Historia de lenguaje y contenido adulto. No apto para menores.

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Cap 2: Miele

La mañana siguiente de mi intento de juerga fui con prisas al trabajo pero con buen humor. Tenía la boca seca como una alpargata y un dolor de cabeza que no se iba ni con la dosis máxima de ibuprofeno. Dadas las circunstancias, llegué bien entrada la mañana a mi oficina que se situaba en el centro de Tokio, en la última planta del edificio del gimnasio Todo Vale. A través de las ventanas se alzan los rascacielos de oficinas del centro neurálgico de la ciudad y al final de la avenida se pueden vislumbrar los frondosos jardines del Palacio Imperial de nuestra ciudad. Las nubes de la noche habían desaparecido. Y el sol irradiaba acostado en el manto de un cielo imposiblemente azul, ofreciéndome los buenos días.

Cuando entré a mi despacho no sólo todo estaba impecable, sino que me esperaba una deliciosa taza de café humeante. La orden del día también se hallaba lista para discutir sobre el escritorio de madera roble. Comprobé que el café estuviese a temperatura adecuada y también comprobé que tuviese una cantidad de azúcar razonable y así era –estaba demasiado contento como para detectar irregularidades– de modo que me dispuse a felicitar a mi secretaria marcando su extensión.

–¡Miyamoto! Cómo que no has venido a recibirme. Gracias por el café. Acércate por aquí inmediatamente a discutir el plan del día por favor.

–Sí señor.

La eficiente señora Miyamoto, mi asistente, llamó a la puerta a los minutos y entró algo retraída a mi despacho. Es de suponer que previese un mi humor de perros tras el artículo publicado en el G&L magazine el día anterior. Sin embargo ciertos acontecimientos habían cambiado el rumbo de mi estado de ánimo. En aquel momento ese sucio artículo del G&L se encontraba oculto bajo una pila de otros recuerdos más interesantes. Por lo menos de forma temporal.

–Señor Saotome –se inclinó para saludar.

–Miyamoto, acércate no seas tímida. Toma asiento por favor.

–¿Está silbando una canción de Guns 'n roses, señor?

–¿Eh? Esto… sí lo dices así debe ser. No me he dado cuenta.

–Me alegro de que esté contento, señor.

–Bien, dispongámonos a repasar la orden del día. –le acerqué el papel impreso– ¿ha venido ya Ryoga?

–El señor Hibiki ha llegado esta mañana muy temprano para impartir sus clases. En estos momentos se encuentra en su despacho. ¿Quiere que lo avise para discutir el plan, señor Saotome?

–No es necesario, Miyamoto. Yo le aviso.

Descolgué el auricular y marqué la extensión.

–Hola, Hibiki al habla.

–¡Buenos días cerdo! Te estamos esperando aquí para repasar la orden del día.

–¡Nenaza! ¿Repasar la orden del día? ¿te has dado cuenta de la hora qué es? ¿en qué has andado metido? ¡llevo intentando dar contigo desde ayer por la noche!

–Bueno, es una larga historia…

–Que me tendrás que contar con pelos y señales… ¿para qué demonios te has gastado un dineral en un smartphone que ni si quiera utilizas?

Recordé mi teléfono descargado yaciendo olvidado en el maletín negro de ejecutivo. La verdad es que esos objetos no eran más que una mera pose. El maletín, el teléfono, eran elementos que me ayudaban a mimetizarme en el colectivo al que pertenecía: hombres de negocios. Pero la realidad era que tan solo llevaba unos pocos papeles en el maletín y aquel teléfono solo lo utilizaba para emergencias. Lo que realmente extrañaba era ir vestido en mis confortables ropas chinas con las pocas pertenencias en los bolsillos. Detestaba los trajes y las corbatas pero eran el precio a pagar por alcanzar cierto estado de madurez en la sociedad.

–Para lo que me de la real gana, ¿acaso no soy el jefe? ¡Mueve tu culo de cerdo a mi despacho!

–Menos lobos, caperucita. Termino de programar la clase del medio día y estoy allí en menos de lo que canta un gallo.

Hicieron falta como cuarenta minutos para organizar el trabajo de aquel día. Ryoga y Miyamoto me ayudaron a resolver cuestiones de bastante importancia. Aquella semana estaba prevista la junta con algunas asociaciones deportivas más importantes del país y de países vecinos. Algunas de ellas ya patrocinaban con éxito nuestro gimnasio pero había que impulsar a los rezagados. Entre ellos se encontraban Los Dragones Dorados, el club de artes marciales tradicionales más prestigioso de toda China. Los Dragones Dorados llevan funcionando desde el siglo dieciséis y han formado a exitosos y respetados artistas marciales. El patrocinio de Los Dragones Dorados era una de mis grandes aspiraciones. Sin embargo en los torneos que ellos habían organizado los últimos años siempre me alcé como vencedor. Eso dejaba en mal lugar a sus favoritos y este hecho había deteriorado nuestras relaciones.

Teníamos cinco entrevistas durante la mañana, necesitábamos profesores tras la apertura de los dos nuevos centros, y Miyamoto se encargaría tanto de revisar cada currículo como de la primera fase de selección. Por la tarde una famosa firma deportiva vendría a ver el gimnasio y por la noche había un evento femenino de combate acuático, una nueva modalidad muy competitiva y en la que se levantaban luchadoras muy prometedoras.

–Por cierto, señor Saotome. Se me olvidó mencionar que la señorita Katsuiki llamó hace cosa de una hora, poco antes de que usted llegase.

–Supongo que asistirás al evento de esta noche con Katsuiki, ¿no, Ranma?

Ryoga no evitó la risita cáustica. Se quedó mirándome con esa expresión característica suya, en la que le asoma el colmillo sobre el labio inferior y que no podía por menos que conseguir exasperarme. De nuevo las nubes de la ira comenzaron a ensombrecer mi ánimo.

–No, no asistiré al evento con Natsume. Y por cierto, voy a despedir a esa publicista usurera Nabiki Tendo.

–¿Estás loco, Ranma? No lo has pensado bien, ¿verdad? ¿Sabes cuánto han aumentado nuestros ingresos desde que contratamos los servicios de The Best Image S.A.?

–¡Me importa una mierda todo eso! Prefiero ganar menos dinero y ser un artista marcial respetado que hacerme millonario y ser farandulero portada de la estúpida prensa rosa.

–Ranma por favor, razona. La familia de Tendo tiene un dojo muy prestigioso y ella sabe hacer las cosas.

Aquello era una nueva noticia para mí.

–No estaba al tanto de que su familia tuviese un dojo… pero ¡Já! ¿Prestigioso? ¿Y por qué jamás oí hablar de él?

–No lo subestimes, Ranma. Al poco tiempo de que contratásemos a TBI hice una pequeña investigación personal sobre Nabiki Tendo y encontré lo del dojo Tendo. Es una construcción antigua legada durante generaciones de prestigiosos artistas marciales de Japón. Hace veinte años la familia Tendo perdió todas sus posesiones debido a la estafa de un prestamista pero una vez que Nabiki Tendo se graduó en ciencias económicas en la Universidad de Tokio de alguna forma lo recuperó y lograron sacarlo adelante. Quedé conmocionado con las historia y no puede evitar preguntarle a Tendo que por qué no nos lo mencionó nunca que su familia tenía un dojo. Me explicó que el deseo de su padre es que se use como escuela para formar niños como futuros artistas marciales, actualmente no desea en ningún caso vincular su escuela a firmas, torneos o a kempoistas de sobrenombre, pero en su momento el dojo Tendo fue de los más transcendentes de Japón.

Quedé pensativo por un momento. Con tan solo la mención ciertos recuerdos de mi infancia me atravesaron como un aguijón.

–Puede que me suene de algo. –declaré– Excelente trabajo, Ryoga. Por el momento quiero ese informe de Nabiki Tendo y reflexionaré sobre lo de su despido. Quizás me reúna con ella.

–Señor Saotome. Mañana tenía programada comida con la señora Tendo para discutir el asunto del viaje a Beijing.

–Está bien, hablaré con ella mañana. Si es todo por ahora, puedes volver al trabajo Miyamoto.

El olor de la brisa que arrastra lluvia en horas posteriores entró como un huracán a través de la ventana entreabierta. El aire removió los papeles del calendario y el flequillo de mi compañero y socio Ryoga Hibiki. También me arrebató la respiración durante un momento.

El olor de la lluvia, el olor de la hierba mojada...

«El repiqueteo de las gotas sobre el cristal sonaban como una balada de cuna sobre el silencio. Las sábanas blancas, impersonales, se arrugaban bajo el descanso etéreo de sus blancos brazos. El rostro permanecía fundido con una inconsciencia demasiado quieta, demasiado irreal quizás. Apenas mostraba signo de vida que no fuese el de su pecho subiendo y bajando pausadamente. Los labios humedecidos no transmitían queja ni alegría sino paz. Y a la vez se mostraban tan sugestivos y tan hinchados que incitaban una pulsante y dolorosa erección. »

–¡Ranmaaaaa! ¿Dónde andas?

–¿eh?

–Te estaba hablando pero de pronto has puesto cara de medio ido, ¿en qué estabas pensando? ¿me vas a decir dónde estuviste ayer? ¿Fuiste finalmente a la cena con Katsuiki?

–La verdad es que no. No fui.

–Vaya, le diste plantón, ya me parecía a mí. Entonces, ¿dónde demonios te metiste? Espero que no anduvieses metido otra vez en las peleas callejeras por apuestas del Puerto de Tokio.

Sonreí con algo de desgana y me puse de pie para cerrar la ventana. El aire que entraba era fresco.

–Ayer hice dos cosas que nunca había hecho. Primero me fui a tomar copas sólo a un antro de mala muerte en Roppongi.

–Eso es una locura, ¡Ranma! ¿Te reconoció alguien? Si sales borracho mañana en la portada del L&G no es responsabilidad de Tendo sino tuya.

–¡Oye! Es culpa de esa bruja que ahora me conozca todo el mundo, preferiría ocupar portadas de boletines realmente de deporte, no de las revistas de malditos cotilleos de deportistas.

–Está bien… ¿la segunda cosa?

–Conocí a… alguien.

Ryoga se removió en el asiento con los ojos desorbitados y una exclamación ahogada en el pecho. A continuación hizo el gesto de abrocharse un cinturón ficticio, como antes de emprender un viaje en el que no quería perderse ni un solo detalle.

–Soy todo oídos.


4:00 am

No sé cómo ella había llegado de nuevo allí pero se lo agradecí a la resaca de este inmenso océano que algunos llaman destino. Ahora mismo no recuerdo de qué hablamos al principio, ni si mi cara era la misma cara de imbécil que se me quedaba cuando alguna vez me había gustado una chica. De cualquier forma, tales fenómenos habían sido más fugaces que las estrellas que surcan el cielo de las montañas. Siempre conseguía convertirme en el alienígena de siempre que salía huyendo tras cualquier tipo de contacto. No es que huyese del compromiso porque fuese promiscuo, ni que fuera un hombre virginal acercándose a la tercera década de su vida. Entended la situación. La intimidad prolongada con las mujeres me daba pavor. Y sin embargo aunque parezca extraño, a pesar de haber empezado con el pie izquierdo, parecía fácil tratar con esa desconocida. No se asomaba ningún atisbo de incomodidad.

Incluso puedo racionalizar de algún modo los motivos por los cuales me encontraba en aquel estado de encantamiento, y explicarlos dentro de los compartimentos que la lógica me permite. No es que pretenda justificar mi delirio pero el caso es que (1) mi cuerpo estaba al punto de la intoxicación etílica con lo cual el cerebro no actuaba como suele hacerlo, (2) me había pasado horas deseando algo mucho, mucho, y aún sin concretar el qué, estaba relacionado con aquella mujer, (3) ella no intentaba de ningún modo abalanzarse a mi cuello lo cual es encomiable por su parte aunque no era un punto a mi favor y (4) por alguna extraña razón el principal motivo de mi comodidad era que no podía dejar de meterme con ella una y otra vez. Os pareceré un idiota sin remedio pero la verdad es que me sentía terriblemente confiado en mí mismo cada vez que recalcaba pequeños defectos que veía en ella a medida que nuestra conversación se iba alargando. Eran muy pequeños, casi tan pequeños como una bacteria, probablemente imperceptibles para cualquiera, pero yo los veía porque yo la veía. La miraba de una forma tan intensamente profunda que reparaba en sus pequeños pero adorables defectos. Y ellos generaban una zona de confort muy estimulante para mi ego.

Os ruego que no intentéis esto en vuestras citas.

–No quiero que llegue mañana. –dijo en algún momento.

–Pues lamento comunicarte que es demasiado tarde. Ya es mañana.

–Muy gracioso… en verdad que no quiero. Quizás debería pedir otra copa.

–Emmm mejor que no. –repliqué observando los vasos vacíos de la última ronda– Te prefiero con la mente funcionando solo un poquito mal.

–¡Mira quien habla!

–Seseas.

–¡Eso es totalmente falso!

–¿Ves? Has dicho falsssso. No te dejaré beber más, ya estás suficientemente borrachifu.

–¿No crees que ya soy mayorcita? No necesito que alguien que no hace diana cuando orina me cuide.

–¡Oye! Esa información es confidencial, ¿vale? Además que con lo bajita que eres… cualquiera pensaría que eres menor de edad. El instinto natural de cualquier humano obliga a cuidarte.

–¡Imbécil! La próxima vez que bebas ten más cuidado a la hora de confesar secretos de urinario a tu camarero–dijo entre risas.

–Sí, –confesé entre dientes avergonzado y fulminando con la mirada al camarero– no volveré a confiar en personas que son débiles frente a un par de pechos, aunque sean pequeños.

–¿Qué dijiste?

– Que me hagas caso. Ahora estás al límite de conservar los recuerdos. Si bebes más traspasarás ese límite y mañana no te acordarás de nada e incluso ¡te levantarás sin saber si podrían haber abusado de ti!

–¿Quién te dijo que quiero conservar los recuerdos de esta noche? Y apropósito: ni borracha te dejaría abusar de mí. Antes te rompería los dientes con mi puño.

–Había olvidado lo poco femenina que eres. Y a propósito: ya estás borracha.

–¿Eso quiere decir que abusarás de mí? Es un alivio saber que no lo recordaré.

–¡No he dicho eso! Y, ¿quién querría abusar de un borrachifu como tú?

–Bueno qué, ¿vais a consumir algo más o voy cerrando? Que solo quedamos los tres aquí y tengo una mujer y unos hijos a los que atender mañana. –No me había dado cuenta de que mi amigo el barman se encontraba parado al otro lado de la barra.

–¡No! ¡No nos hagas esto! Pensé que éramos amigos.

–Y lo somos, lo somos –contestó a borrachifu sonriendo– pero tengo que cerrar y vosotros no estáis consumiendo nada con lo cual podemos continuar nuestra amistad el próximo día, ¿quizás mañana?

–Pero es que yo no quiero que llegue mañana…

–La señorita no quiere que llegue mañana –ratifiqué en un intento fraudulento por prolongar la diversión del momento

–La solución es que pidamos otra copa.

–No, –detuve su mano antes de que siguiese hablando. Aquella mujer quería en verdad perder la consciencia a mano del alcohol–tengo una idea mejor. Vayamos a dar un paseo.

–Me parece una buena idea.

De pronto ocurrió algo. Ella fijó sus ojos en mí llena de extrañeza en el rostro, como si estuviese ocurriendo algo distinto, y un velo de nerviosismo me nubló la vista. Su mano palpitaba tibia entre mis dedos así que la solté rápidamente, volteándome para pagar la cuenta y disimular el rubor de las mejillas.

La noche era fresca y nublada. Las luces de la ciudad estaban casi todas apagadas y solamente brillaban en los edificios los carteles de las tiendas abiertas las veinticuatro horas. Ella y yo caminábamos en silencio pero no era un silencio incómodo, del que abre un abismo entre dos desconocidos, sino que era un silencio placentero lleno de sonidos en los que concentrarse. Un silencio ausente de la búsqueda de palabras para decir o de temas de conversación que entablar. A veces se escuchaban los coches pasar por las calles o los semáforos indicando que los peatones podían cruzar. Y siempre el seco sonido de los tacones de ella caminando a mi lado. Deslizándose junto a mí en el interior de los secretos de la noche.

– Oye, ¿tú crees que se pueda estirar el tiempo? Me refiero a alargarlo como si fuera una goma elástica.

–Bueno, según dicen los científicos si te acercas a un agujero negro el tiempo se estira cada vez más y más. Hasta que un momento puede hacerse infinito.

– Vaya… ¿y dónde está el agujero negro más cercano?

–A millones de millones de kilómetros, allí en las estrellas. –respondí señalando al cielo– tendrías que vivir infinitas vidas para llegar a uno de ellos.

–Hablas como si lo supieras todo.

–Quizás es que sea así. –obvié mencionar que era algo que había visto en un documental durante una noche de insomnio– Yo lo sé todo pequeña borrachifu.

–¿Ah sí? Demuéstrame tu sabiduría, monje de las montañas.

Aquello me hizo sonreír.

–Prefiero ser el galante guerrero que salva a la princesa de los líos.

–Yo no soy una princesa. No necesito que me salven. ¡Soy una guerrera también!

–¿Quién ha dicho tal cosa? Te das por aludida demasiado rápido. ¡Eres demasiado poco femenina para ser la princesa! Como mucho serías mi escudero.

–¡Está bien! Tarde o temprano tendría que salvar tu gallardo trasero. Y tendrías que agradecérmelo.

Estaba sonriendo. Arrugaba las esquinas de sus ojos descansando la palma de la mano sobre el pecho. Por un momento me invadió una especie de extraña inspiración. Fue al verla así, tan tranquila y tan sonriente. Esa desconocida que parecía como si la conociese de toda la vida. Me hacía sentir estúpidamente tímido y sumamente decidido a partes iguales.

–Pero sería una verdadera pena que solo fueras mi escudero.

–¿Por qué? –fingió un puchero.

–E-eres demasiado... guapa.

Si estaba sorprendida ella se esforzó por ocultarlo. Pero lo que no pudo ocultar fue el furioso color que invadió sus mejillas. A pesar de ello se mantuvo estoica, con una pequeña sonrisa de burla.

–¿No estarás flirteando con tu escudero, caballero de brillante armadura?

A decir verdad mi experiencia con el flirteo brillaba por su ausencia. Siempre había oído decir que no era difícil convencer a una mujer guapa para que te acompañase a la cama. Pero no estaba muy seguro de querer eso. Y así las palabras fluyeron solas.

–No lo creo. –contesté francamente– pero lo que sí sé es una cosa: estás muy guapa cuando sonríes.

Ella me adelantó dándome la espalda y se detuvo. ¿Estaba molesta? Se mantuvo así un segundo que se me hizo eterno. El miedo a su respuesta me cogió por sorpresa. No me estaba dando tiempo a asimilar lo que le había dicho a aquella mujer y casi que me auto noqueaba mentalmente por haberlo dicho. Y de pronto, de la forma más natural, ella soltó:

–Hagamos alguna locura.

La miré sin comprender nada.

–¿Locura?

–Una locura sí. Subamos a lo alto de un rascacielos. O colémonos en la torre de Tokio. Quizás, si se abren las nubes del cielo, desde arriba podamos ver más cerca las estrellas. Y si tenemos suerte, algún agujero negro.

–¿Eso es lo que tú llamas locura?

Sus ojos rezumaban enigma. Cabeceó.

–Qué tienes, ¿quince años?

–Después cada uno seguirá su camino y si nos volvemos a encontrar haremos como que no nos conocemos.

–Eres demasiado romántica.

Cabeceó.

–No lo soy en absoluto. ¿A ti se te ocurre algo mejor?

–¿Quieres hacer una locura? –dije y de pronto lo solté, sin pensar– vente conmigo. A mi apartamento.

...Continuara