Cuando Plagg despertó ya estaba de vuelta en la mansión; se giró para quedar boca abajo y estiró su cuerpo al tiempo que dejaba salir un bostezo.
Si se lo proponía estaría nuevamente dormido en un par de minutos, pero su estómago la pedía comida.
Sin pensarlo mucho salió de la mochila deportiva de Adrien, encontrando la habitación vacía; movió la cabeza negativamente, se supone que debían estar cerca el uno del otro por si un akuma atacaba.
¿Pero qué importaba? Esa era una de muchas reglas estrictas que en su opinión, no tenían ningún sentido.
Inhaló con fuerza y percibió un penetrante olor que sólo podía significar una cosa: Adrien había traído su queso.
Olfateó con más ímpetu y empezó a flotar, siguiendo su pequeña nariz hasta el encuentro de ese delicioso manjar.
Estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que se estaba dirigiendo al baño.
Bajo en picada cuando localizó el lugar de donde se desprendía el olor, con la boca abierta para degustar su alimento.
Gran error.
En su boca no se sentía la textura majestuosa de su adorado camembert, lo cual le hizo abrir los ojos al momento mientras se ponía pálido.
Sus papilas gustativas degustaban la lisa tela de un calcetín con un poco de talco.
Escupió el calcetín de inmediato y voló hasta el lavabo para hacer tantas gárgaras como le fuera posible.
Fue entonces que escuchó la puerta de la habitación abrirse.
—¿Plagg? —Preguntó el rubio al aire.
—Aquí —Se limitó a contestar el kwami negro, enojado.
—¿Qué haces aquí?
—Buscaba algo maloliente —Se limitó a contestar el gato.
—¿Algo maloliente?
—Sí, huele a algo a punto de descomposición... ¿No lo notas? —El rubio empezó a revisar el baño, intentando percibir el olor.
—¿Estás seguro Plagg? Yo no notó nada raro.
Y ahí el gato vio su oportunidad.
—Espera, lo encontré.
—¿Dónde?
Cuando Adrien se giró sintió uno de sus calcetines colapsando contra su rostro.
—¡Plagg!
—¡Tus calcetines apestan!
Y sin esperar más salió del baño, tomando el camembert de la mesa que Adrien le había traído y escondiéndose en el cesto de basura, ignorando las réplicas que su portador hacía.
Se merecía eso y más por sus estúpidos calcetines sucios.
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