Aviso: Los personajes de Captain Tsubasa fueron creados por Yoichi Takahashi
Destruyendo a Sanae
Por
Y. Honey
Capítulo II
La boda con Tsubasa
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Tsubasa respiraba nervioso, no podía concentrarse en lo absoluto y eso no le gustaba. El joven futbolista estaba de pie en el altar de la iglesia, vestido impecablemente con un traje blanco que Sanae había elegido para él con el único objetivo de que combinara con el vestido de novia que ella llevaría. Todo se había hecho de acuerdo a las órdenes de Sanae, se habían seguido sus indicaciones al pie de la letra y, honestamente, el joven Ozora debía admitir que todo había salido muy bien; incluso el aparato de seguridad fuera de la iglesia estaba discretamente colocado para no obstruir la vista de los fotógrafos. Sí, Sanae había pensado en todo.
Pero no podía concentrarse en esos detalles. Lo único que le importaba era que, cuando buscó con la mirada entre los invitados a la ceremonia, no pudo encontrar a Taro por ninguna parte. Había cumplido su amenaza de no asistir. Pero no podía culparlo por no estar allí después de lo que sucedió la noche anterior entre ambos.
Tsubasa pasó saliva. El recuerdo del beso que compartió con Taro volvió a él y lo hizo desear tener el valor para mandarlo todo al infierno y salir corriendo de la iglesia para ir a buscarlo y decirle que él también lo… quería. El joven Ozora se limpió el sudor y respiró profundamente buscando calmarse.
Desafortunadamente, esos intentos eran en vano. Simplemente no podía sacarse a Taro Misaki de la mente. No desde la noche anterior. No podía olvidar el contacto de sus cálidos labios, la reacción de sus cuerpos, ni la emoción que había despertado en él con un solo beso. Era esa emoción lo que lo hacía sentirse peor, porque Taro había tenido razón, ese sentimiento siempre había estado allí, esperando algo para ser liberado. Y ese algo había sucedido anoche. Ahora, Tsubasa no dejaba de pensar en Taro.
Fue entonces que comenzó a escucharse la marcha nupcial. Al girarse vio a su novia, que enfundada en un lindo y elegante vestido comenzaba a caminar hacia el altar del brazo de su padre. La sonrisa de Sanae mostraba que si moría en ese momento, no se arrepentiría de nada en lo absoluto. Y sí, se veía hermosa, más que nunca antes.
Sólo que para Tsubasa ella no lograba despertar ya ninguna emoción más allá de la amistad. Sonrió al verla, desde luego, pero sólo porque le alegraba ver que una amiga muy querida al fin lograría cumplir su sueño más anhelado, ese sueño que al volverse realidad lo alejaría para siempre de Taro.
Y eso era peor que una puñalada directo al corazón para Tsubasa. Porque había descubierto la noche anterior, al acostarse para intentar dormir, que la persona a quien en verdad amaba con todas sus fuerzas era Taro Misaki, no Sanae Nakazawa.
Pero él ya no podía echarse para atrás. Sus padres y los de su novia estaban allí, todos sus amigos de la selección estaban allí, sus compañeros de equipo del Barcelona estaban allí. Y toda esa gente estaba reunida sólo para verlo casarse con Sanae. Lo peor era Roberto, su padrino de boda, quien estaba de pie a su lado y lo miraba con orgullo. Para Tsubasa era una tortura el saber que en su corazón estaba traicionando incluso a su mentor.
Y a pesar de todo, esa traición no era lo que más lo lastimaba. Lo que más lo hería era no ver a Taro allí, dispuesto a ayudarlo a escapar de esta situación. Y es que Tsubasa se dio cuenta, al sentirse bajo todas esas miradas emocionadas, de que no tenía salida.
Estaba atrapado.
Al momento en que Sanae se detuvo a su lado, el sacerdote comenzó con la ceremonia, pero Tsubasa ni siquiera la escuchó. Su mente estaba en otra parte, recordando la noche anterior, recordando el beso que se había quedado para siempre en sus labios.
—¿Aceptas tomar a Sanae como tu legítima esposa?— preguntó el sacerdote con voz solemne—, ¿prometes serle fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarla y respetarla todos los días de tu vida?
Tsubasa pasó saliva, miró a Sanae y cerró fuertemente los ojos para intentar sacar a Taro de su mente. No lo consiguió. Sabiéndose perdido, se esforzó al máximo para poder responder— Yo… yo… s-sí…acepto…
El sacerdote asintió y miró a la novia para repetir la misma pregunta.
—Sí, acepto— dijo Sanae de inmediato y sin dudar.
El joven Ozora se sintió entonces invadir por una profunda depresión. Ya no importaba lo que sucediera, ya no podría escapar. Logrando mostrar una sonrisa para Sanae y todos los presentes, Tsubasa se limitó a seguir con la ceremonia como si fuera un muerto viviente, sin ponerle mucha atención a nada y mostrando un entusiasmo tan falso como una moneda de medio yen.
El final de la ceremonia, luego de que el padre lo bendijera a él y a Sanae, fue el único momento en que Tsubasa sonrió honestamente, así fuera sólo de alegría al saber que toda esta farsa terminaba.
Pero no había terminado. Faltaba una cosa: Aún debía besar a Sanae para llevar todo a buen término. Si dos días antes alguien le hubiera dicho que besar a su novia le resultaría algo casi imposible de hacer, Tsubasa Ozora se habría reído en su cara, pues si bien era cierto que besar a su ahora esposa no era algo que le pareciera muy especial, tampoco le resultaba difícil. Pero en ese momento, de pie en el altar, no podía ni siquiera acercar sus labios a los de ella sin ver frente a él a Taro Misaki.
—Tsubasa… ¿qué sucede?— murmuró Sanae. La mujer no daba muestras de estar preocupada, pero si se mostraba un poco extrañada con la situación; había imaginado que su ahora esposo no dudaría en lo más mínimo para besarla.
—Nada— respondió él, arreglándoselas para sonreír mientras pensaba en una excusa creíble—, es sólo que… quería admirarte un poco.
—Gracias mi amor, tú estás muy apuesto— dijo ella sonriendo, y sin más, cerró los ojos y le ofreció a su esposo sus labios una vez más.
La frente de Tsubasa se llenó de sudor, ya no podía retrasar más el beso. Debía hacerlo. Cerrando los ojos, el joven futbolista dejó que Taro llenara su mente mientras se acercaba a Sanae y, cuando unió sus labios con los de ella, en lo único que pensaba era en sus sentimientos por Taro Misaki.
El joven Ozora no puso atención mientras Sanae lo guiaba fuera de la iglesia entre los fuertes aplausos de los invitados. Simplemente sonreía esperando que todo terminara. Ni siquiera sintió la lluvia de arroz con la que él y su esposa fueron bañados al atravesar las puertas del templo. Tsubasa simplemente mantenía su sonrisa sin hablar en lo absoluto, ocultando el hecho de que sentía que estaba a punto de echarse a llorar.
Fue entonces que lo vio. De pie frente a la limosina que habría de llevarlo a él y a Sanae a dar un recorrido por las calles de Nankatsu antes de llevarlos por la carretera hasta Tokio, en donde estaba el hotel en donde se llevaría a cabo la fiesta. La persona que se presentaba frente a los recién casados vestía de traje negro y lo miraba con una sonrisa que, Tsubasa sabía, escondía una profunda tristeza. Esa persona que los esperaba de pie frente a la limosina era Taro Misaki.
Tsubasa tuvo que controlarse para no desprenderse de Sanae y correr hasta él. De algún modo, logró avanzar del brazo de su esposa hasta quedar de frente a Taro.
—Lamento llegar tarde— dijo el joven Misaki—, pero no podía dejar de venir.
—Eso no importa— aseguró Sanae con una cálida sonrisa—, lo importante es que estás aquí al menos para vernos salir. Gracias Taro.
—Sí… gracias Taro— dijo Tsubasa, que no pudo contenerse más y abrazó a Taro de un modo lo más inocente posible para no levantar sospechas.
—Te deseo… lo mejor— le murmuró él mientras le devolvía el abrazo.
—Gracias— contestó el joven Ozora, separándose de Taro mientras luchaba para no mostrarse triste.
—Bueno… creo que la dama y tú tienen lugares a dónde ir— comentó Taro, quien luego de abrazar a Sanae, abrió la puerta de la limosina para la pareja.
—Así es Taro— contestó Sanae— espero que al menos puedas ir a la fiesta.
—Haré lo que pueda y… felicidades— Respondió y, una vez que la pareja se alejaba en la limosina, se quedó allí mientras los invitados se dirigían a sus automóviles dispuestos a dirigirse al lugar donde se llevaría a cabo el festejo.
—Te perdiste la ceremonia, Taro— acusó de pronto Genzo, que se había acercado a saludar— ¿Alguna razón en especial?
—No, ninguna.
—Ya veo… ¿Al menos irás a la fiesta?
—No Genzo, creo que no iré.
—Vaya que eres aburrido.
—No es eso. Estoy enfermo, debería estar en cama justo ahora.
—¿Es grave? — Preguntó el portero, sonando verdaderamente preocupado.
—No, pero sí muy inconveniente. Es una infección bastante fuerte en el estómago, la verdad me es difícil incluso estar de pie aquí— mintió Taro, que luego de inclinarse un poco comenzó a alejarse hasta donde lo esperaba un taxi— nos veremos después, Wakabayashi.
—Sí, hasta luego— se despidió el portero—, que te mejores.
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La fiesta, también organizada por Sanae, se llevaba a cabo en la terraza del hotel Paradise Inn en Tokio y, Tsubasa debía volver a admitirlo, su esposa había organizado muy bien el evento. Cuando entró del brazo de Sanae, en verdad había quedado impresionado por la decoración y el acomodo de mesas que ella había elegido. Pero ni eso, ni el grupo que ella contrató para la música en vivo habían logrado sacarlo de su depresión.
Para cuando se partió el pastel de bodas y se sirvió la comida, Tsubasa estaba comenzando a sentir que si tenía que seguir fingiendo una sonrisa tras otra mientras posaba para una fotografía o saludaba a un invitado, su cara terminaría por caérsele.
Ya no podía soportar tener que sonreír para sus padres, para Roberto, para sus amigos de la selección o sus compañeros de equipo, que habían venido desde España sólo para esto. Era una tortura horrible. Y lo peor era que Taro no había llegado, si él hubiera estado allí, Tsubasa se habría sentido capaz de resistir todo esto de una mejor manera.
—¿Sigues nervioso?— preguntó Sanae, dándole un suave masaje a los hombros de su marido—, relájate un poco amor, no está bien que estés tan tenso.
—No puedo evitarlo— respondió el futbolista luego de sonreír a otro invitado que había ido a saludarlos a la mesa—. Todo este asunto de la boda me ha puesto más nervioso de lo que pensé. ¿No podríamos irnos ya, Sanae?
—Podemos salir temprano si eso quieres, pero al menos permíteme bailar una pieza contigo— pidió la nueva señora Ozora, quien a diferencia de su marido, estaba pasándosela bastante bien—, no podemos dejar la fiesta sin estar en el baile.
—… Está bien. ¿Cuánto falta para que comience la música?
—No mucho, menos de diez minutos.
El joven Ozora no respondió, sólo asintió y se acomodó en su asiento, deseando febrilmente que la farsa terminara de una vez. Sin embargo, era fácil notar que a pesar de que se lo había ofrecido, Sanae no tenía la menor intención de salir temprano de la fiesta. Para nada.
Poco después la música comenzó. Y obviamente, su esposa le pidió la primera pieza y él no pudo negarse. Haciendo un enorme esfuerzo, Tsubasa logró llevar el baile lo mejor posible, intentando reunir ánimos para resistir lo que quedara de fiesta luego de esta inútil pantomima.
Cuando la pieza terminó y Tsubasa estaba planeando cómo salir de la fiesta, Ryo Ishisaki decidió acercarse y pedir la oportunidad de bailar con la novia. Por un momento, el joven Ozora pensó que esto era una molestia más que aumentaría el tiempo que tendría que pasar sufriendo, pero luego le pareció una buena manera de quitarse a Sanae de encima durante algunos minutos que él podía aprovechar para llamar a Taro y tratar de averiguar qué tan mal se sentía por todo el asunto de la boda.
—¿Qué está pasando contigo?
Tsubasa, que estaba por llamar a Taro con su celular, casi suelta el teléfono al escuchar la pregunta. Al mirar a su derecha, descubrió que quien lo asustó era Genzo.
—Si no te conociera mejor, diría que estás desesperado por escapar—, opinó el portero sin darse cuenta de que había acertado— ¿algún problema?
—No, ninguno— mintió Tsubasa, tratando de sonar tranquilo—, es sólo que todavía no lo puedo creer, acabo de casarme… no es algo de todos los días, Genzo, es normal que esté nervioso. ¿Cómo te sentirías tú en mi lugar?
—Supongo que igual, pero la ceremonia ya pasó. Deberías tratar de disfrutar la fiesta. Por cierto… ¿a quién pensabas llamar?
—A Misaki. Quiero saber por qué no está aquí.
—Me dijo que estaba enfermo, tiene una infección en el estómago o algo así— recordó Genzo, que entonces notó que Sanae se acercaba a ellos, pues la pieza que bailaba con Ryo acababa de terminar—. Si te preocupa Taro y quieres hablarle, hazlo. Yo entretendré a tu esposa un poco. ¿No te molesta que la saque a bailar, o sí?
—No, para nada— dijo Tsubasa, que en cuanto Genzo distrajo a Sanae y la llevó de nuevo a la pista de baile, salió de la terraza y marcó velozmente el número de Taro. Pero fue en vano. Taro no respondió aun y cuando Tsubasa lo intentó varias veces, esperando hasta que se cortara la línea en cada intento.
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Kojiro Hyuga originalmente no tenía pensado asistir a la fiesta de bodas de Tsubasa. Desafortunadamente para él, Ken y Takeshi no pensaban de la misma manera y prácticamente lo habían arrastrado hasta el hotel Paradise. Algo aburrido, Kojiro había pasado el tiempo comentando a sus dos amigos su idea para convertirse en el trío estrella de la selección Japonesa. La idea de Hyuga parecía algo difícil de lograr, pero cuando terminó de explicarse, Ken y Takeshi admitieron que era un gran plan.
—Básicamente nos ofreces entrar al fútbol europeo para que podamos mejorar nuestro juego— comentó Ken, bastante interesado en la idea— ¿cómo lo harás?
—La señora Matsumoto escuchó que hay posibilidad de contrataciones en la Liga Inglesa, y si se lo pido, se encargará de conseguirles al menos una prueba con algún equipo, se los garantizo— Kojiro Hyuga no mentía al afirmar esto, Kaori Matsumoto, su representante, era una negociante muy hábil que había logrado hacerse de una muy buena reputación entre los promotores deportivos europeos. Prueba de ello era el alto salario de Hyuga en Italia o los muy jugosos contratos de publicidad que le había conseguido—, ¿qué dicen muchachos, aceptan intentarlo?
Ken y Takeshi se miraron y no tardaron en asentir. La oportunidad era muy buena para dejarla pasar, y ser representados por la señora Matsumoto les garantizaba al menos un par de juegos como titulares por torneo si es que lograban colarse a un equipo inglés.
—Ahora que eso está arreglado… me gustaría saber por qué te resistías tanto a venir a la fiesta— dijo Ken Wakashimazu luego de beber de su copa de champán—, ¿es porque aún piensas que Ozora es insoportable?
—Yo también quisiera saberlo— agregó Takeshi Sawada—, ¿qué te está molestando?
—Nada, yo sólo quería ir a la ceremonia— explicó Kojiro—, no venir a la fiesta.
—Deberías tratar divertirte un poco, Hyuga— aconsejó Takeshi.
—Hablando de otras cosas, hay que admitir que Ozora tiene suerte— comentó Ken de repente—, ahora que la miro bien, Sanae no es para nada fea. Nunca lo había notado.
—Lo cual es una suerte para él— Opinó Takeshi—, si lo hubieras notado antes de seguro te las habrías arreglado para agregarla a tu lista de conquistas.
Kojiro se limitó a tomar un trago de su brandy, él ya había notado que Sanae se veía hermosa ese día desde que la vio entrar a la iglesia y pudo verla de cerca. En aquél momento Kojiro sintió un poco de envidia al saber que Ozora había logrado conseguir una esposa muy linda antes que él, aunque al final el tigre decidió que esto no era algo que debería molestarle; él y Tsubasa sólo eran rivales en el campo de juego, no en todos los aspectos de sus vidas.
—¿Sabes qué sería divertido?— opinó Ken con una sonrisa traviesa—, que le pidas a Sanae que baile contigo, Hyuga.
—Olvídalo Ken— respondió Kojiro con una mueca de disgusto—, eso no va a pasar.
—¿Tienes miedo de que Tsubasa se enoje contigo?— preguntó Ken, discretamente haciéndole un guiño a Takeshi, la señal que usaban siempre cuando se unían para hacerle una broma a Kojiro a fin de lograr quitarle el mal humor.
—No, y a estas alturas deberías saber muy bien que no le tengo miedo a Ozora— dijo Kojiro, que no apreció el comentario de Ken.
—Demuéstralo entonces— retó Takeshi—, ¿qué es lo peor que puede pasar?
—No lo sé— contestó Kojiro— Nada, supongo.
—Entonces no tienes excusa. Anda, ve y pídele que baile una pieza contigo— insistió Ken— la mujer está de buen humor, seguro que no se negará.
—Por lo que veo no me dejarán en paz hasta que lo haga. ¿Cierto?— dijo Hyuga, que ya se había resignado a seguirle el juego a sus amigos con tal de no tener que soportarlos durante el resto de la fiesta—. Bien, iré a hacer el ridículo. ¿Contentos?
La canción terminó y el baile también. Sanae se despidió de Genzo y lo miró volver a su mesa y, justo cuando se disponía a ir a buscar a su marido. Se encontró con que Kojiro Hyuga estaba esperando por ella a unos pasos.
—Hola, Hyuga— saludó ella, un poco sorprendida de encontrarlo allí.
—Hola— respondió él. La música de la siguiente canción, una lenta balada romántica ya comenzaba. Mentalmente, Kojiro estaba maldiciendo a sus dos amigos, pero ya no podía retroceder, así que le ofreció a Sanae su mano derecha— ¿Puedo…?
—¿Me estás pidiendo que baile contigo, Kojiro Hyuga?— preguntó Sanae con una expresión de sorpresa, esto sí era algo que nunca pensó que pasaría.
—Si no… si no quieres… no tengo problema con eso… pero…— Kojiro dio una rápida mirada hacia su mesa, en donde Ken y Takeshi parecían estar bastante divertidos y decidió que no les daría la satisfacción de verlo ser rechazado en algo tan inocente como invitar a su anfitriona a bailar una pieza con él— ¿por favor?
Sanae tomó la mano de Kojiro y le sonrió. No podía negarse a la petición de un invitado y siempre podía dedicarse a buscar a su esposo luego de terminar de bailar una pieza más— está bien, bailemos. ¿Sí sabes bailar o quieres que yo te guíe?
—Creo que sé bailar bien— respondió Kojiro.
—Ya lo sé. He visto el comercial en el que bailas con esa modelo italiana— respondió Sanae con un guiño— lo hiciste para una línea de ropa o algo así. ¿No es cierto?
—Sí, así fue— contestó el joven Hyuga, que comenzó a guiar a Sanae a través de la pista con gentileza y poco a poco adquirió confianza al notar que ella lo dejaba hacer y lo seguía con facilidad. Mientras bailaba, Kojiro le agradeció en silencio a la señora Matsumoto por haberlo obligado a asistir a tres meses de clases de baile para ese comercial.
Sanae estaba sorprendida, gratamente sorprendida. Kojiro Hyuga sabía bailar. Bien, esta era otra cosa más que podría agregar a la lista de talentos que él no mostraba nunca. Al apoyar sus manos en sus brazos, la mujer notó una cosa más— son más firmes que los de él—, murmuró, comparando mentalmente los brazos de su marido con los del joven moreno que la guiaba con habilidad al ritmo de la música.
—¿Me decías?
—No era nada— dijo ella, bastante apenada por comparar a su esposo con otro hombre el mismo día de su boda— sólo pensaba en voz alta. Perdón.
—Supongo que Ozora ya te ha dicho esto varias veces, pero estás hermosa hoy— dijo Kojiro quien, distraído por el baile, el aroma del perfume de Sanae y la suave música, había hablado sin pensar, diciendo algo que estando alerta jamás habría dejado escapar de sus labios. Para cuando se dio cuenta de lo que había dicho, no le quedó otra opción más que mirar en otra dirección y seguir bailando en silencio mientras terminaba la canción.
Sanae suspiró al escuchar eso. No, Tsubasa aún no le había dicho nada. No le había hecho ni un cumplido directamente. Pero al menos aquí había alguien que sí lo notaba. Lástima que no había sido la persona que ella deseaba. Pero no tenía importancia, estaba segura de que su esposo también lo había notado y que la razón por la que no le decía nada era porque era tímido, así de simple.
—Lamento haberte dicho eso— le murmuró Kojiro en voz baja cuando la música terminó y se separaba de ella—, hablé sin pensar.
—¿Entonces… fue mentira?— preguntó Sanae—, ¿no me veo bien?
—No mentí, te ves hermosa. Pero no soy yo quien debe decirte esas cosas. Yo… en fin, felicidades para ti y Ozora— contestó Kojiro quien, sin saber qué más decir, se alejó para calmar sus nervios y patearse mentalmente por lo que acababa de decirle a Sanae.
Aunque por un momento Sanae pensó que debería agradecerle la felicitación a Kojiro, la expresión de su rostro la disuadió de hacerlo y prefirió sólo mirarlo mientras regresaba a su mesa. La joven mujer olvidó pronto el asunto, y se ocupó de buscar a su marido, a quien encontró afuera en la terraza, muy ocupado intentando contactar a alguien con su celular. Cuando ella preguntó a quién, Tsubasa simplemente explicó que quería preguntarle a Taro por qué no había asistido a la fiesta. Satisfecha su curiosidad, Sanae logró convencer a su marido de dejar la llamada para después y logró llevarlo de vuelta al salón en donde la música no se detenía.
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Ya era casi la media noche. El festejo había terminado sólo quince minutos antes y Tsubasa, oculto en el baño de la suite del hotel Paradise que Sanae había reservado para ellos, intentaba dejar de sentirse como si fuera un conejo asustado. Lo cierto es que el futbolista ya estaba al borde de un ataque de nervios. Luego de aceptar cargar a Sanae y depositarla en la cama con mucho cuidado, ella lo había besado profundamente, obviamente sugiriendo que consumaran el matrimonio del modo más tradicional.
Pero él no pudo hacerlo.
La sola idea de intimar con Sanae lo llenó de pánico y cuando ella terminó de besarlo y lo miró con ojos llenos de esperanza, Tsubasa no pudo soportarlo más. Temblando, se levantó de la cama y sin darle alguna explicación, se encerró en el baño.
—¿Estás bien, amor?— Llamó Sanae por quinta vez desde el otro lado de la puerta; su voz sonaba llena de angustia y preocupación— ¿quieres que llame a un médico?
Y por quinta vez, Tsubasa no respondió. No sabía qué decirle, simplemente no lo sabía. En lo único que podía pensar era en lo estúpido que había sido al no detener la boda para ir con Taro. De hecho, le parecía que lo único que aún tenía sentido en su vida era lo que sentía por Taro Misaki.
Un par de minutos más tarde, durante los que había seguido ignorando a Sanae, Tsubasa se encontró con el celular en la mano, deseando llamar a Taro para arreglar las cosas. Fue entonces que decidió que, si quería estar tranquilo, tendría que hablar con él en persona, no había otra solución. No podría enfrentar a Sanae a menos de que descubriera a dónde lo llevarían sus sentimientos por el joven Misaki.
—¿Tsubasa, estás enfermo?
—No, no estoy enfermo— respondió intentando que su voz sonara tranquila— no te preocupes Sanae. Ahora salgo.
Cuando abrió la puerta, Tsubasa se encontró a su esposa, aún con su vestido de novia, mirándolo con preocupación. Pero descubrió que, aunque se sentía mal por hacerla pasar por esto, lo que sentía no era bastante como para hacerlo cambiar de opinión. Tsubasa estaba decidido a ver a Taro, sólo así lograría saber qué estaba sucediendo con su vida en ese momento y lo que sucedería después.
—¿Qué sucedió… acaso yo… hice algo que no… te gustó?
—Escucha Sanae, no ha sido tu culpa— respondió él en voz baja—. Todo es culpa mía… yo… no puedo hacer lo que querías… hay algo que… me lo impide y…
—¿Es porque estás tan asustado como yo?— le preguntó ella, tomando una de sus manos entre las suyas— yo… nunca he hecho esto antes y… la verdad no quisiera decepcionarte… pero si eso es lo que tú sientes… ¿No podemos enfrentarlo juntos?
—Sanae… no es eso— Tsubasa cerró los ojos y soltó la mano de su esposa—, es sólo que… no puedo estar contigo ahora… espero que lo puedas entender.
—No, no lo entiendo. ¿Qué puede ser más importante que nuestra primera noche juntos?
—Perdóname Sanae, pero tengo que salir— respondió Tsubasa que, sin mirar a su esposa, salió de la habitación.
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Media hora después, Tsubasa bajaba del taxi que había tomado fuera del hotel, afortunadamente el taxi era manejado por un chofer obsesionado con el Sumo que no lo reconoció y por lo tanto no le hizo preguntas complicadas. Nervioso, se acercó lentamente a la modesta casa donde Misaki y su padre habían vivido hacía años. Tsubasa sabía que Taro se hospedaba allí, y también sabía que el padre de su amigo no estaba en la casa.
Dispuesto a resolver las cosas, Tsubasa tocó insistentemente a la puerta. Se sentía extraño, por un lado estaba la pasión y el deseo por Taro que lo habían obligado a salir de su hotel y dejar a su esposa y por el otro, estaba una sensación de culpa que crecía poco a poco, pero no lo bastante rápido como para obligarlo a retroceder. Cuando una luz se encendió, el corazón de Tsubasa se aceleró. El joven futbolista comenzó a sudar y sintió la boca seca. ¿Qué le diría a Taro? La incertidumbre lo estaba matando, era casi peor de lo que sufrió durante la boda.
Fue entonces que la puerta se abrió. Y allí estaba Taro, con el cabello desarreglado, sin camisa y sólo con su bóxer. A juzgar por su rostro había estado profundamente dormido, pero ahora una expresión de sorpresa comenzaba a hacerse presente en él.
—¿Tsubasa?— murmuró Taro— ¿qué demonios estás haciendo aquí, no deberías estar con Sanae?
—Tenía que verte. No podía pensar en otra cosa— respondió él— ¿puedo pasar, por favor?
Taro dudó un momento. Si dejaba entrar a Tsubasa no tenía idea de lo que pudiera pasar, y él realmente debería estar con su esposa pero… el joven Misaki suspiró mientras se rendía, al final sus sentimientos triunfaron—. Está bien, pasa.
Tsubasa se había quitado el saco y la corbata antes de sentarse en el sofá y ahora miraba la sala para intentar calmarse— la casa no ha cambiado en nada desde la última vez que estuve aquí—, comentó cuando Taro se sentó junto a él y le entregaba una taza de café.
—Lo sé— respondió Taro—. Mi padre no suele estar aquí, así que no hemos hecho cambios importantes… ¿Por qué estás aquí Tsubasa, qué ha pasado con Sanae?
Tsubasa bajó la mirada y bebió todo su café de un trago— Sanae seguramente está intentando localizarme— explicó mostrando su celular apagado—, pero no quiero hablar con ella ahora. Primero tengo que aclarar las cosas contigo, es por eso que estoy aquí.
—¿Aclarar?— Taro sonó un poco molesto—, creo que dejaste todo muy en claro hoy.
—¡Maldición, Taro!— exclamó Tsubasa— ¿tienes idea de lo que me hiciste?
—¿Lo que yo te hice?
—¿Recuerdas lo que dijiste, que había algo en mi interior que sólo esperaba una señal para despertar?— Preguntó Tsubasa, ligeramente alterado—, ¡pues tenías razón!
—Entonces… ¿tú también…?
—Sí… yo también te quiero… no, es más fuerte que eso… yo te amo Taro— admitió Tsubasa, mordiéndose los nudillos y sintiendo que estaba por echarse a llorar—, te amo y no sé si patearte el trasero por haberme hecho darme cuenta de ello o… repetir lo que hicimos ayer.
—Creo que… creo que puedo ayudarte con eso— respondió el joven Misaki que entonces, muy lentamente, envolvió a Tsubasa entre sus brazos y buscó sus labios.
Tsubasa Ozora no dudó en esta ocasión y respondió al beso de inmediato, explorando con timidez al principio el camino desconocido que era el desnudo pecho de Taro, disfrutando la sensación de su cálida piel en sus manos.
Taro Misaki respondió del mismo modo y se recostó junto a Tsubasa en el sofá.
Y así, sin dejar de besarse en ningún momento, los dos amigos finalmente se dejaron llevar por el amor, la pasión y el deseo.
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Notas de la autora:
Hola, he aquí el segundo episodio.
Quiero dar las gracias a quienes me dejaron un comentario en el capítulo anterior y espero que también puedan comentar sobre éste.
Como ven, la relación de Taro con Tsubasa ha culminado, pero hay otras cosas que atender en el fanfic, y eso es lo que sigue. Lo que sí puedo decir es que no pensé que las escenas de Sanae con Kojiro me serían tan difíciles de escribir.
