todo el mundo.

Claro que el lado bueno de Gazelle no era precisamente mucho mejor que su lado malo.

Así que se sentaron por ahí, dejando las compras en el suelo y Hiroto le extendió su tarjeta de crédito al agente peliplata. Este la miró un momento con cuestionamiento, pero entonces la tomó y se levantó.

—Vamos, Touko —dijo, y pronto los dos agentes desaparecieron entre el mar de mesas, mientras Hiroto escribía rápidamente en su teléfono.

"Aquí no hay novedades", le llegó la respuesta de Kidou, con quien estaba comunicándose en ese momento. Hiroto le respondió algo antes de abrir otra conversación, una con un número privado que no se registraba en el teléfono. Punisher.

"Estoy en medio de la nada siguiendo el rastro de un gigante y de una mujer, aparentemente", le había escrito el hombre. Hiroto levantó las cejas.

"¿Son dos?"

"Efectivamente. Son dos. De Moscú sólo salió uno, el gigante, la mujer pareció unírsele más adelante. Hay una ligera posibilidad de que él la haya atacado, porque el peso de las huellas que encontré desde el bosque hasta la cabaña en la que estoy es más que el peso normal del gigante, como si estuviese cargando a la mujer inconsciente".

"Mierda".

"Pero no hay señales de violencia en la cabaña".

"Más mierda".

"Efectivamente, por eso digo que la posibilidad del ataque es pequeña".

Hiroto se tocó los labios con un dedo índice, dándose golpecitos. Seguía intercambiando mensajes con Punisher cuando Gazelle y Black Widow regresaron con unas bandejas de comida, una de las cuales le dieron a él junto con el retorno de su tarjeta de crédito.

—Me compré lo más caro que vi —dijo Fuusuke como si sólo para dejar en claro que seguía odiando a Hiroto. El pelirrojo sonrió, mirando a su teléfono y guardando su tarjeta distraídamente, como si cualquier cosa. Touko empezó a comer con tranquilidad. Había televisores en el área de restaurantes y los ojos azules de los dos agentes se distrajeron en ellos por un rato. De pronto, Zaizen dio un manotazo sobre la mesa.

—¡Mierda! ¡Grandman, mira esto!

Un dame un momento de Tobitaka figuraba en su teléfono. Cuando Hiroto levantó la mirada, ya tenía una idea bastante buena de qué esperarse.

Un tipo gigante, al que posteriormente se le denominaría Sujeto Smolensk, había llegado a esa ciudad y, muy al estilo de Sujeto Tokio, había iniciado una serie de explosiones descomunales utilizando una extraña energía roja que se desprendía de su cuerpo y hacía explotar todo lo que tocaba. El tipo era grande, musculoso, de piel morena, ojos rojos y cabello castaño ondulado que le llegaba hasta por debajo de los hombros. Se le había captado en grabaciones iniciales hechas por algunos curiosos que le habían visto detenerse en medio de la calle más transitada de Smolensk, interrumpiendo el tráfico. En esas grabaciones que habían logrado llegar a la red antes de que el caos se desatara, se le miraba ahí de pie, tranquilamente mientras los automóviles hacían a sus cláxones estallar enfurecidos. Alguna gente le insultaba y él simplemente sonreía. Había muy pocas grabaciones que mostraran la destrucción que había iniciado posteriormente, porque su crueldad era tan grande que todo el mundo había huido, aterrorizado, y ni los noticieros habían podido reportar algo. Los pocos idiotas que lo habían intentado habían sido despedazados en segundos. Smolensk, a diferencia de Tokio, no tenía a un Endou Mamoru que saliera a lidiar con esta amenaza. Sin embargo, eventualmente sujeto Smolensk había escapado y nadie había sabido por qué. Para cuando el ejército ruso llegó, no habían podido detenerlo. No se había dado más información de lo que había sucedido.

Hiroto, Touko y Fuusuke fueron esa misma tarde a hablar nuevamente con Endou, para saber su opinión.

—Esa energía roja es como la de Tokio —dijo él simplemente, mirando las grabaciones presentadas a él con expresión aburrida. Hiroto asintió y alejó la Tablet de él, mirando él también las imágenes transmitidas, aunque ya las había mirado un millón de veces—. Parece que tenías razón, Kira, felicidades.

Hiroto le miró. El Capitán sonaba excesivamente irónico. Hiroto sonrió de cualquier modo.

—Gracias. Tengo a un hombre ahí que hará todas las averiguaciones pertinentes. Encontraremos a estos tipos.

—Y los voy a aplastar como cucarachas —dijo Mamoru, y sonrió, mirando hacia otro lado, como si estuviese imaginándose la sangre de los Sujetos Tokio y Smolensk corriendo por sus manos y esa idea verdaderamente le entusiasmara. Hiroto asintió, observándolo.

—Los vamos a aplastar como cucarachas —dijo. No pudo esconder el fuerte rencor en su voz, el odio que sentía hacia el grupo que también era responsable de la muerte de su padre. Endou le miró. Y le sonrió. Como si diera reconocimiento a su odio.

Touko y Fuusuke se miraron, probablemente algo alarmados por ese extraño momento de conexión que había habido entre esos dos degenerados.


VIII

—Les presento a Hany Bany —dijo Tobitaka, con las manos extendidas hacia el bar al que acababan de llegar. A Aphrodi se le iluminó la cara y le miró como si fuese la octava maravilla del mundo. Osamu simplemente miró al lugar con su expresión indescifrable. Encerradas en un óvalo, justo a la entrada, estaban escritas las palabras "We are all mad here". Osamu reprimió el impulso de levantar una ceja ante el anuncio e ingresaron. Sólo llegar, las personas de una mesa les saludaron y les ofrecieron sentarse con ellos, ya que el bar era pequeño y estaba lleno a rebosar, siendo las únicas sillas vacías las que los otros clientes estaban ofreciéndoles en su mesa. Tobitaka aceptó con gusto y los otros dos le siguieron. El bar tenía un aire acogedor, aunque lleno de humo de cigarro y con dibujos de conejos estrambóticos pintados en blanco sobre las paredes oscuras. Los tres recibieron menús, y un par de chicos empezaron a hacerle plática rápidamente a Aphrodi, quien, si se era honesto, podía pasar por una mujer gran parte del tiempo, con su complexión menuda, su cabello largo y sus facciones extremadamente delicadas. Osamu vigilaba con cuidado las palabras de los dos tipos, en ruso rápido, y no pasó por alto cuando uno de ellos ofreció comprarle un coctel.

—Chicos, miren, hay sushi —dijo Tobitaka, interrumpiendo las ansias de asesinato que Desarm comenzó a sentir hacia los tipos. Tobitaka estaba sentado de primero, junto a uno de los otros comensales, después Aphrodi, en medio, y por último Desarm, al final de la mesa. Aphrodi y Desarm miraron la parte del menú que Tobitaka les indicaba, donde se ofrecía una variedad de rollos de sushi. Lo que parecía completamente extraño en un bar. Pero Desarm supuso que tenía sentido que un bar con temática de Alicia en el País de las Maravillas hiciera cosas que no tenían mucho sentido—. Pidan lo que quieran, recuerden que yo invito. Y no aceptaré un no.

—Yo tampoco aceptaré un no —insistió el tipo que le había ofrecido el coctel a Aphrodi, y éste se volteó hacia Desarm.

—Desarm, ¿qué dices?

—¿De qué?

—Del coctel.

El tipo conquistador recién miró a Desarm, como si acabase de notarle, y evidentemente su cabeza empezó a sumar dos más dos.

—Oh, oh, lo siento, no sabía que… perdona.

El tipo se volteó a hablar con el que tenía a su derecha con aire nervioso. Estaba claro que en otras circunstancias quizá no le habría importado coquetear con una chica que tenía novio, pero cuando el novio estaba presente y para colmo era alguien que lucía como Desarm, sólo un idiota habría insistido.

—Voy a pedir una ronda de cervezas para los tres —dijo Tobitaka, haciéndose al que no se había dado cuenta de lo que acababa de pasar—. La Alivaryia es una joya bielorrusa y seguro que no la han probado.

Obviamente, ni Desarm ni Aphrodi sabían que lo que Tobitaka quería realmente era emborracharlos.

A Aphrodi le tomó dos cervezas empezar a reír como tonto y a brindar con todos con una alegría simplona. Desarm le miraba con un poco de vergüenza, no sabiendo cómo lidiar con un Aphrodi borracho. Tobitaka, que ya se había tomado como cuatro cervezas, hablaba efusivamente con el resto de los comensales y se reía con estruendo. Desarm por su lado se había tomado ya tres cervezas, todas prácticamente obligadas por Tobitaka, y unos cuantos chupitos. Con todo, seguía sereno como si acabara de tomarse nada más que una taza de café. Evidentemente, a su cuerpo gigante iba a tomar muchísimo alcohol hacerle algo, si es que era siquiera posible.

—Oh, Desarm, acompáñame al baño —pidió Aphrodi en algún momento, y el pelinegro se levantó, ayudando a Aphrodi a ponerse de pie y a caminar hacia el baño. Todos miraron con extrañeza como ambos entraban al baño de hombres.

Tobitaka pagó la cuenta a eso de las siete, después de como cinco horas de estar en el bar. Desarm seguía estúpidamente sereno y Aphrodi se sostenía insistentemente de su enorme brazo para poder mantenerse en pie.

—¡Adiós! ¡Que Asgard esté con vosotros! —exclamó Aphrodi antes de salir. Todos se lo tomaron a risa. Tobitaka y Desarm le miraron como si hubiese enloquecido.

Una vez afuera, Tobitaka se metió un chicle de tabaco a la boca y le ofreció uno a Desarm, pero éste se negó.

—Oye, estoy quedándome en un apartamento cerca de aquí. Podemos ir para que descansen y no tengas que llevarte a Aphrodi así. Hay suficiente espacio.

Desarm miró al rubio. Después asintió. Entonces se encaminaron hacia dicho lugar.

Cuando llegaron, Tobitaka tiró sus cosas por ahí y le ofreció a Desarm sentarse con Aphrodi en el mueble grande que había en la salita, el cual era ancho y cómodo. Desarm se sentó, acomodando al rubio a su lado, y Aphrodi, como si eso hubiese sido una señal, se abrazó a él, cerró los ojos y se quedó inmediatamente dormido. El joven científico ruso no sabía ni en dónde guardar la cara, avergonzado de estar en esa situación frente al otro. Tobitaka rio un poco.

—Tú y Aphrodi son cercanos, ¿eh?

—Al-algo así —replicó, volteando el rostro para no tener que verle directamente. Tobitaka sonrió. Entonces sacó un cigarro. Prendió el encendedor y lo encendió. Cuando exhaló, Desarm se le quedó viendo.

Ese aroma…

—Desarm, necesito hablar de algo contigo. Hubiese preferido que estuvieses en un estado más… flexible, pero bueno, no sé cuánto alcohol habría tenido que darte para lograr eso.

El pelinegro frunció el ceño. Se dio cuenta de que Tobitaka estaba bastante fresco, y su acto de borracho en el bar probablemente había sido precisamente eso, un acto.

—¿Quién eres?

—Tobitaka Seiya, o conocido por algunos como The Punisher.

Desarm, por mero instinto, rodeó protectoramente a Aphrodi de la cintura con un brazo. Miró al otro con el ceño fruncido y con seriedad. Seiya exhaló un poco de humo.

—Has estado siguiéndonos.

—Efectivamente, y ustedes son estúpidamente fáciles de seguir, ¿sabías eso? —volvió a aspirar y a exhalar. Miró a Desarm con atención—. Mira, yo sé un poco de personas. Sé cuándo alguien es un asesino sin escrúpulos y también sé cuándo alguien está completamente aterrorizado. Y tu caso es el segundo, ¿no es así?

Desarm no respondió. El aroma del cigarro, de pronto concibió que lo venía sintiendo un sinfín de veces desde hace días, y era un idiota por no haberse dado cuenta antes.

—No quiero hacerles daño, Desarm, y aunque quisiera es probable que no pudiese, ¿verdad? ¿Quién eres tú realmente? ¿Por qué tienes esos ojos negros? ¿Y qué son ese arco y esa armadura que andan cargando por todos lados?

Volvió a llevarse el cigarro a los labios y entonces calló, esperando por su respuesta. Desarm desvió la mirada. Se relajó un poco. Recordaba haber escuchado hablar de Punisher en alguna ocasión, un tipo experto en espionaje y en manejo de armas. Con una pistola en la mano Punisher podía hacer maravillas, e incluso probablemente también sin una. Era también experto en combate cuerpo a cuerpo y tenía la suficiente experiencia como para enfrentarse hasta al tipo más hábil.

Con todo, Tobitaka solo no podía ganarles a Osamu y a Aphrodi, y parecía estar consciente de ello. Básicamente, se había puesto a sí mismo en una situación de desventaja. Y probablemente había sido muy a propósito, puesto que lo que estaba dándoles a entender era que realmente no tenían nada de qué preocuparse.

Volvió a levantar los ojos, mirando al otro. Tenía el cabello color ciruela, los ojos negros, la piel aceitunada. Estaba sentado tranquilamente en una silla giratoria, mirándole con expresión curiosa y con el cigarro pegándose y despegándose de sus labios constantemente.

Desarm miró un momento a Aphrodi, quien parecía estar profundamente dormido. Frunció el ceño con ligereza y regresó la vista al otro hombre.

—No puedo responder una sola de tus preguntas. Ni aunque quisiera.

Tobitaka le miraba con una mirada profunda y penetrante, una que probablemente erizaría la piel entera de mejores hombres que él. Cuando los ojos negros se desviaron un momento para ver la punta consumida de su cigarro, instándole a darle unos golpecitos al filtro con el pulgar para hacer a las cenizas caer al suelo, evidentemente no muy preocupado por conservar la pulcritud del apartamento, Desarm casi se sintió aliviado, confortado de que esos ojos dejaran de taladrarle con tanta insistencia por al menos unos instantes.

—Sé cosas sobre ti, Desarm. O al menos las sospecho. ¿El nombre Saginuma Osamu te dice algo?

Dichas esas palabras, Desarm le miró con total desconcierto, y la mano que tenía libre, no rodeando a Aphrodi, se encrespó fuertemente sobre el mueble. Si la tela no se rompió, era sólo porque era holgada y maleable, lo que hacía al mueble tan confortable. Y Desarm, si Aphrodi no hubiese estado aferrado a él en ese momento, quizá se habría puesto de pie de golpe y habría, quién sabe, intentado moler a Punisher a golpes, porque no entendía, no comprendía como él podía conocer ese nombre desgraciado.

—Punisher —los ojos negros volvían a estar sobre él. Seiya volvía a expulsar aire gris y ponzoñoso de sus pulmones agraviados, y no había cambiado de expresión, como si no notara lo que había dicho, o el efecto que sus palabras habían tenido. Como si el mundo siguiera perfectamente igual, o no se estuviese hablando de temas peligrosos en esa habitación. Osamu hacía lo posible por relajarse, por no temblar. Pero escuchar su propio nombre expelido de esos labios filosos le había provocado un miedo que no sabía que albergaba.

No sabía cuánto miedo ya tenía de su propio nombre.

Cuánto miedo Desarm tenía de sí mismo.

—¿Qué es lo que quieres? —terminó por inquirir, bajando la mirada, no pudiendo más con esos ojos negros y lacerantes. Desarm podía considerarse a sí mismo un monstruo, pero la verdad era que, aunque él mismo no lo supiera, en el fondo seguía siendo el joven gentil, inteligente y pacífico que siempre había sido. Pero también había partes de él, en el mismo lugar en el que Saginuma Osamu estaba, que eran de Desarm. En el fondo era tanto Osamu como era Desarm, tanto un joven científico justiciero y soñador como un monstruo vicioso y sin control.

Lo que él temía, no sabía qué era. Si temía seguir siendo Osamu, cuando en realidad era Desarm, o si temía ser Desarm, cuando en realidad era Osamu.

Tobitaka le contemplaba, y le contemplaba, le estudiaba, le medía. Volvió a golpetear el filtro de su cigarro y luego volvió a mirar al monstruo.

—Hablemos de algo mucho más interesante, ¿qué es lo que quieres tú? —preguntó. Osamu levantó los ojos. Frunció el ceño y entonces miró hacia afuera, por la ventana de la habitación que estaba semi abierta, intentando mantener el frío afuera mientras servía como ventilación para el humo de Tobitaka.

—Quiero ir a Madrid —dijo con simpleza, como si no pudiera pensar en ninguna cosa más. Ninguna cosa más que Saginuma Osamu quisiera, porque, ¿qué más iba a querer? Sí, claro, revertir las cosas, borrar todo lo que había pasado en el último año de su vida, pero eso no se podía. Así que lo más simple era sencillamente eso: irse a Madrid.

—¿Madrid? ¿Y qué hay en Madrid?

—Me temo que eso no es de tu incumbencia —dijo suavemente, gentilmente. Osamu era así, tan tranquilo y tan apaciguado aún frente a alguien que le hacía sentirse amenazado. Devolvió la mirada a él—. ¿Y tú?

—Quiero información —soltó finalmente el otro, con facilidad. Osamu le miró en silencio—. Dices que no puedes responderme las preguntas que te he hecho ni aunque quisieras. Y entonces, ¿qué clase de preguntas puedes responderme? ¿Puedes decirme sobre lo que sucedió en Smolensk? ¿Puedes decirme quién es Saginuma Osamu?

Osamu le observó un momento.

¿Acaso Tobitaka no lo sabía?

—Saginuma Osamu está muerto —aventuró, esperando su reacción. Pero no hubo ninguna. Tobitaka no cambiaba su expresión sin importar lo que se dijera. Lucía tan relajado como al principio.

—¿Lo mataste tú? —inquirió, antes de volver a llevarse el filtro del cigarro a la boca. Osamu desvió solo un momento los ojos.

—Sí.

—¿Por qué?

Silencio.

—Él estaba en el laboratorio donde me encerraron. Ahí lo mataron…

¿Lo mataron? Creí que dijiste que lo habías asesinado tú.

Osamu suspiró.

—Tal vez fui yo. No lo sé. Pero fue culpa de ellos. Ellos lo mataron.

Miró nuevamente hacia afuera. Su rostro, a diferencia del de Tobitaka, no podía esconder las cosas bien. La pena y aflicción en su expresión eran ostentosas, evidentes, ni se esforzaban por disimularse.

—¿Te llevaron a ese laboratorio en contra de tu voluntad? ¿Al que estaba oculto en Losiny Ostrov?

Osamu volvió a mirarle, evidentemente sorprendido ante la cantidad de cosas que Tobitaka sabía. Supuso que no por nada tenía la fama que tenía.

—Sí, a ese —susurró, frunciendo más el ceño como si ya no supiese ni él mismo si estaba diciendo la verdad—. Eso creo —completó. Tobitaka hizo una suave mueca con los labios.

—Realmente no sabes mucho, ¿no es así?

Desarm negó con la cabeza.

—Por eso te he dicho que no puedo responder tus preguntas, ni aunque quisiera.

Tobitaka asintió como con comprensión.

—¿Y Smolensk?

Desarm desvió el rostro.

—No recuerdo mucho.

—Tú y Aphrodi fueron a enfrentarse al tipo ese, ¿no es así? Eso quiere decir que ninguno de ustedes dos son personas normales. Porque dos personas normales habrían huido igual que todos los demás. Y no solo eso, de todos los que se intentaron quedar cerca al tipo cuando estaba atacando, ustedes dos son los únicos que siguen vivos. ¿Qué pasó ahí?

Desarm lanzó una mirada inconscientemente al joven dios junto a él. Luego volvió a levantar la mirada. La severidad en los ojos de Tobitaka se había desvanecido un poco, haciendo más fácil mirarle y hablarle.

—Me encontré a Aphrodi cuando estaba huyendo de Moscú, en medio del bosque, con esa armadura y esas armas, inconsciente y herido. No creí que sobreviviría porque tenía heridas graves, pero cuidé de él y terminó recuperándose.

Los ojos negros de Tobitaka se dirigieron rápidamente al rubio. Era claro lo que su mente estaba pensando: que aquello que Desarm le relataba tenía muy poco tiempo de haber pasado, y si Aphrodi había estado así de lastimado debería haber al menos un vestigio de ello en su cuerpo. Alguna cicatriz. Algún dolor. Alguna debilidad. Pero no era así, al menos hasta lo que sus ojos alcanzaban a ver.

—¿Y entonces?

—Entonces fuimos a Smolensk. No teníamos mucho de haber llegado cuando ocurrió aquel ataque. Aphrodi tomó su arco y flechas y se fue en la dirección del ataque como si fuese lo normal… yo tuve que seguirlo, porque me preocupaba por él. Nos encontramos a un tipo y… y entonces no estoy seguro de lo que pasó. Yo luché con él, pero quedé inconsciente. Cuando volví a despertar, el tipo se había ido. Entonces llegó el ejército y tuvimos que huir de ahí, porque estaban apuntándonos a nosotros.

Tobitaka suspiró, no precisamente con exasperación, sino con resignación, como notando lo complicado que era todo, y sobre todo el hecho de que incluso Osamu no iba a ser capaz de darle mucha información.

—Las personas con las que trabajo quizá podrían ayudarte, Desarm, ¿por qué quieres ir a Madrid?

—Te he dicho que… —volvió a empezar, dispuesto a repetirle que no era de su incumbencia, pero se detuvo. Tras un momento, corrigió—. Tengo familia ahí. Quiero reunirme con ellos —volvió a hacer una breve pausa, antes de agregar—. ¿Con quién trabajas?

Tobitaka separó los labios para responder, pero entonces se detuvo, cuando de pronto Aphrodi empezó a despertarse. Desarm le soltó instintivamente y ambos le observaron estirarse y bostezar. Luego agitó la cabeza como si así se espantara el sueño y entonces les miró. Lucía radiante. No lucía como lucen las personas después de dormirse de borrachos y despertarse rato después.

Era como un maldito ente perfecto.

—¿Dónde estamos? —inquirió, mirando la habitación.

—Es el apartamento de Tobitaka. Estabas muy cansado así que venimos aquí.

Aphrodi sonrió. Miró a Osamu juguetonamente.

—Ya sé que estaba borracho, no me lo tienes que pintar bonito —amplió su sonrisa—. ¿Hice algo de lo que debiera avergonzarme?

—Nada, nada, sólo gritarle a medio bar que deseabas que Asgard estuviese con ellos —respondió el Punisher mirando al joven dios, él también sintiéndose un poco intrigado ante la ridícula perfección de ese ser. El rubio le miró, las cejas levantadas y ya sin la sonrisa.

—¿En serio?

—Sí, ¿qué diablos es Asgard?

Aphrodi desvió la mirada. Se encogió de hombros.

—Qué será…

—¿Tiene algo que ver con ese arco y esas flechas que traes?

La mirada de Aphrodi se disparó hacia Tobitaka. Y entonces se dirigió a Desarm. El pelinegro le miraba también, pero no le dijo nada.

—Puede ser…

—¿Y eso qué significa?

Aphrodi se encogió de hombros. Se recostó sobre el mueble y miró hacia el techo.

—Tengo hambre.

—Ahora ordeno algo para comer. Pero a cambio de la comida quiero información.

Aphrodi movió apenas el rostro para mirarle. Parpadeó un par de veces. Escuchó a Desarm suspirar.

—No me has dicho con quién trabajas, Punisher.

¿Punisher? —cuestionó el rubio, pero de momento ninguno de los otros dos le respondió. Tobitaka asintió con una media sonrisa.

—Solamente con las personas más poderosas e influyentes de este planeta, Desarm, ¿puedes hacerte una idea? Este es mi trato. Si aceptan reunirse con ellos, yo les proveeré identificaciones y boletos de avión para que viajen a Madrid cuando deseen hacerlo, ¿qué opinas?

Desarm y Aphrodi se miraron. El rubio evidentemente aún no entendía nada, pero notó en el rostro de Desarm que éste pensaba que, vista la cantidad de opciones que tenían, lo que Tobitaka les estaba ofreciendo era invaluable.

—Está bien —dijo el de cabello negro, con la voz un poco oprimida, como si no quisiera aceptar realmente—. Aceptamos.


IX

El sonido de cuatro pares de pasos, dos mucho más ruidosos que los otros, ingresó al interior de un pasillo largo que llevaba a una única habitación al fondo. Las paredes eran de metal gris y liso y la puerta de madera blanca. El primero de los cuatro, que iba al frente, estaba grotescamente armado, con una metralleta innecesariamente grande sostenida entre las manos y varias navajas y pistolas extra escondidas en el interior de su uniforme grueso y pesado. Detrás de él, en contraste, iban dos chicos completamente desarmados y vestidos con ropa blanca de algodón, perfectamente indefensos. Y por último venía otro soldado igual de armado y uniformado que el primero, con unos lentes oscuros sobre los ojos que le hacían verse lejano e impersonal. El primer soldado se detuvo a unos pasos de la puerta blanca cuando llegaron. Una camarita por encima de ella lo enfocó, y entonces la puerta se abrió por cuenta propia. El hombre ingresó, seguido de los otros tres, en el mismo orden.

Adentro la luz era opaca y moribunda. Era un laboratorio infestado de máquinas, substancias, pantallas, jaulas con animales pequeños y numerosas placas que iban marcando el código de cada experimento que se realizaba ahí. Las cuatro personas, en el mismo orden en que llegaron, se detuvieron en medio del laboratorio, donde había un tubo gigantesco lleno de agua con tres chimpancés flotando dentro de los que se desprendían diversos cables. Frente al tubo, había una mujer sentada, a lado de la cual dos hombres y una chica trabajaban laboriosamente haciendo anotaciones y calculando diversas fórmulas. Al verles, uno de los hombres se dirigió a la mujer sentada.

—Presidente Kira —llamó. Ella le miró con su ojo derecho, su único ojo funcional. La mitad derecha de su rostro estaba intacta, como debía lucir de forma natural, con la piel estirada y el cabello negro cayendo sobre su hombro. Pero la mitad izquierda, por otro lado, prácticamente no existía. Una desfiguración monstruosa se comía desde su frente hasta su barbilla, con la mitad de sus labios y de su nariz no siendo más que cicatrices abultadas que simulaban ser lo que habían sido. Donde debía haber estado su ojo izquierdo había un hundimiento profundo y oscuro, vacío ya de hueso y piel como si le hubiesen arrancado la mitad de la cara de un mordisco, y su oreja izquierda tampoco estaba por ningún lado. La destrucción, tapizada con piel arrugada y roja, descendía hasta su torso y había perdido por completo el brazo izquierdo, con hombro y todo, y de la pierna de ese lado sólo permanecía la mitad, desde la rodilla hacia arriba, la parte inferior siendo ocupada por una prótesis. La mujer estaba sentada en una silla de ruedas grande con un panel bullicioso que le permitía controlar todos los movimientos del aparato y ser lo suficientemente independiente. Ella se giró en dirección a los recién llegados y levantó la mano que aún le quedaba para hacer una seña hacia un lado, indicándole al soldado que se retirara. Éste obedeció y entonces ella quedó frente a los dos chicos. Ambos la miraron sin especial afectación. Sus rostros eran idénticos. Gemelos idénticos, identificables únicamente porque el color de cabello de uno era más oscuro que el del otro.

—Shirou, Atsuya, qué gusto me da verlos después de tanto tiempo —dijo ella con una sonrisa horrenda. Cada vez que sus labios se movían, jalaban la piel podrida y cicatrizada de manera asquerosa. Pero los dos gemelos permanecían inmutables—. Me han dicho que ya están listos para realizar su primera misión, y les tengo una de las misiones más importantes que alguna vez se han gestado dentro de nuestra organización. Vengan aquí, les mostraré.

Moviéndose en su silla de ruedas electrónica, la mujer les guio hacia una pantalla gigante que había al fondo del laboratorio. Ella tecleó unas cuantas cosas en los botones que había bajo la pantalla y entonces apareció una imagen. Era la grabación de un experimento de Épsilon. En él, un hombre altísimo y de músculos pesados, de largo cabello negro y piel blanca como la luna estaba en medio de una sala de cristal, sostenido de brazos y piernas por unas agarraderas gruesas de metal que estaban adheridas a tubos que se incrustaban en el suelo. Unas descargas eléctricas parecieron pasar por los tubos de metal y el hombre empezó a gritar de dolor, aunque la grabación carecía de sonido así que no podían escucharlo, podían ver sólo como su cuerpo se llenaba de espasmos y su rostro de sufrimiento. La mujer, presidente ahora de Épsilon, miró a los gemelos.

—Este es el experimento AAASO-03, de nombre original Saginuma Osamu, actualmente con veintiséis años, proyecto exitoso en fase 1 y 2, pero aún no había superado la fase 3 cuando se escapó, de modo que es imperativo recuperarlo.

Los observó con una expresión enloquecida.

—Son libres de usar cualquier método que requieran para traerlo de vuelta, vivo o medio vivo, pero no muerto, ¿entendido? Confío en ustedes, chicos.

Los gemelos se miraron. Luego regresaron la vista a ella y el de cabello más oscuro asintió.

—Entendido, presidente.

Ella sonrió. Hizo una seña a los soldados e inmediatamente los dos chicos fueron sacados de ahí.

Minutos más tarde, Shirou y Atsuya abordaron un helicóptero que los llevaría hacia Smolensk, en donde debían iniciar su cacería.


X

Tres días después de aquel encuentro con Tobitaka, Aphrodi se paseaba nervioso por el cuarto de hotel que el rastreador les había rentado para que se quedaran mientras esperaban a la infame reunión a la que habían accedido. Tobitaka, como broma personal, había pagado por un cuarto que tenía una sola cama. Osamu no había sido capaz de quejarse por miedo a herir los sentimientos del rubio, así que se había resignado a dormir junto a Terumi, temiendo siempre moverse demasiado y terminar empujándolo o cualquier cosa similar. Le parecía que su cuerpo era tan brusco y tosco y agresivo, y el de Aphrodi tan pequeño, frágil y ligero.

Aphrodi no había hecho muchas preguntas sobre el trato que Osamu había hecho con Tobitaka, como dando a entender que confiaba plenamente en él. Sin embargo, cuanto Tobitaka les había informado que entre las personas con las que se reunirían se encontraban Endou Mamoru y Hiroto Kira, dos de los seres humanos cuyas vidas Aphrodi había vigilado en silencio por mucho tiempo, al dios se le habían ido todos los colores a la cara, de pura emoción y nervios, casi como si fuese un niño pequeño a punto de conocer a sus héroes infantiles.

Y ahora que estaba hecho, ahora que era el día designado para su reunión con ellos, Aphrodi no sabía qué hacer con su energía y con sus manos alborotadas. Osamu le observaba pasearse por el cuarto mientras iba hablando de irrelevancias, como si uno debía saludar a Endou Mamoru de mano o eso sería demasiado irrespetuoso, o qué primeras palabras debería decirle a Hiroto Kira para que no pensara que era idiota.

—Aphrodi, ¿qué importa lo que ellos piensen?

Y Aphrodi le había mirado con los ojos abiertos grandes, como si Osamu hubiese dicho una terrible sandez.

—¡Pero qué dices! ¡Son ellos! ¡Todos los detalles son importantes!

Osamu le observaba evidentemente sin comprender. Y Aphrodi seguía caminando nervioso, hablando casi solo, pero pretendiendo que lo hacía con Osamu, dándose ideas a sí mismo y rebatiéndoselas él mismo también.

—¿Debería ponerme la armadura? No, no, pensarían que estoy loco, ¿verdad? Sí, ¿qué loco va a un restaurante con una armadura? —y el dios se había halado un poco el cuello de su vestido, como si se hubiese acalorado, tan nervioso y agitado estaba. Osamu suspiró.

—Mira, cuando te vean vas a sorprenderles tanto que no pensarán que nada de lo que tú hagas pueda estar mal.

Aphrodi se detuvo a medio paseo y le miró.

—¿Cómo? ¿Y por qué sería eso?

El de cabello negro le observó con cuidado.

—Porque, Aphrodi… —dijo, como si estuviese seguro de que la cuestión era obvia y no quisiese verse en la embarazosa necesidad de explicarla—. Porque tú eres… —removió los labios, y desvió los ojos. Aphrodi le miraba atentamente, muy interesado en lo que iría a decir. Pero no dijo nada, porque tocaron a la puerta, sobresaltando incluso al dios que había escuchado a los pasos acercarse. Aphrodi se echó un mechón de cabello detrás de la oreja con ansiedad, mirando ahora hacia la puerta.

Desarm se levantó cuando se dio cuenta de que Aphrodi estaba tan alterado que se había quedado completamente inmóvil a mitad de la habitación y sin parecer ir a poder moverse pronto. Abrió la puerta sin necesidad de preguntar quién era, lo sabía ya, porque el aroma a tabaco y a secretos de Tobitaka era imperdible.

El moreno estaba del otro lado, vestido como siempre, con su pantalón militar y una camiseta gris cómoda. Tobitaka hizo una seña con la cabeza.

—Ya están aquí. Están esperando en el restaurante.

Aphrodi soltó una exclamación, como un quejido, cubriéndose la boca con las manos, y los otros dos voltearon a verle.

—¿Qué le pasa? —inquirió el Castigador viendo al dios desde la puerta. Osamu se encogió de hombros.

—Está muy nervioso por conocerlos. Dice que son gente muy importante.

Tobitaka sonrió de lado.

—Bueno, ciertamente lo son.

La expresión que Osamu puso al oír esas palabras Punisher no la pudo descifrar. Aphrodi finalmente salió de la habitación, aferrándose al brazo frío de Desarm como si lo necesitara para mantenerse en pie. Cerraron la puerta y entonces los otros dos siguieron a Tobitaka por el pasillo, luego por el elevador, y finalmente salieron de éste en el piso base para dirigirse al restaurante del lujoso hotel. Osamu sintió a Aphrodi presionarle el brazo con más fuerza cuando atravesaron las dos puertas abiertas que daban al restaurante y sus ojos se posaron finalmente en una de las mesas ocupadas que estaban más al fondo. El joven científico miró en esa dirección y su expresión se endureció. Ahí estaban. Hiroto Kira, heredero de las empresas Kira, una de las compañías fabricantes de armas más grandes del mundo. Y Endou Mamoru, aquel hombre bestia al que Osamu alguna vez había considerado una amenaza lo suficientemente grande como para dedicar su carrera a la búsqueda de una manera de contrarrestarlo, si bien en esa búsqueda se había perdido a sí mismo y todo, todo había salido terriblemente mal. Había otras dos personas en la mesa a quienes Osamu no reconoció, pero sabía quiénes eran porque Tobitaka se los había informado. Black Widow y Gazelle, agentes de la agencia de seguridad mundial llamada CLIER.

Osamu se sentía un poco rígido y ofuscado. No esperaba que ver a esas personas fuese a causarle un furor tan grande en su interior. Tal era su desprecio por ellos, pero no le quedaba de otra que haber aceptado el trato que Tobitaka le proponía. Pero tener a Endou Mamoru ahí… era como la peor de sus pesadillas.

Aphrodi, aún entre su nerviosismo, le lanzó una mirada confusa a Osamu, preocupado, notando la tensión fuerte en su cuerpo.

Llegaron finalmente a la mesa, que era una muy al fondo y rodeada de unas cuantas plantas decorativas altas. Endou Mamoru llevaba puesta una chamarra con capucha, intentando ocultar su rostro, pues de todos él era el más conocido y la gente tendía a demostrar demasiado interés en él.

Hiroto sonrió cuando vio a Seiya llegar. Éste se semi volteó hacia los otros dos y les señaló con una mano.

—Éstos son Desarm, de Moscú, y Aphrodi de quién sabe dónde —explicó el espía. Aphrodi se había negado a responder preguntas sobre sí mismo, sobre su origen, sobre cualquier cosa, en general. Sobre por qué no tenía idea de lo que era una identificación y portaba esas extrañas armas y armadura consigo. Sobre lo que había pasado cuando Desarm le había encontrado, malherido –y el rubio le había lanzado una mirada un poco molesta a Desarm al escuchar eso en labios de Tobitaka, al parecer no muy contento de que el otro le hubiese contado cosas a Punisher–. Por lo tanto, Tobitaka y Osamu seguían ignorándolo todo sobre Aphrodi, como al principio. El espía esperaba que, ahora que estaba frente a estas personas que a Aphrodi parecían importarle tanto, las cosas cambiaran.

El rubio se había sonrojado un poco con la presentación, quizá avergonzado de lo extraña que había sonado y preocupado por la primera impresión que causaría. Maldito Tobitaka.

—Hola, buenos días —dijo, intentando ocultar su vergüenza. Y el primero en responder, como se lo esperaban todos, fue Hiroto.

—¡Buenos días, Aphrodi-de-quién-sabe-dónde! Debes ser bueno para ocultar cosas sobre ti si es que ni Tobi pudo descubrir de dónde vienes —dijo, sonriente, y Aphrodi se movió un mechón de cabello por puro nervio—. Venga, siéntense —agregó el pelirrojo.

Tobitaka ocupó una silla y los otros dos ocuparon las dos últimas. Endou Mamoru estaba a la cabeza de la mesa rectangular, con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas frente a él, casi inmóvil como si fuese un muerto. A su derecha estaba Touko, porque todo parecía indicar que al hombre centenario la agente le agradaba lo suficiente, y después estaba Hiroto, por último Gazelle. En el frente, a la izquierda de Captain Japan, se había sentado primero Tobitaka, después Desarm y por último Aphrodi. Así, por lo menos, Aphrodi estaba más alejado de todos y eso le gustaba a Desarm.

—Bueno, pues, ¿qué les parece si ordenamos el desayuno antes de empezar? —sugirió el pelirrojo y entonces se hundió en el menú. Con la mirada de piedra, Osamu levantó su propio menú y le empezó a mirar. Entonces el resto hizo lo mismo, con excepción de Endou que seguía inmóvil. Aphrodi le lanzaba miraditas al japonés por encima de su menú, sin poder concentrarse en él. Finalmente bajó el objeto un poco, mirando de lleno al Capitán.

—¿Le pasa algo a Captain? —inquirió. Osamu le miró un momento, y luego al hombre aludido. Y Endou seguía con la cabeza baja como si no hubiese escuchado nada.

—Es que hace mucho que no salía de Japón —susurró Touko como respuesta, como si intentara que el Capitán no la escuchara aunque era obvio que sí lo haría—. Y la comida y costumbres de Europa no le gustan nada.

Los ojos negros y envenenados de Osamu contemplaron al hombre, severos. Así era este hombre, tan inestable, tan impredecible, que hasta un simple cambio en la oferta gastronómica disponible podía ponerlo de tan pésimo humor. El científico decidió regresar a su menú, intentando pretender que no aborrecía por completo esta situación, y a esta gente.

Finalmente ordenaron, y mientras esperaban Hiroto sacó plática sobre la ciudad y sobre los lugares que habían visitado en esos días. Por suerte Aphrodi estaba muy entusiasmado de hablar sobre ese tema, porque de lo contrario, intentar entablar una conversación con Osamu habría sido imposible y el silencio en la mesa probablemente habría sido bastante incómodo.

—¿Fueron al centro comercial subterráneo? Como sea que se llame, no puedo pronunciarlo —inquirió el pelirrojo como el gran conocedor y que había viajado mucho. Y Aphrodi le respondía a todas sus preguntas emocionado.

—¡Sí! ¡Sí fuimos! ¡Fuimos ayer! ¿Verdad, Desarm? —decía, mirando al otro, que apenas asentía—. Fuimos a un cafecillo muy bueno, Punisher nos invitó a desayunar ahí. También nos compró ropa nueva porque la que teníamos… bueno… —al parecer no quiso admitir frente a su 'héroe' que había robado, así que empezó a hablar de otra cosa—. Fuimos también a la Isla de las Lágrimas, ¿lo has visto, Hiroto? ¿El monumento de ahí?

El pelirrojo asintió. Tenía una sonrisa levemente divertida, como si le hiciera gracia la actitud del rubio, y también la familiaridad con la que se dirigía a él.

—Aphrodi, ¿es Aphrodi tu nombre? ¿O tu apellido?

De pronto, Aphrodi no respondió. Desarm le miró por el rabillo del ojo. Hiroto levantó una ceja. Aphrodi se hizo un poco para atrás en su silla, porque de la emoción había estado inclinado hacia el frente.

—Pues, algo así —dijo tras un momento que pareció demasiado largo, aunque no lo fue, y continuó—. Es como me llama la gente.

Hiroto ladeó el rostro, extrañado. En ese momento les llegó la comida y el tema quedó relegado por un rato.

Durante la comida volvieron a hablar de banalidades. Hiroto intentaba hacer que Saginuma hablara, pero éste apenas respondía con monosílabos y frases cortantes. Tobitaka intentaba también hacer que hablara un poco más, porque por supuesto era su trabajo apoyar lo que Hiroto hiciera, pero tampoco tenía éxito. Aphrodi le lanzaba al pelinegro miradas significativas, pero no decía ni hacía nada al respecto. Endou, mientras tanto, había cruzado los antebrazos frente a él, sobre la mesa, y miraba ahora hacia un lado. No había dicho una sola palabra. Y tampoco había ordenado nada, más que un agua que Touko pidió para él.

Cuando acabaron de comer y les trajeron a todos agua en copas con pétalos de rosa y rodajas de limón, Hiroto dirigió sus ojos verdes finalmente al gigante que estaba sentado justo frente a él. Hubo un silencio breve, por un momento, mientras Hiroto se enjuagaba los dedos en el agua y Saginuma miraba simplemente hacia la mesa. Finalmente, el pelirrojo habló.

—Bueno, creo que ya es hora de hablar de lo que nos tiene reunidos aquí, ¿te parece, Desarm?

El ruso levantó los ojos. Su mirada permanecía severa, y asintió con suavidad.

—Primero que nada me gustaría saber por qué me desprecias tanto —preguntó con mucha casualidad y sin desaparecer su sonrisa. Pero la mesa se puso tensa y lo sintieron todos, menos quizá Mamoru a quien parecía importarle un cuerno lo que pasaba. Las pupilas color fuego de Osamu quemaron las retinas claras de su interlocutor.

—¿No está un hombre como tú acostumbrado a que la gente le desprecie? —dijo, como respuesta. Y Hiroto soltó una risita.

—Probablemente, sí, pero le he invertido mucho esfuerzo a concretar esta reunión y por lo tanto me gustaría que todos en esta mesa permanecieran con una mente abierta mientras hablamos, ¿crees que puedes hacer eso aunque me aborrezcas por Dios sabe qué?

Era tanta su altanería y arrogancia que a cada segundo Osamu sólo encontraba más razones para detestarlo. Sin embargo, terminó por suspirar. Necesitaba que Tobitaka cumpliera con su parte del trato, así que él también tenía que cumplir con la suya.

—Adelante. Habla de lo que has venido a hablar.

Como si hubiese estado preparado justo para escuchar esas palabras, Hiroto sacó inmediatamente del interior de su saco un sobre amarillo, y de él extrajo una serie de fotografías las cuales entonces puso frente a Osamu. Él las miró un momento, la de enfrente primero, antes de tomarlas entre sus manos y empezar a pasarlas. Aphrodi se había inclinado a su lado para mirar él también.

—¿Qué es esto? —preguntó el más alto de todos, mirando.

—Sujeto Kira, Sujeto Tokio y Sujeto Smolensk, en ese orden. Me gustaría saber a quiénes de ellos habías visto antes.

Saginuma terminó bajando las fotografías.

—Hemos visto únicamente al tercero, al de Smolensk, pero eso seguramente tú ya lo sabías —respondió. Hiroto asintió, y Osamu notó que lucía levemente decepcionado.

—Ya veo —extendió una mano para recibir de vuelta las fotografías—. Aphrodi, Tobi me contó que tienes un arco y flechas bastante curiosos y que cuando Sujeto Smolensk atacó, tú te fuiste a enfrentarlo con estas armas sin siquiera pensarlo, ¿puedo preguntarte por qué hiciste eso?

El pelirrojo miró al rubio. Había casi una seguridad en su mirada de que Aphrodi le respondería sin dudarlo, y eso molestó a Desarm.

—Bueno, ¿no es lo normal? La gente estaba huyendo muy asustada, tenía que hacer algo.

—Aphrodi, no, lo normal habría sido que ustedes también corrieran por sus vidas. Eso es lo que la gente normal hace. La gente no normal es la que corre hacia el peligro —expuso con una media sonrisa. Aphrodi le miró un momento, un poco ofuscado por no saber qué decir. Se echó un mechón rubio hacia atrás, en su gesto de inseguridad.

—Bueno, eso ustedes ya lo saben, que Desarm y yo no somos personas normales —dijo en voz baja, mirando hacia otro lado, sobre la mesa. Hiroto asintió, interesado.

—¿Puedes elaborar eso?

El rubio levantó los ojos.

—Yo no sé mucho sobre Desarm —dijo—, y Desarm tampoco sabe mucho sobre mí. Y, sin embargo, confiamos el uno en el otro. No tenemos problema con ello. ¿No crees que tú también podrías intentar eso?

Desarm casi sonrió con orgullo tras escuchar esas palabras, porque eran muy sensatas, y porque eran muy ciertas. Y, en verdad, recién se daba cuenta él de que, realmente, confiaba plenamente en un completo extraño del que no sabía mucho más que su nombre.

Afuro Terumi.

—Bueno, Aphrodi, no sé si una confianza como esa funciona para todo el mundo. Es evidente que tú y Desarm son especiales —respondió el dueño del Grandman, y entonces volvió a mirar al ruso. Era obvio que veía que a Aphrodi se le habían acabado las respuestas, y que, de cualquier forma, el que quizá podría darle las respuestas más importantes sin duda era Desarm. Pero Desarm era firme como una montaña y no cedía ni un milímetro como tal. Hiroto no sabía de qué manera taladrar en esta roca de hombre para sacarle la información que buscaba.

—¿Por qué Desarm? —se escuchó de pronto la voz arrastrada y empolvada de Endou Mamoru, y todos voltearon a verle. El hombre por fin había levantado la mirada y observaba firmemente al monstruo de cabello negro—. En todos mis años nunca escuché un nombre como tal, y tampoco suena a un nombre ruso. Ese nombre lo inventaste tú, ¿verdad? O te lo inventó alguien más… —sonrió de una manera que lucía tenebrosa—. Yo sé sobre nombres inventados. Pueden ser una carga muy pesada, cuando no sabes si eres Endou Mamoru o si eres Captain Japan, y al final tampoco sabes si hay alguna diferencia entre los dos.

Desarm abrió los ojos con cierta sorpresa al escuchar eso. Era como si acabasen de abrirle el cráneo y escarbarle entre sus pensamientos e ideas más profundos. Frunció el ceño.

¿Él iba a terminar convirtiéndose en una bestia tan silenciosa y sombría como lo era Endou Mamoru?

—Desarm es el mejor nombre para mí —porque Desarm declaraba abiertamente su naturaleza monstruosa y poco humana.

—Entonces lo inventaste tú —afirmó el hombre japonés, con esa sonrisilla sin alegría en sus labios—. ¿Y en quién vas a convertirte cuando se te olvide tu verdadero nombre? ¿Quién es Desarm?

A Osamu le temblaron las pupilas. No sabía cómo responder a algo así.

—Deberías —prosiguió el 'héroe'—, tener algo como esto —y entonces, del interior de su chamarra sacó una cadena, de la cual colgaba un relicario viejo. Desarm lo miró. Tras un momento de dejarlo colgar, Endou tomó el relicario entre sus dedos y lo abrió. Una sonrisa como nostálgica se formó en sus labios—. Esta es la última persona que sabía quién era Endou Mamoru, y mientras yo pueda recordarla, voy a recordar también lo que ella sabía —dijo y volteó el relicario. Los ojos oscuros de Saginuma bajaron para mirar la fotografía. Era de una mujer muy bella, con el cabello castaño rojizo, ondulado, cayendo por su rostro y sobre sus hombros. Los ojos achocolatados, la piel limpia y lisa.

Endou Natsumi, la primera y única esposa de Captain Japan.

Endou cerró el relicario rápidamente, como si temiera que su poder escapara de él, y lo volvió a guardar. Saginuma suspiró, y desvió la mirada.

—¿Qué es lo que ustedes quieren? —finalmente preguntó. Hiroto asintió, complacido del aparente efecto que las palabras de su héroe habían tenido sobre el gigante.

—Al parecer, Desarm, ustedes y nosotros tenemos un enemigo en común, que es Sujeto Smolensk, y por supuesto, el resto de los tipos como él que han aparecido y que están causando problemas y destrucción por todo el mundo. Creo que estarán de acuerdo conmigo en que esto es algo que no se puede permitir, y al final del día es labor nuestra como personas especiales encargarnos de estos problemas de los que nadie más se puede encargar —relató, y Osamu le miró con seriedad, adivinando cuáles serían sus próximas palabras—. Queremos que ustedes formen una alianza con nosotros y que nos ayuden a encargarnos de estas amenazas.

Los labios de Osamu se movieron con incomodidad, sus enormes brazos estaban cruzados frente a su pecho. El ruso les miró, a Hiroto y a Endou Mamoru, dos de las personas más despreciables de este mundo, ¿y él se aliaría con ellos?

Por supuesto que no. Además, Osamu no era ningún justiciero. Y Desarm mucho menos. Osamu era un pacifista, no gustaba de los conflictos. Y Desarm era una bestia incontrolable que podría causar más daño que bien si es que se intentaba hacer uso de ella para lo que sea.

No, no, esto estaba fuera de cuestión. Además, ¿por qué Osamu pondría a Aphrodi en peligro de manera voluntaria?

No, simple y sencillo.

—Lo lamento, pero eso no será posible —dijo, y sin poder soportar estar más tiempo ahí, se puso de pie y abandonó la mesa, dirigiéndose a quién sabe dónde. Aphrodi tardó apenas medio segundo en seguirle. Hiroto le lanzó una mirada a Tobitaka y éste se la regresó. El Punisher se levantó para ir tras ellos e intentar convencerlos.

Tan sólo Endou Mamoru sabía que Tobitaka de ninguna forma posible tendría éxito.

Al día siguiente, Osamu y Terumi tomaron un vuelo hacia Madrid.

Atsuya Fubuki maldijo abiertamente en el aeropuerto, dándose cuenta de que los habían perdido por apenas horas.


Este capítulo estuvo algo más enfocado en Osamu y Aphrodi, pero ya irán apareciendo más el resto de los personajes. ¿Qué les pareció la aparición de Fubuki y Atsuya? Son dos personajes muy importantes :) (sino miren la imagen de portada del fic).

Espero que todo el asunto de Smolensk no les haya revuelto, ya que como podrán ver las escenas no están precisamente en orden cronológico.

Gracias por leer y nos vemos en el siguiente :)