Disclaimer: Hetalia no me pertenece, su dueño es nadie más ni nadie menos que Himaruya Hidekaz. Enjoy!


Such a long day

Veinte llamadas por teléfono y un desayuno después, todos los niños se encontraban más tranquilos ahora que se habían asegurado de que en un par de horas verían a sus mamás. Ahora era tiempo de la siesta, y todos estaban lavándose los dientes en el gigantesco baño con instalaciones en miniatura antes de pasar a la habitación en donde dormirían.

—Deja de empujarme, Martín. —protestó el pequeño Manuel mientras trataba de sacarse al argentino de encima. El niño se había apoyado sobre él y ahora dormitaba completamente desatendido de lo que sucedía a su alrededor. Fue suficiente con que su amigo se hiciera a un lado para que cayera al suelo y se despertara.

— ¡Ché, sos una persona malvada, Manu!

Una vez que los dientes de todos los niños estuvieron bien limpios, la maestra Isabel les permitió pasar a la habitación que tenía una puerta adornada con ovejitas, estrellas y una luna. También tenía un letrero decía "Nap room", aunque la mayoría de los niños ni sabía leer.

—Todos acostados, mis niños, ¡Llegó la hora del cuento! Fusosososo ~ —aquel anuncio entusiasmó mucho a Arthur, así que él fue de los primeros en correr para elegir el colchón más cercano a la silla de los cuentos. Tuvo que correr muy rápido y cuando llegó estaba agotadísimo, pero el esfuerzo había valido la pena. Metió a su unicornio a la pequeña y cómoda camita, luego se acostó y esperó obedientemente a que los demás estuvieran listos.

Ciertamente aquella guardería era muy lujosa, y estaba construida especialmente para poder consentir expresamente los caprichos de los padres al querer tener lo mejor para sus hijos. Aquella habitación era el ejemplo perfecto. Era muy espaciosa, lo suficiente para que sobrara espacio incluso cuando todos los niños estaban acostados, el clima se regulaba a la temperatura perfecta y las colchas y colchones eran suaves como el algodón. La suave música de fondo era estupenda para arrullar a los niños.

Isabel fue a arropar a todos y cada uno de los pequeños. Arthur volteó a ver y no se sorprendió al notar que en los colchones de al lado se habían acostado Alfred, como siempre, y Stephanie. Stephanie al parecer era africana, de "Secheyes" y por lo general siempre estaban peleando, pero la hora del cuento era la gran excepción. Ambos compartían mucho ese gusto, así que se permitían tener unos minutos de paz juntos.

Alfred, por otro lado, se acostaba a su lado por pura costumbre. Sus mamás siempre los arropaban juntos en la misma habitación desde muy bebés, así que acostumbraban a dormir cerca. Es lo que pasaba cuando dos mamás se llevaban demasiado bien.

Por petición popular, Isabel siempre pasaba para arropar a todos y cada uno de los niños para que estuvieran bien cómodos y calentitos. Después de hacerlo y de haberles dado un beso en la frente, se sentó en la famosa "Silla del cuento" y comenzó a leerles el cuento del día: "El gato con botas".

En cuestión de diez minutos, los niños comenzaban a dormitar. Apenas terminó el cuento, la gran mayoría ya estaba en brazos de Morfeo. La española sonrió y, silenciosamente, les apagó la luz y salió de la habitación.

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Arthur estaba muy incómodo. Más bien, demasiado incómodo. Sentía algo estaba aplastando su pequeño estómago de manera dolorosa, ¿Quién osaba interrumpir su hora de la siesta? Abrió los ojos lentamente, y lo primero que divisó fue una mata de cabello rubio.

Ah, sí, Alfred.

La manera en la que recorría medio metro rodando entre sueños para acabar encima de él era sorprendente.

— ¡Me estás aplastando, tonto! —Protestó mientras trataba de alejarse de él, empujándolo. Alfred babeaba y le era realmente desagradable la idea de que sus gérmenes tocaran su ropa. Siguió empujándolo con todas sus fuerzas, pero el menor era muy pesado. — ¡Fuera, fuera!

Finalmente, de una patada, logró hacerlo a un lado. Sonrió triunfante cuando su amigo comenzó a rodar en dirección opuesta, hasta su cama, y se acurrucó para volver a dormir. Un grito de dolor se lo impidió.

Alfred había rodado hasta la cama siguiente a la suya, y se había dado un cabezazo con la cabeza del pequeño Matthew. Ambos niños ahora estaban despiertos, y se sostenían las cabecitas con lágrimas en los ojos.

— ¿Por qué hiciste eso, Alfred? —balbuceó el canadiense, hipando. Aferró aún más fuerte a su oso de peluche.

—Ouch, lo siento Mattie. No te vi. —se excusó inútilmente el americano, pálido. Se aguantó el llanto y se acercó para ponerle una mano en el hombro a su primo. —No, no llores, Mattie, no llores.

—Fue Arthur. —Murmuró una vocecita adormilada. Arthur se incorporó de golpe, escandalizado, para mirar feo a una adormilada Belarús. Su verdadero nombre era Natasha pero, como su hermano Iván la llamaba por ese apodo, ella prácticamente obligaba a todos a decirle de esa manera. —Yo lo vi, empujó a Alfred hasta donde estaba Matthew.

— ¡No es cierto! —exclamó el niño, poniéndose pálido y sin poder creer que alguien lo estuviese delatando de una manera tan cruel. Estaba a punto de añadir algo más, pero justo en ese momento Matthew comenzó a llorar. Su llanto era suave, pero lo suficientemente audible como para hacer que los demás niños se removieran con incomodidad en sus camas y comenzaran a despertar.

— ¡Arthur, cómo pudiste! —Alfred abrazó a Matthew torpemente, asustado, y observó al inglés con indignación. — ¡Por tu culpa Mattie está llorando ahora!

— ¡No es mi culpa, tonto! Si no me hubieras aplastado de esa manera, no te habría empujado. ¡Es tu culpa!

— ¡Le debes una disculpa a mi primito, él ni siquiera tenía que ver!

— ¡No, no me voy a disculpar por algo de lo que yo no tuve la culpa! —Arthur ahora trataba de retener las lágrimas, asustado al notar que todos los niños que se despertaban los veían directamente a ellos.

Alfred se levantó de su lugar y dejó a Matthew a un lado, permitiendo que Francis lo consolara. Avanzó hasta donde estaba el inglesito y le señaló con un dedo acusador.

— ¡Discúlpate ahora!

— Arthur no tiene que disculparse de algo que él no comenzó. —Los demás niños se estremecieron al escuchar la voz de Iván, el hermano de Natasha. Era uno de los más grandes del kínder, con seis años de edad, y nadie se atrevía a desafiarlo. —Me parece que quién debería disculparse con el pequeño Matthew eres tú, Da?

—Yo no pienso que Alfred se tenga la culpa. —Mathias alzó una mano, con expresión risueña y los ojos bien abiertos. Parecía el más despierto del lugar. Luego volteó a ver a Iván, y sonrió radiantemente. —Deja de asustar a los más pequeños, es malo.

— ¿Estás insinuando que asusto a los bebés? —La mirada de Iván se volvió escalofriante, aunque continuaba sonriendo.

— ¡Pelea, pelea! —De pronto Martín se había levantado y alzaba los brazos con excitación, feliz de tener algo con lo que entretenerse. Manuel le miró como si estuviese loco, y volvió a cubrirse la cara con la almohada.

—Discúlpate ahora, Arthur, o yo…—Alfred soltó un sonidito de indignación al notar que Arthur le sacaba la lengua, ignorándolo olímpicamente. —De acuerdo, tú te lo buscaste.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, Arthur y Alfred estaban rodando por la habitación jalándose del pelo y pellizcándose. Los demás niños, que habían comenzado a discutir entre ellos acerca de quién había tenido la culpa, no tardaron en imitarlos y comenzar a pelearse a manotazos y mordidas.

Las niñas, por otro lado, chillaban horrorizadas y se habían arrinconado en un mismo lugar. Les exigían a los niños que pararan entre sollozos, pero estos no les hacían caso.

Todo era un caos. La maestra Isabel casi se desmayó al entrar a la habitación después de terminar su almuerzo.

¿Qué le había pasado a sus hermosos y tranquilos tomatitos?

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—Quince minutos en el rincón. Los dos. Estoy muy decepcionada de ustedes, Alfred, Arthur. —la voz de Isabel sonaba temblorosa cuando trataba de ser dura, y eso hacía sentir culpables a los pequeños castigados. Ninguno de los dos estaba muy lastimado, por suerte, pero Arthur tenía una fea mordida en el brazo y Alfred tenía un moretón en la sien. —Ya llamé a sus padres, estarán aquí dentro de poco.

Y, después de esas simples advertencias, la maestra cerró la puerta y dejó a los dos niños solos en la habitación. Alfred estaba en una esquina, y Arthur estaba en la esquina del otro lado de la habitación. Se les había negado el uso de una silla y ambos tenían que permanecer de pie durante su castigo. Estaban tan enojados el uno con el otro que ni siquiera se dirigían la palabra.

Bueno, hasta que Arthur habló.

—Esto es tú culpa. —Murmuró, aún conteniendo el llanto. No le gustaba que lo regañaran, y no se quería ni imaginar el regaño de sus padres. —Por tu culpa mamá tiene que regresar del trabajo, y se va a enojar conmigo.

Alfred no respondió, estaba demasiado ocupado viendo al suelo y con los labios haciendo un puchero. Estaba enojado con su amigo, muy muy enojado.

Normalmente los niños se quedaban en el kínder hasta que sus papás salían del trabajo, pero en ese momento a las madres de ambos niños les faltaban 2 horas antes de salir del trabajo. Eso significaba que no iban a estar nada felices de tener que ir por ellos.

Los siguientes minutos pasaron en silencio, y antes de que el castigo pudiera cumplirse del todo la maestra Isabel volvió a asomarse por la puerta.

—Sus mamás ya llegaron.


Estoy feliz, muy feliz porque parece que escribir algo así fue lo que necesitaba para que la flojera desapareciera y la inspiración decidiera regresar. Prometo estar pronto con capítulos más largos y nuevas historias, porque espero seguir así. Muchas gracias por los reviews, me hicieron muy feliz y asdfdads ¡Igual ayudan mucho para mejorar la inspiración! Espero que este capítulo les haya gustado, y que de verdad se esté notando mi propósito de hacer ver a los pequeños como niños mimados.

¿Reviews? Críticas admitidas, ¡Adoraría opiniones también! Si les gustaría ver a los niños haciendo algo en específico, no duden en sugerirlo.