Disclaimer: Skip Beat! es la obra original de Nakamura Yoshiki y a mí no me pertenece nada, excepto esta historia.


Un pedacito de cielo


Era el día posterior al último encuentro en el estudio de grabación de No man's land, un entretenido drama bélico donde habían tenido una pequeñísima participación que sin duda había bastado para llamar la atención de un gran número de seguidores del carismático elenco de Dark Moon después de su único encuentro profesional como el profesor Kazuki y Hongo Mio. Ninguno creía necesario presentarse en la reunión final, de modo que sus presencias no llegaran a distraer la atención de los protagonistas principales, pero tanto el director de la obra como el presidente Takarada habían insistido en que debían recibir personalmente las felicitaciones del equipo y mostrar sus respetos en una breve entrevista para el making off de un último capítulo especial.

Ésa era la teoría y no resultaba tan enrevesada. Tsuruga Ren se recordaba a sí mismo estrechando fuertemente la mano del director cuando una risa risueña desde detrás de su espalda le hizo saber que Mogami Kyoko —víctima ahora de su curiosidad innata y no de la pacífica aldeana que había encarnado y que aborrecía las armas de fuego— se encontraba felizmente jugueteado con los artilugios del departamento de efectos especiales que luego se usarían en una pequeña demostración para el público más exigente.

Apenas se había girado sobre sus talones para compartir con ella ese entusiasmo que le hacía sentir cosquillas en el estómago y, seguramente también para advertirle que tuviese cuidado con lo que manipulaba. Su noción de la realidad fue borrada de un plumazo y sólo vio el resplandeciente parpadeo de un rayo pasando delante de sus ojos.

"¡Tsuruga-san! ¡Tsuruga-san!"

La palabra se repetía como un soniquete molesto y desconcertante. Al principio sólo era una voz, luego fueron muchas, todas las voces del mundo gritando a la vez; algunas más altas que otras, pero todas sonaban igual de desesperadas.

"No, no, no, por favor, Tsuruga-san..."

Volvió a oír otra vez. Aquella palabra no tenía ahora ningún sentido para él, pero la enorme bruma de su inconsciencia fue capaz de recordar exactamente el rostro de la persona a la que pertenecía aquel susurro suave como un beso.

El sentido de su realidad había sido absorbido por un haz de luz cegador y un dolor repentino en la cabeza. Lo último que recordaba era... lo último era...

¿Qué...? ¿Qué era?

Abrió los ojos, pero no la vio a ella. Sólo rojo.

Rojo. Rojo. Rojo.

Sintió la calidez de un regazo debajo de su nuca, pero por lo demás, sabía que el mundo estaba en continuo movimiento a su alrededor. Las sombras se cernían sobre él, se alejaban, gritaban... ¡todas lo hacían!

¿Por qué? ¿Por qué demonios grita todo el mundo?

Nada tenía sentido y cada intento por su parte de buscarlo despertaba un nuevo latido entre sus sienes que parecía cortarle en dos el cuerpo y la mente.

Luego, exhaló con agonía. Una debilidad mucho más fuerte que su incertidumbre se apoderó de él y todo desapareció a su alrededor.

Todo, aunque... allí no quedaba nada ni nadie.

Estaba solo.

.

.

.

El despertar fue desgarrador.

No tuvo un respiro, un segundo de piedad por parte de su consciencia mientras reponía inmediatamente el bloque de sus pensamientos como si fuese un puzzle.

"Tsuruga-san."

De nuevo esa palabra.

Sintió el temblor de sus párpados tratando de levantarse con todas sus fuerzas y el envolvente calor de una mano que se cerraba sobre la suya. Cuando por fin logró que el velo traslucido se disipase delante de sus ojos, reconoció el tenso rostro de Yashiro Yukihito.

—¡Ya era hora, so perezoso! —bromeó el hombre dándole un golpe entusiasta en el hombro. Aunque, había pasado el tiempo suficiente con él para saber cuando estaba preocupado, y ése, era uno de ellos—. Oh, vamos, Ren, deja de mirarme con esa carita de desvalido. Habría sido un verdadero engorro arreglar tanto papeleo y compensar el incumplimientos de los contratos si no te hubieras despertado...

—¿Despertado?

La palabra le golpeó en sus propios tímpanos.

No sabía por qué, pero era como tener un enorme martillo atizándole en la cabeza y haciendo que una gigantesca pelota de plomo rebotara bajo las paredes de su cráneo.

—¿No lo recuerdas? —le preguntó sorprendido—. Estamos en el hospital. No te preocupes, todo está en orden. Sólo han pasado unas horas desde que volvimos del estudio y el médico dijo que esta leve amnesia inicial probablemente pasaría rápido. Venga, amigo, dime que estás bien.

Volvió a escuchar un sonido molesto cuando Yukihito apretó el esférico botón verde que luego parpadeó débilmente sobre su camilla.

Trató de pensar en lo que le había dicho, pero cada idea se escurría entre las lagunas de su cabeza. Se sentía algo entumecido, pero le mandó una orden a su cerebro y las puntas de los dedos de sus pies bailaron enseguida por debajo de la fina sábana blanca. Probó suerte con sus brazos y tampoco tuvo ningún problema cuando quiso alcanzar las motas de polvo que pululaban frente al halo de luz de la ventanilla. Lo peor de todo fue mover la cabeza, el más leve balanceo le hacia sentir que se le desmoronaba a pedazos, y dolía... Cielo santo, dolía como si un arpón se la atravesara de un lado a otro.

Satisfecho, Yashiro le dio un fuerte apretón en el hombro y tecleó una sucesión de dígitos en la pantalla táctil de su teléfono que le hicieron saber que llamaba al presidente.

—Sí, por favor, dígale a la señora Woods que ya puede dejar de preocuparse. Se ha despertado —habló Yashiro—. Así lo haré, descuide... ¿Ah? ¿Mogami-san?

Aquel nombre le hizo levantar la vista hacia el agente pese a que el mero gesto le provocaba que le ardiera la cabeza como los Siete Infiernos.

—Eso parece. No estoy del todo seguro de cómo pueda encontrarse, no se veía muy bien. Ya conoce a esa niña, ha de estar al borde de la desesperación sólo por este pequeño accidente que... Hey, Ren, ¿qué haces? —dijo apartándose el teléfono—. Discúlpeme un minuto, presidente...

La mano del hombre frente a él le apretó el pecho. Se había creído capaz de resistirse a esa fuerza, pero le resultó tan sencillo volver a recostarlo sobre la almohada que sólo hasta ese entonces se dio verdadera cuenta de su fragilidad.

—No te angusties, Ren, Kyoko-chan está perfectamente, es sólo que... bueno...

—Es sólo, ¿qué? —gruñó en tono imperioso—. ¿Qué accidente? ¿Por qué demonios estoy aquí y llevo... esta ridícula bata?

El hombre dibujó una sonrisa.

—Uno no atenta todos los días contra la vida del ser a quien más admira. Sobre todo, con algo tan vergonzoso como una pistola de juguete. Oh, por favor, no seas muy duro con ella —se burló, y volvió a alejarse para continuar con la llamada telefónica como si sólo aquello fuese explicación suficiente.

Entonces, frunció el ceño, el leve esfuerzo por recordar lo más mínimo hizo que el dolor le taladrara la cabeza, y una luminosidad espontánea le cegó los cinco sentidos como si se tratase de un relámpago que acabase de entrar por la ventana.

Reconoció ese mismo relámpago punzante que le sobresaltó en el estudio de grabación, justo antes de que todo acabase perdiendo su sentido. Él sólo había visto eso.

—¿Se encuentra bien, señor?

Una mano enorme, como de gigante, se sacudió frente a sus ojos mientras él pestañeaba al ser sacado de sus pensamientos de una forma tan brusca. Adolorido, se llevó una mano a la frente y entonces descubrió que tenía la cabeza rodeada de un grueso pliegue de vendas.

—Es un alivio que haya despertado. Nos ha tenido a todos en vilo hasta este momento —le interrumpió el recién llegado de la bata blanca en lo que parecía un discurso que seguramente repetía decenas de veces a lo largo del día—. Sólo han pasado cuatro horas y tenemos la recepción llena de flores, es una molestia para nuestros empleados. La gente no sabe cómo mantenerse al margen ni cómo guardar un secreto, ¿verdad? Pero no se preocupe, aquí no le molestará nadie...

Aquello fue como invocar al diablo.

Al principio pretendió achacarlo a sus propios delirios, pero cuando el doctor reparó también en la jarra de agua que temblaba sobre la mesa, el actor tuvo claro que una avalancha enorme se abría paso entre los pasillos del hospital.

La implacable presencia sacudió hasta el último de los cimientos del edificio hasta detenerse con rudeza frente a su puerta en concreto. Invisibles tentáculos demoníacos parecían estar filtrándose entre las ranuras, congelando en el acto toda la climatizada habitación. La puerta se abrió de un golpe sonoro, y el objeto de tales males se quedó petrificado ante su mirada como si no hubiese esperado encontrarlo realmente de una sola pieza.

Únicamente con el intercambio visual fue capaz de recordarlo todo como si viera aquel último fragmento de lucidez en el brillo lacrimoso de sus orbes de miel: él había estado mirándola de aquella misma manera justo antes de voltearse en el estudio de grabación para que ella perdiera la concentración y disparase desafortunadamente el arma de balas de goma que le acertó con tanta precisión en la frente.

—¿Mog-...?

—¡Tsuruga-saaan! —sollozó con fuerza, atravesando la estancia y desplomándose sobre el suelo en una reverencia desmesurada—. ¡Lo siento tanto, tantísimo! ¡Yo no quería! ¡Jamás! ¡Tiene que creerme! ¿Cómo pude ser tan irresponsable? ¡Me siento tan sucia! ¡Tan repugnante!

Su tembloroso cuerpo se arrastró por el suelo. Cuando alzó la barbilla para reposar sus manos suplicantes sobre el borde de la cama, él pudo ver también su rostro congestionado como si estuviese a punto de atragantarse con sus propias lamentos.

—¡Esto es algo tan imperdonable! —insistió.

—Mo-Mogami-san, tranquilízate —dijo alzando una mano—. Pequeños accidentes suceden todos los días en un estudio de grabación y...

—¡Doctor! —exclamó incorporándose inmediatamente y pegando su rostro al apático del hombre—. Fíjese, ya no sabe ni lo que dice... Por favor, dígame la verdad... ¿Se... se va a recuperar?

El actor sintió el peso de una gota fría resbalándole por la sien.

—Señorita, la verdad es que...

—¡Lo sabía! ¡No siga! No puedo escucharlo... —gimió llevándose una mano a los labios. Había tanta conmoción en cada amago de su ser que verdaderamente estaba empezando a sentirse compungido, pues la conocía demasiado bien como para saber que estaba siendo sincera—. No merezco la vida, yo sencillamente no merezco seguir viviendo después de esto...

—Mogami-san, ¿no crees que estás exagerando? —intervino Yashiro—. Ya hemos arreglado los compromisos profesionales de Ren por hoy y es evidente que muestra un aspecto muy saludable.

—¿Cómo no va a ser grave...? ¡Le dañé en su preciado rostro! ¡En su cerebro privilegiado! —Se volvió hacía él con brusquedad—. ¡Tsuruga-san! ¡Por favor, golpéeme!

—Mogami-san, no digas cosas tan vulgares...

—¡Tiene razón! Lo haré yo misma —asintió en un gesto severo—. No debe entrar en contacto con este despreciable organismo. No hay nombre para este crimen que he cometido contra su integridad, debería ser duramente juzgada por este país por atentar contra una figura de tal importancia, un modelo a seguir por las nuevas generaciones y por...

—Kyoko —llamó una voz femenina.

La susodicha se volteó hacia atrás cuando alguien dio un par de toquecitos en su hombro derecho y, la bofetada posterior fue tan atronadora que sólo la exclamación estrangulada de Yashiro rompió el silencio en que se sumió la habitación.

No la había visto hasta ahora, pero Kanae Kotonami debía haberla acompañado hasta allí, justo antes de que la joven hubiese estallado en un ataque de histeria. La actriz la zarandeó por las solapas de la camisa y luego preguntó con total calma:

—¿Ya estás mejor?

—Sí, mucho mejor. Gracias, Moko-san. Te agradezco que me hayas acompañado hasta aquí, supongo que también te he causado problemas. No sé que haría sin ti.

—Descuida, para eso estamos.

El actor seguía con los ojos abiertos como platos cuando Kotonami se reclinó con gracilidad y le deseó una pronta mejora.

—Tiene suerte —informó el doctor, sacando un pequeño cilindro luminoso del bolsillo de su bata—. Hay gente que acaba con secuelas irreversibles después de accidentes cotidianos como estos. Si no le importa, voy a continuar con mi trabajo —prosiguió, no sin una fingida tos de impaciencia mientras examinaba sus dilatados ojos—. Le haré unas preguntas sencillas para asegurarme de que todo va correctamente. No se alarme, es puro protocolo. Para más seguridad deberá pasar las próximas veinticuatro horas bajo supervisión médica, pero mañana podrá recibir el alta si no se presentan complicaciones. ¿Me ha entendido?

Después de unos segundos necesarios para recuperarse de lo que acababa de presenciar, le respondió:

—Perfectamente.

—Estupendo —Un par de dedos se alzaron sobre sus manos—. ¿Cuántos dedos ve aquí?

—Dos.

—¿Y sabe qué día es hoy?

—Cuatro de marzo.

—Estupendo, estupendo —volvía a decirle en ese tono que imaginaba que usaba también para los críos de cinco años—. ¿Cómo se llama?

—Hizur-...

—¡Oh! ¡Oh! ¡Miren eso!

Todo el mundo dio un respingo cuando Yashiro Yukihito dio un inexplicable salto en medio de la habitación. El manager no habría estado más sobresaltado ni aunque un mamut hubiese volado delante de la ventanilla, pero él se acababa de dar cuenta del porqué de su pánico, y en su opinión, su error fatal habría sido mucho más terrible que una simple bestia extinta con alas.

—Yo no veo nada... —masculló una inocente Kyoko.

—¡Mogami-san, Kanae-san! —siguió entonces el agente—. ¿Por qué no vamos a comprarle unos refrigerios a Tsuruga Ren? —Había puesto tanto énfasis en pronunciar ese nombre que ni siquiera para el doctor pasó desapercibido. Ren se sintió culpable, simplemente había hablado sin pasar, tenía un golpe de dimensiones desproporcionadas en la cabeza, ¿qué esperaba?—. Como ven está muy afectado y probablemente algo fresco le venga bien en un día tan caluroso...

Mogami apretó su pequeño bolso contra su pecho.

—Estoy de acuerdo, pero... ¿Está bien dejar a Tsuruga-san solo?

—Sería, de hecho, una grandísima idea —se adelantó el doctor—. Lo único que necesita el paciente es descanso, y sobre todo, que yo termine de una vez de realizar mi trabajo aquí.

Un calor sofocante tiñó las mejillas de la joven.

—Está bien, en ese caso...

—Vamos, Kyoko —apremió Kotonami mientras tiraba del borde de la manga de su amiga.

Antes de marcharse, Yashiro enarcó una ceja y le sonrió de esa odiosa manera que repetía mil veces a lo largo del día sólo para indicarle que alguna burla hacía él bailaba descaradamente en su mente.

El doctor gruñó de puro alivio cuando la habitación quedó deshabitada. A esas alturas el actor podía entender qué le molestaba tanto sobre que ciertas celebridades frecuentasen la tranquilidad de su hospital. «Gente insana», parecía leerle en su modo de torcer los labios.

—Voy a proceder a sustituirle las vendas. Tal vez sea un poco incómodo a la larga, por eso le recomiendo que se tome estos calmantes en intervalos de cuatro horas. También le aliviará las jaquecas —le dijo, mientras le tendía el vaso de agua con la primera píldora—. Por favor, no se mueva. Voy a revisar que la herida está cicatrizando adecuadamente.

Tsuruga Ren aplastó los dientes, aunque apenas sentía una molestia más allá de una leve quemazón y un ansia incontenible por rascarse frenéticamente el cogote. Lo cierto es que jamás habría esperado que manos tan gruesas y fuertes como las de aquel hombre fuesen capaces de manipular una herida tan sensible con tanta delicadeza.

Estaba a punto de concluir con la cura y prepararse para el nuevo vendaje que le rodearía nuevamente la cabeza que, supuso, debía lucirle espantosa, cuando la puerta se abrió sin aviso alguno.

—Lo siento, Tsuruga-san, me estaba preguntando qué tipo de bebida le gustaría... —la frase se quebró en el acto.

Mogami Kyoko abrió los ojos con alarma. El doctor masculló algún juramento indecoroso en voz alta, pero la chica fue incapaz de apartar la mirada de la sanguinolenta herida que una parte de su ser no se perdonaba por haber originado sobre el hombre al que más admiraba en la vía Láctea.

Ren entreabrió los labios para calmarla antes de que ella pudiese estallar en un nuevo ataque de pánico, pero nada de lo que hizo sirvió en lo más mínimo para lo que sucedería a continuación.

El cuerpo de su kōhai simplemente se desplomó.

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Cuando los efectos del sedante pasaron y volvió a abrir los ojos, las únicas luces que entraban por la ventana de su habitación eran las procedentes de las fluorescentes y frías farolas de la calle.

Ren volteó el rostro sobre la almohada para encontrar la figura acurrucada sobre la camilla que tenía justo en frente. Mogami Kyoko ya estaba dormida antes de que él lo hiciese y continuaba estándolo incluso ahora que había vuelto a desvelarse. De no haber sido por las recomendaciones del doctor tras su inesperado desmayo, habría empezado a preocuparse seriamente por ella, pero ya había sido avisado de que la chica sólo padecía un colapso debido a un estrés demasiado fuerte, y que el mejor remedio resultaba ser, por lo pronto, dejarla descansar en paz.

Nadie habría esperado cuán prolongado habría sido ese tiempo, por lo que Tsuruga Ren no podía evitar preguntarse si realmente aquella entusiasta y vigorosa chica estaba realizado más esfuerzos del que podía soportar física y psicológicamente. Después de su primer aniversario como aprendiz en LME, sabía que no se había encontrado animada a pesar de que sus avances eran más rápidos de lo que ella suponía. Seguramente había optado por hacer oídos sordos a los ánimos de los demás para triplicar sus esfuerzos.

Necia imprudente, masculló entre dientes.

¿Cuánto tiempo llevaba mirándola ya?

No lo sabía y tampoco le importaba. Ren podía contener el aliento para conseguir apreciar con mayor lujo de detalles las suaves y relajadas respiraciones de Kyoko no sólo por toda la noche, sino durante toda la eternidad.

Si tan sólo ella supiera lo fácil que le resultaba acelerarle el pulso sólo esbozando una tonta sonrisa entre sueños, o murmurando algo inteligible con esos labios que no podía dejar de estudiar con deseo...

¡Definitivamente estaba todavía algo perturbado por el golpe!

Sin embargo, no se engañaba a sí mismo desde hacía muchísimo tiempo. Convaleciente o no, sus sentimientos seguían siendo los mismos e igual de sinceros.

Tsuruga Ren no podía suponer a ciencia cierta cuánto tardaría ese doloroso anhelo en matarlo lentamente, pero de lo que sí estaba seguro es que la revelación de un amor así acabaría destruyendo la escasa y estrictamente profesional relación que compartía con la miembro número uno de Love Me.

En más de cien ocasiones la había visto tiritar de repugnancia sólo con la mera demostración pública de un beso. Ren odiaba con todo su ser al hombre miserable que había originado en su corazón semejante rechazo hacia algo tan puro y hermoso, pero no podía reparar ese daño por sí solo. Al menos, no de la noche a la mañana.

No debería estar pensando en esto, se reprendió.

Hizo un pequeño ruido al dejar el vaso sobre la mesita tras tomarse su nuevo calmante, y a su lado, Mogami se removió. Sus puños se frotaron los párpados con pereza y abrió los labios para componer un bostezo que cortó en cuanto se dio cuenta de que él la estaba mirando.

—¡Tsuruga-san...! —masculló volviendo definitivamente del mundo adorado de sus fantasías. Se incorporó sobre un codo, se colocó un mechón de pelo tras la oreja y miró a su alrededor—. ¿Qué hora es? ¿Se han ido todos? ¿C-cómo es que me he dormido?

Surgió un tono tan adorable en sus mejillas que él simplemente suspiró sintiendo un agudo pinchazo bajo el pecho.

—Kanae-san tenía asuntos que atender en la agencia y me temo que mi situación va a causarle a Yashiro algunos inconvenientes con la agenda que lo mantendrán ocupado durante las próximas horas.

Ella bajó de la camilla de un brinco.

—Creo que aún estás a tiempo de llegar a la cena si mandas llamar un taxi en la recepción en vez de esperar al autobús. —Alzó la barbilla para examinar con precaución a la chica que ahora estaba al borde de su cama—. ¿Crees que puedes irte a casa sola? Preferiría que te acompañara Kanae-san cuando termine sus ocupaciones, estoy seguro de que no le importaría.

—¿Lo dice en serio? ¿Cómo piensa que le voy a dejar aquí solo?

En ese momento agradeció que ella estuviese demasiado ofuscada en encontrar algo en el interior de su bolso como para no advertir la impresión que acababa de congelarle las facciones.

—Después de todos los problemas que le he causado es lo mínimo que puedo hacer —concluyó.

—No seas ridícula, ya te he pedido que no insistas con eso. Además, vas a preocupar innecesariamente a...

—¿Jefe? —interrumpió ella repentinamente mientras se oía cierto cuchicheo procedente del teléfono móvil que apretaba contra su mejilla—. Buenas noches, soy Kyoko. Por favor, ¿podría disculpar que no vaya a cenar esta noche?

Aquello no era necesario. Él insistió en que no lo hiciera mientras movía en silencio los labios, pero ella le restó importancia agitando la mano con desdén y dándole la espalda.

—Oh, tranquilo, dígale a su esposa que estoy bien, lo único que pasa es que tengo que ocuparme de un asunto bastante importante...

Bastante importante, se repitió Ren mientras paladeaba esas palabras como un caramelo. Lamentablemente, el efecto sólo consiguió que se apretara aún más el pellizco en su estómago. Después de todo, estaba enamorado hasta la médula, pero no era ningún tonto. Ren era consciente de que Mogami Kyoko tenía un don magistral para elevarlo al Cielo y arrojarlo al segundo siguiente a las hogueras del Averno.

Por supuesto, sabía que esas palabras no tenían una implicación emocional. Para Kyoko cuidar de él únicamente significaba asumir la responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Un deber. Una imposición. Una molestia. El respeto tradicional y necesario hacia su superior. Cada término retorcía aún más las vulnerables emociones del actor, pero era absurdo negarse lo evidente.

Ella cortó la comunicación con una amable despedida —no era sólo por él, dedujo Ren, Kyoko era encantadora con todo el mundo— y volvió a guardar el aparato en su bolso.

—¿Seguro que se encuentra bien? Está pálido —comprobó—. ¿Necesita que haga algo?

Necesitaba urgentemente que se fuese de allí; si no era por su propia integridad, al menos por el bienestar de la suya. Pero, aquello no podía pedírselo sin más.

No soportaba que lo mirase así. Que lo mirase como si realmente él fuera... ¿especial?

—Cuéntame cómo te fue en la entrevista. El doctor me ha prohibido contactar con la agencia y ese maldito trasto de ahí sólo funciona cuando quiere —dijo en tono resignado, mientras hacía un movimiento suave hacia la televisión—. Lamento no haber estado allí y que todo el trabajo haya recaído sobre tus hombros.

—Es culpa mía —se apresuró a decir Kyoko, con algo parecido a un reproche propip frunciendo su entrecejo—. Todo ha salido bien, aunque me parece que el equipo de edición tendrá que hacer un arduo esfuerzo con los cortes antes de emitirlo. No ha sido tan perturbador. Supongo que el MG era consciente de mis nervios y Moko-san también estuvo conmigo tras las bambalinas. —Sonrió, elevando y volviendo a agachar la mirada con timidez.

Algún pensamiento extraño debió cruzarle la cabeza, porque Ren observó el modo en que se entrelazaban sus manos mientras le temblaba el labio inferior.

—¿No me vas a decir eso que te preocupa? —insistió él, ladeando la cabeza.

—¡No es nada! —Sus manos se agitaron en el aire—. No ha sido una mala experiencia ni nada parecido. Tal vez es sólo que no estaba preparada para enfrentarme en primera línea por mi cuenta. No sabría cómo explicárselo... —confesó, sonrojándose y pasándose la lengua por los labios— … pero, permanecer impasible frente al mundo sin notar su cercanía a mi alrededor ni saber si estaría realmente bien después de ese accidente, hizo que sintiera un profundo malestar en mi corazón... como... si fuese... algo... muy similar a un vacío. Nada es lo mismo sin usted.

—Ah.

El aliento se le cortó en la garganta que sentía repentinamente reseca. Kyoko también lo vio removerse con incomodidad entre las almohadas y lo que menos le interesaba a él era demostrarle que podía llegar a sentirse tan aturdido por su revelación como ella misma.

—Mogami-san —entonó con fingida seguridad—. No deberías permitir que sentimientos así flaqueen la confianza que mantienes en ti misma. Precisamente tú has superado situaciones más complejas que una simple entrevista y, eso tenía que haberte servido para aprender a no depender de nadie en cualquiera que sea la circunstancia en la que te encuentres.

Ella lo miró con sus brillantes ojos mieles cargados de confusión mientras el rojo de sus mejillas se expandía por el resto de su adorable rostro. Estuvo casi a punto de arrepentirse de haber sido tan frío cuando ella suavizó las facciones y reflejó una débil sonrisa desganada.

—No puede evitarlo, ¿verdad?

—¿Evitar el qué? —inquirió expectante.

—Nunca puede dejar de ser..., bueno, de ser usted mismo. Ni siquiera en una situación como ésta. —Ella le repasó el cuerpo de un extremo a otro con una intensidad que le dio escalofríos—. Esta postrado en una cama de la que no puede levantarse, con una brecha horrenda que casi le parte en dos la cabeza, y aún así, es a mí a quien dedica todos sus esfuerzos como si yo fuera una pieza de cristal que pudiese partirse. —Su mirada le penetró profundamente los ojos hasta que notó que la herida en la cabeza volvía a palpitarle—. Quiere mostrarse indiferente, ser rudo conmigo y obligarme a ser fuerte. Probablemente porque la vida también le enseñó por las malas a descubrir demasiado —musitó casi en un susurro, como si aquello último fuese un pensamiento que acababa de revelarse a sí misma—. Pero hace tiempo hubo algo, una única cosa que mi madre me enseñó antes de irse para siempre y que tal vez sea lo mejor que nadie me mostró jamás en la vida; y es que nuestros ojos son las ventanas de nuestra alma, Tsuruga-san. Los de ella tampoco mentían, yo sabía que había desprecio en ellos cuando me miraban, igual que sé qué hay en los suyos cuando me enfocan ahora.

Tsuruga Ren tragó grueso.

Creía saber por dónde estaban caminando los pensamientos de Mogami Kyoko, pero la chica frente a él había conseguido impresionarlo. Con facilidad, lo había desarmado hasta dejarlo sin palabras con las que defenderse y rebatirle.

Frente a su aparente silencio, ella respondió adelantando un paso que le hizo sentir la sangre hervir bajo sus venas. La chica se inclinó ligeramente y buscó su mano hasta conducirla y apretarla contra su pecho.

Ren sencillamente se sintió desfalleciendo.

Podía sentir su calor bajo la palma de su mano, la suavidad de esa piel excesivamente sensible, el temblor inexplicable de su cuerpo por el contacto de los largos dedos que aferraba contra ella y los latidos desenfrenados de ese corazón impenetrable para el mundo.

—¿Siente eso, Tsuruga-san? —preguntó en un susurro ronco más efectivo que el apasionado mordisco de una amante en su cuello—. No le pido que comprenda algo que ni siquiera yo entiendo. Tampoco le pido que me perdone por ello o sencillamente que no se sienta ofendido por lo que está percibiendo. Solamente le ruego que no me aleje de usted mientras mi corazón sufre de esta manera.

Ella apoyó su mano libre en la cama para reclinarse tanto sobre él que pudo percibir el embriagador perfume de limón tras sus orejas o el calor inigualable del aliento que le lamía los labios en los que centelleaba una invitación impronunciable.

¿Por qué? ¿Y por qué ahora? El imponente Tsuruga Ren sólo podía preguntarse eso. Tal vez no se habría sentido tan desolado si la debilidad no mermara sus fuerzas y su capacidad para protegerse de todo lo que ella provocaba en su interior. Quizá y básicamente, todo aquello no estaba pasando y era un producto de su febril imaginación. Mogami Kyoko lo estaba matando de la más cruel de las maneras y él únicamente podía sentirse atraído hacia esa dulce muerte.

—Cuando el arma se disparó entre mis manos y le vi derrumbarse mientras abría y cerraba mis ojos en un sólo parpadeo, fui yo la que sentí que en realidad era usted quien podía partirse tan fácilmente como una figura de cristal. Aunque sea egoísta de mi parte, por favor, Tsuruga-san...

Por favor, por favor, le repitió él también en silencio, incapaz de soportar más y apretando su mano libre entre las sábanas de la cama.

Seguidamente, sintió el peso del cuerpo de la chica recargándose contra su pecho.

—No me haga pensar que voy a perderle nunca, nunca más.

Ren exhaló exasperado. Ella le apartó de la frente una hebra castaña que debía haberse enredado entre los vendajes, y luego, le sostuvo la mandíbula mientras su dedo pulgar le delineaba los labios. Él suspiró. Claramente iba a morir allí mismo. Kyoko entreabrió sus labios para anticiparse a un beso que él querría haberle arrancado hace demasiadas miradas, y que ahora casi tenía... Casi alcanzaba.

La fragilidad de su estado lo abrumó. Ren volvió a sentirse apenas capaz de mantener los párpados alzados, y sopesando sus opciones, hizo su mayor esfuerzo en pronunciar una palabra que los descolocó a los dos.

—No.

Ella se congeló.

Tenía sus labios tan cerca que podía saborear el gusto a melocotón de su lápiz labial. Ren la sintió estremecerse presa de un bochorno tan escandaloso como ninguna otra desgracia del universo podría comparársele. Advirtió que quería alejarse de él, pero el rechazo había sido tan inesperado que la chica no supo en realidad qué hacer.

Él le sujetó el brazo.

—Ahora no —repitió, mientras la obligaba a mirarle a los ojos y ella se estremecía ante el impacto de esas orbes a esa escasa distancia—. No ahora que esta maldita magulladura en la cabeza me hará creer que mañana todo esto ha sido sólo un sueño. No hasta que pueda corresponderte de la misma manera con mis cinco sentidos, y desde luego, no hasta que no sepas si es realmente lo que quieres hacer y no algo que nace del remordimiento que sientes por haber provocado un accidente que tal vez podría haber sido más grave.

Kyoko parpadeó ante sus ojos. Sus labios se separaron como si estuviesen a punto de proferir una protesta, aunque no dijo nada. Se separó de su lado y Ren sintió enseguida una frialdad en los huesos de la que no había sido consciente con su proximidad. Ella salió de la habitación y cerró las puerta tras su espalda.

—Bien hecho, Ren —se reprochó a sí mismo, entornando los ojos y desplomando la cabeza en la almohada con cansancio.

Si sobrevivía a ese día, estaba claro que nada podría matarle en adelante.

No quería dormirse. Miraba con insistencia el mismo punto sobre el techo, mientras los minutos pasaban y él seguía convenciéndose de que no estaba esperado el regreso de la chica, ni nada parecido.

Era obvio que no volvería.

Él no podía arrepentirse tampoco de su decisión y entendía que para Kyoko la habitación se hubiese vuelto repentinamente pequeña.

Poco después, agradeció que los calmantes hicieran su trabajo y que sus párpados se rindieran al placer del sueño, aunque..., siempre con la desagradable inquietud de qué le aguardaría tras un nuevo día. Si ella volvería a la mañana siguiente con su grata sonrisa en los labios para acompañarlo en su salida del hospital, o si en cambio, le evitaría hasta que sólo el transcurso del tiempo le hiciese creer que nada de aquella noche había sucedido ni hecho mella en la relación entre ambos.

El sol le dio la bienvenida entre multitud de puntos brillantes que se reflejaban desde la persiana que no recordaba haber visto bajada la noche anterior. Sus párpados temblaron aclamando la imperiosa necesidad de ser frotados con suavidad, y sólo hasta que Ren hizo el más leve intento por llevarse una mano al rostro, se percató del peso que cubría parcialmente su cuerpo y los cabellos que se enredaban deliciosamente entre sus dedos.

Cuando su vista se aclaró, contempló la desordenada cabecita de la chica acurrucada sobre su abdomen y la mano que entrelazaba la suya mientras la acercaba al borde de sus labios y la hacía estremecer con suaves exhalaciones. Ren sintió el acelerado latido de su corazón sólo ante la perspectiva de que ella hubiese pasado allí toda la noche. Seguía usando la misma ropa que horas antes, de modo que supuso que debía haberse adormecido a los pies de su camilla.

No podía explicar qué era, pero una embriagante sensación le hacía percibir que su alma sobrevolaba por encima de su cuerpo. La calidez que ella irradiaba provocaba que sus mejillas se encendieran y sólo hasta que sus dedos se desprendieron y volvieron a acariciar sus brillantes mechones de pelo, le traicionó una sonrisa en el rostro mientras un pensamiento divertido le susurraba que era la primera y más extraña noche que había pasado nunca en compañía de una chica.

—Buenos días, Tsuruga-san —murmuró ella alzando la barbilla e imitando su sonrisa.

—Buenos días, Mogami-san —le saludó—. Me parece que había algo que querías contarme anoche.

Ella amplió su sonrisa.

Puede que fuera la noche más extraña, pero también la más especial que había compartido jamás. Tsuruga Ren afianzó las manos sobre el pequeño cuerpo que parecía devolverle el abrazo.

Después de todo, nunca había sostenido por tanto tiempo un pedacito de cielo.

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Continuará.


N/A: Gracias a todos por los reviews, alerts, faveos y por las lecturas (^^). Este capítulo se corresponde a "La primera vez que duerme con alguien" de los Retos a la Carta del foro La Caja de Pandora (LCDP). Bueno, espero realmente que os haya gustado.

Shizenai